Mutacion

Robin Cook · Capítulo 8 de 13

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Mutacion

Dese Prisa en Arreglar las Cosas.

DESE PRISA EN ARREGLAR LAS

COSAS.

Apagó el motor y los faros del coche, pero lo dejó donde estaba.

Luego corrió a la casa y cerró la puerta desde dentro, temblando de asco, furia y miedo. Ramona, la asistenta, limpiaba la sala. Cuando Marsha le preguntó si había oído ruidos raros, la mujer dijo que había oído martillazos alrededor del mediodía, pero que al asomarse no había visto a nadie.

–¿No vio si se alejaba algún coche o camión?

–No.

La asistenta volvió a sus quehaceres y Marsha fue a llamar a Víctor al despacho, pero le dijeron que había salido. Iba a telefonear a la Policía, pero decidió esperar a que llegara Víctor. Se sirvió una copa de vino blanco. Al beber el primer sorbo, vio los faros que se acercaban.

–¡Coño! – exclamó Víctor al ver el coche atravesado frente al garaje

-. ¿Por qué diablos no lo deja a un lado si no tiene ganas de entrarlo?

Condujo el coche hacia la puerta trasera, lo detuvo y apagó el motor. Estaba hecho un manojo de nervios después de lo que había visto en la casa de Gephardt. VJ y Philip, muy alegres los dos, no tenían la menor idea de lo que había sucedido ni le habían pedido explicaciones sobre la larga espera en el coche.

Víctor bajó lentamente y los siguió a la casa. Pronto pudo advertir que Marsha estaba de pésimo humor. Lo supo por el tono con que ordenó a VJ y Philip que se quitaran los zapatos, subieran a lavarse y bajaran a cenar.

Víctor se quitó la americana y fue a la cocina.

–¡Y tú! – dijo Marsha -. ¡Me imagino que no has visto el regalo que nos han dejado en la puerta del garaje!

–¿De qué está s hablando? – replicó, en el mismo tono de fastidio.

–¡Habría que ser ciego para no verlo! – dijo Marsha. Dejó la copa, encendió la luz del patio y le indicó que la siguiera.

Víctor vaciló un instante antes de acompañarla. Atravesaron la sala y salieron por la puerta de atrás.

–¡Marsha! – exclamó, tratando de alcanzarla.

Ella se detuvo junto a su coche, y él la alcanzó.

–¿Se puede saber qué…? – la frase quedó en suspenso cuando vio el cadáver de la gata, mutilado y clavado a la puerta del garaje.

Con las manos en la cintura, Marsha no miraba a la gata sino a su esposo.

–Pensaba que te gustaría saber el efecto que han tenido tus advertencias sobre las personas que nos han amenazado.

Víctor apartó la cara. No soportaba la vista del animal mutilado y no estaba en condiciones de discutir con su esposa.

–Quiero saber que vas a hacer para poner fin a todo esto. Y no me digas simplemente que vas a ocuparte de todo. Quiero saber qué medidas vas a tomar. Ahora mismo. No aguanto más… – No pudo seguir.

Víctor también había llegado al limite. Marsha le hablaba como si él fuera el culpable. En cierto modo, tal vez lo fuera. Pero en cuanto al autor de estos hechos, no tenía la menor idea de quién podía ser. Estaba tan perplejo como ella.

Se volvió lentamente hacia la puerta del garaje y vio la nota.

Furioso y aturdido a la vez, se preguntó nuevamente quién seria el culpable. Si era Gephardt, ya no volvería a molestarlos.

–Primero una llamada, después una ventana rota, ahora la gata muerta… – dijo Marsha -. ¿Y ahora qué va a venir?

–Llamemos a la Policía.

–Si, la última vez nos ayudaron mucho…

–No sé qué quieres que haga – dijo Víctor, un poco más sereno -. He llamado a las tres personas que podían ser culpables de esto. Ah, por cierto, la lista de sospechosos se ha reducido.

Ahora son dos.

–¿Qué quieres decir? – preguntó Marsha.

–Cuando volvía a casa, me detuve en la de George Gephardt.

El tipo había…

–¡Puaj!

La voz de VJ a sus espaldas los sobresaltó. Marsha había esperado ahorrarle el horrible cuadro. Se interpuso entre su hijo y la puerta.

–¡Mira cómo tiene la lengua! – dijo VJ, tratando de acercarse.

–¡Venga, para adentro! – exclamó, tratando de arrastrarlo hacia la casa. Nunca podría perdonarle aquello a Víctor. Pero VJ se resistía a

alejarse. Quería mirar a toda costa. Demostraba un interés morboso, una frialdad clínica. Marsha advirtió con estupor que no mostraba el menor sentimiento: ése era otro síntoma de la personalidad esquizoide.

–¡VJ! – exclamó Marsha -. ¡Vete adentro ahora mismo!

–¿La habrán matado antes de clavarla a la puerta? – preguntó VJ

tranquilamente, tratando de mirar atrás mientras Marsha lo empujaba hacia la puerta.

Víctor se fue a llamar a la Policía de North Andover mientras Marsha se sentaba a conversar con VJ. No podía dejar de sentir pena por la gata. Víctor comunicó con la comisaría, donde el telefonista le dijo que enviarían un coche lo antes posible.

Volvió a la sala. VJ subía la escalera, saltando los escalones de dos en dos. Marsha seguía sentada en el sofá, con los brazos cruzados sobre el pecho. Estaba furiosa, sobre todo desde que VJ había visto la gata.

–Voy a contratar una agencia de seguridad hasta que terminemos de esclarecer los hechos – dijo Víctor -. La casa estar vigilada toda la noche.

–Es lo que deberíamos haber hecho el primer día.

Víctor se encogió de hombros y se sentó. De pronto se sintió muy cansado.

–¿Sabes qué me dijo VJ cuando le pregunté qué sentía? Dijo que no importa, que podemos comprar otro gato.

–Eso revela una gran madurez, ¿no te parece? – replicó Víctor -. VJ

es un chico muy racional.

–¡Pero Víctor, es su gata, la tiene desde hace años! Lo lógico es que sintiera pena al perderla así. – Tragó saliva con esfuerzo -: Su reacción ha sido fría y distante. – Por más que tratara de conservar la compostura cuando hablaban sobre su hijo, no podía contener las lágrimas.

Víctor se encogió nuevamente de hombros. Estaba harto de la cháchara psiquiátrica. El chico estaba perfectamente bien.

–La emoción inoportuna es mal síntoma – prosiguió Marsha, mirándolo, esperando alguna reacción. Pero él no respondió -.

¿Qué opinas?

–A decir verdad, estoy preocupado por otra cosa en este momento.

Iba a hablarte de Gephardt cuando en ese momento apareció VJ.

Cuando volvía del despacho he pasado por su casa y he visto…, bueno, no puedes imaginarte la escena. Lo habían asesinado, a él y a toda su familia. Los ametrallaron esta tarde en la sala de su casa. Una masacre.

– Se alisó el pelo -: Fui yo el que llamó a la Policía.

–¡Qué horror! – exclamó -. Dios mio, ¿qué está pasando?

–Miró a Víctor. Era su esposo, el hombre al que había amado durante tantos años -. ¿Te sientes bien? – preguntó.

–Sí, ya estoy bien – respondió sin convicción.

–¿VJ estaba contigo?

–No, me esperaba en el coche.

–Entonces no vio nada.

–No.

–Gracias a Dios – dijo Marsha -. ¿La Policía tiene alguna idea sobre el móvil de los asesinatos?

–Dicen que tiene que ver con la droga.

–¡Qué horror! – dijo Marsha sin salir de su estupor -. ¿Quieres una copa? ¿Un poco de vino?

–No, prefiero algo más fuerte. Un whisky.

–Ahora te lo traigo.

Fue al bar y sirvió una buena cantidad de whisky. Tal vez se mostraba demasiado dura con Víctor, pero tenia que obligarle a enfrentarse a los problemas de su hijo. Decidió abordar el tema.

–Yo también he tenido hoy una experiencia inquietante – dijo al entregarle el vaso -. No, no tiene nada que ver con la tuya. Fui a la escuela de VJ para hablar con el director.

Víctor bebió un sorbo en silencio.

Marsha relató su conversación con el profesor Remington y finalmente le preguntó por qué no había consultado con ella su decisión de que VJ faltara tanto a la escuela.

–Yo nunca tomé esa decisión.

–O sea que no enviaste una serie de notas al colegio para que VJ

faltara, y pasara el día contigo en el laboratorio.

–Claro que no.

–Me lo temía – dijo Marsha -. Tenemos un problema grave.

Esto de hacer novillos sistemáticamente es un síntoma grave.

–La verdad, es que me llamó la atención verlo con tanta frecuencia por el laboratorio, pero cuando se lo pregunté, me dijo que sus maestros se lo permitían porque así adquiría más experiencia práctica.

Como sus calificaciones son tan altas, no se me ocurrió indagar más.

–Pauline Spalding también me dijo que VJ pasaba la mayor parte del tiempo en tu laboratorio – dijo Marsha -. Sobre todo después de que sufriera la pérdida de inteligencia.

–VJ siempre ha pasado mucho tiempo en el laboratorio – asintió Víctor.

–¿Y qué hace?

–Muchas cosas. Experimentos químicos elementales mira preparaciones microscópicas, juega con el ordenador. No sé. Siempre anda por ahí. Todos lo conocen y lo quieren. Sabe entretenerse solo.

Sonó el timbre de la puerta principal. Marsha y Víctor fueron a recibir a la Policía.

–Soy el sargento Cerullo – dijo un policía alto y gordo. Sus rasgos, todos muy pequeños, ocupaban el centro de su cara regordeta -. El es el agente Hood. Lamentamos lo sucedido. Hemos tratado de vigilar la casa desde que Widdicomb estuvo aquí, pero es difícil, porque está muy apartada de la carretera.

Al igual que Widdicomb el martes anterior, el sargento Cerullo sacó una libreta y un lápiz. Víctor los condujo al garaje. Hood hizo algunas fotografías y luego los dos estudiaron el terreno. Cuando Hood se ofreció a retirar el cadáver de la gata, Víctor aceptó su ofrecimiento con gratitud. Entre los dos cavaron un pequeño agujero junto a un abedul.

Cuando volvían a la casa, Víctor preguntó si le podían recomendar alguna agencia de seguridad. Los policías le dieron los nombres de algunas empresas locales.

–Ya que estamos – dijo el sargento -, ¿se le ocurre quién podría ser capaz de hacer semejante cosa?

–Se me ocurren dos personas – dijo Víctor -: Sharon Carver y William Hurst.

Cerullo anotó los dos nombres. Víctor no mencionó a Gephardt ni tampoco a Ronald Beekman. Ronald jamás se rebajaría a una cosa así.

Acompañó a los policías hasta la puerta y fue a llamar a las agencias que le habían recomendado. En los dos casos le respondió un contestador automático, en el que dejó su nombre y el número de teléfono de su despacho.

–Quiero que hablemos con VJ ahora mismo – dijo Marsha.

Su tono de voz no admitía réplica. Víctor asintió y juntos subieron la escalera. La puerta de la habitación de VJ estaba entornada.

Entraron sin llamar.

El niño cerró uno de sus álbumes de sellos y lo puso en el estante, sobre su mesa. Luego se quedó mirando a sus padres con aire expectante, casi culpable, como si lo hubieran sorprendido en una travesura, no con un álbum de sellos en las manos.

–Queremos hablar contigo – dijo Marsha.

–Bueno – asintió VJ -. ¿Qué sucede?

De pronto no era más que un niño de diez años, tan vulnerable que daban ganas de abrazarlo. Pero Marsha se contuvo: debía mostrarse severa, por su bien.

–Hoy he ido a Pendleton y he hablado con el director. Me ha dicho que llevas notas firmadas por tu padre para justificar tu ausencia de la escuela y pasar más tiempo en “Chimera”. ¿Es verdad?

De acuerdo con su experiencia profesional, Marsha esperaba que VJ negara inicialmente la acusación y que después, ante las pruebas irrefutables, confesara su responsabilidad. Así actuaban los preadolescentes. Pero ésa no fue la actitud de VJ.

–Si, es verdad – dijo sin alterarse -. Lamento haberos engañado. Os pido disculpas por las molestias que os haya podido causar. No fue ésa mi intención.

Marsha se sintió totalmente confundida. Hubiera preferido la habitual negativa infantil, pero VJ no respondía a la norma, ni siquiera en este aspecto. Miró a Víctor, que levantó las cejas sin responder.

–Lo único que puedo alegar a mi favor es que tengo muy buenas calificaciones en la escuela – prosiguió VJ -. Me pareció que eso era lo más importante.

–La escuela debería ofrecer dificultades, problemas por resolver –

dijo Víctor, al advertir que la serenidad de VJ dejaba a

Marsha sin respuesta -. Si te resulta demasiado fácil, debes pasar de grado. Se han dado casos de chicos de tu edad que han ingresado en la Universidad e incluso se han graduado.

–A esos chicos los tratan como bichos raros – replicó VJ -.

Además, no me interesan las instituciones. En el laboratorio aprendo muchísimo más que en la escuela. Quiero ser investigador.

–¿Por qué no me lo dijiste? – preguntó Víctor.

–Me pareció que era lo más fácil – dijo VJ -. Tenia miedo de que te negaras a dejarme pasar más tiempo en el laboratorio, si te pedía permiso.

–Aunque creas que sabes el resultado de una discusión, deberías consultar – dijo Víctor.

VJ asintió.

Víctor miró a Marsha para ver si quería añadir algo. Ella se mordisqueaba el labio. Miró a Víctor, y los dos se encogieron de hombros.

–Volveremos a hablar de esto – dijo Víctor, y los dos bajaron de nuevo a la sala.

–Por lo menos no nos ha mentido – dijo Víctor.

–No lo acabo de entender – dijo Marsha -. Estaba tan segura de que lo negaría… – Se sirvió más vino y se sentó a la mesa de la cocina -. Es tan difícil predecir sus reacciones…

–¿Pero no es una buena señal el que no haya mentido? – preguntó Víctor, apoyado contra el mármol de la cocina.

–No, no lo es. En estas circunstancias, y tratándose de un niño de esta edad, no es en absoluto lo normal. No ha mentido, pero tampoco ha mostrado el menor remordimiento, no sé si te has dado cuenta.

Víctor levantó los ojos, exasperado:

–¿Nunca te darás por satisfecha? A mí no me parece tan grave. Yo hacía novillos en el instituto, lo que pasa es que nunca me descubrieron.

–No es lo mismo – dijo Marsha -. Esa conducta es la típica rebeldía adolescente. Por eso lo hiciste en el instituto. VJ está en quinto grado.

–No creo que por falsificar un par de notas sea un delincuente en potencia. Además, mira sus calificaciones. Es un prodigio, qué coño.

Falta al colegio para ir al laboratorio, no para encerrarse a fumar marihuana.

–Si fuera sólo eso, no me preocuparía tanto. Pero hay todo un conjunto de problemas que configuran un cuadro. Eso es lo que me preocupa. No puedes ser tan ciego como para no ver…

El ruido de un objeto pesado al caer la interrumpió en mitad de la frase.

–¿Qué ha sido eso? – preguntó Víctor.

–Me parece que es algo en el garaje.

Víctor corrió a la sala y apagó la luz. Luego cogió una linterna del armario y observó el patio desde la ventana.

–¿Ves algo? – preguntó Marsha.

–Desde aquí no se ve nada – dijo Víctor, dirigiéndose hacia la puerta.

–No quiero que salgas.

–Voy a ver quién anda por ahí – dijo él sobre su hombro.

–Bueno pero no salgas solo. Te acompaño.

Víctor salió de puntillas, seguido por Marsha, casi pegado a su espalda. Escucharon ruido de pasos cerca de la puerta del garaje.

Víctor encendió la linterna y la apuntó hacia allí.

Dos brillantes ojillos negros los miraron un instante y desaparecieron en la oscuridad.

–Un mapache – dijo Víctor con un suspiro de alivio.

viernes por la mañana

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