Nemesis
—I—
Es el primer día de la temporada que Roque sale de pesca. Se acaba de vestir y sale de su habitación.
—Déjame que te vea —dice su mujer—. ¡Uy, uy, uy! Mira que te sienta bien este abrigo.
—Es una pelliza, cariño —contesta un tanto desganado.
—Abróchate bien, que el frío mañanero es muy traicionero. No olvides que las noches son todavía muy frías. Y en la orilla del río ni te cuento —
insiste abrochándole el último botón de la camisa.
¡Uf! Roque resopla sin que su mujer se percate. Comba las cejas y apostilla:
—Tampoco hace falta que me lo recuerdes. He salido muchas veces de pesca más temprano y aquí estoy, vivito y coleando. ¿No recuerdas cuando…?
—¿Se puede saber dónde vas a ir a pescar? —interrumpe la señora.
—Cerca. Para no pescar nada no es preciso ir muy lejos —contesta con un ápice de indolencia.
—¿No te llevas la nasa?
—¡Cielo santo! Pues claro que la llevo. Anoche la dejé preparada en la puerta junto con la caña —dice con tono indiferente, como si fuera una frase mil veces repetida.
—No llegues muy tarde. Ya sabes que…
—¿Acaso he llegado tarde alguna vez? —contesta con insolencia.
—Ten cuidado al cruzar de acera. Y sobre todo en el cruce del puente de San Antón. Ya sabes que el otro día…
—No te preocupes. Cuando cruzo lo hago en tres brincos —ironiza—.
Ya sabes que apenas he perdido el dinamismo.
—Y por la carretera camina por la izquierda. Ayer dijeron en la tele…
—¡Diablos! ¿Ya no te acuerdas que el Ayuntamiento ha construido un paseo para llegar al Recreo Peral?
—¡Uy! Es verdad. Lo había olvidado. Que tonta soy.
—Pues lo construyeron por la parte derecha de la carretera. Creo que no tendré más remedio que caminar por esa parte.
—Ah. Se me olvidaba. Si se te acerca alguien ten cuidado. Recuerda que a tu amigo…
Con socarronería y de forma un tanto marrullera intenta Roque acabar con la intercesión a que está siendo sometido:
—Vamos a acabar con esto, cielo; que los peces no esperan —dice besando a su mujer y pasando las yemas de los dedos por su piel sedosa.
—Lo último ya. ¿No olvidas algo?
—El cebo lo preparé anoche. Lo llevo en la nasa.
—No me refiero a eso.
—Pues no caigo —dijo tras tomarse unos segundos.
—El sombrero que te regaló tu hijo. El sol de primavera es muy traicionero y ya te va quedando poco pelo, ja, ja, ja…
Al poner un pie en la calle le sorprende una brisa fría que, si no acuchilla, es suficiente para saber que la primavera es muy traicionera en esta ciudad.
El invierno está inmiscuyéndose donde no le corresponde hasta el punto de que no deja que la primavera se manifieste con todo su esplendor. Así pues, dado lo temprano que es y que en Cuenca cae la temperatura por la noche en picado, se hace necesaria una zamarra. Es de colores de camuflaje y, aunque no es muy gruesa, el borreguito interior resultaba suficiente para sortear el fresco matutino. El señor lleva colgado del hombro la nasa y la mano derecha sostiene en paralelo al suelo la caña recogida, adminículos ambos que son producto del regalo que le hicieron sus compañeros de trabajo el día que se jubiló. Su cabeza está protegida por el sombrero de pesca a juego con la zamarra que le regaló su hijo. A pesar de la edad —sin duda alguna es octogenario— se mueve con diligencia.
Busca la calle Colón y con paso cansino pero decidido, bajo el hechizo de una ciudad vacía y en silencio —silencio tan solo roto por las copas de los árboles al cimbrearse—, marcha hacia el río Júcar. Al final de la calle Colón, justo en el cruce con la avenida Virgen de la Luz, se para ante el semáforo ya que aparece ante su vista la silueta de un hombrecito rojo. Mira la derecha y a la izquierda y no ve acercarse ningún vehículo rodado.
Aunque hay quien considera que no es necesario respetar la norma de esperar verde si no hay circulación, el señor lo espera con la misma paciencia que un general ante una batalla. Al cruzar el puente de San Antón, antes de llegar a la iglesia Virgen de la Luz, gira a la derecha y camina río arriba.
La carretera desciende por el margen derecho del río en una sombría que proyecta el enorme murallón rocoso que se yergue sobre la margen izquierda. Baja la cuesta pegado al pretil que hay junto al río y que el Ayuntamiento, no hacía mucho, tuvo a bien ensanchar para evitar peligro a los peatones. Alza el cuello de la zamarra y al llegar a la curva mira al cielo.
Ni una sola nube bajo la cúpula celeste. Deja la carretera y se desvía a la derecha por un camino pedregoso que al atravesar una nutrida red de retamas llega hasta una de las plataformas construidas en madera para los aficionados a la pesca.
Lo que no sabe es que, de forma subrepticia, lo ha estado siguiendo un coche. Ha estado apostado a unos cincuenta metros del portal de su casa durante cuarenta y ocho minutos hasta que salió. En su interior hay dos personas, aunque antes de arrancar se baja uno de ellos. Con cautela, a una distancia prudencial, parando cada vez que se acerca al señor, lo sigue y aparca el coche en una oquedad lo más cerca que puede de la plataforma.
Tras dos botas de montaña Chirucas sale un cuerpo fornido al que, a pesar de que le deben sobrar unos quince kilos a tenor de la manteca bamboleante que se apreciaba en torno a su estómago, se mueve con cierta agilidad. Deja el maletero abierto y marcha a esconderse tras el árbol con el tronco más grueso. Tiene la mala suerte que al pasar junto a un rosal silvestre su mano izquierda queda espetada por una espina. Da un respingo y, tal es el dolor que siente, que se lleva la mano a la boca en un acto reflejo. Cuando se calma el ardor de la piel, haciendo tenaza con el dedo índice y pulgar de la
mano derecha consigue extraer la incómoda astilla. Resuelto el percance, se queda mirando fijamente el cuerpo del pescador —un cuerpo largo y encorvado— con las manos en los bolsillos como si fuera a hacer un retrato al carboncillo. Mira a un lado y a otro y en ese momento ladra un perro desde la otra orilla del río. Va acompañado de una señora de mediana edad.
El pescador está embelesado en el río. Lo mira con devoción, con contemplación, como si en su interior hubiese un enigma que le costase interpretar.
Cuando se alejan el perro y su dueña el pescador sigue allí, se le acerca desde atrás y, sin mover ni una pestaña ni mediar palabra —ni siquiera puede percatarse de su presencia—, le asesta tres puñaladas por la espalda que interrumpieron el momento de silencio y de paz en que estaba sumido.
Cae al suelo como un fardo. Lo recoge con rapidez por las axilas y lo arrastra con diligencia y presteza hacia el coche. Mete la parte superior de su cuerpo en el maletero. Recoge sus pies y queda el cuerpo del malhadado pescador boca arriba. Coge los brazos y los pone uno sobre otro a la altura del pecho en actitud de súplica. Sin apenas inmutarse, cierra el maletero, arranca el motor y, levantando ligeras volutas de polvo, entra en la carretera y desaparece camino de la ciudad.
En la plataforma queda la caña depositada en el suelo sobre un charco de sangre y un taburete plegable. A menos de medio metro, con mansedumbre y sin estridencias, el agua pasa impregnando de humedad el ambiente y dejando un hilillo verdoso en el paisaje. Cuesta creer que alguien posea en sus manos el potencial suficiente para quebrar el rumbo de una persona, pero nada se puede hacer para impedirlo en este caso.
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