Nemesis
—V—
Oramas sale al encuentro de Crespo. Torrijos está en la puerta junto al coche que las ha de llevar a Cañete. Cuando se encuentran las dos inspectoras, Torrijos dice con socarronería:
—Hay que ver, con lo mal que os lleváis y no podéis pasar la una sin la otra.
Crespo no contesta. Oramas se da media vuelta con una amplia sonrisa en su rostro y dice:
—Es que me encanta tenerla enganchada como una garrapata.
No llevan ni cinco minutos de viaje, no llevan ni siquiera cinco kilómetros recorridos, cuando toman la nacional 430. A partir de ese momento da la impresión de que la diosa Naturaleza se hubiera tragado la humanidad. Apenas hay atisbo de civilización. Dos aldeas que se observan un tanto alejadas de la carretera es la única señal de presencia humana.
—Ahora entiendo lo que es la España despoblada —dice Oramas.
—Yo creo que es la España del contraste entre la ciudad y el campo, entre lo urbano y lo rural —responde Crespo.
—Me parece que estamos diciendo lo mismo. Lo curioso es que gente debe de haber. Date cuenta que hay campos cultivados.
—Lo poco que hay puede pertenecer a gente que vive en Cuenca o en Madrid. No le des más vueltas, en veinte años el campo español quedó abandonado sin que los constructores pudieran dar abasto a construir en las ciudades. Esas dos aldeas que acabamos de pasar prácticamente desaparecieron. Apenas quedaron unos cuantos de edad avanzada.
Consultando el recorrido que deben hacer en el GPS, la carretera hace una especie de u muy abierta tratando de evitar las estribaciones de la Serranía. A medida que avanzan los kilómetros el paisaje se va haciendo
más despiadado por la desolación que produce el despoblamiento. El primer pueblo que tienen que atravesar se llama Fuentes. A Oramas le llama la atención un cartel reivindicativo sobre algo de dinosaurios.
—Cuando estaban construyendo el tendido del AVE tuvieron que paralizar las obras al aparecer fósiles de dichos animales —aclara Crespo
—. De lo que se quejan en el pueblo es que se llevaran las mejores tajadas a la capital para el museo de paleontología.
—Ahora que lo dices, todavía no lo he visitado.
—Has de saber que en la Serranía que empieza a la izquierda de la carretera, hace tiempo (no me preguntes cuánto) estuvo el mar. Se sabe, lógicamente, por los fósiles encontrados. En el cerro de San Felipe, que es donde nace el Júcar, se han encontrado calamares. Cuando se retiraron las aguas del mar se produjeron numerosos derrumbamientos del terreno debido al paisaje kárstico. De esta forma se formaron las torcas. Otra visita que debes hacer.
Pasado Carboneras, la carretera se empina. Crespo para en un apartado para aliviarse tras un matorral. Oramas sale del coche y respira como si quisiera meter todo el aire del cielo en sus pulmones. Se colma de aire fresco con fragancias a pino y tomillo. Da unos pasos y coge una buena mata de espliego. Mira hacia arriba y sigue el vuelo de un alimoche, el único pájaro que se divisa en el horizonte. Crespo se baja los pantalones y se agacha desapareciendo tras un matojo. Como si se hubiese accionado un muelle en sus piernas se endereza y sale corriendo hacia el coche con los pantalones bajados a la vez que un jabalí salido de las profundidades del matorral corre en dirección opuesta. Oramas no puede aguantar la risa.
Crespo llega pálida y se mete en el coche despavorida.
—¿No has parado para orinar?
—Ese bicho me ha cortado las ganas. Vaya susto que me he llevado —
reconoce Crespo. Sus palabras entrecortadas dejan ver a las claras que el susto ha sido de aúpa—. No te puedes ni imaginar lo que he sentido cuando he visto a ese monstruo venir hacia mí.
—¿Quieres que esperemos un rato hasta que te tranquilices? —sugiere Oramas.
—Lo único que quiero es salir pitando de aquí —apunta girando la llave de arranque. Oramas la mira sin decir nada. Se lleva la mata de espliego a la nariz y hacía varias inhalaciones.
El GPS los entra en Cañete por el primer desvío, rodeando la ladera donde se yerguen las ruinas del castillo que anuncia un pasado morisco. La ladera rezuma un verde intenso que contrasta con multitud de ocres y grises del roquedo. Nos indica el fin de trayecto en la calle San Andrés. Crespo avanza unos metros y aparca el coche en un aparcamiento que hay junto a la muralla. Salen del coche y reciben tal bofetón de aire fresco en el rostro que a la inspectora Crespo se le eriza el vello de sus brazos desnudos.
—¿Cómo ha bajado la temperatura? —dice Oramas subiéndose el cuello de la cazadora.
—Es que Cañete está más alto que Cuenca. Mira con que torpeza se mueven las lagartijas que hay en el muro.
La fachada del cuartel daña a la vista por su blancura. Es un edificio sobrio en tres plantas. La puerta es pequeña y metálica, pero queda realzada por un arco y un escudo de piedra. Al acercarse se dan cuenta que hay dos jóvenes en la puerta. Uno lleva una cámara sobre el hombro y la otra es una chica muy joven que sostiene en la mano un micrófono.
—Mira, ¿conoces a esos? —pregunta Oramas.
—No los he visto en la vida. Deben ser gacetilleros de provincia.
Al acercarse, los chicos se lanzan hacia ellas como leones hambrientos en pos de una gacela.
—Inspectora Oramas, ¿podría decirnos sobre que hipótesis están trabajando?
—No sabía que fuese tan popular por estas latitudes —responde con tanta ironía como amabilidad. La pareja de reporteros acepta la chanza con una profunda sonrisa—. La verdad es que el caso está prácticamente en mantillas. Sabemos que un señor mayor desapareció en Cuenca y que ha sido encontrado colgado de un pino muy cerca de aquí. Poco más podemos decir.
Al entrar en el cuartel no hay nadie para recibirlos. Miran a un lado y a otro, pero el edificio da la impresión de estar abandonado.
—En la zona rural, las cosas funcionan de otra manera —concluye Oramas.
Crespo, ni corta ni perezosa, da una serie de palmas y se hace acompañar de una potente voz. Oramas le agarra de un brazo y le reprime la acción.
—¡Oiga! ¿Hay alguien aquí?
—Va, va —se oye una voz llena de desazón que proviene del piso de arriba.
El señor, que se identifica como el comandante de puesto, es bajo y regordete, con una pronunciada calva tras la cual se puede hacer un perfecto estudio de los huesos del cráneo.
—Hay que ver. Mira que les digo que la puerta debe estar siempre vigilada.
En ese momento llega su compañero. Viene abrochándose el último botón de la bragueta.
—Os he dicho que la puerta no se debe abandonar bajo ningún concepto
—dice el comandante de puesto con un tono inapropiado por lo humillante.
Su compañero le saca una cabeza y media y acepta el ataque con resignación sin abrir la boca. Las dos inspectoras se lanzan una mirada cómplice con un esbozo de sonrisa asomando en sus labios que parece corroborar que en ciertas latitudes las cosas no funcionan de la misma forma que en el llano—. Además, sabías que llegaban las inspectoras.
Anda, alcánzame las llaves de mi despacho.
El comandante de puesto mete la llave en la cerradura, da un giro y se produce un desagradable chirrido.
—Fernández, te dije que había que engrasar las bisagras —dice girando la cabeza hacia su compañero y rascándose la coronilla. Crespo cruza una mirada con Oramas a su espalda.
El despacho es pequeño, no muy bien ventilado y poco pretencioso en lo referente a la decoración. El lugar es de una frialdad extrema. Se sientan en torno a una mesa rectangular restaurada que posiblemente puede proceder de algún mueble dado de baja en el instituto o en la escuela. En el techo un tubo fluorescente ofrece una luz blanca que viene a paliar la poca
que entra por la ventana. La estancia se ve limpia y se aprecia un profundo olor a lejía.
—Pues la verdad es que no sé por dónde empezar —reconoce el comandante de puesto rascándose la coronilla de nuevo.
—El comisario nos ha dicho que en el mismo árbol en que ha aparecido Roque hubo otro ahorcamiento hace no sé cuántos años —intenta ayudar Oramas a centrar el asunto.
—Sí. Así es. Pero antes de entrar directamente en materia, dejadme que os hable un momento de lo que supuso el maquis en la provincia de Cuenca
—dice sacando del cajón una libretilla de bolsillo—. A partir de 1945 la Serranía conquense se llenó de bandoleros. Esta banda de malhechores estuvo impulsada por Carrillo, que sin apenas dar la cara, alentaba desde Rusia a cometer todo tipo de atropellos con el fin de acabar con el generalísimo —el comandante de puesto para el discurso para reforzar su mensaje antes de continuar, se queda mirando a una y a otra y continúa—:
¡Total na! Eligieron toda esta zona por ser tan abrupta y estar llena de matorral y bosque. Desde las alturas tenían amplia visibilidad.
»Como seguramente sabrán ustedes, en 1946 se creó la Agrupación de Guerrilleros de Levante y Aragón, que fue la más activa de toda España. El quinto sector de dicha agrupación correspondió a la demarcación de Cuenca. Esos forajidos buscaban el levantamiento popular, pero, (¡qué cojones!), quién iba a tener ganas de guerra después de tres años. La gente lo que buscaba era vivir en paz. Vivir en paz y volver a sus rutinas. Y se dieron cuenta que con esta panda de forajidos nunca lo podrían conseguir.
»Cómo sería la cosa que hasta los que vencieron en Europa le dieron la espalda. Prefirieron a Franco antes que caer en las garras del comunismo ruso. Qué se podía esperar de gente como Carrillo que dejó tirados como a una colilla a toda esa gente que se llamaban a sí mismos “luchadores” —la irritación del comandante de puesto crece por momentos—. Los traicionó.
Sí, eso fue lo que ocurrió —se acompaña dando un golpe con los nudillos sobre la mesa tratando de realzar la importancia de su discurso—, traicionaron a esos supuestos luchadores a los que le llenaron la cabeza de pájaros.
Oramas resopla. El discurso del comandante de puesto empieza a violentar a una y a otra.
—¿Hasta cuándo duró la lucha en la Serranía de Cuenca? —pregunta Crespo en un intento de acelerarlo.
—Hasta 1952. Pero no quiero dejar en el tintero el asalto que dirigieron los compañeros de Landete a la guerrilla en Cerro Moreno el 7 de noviembre de 1947. En tres horas no dejaron ni uno vivo. Los cadáveres los bajaron con la cabeza en la tripa de las mulas. Fue un duro golpe para la organización —manifiesta con una sonrisa de oreja a oreja—, ya que allí se encontraba el Estado mayor de la Agrupación, hombres de acción, sin duda alguna —sigue relatando sin que desaparezca la sonrisa de su rostro—.
Además, hay que tener en cuenta que se les privó de abundante dinero y armas, de una multicopista y de una emisora de radio.
»Centrando el asunto, en abril de 1947 la Guardia Civil sorprendió a un grupo de bandoleros en una casa de Boniches. Hubo un enfrentamiento y resultó muerto un guardia civil. Pocos días después, por cierto, murió el rentero de una dehesa al ser acusado delator de dicha reunión. Esta gente se las gastaba así. En fin… Vamos a lo nuestro. Se siguió controlando la zona.
Un día, al atardecer, tres guardias civiles se toparon con un somatén. Les dieron el alto, pero no hicieron caso y se refugiaron tras unas rocas entre pinos y quejigos. La refriega duró más de una hora. Aprovecharon la oscuridad de la noche para desaparecer entre el matorral. A la mañana siguiente apareció colgado de un pino (del mismo pino donde ha aparecido Roque en posición parecida) Olegario Marquina Serrano.
«Olegario Marquina Serrano», repite para sus adentros a la vez que toma nota en una libreta. Oramas empieza a rebullirse en la silla en un claro intento de acabar con la entrevista.
—¿Hay algún informe sobre los hechos acaecidos la noche anterior de la aparición del ahorcado hace setenta y cuatro años? —pregunta Oramas.
—No. De eso no hay nada.
—¿Seguro? —insiste.
—Aquí no se custodia un informe como el que usted dice.
—¿No puede haber algún archivo muerto en algún rincón del cuartel?
—persiste Oramas con irritante obstinación.
—Si así fuera estaría al tanto. No hay nada en esta casa que escape a mi conocimiento.
La inspectora jefa asiente con gesto de circunstancias. El comandante de puesto espera la próxima andanada.
—¿Podría indicarnos con quien podríamos hablar en el pueblo sobre las operaciones de los guerrilleros en la Serranía? —pregunta Oramas levantándose de la silla ambas inspectoras.
—Don Simón, el cura. Es un hombre un tanto raro, pero no es mala persona. Creo que les puede ayudar.
—¿Dónde lo podemos encontrar? —pregunta Crespo.
—Lo mejor será marchar a la iglesia. Vengan, vengan. Les acompaño.
Salen a la calle Muralla y marchan hacia la iglesia de Santiago Apóstol.
A lo lejos camina hacia ellos un señor que al llegar a su altura se para y saluda al comandante de puesto.
—Buena pesca, Francisco —le responde—. Veo que te has estrenado bien —el señor lleva colgado de la cintura dos buenos ejemplares de truchas como si se tratara de un llavero—. Creo que no hace falta que tome medidas. Dan bien la talla.
Sigue el paseo despacio. Sin apresurarse. Como si quisiera retrasar en lo posible la despedida con las inspectoras.
—¿A qué se dedica la gente de la comarca? —se interesa Oramas.
—Quitando los pocos funcionarios que hay y los que se dedican al turisteo, los demás sobreviven casi de milagro. Ha habido épocas en que la gente se dedicó a recoger la resina, luego llegó el caucho y la resina dejó de ser negocio. Quien puede se dedica al mimbre. No falta tampoco quien recoge espliego en el verano o níscalos en otoño. Hay gentuza que se dedica a la caza furtiva con cepos o escopetas. Los habitantes de toda la sierra nos sentimos abandonados a nuestra suerte. Fíjense hasta dónde llegan las cosas que hay días que para tener cobertura hay que subir al castillo. Estos pueblos de por aquí se quedarán vacíos tarde o temprano. Los jóvenes no tienen futuro y marchan a buscarse la vida lejos de aquí.
—La verdad es que es muy diferente la forma de vida en la gran ciudad y en el mundo rural —concluye Crespo.
—Yo voy a ir más allá —el comandante de puesto la fulmina con la mirada y se pone en plan trascendental—. El cerebro de las personas se configura de forma distinta. Una persona que ha vivido su infancia en el pueblo difícilmente se adapta a vivir en la gran ciudad y viceversa. La gente rural gusta de ir un fin de semana a la gran urbe, los urbanitas están deseosos de disfrutar un día en el campo, pero no nos engañemos, tanto unos como otros necesitan regresar a su hábitat. Casi todos los que se fueron en los años sesenta y setenta tienen casa y regresan en vacaciones.
Desde la otra acera cruza una señora bajita y regordeta y se encamina hacia ellos.
—Ahí llega mi señora —admite el comandante de puesto no con mucho agrado.
—Te dije ayer que la lavadora no funciona y no me has hecho caso —
suelta de sopetón al llegar a su altura sin dar ni siquiera los buenos días—.
Hay que fastidiarse, tiene una que estar en todo.
Las dos inspectoras se miran de nuevo con complicidad y el comandante de puesto se rasca la coronilla. Mira a Oramas y a Crespo, aprieta los dientes de rabia y espeta con los ojos encharcados:
—¡Mujeres!
Al llegar a la iglesia, se encuentran al sacristán cerrando la puerta. El comandante de puesto le explica la situación y este le hace saber que el cura está de viaje y que no podrán verlo hasta por la tarde. Oramas pregunta por la hora de regreso y le contesta que más o menos a las seis. Antes de despedirse, el sacristán intenta satisfacer la curiosidad:
—¿Se sabe algo del asunto?
—Poca cosa —responde el comandante de puesto rascándose la coronilla.
Para comer se dirigen al hostal La Muralla. Es un edificio sobrio y robusto situado en la carretera de Valdemeca, no muy alejado del puesto de la Guardia Civil que ofrece una buena variedad de platos tradicionales. Las dos inspectoras piden lo mismo: trucha rellena con jamón y ensalada.
Sabedoras de que están presas del tiempo se conceden el placer de comer despacio. Sin prisa. Saboreando bocado a bocado. No toman postre, pero dilatan la taza de café. No hay ni una sola persona que haya pasado por el restaurante que no se encuentre concernido por la noticia del día.
—Esta mañana me ha llamado la atención un detalle —dice Crespo.
—¿A qué te refieres? —pregunta Oramas con la vista puesta en otra parte.
—A tu insistencia por obtener ese informe de los sucesos de la noche anterior a la aparición de…
—¿No te parece interesante tener algún listado de los guerrilleros emboscados? —interrumpe Crespo mientras consulta la pantalla de su teléfono.
—Tenemos el nombre del ahorcado.
—Quizá no sea suficiente.
Un señor de unos cuarenta y cinco, con aspecto urbanita, se acerca a saludar a las inspectoras.
—¿Qué tal la comida? —pregunta.
—Riquísima —contestan casi al unísono.
Oramas le cuenta el asunto que las ha traído al pueblo y se interesa por el negocio.
—Hace poco que hemos abierto y por lo pronto lo único que puedo decir es que nos vamos sosteniendo. Bueno, para ser sincero, si llego a final de mes es porque en la capital tengo otro negocio de hostelería. Vivo a salto de mata entre la ciudad y la sierra.
—Debe ser duro pasar un invierno en estos lugares —insiste Oramas.
—Yo no podría. Pero no dejo de reconocer que la ciudad y el campo son dos territorios que se complementan. Lo que es una pena es que estos lugares estén tan abandonados. Los políticos solo se acuerdan de que existen en campaña electoral. En cuanto llegan al gobierno se olvidan de todo. Hay lugares que reivindican su situación y que incluso se presentan en Madrid y dan un grito para recordar que existen. Aquí ni siquiera se quejan.
Aceptan su situación como si se tratara de un castigo divino que nadie pudiera evitar.
Aprovechando la verbosidad y el magnetismo del señor, Oramas intenta meter el dedo en la llaga:
—¿Ha constatado usted si la gente de por estos pueblos está muy concienciada de la lucha que hubo por toda la Serranía al terminar la guerra civil?
—El maquis forma parte de la historia reciente de España, pero es una historia enterrada de la que apenas se habla. Franco se preocupó mucho de silenciar todo lo referente a la guerra civil y a la resistencia de los luchadores contra su régimen. A pesar de todo, de vez en cuando vienen grupos de gentes guiados por alguien que les van mostrando in situ lo ocurrido en una especie de reencuentro con el pasado.
—Un noble interés reflexionar sobre nuestro pasado, ¿no le parece? —
dice Crespo.
—Ya lo creo. Echar la vista atrás y mirarnos hacia dentro es un ejercicio muy saludable a la vez que nos convierte en personas más justas y morales.
Estos chicos que se preocupan de desenterrar lo que ocurrió, lo que realmente hacen es golpear conciencias dormidas.
—No sé si sabe que en el mismo árbol en que ha aparecido el ahorcado hubo otro ahorcamiento hace setenta y cuatro años —hace observar Oramas.
—Es la comidilla de todo el mundo.
—¿Tiene alguna pista al respecto?
—Ninguna.
—¿Conoce alguna traición que se produjera en aquellos años? —insiste la inspectora Crespo.
—Lo único que le puedo decir es que en un principio los pastores y los resineros les prestaron apoyo, pero acabaron esquivándolos. Ayudarles era un gran compromiso, hay que tener en cuenta que las montañas estaban dominadas por los guardias.
Suena una melodía. Es el teléfono del señor. Se retira y lo atiende. Se disculpa y sale con precipitación del restaurante. Las inspectoras aprovechan la ocasión y piden la cuenta. Al salir a la calle buscan rutas para llegar a la iglesia que todavía no han transitado. Rodean el pueblo por calles
que serpentean al pie del castillo. Cuando llegan a la iglesia se encuentran la puerta abierta.
—Vamos a entrar —sugiere Crespo—. A ver si hay suerte y ha regresado el cura.
Si por fuera predomina la piedra al estar encaramada en la muralla, por dentro el blanco de las bóvedas le da un aspecto de pulcritud y luminosidad.
Todo el interior está muy iluminado y muy bien aseado. A pesar de todo se aprecia en el ambiente un aroma húmedo. A la derecha del altar hay una puerta que se supone que conducirá a la sacristía. Está entornada. Oramas se adelanta y toca con los nudillos sobre la madera.
—Pasa Ramón —se oye una voz vibrante desde el interior.
Oramas empuja la puerta y aparece una amplia estancia con techos altos y poco mobiliario. Al percatarse el sacerdote del error se levanta de la silla y sale al encuentro.
—Perdonad, he pensado que era el sacristán.
Es un sacerdote bajito, de unos setenta años. Pelo abundante que se lo peina hacia atrás. Viste pantalón gris y camisa negra con alzacuellos. A pesar de la edad se mueve con mucha agilidad. Crespo se anticipa y le explica el motivo de la visita.
—Hemos estado hablando con el comandante de puesto y nos ha dicho que usted…
—Un hombre muy peculiar Esteban. Seguramente os habrá echado el rollo y cuando ha agotado sus conocimientos os ha remitido a mí —dice con voz gélida quitándose las gafas y soltando una exhalación de vaho en cada uno de los cristales. Mientras los limpia con un paño continúa—: Pero en fin, para lo que necesitéis estoy a vuestra disposición. Supongo que estáis aquí por la aparición del ahorcado. La verdad es que hoy no hay otra cosa de qué hablar. No se pueden ni imaginar la cantidad de llamadas que he recibido esta mañana.
—En efecto —sale al paso Oramas con voz aterciopelada—, hemos venido desde Cuenca con el fin de recoger cualquier información que nos ponga en el camino correcto para atrapar al asesino.
Don Simón mira los cristales al trasluz. Da su aprobación con una pequeña sonrisa y coloca las gafas en su lugar natural. Mira a las
inspectoras. Se queda un momento pensando cómo hilvanar el discurso y se arranca:
—Voy a procurar ser claro y sintético. Lo que se vivió en toda la Serranía en aquellos malditos años de estrecheces fue un drama social —su voz retumba y domina la totalidad del espacio—. Admiro profundamente a toda aquella gente que se echó al monte para luchar por la libertad. Pero también he de decir para ser justo que fueron manipulados. Esas gentes tan solo eran peones de una dramática partida de ajedrez que se jugaba muy lejos de aquí. Posiblemente desde algún palacete y con una copa de güisqui en la mano, comunismo de café le llamo yo a eso —el tono de voz del sacerdote destila tal desprecio que hiela la sangre—. La gente se odia y se mata por unas ideas que otros les han metido en la conciencia y que dudo que ellos mismos se las creyeran. En el monte había analfabetos e intelectuales. Estos últimos habían venido de muy lejos, pretendían que el pueblo se levantara en armas. Los primeros, los peones, los pobres «parias de la tierra» tenían más fe en el partido que en Dios. Les habían contado que la historia estaba de su parte.
»Para esas pobres gentes a las que me refiero tuvo que ser muy duro ver caer verdades que creían inmutables. Ideas por las que lucharon con toda su alma. Les contaron que el marxismo es una ciencia armónica que da a los hombres una concepción del mundo íntegra. Paparruchas. Mirad como acabaron, sin patria, exiliados, desterrados y olvidados. A lo largo de mi vida he hablado con muchos y algunos me manifestaban que todavía seguían mirando hacia atrás pensando que alguien les perseguía. Y qué se creen ustedes, que han recibido alguna condecoración. Pues no, ni siquiera han recibido una ayuda, ni unas míseras gracias por haber luchado por la libertad. Esos hombres que no podían moverse por caminos transitados y que para cruzar los ríos lo tenían que hacer a nado, sin utilizar los puentes, acabaron en un vergonzoso e interminable silencio. Los que ganaron la guerra acabaron vendiendo pisos en la costa del sol, los resistentes fueron extranjeros en todas partes, exiliados o renegados. En definitiva, alguien que huye, pero que nunca consiguieron el certificado de refugiado político.
No sé si se van percatando del drama. Aquellos hombres se jugaron la vida por ideas que no han sido posible llevarlas a la práctica.
Las inspectoras atienden las palabras de don Simón como si fueran dos alumnas de bachiller.
—¿Cómo era la vida de esta gente en la sierra? —pregunta Crespo.
—Para sobrevivir en la sierra era necesario tener piernas de acero, pulmones de guepardo y un estomago blindado. Tuvieron que recurrir a secuestros y sabotajes para poder tirar. Si querían desplazarse era necesario aprovechar la oscuridad de la noche. Hablé en cierta ocasión con el hijo de un guerrillero y me contó que para comunicarse en la lejanía imitaban el grito de un búho o el chasquido de dos piedras. Con los cómplices utilizaban a veces otro tipo de señales, como tender una sábana en un lugar u otro. Escuchaban radio Pirenaica, manteniendo contacto con el partido por radio casi a diario. Yo definiría esta forma de vivir como de dureza extrema. Una vida que les alejaba de sus familiares, sin poder consumir alcohol, era una vida monacal.
—Acercándonos más al asunto que nos trae entre manos, ¿había delatores entre ellos? —pregunta de nuevo Crespo con una punzada de inquietud profesional.
El sacerdote mira el reloj. Le entusiasma la exposición, pero la hora de la misa está cerca.
—Lo primero que le voy a decir es que existía una gran división entre las bases y los comunistas apasionados —apunta agolpándose las palabras en su garganta—. Era una división tan acentuada que no se fiaban unos de otros. Y sí, entre ellos se espiaban y se delataban. Cuando descubrían a uno, no había clemencia posible ni oportunidad de demostrar su inocencia. Este tipo de justicia inapelable se aplicaba también a los campesinos acusados de chivatear.
»Debido al contexto internacional, el PCE abandonó la vía guerrillera y el apoyo a las partidas. Pero los dirigentes comunistas no se conformaron con eso —continúa tras un suspiro—, llegaron a asesinar a los jefes guerrilleros que se negaron a abandonar el monte. La retirada no fue nada fácil. Hay que tener en cuenta que había guerrilleros que, no es que estuvieran en el monte, es que eran el monte. Formaban parte de él como una alimaña más.
—Me va a permitir la última pregunta —solicita Oramas con tono conmovedor—, ¿tiene usted alguna idea de la relación que pueda haber entre el cadáver aparecido esta mañana y el guerrillero al que ahorcaron hace tanto tiempo? Me refiero…
—No tengo ni idea. Creo que lo mejor es que os dirijáis a Boniches y preguntéis en el Ayuntamiento por el asunto.
Don Simón les dirige una sonrisa lánguida, se levanta y abre un baúl que hay bajo un óleo que reproduce a San Antonio con el niño. En el interior guarda los hábitos para decir misa. Saca una túnica blanca, introduce la cabeza y la deja caer hasta los pies. Las dos inspectoras comprenden que es el momento de marcharse y antes de que el sacerdote se coloque la estola se despiden agradeciéndoles todas las atenciones.
—¿Sabes una cosa? —dice Crespo ya en la calle.
—Qué.
—Que tengo la impresión de que estamos haciendo un máster más que estar investigando un asesinato —se burla Crespo dándole un ligero empujón.
—Pues yo lo que he pensado es que puedes escribir una buena novela con este caso —le devuelve la broma Oramas acompañada de una sonrisa ladina.
—¿Recuerdas el caso de las gemelas?
Oramas arruga la frente durante unos segundos.
—Sí, claro. Fue nuestro anterior caso.
—Pues he empezado una novela negra inspirándome en él —asiente Crespo con gesto orgulloso.
—No sales de la novela negra. Podrías escribir alguna romántica o histórica.
—No te puedes ni imaginar lo que la novela negra esconde.
—Te pido discreción con lo que escribas. Que hay veces que la pluma la carga el diablo y luego…
—Confía en mí, jefa.
Barzoneando llegan hasta la plaza mayor, que es el centro de la vida del pueblo. La plaza es un cuadrilátero que no llega a ser ni rectángulo ni trapecio. Una fuente y un monumento dedicado a don Álvaro de Luna —el
personaje más ilustre de los cañeteros— ocupan parte del espacio. Se sientan en una terraza bajo los soportales y piden agua y café.
—¿Has pensado en la posibilidad de hacer noche en este pueblo? —
pregunta Crespo tratando de averiguar las intenciones de su compañera.
—La verdad es que llevo tiempo calentándome los cascos con esa idea.
¿Crees que merece la pena que regresemos a Cuenca?
—De ninguna manera —salta Crespo como un resorte—. Nada como levantarnos y estar en el lugar de trabajo.
—El problema que veo es que no hemos traído ropa para pasar la noche.
—Si lo dices por el pijama, por mí no hay problemas. Dormimos en bolas.
Apenas ha tenido tiempo el camarero de poner los vasos y las tazas sobre la mesa, cuando el teléfono de Oramas vibra. En la pantalla se anuncia un nombre: Torrijos.
—¿Qué te cuentas Mateo? —contesta tras sacar el teléfono del bolsillo.
—Se me hace muy raro que me llames por mi nombre de pila.
—Es que no estamos en horario laboral.
—¿Qué tal va esa luna de miel? —ironiza Torrijos.
Oramas frunce el ceño, se tapa la boca con la palma de la mano y dice con voz queda:
—Eres un capullo.
—Nunca te has dirigido a mí de modo tan agresivo. Anda cuéntame qué habéis averiguado.
—En concreto nada, pero creo que estamos en el buen camino. Hemos pensado en pernoctar aquí. Mañana, cuando llegues a comisaría, házselo saber al comisario.
—No te preocupes por eso. Yendo al grano, te llamo para hacerte saber que nos han devuelto el teléfono de Roque con el informe de llamadas.
—¿Qué dice ese informe?
—Hay un número que se repite mucho en llamadas entrantes.
—¿A nombre de Higinio?
—Pues sí, a nombre de Higinio Romero de la Fuente. Lo llamó el día anterior a su desaparición.
—Archivad el escrito y custodiar el teléfono. Creo que no es momento de devolvérselo a su mujer. ¿Se sabe algo de las marcas de los neumáticos?
—No hemos recibido nada por el momento.
—En el momento que lo recibáis, hacédmelo saber, por favor.
La temperatura empieza a caer en picado. Ni una ni otra tienen ropa adecuada para andar de paseos. Enfrente de ellas hay un supermercado.
Entran y compran agua, cepillo de dientes, crema dental y algún adminículo más para la higiene. Al salir se agarran una a otra del brazo en un intento de darse calor y marchan hacia el hostal donde han comido. Las atiende el dueño del establecimiento. Piden una habitación doble y el señor las acompaña hasta los aposentos. Es una habitación sin grandes pretensiones, pero que les va a permitir pasar la noche con dignidad. Oramas se acerca al balcón, sube la persiana y aparece ante ella el castillo.
—Tiene buenas vistas —exclama.
—Estamos en la más solicitada.
Las dos inspectoras se instalan y bajan a la sala de estar. Se arrellanan cada una en un sillón y permanecen en silencio hasta que llega el recepcionista acompañado de un chico joven.
—Referente a la conversación que iniciamos durante la comida, les presento a David Martín. Es licenciado en Historia y está hospedado con nosotros. Ha venido desde Teruel para dar una charla sobre el maquis a un grupo que viene mañana desde Valencia.
—Me centraré sobre todo en la Agrupación Guerrillera del Levante y Aragón —aclara David con tono cálido.
—Siéntese con nosotros, por favor —es Crespo quien hace la invitación.
David arrastra el sillón haciendo un giro con el fin de que se puedan ver las caras.
—¿Desean conocer algo en especial? —se ofrece con una amabilidad natural.
Las dos inspectoras se quedan desarmadas ante la oferta de David. Se miran una a la otra como si trataran de establecer la persona que tiene que contestar. Crespo se adelanta y dice:
—Háblenos de la guerrilla en estas latitudes.
—Permítanme primero que les diga que la guerrilla antifranquista fue el epígono de la guerra civil. Hay que dejar claro que el principal objetivo era llamar la atención de las fuerzas aliadas que en ese momento estaban venciendo al fascismo en Europa. Se suponía que, una vez que quedara liberada Francia, cruzarían los Pirineos.
—Venía a ser una operación de reconquista, ¿no es así?
David guarda silencio unos instantes. No hay atisbo de sonrisa en su rostro. Acaba de comprender que las dos inspectoras no están ayunas de conocimientos en lo que al maquis se refiere.
—Se podría llamar así. Al menos, la fallida invasión del valle de Arán se hizo con ese propósito.
—Fracasó, pero tengo entendido que quedó abierta una ventana. —
Conforme enuncia tal conclusión, Crespo se siente ridícula. «¿Quién soy yo para meterme en estos andariveles?»—. Lo que quiero decir…
—No, si tienes razón. Como acabo de decir, lo que pretendían era hacer una llamada de atención. Fue el partido comunista el que, a raíz de los huidos estableció la lucha. Lo hizo a imagen y semejanza de la resistencia francesa, que más que francesa fue española teniendo en cuenta la cantidad de ellos que se dieron cita en el sur de Francia. La primera organización guerrillera fue la de León y Galicia, que sirvió de modelo a los comunistas para organizar las demás desde el exilio. Ahora bien, la más activa y la mejor organizada fue la de Levante.
Oramas está saturada de tanta información sobre el maquis. El chute que ha recibido en las últimas horas es excesivo. Aun así todavía le quedan ganas de preguntar:
—¿Qué actitud tuvo la Guardia Civil en la represión? Se lo pregunto porque tengo la impresión de que pudo influir en la resolución del caso que nos ha traído hasta aquí.
David se queda un tanto estupefacto. Tarda en reaccionar. Por fin aclara:
—Franco no vio con buenos ojos al cuerpo de la Guardia Civil. La razón hay que buscarla en que, dado lo disciplinado que era, muchos de sus miembros fueron fieles a la República.
—Yo creo que más que fieles a la República, fueron fieles a la legalidad establecida —puntualiza Crespo.
—De acuerdo. Quizá sea más preciso —admite David—. Alguien debió decirle a Franco que era preciso contar con la Guardia Civil y lo que hizo fue militarizarla. Como sabemos fue el gran azote de los guerrilleros.
Fueron muchos los que se infiltraban y acababan delatando a los guerrilleros, entre los que a veces era difícil distinguir entre los auténticos y los traidores.
Oramas se esfuerza por mantener los ojos abiertos. No es muy tarde, pero el ajetreo del día más la tunda de pedalear que se dio el día anterior la tiene al borde de la hipnosis.
—Estamos tratando de averiguar la relación que hay entre el hombre que ha aparecido esta mañana ahorcado y otro suceso parecido que ocurrió hace setenta y cuatro años. ¿Puede arrojar luz en dicho asunto?
David resopla. Entrelaza los dedos de sus manos y dice:
—Lo siento, no puedo ayudar.
—¿Conoce algún archivo en el que podamos indagar?
—Supongo que de haberlo estará bajo custodia de la Guardia Civil.
El recepcionista se acerca con una bandeja sobre la mano izquierda.
Deposita con la derecha tres posavasos, tres copas, tres botellines de tercio y un plato con una tortilla de patatas.
—Cordialidad de la casa —dice con tono complaciente.
El agradecimiento es por partida triple, a tres voces. Oramas, que parece revivir con la cerveza, le cuenta a David su pasado en las islas Canarias casi sin venir a cuento. Tan animada estaba que relata el proceso de separación con su marido.
—Él es el culpable de que yo esté aquí en este momento —llega a manifestar.
Toman café y alargan la velada hasta las once y media. Lo último que hace Oramas es llamar a su madre.
—¿Qué tal está mi única hija? —dice la madre.
—Cansada —contesta la hija de forma lacónica.
—Tan cansada que no has podido felicitarme.
—¡Oh! Es verdad. Se me ha pasado por completo. Lo cierto es que no he parado de trabajar en todo el día. Pero te he dejado una tarta en el frigorífico.
—La he visto, pero no la he tocado.
—Mañana lo celebramos, si te parece bien.
—Qué remedio. Espero que no haya más contratiempos.
—Lo dicho mamá. Muchas felicidades. Me voy ahora mismo a la cama, que estoy muy cansada.
Cuando se meten en la cama Crespo cae dormida al instante. A Oramas le afecta el chute que se ha dado de cafeína a última hora y le resulta imposible conciliar el sueño. Es un buen momento para reconstruir el proceso de la investigación. Las imágenes se agolpan vertiginosamente en su mente. Acude de inmediato la imagen de un señor que camina erguido con un sombrero a juego con la zamarra. Lleva una caña de pescar en su mano derecha y marcha con paso decidido. Le sigue un coche que aparca junto a la plataforma que ha elegido para pasar la mañana pescando. El conductor es un chico alto y fuerte que viste un chaleco verde. Por la otra orilla del río pasea una señora con su perro. El conductor se agazapa detrás de un chopo para no ser visto y espera el momento oportuno. Sin contemplaciones y a traición, le asesta dos puñaladas, ¿o son tres? La escena queda trenzada inmediatamente con la entrevista que tuvo con los tres hijos de Roque en el despacho del comisario y con la cara de susto del curilla que baja a buscar la paz junto al Júcar. Lo que más le afecta a Oramas es la irrupción en su mente de la foto de Roque suspendido de una soga por el cuello. El gesto de su rostro se hacía sentir con una gran violencia una y otra vez produciéndole un dolor penetrante. Da vueltas entre las sábanas tratando de apartar la imagen de su cabeza, pero no lo consigue. Se levanta y va al baño. Bebe agua y se lava la cara. Regresa a la cama y cambia de tercio. Piensa la relación que hay entre el ahorcamiento de Roque y el que se produjo en el 47. No consigue establecer relación, pero está segura que la hay.
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