No mentirás
Capítulo 4
Jueves, 8 de octubre de 2009, 11.22 h.
Camino a Mors
Carlos no podía creer lo que estaba haciendo.
No sabía, ni siquiera, a qué velocidad iba. Poco o nada le importaba la multa que pudiera caer tras semejante demostración de rapidez. Algo impropio en él, pues en autopista siempre establecía una velocidad fija con el controlador y no solía variarla nunca. Si hubiera tratado de buscar el dichoso botón, no lo hubiera encontrado ni en un millón de intentos. Su cerebro, en esos momentos, iba por libre.
Tanto que en su cabeza era imposible encontrar ni un solo pensamiento lúcido. Lo único que tenía claro era el nombre del lugar al que se dirigía. Todo lo demás lo guardaba en una bolsa llena de dudas, donde imperaba la pregunta: ¿por qué lo hacía realmente? Sabía que, por el momento, le iba a ser imposible encontrar una respuesta coherente.
Tampoco conseguía arrancar de ese amasijo de imágenes y palabras sin sentido la cara de Gala cuando él le contó cuál era su propósito. A pesar de lo metódico de su día a día, estaba acostumbrada a la típica llamada importante que daba al traste con todo y hacía que Carlos tuviera que reescribir su agenda unas cinco veces cada jornada. Pero aquello superaba cualquier situación.
Solo las palabras «Mi padre ha muerto, tengo que ir a un pueblo de Alicante. Volveré lo antes que pueda» sirvieron como explicación para su ausencia repentina. En realidad, ni intentándolo durante diez minutos le hubieran salido otras. Ella tampoco había podido contestarle mientras lo vio desaparecer por la puerta a toda velocidad.
Ya llevaba casi tres horas al volante, el GPS le indicaba que apenas quedaban unos kilómetros para su destino.
¿A qué velocidad he venido por la A31?
Continuó conduciendo atento a las indicaciones del aparato electrónico. Sin él, le hubiera sido imposible encontrar el lugar al que se dirigía, más que nada porque parecía estar perdido de la mano de Dios.
Observó el paisaje mientras conducía. Era raro, porque no lo había hecho desde que había salido de Madrid. Parecía que algo de consciencia había vuelto a él una vez empezó a transitar por esas carreteras secundarias que ahora pisaba. Esto le hizo levantar el pie del acelerador de manera considerable. Así, al menos, conseguiría llegar hasta su destino con vida. Había bastante soledad sobre los terrenos que iba dejando atrás con el coche. La mayoría de los terrenos eran tierras yermas, algunas con un poco más de vegetación que otras, que hacían que todo aquello pareciera más un paisaje desértico que otra cosa. Las otras, las cultivadas, también le llamaron la atención porque había una importante cantidad de huertos con unos árboles que parecían ser limoneros. Lo suponía porque, en verdad, nunca había visto uno de cerca. De todos modos, todo esto no es que lo disgustara del todo. Reconocía que, acostumbrado a hileras de cristales y hormigón armado, aquello era una algo muy agradable para los sentidos. Tranquilidad y soledad, conceptos hasta ahora casi desconocidos para él. Sintió mucho el no poder — o quizá no saber— apreciar aquella imagen como en verdad se merecía, pero se reconocía a sí mismo como un animal de jungla urbana. Prefería cientos de veces el ruido, la contaminación, ignorar a la gente y ser ignorado y, en general, el caos típico de Madrid. Sí, era un bicho raro, pero lo tenía asumido desde hacía ya mucho, por lo que no le afectaba.
Hasta donde él conocía a su padre —o él pensaba conocer, visto lo visto —, creía que era igual, pero parecía ser que no, pues el cambio de aires que se había dado había sido brutal. Era como haber pasado de la noche a la mañana.
El aparato lo fue guiando a través de las angostas carreteras hasta que llegó a su destino. Un viejo cartel rectangular de color blanco, con el borde rojo y con las letras en negro, así lo confirmaba. Estaba ubicado justo antes de llegar a una fábrica de considerables dimensiones y con aspecto de estar abandonada. Buen recibimiento. No necesitaba leer el cartel: no había dejado de pensar en el dichoso nombre desde que se lo había dicho el jefe de la policía local.
Mors, menudo nombrecito para un pueblo.
No supo por qué, pero ese pensamiento trajo consigo un escalofrío que le recorrió toda la espalda. Lo malo es que no había dejado de hacerlo en todas las veces que había recordado el nombre de la localidad.
No tenía ni idea de en qué calle había vivido estos años su padre, pero aquello no era problema porque, tras una nueva llamada por teléfono —algo más calmado, al menos en su exterior—, había quedado con el jefe de la policía local en sus dependencias, ubicadas en la plaza principal del pueblo.
El GPS le indicaba que la Plaza de España —que así era el nombre exacto del punto de encuentro— estaba apenas a unos ciento cincuenta metros. Al avanzar por el centro de la localidad, notó que la gente con la que se iba cruzando no le quitaba ojo al coche y, por consiguiente, al conductor. Era algo que le solía ocurrir con frecuencia debido a los vehículos de alta gama que conducía, pero aquel mirar era distinto. No era envidia, parecía haber algo más. Se asemejaba más a la desconfianza, o algo así. Además, por muy pequeño que fuera el pueblo no vivían en cavernas y seguro habrían visto decenas de coches parecidos paseando por sus calles, por lo que todavía era más extraño.
Tras un giro a la izquierda mientras avanzaba por la calle Mayor, avanzó unos pocos metros hasta encontrar un buen lugar donde poder dejar el coche aparcado. Justo entre otros dos coches. A pesar de la prisa que él mismo se había autoimpuesto, no descendió del vehículo hasta que tuvo la certeza visual de encontrarse a la misma distancia del coche de delante que del de atrás. La tensión podría estar por las nubes, pero había cosas en él que no podía evitar.
Cerró la puerta del vehículo sin ningún interés en detenerse a observar la belleza del lugar. En él, parecía no haber pasado el tiempo en décadas. Una fuente de un material muy parecido al mármol, al menos en lo estético, presidía majestuosa el centro de la plaza. Era curioso porque su aspecto era de fuente, pero dentro, lejos de tener agua, estaba repleta de plantas muy cuidadas. Sobre ellas destacaban unas flores de colores rojo y blanco, si bien no tenía ni idea de a qué especie pertenecían. Otra curiosidad de la fuente era que en su mismísimo centro había una columna y en lo alto reposaba una imagen de una virgen. Carlos, que no era muy católico, leyó con desinterés que se trataba de la virgen de la Inmaculada. Alrededor de la falsa fuente, varios bancos daban la apariencia de protegerla, como si fuera la lideresa de un ejército y ellos los soldados que la flanqueaban. Dos de ellos estaban ocupados por lugareños de avanzada edad que no dejaban de mirar a Carlos mientras murmuraban cosas por lo bajo. Carlos estuvo seguro de que aquel debía de ser un día atípico para ellos y de que la presencia de cualquier extraño podría ser no muy bien recibida. Bordeando el conjunto, una serie de palmeras bastante altas se erguían delimitando el perímetro de la plaza.
El día había amanecido radiante en la capital, pero en Mors, en cambio, las nubes no dejaban ver ni un solo rayo de sol. La sensación térmica era distinta, el calor era húmedo, muy húmedo. Casi podría definirse como un bochorno insoportable. Esta sensación hacía que el traje que llevaba enfundado se le pegara al cuerpo y le produjera una sensación de asfixia que nunca había sentido antes. No supo si la situación también tendría que ver algo con esto. A pesar de ello, prefirió mantener la compostura y ni siquiera se aflojó el nudo de la corbata, que ahora parecía querer ahogarlo.
Tras un rápido vistazo, localizó la entrada a la jefatura de la policía local gracias a un cartel blanco con letras azules que tenía encima de la puerta. Se dirigió hacia allí sin poder dejar de mirar el conjunto al que pertenecía. Al parecer, el mismo edificio hacía las veces de ayuntamiento, jefatura de la policía local, hogar del pensionista y auditorio municipal. Carlos quedó asombrado con la eficiencia del que decidió construir esto.
Cuando se plantó frente a la puerta, trató de entrar y comprobó que estaba cerrado con llave.
Sin saber muy bien qué hacer ante tal contratiempo, se giró sobre sí mismo y observó que hacia él venía un policía a toda prisa. No tardó en llegar donde él estaba.
—¿Es usted Carlos Lorenzo? —preguntó casi con la lengua fuera.
El abogado se limitó a asentir. Quedó algo sorprendido al ver la juventud del muchacho. Parecía haber cumplido recientemente los veinte años, era imposible que tuviera más edad. Lo que sí era evidente eran las horas de gimnasio que este se había metido entre pecho y espalda, el atuendo no le cedía ni un solo centímetro. Hasta el punto que parecía que la camiseta le iba a reventar. Sus ojos se fueron a continuación en busca de sus orejas, donde varios agujeros —en los que ahora no había pendientes— demostraban que su juventud no era una mera suposición de Carlos.
—Mi nombre es Francisco Pons, junto con Julián y un compañero más formamos el cuerpo de policía local de Mors.
A Carlos le sorprendió mucho la manera de hablar del agente. Era un acento extraño, parecido al murciano pero a la vez muy alejado. Era esto, y el tono que empleaba, lo que le hacía parecer que estuviera más cantando que hablando.
—¿Solo son tres policías? —preguntó extrañado el abogado.
—Es un pueblo muy pequeño, señor. Tenemos censados algo menos de cinco mil habitantes. Nuestra figura es una mera formalidad. Lo único que hacemos es turnarnos a lo largo de todo el día para hacer patrullajes con el coche y poco más. En Mors nunca tenemos problemas de ningún tipo. — Francisco se percató del error de sus palabras al recordar el motivo de la visita de Carlos—. Bueno, casi nunca, lamento mucho lo ocurrido. —Le tendió la mano.
—No se preocupe —respondió el abogado al mismo tiempo que estrechaba la mano del joven con un apretón firme que tenía más que ensayado—. Había quedado con su jefe aquí mismo, ¿podría, de alguna forma, hacerle saber que he llegado?
—Dudo que tarde. Está en un pueblo vecino prestando declaración para el informe que está elaborando la Guardia Civil sobre el incidente. Me ha mandado salir a su encuentro mientras él regresa.
Carlos ahogó un suspiro de resignación, no quería parecer descortés ante el muchacho. Lo que sí necesitaba era acabar con todo aquello cuanto antes y volver a su vida. Apenas llevaba unos minutos en aquel pueblo y ya sentía una presión fuerte en el pecho. No estaba hecho para este tipo de situaciones. Sin darse cuenta, metió las manos en sus bolsillos. Jamás lo hacía, esa imagen denotaba inseguridad. Al darse cuenta las sacó con rapidez.
—¿Dónde está el cuerpo de mi padre? —soltó de repente, dejando al policía casi noqueado por el impacto de la pregunta.
—Si no me equivoco está en Alicante, en Medicina Legal, pero no me haga mucho caso porque no lo sé a ciencia cierta. En cuanto llegue mi superior podrá preguntarle todo lo que necesite. Es más, olvide que se lo he dicho porque en teoría no estoy autorizado para contar nada a nadie ya que todavía hay una investigación abierta. Ni siquiera a usted. Discúlpeme.
El abogado no reprimió esta vez el bufido. Entendía la posición del policía, pero aquella situación lo estaba desesperando.
Pasaron casi cinco minutos en un incómodo silencio. En ese período, él miraba su reloj casi cada quince segundos y el muchacho consultó en varias ocasiones su terminal móvil; parecía que chateaba con alguien por la estúpida sonrisa que dibujaba en su boca. Al madrileño le pareció una falta de respeto, pero no dijo nada, aquello no era de su incumbencia. Además, estaba acostumbrado a que la nueva sociedad tecnológica actuara de manera tan maleducada.
—Ahí lo tiene —dijo el policía rompiendo el momento.
Carlos se giró hacia la posición hacia la que miraba el agente. Con paso decidido, se acercaba un hombre vestido con el mismo atuendo que Francisco, pero que reflejaba en su rostro bastante más experiencia —además de un galón en sus hombros—. Su cara ya estaba algo arrugada y la gorra no conseguía esconder las canas que pugnaban por ser mayoría en un pelo que antes había sido negro. Este hombre al menos sí tenía aspecto de policía, no de bombero de calendario. Aunque una prominente barriga hacía a Carlos dudar de su rápida respuesta ante una situación complicada. Venía acompañado de un guardia civil de mejor aspecto que el policía local.
—Buenos días, señor Lorenzo. Hemos hablado por teléfono. Soy el jefe de policía Julián Ramírez, le acompaño en el sentimiento.
El acento del jefe de policía era el mismo que el de su subordinado. Al parecer, era el predominante de la zona.
—Gracias —contestó sin saber muy bien en qué sentimiento le acompañaba.
—Le presento al sargento de la Guardia Civil Gonzalo Pedrosa. Es el encargado de la investigación por lo sucedido.
Ambos se dieron la mano.
—Si no le importa, pasemos al interior. Es un pueblo pequeño, pero sus habitantes son algo chismosos y no me gustaría que lo que hablemos sea tema de conversación en la carnicería o la peluquería.
—¿No vamos a casa de mi padre? ¿Está allí aún? —Carlos hizo esa pregunta con toda la intención del mundo. En ocasiones, hacerse el tonto era una de las mejores armas para obtener información. Y en eso él tenía un máster.
—No, su cuerpo está en Medicina Legal, en Alicante. Nos han prometido que pronto podrá disponer de él ya que la causa de la muerte parece estar bastante clara. Después, si me permite el atrevimiento, lo conveniente sería llevarlo a un tanatorio cercano. Pero no se preocupe, habrá tiempo para todo. Primero, el sargento Pedrosa necesita hablar con usted de algunas cosas.
Carlos asintió y aceptó, no le quedaba otra.
Pasaron al interior del edificio, una simple puerta de cristal con un estor de aluminio fino daba la bienvenida. Dentro no había mucho más: dos mesas tipo escritorio con sendos ordenadores de sobremesa y una estantería con archivadores eran toda la decoración, además de un calendario con el escudo del pueblo como única fotografía en él. El abogado estaba sorprendido, había estado en decenas de dependencias policiales, tanto locales como de mayor envergadura, por motivos laborales y esto no se parecía en nada a ninguna de ellas.
—¿No tienen ni siquiera calabozo? —quiso saber Carlos muy curioso ante lo que veían sus ojos.
—¿Para qué? Aquí nunca tenemos ningún tipo de problema, todos nos conocemos y nadie se dedica a incordiarnos. En caso de requerirse, actuaría la Guardia Civil del pueblo de al lado —dijo mirando al sargento— o la Policía Nacional de Orihuela o Alicante, según la magnitud y el tipo de caso. Aunque creo que no los hemos necesitado nunca. Ahora, si no le importa, vayamos al grano. Tome asiento.
—Me parece bien.
Carlos se agarró el pantalón de las rodillas antes de sentarse. Siempre lo hacía, era una forma de mantener su aspecto pulcro en todo momento. Para él, era indispensable.
—Comprendo que es un momento difícil para usted —comenzó a hablar el sargento Pedrosa—, pero es necesario que le haga estas preguntas. Como abogado que es, conoce sus derechos, pero quiero que sepa que son simples cuestiones rutinarias que haríamos a cualquier hijo de fallecido en circunstancias especiales. Como sabrá, debería grabar la conversación con su testimonio, pero no lo veo necesario. Igualmente si no quiere o no se siente con fuerzas para responder, lo comprenderé. ¿Ha entendido todo y está dispuesto a responder si las preguntas se lo permiten?
—Sí —contestó Carlos sin titubear.
El sargento extrajo un papel doblado de una carpeta de color azul que hasta ahora Carlos no había visto. Lo desdobló y comenzó a leer.
—Como ya le ha indicado por teléfono Ramírez, su padre se ha quitado la vida. Lo ha hecho mediante una improvisada horca y esto ha llevado a la intervención de la Policía Judicial. Antes de seguir, también me gustaría informarle de que el caso lo lleva el Juzgado de Instrucción Número 1 de Orihuela, para cualquier tema legal que necesite. —Hizo una pausa—. Bien, dicho esto procedamos: ¿Sabe de algún motivo que le haya llevado a cometer tal acto?
—No tengo la menor idea, mi padre y yo no estábamos muy unidos.
—¿A qué se refiere?
—Hace dieciocho años que no sé nada de él.
—¿Por algún motivo en especial?
—Preferiría no hablar de ello.
El sargento lo miró durante unos segundos, sin pestañear.
—Como desee, pero necesito que sopese si algo de esto podría tener relación con lo ocurrido.
—Lo dudo, ¿tiene más preguntas?
—Emmm, sí… —dijo extrañado el guardia civil—, ¿había tratado de ponerse en contacto con usted en los últimos días?
—No, al menos que yo sepa.
—¿Está seguro?
Carlos levantó una ceja, no entendía la insistencia de aquel hombre, estuvo a nada de mandarlo a la mierda, pero no era el momento ni el lugar para ponerse así. Prefirió aguantar estoicamente aquella pantomima y volver a Madrid cuanto antes.
—Sí, lo estoy.
—Está bien, el resto de preguntas no me valen para nada. Si dice que no tenía relación con él, no podrá responderme, son todas acerca de su comportamiento en los últimos días. Para eso querría informarle que un experto en psicología forense tratará de indagar en los últimos meses de vida de su padre. También le digo que lo hará como una mera formalidad y no sé si llegará a averiguar algo. Ahora bien, hay algo que empieza a no encajarme en todo esto, y con ello comprenderá el énfasis en la última pregunta. ¿No se ha preguntado cómo hemos dado con usted si, según me ha dicho, no tenía relación con él? Según me ha comentado Ramírez, en el pueblo conocían bien a su padre y, al parecer, nadie sabía que tenía un hijo, ni siquiera que estuviera casado.
A Carlos, esta última parte no le sorprendía. Alguien tan cobarde de hacer lo que hizo no iría contando por ahí datos de su anterior vida. Ante la pregunta negó con la cabeza.
—Supimos que tenía un hijo por algo que voy a enseñarle. Estoy seguro de que lo hubiéramos acabado averiguando sin esto, pero digamos que lo ha acelerado.
El guardia civil volvió a abrir la carpeta azul y metió la mano dentro. Extrajo un par de papeles, al parecer, fotocopias. Carlos se preguntó si duraría mucho tiempo el juego de extraer las cosas con cuentagotas y no todo de una vez.
—Le explico porque puede que sea difícil de entender, todavía más después de lo que me ha contado. En este primer papel —dijo a la vez que lo colocaba encima de la mesa, de cara hacia Carlos—, puede ver una foto que parecía sostener en su mano en el momento del suicidio. Lo pensamos por la posición en la que estaba el cuerpo y la de la propia foto.
El guardia civil, con sus palabras, demostraba ser una persona carente de tacto alguno para hablar. A Carlos no le importaba demasiado, dada su especial situación con su padre, pero pensó en si sería igual con personas más sensibles que él.
El abogado miró bien la foto y la reconoció al instante. Hacía dieciocho años que no la veía, justo los mismos que hacía que su padre se había marchado, pero la recordó con total precisión. Las tres personas que aparecían en la instantánea eran él, su madre y su padre. La foto fue tomada en el jardín de la casa familiar que tenían en las afueras de la capital madrileña, en un tranquilo barrio donde los inmuebles no eran precisamente baratos. Sintió algo parecido a una punzada mientras la observaba: nunca hubiera imaginado que su padre se hubiera llevado la foto consigo. Tampoco que él hubiera sentido ese dolor al volver a verla.
—En el reverso de la foto —siguió hablando el sargento mientras señalaba la otra imagen que tenía el folio—, como puede ver, está escrito el nombre de los tres que aparecen en ella, así como la ubicación de donde fue tomada. La foto original se la han llevado a comandancia, a Alicante. No por nada, pero tenemos que tenerla un tiempo hasta que la jueza lo autorice y dé el caso por cerrado. Bueno, usted esto seguro que ya lo sabe. El problema es que yo la he visto con mis propios ojos y la tinta parecía muy reciente, como si su padre lo hubiera anotado anoche mismo, antes de ejecutar tan dura decisión. Además, en su mano derecha había restos de tinta de bolígrafo, por lo que concuerda.
Carlos miró al guardia civil con la boca un poco abierta y sin ser capaz de articular palabra. Aquello lo estaba descolocando.
—¿Qué me quiere decir?
—Creo que es bastante evidente, era como si su padre quisiera que pudiéramos localizarle con suma facilidad. Como si nos allanara el camino. De hecho, gracias a esto no ha sido difícil. Hemos buscado, a través de su nombre, su número de DNI gracias a nuestro programa SIGO, que accede a la DGT y localiza los permisos de conducir, entre otras cosas. Una vez conseguido todo esto, nos hemos topado de bruces con su fama como abogado en la capital. Esto no lo esperábamos porque, ya le digo, nos ha servido para tener el teléfono de su bufete con relativa facilidad.
—Todo eso está muy bien —comentó Carlos poniendo fin a todo el alarde de trabajo de investigación del que estaba haciendo gala el sargento. No le impresionaba en absoluto y por fin parecía que comenzaba a salir de la falsa sensación de shock en la que había entrado—. Pero esto no me aclara nada de por qué lo hizo, no tiene sentido alguno que dejara mi nombre escrito en la foto. Como ya le he dicho, no nos hablábamos. No me cabe en la cabeza que quisiera que me localizaran tan rápido. Pensaba que sería a la última persona en el mundo a la que querría que buscaran.
El sargento de la guardia civil tomó aire antes de hablar.
—Si esto no tiene sentido, prepárese para lo que le voy a mostrar.
Dicho esto, cogió el otro folio y lo colocó encima del primero. Carlos no se frotó los ojos para comprender si aquello era real o no porque tenía a aquellos dos hombres delante de él.
Aquello tenía que ser un sueño.
O una pesadilla, más bien.
Una nota, manuscrita al parecer también por su padre, decía lo siguiente:
En los cimientos de la Torre Blanca, comienza el camino hacia la verdad.
—¿Qué coño es esto de la Torre Blanca?
—¿No sabe qué significa esto? —preguntó el sargento.
Carlos miró sorprendido al guardia civil como si fuera evidente que no tenía la menor idea de lo que podía ser eso.
El sargento comprendió de inmediato la mirada, por lo que no insistió al abogado. El sonido del teléfono móvil del primero interrumpió aquel momento incómodo que se había formado.
Contestó.
Carlos no podía apartar los ojos de los dos folios que tenía enfrente, como si lo hubieran hipnotizado. ¿Sería verdad que su padre había facilitado la labor policial añadiendo su nombre a la fotografía para que así les fuera más fácil localizarlo? ¿Con qué fin? Después de lo ocurrido, ¿pensaba que le iba a importar su fallecimiento, fueran cuales fuesen las circunstancias? Para él ya hacía mucho que había muerto. Si se encontraba en Mors era para hacer lo correcto y hacerse cargo de los gastos del funeral de ese hombre. Mejor esto que tirarlo a una cuneta, como en verdad pensaba que merecía.
Los pensamientos se agolpaban en su cabeza cuando la voz del sargento lo sacó de ellos.
—La llamada venía de Medicina Legal. Van a trasladar el cuerpo de su padre al tanatorio.
—Pero ¿ya le han hecho la autopsia?
—Claro. Por lo habitual no se suelen hacer en caliente, bueno, creo que usted ya sabe lo que es esto —Carlos asintió—, pero al no haber volumen de trabajo en Medicina Legal y, ante indicios tan claros de suicidio, ya la han realizado. Como comprenderá, los resultados llegan directos al juez, pero supongo que si hubiera algo que remarcar me lo habrían dicho, y le aseguro que no ha sido así. De todas formas los resultados de tóxicos tardan en llegar, por lo que supongo que no dispondrá del informe del juzgado de instrucción hasta pasadas unas semanas.
—No se preocupe. No me corre prisa.
—De igual manera el informe preliminar le servirá como certificado de defunción. Supongo que de este sí dispondrá pronto. ¿Tiene alguna pregunta más?
—Sí. ¿Cómo lo han encontrado tan rápido?
—Vale, error mío, tendría que haberle dicho que lo raro no acababa con lo que le he contado antes. Ha sido a través de un mensaje de texto que su padre envió al número de teléfono móvil que tiene la policía local.
Carlos estaba sentado, pero de no haberlo estado hubiera necesitado esa silla. Escuchaba todo esto como un lejano eco en su cabeza. Como si no fuera real. Porque no podía serlo.
—¿Me está diciendo que mi padre envió un mensaje de texto antes de morir para que lo encontraran rápido? Me está tomando el pelo, supongo.
—No, señor, no bromearía con algo así. Sobre su primera pregunta: sí y no —matizó el sargento—. Las primeras conclusiones del forense de guardia han sido que llevaba unas horas muerto por no sé qué fenómenos cadavéricos, por lo que intuimos que programó el mensaje para que se enviara a una hora en concreto.
Carlos no sabía qué decir, aquello iba perdiendo el poco sentido que ya tenía según pasaban los minutos.
—Venga, no me joda. ¿Cómo espera que me crea esto? ¿Mi padre deja un mensaje de texto programado para que encuentren su cadáver? ¿Y qué más le daba que lo hicieran si ya estaba muerto?
—Yo, señor Lorenzo, como comprenderá… no le puedo decir más. Tampoco es lógico lo de la foto. No sé qué pretendía su padre con todo esto, lo que está claro es que quería que lo encontraran rápido y que le avisáramos a usted.
El abogado bajó la mirada y empezó a darle vueltas a todo. No entendía nada. Nada tenía sentido por más que se lo buscara.
—Por mi parte —sentenció el sargento—, poco más puedo añadir. Si es tan amable, ahora dé su teléfono móvil a Julián, así podré localizarle en caso de requerirlo ante cualquier novedad, pero por desgracia me temo que no la habrá. Todo está claro en cuanto a las causas de la muerte de su padre. Ahí es hasta donde podemos intervenir nosotros. —Se puso en pie y le tendió la mano—. De verdad, siento lo ocurrido.
Se estrecharon la mano. Carlos no dijo nada más y el guardia civil salió. El abogado se quedó solo en el habitáculo con el jefe de la policía local.