No mentirás

Blas Ruiz Grau · Capítulo 6 de 45

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No mentirás

Capítulo 5

 

Jueves, 8 de octubre de 2009, 12.39 h.

Mors. Plaza de España

 

Carlos montó en el coche patrulla junto con Julián Ramírez, el jefe de la policía local. Tras mantener una breve conversación en las diminutas dependencias del cuerpo de seguridad de Mors, este último le había indicado que era la hora de dirigirse, si quería, al tanatorio al que llevarían en unos minutos el cuerpo sin vida de su padre. Ramírez le había comentado que tardaría en llegar alrededor de media hora, pero que sería conveniente ir saliendo ya hacia allí.

El abogado había aceptado sin saber muy bien qué le estaba diciendo ese hombre; su cabeza en ese momento no estaba en lo que nadie pudiera contarle. No dejaba de pensar en todo lo extraño que rodeaba el suicidio de su padre. La foto con su nombre, la nota, el mensaje de texto programado. ¿Qué clase de locura se había pasado por la cabeza de ese hombre para haber hecho las cosas de esta manera? A Carlos no le importaba que se hubiera quitado la vida, ya estaba muerto para él, pero las circunstancias que rodeaban su muerte hacían que no pudiera dejar de darle vueltas a todo.

Ni siquiera se dio cuenta del momento exacto en el que el coche comenzó a andar. Abandonaron la plaza donde estaba ubicado el pequeño despacho y continuaron recto unos doscientos metros hasta llegar a un colegio que los obligaba a girar a izquierda o derecha. El jefe optó por la derecha y continuó recto hasta que llegó a la salida del pueblo. Carlos no prestaba atención a nada. De todos los detalles sorprendentes que le había nombrado el sargento de la Benemérita, el que más lo removía por dentro era la extraña nota manuscrita que habían encontrado. Las palabras escritas en ella se repetían una y otra vez, en bucle, dentro de su mente.

Estas, en un principio, eran claras, nada rebuscado, pero él no lograba encontrarles un sentido lógico.

«En los cimientos de la Torre Blanca, comienza el camino hacia la verdad».

Un primer impulso le había llevado a preguntar al agente por la mencionada torre. No tenía ni idea de a qué se refería, no había oído hablar de tal torre en su vida. Al menos, no era algo cercano al pueblo, eso seguro.

Miraba ensimismado el paisaje. Los huertos de limoneros se seguían sucediendo, alternándose, tal y como había visto cuando estaba llegando al pueblo, con otros paisajes casi desérticos. Ese contraste parecía que predominaba por toda aquella zona. En muchos de esos terrenos sin cultivo había tractores arando la tierra con cientos de garzas a su alrededor, dispuestas a echarse un buen gusano a la boca en cuanto lo vieran asomar tras el labriego. Carlos extrajo un pañuelo de seda de su bolsillo y se lo pasó por la frente. El policía tenía el aire acondicionado del vehículo en marcha, pero aun así el calor era asfixiante para el madrileño.

—Supongo que es la primera vez que viene por nuestra zona —comentó Ramírez al percatarse del gesto del abogado—. Sí, el calor es asfixiante, la humedad es tan elevada que en agosto nos cuesta respirar una barbaridad. Aunque, bueno, esto según el año, también le digo. Este en concreto ha sido infernal. Supongo que en Madrid también disfrutarán de temperaturas altas, pero ni mucho menos es como aquí. Cuando estamos a cuarenta grados no se puede salir a la calle. Y créame que en las casas no hay aparato de aire acondicionado que sirva para estos casos. Cuando se mezcla la humedad del ambiente con el frío del aparato, se crea una combinación que hace que las gargantas siempre estén mal, así que hay que elegir entre sudor o fiebre. Una locura.

Carlos hizo caso omiso al monólogo del jefe de policía. No le interesaba en absoluto lo que le estaba contado. En su cabeza seguía presente la nota.

De igual manera, seguía sin sacar nada en claro.

Tras apenas diez minutos de trayecto —o menos, el abogado había perdido la noción del tiempo— por una carretera en la que Carlos no estuvo seguro de si llegaron a cruzarse con algún coche, se encontraron en el tanatorio.

El policía aparcó muy cerca de la entrada. Aparte de su coche solo había otro más, por lo que Carlos entendió que la cosa estaba tranquila. Ambos bajaron del vehículo. Entraron en el complejo, revestido de piedra de un tono muy parecido al beis. No era demasiado grande. Supuso que al estar rodeado de pueblos de pocos habitantes, no se necesitaba más.

Por dentro predominaba el mármol, lo que le confería un aspecto sobrio que, casi con toda seguridad, era lo que andaban buscando en su diseño.

Un hombre con profundas entradas en el pelo se dirigió hacia ellos nada más verlos entrar. Estaba perfectamente afeitado y su aspecto era pulcro e impoluto. El traje negro que llevaba era acorde al lugar en el que trabajaba.

—Buenas tardes ya, Julián —dijo dirigiéndose al agente—. Supongo que este señor es familiar del difunto.

—Exacto. Le presento a Carlos Lorenzo, hijo de Fernando. Señor Lorenzo, este es Matías Gómez, dueño y gerente del tanatorio. Está al tanto de todo lo que ha pasado.

—Le acompaño en el sentimiento. Siento conocerle en esta situación tan complicada —dijo Matías tendiendo la mano a Carlos.

Este la aceptó de buen grado mientras asentía levemente y apretaba su boca intentando mostrar una sonrisa lo más cordial posible.

—Por la parte del papeleo, no se preocupe —volvió a hablar el hombre—, ya lo tenemos casi todo arreglado. Solo nos falta un par de preguntas y ya estará todo dispuesto para cuando nos llegue el cuerpo de su padre.

—Bien, dígame.

—¿Querrá velatorio? Supongo que a la gente del pueblo que conocía a su padre le gustaría poder venir a despedirse de él y, ya de paso, darle a usted el pésame. Es lo que suele hacerse en estos casos. Contamos con unos paquetes de servicios que van desde lo más básico, como alquiler de la sala, acondicionamiento del familiar y un bonito ataúd de madera de roble, hasta algo más personalizado, siempre dentro de sus gustos. Por otro lado, lo normal es darle sepultura en el cementerio municipal, nosotros nos encargaríamos de…

—Disculpe, ¿ha dicho que se llamaba Matías? —preguntó de repente Carlos sin esperar una respuesta y cortando de manera tajante al hombre—. Le seré sincero, Matías, no tenía relación con él y, aunque todo eso que me cuenta está genial, no me interesa en absoluto. Desconozco cuál era la voluntad de mi padre respecto a este punto, pero yo no tengo tiempo para quedarme aquí. Creo que lo más rápido sería que lo incinerasen y punto. No quiero velatorios, no quiero pésames, no quiero nada. Eso sí, yo correré con los gastos que todo esto conlleve. Y de verdad, disculpe que sea tan directo.

El gerente de la funeraria levantó una ceja levemente y trató de recomponerse rápido. Cuando lo hizo, Carlos comprendió que ya estaba curtido en mil batallas debido a su trabajo, por lo que no le costó no torcer el gesto.

—No se preocupe, aquí estamos para cumplir con sus deseos. Si usted quiere lo que me ha comentado, así será. Pero ocurre algo: tanto para poder darle sepultura como para incinerarlo, si no me equivoco, necesitamos la entrada en el Registro Civil que certifique la defunción de su padre. Antes teníamos la figura del médico asistencial, que lo firmaba en el propio levantamiento, pero ahora no quieren pillarse los dedos con eso y solo lo hacen con cadáveres de muy avanzada edad o en casos muy concretos de enfermedad conocida. ¿Es así, Julián?

—Sí, y me temo que, por desgracia, hasta mañana a primera hora no se producirá la entrada en el Registro Civil. Con el propio informe preliminar de autopsia vale como certificado de defunción, pero mientras el forense lo rellena y el juzgado de instrucción lo firma, ya le digo que para hoy no va a estar. Por las tardes los jueces no hacen nada, a no ser que sea un caso de extrema gravedad y, con todos los respetos, este no lo es. Supongo que el forense no tardará en enviar el certificado al juzgado, pero no será hasta mañana cuando tengamos la aprobación.

Carlos no necesitaba la respuesta del policía, era algo que ya sabía él. En los casos de suicidio, aunque todas las pruebas fueran evidentes y apuntaran a este acto, nunca podían descartar que hubiera algo detrás que necesitaba una investigación. Era por eso que se hacía autopsia en el anatómico forense de turno. Después, se mandaba el informe con las conclusiones médicas de la causa de la muerte al juez, así como un informe preliminar elaborado por el cuerpo de seguridad encargado del caso que certificara que apuntaba claramente al suicido y que se podía inhumar el cuerpo.

Esto lo enfurecía, ya que ni siquiera lo había pensado y ahora tenía un problema.

—¿Puedo, de alguna forma, dejarlo todo arreglado para no tener que estar aquí mañana y poder volver a las cientos de cosas que tengo que hacer?

El dueño del tanatorio suspiró mirando al policía: ese hombre era algo complicado de tratar.

—Mucho me temo que no. Bueno, usted puede hacer durante el día de hoy lo que quiera, volver a sus cosas o lo que quiera hacer, pero necesitaré su autorización mañana, una vez tengamos el consentimiento del juez.

—¿Y de verdad que no puedo dejar nada firmado? Dejaré mi documentación aquí si hace falta y enviaré a quién sea a recogerla mañana mismo.

—Lo siento… Como le digo, un familiar directo tiene que firmar el consentimiento con los datos de registro que nos enviará el juez. No puedo hacerlo de otra manera porque sería una irregularidad. Comprenda mi posición. No me la puedo jugar cuando hay un procedimiento judicial detrás.

Carlos dejó salir una importante cantidad de aire por su nariz, aquello no entraba dentro de sus planes y notaba que su sangre comenzaba a hervir. Hacía tan solo unas horas ni se acordaba de su padre después de tantos años y, ahora, se encontraba decidiendo qué hacer con sus restos mortales.

El asunto no podía pintar peor.

—¿Y si lo entierro en vez de quemarlo?

—Me temo que es igual, señor. Si no lo hiciera, el cuerpo pasaría de nuevo a Medicina Legal, a una cámara, a la espera de lo que haga la diputación con él. Entiendo la parte de que no se hablara con su padre, pero no sé si querría que su padre acabara así. Olvidado hasta acabar en una fosa común.

El abogado iba a contestar acerca de por dónde se pasaba él sus opiniones, pero prefirió no hacerlo.

—Señor Lorenzo —intervino el policía para rebajar en cierto modo la tensión que estaba creciendo en el ambiente—, no sé si querrá hacerlo o no, pero la pregunta es obligatoria. ¿Lo querrá ver cuando venga?

Aquello no pilló tan de imprevisto al abogado como hubieran supuesto aquellos dos hombres; venía preparado para esto. Le costaba hacerse a la idea de volver a ver el rostro de su padre casi veinte años después, pero era un trago que debía afrontar, pues, a pesar del dolor por todo lo que pasó, sabía que el pensamiento de no haberlo visto cuando tuvo oportunidad lo perseguiría siempre. Aunque fuera en esas circunstancias.

Tomó aire de nuevo mientras lo volvía a pensar a fondo; quería estar seguro. Finalmente, movió su cabeza en un gesto de asentimiento.

—Perfecto. Supongo que debe de estar a punto de llegar. Si nos deja unos minutos para que lo acondicionemos un poco, lo podrá ver enseguida. Si quieren, pueden pasar a la sala uno de velatorios, está vacía, bueno, todas lo están hoy. El caso es que no serán molestados por nadie.

—Gracias, Matías —contestó Ramírez.

El policía le indicó al abogado, con la palma de su mano abierta hacia delante, la dirección que debía tomar. La sala uno, como era lógico, era la primera de las ocho disponibles para velatorios. Ambos entraron en silencio y, de la misma forma, tomaron asiento separados el uno del otro.

El policía sacó de su bolsillo el teléfono móvil y le echó un vistazo rápido, por si tenía algún aviso. Carlos, que había desviado todas sus llamadas a Gala, se limitó a mirar la estancia, pues sabía que no tenía nada en él. La sobriedad reinaba por encima de todo. La pared, blanca e inmaculada, parecía aportar paz. A él, no demasiada, pero no se cerraba en banda y pensaba que a otros sí lo haría. Él era demasiado complicado para todo aquello. Miró hacia el enorme cristal que ahora tenía una cortina de color verde oscuro tapando lo que había tras él. Se imaginó por unos instantes el féretro de su padre tras el mismo y la sala llena de gente. Gente a la que él no conocía, pues no tenía ni idea de cómo había sido su vida en los últimos dieciocho años. Ni siquiera tenía la certeza de que fuera a venir nadie a despedirse de él.

El tiempo siguió corriendo mientras continuaba absorto en sus pensamientos. El dueño del tanatorio entró con cautela en la sala y miró al jefe de policía. Acto seguido hizo un gesto de asentimiento.

—Está bien, ¿podemos? —preguntó Ramírez.

—Claro, si son tan amables de acompañarme…

Ambos comenzaron a seguir al hombre. Este caminaba con paso firme hacia una puerta que parecía hecha de maderas nobles. Pasaron a través de ella y llegaron a una sala con una exposición de ataúdes y urnas. Otra puerta similar a la anterior, pero con un cartel de prohibido el paso en el centro y unas letras en las que se podía leer la palabra PRIVADO, les esperaba.

Al pasar por ella, llegaron a una habitación que se parecía bastante a una sala de autopsias, como las de las películas policíacas. Las paredes estaban revestidas de azulejos blancos, sin dibujo. Una mesa de metal presidía el centro de la estancia. Varias mesitas con todo tipo de artilugios la flanqueaban. Cómo no, una puerta gigantesca de lo que parecía ser una cámara frigorífica era lo que más llamaba la atención. Pensaba que habrían cámaras individuales, como en las morgues, pero al parecer tenían una común para todos los cadáveres que tuvieran.

—Es una sala multiusos. Muy de vez en cuando, el juez nos autoriza alguna reconstrucción menor en casos de accidente. Tenemos un tanatopractor bastante bueno para esos casos. Además, aquí maquillamos a los difuntos. Lo que va a ver ahora es duro, se lo advierto. Su padre ha sido maquillado rápido para disimular el tono azulado que había adquirido su rostro debido a la asfixia. Su cara está algo hinchada, pero no demasiado. Por lo que me han contado los mozos que lo han traído, la autopsia ha sido sencilla y no había indicios de nada que hiciera pensar otra cosa sino que su padre había decidido quitarse la vida, aunque supongo que ya le habrá adelantado algo la Guardia Civil. No quiero que piense mal de mí, no lo he preguntado por morbo, respeto a tope lo que ha sucedido, pero quería saberlo porque no encontrar nada raro nos garantiza su cremación mañana mismo. Si en algún momento quiere girarse o que vuelva a guardar el cuerpo, no dude en hacerlo o pedírmelo. Comprendo todas las situaciones que puedan darse.

Carlos, de nuevo, se limitó a mover su cabeza. Estaba preparado. O eso quería creer.

Matías tiró de la manilla que abría la cámara en la que, supuestamente, acababan de meter el cuerpo sin vida del padre de Carlos. La puerta se abrió y el hombre entró para volver a los pocos segundos empujando una camilla en la que estaba postrado el cuerpo sin vida de Fernando Lorenzo, cubierto por una sábana blanca.

El dueño miró a Carlos y al no obtener una negativa comenzó a retirar la sábana.

La cara que vio por última vez hacía dieciocho años estaba de nuevo frente a él.

Carlos no sintió nada al ver el rostro de su padre. Era exactamente como lo recordaba, solo que con el evidente paso del tiempo en unas marcadas arrugas y alguna que otra cana en el pelo. Ni siquiera el aparatoso hilo de color negro que había servido para volver a juntar la parte superior de su cráneo tras la autopsia llamaba la atención del abogado. Solo ese rostro que hacía tanto que no veía. No sabía si era lo que realmente quería hacer, pero no dejaba de mirarlo. En verdad, tenía la cara algo hinchada, pero no era algo que provocara ningún efecto repulsivo en el abogado.

A su mente acudieron, de manera incontrolable, varios recuerdos. Ninguno de ellos suscitó ni pena ni alegría en su interior. En aquel instante se sentía indiferente, como si aquello no fuera con él, como si en realidad la persona que tenía delante fuera un completo desconocido a pesar de no poder dejar de mirar su cara. A pesar de los recuerdos. Puede que en verdad lo fuera. En casi veinte años habían pasado muchas cosas en su vida y este señor se lo había perdido todo. Quizá ni mereciera que estuviera ahí con él en ese preciso momento, en ese preciso instante, en ese preciso lugar.

—Puede volver a guardarlo en la cámara —comentó con toda la frialdad que encontró dentro de él.

El hombre asintió y obedeció la orden. En aquellos momentos, el familiar mandaba.

—Bien, mañana estaré aquí para firmar ese maldito papel, también rendiré cuentas con usted por todos los gastos. Supongo que tendré el aviso por parte del jefe en el minuto exacto en el que dispongan de la orden.

Julián se limitó a asentir.

—En ese caso no me queda nada más que hacer por aquí.

Matías comprendió que aquel encuentro había finalizado. Los acompañó hasta la salida y se despidió de forma cortés de los dos.

Volvieron a montar en el coche y emprendieron de nuevo rumbo hacia Mors.

Durante el trayecto no hablaron ni una palabra. Carlos no pensaba nada en concreto. La nota volvió a su mente, pero se mezclaba con la cara de su padre fallecido y la duda sobre qué hacer en aquellos instantes.

Bajaron del coche en el mismo punto de la plaza en el que se habían montado.

—¿Qué va a hacer? —quiso saber el jefe de policía.

—Tendré que buscarme alojamiento, supongo que habrá algún tipo de hotel por aquí cerca.

—En el pueblo no. Hay algunas casas rurales a las afueras, pero en el mismo pueblo no. Si busca algo más tipo hotel, como los de la ciudad, tiene varios a unos once kilómetros por la misma carretera por la que hemos venido ahora. No sé si habrá oído hablar alguna vez de Orihuela, cuna de Miguel Hernández.

Carlos asintió. Claro que había oído hablar.

—Pues bien —prosiguió el policía—, allí encontrará los mejores alojamientos de la zona. No es una época con demasiado turismo, por lo que no creo que le sea muy difícil encontrar cama.

—Bien, pues allí iré, aunque hubiera preferido estar más cerca para acabar cuanto antes una vez me llame.

—Entonces hay otra opción que no sé si se ha planteado, ¿ha pensado en quedarse en casa de su padre?

Carlos no supo qué responder. No, no lo había pensado.

—Supongo que no será plato de buen gusto —continuó hablando el policía—, pero para pasar una noche no es tan mala solución. Le aseguro que no verá nada relacionado con el incidente que le haga sentirse incómodo, la Guardia Civil ha enviado a un equipo de limpiezas traumáticas. Lo he pedido yo mismo.

El abogado conocía a esos equipos que mencionaba el policía. Se podría decir que se dedicaban a hacer un tipo de limpieza especial de escenarios en los cuales se había producido un homicidio, un suicidio, un accidente o cualquier otro infortunio que pudiera causar un problema psicológico a los familiares de la víctima al verlo en ese estado.

Sopesó las palabras del jefe. No era tan mala idea, desde luego. No le representaba el menor problema el quedarse allí. Al no haber ningún tipo de sentimiento, no pensaba que nada le afectara lo más mínimo. Además, estar cerca le iba mejor para acabar al día siguiente con aquel paripé cuanto antes.

—Está bien, me quedaré aquí. Supongo que no habrá ningún tipo de problema judicial por hacerlo.

—En absoluto. Todo está ya muy claro. Perfecto entonces, este es el número de mi teléfono móvil. Si es tan amable de darme el suyo por si necesito algo, se lo agradecería —dijo mientras le entregaba una tarjeta—. Si necesita cualquier cosa, llámeme. Las llaves de la casa las tiene Adela, la dueña del bar de enfrente de la casa de su padre. Le acompañaré hasta la puerta, está aquí al lado. Puede dejar el coche aquí mismo si lo desea, prometo echarle dos ojos, pero puede estar tranquilo, en este pueblo nunca pasa nada.

Carlos asintió y le dio también una tarjeta que llevaba dentro de la cartera. Siempre llevaba diez, por lo que si daba alguna, las solía reponer enseguida. En esa ocasión no iba a poder. Aquello le generaba algo de ansiedad. Pero quizá ese era el menor de sus problemas.

El policía cumplió con lo pactado y lo llevó hasta la puerta de la casa de su padre. Durante el trayecto, una vez más, no se dirigieron la palabra. En efecto, estaba cerca de la plaza, apenas a unos cien metros de ella tirando muy por arriba. Con la mirada le indicó el bar al que debía dirigirse —aunque en realidad no hacía falta, ya que era evidente que el negocio era ese— y se despidió argumentando tener cosas que hacer. La fachada de este evidenciaba el paso de los años. Las letras que anunciaban el local eran enormes y en relieve, muy antiguas, también.

Carlos no perdió ni un segundo y entró en el bar.

El negocio era más grande de lo que esperaba y, para su sorpresa, sus entradas daban a dos calles —por la que él había entrado y su paralela, que resultaba ser la calle Mayor, por la que había pasado ya hacía unas horas en dirección a la Plaza de España—. La entrada por la que accedió parecía ser una mezcla que aunaba un reservado con un apartado al fondo que hacía su función de almacén de productos no perecederos. Cinco estanterías largas componían el conjunto de decoración en la parte que hacía de almacén. Todas presentaban homogeneidad en cuanto a orden de productos. Esto le causó cierta paz involuntaria consigo mismo. Ver ese tipo de orden le proporcionaba placer. El conjunto de mesas y sillas —donde un grupo de hombres que superaba la setentena jugaba una partida al dominó— daba paso a una puerta acristalada por la que se accedía a lo que se podría llamar el verdadero bar. Una joven que no tendría más de veinticinco años estaba detrás de la barra pasando un paño húmedo por ella. Un grupo de personas de unos cuarenta años tomaba cañas de cerveza en el otro extremo de la misma. Mantenían una charla animada en la que la risa estaba siempre presente. A Carlos le llamó la atención la muchacha. No era excesivamente guapa, pero tenía algo que hacía que te quedaras mirándola durante un rato, sin pestañear. El abogado llegó a pensar que era por esos intensos ojos marrones, con unas pestañas que seguro rozarían unas gafas de sol. Su nariz era chiquitita, y eso hacía que sus labios parecieran más carnosos de lo que en realidad eran. Su pelo, de un tono castaño tirando más bien a rubio era el idóneo para su rostro. En esos momentos estaba peinada con una trenza algo ladeada que caía sobre su hombro derecho. No era ni alta ni baja.

—¿Es usted Adela? —preguntó Carlos a modo de saludo.

—Bien, acaba de echarme treinta años encima. No, es mi tía, ¿qué quiere? —respondió de manera brusca y seca.

—Verá, mi nombre es Carlos Lorenzo, soy hijo de Fernando, su vecino de enfrente. El jefe de la policía local me ha indicado que podía venir aquí a recoger las llaves de la casa de mi padre. ¿Sabe usted algo de eso?

El rostro de la joven se ablandó al oír la respuesta de Carlos.

—Perdone, no tenía ni idea de que fuera usted hijo de Fernando. Sí, mi tía me ha dicho que le diera las llaves a quien viniera pidiéndolas. Le acompaño en el sentimiento. Aquí, todos teníamos aprecio a su padre, era un gran hombre.

Carlos sonrió sin saber cómo tomarse este comentario. Si ella supiera lo que hizo, seguramente no pensaría igual. Pero no estaba allí para mantener un debate sobre la vida y milagros de Fernando Lorenzo. A nadie le importaba su verdadera cara. Mejor se la quedaba para él mismo y que otros pensaran lo que les diera la gana.

La joven se agachó buscando algo detrás de la barra. Acto seguido se reincorporó mostrando un manojo de llaves y se las entregó a Carlos.

—Gracias, es muy amable.

—No me las dé. Si necesita cualquier cosa, mi tía y yo estaremos encantadas de ayudarle.

Carlos miró las llaves antes de contestar. No se le daban demasiado bien las relaciones cordiales más allá de lo estrictamente profesional.

—Gracias, de corazón.

Esta vez sí sonrió con sinceridad. La amabilidad de la joven bien lo valía. Ambos se despidieron y la muchacha volvió a lo que fuera que estuviera haciendo.

Carlos salió del bar y fue directo hacia donde el policía local le había dicho que estaba la casa de su padre. Antes de abrir la puerta respiró hondo. Casi veinte años sin saber de él se reflejaban dentro del inmueble. A pesar de no sentir nada, aquello no era fácil.

Tras esto dio dos pasos atrás y miró la fachada. La casa, de color marrón suave con algunos tonos más oscuros alrededor de las ventanas, se encontraba en un bajo que tenía tres plantas de pisos encima. Se preguntó si viviría alguien en ellos. Observó que las persianas del primero estaban bajadas por completo. Las del segundo, así como las del tercero, también lo estaban, pero mostraban un aspecto un tanto destartalado. Parecía que no, no vivía nadie en esos pisos. En verdad no era algo que le importara demasiado, así que decidió centrarse en aquello a lo que iba.

Introdujo la llave en la puerta. Era de aluminio lacado en color marrón con unos cristales opacos de color verde emplomados.

Entró.

La casa no era nada del otro mundo. Un amplio recibidor en forma de comedor fue lo primero que encontró. Echó un vistazo a su alrededor. Ni una foto, ni un recuerdo de su vida anterior, tampoco de la actual. Nada salvo un par de estatuillas, un ajedrez con pinta de poco uso, dos trofeos —a saber de qué— y un par de libros desgastados en los que ni se podía ver siquiera el título. En esto sí que parecía haber cambiado, pues recordaba a su padre como a un gran amante de la lectura. En concreto de novela negra. Adoraba a Vázquez Montalbán y su Pepe Carvalho. Se acordó de la que fue, quizá, la última vez que pensó en su padre: el día que vio en las noticias que moría el prolífico escritor. Creía que corría el año 2003. Seis años después nunca había vuelto a sus pensamientos. Hasta el día de hoy, claro.

Siguió caminando por el interior de la casa sin perder detalle de lo que sus ojos veían. Nada que le llamara algo la atención, tan solo una vivienda antigua a la que parecía haberle dado una mano de pintura blanca no hacía demasiado. Olía muy fuerte a lejía. Seguro que era debido a la compañía esa de limpieza que había nombrado Ramírez. Al parecer no solo se habían limitado a la habitación donde había ocurrido la tragedia, sino a la mayor parte de la casa, pues esta se veía limpia. Aunque quizá hubiera sido su padre el encargado de tenerla como los chorros del oro. Le costó imaginar a su padre, al que él recordaba, pasando la escoba por ese suelo. Quizá era cierto eso de que la gente cambiaba según las circunstancias. No sabía cómo había sido su vida durante todos estos años, pero parecía que había tenido que adaptarse y reiniciarse a él mismo.

Fuera hacía calor, pero dentro aquello se asemejaba a una sauna. Se giró sobre sí mismo para saber cómo se las apañaba su padre para no acabar derretido. Miró hacia la izquierda y comprendió que el aparato de aire que había encima de una puerta que salía hacia una vieja cocina de exterior servía para encontrar algo de alivio. Aunque, si lo que decía el jefe de la policía era cierto, no sabía hasta qué punto aquello era una solución viable.

Volvió al comedor y tomó asiento en un sillón tapizado en colores suaves. Ahora solo le apetecía reordenar su mente y aclarar sus pensamientos. Algo harto difícil dadas las circunstancias, pero necesario al fin y al cabo. Sobre todo para tratar de encontrar significado a la nota.

A pesar de parecer atento a otras cosas, todavía no había podido dejar de pensar en ella. Analizaba cada palabra por separado como si así fuera a encontrar una clave que ni siquiera tenía claro que existiera. De todos modos, no quería dejar de intentarlo, aunque fuera por mera curiosidad.

Una persona tan meticulosa como Carlos necesitaba saber cuáles iban a ser sus siguientes pasos a dar. En este caso no fueron otros que pasar toda la tarde allí, sin salir. No le apetecía relacionarse con nadie ni que lo miraran como a un bicho raro, como cuando había llegado. Compraría cualquier cosa para cenar en cualquier sitio y trataría de dormir lo más temprano posible. No sabía si lograría esto último, pero necesitaba que llegara pronto el nuevo día para dejar todo aquello atrás y volver a su ordenada, recta y trazada vida.

Una cosa era lo que quería, otra bien distinta lo que pasó.