Nota de amor
Capítulo 2
Seth se dio cuenta al instante de que Imogen había caído en la cuenta de algo. No supo por qué, pero el corazón empezó a latirle con fuerza.
–¿Tienes el libro aquí? Me gustaría echarle un vistazo –dijo él.
El suspiro que se le escapó a Imogen fue muy tenue, pero él lo escuchó. Luego metió la mano en el bolso y sacó un libro amarillo sin forro. Pasó las páginas y extrajo con cuidado un trozo de papel. Se acercó a él y le tendió una nota.
–¿Qué es esto?
–Estaba dentro del libro cuando lo compré.
Seth sintió cómo todo su interior se endurecía. Unos segundos más tarde deslizó la mirada hacia las palabras que había escrito tantos años atrás.
La certeza de que Louisa hubiera guardado aquel mensaje dentro de las páginas de su libro de poesía favorito resultaba agridulce. No sabía qué pensar ni qué sentir.
Le había enviado aquella nota a la universidad para asegurarse de que la recibiera. No se habían visto desde el humillante encuentro con su padre. Louisa se había llevado un tremendo disgusto cuando se dio cuenta de que no había esperanza de que consintiera en que estuvieran juntos. Unos días después de haberle dejado la nota en la universidad, todo su mundo se vino abajo. Una amiga de Louisa llamó a la puerta de su casa a primera hora de la mañana para contarle entre lágrimas que Louisa había muerto arrollada por un coche. Seth también quiso morir en aquel momento. ¿Cómo iba a seguir adelante sin ella?
Ahora agarró con fuerza la nota, cruzó hasta la escalera y se dejó caer en uno de los escalones. Debería sentir consuelo al saber que Louisa había leído el mensaje antes de morir y que lo había conservado. Pero también era la prueba de que tendría que haber intentado con más fuerza estar con ella.
Lleno de rabia, murmuró una maldición.
Mientras miraba a Seth, Imogen supo dos cosas a la vez. El hombre estaba angustiado. Quedaba claro que la nota no le había producido ninguna felicidad. Y eso le llevaba a la siguiente certeza. Su amor y él no habían logrado estar juntos. Por mucho que Imogen lo hubiera deseado, el amor verdadero no había logrado pervivir. Sintió ganas de llorar.
Pero su profunda desilusión quedó rápidamente superada por la preocupación que sentía hacia el hombre que estaba sentado en las escaleras. Se acercó a él y le puso suavemente la mano en el hombro.
–¿Estás bien?
Seth Broden dirigió hacia ella una mirada como de poseso y torció el gesto.
–¿Te refieres a que si sigo vivo a pesar de que tendría que estar en el infierno por mi parte en lo sucedido? –Seth sacudió la cabeza y se levantó–. Necesito un trago.
Imogen palideció. El viento se agitaba con fuerza en el exterior, azotando las ventanas como si quisiera romperlas. De pronto sintió cómo se le congelaban las venas. ¿Qué significaba aquella afirmación? ¿Habría ocurrido algo terrible?
–No sabía que la nota te iba a entristecer tanto –afirmó con voz ronca–. El mensaje era tan bonito que solo quería saber si… si las personas relacionadas habían conseguido estar juntas.
–¿Y para qué? ¿Para demostrar que existen los finales felices?
Imogen se estremeció como si le hubieran pegado un latigazo.
–¿Qué tiene eso de malo?
Seth se la quedó mirando fijamente.
–No quiero que te pegues un golpazo al volver a la tierra, cariño… pero será mejor que no te engañes a ti misma.
–Supongo que fuiste tú quien escribió la nota, ¿verdad?
–Sí, así es.
–No quiero entrometerme todavía más, pero… ¿podrías contarme qué pasó?
Seth se acercó hasta colocarse delante de ella, su expresión era una mezcla de furia y resignación.
–La dama murió. Fin de la historia.
Pero Imogen se dio cuenta de que no era el final. ¿Cómo iba a serlo?
–Lo siento mucho.
Lo decía de corazón. Era natural sentir lástima por su pérdida. Lamentaba profundamente que el destino hubiera intervenido para robarle la felicidad a aquella pareja.
–¿Qué ocurrió?
–Un coche la atropelló y se dio a la fuga. El malnacido del conductor ni siquiera se paró a ver qué había hecho. La dejó tirada en la carretera.
–Dios mío –murmuró Imogen impactada.
Los atormentados ojos de Seth se clavaron en los suyos.
–Tus condolencias no van a hacer que regrese, así que no te pongas triste por mí. ¿Tienes el coche fuera? –añadió con sequedad.
–No conduzco. He venido andando.
–Entonces entiendo que vives en la ciudad, ¿no? Eso está como a unos ocho kilómetros de aquí. Está claro que no te importa caminar largas distancias, ¿verdad?
Imogen sacudió la cabeza.
–En absoluto, me encanta. Me ayuda a mantenerme en forma.
–De todas formas te llevaré a casa. Está oscureciendo –Seth consultó su reloj–. No era mi intención quedarme aquí tanto tiempo.
Ella no iba a protestar. Se sentía extrañamente reacia a dejarle. Tal vez en el camino se ablandara y le contara más cosas sobre la mujer que había perdido.
–¿Tienes pensado mudarte a vivir aquí en breve?
–No lo he decidido.
–Bueno, pues cuando quieras nos vamos.
Salieron de la casa y corrieron hacia el coche. Cuando estuvieron acomodados en los suntuosos asientos de piel del coche de Seth, él se giró para preguntarle:
–¿Dónde vamos?
Imogen le dio la dirección y Seth asintió.
–Sé perfectamente dónde es –no pudo saber por su expresión si eso le complacía o no.
Dejaron la gótica mansión atrás y se encaminaron por las calles flanqueadas por árboles que llevaban al centro de la ciudad. Ambos guardaron silencio durante el trayecto. Imogen no se sintió con fuerzas para volver a preguntarle nada.
Veinte minutos después llegaron a su destino, y Seth se detuvo frente a una puerta negra con un número dorado. Estaba oscuro, y una solitaria farola iluminaba una pequeña fila de casitas adosadas. Aparte del etéreo susurro del viento, todo estaba silencioso. La mayoría de los trabajadores de la ciudad se habían marchado a casa.
Imogen se giró hacia su compañero y contuvo un suspiro. La expresión de Seth era tan implacable como de costumbre, pero sus manos fuertes y delgadas se agarraban al volante como si fuera un ancla.
Lamentaba que no hubieran tenido más tiempo para hablar. Pero entonces tiró de otra cuerda.
–¿Puede ofrecerte algo de beber? Como pago por haberme traído a casa – añadió rápidamente.
–¿Crees que el viejo remedio de una taza de té ayudará a arreglar las cosas? –su tono de voz reflejaba burla–. No quiero ningún pago, pero si quieres ofrecerme algo de beber prefiero que sea algo más fuerte que un té.
Ella sintió cómo se le sonrojaban las mejillas ante la intensidad de sus ojos azules.
–Ten… tengo un poco de brandy que me regaló una amiga por mi cumpleaños. ¿Te sirve?
–Sí, pero solo si me acompañas. No te haré más revelaciones, si es eso lo que estás pensando, pero me vendría bien un poco de compañía silenciosa.
Imogen volvió a sonrojarse y asintió.
–De acuerdo entonces. ¿Por qué no aparcas el coche y entras? Dejaré la puerta abierta. Mi apartamento está en la planta baja –las palabras salieron sin que pudiera impedirlo.
Abrió la puerta y entró en su casa. El pequeño apartamento que había alquilado era de fácil acceso y contaba con un salón acogedor y compacto. Estaba encendiendo la estufa de leña con una cerilla cuando sintió a Seth detrás de ella. Vio por el rabillo del ojo cómo escudriñaba la estancia con interés.
–¿Por qué no tomas asiento? –le invitó–. Te traeré esa copa.
–Claro –murmuró él quitándose el abrigo.
Lo dejó en el brazo de una silla cercana como si no fuera nada, pero Imogen vio la etiqueta del diseñador italiano cosida al forro de seda. Era una prenda exclusiva y cara que decía mucho del gusto de su dueño.
Observó pensativa cómo Seth se acomodaba en el maltrecho sofá de cuero que había pasado por varios inquilinos anteriores a Imogen. Aunque ella lo había personalizado con un mantón indio rojo y dorado, seguía teniendo un aspecto raído. Al lado del sofá había una pila de libros de tapa dura sobre una mesita auxiliar de madera de arce. Seth agarró el que estaba encima y lo examinó.
–Interesante –murmuró leyendo la solapa–. Ya veo que te gusta el misterio.
–No me gustan las novelas de suspense, pero me lo ha dejado una amiga –explicó ella–. Dice que la historia es increíble.
–¿Es la misma amiga que te dio la botella de brandy?
–El caso es que sí. Yo nunca bebo brandy, pero ella confiaba en que me desmelenara por una vez.
Imogen se quedó mirando el fuego y sintió que le ardían las mejillas. ¿Por qué le había contado eso?
–¿Y lo hiciste?
–Sí… pero sin brandy. Esa noche no salí del zumo de naranja.
Al ver que la llama ya estaba en el quemador, Imogen se incorporó y se sacudió el polvo de las manos en los vaqueros.
Su compañero la observaba fijamente. Sintiéndose como bajo los focos, dijo:
–Dame un momento y te sirvo el brandy.
La cocinita estaba pegada al salón. No era nada del otro mundo, pero tenía un horno de gas nuevo, encimera de granito y unas robustas estanterías en las que Imogen había colocado una vajilla blanca y azul. La botella de brandy estaba al lado de la artesa de pan.
No estaba acostumbrada ni por asomo a servir una copa a un hombre. Su exprometido, Greg, era completamente abstemio. Hasta que descubrió que no lo era. No había sido más que otra de las muchas mentiras que le había contado. Pero pensar en aquello era un recordatorio de su traición y le ponía triste. Y no estaba dispuesta a que eso sucediera. Después de todo, había prometido empezar de nuevo. Quería creer en que podían ocurrir cosas buenas a pesar de que las pruebas demostraran lo contrario. ¿Cómo si no iba a darle la vuelta a su vida?
Pero le temblaba visiblemente la mano cuando agarró la botella de brandy y tuvo que aspirar un par de veces el aire para calmarse. Seth Broden era el primer hombre al que invitaba a su casa, y no debía olvidar que no era un amigo ni un colega de trabajo. Era prácticamente un desconocido. Y el contraste entre su asombrosa mansión y el modesto apartamento que ella había alquilado la hacía ser muy consciente de la diferencia entre sus modos de vida.
Imogen estiró la mano hacia la estantería superior y sacó un par de vasos. Luego agarró la botella de brandy y regresó al salón. Le pasó uno de los vasos a Seth y dejó la botella sobre la mesita.
–Por favor, sírvete tú mismo. Yo voy a colgar el abrigo. ¿Quieres que cuelgue también el tuyo?
–Sí, gracias.
Cuando Imogen regresó de dejar los abrigos en el perchero, el fuego de la estufa había calentado la habitación y Seth, que se había servido un brandy, había dejado el libro en su sitio y parecía estar muy cómodo en el sofá. Tenía unas piernas largas y musculosas bajo los pantalones de algodón negro que llevaba puestos, y la anchura de los hombros resultaba impresionante.
Tendría que haber estado ciega para no fijarse. A su novia seguro que le encantaba la fuerza que exudaba. Sin duda se sentía protegida.
–Te he servido una copa –dijo Seth cuando ella tomó asiento en la butaca de cretona–. Tal vez quieras hacer una excepción esta noche y acompañarme.
–Claro –Imogen dio un sorbito y sintió la quemazón del alcohol resbalándole por la garganta al tragar. Fue tan potente que se le llenaron los ojos de lágrimas.
–No estás acostumbrada a beber nada, ¿verdad? –el tono de Seth resultó burlón pero amable.
Imogen se sintió como una idiota. No era precisamente una mujer sofisticada. Dejó el vaso y se colocó un mechón de pelo detrás de la oreja.
–No… la verdad es que no.
Por suerte, su invitado no siguió con el tema.
–Y dime, ¿cuánto tiempo llevas viviendo aquí? –le preguntó.
Imogen trató de relajarse y sonrió.
–Un año más o menos. Trabajo por la zona.
Seth se inclinó hacia delante con el vaso todavía en la mano.
–¿Y en qué trabajas?
–Soy secretaria en un bufete de abogados.
–¿Y te gusta?
–La verdad es que sí. Tengo la suerte de trabajar para una mujer muy amable y el trabajo me resulta realmente interesante.
–Me alegro. Creo que si todo el mundo disfrutara con lo que hace, el mundo sería mucho mejor. Hace poco leí que el ochenta por ciento de la población odia su trabajo. Gracias a Dios yo tampoco soy uno de ellos. Ya es bastante duro tener que lidiar con los demás desafíos que te pone la vida.
–¿A qué te refieres exactamente?
–Al dolor, la desilusión y la muerte de los seres queridos. A todo lo que puede destrozar hasta a la persona más fuerte.
Imogen sintió que se le encogía el corazón al recordar la razón por la que estaban ahora allí sentados.
–Estoy de acuerdo. La vida puede resultar a veces insoportable. Pero no deberíamos perder nunca la esperanza.
–Admiro tu optimismo, Imogen. Ojalá te dure.
Seth se la quedó mirando y ella se vio de pronto hipnotizada. No pudo evitar preguntarse qué se sentiría al contar con el interés de un hombre tan carismático.
Temiendo quedarse demasiado embobada, dijo rápidamente:
–Pero bueno, dijiste que te gustaría disfrutar de un silencio acompañado y ya he hablado demasiado.
–No creas. Lo cierto es que tienes una voz muy tranquilizadora.
Asombrada por el cumplido, Imogen dijo con precipitación:
–Acabo de recordar que tengo un par de cosas que hacer en la cocina. ¿Te importa si te dejo solo unos instantes?
–En absoluto. A menos que prefieras quedarte aquí y hablar conmigo.
Aquella sencilla invitación no debería haberle provocado un placer tan embriagador, pero así fue, y su reacción le hizo saber que debería tener cuidado con Seth Broden.
–No tengo ninguna preferencia, pero entiendo perfectamente que quieras estar un rato a solas. Si necesitas algo, llámame.
Seth parpadeó y desvió la mirada.
–Por muy tentadora que resulte la oferta, ahora mismo no necesito nada más aparte del brandy.
–Entonces te dejo en paz.
La mirada de Seth volvió a clavarse en la suya. Parecía cualquier cosa menos en paz.
–Eso no es posible… pero te agradezco la intención.
Cuando salió del salón, Imogen recordó la nota que le había dejado a su novia:
Tú eres la única persona que puede calmar los relámpagos de mi
corazón y ayudarme a encontrar la paz.
El último comentario de Seth confirmaba que había perdido toda esperanza de volver a experimentar aquella sensación tan elusiva. Y una vez más le dolió el corazón. No solo por Seth, también por ella misma. Nadie podía imaginar el naufragio emocional que quedaba atrás al enfrentarse a la pérdida de la persona que amabas, la desesperanza que provocaba. Había que vivirlo para poder empezar siquiera a entenderlo.
Seth se sintió extrañamente cómodo sentado frente a la estufa de leña bebiendo brandy en el sencillo salón de Imogen.
Antes de su regreso a Reino Unido había reservado una suite en un hotel de cinco estrellas donde podía descansar y relajarse mientras pensaba qué iba a hacer con la casa de los Siddons. Todavía no había decidido si quería vivir allí. Solo tenía claro que era una parte muy significativa de su pasado y quería hacer bien lo que antes se hizo mal allí.
Pero ni siquiera tendría la satisfacción de demostrarle a James Siddons que había conseguido ser más rico que él y que había cumplido su promesa de tener éxito. ¿Quién hubiera pensado que un pobre mecánico de coches se convertiría en vendedor de los coches más deseados del mundo, y que se haría amigo de los ricos y famosos que los conducían?
Pero mientras Seth reflexionaba sobre lo que había conseguido, no pudo evitar pensar que debajo de todo aquello seguía faltando algo.
Dirigió la mirada hacia los colores otoñales de la llamas y se preguntó si Imogen tendría alguien especial en su vida. Era muy bonita, y también amable. No le conocía de nada, pero cuando Seth afirmó que necesitaba un trago no había dudado en ofrecerle un brandy.
Había visto claro que se trataba de una mujer compasiva. No se parecía en nada a la mayoría de las mujeres de tacones altos con las que solía relacionarse en Nueva York. Sí, le gustaba que lo rodearan como abejas a un panal de miel cuando iba a alguna fiesta, pero últimamente su capacidad para atraer mujeres bellas y sofisticadas había empezado a aburrirle.
Tal vez aquella fuera una de las razones por las que había regresado a Reino Unido. Con suerte, allí podría pasar más desapercibido. Pero todavía tendría que lidiar con la curiosidad de los medios cuando los habitantes de su ciudad natal supieran que había regresado.
La combinación del calor del fuego y el brandy que había tomado hizo que se le cayeran los párpados. Unos segundos más tarde se había dormido con la cabeza apoyada en el cojín de colores que se había puesto detrás.
No se dio cuenta de que Imogen volvía. Ni tampoco vio la generosa bandeja de sándwiches que ella había traído de la cocina. Había caído en el sueño más profundo del que había disfrutado en años.
Cuando finalmente se despertó no podía creer la hora que era. A juzgar por la luz del día que se filtraba a través de las persianas de ratán, habían pasado varias horas. El fuego de la estufa se había apagado hacía mucho y el salón estaba frío a pesar de la manta de lana que Imogen debió de ponerle sobre las rodillas.
Le sorprendió darse cuenta de que debía de haberse dormido casi toda la noche… ¿cómo era posible? ¿Cómo pudo bajar la guardia de aquella manera frente a una completa desconocida? No tenía ningún sentido. Se pasó la mano por la barbilla, apartó la manta y se incorporó. Mantener la misma posición durante tantas horas le había provocado un dolor por todo el cuerpo. Se puso de pie, estiró los brazos por encima de la cabeza y rotó los hombros. Tenía la boca seca y necesitaba agua.
Se dirigió a la cocina, encendió la luz y vio al instante la bandeja de sándwiches cubierta de papel transparente sobre la encimera. ¿Los habría preparado Imogen para compartirlos con él la noche anterior? En cuanto lo pensó se dio cuenta del hambre que tenía. ¡Qué idiota había sido al dormirse de aquella manera!
Se sirvió un vaso de agua y la apuró de varios tragos. Una vez saciada la sed, agarró un par de sándwiches y los devoró con ferocidad. Luego volvió al salón.
Estaba subiendo las persianas cuando entró su anfitriona vestida con un pijama color lavanda y bata a juego. El cabello castaño le caía en una masa de rizos. Le impresionó ver que tenía la piel inmaculada incluso a aquella hora de la mañana.
–Buenos días –la saludó con voz ronca.
Ella abrió los ojos de par en par en expresión de claro asombro.
–¡Sigues aquí!
–Me temo que sí. Tendrías que haberme despertado y haberme dicho que me fuera a casa.
Imogen sonrió con delicadeza.
–Estabas profundamente dormido cuando salí de la cocina y no quise molestarte. Está claro que estabas muy cansado. Es normal, después del shock.
Seth estaba confuso.
–¿El shock?
–¿La nota? –le recordó ella con dulzura.
Haberse reencontrado con la nota que le escribió a Louisa tantos años atrás y saber que la había leído antes de morir sin duda contribuyó a su bajada de defensas. Normalmente nunca se mostraba tan vulnerable. Sin duda también ayudó el generoso vaso de brandy que se había bebido…
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