Nota de amor
Capítulo 6
Esto es para ti. Espero que te guste. También hay algunos zapatos que van a juego con el vestido. ¿Por qué no te los pruebas?
Seth estaba en la puerta de su casa, tremendamente guapo y vestido con otro impecable traje. Le pasó a Imogen una bolsa muy chic con el nombre de una famosa diseñadora francesa.
Aceptarla hizo que se sintiera nerviosa. Sabía que estaba actuando como si tuviera dentro una granada que fuera a explotar en cualquier momento. Aunque trabajara de la mañana a la noche todos los días de la semana, no podría pagarse ni el vestido más sencillo de aquella diseñadora.
–Gracias. Ahora mismo lo miro –murmuró en voz baja–. ¿Por qué no entras?
Una vez en el salón, Imogen se sintió un poco más segura, como si pisara tierra más firme.
–¿Qué ocurre? –preguntó Seth con mirada suspicaz cerrando la puerta tras él.
–Ya sé que dijiste que me ibas a comprar algo que ponerme, pero no imaginé que te gastarías semejante cantidad de dinero –dijo levantando la bolsa.
–¿No te gusta su trabajo? –preguntó él encogiéndose de hombros.
–Por supuesto que sí. Pero sus diseños están fuera de mi alcance, Seth. No tendrías que haberte gastado tanto. Si tienes el tique, seguro que podrás devolverlo. Dame unos minutos más para que encuentre otra cosa que ponerme.
–Estoy seguro de que puedes encontrar algo pasable y hacer que parezca un vestido de un millón de dólares, cariño, pero el caso es que quiero que te pongas este. Vamos a aparecer en público juntos por primera vez y, nos guste o no, la gente se fijará en qué llevas puesto y de dónde procede.
Imogen bajó la bolsa al recordar que el hombre con el que se iba a casar no solo era rico, sino también famoso por sus logros. En un hotel tan elegante como el Dorchester, enseguida correría la voz de que Seth Broden había regresado a Reino Unido.
Se mordió nerviosamente el labio inferior. ¿Sería capaz de lidiar con el lío en el que se había metido? Pero ya no había tiempo para lamentaciones.
–De acuerdo, iré a probármelo. Pero si no me queda bien o es incómodo tendrás que dejarme llevar algo mío.
Seth sonrió con condescendencia.
–De acuerdo. Pero me apuesto hasta mi último dólar que te quedará perfecto.
Imogen no respondió. Abrió la puerta y se dirigió hacia su dormitorio por el pasillo. Tras dejar la bolsa en la cama, abrió el fragante papel de seda rosa que envolvía el vestido y murmuró:
–Oh, Dios mío…
Levantó suavemente el vestido color verde césped que había dentro y reconoció en silencio que la seda era para morirse. Se trataba de un diseño sin mangas que caía con elegancia hasta justo debajo de la rodilla y tenía la cintura fruncida. No estaba tan segura como Seth de que le fuera a quedar bien, pero rezó para que así fuera.
Unos minutos más tarde, al mirarse en el espejo del armario, no podía creer que la mujer que estaba mirando fuera ella. El vestido le quedaba perfecto. No pudo evitar sentir que le subía la autoestima tras tantos meses de inseguridad.
Seth había dado con el color perfecto al escoger para ella el verde césped. El tono iba con sus colores, y el diseño del vestido realzaba sin lugar a dudas su feminidad. Imogen no solía comprar ropa así, solía llevar prendas prácticas.
Luego se probó los zapatos. Eran de lujosa piel negra con medio tacón dorado. Parecían hechos para ella.
Hizo un medio giro y se miró y sonrió a su reflejo.
Antes de salir a enseñarle a Seth cómo le quedaba el vestido, se entretuvo unos minutos retocándose el maquillaje y cepillándose el cabello. Tras ponerse perfume en las muñecas y detrás de las orejas, agarró su abrigo de lana negra y regresó al salón.
Dejó el abrigo en el brazo de una butaca, estiró la espalda y miró a Seth. Él la miró también. Apretó las mandíbulas durante un breve instante e Imogen se preguntó qué estaría pensando.
–Estás increíble –dijo Seth finalmente–. Me recuerdas a una de esas estrellas de cine de los años cincuenta. ¿Te das cuenta de que esta es la primera vez que te veo las piernas? Supuse que las tendrías bien torneadas. Me alegro de haber escogido este vestido.
Imogen bajó la guardia. No podía disimular su placer.
–¡Es maravilloso! Hasta los zapatos me quedan perfectamente. Muchas gracias.
–Es un placer. Será mejor que nos vayamos ya, es tarde. Ponte el abrigo.
Imogen se llevó una sorpresa al ver que el coche en el que había ido Seth era nada menos que un Lamborghini plateado. Contuvo el aliento.
–¿Vamos a ir a Londres en esto?
Seth soltó una carcajada.
–Me pareció una buena idea. El director de mi nuevo concesionario me lo ha prestado para esta noche. Recuerdo que dijiste que nunca habías subido a ninguno, y creo que esta es la oportunidad ideal –Seth rodeó el coche y le abrió la puerta del copiloto.
Viajar por la autopista en aquel coche tan increíble fue una de las experiencias más emocionantes que había vivido Imogen. Pero le resultó todavía más emocionante ver a Seth conducirlo. Se aplicaba a la tarea con la destreza consumada que solo alguien extremadamente habilidoso podía desplegar. Imogen se preguntó qué se sentiría estando tan seguro de uno mismo.
–Me pregunto en qué estarás pensando –comentó él mirándola de reojo.
–En que no puedo creer que esté haciendo esto… me parece surrealista. Pero lo estoy disfrutando mucho.
–Me alegra oír eso. Tal vez eso es justo lo que necesitabas, disfrutar. Correr riesgos no está tan mal después de todo, ¿verdad?
Imogen le miró y se sonrojó. Luego apartó la mirada. Tal vez no cumpliera su deseo de encontrar a un alma gemela que quisiera una relación amorosa a largo plazo, como ella, pero tal vez estar con Seth le proporcionara otras cosas que le compensarían. Lo único que podía hacer era esperar y ver qué sucedía.
Imogen y Seth tomaron asiento en la elegante mesa que les habían preparado bajo la titilante lámpara de araña del comedor. Seth se dijo que debía relajarse. ¿Por qué iba a preocuparse? El destino le había brindado una mano inesperada pero afortunada.
Observó a Imogen, sentada frente a él, y pensó que bien podría convertirse en la compañera perfecta para él. Le gustaba estar con ella.
–Qué sitio tan maravilloso –comentó Imogen mirando a su alrededor.
–Estoy de acuerdo. La decoración y la atmósfera son magníficas, y ya verás la cocina –Seth deslizó una vez más la mirada sobre ella. Había pensado que el vestido verde césped era el envoltorio perfecto para su belleza inocente y juvenil. Tenía ojo para lo que era estiloso y elegante, y no había fallado al escoger. Imogen brillaba aquella noche. Y aunque Seth supo que un par de comensales le habían reconocido, también se dio cuenta de que estaban admirando además a Imogen.
Se dijo a sí mismo que era inevitable. ¿Quién no disfrutaría mirándola? Así que sonrío a la camarera que se había acercado a su mesa con las cartas y le preguntó:
–¿Podría dejarnos un poco más de tiempo antes de tomarnos nota? Luego elegiremos el vino.
–Por supuesto, señor Broden. El sumiller ya está preparado para servirle.
Cuando escogieron sus platos y Seth eligió un vino adecuado, volvió a centra su atención en Imogen.
–Mi abogado me ha dado hoy el acuerdo de nuestro contrato nupcial – dijo–. He hecho una copia para que lo mires. Luego podrás firmar el original.
Ella frunció ligeramente el ceño.
–Le he dicho a mi jefa que seguramente presente mi renuncia pronto. Se mostró muy sorprendida cuando le dije la razón.
–¿Porque vas a casarte o porque soy yo?
–Por las dos cosas. Tuve que decirle quién eres, sobre todo porque va a repasar el acuerdo conmigo. Pero no te preocupes, no se lo dirá a nadie.
–Tarde o temprano saldrá a la luz. Tendremos que aprender a manejarlo.
–¿A tus amigos y colegas de profesión no les sorprenderá que te cases?
Seth entrecruzó las manos y las apoyó sobre la mesa.
–La gente que me conoce me llama el Hombre de hielo –confesó con una sonrisa irónica–. Es bien sabido que no me dejo llevar por los sentimientos, ni en los negocios ni en mi vida personal. Nunca he mostrado interés por ninguna mujer en particular, así que desde luego será una sorpresa para ellos saber que voy a casarme.
Imogen preguntó con dulzura:
–¿Sabe alguno de ellos lo que pasó… antes de que te marcharas a Estados Unidos?
Seth sintió una punzada de incomodidad.
–No. No he sentido necesidad de contárselo a nadie.
–¿Ni siquiera a las mujeres con las que has salido? La mayoría de las mujeres que conozco estarían encantadas de consolarte.
–Tengo por costumbre no hablar de mi pasado. Prefiero centrarme en el presente. Además, mis relaciones no suelen ser muy profundas. Solo tienen lugar para cubrir una necesidad mutua.
Imogen alzó la barbilla y dijo:
–No voy a hacer ningún comentario al respecto. Pero sí me gustaría saber cómo pudiste soportar no contarle a nadie lo que le sucedió a Louisa. Fue un acontecimiento muy importante de tu vida.
Seth se puso tenso al notar que el corazón le latió de pronto con fuerza.
–No sentí la necesidad de hablar con nadie de ello. Manejé las cosas a mi manera y no necesité la simpatía de nadie. Vamos a dejar el tema, ¿de acuerdo?
Imogen sabía que no era el sitio ni el momento para persuadir a Seth de que hablara más sobre el dolor de perder al amor de su vida, pero quería hacerlo.
Sí, debía de ser tremendamente doloroso, pero ¿cómo iba a seguir adelante si no dejaba atrás los fantasmas del pasado y se concentraba en crear un nuevo y más positivo capítulo de su vida? Después de todo, había guardado luto durante diez largos años, e Imogen iba a jugar un papel destacado en aquella nueva fase de su vida cuando se casaran. Quería ayudar a mejorar las cosas entre ellos si podía.
Afortunadamente, la comida llegó en el momento exacto para evitar que la atmósfera se enrareciera, y Seth se distrajo hablándole con entusiasmo de la exquisita cocina.
Mientras disfrutaban de la comida, siguió impresionándola hablando de la historia del edificio y de por qué era tan famoso. Pero, aunque le impresionaba la amplitud de sus conocimientos, no podía evitar sentirse fascinada por el hombre en sí. Estaba aprendiendo a amar el rico tono bajo de su voz, el modo en que le brillaban sus maravillosos ojos zafiro cuando sonreía… y cómo la atraían de modo que no quería mirar a ningún otro lado.
Cuando se levantaron para irse, Imogen no solo estaba mareada por el vino que se había tomado, sino también hipnotizada por el tiempo tan mágico que había pasado con Seth.
Al llegar a su casa, le sorprendió que le preguntara si podía acompañarla. Estaba actuando como si realmente disfrutara estando con ella.
Pensando que podía al menos prepararle un café, Imogen accedió. Encendió la lámpara nada más entrar y comentó:
–Lo he pasado de maravilla.
–Yo también.
Salvando el espacio que había entre ellos, Seth le tomó la mano y la atrajo contra su pecho. A Imogen le latía con tanta fuerza el corazón que pensó que Seth debió de darse cuenta.
Él la miró intrigado y preguntó con voz ronca:
–¿Sigues empeñada en la idea de que no haya intimidad entre nosotros, Imogen?
Ella dejó escapar un suspiro. Seth le había rodeado la cintura con el brazo y era demasiado consciente de cómo su cuerpo fuerte y seductor encajaba en el suyo.
Embriagada por el vino de la cena y por la poderosa atracción que crecía en su interior, Imogen hizo un esfuerzo por pensar con claridad.
–Creo que lo más sensato es poner unos límites en ese aspecto. Después de todo, esto no es una relación de verdad. Es una asociación de pura conveniencia. Y dadas las circunstancias, no podemos permitirnos que se vuelva más personal y estropearlo todo.
Hizo un amago de apartarse, pero Seth la sorprendió sosteniéndola al instante. Sentía el calor de su respiración en la cara, olía su colonia masculina y de pronto se volvió preocupantemente débil. Los provocadores ojos azules que la miraban sugerían que Seth estaba divirtiéndose y al mismo tiempo excitado.
–¿Qué tiene de malo que disfrutemos de un poco de intimidad? No deberíamos negarnos nuestros deseos naturales. Tal vez el acuerdo sea todavía más atractivo si nos dejamos llevar por ellos.
–Y también podría complicar las cosas. Mucho.
Seth frunció el ceño y preguntó con tono indolente:
–¿De qué tienes miedo exactamente, Imogen?
Sus preguntas estaban resultando demasiado incómodas, así que, para distraerle, ella contestó:
–Yo podría hacerte la misma pregunta. ¿Es totalmente cierto que nunca pones tus emociones sobre la mesa? ¿Y por qué? ¿Acaso tienes miedo de resultar herido?
Seth la soltó al instante y se apartó. Estaba ligeramente sonrojado.
–Me entregué de corazón a una relación que me dañó de muchas formas. No solo el amor de mi vida murió en un terrible accidente, sino que antes de eso su padre se burló de mí y me menospreció. Juré no volver a ponerme nunca más en una situación así. Me centré en tener éxito. No permitiré que nadie vuelva a degradarme, ni tampoco renunciaré a mi poder quedándome a merced de mis sentimientos.
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