Nublares

Antonio Perez Henares · Capítulo 4 de 10

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Nublares

III. El celo del venado

III

 

EL CELO DEL VENADO

Ojo Largo subió a Nublares. La herida seguía sangrando mucho y era preciso frenar la hemorragia. Viento dejó en un rincón las ropas empapadas y manchadas de sangre y acompañó a su amigo al fuego del brujo. Allí estaba Mirlo.

Huesos era el brujo, el hombre espíritu, pero era Mirlo la sanadora. Su madre lo había sido, y la madre de su madre también. Ella era la que conocía las hierbas, sabía coser la carne rajada, desmontar tendones y unir huesos. El brujo era el hombre de los espíritus, de llamar a la caza, de decir las palabras de los ritos, de cantar la vida de los hombres cuando morían. Pero no era el que sanaba las enfermedades, y en realidad una buena parte de su prestigio se lo debía al hecho de haber tomado a la mujer curandera.

Huesos estaba allí. Él no había bajado con los otros hombres. Miró al joven con desprecio.

—Ojo Largo ya ha conseguido una sangre: la suya.

Éste le miró con furia. Estuvo a punto de golpearle. Pero fue Viento quien se interpuso.

—Ojo Largo ha matado al gran jabalí. Deja que la mujer Mirlo lo cure.

Mirlo salía por la puerta de la cabaña de techo de tierra. Había oído.

—Entra.

Las mujeres y los niños del campamento se arremolinaban alrededor del herido. Había muchos cuchicheos y todos señalaban la sangre que cubría su pierna y su vello rubio. Velluda se acercó a él. Tras ella estaban Oropéndola, la hermana de Ojo Largo, y Nutria, su medio hermana.

—La sangre se ve mucho.

El joven la siguió. Pasó a la segunda habitación donde Mirlo tenía sus ungüentos, hierbas y emplastos. Tras ellos entró Velluda.

—Pon agua al fuego hasta que hierva —le pidió la curandera.

Velluda se apresuró a hacerlo. Huesos y Viento se quedaron mirando.

Mirlo había hecho tumbarse al joven. Con agua caliente fue limpiando la pierna herida, echando el líquido, que casi quemaba, directamente sobre la carne rajada. Cuando la rajadura quedó bien lavada, puso un ungüento hecho a base de cola de caballo y alholva, para que no se le infectara.

—Te voy a coser. Muerde este trozo de cuero y así no gemirás —le dijo con sorna.

Él, que la había visto al principio algo asustada, notó que se relajaba, casi jugaba, ahora lo provocaba como hacía siempre con las miradas. Sintió que le hervía la sangre. Él, que había matado al gran jabalí, no iba a permitir que aquella mujer se burlara de él. Pero ella le estaba sonriendo. Cerca. Con los labios entreabiertos y con sus formas, que él palpaba con los ojos, sugerentes y redondas, cerca, bien cerca. Pero Huesos estaba allí.

Mirlo lo miró ahora con la aguja en la mano. Tenía otra expresión. Fue rápida. Él sintió las punzadas. Pero no fue un dolor excesivo. Lo que empezó a notar era una creciente excitación. Ella se alejó y luego regresó con un emplasto de hierbas de verbena y ajo. Sus manos sobre el muslo aplacaron el ardor de su herida, pero estaba haciendo arder su miembro viril, que iba engordando por segundos. La mujer lo había notado sin duda, pero lejos de parar su masaje lo continuó con mayor suavidad, subiendo aún más por la cara interior del muslo. Un poco más y tocaría su miembro viril totalmente erecto. Huesos se daría cuenta. Pero no. Ella le tapaba la visibilidad con su cuerpo. Además el brujo estaba hablando con Viento.

Deseaba que la mano pequeña de Mirlo tocara su miembro. Su respiración entrecortada revelaba la urgencia de ese deseo. Estuvo a punto de cogerle la mano y llevarla hacia él. Pero ella le miró de nuevo, con aquella sonrisa burlona y provocativa. Él reprimió el gesto antes de iniciarlo. Entonces Mirlo llegó con un último masaje, una caricia larga por todo el muslo, casi al borde mismo del contacto con sus genitales. Los rozó. Y luego retiró la mano.

—Sanará. Es limpia. Quedará marca. Cada día debes venir a que te cambie la cataplasma. Bébete ahora esta tisana contra la fiebre. Es de saúco, malva y raíz de regaliz. Te bajará la calentura.

—Si la pierna queda bien, te haré un gran regalo, Mirlo —dijo Ojo Largo con voz ronca. Quería que lo oyera Huesos, pues sabía cuál iba a ser el regalo y quería que el brujo no pudiera oponerse. Sería un pago por sus curas.

Y entonces ella dijo en un susurro, para que Huesos no la oyera:

—Quizá yo coja antes lo que quiero de ti, Ojo Largo.

Subían los hombres con el corpachón del jabalí. Pesaba casi como dos hombres y varios de ellos debían turnarse para llevar el grueso palo del que habían suspendido al animal. Llegaron al campamento cuando Ojo Largo salía de la cura. Se encontró frente a Paso de Lobo.

—Este joven cazador podrá estar en la cacería del celo del venado.

—Irá si no es un estorbo y su pierna está sana —contestó el jefe en tono seco. Luego cambió su tono de voz—. ¿Quiere Ojo Largo la piel de su presa?

—No la quiero para mí, pero sí para el fuego de la mujer Velluda y mis hermanas.

—Será buena como cortavientos. Ya no hay mamut. Era yo niño cuando la horda cazó el último y sólo he visto cuatro desde entonces. La del bisonte es buena. Deberíamos cazarla antes de que caiga la nieve. Pero no hay manadas cerca y los ciervos nos darán buena carne.

Paso de Lobo nunca había hablado así con Ojo Largo. El jefe pensaba en voz alta, casi buscando complicidad, y él era un joven que tan sólo tenía la primera iniciación. Se sintió muy importante y bajó a la cueva afanándose en ello.

La primera iniciación en la tribu de Nublares se producía en los jóvenes machos cuando éstos empezaban a producir esperma. Los juegos infantiles de niños y niñas imitaban continuamente el acto sexual de los animales. La masturbación era también frecuente. No faltaban tampoco algunas jóvenes que buscaban niños y los iniciaban en la penetración, pues sabían que si no tenían «leche» no había riesgo de preñez. Ojo Largo conocía muy bien todo aquello porque él mismo había participado en aquellos placenteros juegos con muchachas mayores y sin hombre.

El momento en que los niños pasaban a ser considerados jóvenes era cuando ya producían la «leche de los hombres». Ellos eran los primeros en comunicarlo ufanos. En ese instante tenía lugar su primera iniciación y pasaban a formar parte de la comunidad de solteros de la cueva.

El rito era muy simple. Debían de traer carne por sí solos. No importaba cuánta, ni de qué animal, ni por qué medio. Bastaba una presa pequeña. La iniciación definitiva vendría más tarde. Entonces sí que se ponía a prueba a los jóvenes, entonces debían pasar por una durísima experiencia: una luna sobreviviendo en soledad, y aportar luego carne suficiente para que un fuego pudiera abastecerse otra luna entera. Entonces se les consideraba ya aptos para tener un fuego y poder tomar mujer.

Los jóvenes como Ojo Largo habían pasado su primera iniciación y estaban en período de aprendizaje, sirviendo de auxiliares a los cazadores y adiestrándose en todas las artes y tretas. Pasada la cacería del ciervo, los que el jefe considerara maduros podrían proponerse pasar la prueba durante las lunas previas de la dispersión de invierno.

Alguno como el Raboso ya lo había intentado y había fracasado. Dentro de poco volvería a probarlo. Cara Ancha lo conseguiría seguro esta temporada. Los Dos que Caminan Juntos y Ojo Largo saldrían solos también a los montes. Viento en la Hierba, el Oso y Colmillo de Lince eran más dudosos, quizá el jefe decidiría que debían esperar. Ojo Largo estaba seguro de conseguirlo. No tenía previsto coger mujer y fundar fuego, pero quería poder hacerlo cuando quisiera y, sobre todo, imprimir su mano embadurnada en ocre rojo en la pared del recinto más oculto de la cueva, el de las ceremonias de los hombres adultos, junto a las de todos los cazadores allí impresas desde el principio del clan.

Ojo Largo pasó la mayor parte del día en que mató al gran jabalí tumbado encima de sus pieles. La herida, al enfriarse, le dolió mucho más, pero le habían enseñado a aguantar el dolor.

Se ocupó en extraer los colmillos del hocico del verraco. Para ello había de cocer durante mucho tiempo la mandíbula hasta que los dientes se aflojaran y él pudiera sacarlos de sus cavidades. Las amoladeras de abajo fueron relativamente fáciles de extraer pero los colmillos le costaron bastante. Por fin logró tenerlos en la mano. Eran enormes y afilados. Ahora debía rellenarlos por su parte ancha y hueca o se astillarían, por eso le pidió a Viento que le trajera piedra blanca. La trituró y cuando la tuvo bien molida la amasó con agua hasta lograr una pasta que le sirvió.

Una vez finalizado el relleno, contempló los colmillos con orgullo. El círculo que formaban al juntarlos era más grande que el que podía abarcar con sus manos. Sería un collar magnífico en cuanto su hermana Oropéndola le pusiera un enganche para poderlo cerrar y abrir. Cualquier mujer desearía un regalo así. Se había reservado para él las dos gruesas amoladeras de la mandíbula superior que pensaba colgarse al cuello. Serían sus dos primeros amuletos. Ya añadiría luego el de su segunda y definitiva iniciación.

Pasó el día con la sola compañía del perro en la cueva. Del fuego de la Velluda un niño del campamento le bajó verduras cocidas y un trozo de carne de caballo, pero él se asó los testículos del jabalí en el fuego central y se los comió mirando hacia las sierras del norte, el territorio de los claros donde había desaparecido su padre, Halcón en la Llanura.

Miró hacia el norte y pensó obsesivamente en Mirlo. Le ardía el recuerdo de aquellas caricias furtivas lo mismo que ahora le quemaba la herida del jabalí. El deseo era doloroso, casi una angustia insufrible. Ansiaba la cura de mañana e imaginaba una escena tras otra, y en todas Mirlo era suya. A pesar del dolor creciente de la herida, su ardor era mayor y se masturbó dos veces, pero su excitación no bajó por ello.

Por la tarde esperó infructuosamente a que Sombrío, el mejor tallador de la tribu, bajara de la plataforma de la entrada de la cueva donde tenía su yunque de piedra, que era su lugar habitual de trabajo. Pero Sombrío y todos los hombres, excepto el vigía del campamento, habían salido rumbo a los bosques del sur.

Cuando regresaron al atardecer, Ojo Largo dormitaba enfebrecido. Viento en la Hierba le trajo agua fresca y luego le ofreció cena que aquella noche había bajado del fuego del jefe. La trajo Paso de Lobo, pero contra lo que tenía por costumbre, aquella noche no se quedó a compartirla con los jóvenes ni a conversar luego con ellos. Lanzó algunas miradas furtivas al lecho de Ojo Largo, a quien había saludado escuetamente al entrar, e hizo lo mismo al salir.

—Cuida tu pierna. No la descuides.

—¿Por qué no se queda el jefe esta noche con los jóvenes y les cuenta sus cacerías? —preguntó el Raboso.

Paso de Lobo notó lo avieso de sus palabras tras los recientes fracasos, pero un jefe no iba a dejarse provocar por el peor de los jóvenes.

—Mañana hay que cazar —contestó y se marchó.

La cacería del día tampoco había sido buena, sólo se habían conseguido piezas pequeñas entre conejos, lagartos y algún ave. No había sido posible abatir grandes presas, pero la fortuna había sonreído y encontraron restos de una hembra de bisonte a medio comer por los lobos. Le disputaron la presa a las hienas y lograron ahuyentarlas a flechazos. Los chacales y los buitres no eran rivales, y volvieron al campamento con carne.

La mejor noticia había sido escuchar los primeros bramidos de un ciervo en la espesura. La berrea estaba próxima. Eso llenaba de excitación a todos, pero inquietó a Ojo Largo al verse postrado a causa de su pierna.

Las mujeres por su parte recolectaban intensamente frutos maduros y bayas, y habían comenzado a recoger las primeras setas. Era época de abundancia y había que almacenar para los fríos.

Ojo Largo pasó la noche entre pesadillas, sudores y la imagen de Mirlo, pero despertó mucho mejor por la mañana. Algunos de sus compañeros se disponían a salir con los cazadores adultos, pero la mayoría iban a pescar con cestos al río. Viento en la Hierba, Colmillo de Lince, el Raboso y los Dos que Caminan Juntos se quedaban. Sólo Cara Ancha y el Oso saldrían con la partida de caza.

Ojo Largo esperó a que se fueran y luego ascendió hasta el campamento, porque las mujeres no solían bajar a la cueva de los jóvenes. Le dolía la pierna, pero era el corazón el que latía con tal violencia que temía que se le notara la ansiedad en cada gesto.

Mirlo estaba en la puerta. Llevaba un vestido de una pieza que dejaba ver sus morenos hombros desnudos y el pelo suelto. Remarcaba sus caderas y le pidió que le siguiera hasta su cabaña.

Dentro, al lado del primer fuego, estaba Huesos, sin hacer aparentemente otra cosa que contemplar las brasas. Lo saludó con un gruñido. Mirlo y Ojo Largo penetraron en el segundo recinto. La cura fue rápida y precisa. Los bordes de la herida aparecían tumefactos e hinchados. Ella la lavó y luego aplicó el ungüento y sobre él un emplasto que sujetó con una ancha tira de cuero. No hubo más. Ni siquiera aquella mirada. Mucho menos algo que pareciera una caricia. Ojo Largo se encontró de nuevo fuera, y cuando regresó a su lecho en la cueva, su desconcierto era absoluto.

Y así fueron también los tres días siguientes. La única novedad fue que le trajeron su lanza perdida. Estaba en el vado y Viento se la subió. La herida tuvo un principio de infección que Mirlo cortó con nuevos lavados de cola de caballo y un ungüento aún más fuerte que Ojo Largo pensó que estaba hecho con sustancias sacadas del estómago de algún herbívoro.

Ojo Largo pasó por un tiempo de tedio, sólo mitigado por la presencia de Nariz y, a ratos, la del tallador Sombrío. Se sentaba junto a él admirando los precisos golpes en los módulos de sílex y cómo extraía una a una las herramientas, cuchillos y puntas. Se convirtió un poco en su ayudante, y aunque era torpe para lograr desprender la esquirla precisa, se le daba bien pulir con arenisca algunas puntas y aún más el trabajo del hueso. De esos días sacó un magnífico arpón dentado que pensaba aplicar a la pesca de trucha cuando llegara el desove y los peces se arriesgaran en aguas poco profundas.

Una vez más subió a su cura diaria, al aviso de su llegada respondió la voz de Mirlo dándole permiso de entrada. Cruzó la cortina de piel. En el primer fuego no había nadie; luego llegó al recinto donde se encontraba la curandera. Iba cabizbajo, casi humillado. Ella, como todos los días, descubrió la herida que sanaba con rapidez. Él ni siquiera levantó los ojos. Pero de pronto notó algo en la forma de aplicar el ungüento, algo muy diferente. Se puso tenso y siguió tozudamente mirando al suelo. Entonces ella le hizo levantar la cara y su sonrisa maliciosa se lo dijo todo. Todo lo que ya le estaban diciendo sus manos, que se movían entre sus muslos y se habían olvidado de la herida. Tenía aprisionados con dulzura sus testículos y trataba a su verga como a un pájaro.

El miembro creció en un instante. Estuvo tieso y palpitante. Ojo Largo creyó estallar. Y entonces ella hizo algo aún más inaudito, se lo llevó a su boca, la de aquellos labios carnosos que lo obsesionaban; primero lo lamió, luego lo chupó y finalmente, se lo introdujo entero sorbiéndolo con fruición. Él ni siquiera pensó en contenerse. Se derramó en una explosión y bombeó su leche. Mirlo había intuido el momento y no la recogió dentro sino en sus manos, que siguieron acariciando lentamente el miembro que ahora se encogía.

Él no había pronunciado palabra alguna. Ella tampoco. Y cuando Ojo Largo fue a decir algo, no sabía el qué, ella le puso su dedo índice en la boca, ordenándole el silencio. Se lavó las manos, acabó de sujetar con la tira de cuero el empasto y dio por finalizada la cura y la visita.

—Vete. Mañana, antes de venir, baja al río. No te preocupes por la herida y lávate el cuerpo. Estás sucio.

Ojo Largo la miró sorprendido, tanto por sus palabras como por lo que había sucedido. No rechistó. El matador del gran jabalí salió como un recental tembloroso. Hasta Nariz se dio cuenta de que a su amo y compañero le pasaba algo extraño y se acercó a él inquieto y moviendo el rabo.

Pasó la tarde en la plataforma de la cueva con Sombrío, y al atardecer se decidió a bajar hasta el río. La pierna ya casi no le molestaba. Primero daría una vuelta a sus abandonados anzuelos, que únicamente Viento había revisado algún día, para reponer todas las cuerdas que sin duda estarían deterioradas y luego tal vez se bañaría. Remoloneó de trampa en trampa, recogiendo tan sólo un par de barbos, y cuando las dejó todas listas encaminó sus pasos hacia el vado donde había rematado al jabalí.

El recuerdo de su combate lo llenó de orgullo. Era un gran cazador y un guerrero poderoso. No lo iba a mandar ninguna mujer. Pero cuando se volvía enfadado le vino otro recuerdo: el del placer y el de su deseo, y se rindió a él. Recogió unas plantas de saponaria, se despojó de su chaqueta, de las largas polainas de cuero, del taparrabos, del vendaje de la herida y de los mocasines y se zambulló en las frías aguas, en la ribera de enfrente donde el río era profundo, allá donde intentó llegar el gran jabalí herido. Regresó a la cueva alegre. Allí estaban sus compañeros. Hablaban con creciente excitación de la cacería del ciervo. La berrea se estaba extendiendo y los grandes machos habían iniciado sus combates por las hembras. Paso de Lobo los conduciría en cualquier momento al gran navazo, en medio del monte cuyas orillas habían convertido los venados en el lugar de sus combates.

—¿Ojo Largo estará listo para venir con nosotros?

—Mi pierna ya ha sanado.

—Aún renquea.

—No estorbaré.

Pero deseó que no fuera al día siguiente cuando el jefe diera la orden de iniciar la gran cacería.

Esa noche hizo algo más. Se cortó el pelo con una delgada navaja de pedernal y también se dio un repaso a algunas zonas donde la barba se había enmarañado y alargado en exceso.

Al día siguiente, antes de acudir a la cura, fue al fuego de Velluda. Su hermana Oropéndola tenía ya listo el collar con los dos colmillos de jabalí. Los había unido con un firme enganche que permitía su apertura y cierre. Y también había pasado las dos amoladeras con una delgada cinta de cuero para que su hermano las pudiera lucir al cuello.

—Oropéndola está feliz por la valentía de su hermano. Será el mejor de la horda de Nublares, será jefe como lo fue su padre —le dijo con orgullo.

Desde niña Oropéndola sólo había mirado por los ojos de su hermano. Desde muy pequeña lo seguía por donde iba, sintiendo por él una absoluta devoción. Lamentó mucho que su hermano mayor tuviera que bajar a la cueva, pero se sentía tremendamente orgullosa de sus hazañas. Para ella no había nadie que superara a Ojo Largo, era el reflejo de aquel padre que recordaba poderoso y fuerte.

Él remoloneó en las cercanías del fuego de su familia hasta que comprobó que el brujo Huesos no estaba en el campamento y había salido con los hombres. Entonces se dirigió a la cabaña de Mirlo. Caminó erguido hasta la piel de entrada. Iba resuelto, pero nada más entrar le atrapó la timidez y se sintió enrojecer. Tan sólo balbuceó unas palabras y extendió las manos. En ellas como una ofrenda estaba el collar de colmillos.

Ojo Largo había pensado entregárselo con un gesto altanero, pero fue aquel otro el que le salió. Fue entonces cuando la sonrisa burlona de Mirlo se dulcificó en un gesto de ternura y una sombra acuosa pasó por sus ojos. Lo recogió. Se lo puso y tras acariciarlo se pasó las manos por los pechos para después llevarlas hasta el cuello de Ojo Largo, enroscarse en él, atraerlo hacia sus labios y darle un largo y húmedo beso.

Él se lo devolvió con torpeza y la abrazó con fuerza. Mirlo se apretó contra su cuerpo tan intensamente que él la sintió por toda su piel. Era sinuosa y redonda, sus piernas se entrelazaban con las suyas y sentía las mórbidas redondeces de sus tetas aplastándose contra su pecho. La pelvis de ella inició un enloquecedor movimiento de invitación. Él quiso tumbarla. Ella se resistió.

—Espera. Desnúdame.

Levantó los brazos para que le sacara la túnica. Desnuda, su piel morena acariciada por el resplandor del fuego era aún más hermosa. Ella misma era un fuego. Pero aún no lo dejó llegar. Ahora era ella quien con mano diestra lo estaba desvistiendo, quien lo acariciaba y lo lamía, y una vez más llegó hasta su miembro y lo recogió amorosamente con las manos.

—Ven.

Lo arrastró con suavidad hasta un lecho de pieles. Se tumbó en él. Entreabrió los labios y los muslos y le susurró:

—Penétrame. Poséeme, mi niño, con toda tu fuerza y sin esperar. Como quieras hoy. No te pediré que esperes mi placer. Coge el tuyo.

Se abrió para que él pudiera entrar con toda facilidad en la cueva de los placeres. Ojo Largo bufaba de ansiedad. Ella hubo de dirigir la primera embestida. Luego él cabalgó enfebrecido a galope, tan urgente como rápido. No tardó en vaciarse dentro, y cuando acabó exhaló un fuerte suspiro. Hundió su cara entre los pechos de la mujer y la larga cabellera de Mirlo le cubrió como un manto. Después ella habló de nuevo:

—Ya me has tenido, Ojo Largo. Yo aún no. Pero habrá tiempo, mi pequeño cazador, habrá tiempo si callas y no dejas ver. Ahora vístete y vete.

—Volveré mañana.

—No. Mañana no. Enseñaré hoy el collar al hombre de este fuego y mañana él querrá quedarse aquí. Espera mi señal. Tu herida ya no necesita ser curada cada día. Vuelve dentro de tres días o mejor cuando regreséis de cazar el ciervo. Porque será mañana cuando partáis.

—¿Cómo lo sabes?

—El brujo, el jefe y Voz de Ciervo han ido hoy a por tierra roja y negra para los ritos de caza de esta noche.

Los jóvenes estaban excitados. El chamán había bajado a la cueva. Había penetrado por una hendidura de la izquierda, por la que se llegaba a su recinto privado, al que absolutamente nadie, aparte suyo, tenía permitido el acceso. La entrada estaba protegida por una gruesa piel que colgaba del techo hasta el suelo, donde se enterraba su parte inferior. Al otro lado, en la oscuridad, los hombres sabían que acechaba la muerte. Allí se depositaban las calaveras de los enemigos sacrificados en rituales. Sólo el brujo podía entrar en ese lugar, ningún otro se había atrevido a traspasar esa barrera mágica. Sabían que allí estaban los restos de los más feroces enemigos, los grandes cráneos de los Hombres Antiguos a los que sus antepasados habían vencido y las delicadas calaveras de las doncellas que habían sacrificado a la Estrella del Alba.

El brujo se encerró allí la tarde entera. Se escondía ya el sol cuando el jefe y los otros hombres fueron a buscarle. Todos llevaban sus armas. Las depositaron en la entrada de la cueva y luego apartaron la losa que cerraba el acceso al pasadizo por el que desde la gran sala central se llegaba al recinto de las ceremonias. Se encontraba en lo más hondo de la cueva, donde sólo podían entrar los cazadores que habían superado los segundos ritos de iniciación y habían dejado marcada su mano junto a las de todos los hombres que formaban y habían formado la horda de Nublares.

Una vez abierto el paso, el jefe se dirigió a la puerta del brujo, ordenó a los jóvenes que se apartaran hacia la entrada de la cueva y llamó a Huesos. Éste brotó de su recinto. Se había pintado el cuerpo de color ocre y se cubría con una piel de venado rematada en la parte superior del cráneo del animal con su cornamenta, que se encasquetaba en la propia cabeza del brujo. En las manos portaba un recipiente lleno de un caldo humeante. Cada uno de los hombres llevaba una antorcha en la mano y, precedidos del brujo, penetraron en el pasadizo. Primero Paso de Lobo, después Piel de Jabalí, a continuación Voz de Ciervo, quien llevaba en las manos dos recipientes con material para pintar y sendos pinceles hechos con pelo de cola de tejón para aplicar a la pared los materiales. Tras ellos iba Sombrío con un gran brazado de leña. Eran los cinco adultos de la horda. Pocos. Pero pronto pasarían algunos jóvenes sus ritos de iniciación y cubrirían los huecos de aquellos que fueron hacia las tierras de los claros con Halcón en la Llanura y no regresaron jamás.

Los hombres se alejaron con el resplandor de las antorchas por el pasadizo salmodiando un monótono canturreo cuyos preludios eran marcados por el brujo.

Una vez en el recinto de las ceremonias, Paso de Lobo encendió el fuego en el centro. Tardó en prender por la humedad, pero finalmente se elevaron las llamas. A su luz se pudo ver el techo de la cueva. Allí, en un rincón, estaban las manos; en el otro lado, los animales.

El brujo saltó hacia el fuego y comenzó un nuevo canto. Luego bebió un largo trago del tazón humeante y se lo pasó al jefe, que también bebió y se unió a la danza después de darle el cuenco a Piel de Jabalí. Éste se lo ofreció a Voz de Ciervo, quien, finalmente, se lo dio a Sombrío para que bebiera. Los cinco hombres en corro danzaron alrededor de la hoguera. Estimulados por el líquido preparado por el brujo a base de datura y belladona, su ritmo aumentó al igual que el volumen de su canto hasta conjuntarse en un alarido final.

No duró mucho la danza. A una señal del chamán dejaron de bailar, y por turno, una vez más precedidos por Paso de Lobo, se dirigieron al rincón de las manos. Allí pusieron las suyas sobre sus propias marcas hechas el día de su iniciación, y gritaron su nombre y el de su ser protector. Luego regresaron junto a la hoguera y se sentaron en círculo. Era el turno de Voz de Ciervo. Éste buscó un saliente idóneo de la roca y se aplicó a su tarea. El brujo inició una nueva salmodia: era un canto al venado en celo, el mismo que estaba surgiendo de los dedos y los pinceles de Voz de Ciervo. Era un gran animal, un macho con la cuerna de muchas puntas, espléndido y en su plenitud, captado en lo más intenso y enloquecido de su bramido de celo. Cuando estuvo acabado, cada uno de los hombres cogió una flecha y con ella en la mano hizo el ademán de herirlo, tocando levemente con la punta la figura recién pintada. Tras ello, Huesos regresó junto al fuego y danzó imitando los saltos del animal. Primero solo, después rodeado de los cazadores. La escena fue pronto una cacería cuyo final fue la gran cabeza astada caída a los pies de los hombres de la horda de Nublares.

Por fin salieron. Taparon de nuevo con la losa el paso al recinto de las ceremonias. Era ya de noche. Ya no volverían a subir al campamento. El fuego ardía vivo en el centro de la sala. Los jóvenes habían preparado una cena abundante a base de carne asada y pescados. El brujo cogió su ración y se marchó a su recinto, haciendo caer tras él la cortina de piel. Luego los cazadores se sirvieron, y sólo cuando tuvieron sus raciones, les tocó el turno a los jóvenes. Éstos habían permanecido en un expectante silencio mientras había durado la ceremonia de la que sólo les llegaba el eco de algún canto. Todos ansiaban que llegara el día en que ellos penetraran por el pasadizo y pudieran ser considerados verdaderos guerreros y cazadores. Ahora tan sólo eran aprendices; aun así, en condiciones normales o en otra horda más numerosa, hubieran tenido aún menos protagonismo en la cacería que se avecinaba, pero dada la escasez de hombres maduros en Nublares su participación se hacía necesaria.

Ahora todos estaban a la expectativa de quiénes serían los elegidos, pues además del brujo, exento de participar en las grandes partidas de caza, otros dos más quedarían en el campamento.

Ojo Largo era el que estaba más tenso. Recordaba las palabras del jefe y las temía. Deseaba ir, aunque otra parte de sí le retenía. Tal vez así tuviera una oportunidad de acercarse a Mirlo aunque Huesos rondara cerca. El brujo le había dado miedo aquella tarde, pero su deseo era más intenso que el miedo a los espíritus que pudiera atraer el chamán. Además, el olor del cuerpo de Mirlo prevalecía aún sobre su piel y le llenaba de recuerdos y de una sensación de plenitud. Ojo Largo recordaba que su padre no había tenido en mucha estima al brujo. Lo utilizaba. Halcón en la Llanura prefería los oficios de una sanadora a todas las salmodias de los chamanes. Su madre, la Torcaz, la matriarca de la horda de las Peñas Rodadas, le había inculcado esas ideas y parecían una señal distintiva de su estirpe. Los hombres normales temían a los brujos, y éstos temían a los descendientes de la Torcaz. Quizá eso era lo que Mirlo había presentido. La osadía del muchacho y su desprecio al hombre al que ella también despreciaba. Pero eso Ojo Largo aún no lo sabía. Ahora temblaba; en realidad su mayor deseo era ir a la gran cacería, y temía no estar entre los elegidos.

Sus temores se cumplieron. El jefe lo señaló junto a Colmillo de Lince para quedarse en el campamento. Iba a levantarse rabioso y a protestar cuando lo paró el brazo de Viento en la Hierba y la voz del Oso.

—Que vaya Ojo Largo. Ayer el hombro de este joven se dislocó en una caída. La mujer Mirlo ha encajado de nuevo el hueso en su sitio, pero no vale para apuntar el arco ni para arrojar la lanza. El Oso sería un estorbo. Ojo Largo camina ya bien.

El jefe, a quien no había pasado desapercibido el gesto de rebelión de Ojo Largo, hizo un gesto de desagrado, pero lo contuvo rápidamente. Ya disciplinaría a aquel joven desvergonzado y valentón. Ahora lo importante era el clan. Paso de Lobo expuso su plan.

—Cercaremos el navazo donde los ciervos combaten. Cuando llegue la noche los rodearemos. Será allí donde Paso de Lobo diga el sitio de cada uno. Viento en la Hierba es rápido, también corre veloz Colmillo de Lince. Por eso, uno viene y el otro se queda. Serán los enlaces. Si el campamento sufre algún ataque Colmillo llegará rápido con la alarma. Si la caza es buena, Viento avisará a las mujeres y éstas vendrán donde los cazadores para ayudar a desollar, destazar y acarrear las presas al campamento. Los jóvenes deberán llevar arco y todas sus flechas. Que cojan también los venablos ligeros que se puedan arrojar con lanzaderas, un hacha y un cuchillo. No es necesario llevar las lanzas fuertes. Cazaremos el ciervo, no el bisonte ni el jabalí.

Fue una noche corta. Cargada de relatos de caza que los jóvenes bebían de los labios de los que las habían protagonizado.

—Cuando el venado brama, no oye, no ve. El celo lo deja ciego y sordo. Ésa es la oportunidad del cazador —enseñaba Voz de Ciervo.

Pero no sólo de caza, los jóvenes también quisieron saber de los parientes, los clanes amigos y los enemigos. Fue Paso de Lobo el encargado de aleccionarlos.

—Las tribus amigas del río Arcilloso son tres: la de Nublares, la de las Peñas Rodadas y la del Cañón del Río Dulce que vierte en el Arcilloso sus aguas. La horda de Nublares está más al poniente. La de las Peñas Rodadas está a mediodía y la del Río Dulce se encuentra en el naciente. Somos parientes de ambas. Entre las gentes de Peñas Rodadas y nosotros hay hermanos que se han criado al mismo fuego. La gran matriarca de las Peñas Rodadas es la Torcaz. El jefe es Azor en el Bosque, hermano de Halcón en la Llanura, que vino a esta horda, fue el primero en la fila de caza, y tuvo dos mujeres, la Velluda, que le dio a Cara Ancha y Nutria, y Arroyo Claro, que le dio a Ojo Largo y a Oropéndola. Halcón desapareció durante una expedición a la tierra de los claros. También perecieron entonces los padres de los Dos que Caminan Juntos, la Grajilla, que era mujer de Huesos, y el padre y el hermano de Mirlo, a la que entregamos a Huesos para que la sustentara, pues su madre había muerto al parir a un niño que pereció con ella. Fue una partida aciaga. Nadie supo nunca lo sucedido. Tan sólo que nunca volvieron.

—¿Por qué los mataron los claros?

—¿Los claros han sido siempre nuestros enemigos, jefe?

—Hubo un día que combatimos juntos contra los Hombres Antiguos. Con ellos dimos la última batalla en las cuevas sobre la laguna de las Sombras. Todo el pueblo de los Hombres Antiguos pereció. Sólo alguna mujer fue traída prisionera. Una de ellas la tuvo un jefe y la hija de la hija de su hija fue la Velluda. Pero luego estalló la guerra con los claros. Hace mucho. No recuerdo. Sé que nosotros les robamos sus mujeres y ellos nos matan cuando caemos en sus manos. Halcón capturó a Arroyo Claro, y Ojo Largo y Oropéndola son sus hijos.

—¿Son muchos los claros?

—Más que nuestras tres hordas juntas, pero nunca atraviesan la llanura. Viven en las serranías y muy pocas veces dejan la protección de sus montañas.

—¿Y nosotros, la horda de los Nublares, de dónde venimos?

—Somos el viejo clan. La cueva fue antes que nada y en ella están los espíritus y las manos de todos nuestros antepasados. Luego algunos fueron aguas arriba, hasta el altozano de las Piedras Rodadas, y allá, sobre el promontorio del recodo del río y en la pequeña isleta que forma sus dos brazos, se establecieron. Más tarde algunos fueron aún más hacia el naciente y llegaron al río de aguas dulces y limpias que vierte en el nuestro. Lo siguieron y encontraron el cañón de paredes de roca que caen del cielo, y se establecieron en sus grutas. Nosotros hoy sólo somos seis fuegos, pero seremos más cuando algunos de vosotros tengáis el vuestro la próxima temporada de la hierba nueva. Ahora los fuegos son el que os he dicho de la Velluda, único sin hombre pero con dos hijos que ya cazan en la cueva. El mío con mis dos mujeres, Mimbera, que me ha dado a la joven Corzo y dos niños, y Cielo en los Ojos, que conseguí hace dos inviernos de los claros. En el fuego de Piel de Jabalí, el más fuerte de nuestros cazadores, vive el más viejo de la horda, el anciano Costilla Grande, que fue un cazador de los primeros. Piel de Jabalí ahora sólo tiene una mujer, pues la otra murió en el parto, cuando le trajo a Perdiz. Avutarda le ha dado el Oso y ahora cría otro hijo y una niña. Voz de Ciervo es quien captura a los animales en las paredes. Su mujer es Luna entre Nubes. Viento en la Hierba ha heredado la velocidad en las piernas que tuvo su padre. En ese fuego se calientan Agachadiza y dos mellizos que llegaron hace un año. El fuego del Tallador fue antes de Pantera en la Noche, a quien mataron los lobos un año de grandes nieves. En su cabaña vino el Raboso de su mujer Vuelvepiedras, la que siempre busca, y ahora le ha traído a Sombrío, a Colmillo de Lince y a su hermana mayor Escarcha. El fuego del chamán tuvo antes a la Grajilla y allí siguen las viejas Grajas, su madre y su tía, que lo mantuvieron cuando yo ni era un niño. La Grajilla fue la nueva curandera cuando la madre de Mirlo, la sanadora, murió de parto, cuyo padre y hermano perecieron también con la Grajilla. La Grajilla murió, ya os lo he dicho, en la expedición de Halcón en la Llanura y yo le di la mujer Mirlo a Huesos. El fuego de Velluda ya os lo he contado.

—¿Y de dónde vino Huesos? ¿De dónde su poder? ¿Vivió con los jóvenes en la cueva?

—No. Él vino del Gran Río Hundido, del río Tajo que llaman. Estaba enfermo y se quedó a morir. Pero sanó. Volvió del delirio de la muerte con visiones. Y también interpretaba las nuestras. Fue ya el brujo de tu padre. Y ahora me interpreta a mí los destinos.

Ojo Largo calló. No creía que el viejo Huesos viera tanto. A su padre siempre le decía lo que el brujo sabía que le gustaba oír.

—¿Cuándo nos encontraremos de nuevo con los clanes hermanos?

—Cuando vuelva la hierba nueva después de la estación de los hielos. Este año la reunión será en el cañón del río Claro. Subiremos primero al encuentro del clan de las Peñas Rodadas y luego iremos todos al río Dulce.

—¿Los otros clanes son más numerosos que los nuestros?

—El más grande es el de la Torcaz y su hijo Azor, en la Arboleda. Si para el nuestro sólo hacen falta cuatro veces las dos manos para contarnos, a ellos hay que contarlos por dos veces nuestra gente y aún más. El clan del Dulce es más pequeño. Muy parejo al nuestro.

—¿Es tan hermosa la joven que llaman la Garza del clan del Río Dulce?

—Lo es. Y su voz canta como un río entre las piedras.

—¿Y tiene ya un fuego y un hombre?

—Cuando nos separamos no quiso ir a ninguno ni de su clan ni de los nuestros.

Soñaron los jóvenes con la belleza de la Garza. Todos menos Ojo Largo. Él tenía sobre su piel el olor de Mirlo y la noche se lo estaba volviendo deseo.

Al amanecer la fila de diez hombres abandonó Nublares y se dirigió hacia los grandes bosques que poblaban los montes que en escalera venían desde donde nace el sol, entre las tierras del río Arcilloso y las de las tribus y clanes del Gran Río Hundido, a muchos días de camino. Los cazadores caminaron con paso y semblante alegre con el perro de Ojo Largo trotando delante y desapareciendo de vez en cuando en la maleza para regresar siempre junto a su amo.

La vereda, transitada desde antiguo, se extendía primero por la falda de un monte hasta llegar a una fuente, Naguafría, conocida por todos, pues era de las pocas que manaba en la estación seca. Junto a la fuente estaba la meseta arbolada del Zancajo y la del Puerco, habituales bebedores de mamíferos y aves que descendían desde sus refugios boscosos para refrescarse. Los tres eran lugares habituales de espera y acecho para los cazadores de Nublares.

Hicieron alto en Naguafría y desde allí se dividieron en dos líneas. La primera cogería altura hacia la meseta arbolada y luego giraría para dirigirse por el chaparral hacia naciente. Encabezada por Sombrío, estaría compuesta por todos los jóvenes menos Cara Ancha. La otra línea, formada por éste y los cazadores Paso de Lobo, Piel de Jabalí y Voz de Ciervo, seguiría faldeando por las laderas hacia naciente, y al llegar al barranco del Conejo, ascendería con rapidez para apostarse y abatir alguna pieza.

Los jóvenes, pues, harían de ojeadores e intentarían llevar presas hasta los arcos de los tres mejores cazadores, acompañados de Cara Ancha. Éstos se situarían con el viento a favor en una línea de piedras rematada en su parte más alta por la Roca del Búho, desde la que se atalayaba la costera de enfrente y se dominaba el barranco y los pasos de la caza por él.

Esta forma de cazar utilizando a los jóvenes como ojeadores que con voces y ruidos empujaban a las piezas era habitual en el clan de Nublares y solía dar buen resultado.

Lo importante era que los cazadores afinaran luego su puntería en los pasos, tanto con los arcos como con los propulsores de venablos. Paso de Lobo era buen arquero, y a Piel de Jabalí y Cara Ancha les gustaba más usar los venablos con lanzadera.

La jornada no fue mala. Una vez más, el protagonista de aquella emboscada fue Nariz. El perro movía más monte que todos los hombres y hacía levantar con sus ladridos un buen número de piezas, sobre todo las pequeñas.

Ojo Largo disfrutaba lo mismo que sus compañeros gritando y aullando a pleno pulmón. Caminaba entre alaridos gozosos por el espeso chaparral, buscando los recovecos y las veredas para deslizarse entre el boscaje. Empezaban a cambiar de color algunas hojas y a aparecer los primeros hongos en el suelo húmedo por las primeras lluvias. La mañana era limpia, y al mirar hacia el norte la sierra de los Claros se perfilaba con toda nitidez sobre el horizonte, con los picos asomando en la lejanía.

Los jóvenes llegaron sudorosos al barranco sobre el que se apostaban los cazadores y por los gestos supieron que algunas piezas habían sido abatidas. Nariz llevaba en la boca una liebre atravesada por una flecha.

—La hubiera perdido porque el flechazo fue trasero y el animal se ocultó en la maleza, pero el perro ha llegado por el rastro —dijo Voz de Ciervo, que había conseguido flechar otros dos conejos y un zorro, que nada más comenzar los gritos había intentado deslizarse entre los cazadores.

Piel de Jabalí tenía otra liebre y un conejo en su haber y se lamentaba de haber fallado con la lanza a un corzo. El jefe, Paso de Lobo, había matado una mano entera entre conejos y liebres, además de una hembra joven de corzo. Pero el más feliz era Cara Ancha, quien había cobrado un jabalí bermejo de dos temporadas, abatido limpiamente con un certero lanzado. Tenía además a sus pies un hermoso lince con una flecha en el costado, al que había rematado con lanza. Había tenido el puesto más cubierto, por el que era difícil ver pasar las presas, pero el lince había buscado por allí su huida y había encontrado la muerte por la mano del silencioso cazador, que lo esperó hasta que lo tuvo a tiro.

—Llegó como una sombra. Pero oí su paso en la hojarasca.

Paso de Lobo estaba contento. Las liebres, los conejos, la corza y el jabalí servirían para que ya no hubiera preocupaciones por la propia subsistencia durante los días que durara la cacería del ciervo. El jabalí se guardaría para el poblado. Además de que los cazadores preferían la carne fresca a los tasajos ahumados que llevaban como raciones de emergencia. El que hubiera salido tan bien era sin duda el mejor presagio. El ambiente de la partida era risueño y esperanzado.

Hicieron fuegos al resguardo de la Roca del Búho, asaron los conejos y las visceras de la corza y guardaron en sus macutos de viaje el resto del animal troceado y las liebres. Cara Ancha despellejó a su lince y Voz de Ciervo a su zorro. Los cuerpos los tiraron. Sólo cuando el hambre acechaba se comían a los felinos y al zorro. No tenían buena carne. Pero sus pieles, sobre todo la del lince, eran codiciadas.

El grupo se puso de nuevo en marcha. Paso de Lobo ordenó ahora silencio. Caminaba hacia naciente, justo por el mismo viso de los montes, bordeando la gran mancha boscosa. Y de allí no tardó en llegar rebotando en el cielo de la tarde el profundo bramido de un ciervo macho, que pronto fue retado por un rival.

Un estremecimiento recorrió la piel de los cazadores, y los jóvenes no pudieron evitar algunos gestos. Nariz se inmovilizó mirando hacia donde había surgido el ronco bramido, pero antes de que se lanzaran en esa dirección y atendiendo a un gesto de Paso de Lobo, Ojo Largo lo ató con una correa de nuevo. Ahora caminaría sujeto a él. Según se acercaban a su destino, la berrea crecía en intensidad. Al atardecer el espacio estaba inundado de las voces ásperas, broncas y apasionadas de la llamada sexual de los venados entremezclado con el seco chasquido de las cuernas al chocar furiosamente. Los cazadores siguieron hacia ellas en silencio.

Había salido la luna en cuarto menguante y a su lado aquella estrella que era la primera en aparecer. El sol se había marchado. El cielo aún seguía siendo azul oscuro.

Acamparon pronto. Conocían un reducto idóneo, un refugio en una pared de rocas calizas suficientemente grande para cobijarlos a todos. Restauraron rápidamente el cortavientos de piedras, prepararon la cena escuchando el creciente clamor de la berrea. El jefe explicó su plan para la noche siguiente.

—Los ciervos combaten en el gran navazo que aún tiene un poco de agua en el centro. En ese gran claro rodeado de monte se concentran las hembras. Los machos salen del bosque y luchan contra los que tienen a las ciervas. El vencedor las monta y los vencidos se esconden en el bosque a esperar que los más grandes y robustos se agoten para intentar conseguir una victoria.

Paso de Lobo dibujó luego en el suelo el lugar y a su alrededor fue poniendo redondeles, excepto al sur, donde trazó un pasadizo que conducía a una rotonda.

—Rodearemos el navazo. Llegaremos de tres direcciones. Empujaremos a las reses con antorchas hacia una única salida: esta rotonda, que es una depresión rodeada de rocas. Cada uno debe saber cuál será su lugar y quién estará a su lado. Piel de Jabalí irá desde naciente con Cara Ancha, Sombrío desde el norte con Ojo Largo y el Raboso, desde poniente llegará Voz de Ciervo con Viento en la Hierba y los Dos que Caminan Juntos. Dejaremos abierto el paso hacia el sur, hacia la hondonada. Cerraré yo. Todos debéis correr una vez que los animales entren en la trampa para rodearlos por arriba. Desde allí disparad todas vuestras flechas, arrojad con vuestros propulsores hasta la última lanza. Luego bajaremos todos, cuando yo lo ordene, a rematar.

—¿Cuándo partiremos?

—Al alba. Los jóvenes seguid siempre a los cazadores que hemos reconocido el lugar estos días de atrás. No sigáis reses sueltas. Muchas huirán. Pero algunas han de llegar a la hondonada. Ahora que duerman los jóvenes. Esta noche vigilarán los cazadores. Aquí hay muchas presas y habrá también muchos carnívoros. Hace mucho tiempo que no sentimos al león, pero puede venir. La pantera, la hiena y el lobo están ahí fuera. Y ellos también quieren comer.

Ojo Largo se hizo un ovillo con su piel. Pero tardó en dormir. Desde aquella altura se dominaba todo el valle y las más pequeñas estribaciones que rodeaban el poblado de Nublares. Al fondo de la oscuridad, bajo las estrellas más lejanas, estaban las sierras de los Claros.

El bramido de los ciervos crecía en la noche, sus voces eran una llamada al sexo, potente, perentoria, enloquecida. No cesaban. Una subía, retumbaba, descendía y otra ocupaba su lugar. Ojo Largo miró en dirección a Nublares. Allí, a lo lejos, había un resplandor. Todos lo habían visto y señalado. Era la hoguera de su campamento. Y allí estaría Mirlo con su pelo negro acariciando su cuerpo moreno y redondo, el que él había gozado pero que ahora ansiaba poseer más que antes. El celo de los ciervos lo llenaba de ansiedad. Clavó los ojos en aquel resplandor durante largo tiempo, luego los volteó hacia las hogueras del cielo y al bajarlos a la oscuridad, hacia las sierras del norte, un destello de luz apareció en la lejanía. Estaba sobre tierra y aquel fuego no era el de su clan. Su perro se rebulló en sus pies.

Supo, nada más abrir los ojos, cuando lo rozó la mano de Paso de Lobo, que ya no faltaba demasiado para el amanecer. Se incorporaron sin hacer ruido. En un instante estuvieron todos tras el jefe con las armas preparadas en silencio y procurando pisar blando.

Paso de Lobo había elegido el camino por el que menos riesgo tenían de alarmar a las reses, aunque según se acercaban a la concentración algún animal daba una espantada entre los árboles y huía arrollando monte. Tropezaron también con una pequeña manada de lobos que devoraba a un viejo ciervo. La bordearon y siguieron su camino. Encendieron las antorchas. Él, Sombrío y el Raboso fueron los primeros en ocupar su posición, los otros desaparecieron. Debían esperar el gesto de Paso de Lobo. Todo el cuerpo de Nariz temblaba. Aguzó el oído. Sólo se oía la berrea y algún chocar de cornamentas. Por fin llegó el grito humano y él contestó con otro, soltó al perro e inició la carrera. Se arañó la cara y una rama le tropezó en la herida de la pierna, pero nada importaba. Veía el destello de otras antorchas que se movían a su lado. Gritando a todo pulmón llegaron con la primera luz del día al navazo. Enfrente vio antorchas que confluían hacia el pequeño embalse de agua. Muchos animales salían en estampida por los lados y escapaban. Un gran pelotón de ciervos se metió en el agua; pareció que iba a romper luego en dirección naciente a escapar de la trampa, pero ahí estaba Nariz. Se lanzó hacia ellas ladrando, mordió ijares, y aunque recibió algún revolcón y fue pisoteado, los ciervos en tropel tomaron el rumbo deseado. Algunos quedaron tendidos en el agua, pues los cazadores viéndolos agrupados habían disparado sus primeras flechas y arrojado algunas lanzas. Corrieron todos tras los animales que huían y vieron a Paso de Lobo que los dirigió con gestos rápidos a los bordes de la trampa. Llegaron sin recuperar el resuello, lanzaron todas sus armas contra los animales que se arremolinaban en el fondo. Ahora las voces de los ciervos ya no eran de celo, eran de dolor y agonía.

A los cazadores pronto no les quedaron proyectiles y tampoco quedaban casi animales en la hondonada. Los que no habían caído huían, unos arrollando ladera arriba, otros volviendo por el lugar de entrada. Entonces todos vieron a un impresionante venado que en una carrera desesperada, la impresionante cornamenta levantada, los ojos extraviados, se dirigía hacia el escape y vieron que allí, esperándolo, estaba Cara Ancha. Pareció que el ciervo lo arrollaría, que iba a aplastarlo, y casi no vieron moverse el brazo del hombre, ni cómo apenas a un paso arrojó con toda su fuerza su última lanza al tiempo que de un salto apartaba el cuerpo al choque con el animal. Éste dio un gran salto y parecía que iba a seguir su carrera, pero lo que hizo fue voltearse violentamente hacia un costado, caer pesadamente sobre los matorrales, levantarse pataleando y volver a caer de nuevo, vencida ya la cabeza. Cara Ancha estaba a su lado y lo remató con el hacha, golpeándole entre los ojos.

Fue el inicio anunciado por Paso de Lobo para comenzar a rematar las piezas heridas. Lo hicieron con rapidez y las hachas actuaron con eficacia. Contaron seis animales muertos, cuatro hembras y dos machos no muy grandes. A ellos había que añadir el gran semental de Cara Ancha y una cierva más que Nariz descubrió agonizante en la espesura. En el navazo, dentro del agua, había otras tres reses, dos hembras y una jabata. La caza había sido buena.

Paso de Lobo abrió el ciervo grande e indicó a Cara Ancha que se acercara. Extrajo el corazón del animal y se lo entregó. Luego hizo un pequeño hoyo en la tierra y le indicó que lo enterrara. Los cazadores rodearon la escena, levantaron las lanzas sangrantes que acababa de recuperar de sus presas y pidieron perdón a los espíritus de los animales por haberlos matado. Luego dieron las gracias a los espíritus de la tierra por proporcionarles la carne que necesitaban. Paso de Lobo cortó entonces un brote tierno y se lo pasó entre los dientes al gran semental muerto.

—Te hemos dado gran ciervo tu último bocado y hemos enterrado tu corazón para que tus hijos se multipliquen sobre la tierra.

No había tiempo de más. La tarea que quedaba era dura. Viento en la Hierba recibió la orden y se apresuró a cumplir con la misión encomendada.

—Regresa pronto con todo el clan. Que vengan todos.

Antes había mucho que hacer. Lo primero, trasladar a las reses muertas al refugio en la pared. Era más seguro y más fácil de defender de los ataques de otros predadores. Mientras Viento corría, el resto sudó transportando las pesadas cargas. Entre dos hombres llevaban un animal colgando de una gruesa rama. Cuando acabaron, después de tres agotadores viajes, el jefe les permitió un descanso e hizo su primera reflexión sobre la cacería.

—El perro ha hecho por muchos hombres. Si cazamos con perros abatiremos muchas más presas. Ojo Largo deberá conseguir cachorros y enseñar a los cazadores a que cacen con ellos. Nadie en Nublares se comerá los cachorros de los perros. Nos serán útiles.

Al atardecer llegó el resto de la horda, hasta las mujeres con niños de pecho; antes habían llegado los buitres, las hienas y los chacales. Pero era mucha la fuerza del clan y del fuego y se mantenían alejados.

Mirlo venía también. El brujo hizo un conjuro para que los espíritus de los animales muertos les perdonaran y todos se pusieron rápidamente a desviscerar y trocear a los animales para trasladarlos mejor al campamento de la cueva. Se aprovechaba casi todo. Los estómagos, por ejemplo, eran muy codiciados para hacer odres que servirían para transportar agua. Mirlo recogió también de los intestinos sustancias a medio digerir que luego utilizaría para hacer sus ungüentos medicinales.

Trabajaron sin descanso y era noche cerrada cuando finalizaron su tarea. Ya había comenzado a llover y después el aguacero se hizo más intenso y frío. El olor a sangre, visceras, sudor y humedad era intenso, pero, amontonados, el clan dormía agotado en el refugio protegido por las hogueras y la vigilancia de los mejores y más fuertes cazadores.

El regreso fue penoso. Seguía lloviendo y la marcha fue difícil y agotadora, pero sabían que en Nublares tendrían un refugio, calor y pieles secas. Caminaron sin desmayo. En algún momento Ojo Largo volvió la vista hacia el lugar donde habían destazado a los ciervos y sobre él distinguió una gran corona de buitres que descendía. Llegaron empapados. Cada familia regresó a su fuego. Los jóvenes a la cueva. Del fuego del jefe bajó luego un enorme tazón de caldo para que todos se repusieran. Y en la hoguera se asó el cuarto trasero de una cierva.

Reconfortados y tras descansar un poco, la excitación volvió. Todos contaban la gran aventura y todos admiraban la hazaña de Cara Ancha. El jefe le había entregado el frontal con la cuerna de dieciséis puntas de su víctima, que ahora descansaba junto a sus pieles.

Ojo Largo quiso alegrarse de la fortuna de su medio hermano.

—Halcón en la Llanura estará orgulloso de su hijo. Los hijos de Halcón destacan en el clan de Nublares.

—No hables por mi boca. Mi corazón no es el tuyo. Es mi mano quien ha herido al ciervo, pero es el clan quien lo ha cazado. Tú, Ojo Largo, no quieres al clan, sólo deseas subir sobre él. Tu perro es mejor que tú. Él caza y no exige otra cosa que su ración. Tú pides poder. Quieres ser jefe, pero no tienes corazón de jefe. Paso de Lobo lo tiene. Él daría todo por el clan. Tú quieres coger todo el clan.

Nunca había hablado tanto Cara Ancha. Ojo Largo retrocedió como si lo estuvieran golpeando con furia en la cara. Su medio hermano lo insultaba ante todos los jóvenes. Humillado y confundido, se dio la vuelta y salió a la plataforma exterior. Tras él fue Viento en la Hierba, su amigo quiso hablarle, pero él no quiso escuchar.

—Cara Ancha no es mi hermano. Es el peor de mis enemigos. Ahora lo sé.

Esa noche habría una gran fiesta, se comería y se bebería. Quizá fuera el gran triunfo de su medio hermano, pero él buscaría a Mirlo.

Una gran fogata ardía en el habitual puesto del vigía, y otras en el centro del campamento fortificado. Los jóvenes subieron desde la cueva vistiendo sus mejores pieles y llevando al cuello sus trofeos más preciados. Los cazadores adultos sonreían al verlos, pero ellos también lucían orgullosos los recordatorios de sus hazañas: las garras de una pantera o de un oso. El jefe mismo se había colocado su piel de lobo con la cabeza del animal sobre la suya y llevaba en la mano el bastón de marfil, tallado en un colmillo de ma mut, símbolo de su jefatura y primacía sobre el clan de la cueva.

Las mujeres se habían puesto vestidos de piel vuelta, calzaban ligeros mocasines cosidos con tiras coloreadas y llevaban toda suerte de abalorios: collares de conchas, de cuentas de piedras verdes, de alabastro, de cristales de roca, anillos y pulseras. Mirlo estaba hermosa. Había peinado con esmero su largo pelo negro con un pequeñísimo peine de hueso que Ojo Largo le había visto en su cabaña y se había remarcado, no sabía con qué sustancia, sus cejas y también sus largas pestañas. Se había puesto flores en el pelo como algunas otras mujeres y llevaba una preciosa pulsera de alabastro translúcido. No lucía, sin embargo, el collar de colmillos de jabalí; llevaba uno de hermosas cuentas verdes y conchas nacaradas de minúsculos mejillones de río.

Los niños corrían y jugaban alborozados. Las madres gritaban. Los jóvenes se pavoneaban ante las muchachas que se habían reunido en un par de grupos compactos para soportar mejor el asedio de miradas y gestos y poder cuchichear entre ellas. Paso de Lobo y sus tres cazadores contemplaban con arrogante satisfacción la escena. Huesos se mantenía algo apartado, atento al gesto del jefe.

La Velluda con las otras mujeres estaba acabando de preparar la cena. Era tiempo de abundancia y el clan comería hasta reventar. El tiempo frío acechaba ya por el norte y con él descendería el hambre. Pero eso sería después de algunas lunas.

La de esta noche alumbraba una enorme cantidad de provisiones en cestillos tejidos con aneas, atolas y mimbres. Había toda suerte de frutos secos (nueces, avellanas y almendras crudas y bellotas asadas), de bayas, sobre todo dulcísimas moras, y también manzanas y peras. Sobre una esterilla estaban las carnes ahumadas, tanto de grandes truchas como de tiras de venado, corzo, caballo y bisonte. En otra había caracoles, cangrejos y algunos mejillones, no muchos porque no era la estación. Los caracoles solía ser plato obligado en verano y había quien llegaba a aborrecerlos tanto como a los cangrejos. Otros los devoraban con fruición.

Una gran vasija de arcilla, recibida de sus parientes de las Peñas Rodadas, que cocían la arcilla mejor que ellos, contenía un sabroso caldo de verduras, carne y huesos. Pero lo mejor, lo sabían todos, estaba en el horno que la Velluda cuidaba y que destaparía en el momento preciso. Se había excavado primero un gran hoyo en la tierra donde se había puesto un gran lecho de hojas, sobre las piedras calientes recién sacadas del fuego, más hojas y encima verduras y frutas de todas clases. Todo ello se tapaba luego con hojas y tierra. Para unos ésta sería la parte culminante del festín, mientras que otros preferían el asado que iba a prepararse en la fogata del vigía cuando las llamas hubieran dado lugar a ardientes brasas. Una cierva partida en dos estaba ya clavada en vertical a ambos lados de la hoguera, bien sujeta con fuertes estacas al suelo. El vigía tendría que ir girando de vez en cuando para que se asara por ambos lados.

También se comerían en el festín el jabalí pequeño que habían abatido en la cacería al que habían limpiado la piel de pelos y porquería echándole agua hirviendo por encima y utilizando rascadores. Había también una golosina final. Los cazadores habían descubierto un panal y logrado con humos y bastantes picotazos quitarles su dulce hogar a las abejas. Habían derretido los panales y ahora la miel granulosa era una tentación para todos. Y todos desde la niña más pequeña al jefe tuvieron su ración.

Fue la noche del triunfo de Cara Ancha. Porque cuando todos estuvieron ahitos llegó la hora del relato. Cara Ancha se vio obligado a contar una y otra vez su hazaña la cual fue obligado a representar ayudado por un cazador que hizo de ciervo. Entonces la Velluda se dirigió a la casa de las pieles donde se secaban ya las de los animales desollados tras la cacería y reapareció con la impresionante cuerna. Había cortado y descarnado el frontal hasta dejar blanco el hueso, sobre el que se sustentaba la cornamenta. Después de la danza la Velluda se lo entregó a su hijo en medio del alarido del clan. Pero Cara Ancha lo devolvió con un gesto.

—Sobre las cabañas de los fuegos de los cazadores hay trofeos. Sobre el de Paso de Lobo la cuerna de un bisonte, sobre las otras cabañas hay cuernos de gamos, de cabras montesas o de venados. Desde que el Halcón en la Llanura no volvió los trofeos desaparecieron del frontal del fuego de mi madre. Su hijo quiere que cuelgue éste si al clan no le parece contra las costumbres.

No. El clan aprobó con un rugido de admiración. Fue el triunfo de Cara Ancha, de la fuerza del clan unido. Alguna mirada, sintió sobre todo la de Paso de Lobo, cayó sobre Ojo Largo. Y no era clara. Sabían a quién había entregado el collar de colmillos de jabalí, y aunque lo había hecho por agradecimiento a la sanadora, había algo malsano en el regalo. Algo malsano que también había existido en su caza en solitario y en lo que quiso hacer ver con ella.

Esa noche fue triste para Ojo Largo. Se sintió desplazado por los otros jóvenes y las muchachas no lo admiraban, Paso de Lobo desconfiaba de él y Mirlo no había querido lucir su collar. Hubiera querido beber de aquellos fermentos que el brujo preparaba para la fiesta del reencuentro, tras la dispersión de la época fría, y que bebían sólo hombres y mujeres ya con sus ritos de iniciación, o comer aquellos hongos que prodigaban en la fiesta de la transgresión, y que él había probado furtivamente en una ocasión; le habían producido visiones y sueños. Quería cualquier cosa menos estar allí, sentado solo en medio del bullicio, y la alegría de todos. Había buscado la mirada de Mirlo, y ésta le había rehuido refugiándose en el grupo de mujeres. Sólo Oropéndola se acercó a él.

—Mi hermano está triste. ¿Acaso no ha sido él uno más de los cazadores?

—Parece que sólo haya cazado Cara Ancha —contestó resentido.

Su hermana le miró con dulzura.

—No se amargue tu corazón. Si miras bien, verás que más de unos ojos de muchacha están pendientes de ti, y no les importaría perderse contigo en la oscuridad en cuanto no haya nadie mirando.

—¡Buf! No quiero juegos.

—Pues antes bien jugabas con Corzo o con Agachadiza —se rió picaramente Oropéndola.

—Juegos de niños —bufó malhumorado el joven.

—Más que de niños, lo sé. —No se dio por rendida ella.

Ojo Largo hizo un gesto furioso y le gritó cada vez más enfadado. Su hermana se quedó muda, con los ojos arrasados repentinamente por las lágrimas. Él, de pronto, se dio cuenta de su brutalidad. Quería a su hermana. No podía hacer daño a quien venía a su lado.

—Ojo Largo tiene esta noche tan mal la cabeza que grita a su hermana —le susurró mientras la abrazaba con ternura—. Que su hermano no le meta a ella también la tristeza en el corazón. Vete a jugar tú con los jóvenes, que también yo he visto ojos pendientes de ti. Pero cuidado con los juegos, que los que hay en la cueva ya dan leche de hombre y no quisiera que en el fuego de la Velluda hubiera un niño más y sin haber aún un cazador al frente.

Oropéndola recobró su sonrisa y alegría, se puso colorada, abrazó a su hermano y se fue con el grupo de jóvenes.

Ojo Largo acarició a su perro que permanecía inmóvil a sus pies. No, él no jugaría.

Aquellas noches las jóvenes burlaban más el control de sus mayores. No era raro, ni el clan condenaba por ello que alguna muchacha acabara quedándose preñada. El hijo era acogido en el fuego de la familia. Luego, cuando la joven se apareaba definitivamente con algún cazador, el niño iba con ella. El padre podía ser otro de los jóvenes o, con más posibilidad, algún cazador adulto, pues éstos no dejaban de acechar a las muchachas, buscándolas para sus fuegos, bien para acogerlas en ellos, o bien para montarlas en alguna oportunidad. Ojo Largo sabía que la animadversión de algunos cazadores se debía precisamente a la predilección que algunas jóvenes tenían por hacerse las encontradizas con él en alguna soledad cerca del río o mientras recolectaban frutos o bayas en el monte.

Pero esa noche dio la espalda a la fiesta, salió del recinto fortificado y fue a hacer compañía al vigía, quien se había quedado solo después de que se hubieran llevado el asado de ciervo de la fogata. Era el Oso; aunque su robustez no lo hiciera suponer, él y Colmillo de Lince eran los de menos edad de todos los jóvenes. Era mucho más corpulento que éste e incluso que los dos gemelos o Viento en la Hierba, mayores que él. Sólo Cara Ancha le aventajaba en fuerza y Ojo Largo en estatura. El hijo de Piel de Jabalí y Avutarda era un muchacho silencioso y pacífico, pero increíblemente robusto. Cuando bajó a la cueva hubo quien, como el Raboso, el más viejo de todos los muchachos y también el más enclenque, o los dos gemelos, pretendió dominarle. Él pareció obedecer sumiso hasta que un día el Raboso y los Dos que Caminan Juntos fueron demasiado lejos. El Raboso se encontró arrojado como un trapo en el fondo de la gruta, y con los hermanos, el Oso entabló tal batalla que aunque salió bastante mal parado sus rivales no salieron mucho mejor. A partir de entonces no sólo lo dejaron en paz sino que se ganó su respeto y su amistad.

El Oso admiraba profundamente a Cara Ancha. Era algo evidente, y el muchacho seguía los pasos y la conducta de su líder. Con Ojo Largo mantenía distancias, consciente de la tensión entre los dos medio hermanos. Ojo Largo llegó a su lado con el perro.

—El Oso está aquí muy solo. Dejó su puesto en la cacería a Ojo Largo, y ahora no participa en la fiesta. ¿Tiene ya bien su hombro?

—Pronto estará como antes. Fue mejor que fuera Ojo Largo. Yo hubiera sido un estorbo. El clan hubiera cazado menos.

—Si el Oso quiere, yo cogeré su lanza y tomaré su puesto para que él pueda alegrarse. Aún habrá danzas y risas.

El muchacho no esperaba tal ofrecimiento del otro. Hizo ademán de rehusar, pero la expresión de su cara hizo que Ojo Largo insistiera sin palabras y con un enérgico ademán le tomara el arma.

—Déjame la pelliza, Oso. Tú danza y no te hará falta —le dijo alegre cuando el joven se iba.

Se puso en cuclillas junto a la hoguera y súbitamente, y para su extrañeza, se sintió caliente por dentro. Sonrió, acarició a su perro y miró fijamente hacia las montañas por si descubría la chispa de luz que había visto desde el monte del navazo dos noches antes. No la divisó, ni tampoco vio a la mujer que por detrás de él se asomó a la barbacoa de piedras y le dirigió una breve y furtiva mirada. Se había extrañado de ver aparecer a Oso a la luz de las hogueras del campamento. Era Mirlo.

El ruido de las risas, los gritos y los cánticos duró aún mucho tiempo a sus espaldas. Luego se apagó. Oyó pasos que bajaban hacia la cueva y otros más furtivos que se dirigían hacia el barranco de poniente. Escuchó alguna risa sofocada. Luego oyó un suave roce por entre las sombras proveniente del poblado y que cada vez se escuchaba más cerca. Nariz también lo había oído y se incorporó con un ladrido.

—Quieto —ordenó.

Ella ni siquiera llegó hasta Ojo Largo.

—Mañana muchos sufrirán. Los estómagos estarán enfermos. Tendré muchas infusiones que preparar… —Rió—. Por la tarde deberé ir por las laderas hacia poniente a coger nuevas hierbas. Si Ojo Largo ve que llevo puesto su collar, que me siga. Que él vaya por el río, yo lo veré en la orilla. Yo bajaré a él.

Luego se perdió en las sombras, que avanzaron y cubrieron el campamento y al vigía, quien, ensimismado, no se cuidó de alimentar la hoguera.

—El fuego se le está muriendo a mi amigo Ojo Largo. Yo lo avivaré. Que él descanse ahora. El Oso guardará en su corazón lo que hizo por él esta noche quien mató al gran jabalí.

 

Era media tarde cuando la vio por la senda de la cárcava. Pasó bajo la cueva, a media ladera, recogiendo tomillo, espliego, orégano y romero y se alejó hacia poniente.

Ojo Largo había pasado casi todo el día en la plataforma de talla puliendo una punta de lanza hecha con un trozo de un colmillo de mamut que la Velluda atesoraba y entregaba de vez en cuando a su hijo y al hijo de quien fue su compañero. Era mejor punta que el hueso, pero costaba mucho trabajarla. Además, Ojo Largo no ponía demasiado interés en su trabajo.

Cuando Mirlo desapareció, él regresó al interior de la cueva, donde algunos jóvenes permanecían acostados con semblantes enfermizos debido al atracón. Remoloneó un poco y luego cogió algunos útiles de pescar y se dirigió a la ribera del río. Una vez allí, puso algunas cuerdas, con un ojo en la ladera de enfrente. Creyó divisar a Mirlo en una ocasión, pero no era ella. Llegó a unos recodos del río muy cercanos a la montaña y entonces la vio cerca. Llevaba el collar. Desde la cueva ni se había dado cuenta. Ella también lo había visto. Decidió esperar.

El meandro del río había formado una minúscula playa arenosa protegida por un terraplén y las ramas de unos sauces que casi la hacían invisible. Allí aguardó.

Ella llegó a la orilla. Sonrió de aquella forma que lo hacía arder. Se llevó un dedo a los labios ordenando silencio y se dirigió al agua. Se sacó el vestido de cuero por la cabeza y se quedó desnuda, tan sólo con el collar de colmillos alrededor de su cuello y el sol del atardecer besándole la piel, al borde de la corriente. Fue un instante. Pero él supo que quería que la admirara. Luego se zambulló.

Salió del río con el agua chorreándole por el pelo, entre los pechos, jugando en la espesa mata de vello púbico. Abrió la boca en un gesto de ansioso deseo y se fue directa hacia adonde estaba él. Se tumbó en la arena.

—No esperes. Penétrame.

Se abrió, levantó sus piernas y rodeó con ellas la espalda de Ojo Largo, para que su miembro pudiera ir aún más adentro. Y él se hundió en ella con violencia, con fuertes golpes de cadera, oyéndola gemir.

—Dame, dame —le susurró.

Él sintió que iba a estallar. Ella se aferró entonces a él, como si quisiera sentirlo entero en su interior, apretándolo con toda la fuerza de sus piernas y sus brazos. Hasta que él se vació; aún estuvo un tiempo dentro de ella, luego se destrabó y rodó hacia un lado en la arena y le sonrió. Ahora había dulzura. Esa misma expresión de la primera vez en la cabaña.

—Desnúdate del todo y ven al agua. Límpiate el cuerpo, Ojo Largo, ahora que te has limpiado interiormente. —Se rió alegremente.

Chapotearon los dos en la poza. Ella le salpicaba y él la abrazaba. Mirlo giraba a su alrededor; al principio Ojo Largo estaba desconcertado, pero luego se lanzó feliz al juego. La besaba en la boca, deslizaba sus labios por la oreja y el cuello, la buscaba con su miembro. Por fin salieron. Se tumbaron y se secaron con sus propias pieles. Empezaba a hacer frío. Ella iba a ponerse el vestido cuando él se le vino encima buscándole la boca, los pechos y el sexo. Ella se le enroscó y con un hábil gesto de la cadera le facilitó la penetración, pero después no le dejó iniciar la loca cabalgada.

—Despacio. Así; yo marcaré el ritmo.

Y lo marcó. Suavemente, con un redondo compás, girando sobre su miembro duro. En uno de los movimientos, él estuvo de lado y ella entonces se desclavó de él y lo volteó de espaldas. Se le subió encima. Ella misma se introdujo la verga. Ahora era ella la que cabalgaba, pero lo hacía midiendo el paso. Él pugnaba por arremeter con mayor violencia, pero Mirlo no se lo consentía. Gotas de agua caían desde su cabellera mojada a su pecho.

Él no pudo resistir y forzó la embestida, ella se dejó voltear y se abrió para recibirlo mejor, permitiéndole que siguiera con sus acometidas. Ojo Largo la sintió gemir de nuevo, y escuchó cómo su gemido se iba haciendo más intenso. Volvió a oír aquel susurro.

—Dame, dame.

Se entregó a ella, se fue en su interior, y cuando lo creía todo acabado, sintió el violento estremecimiento interior de ella, más violentas sacudidas, cómo se aferraba a él desesperada y luego gemía en su oreja.

—¡No te vayas! ¡No te vayas! —le decía agarrándolo con fuerza.

Ojo Largo intentó seguir dentro de ella, y lo hizo hasta que su miembro ya no respondió y se fue achicando. Tenía la sensación de haber fallado en alguna cosa. Pero entonces se dio cuenta de que se equivocaba, algo había ido mejor. Ella se reía. Era una risa plena, alborozada. Ojo Largo supo que era la primera vez que cubría bien a una hembra, y él también se sintió lleno de alegría.

Se vistieron. Al sol le faltaba tan sólo unos momentos para comenzar a ponerse.

—Espera hasta que me veas cerca de la cueva en la ladera. Entonces comienza el regreso.

Él quiso retenerla un poco más, pero Mirlo se zafó de su abrazo. Había regresado a sus ojos y sus labios la burlona expresión que lo enfebreció.

—Ahora sí. Ahora ya he cogido yo mi placer de ti, joven Ojo Largo.