Nublares
IV. La iniciación
IV
LA INICIACIÓN
Todo estaba dispuesto. La luna había sido ayer una mínima raya en el cielo. Hoy no se veía porque las nubes cubrían los cielos y empapaban las tierras. Llovía sin pausa. No era buen momento, pero no quedaba otra luna antes de la dispersión, y los jóvenes que quisieran ganarse su derecho a ser iniciados definitivamente como cazadores debían partir.
La costumbre así lo establecía. La prueba del clan de Nublares para que un joven demostrara que podía mantener un fuego propio consistía en que los aprendices permanecieran durante una luna en soledad, lograran sobrevivir con su habilidad, fuerza y destreza y llevaran a su vuelta al clan una presa de tamaño considerable que sirviera de alimento a un fuego entero. Si no podía cargar con toda la carne, debía llevar el trofeo de su cuerna o colmillos como prueba.
La fecha elegida no era la más dura, la estación fría, cuando el alimento escaseaba, ni tampoco la más propicia, el nacimiento de la hierba, cuando muchos animales tenían sus crías y eran fáciles de cazar. Se elegía ésta, en la que había cierta abundancia de alimento pero en la que las condiciones meteorológicas eran adversas por las lluvias y el comienzo del frío.
Los jóvenes de la cueva se presentaban a la prueba y el jefe decidía quiénes de todos ellos podrían afrontarla, pues aunque todos deseaban partir, Paso de Lobo podía considerar que los más jóvenes o débiles debían esperar una temporada más.
Pero Paso de Lobo necesitaba más fuegos en el campamento. La fuerza de su clan había disminuido desde la desaparición de la expedición de Halcón en la Llanura y debía de ser restaurada. Necesitaba fuegos nuevos y parejas que los poblaran. Tenía ocho jóvenes en la cueva y siete muchachas listas para aparearse. Si al menos cuatro lograban superar las pruebas de iniciación, el clan de Nublares podría recuperar en la fiesta del reencuentro de las tribus del río Arcilloso la importancia que había perdido y que le había llevado a convertirse en el más débil de los tres clanes, doblado en número por el de las Peñas Rodadas y superado también por el del Río Dulce, cuando había sido el primero y el tronco del que partieron todos los demás.
Así que Paso de Lobo autorizó a siete de los ocho jóvenes a partir. Únicamente se quedó el más pequeño, Colmillo de Lince; el jefe había dudado en dejar marchar a Viento en la Hierba, pero al fin decidió que podía hacerlo. El Oso era suficientemente corpulento, a pesar de su edad, para intentarlo. En cuanto a Cara Ancha, Ojo Largo y los Dos que Caminan Juntos, tenía fundadas esperanzas de que regresaran triunfantes. El Raboso había fracasado la vez anterior, cuando a los pocos días regresó a la cueva, y debía salir airoso en esta nueva oportunidad.
Los cazadores y el clan entero estuvieron presentes para verlos marchar y presenciar el sorteo de las flechas. Se ponían en el suelo apuntando cada una en distintas direcciones, y junto a cada punta se colocaba una piedra de diferente color. Se metían otras tantas piedras gemelas en color en un saco de piel, el jefe las agitaba y cada joven elegía una, y con ella su flecha y su rumbo. Tras recoger la flecha cada muchacho salía del campamento. Sólo podía llevar unos mocasines, un pantalón, y una chaqueta de cuero curtido, una pelliza, un gorro de piel, una mochila con provisiones de carne seca para algunos días y una piel enrollada con la que improvisar un refugio en la llanura. Un arco y un carcaj con cinco manos de flechas, un propulsor y una lanza gruesa, un hacha, cuchillos y las azagayas que estimaran convenientes constituían su armamento. No faltaban, eran lo más imprescindible, las piedras para encender fuego y la yesca seca para alimentar las primeras chispas.
Al amanecer del primer día de la luna nueva salieron. Cara Ancha hacia el sur, y en dirección contraria, hacia las montañas de los Claros, se fue Ojo Largo. Al lado de Ojo Largo les tocó al Oso y a Bisonte, e inmediatamente al lado de éste a su hermano gemelo. Era la primera vez que no iban a poder caminar juntos, pero el destino al menos permitió la cercanía. Al lado del Caballo estaría Cara Ancha, luego Viento y el Raboso completaban el círculo de destinos marcados por las flechas.
Salieron uno a uno, erguidos y en silencio. A Ojo Largo, el más alto de todos, le tocó salir el último. Se esforzó en mantener su rostro impávido y la mirada fija en su destino, pero al coger el camino de la cárcava hacia el vado por el que tenía que cruzar el río no pudo evitar echar una ojeada rápida a las gentes de su clan y a Mirlo. Ella llevaba su collar. El joven no se permitió ante ella una sonrisa, pero sí se le vino una a la boca al contemplar la cara triste y angustiada de Oropéndola, su hermana, y le dedicó una caricia de ánimo y de despedida.
Paso de Lobo los vio desaparecer hacia todos los puntos del horizonte. Rompió el silencio para ordenar a las mujeres que durante la luna, y en dos grupos protegidos por sendos cazadores, intensificaran las labores de recolección en los campos de todos los frutos, bayas, setas y raíces que fueran comestibles.
Y un espeso silencio cayó sobre el clan. Nadie debería hablar de los ausentes mientras estuvieran fuera. Pero su ausencia estaba en todos los corazones. El brujo debía hacer ofrendas para que todos volvieran. Cuando regresaran, sería el momento de los relatos. Cada uno el suyo. Se efectuaba, extraordinariamente, en la Cabaña de Mujeres, pues éstas tenían derecho a opinar si el cazador era ya capaz de proveer alimentos para un fuego. Y su voz era en esa ocasión tan influyente como la de los hombres.
El cielo permaneció encapotado durante largos días. Las nubes no paraban de asomarse por los montes a la espalda de Nublares sin dar un solo respiro al sol. Un velo de lluvia caía sin cesar difuminando el horizonte.
Y entre aquellos velos de agua el vigía vio regresar tambaleante una figura que se acercaba por la estepa con la cabeza agachada. Su avance era lento. El vigía dio la voz de alarma cuando lo vio tropezar y caer. Tras él creyó divisar, en medio de las ráfagas de nieve, a algunos animales que lo seguían. Luego lo vio levantarse de nuevo y seguir avanzando en dirección a los vados. Paso de Lobo junto a dos cazadores se lanzaron a la carrera ladera abajo para acudir a su encuentro.
Era el Oso. Llegaba cubierto de barro, se mantenía en pie apoyado en la gruesa lanza, que utilizaba como bastón. Era la única arma que le quedaba. Había perdido el arco y los venablos, así como su pelliza y el macuto. Sus ropas estaban desgarradas y el barro y la sangre se mezclaban en su costado izquierdo, donde más graves eran las heridas.
Los cazadores del clan llegaron junto a él, y el Oso pasó a su lado como si no los hubiera visto. Siguió caminando tozudamente en dirección a la cueva. Pero sí sabía que estaban junto a él, porque señaló a la manada de lobos que traía a los alcances y les dijo:
—Hace dos días que me siguen.
Llegó por su propio pie a la falda de la cueva e hizo ademán de querer subir hacia la gruta, pero Paso de Lobo se lo impidió.
—El Oso tiene que ser curado. El clan se alegra de que haya vuelto. Que suba al campamento y que la mujer Mirlo lave sus heridas.
—El Oso ha fracasado, ha fallado a su clan —respondió el joven con una mirada velada por las lágrimas que pugnaban por brotar.
—El Oso está vivo. Será un gran guerrero. Es muy joven y muy fuerte. Conseguirá pasar su prueba. Luego contará quién le ha herido.
Lo contó al atardecer. Envuelto en pieles y ya en su lecho en la cueva. Todos los cazadores lo escucharon con respeto y en silencio.
—Avancé hacia donde mi flecha había señalado, pasé algunos arroyos y al segundo día topé con un río. El primero de los ríos de los Claros, el que baja entre desfiladeros. Me cortaba el paso. Decidí descender a su ribera. Allí tendría sustento y buscaría un buen cobijo. Así fue. La lluvia seguía. Cacé pequeños animales, cogí peces y ranas y sólo hice fuego en cubierto para que nuestros enemigos no detectaran mi presencia. Un día en la pared rocosa de enfrente vi unas cabras montesas. Dos machos de grandes cornamentas se disputaban un grupo de hembras. Los topetazos resonaban en todo el desfiladero. Pensé que el espíritu de la caza me los enviaba, pues uno acabaría derrotado y fatigado y yo podría cazarlo. Sería mi presa y mi trofeo para los ritos de iniciación. Así que comencé el ascenso por la pared del desfiladero. La subida era difícil. La lluvia había dejado resbaladizas las pizarras, mi hombro no estaba del todo curado. Caí. El golpe lo sufrí en el costado y en el hombro malo. Tenía el brazo paralizado, pero comprobé que no tenía rotos los huesos de las piernas. Supe que debía regresar o quedarme allí a morir. Comencé el camino. El ascenso por el lado contrario del desfiladero me llevó un día hasta que encontré un portillo en la pared de pizarra que me permitió remontar. No podía llevar mi mochila y no podía manejar el arco, así que los dejé. Los lobos cortaron mi pista en el amanecer de hace dos días. Quisieron caer sobre mí en la noche, pero pude encontrar una covacha donde me metí y prendí fuego en la boca. Cuando se acabó la leña me atacaron pero no podían entrar en la cueva más que de uno en uno y ensarté a dos. Perdí mis venablos. Me desgarraron aún más el costado y el brazo herido. Por el día se retiraron. Salí y comencé a caminar. La noche anterior pude distinguir en la lejanía la fogata del clan. He fracasado. Paso de Lobo no podrá tener un fuego nuevo en su campamento.
—Pero tiene un joven de corazón valiente que proveerá al clan. Que descanse y se cure. Mirlo ha dicho que su costado y su hombro sanarán. Que sólo un hueso se ha salido del sitio. Esta vez no hará nada con él hasta que no esté bien del todo.
Pasaron más días. El tiempo aclaró. Una noche las nubes permitieron ver la luna. Estaba en creciente, más que de mediana. Los jóvenes ya podían regresar.
Al amanecer siguiente volvieron dos. Eran los Dos que Caminan Juntos. Era un incumplimiento, pues debían haber realizado la prueba en soledad. Ésa era la costumbre. Pero es que uno de los gemelos cargaba con su hermano inerte a las espaldas, y así llegó a la cabaña del brujo y de la curandera.
—Mi hermano aún respira, pero cerró los ojos anoche. Fue la pantera.
Caballo era el malherido. Bisonte había cargado la noche entera con él. Su relato, mientras Mirlo intentaba salvar la vida a su hermano con el pecho abierto y una pierna rota y lacerada hasta el hueso, hizo enmudecer a todos.
—Ambos seguimos nuestra flecha. No rompimos la ley. No nos juntamos. Siempre hemos caminado al lado el uno del otro pero sabíamos que la prueba teníamos que pasarla solos. Yo atravesé el navazo de los ciervos y me interné en el bosque. Comí bellotas y alguna seta que conozco, también algún conejo. Me hice un refugio en la horquilla de una gran encina y allí me protegí de los animales y la lluvia. Después aceché una presa. Maté un gamo y tenía en mi zurrón sus cuernas palmeadas y parte de su carne. Iba a volver cuando presentí que mi hermano estaba en peligro. Sabía que Caballo estaba al borde de la muerte. No sé si por ello no tendré derecho a un fuego propio, pero lo busqué porque él me necesitaba. Conocía la dirección de su flecha. Caballo había ido hacia el naciente, hacia los territorios de caza del clan de las Peñas Rodadas. He cazado allí con el clan, y sabía adónde había ido mi hermano: a las rocas que hay sobre el arroyo de los Caballos, que son nuestra linde con el clan amigo. A él le gusta ese lugar y conocía allí una pequeña cueva. En el arroyo y en las peñas hay mucha caza pequeña. Vivió bien y acechó a los caballos, pues había elegido como presa el animal del que ha tomado el nombre para que fuera propicia su iniciación.
Esperó en las noches el paso de la yeguada. A la tercera noche su venablo encontró el pecho de un semental. Me contó que estaba cortándole la crin al garañón cuando la pantera cayó sobre él. El felino también tenía su guarida en las peñas y cazaba en el arroyo. Casi no pudo defenderse. Le abrió el pecho y la pierna, pero pudo salvar su yugular. Logró rodar sobre sí mismo y desde las piedras caer al arroyo. Allí buscó el agua profunda. La pantera no le siguió. Tenía la presa muerta por mi hermano y comió de ella. Yo llegué por la mañana. Caballo se había arrastrado fuera del agua. Se había hecho un torniquete para intentar parar la hemorragia de la pierna, pero ya había perdido mucha sangre. Yo taponé como pude sus heridas, pero él se debilitaba por momentos. Debía traerlo. Allá ha quedado mi trofeo, pero no me importa si mi hermano vive.
Caballo se debatía entre la vida y la muerte. Mientras duraba su delirio y su gemelo velaba por él, fue llegando el resto de los jóvenes. Llegó Viento en la Hierba con un corzo, el Raboso se presentó con una gran avutarda, y cuando la luna estaba llena, desde los puntos contrarios de la tierra, llegaron Cara Ancha y Ojo Largo. El primero traía a la espalda los solomillos, la lengua y el corazón de un bisonte, cuya cuerna coronaba su mochila. El segundo, presentido y saludado por los ladridos de su perro que bajó la costera de la cueva para correr a su encuentro, llevaba cruzado a su espalda el cuerpo eviscerado de un extraño animal con pequeños cuernos caprinos y una cara blanca y negra. Era un rebeco de los altos picos de los Claros.
La noche siguiente llegaría el relato de cada uno, el examen y el veredicto del clan.
El olor a pieles de muchos animales se sobreponía al de la leña que ardía. Los cazadores y las mujeres emparejadas se sentaban alrededor del fuego. Fuera estaban los jóvenes que habían de someterse a su examen y las muchachas que a veces se asomaban curiosas a las puertas de las cabañas. El viejo Costilla Grande no había ido a la junta y también faltaba Mirlo, que se ocupaba de curar al delirante Caballo. Ojo Largo sospechó que también él podía tener algo que ver con su ausencia. Sólo la había entrevisto al llegar. Ella estaba delante de la piel de entrada de su fuego, pero rápidamente y tras una breve ojeada al hombre que volvía se había refugiado en su interior. Ya no la había visto más.
El primero en entrar fue Bisonte. El jefe Paso de Lobo no le dejó hablar y fue él quien tomó la palabra.
—Los cazadores han ido al lugar donde tu hermano fue atacado. Han leído en la tierra que cuanto dijiste es verdad. Han traído los restos destrozados de tu mochila, y estos huesos —le entregó una hermosa cuerna palmeada de gamo— son los trofeos del animal que mataste. No has incumplido la ley salvando la vida de otro del clan. Has puesto a tu hermano por delante de ti mismo. Los cazadores se sienten orgullosos de que Bisonte se siente entre ellos. Podrá hacer su fuego y podrá llevar con él a su hermano. Mirlo ya nos ha advertido que aunque Caballo no muera su pierna no recuperará su vigor. Tiene tendones que no se soldarán. Será cojo. Su hermano deberá proveer por él. Caballo no podrá ser un cazador.
A Bisonte se le oscureció el semblante y se le nublaron los ojos. Calló un tiempo, pero luego habló con voz densa y preñada por el dolor.
—No. Mi hermano será cazador. Los Dos que Caminan Juntos lo seguirán haciendo. Yo haré que mi paso sea el suyo. La próxima vez mi hermano ganará su derecho a poner su mano en la piedra del clan y entonces también la pondré yo. Mientras, renunciaré a mi iniciación y viviré en la cueva. Si no se acepta que mi hermano pueda hacer la prueba, yo no aceptaré haberla superado.
Habló Huesos, el chamán.
—Los espíritus pueden llevarse a tu hermano. Si no se lo llevan será un hombre mermado. No puedes unir tu destino al suyo. No es ésa la ley del clan.
—Si mi hermano vive, aun con una pierna seca será útil a la tribu y demostrará que es un cazador. Nadie puede negarle la prueba. Si se la negáis es mejor que muera.
Habló la Velluda.
—Los Dos que Caminan juntos se han unido una vez más en el dolor. No los separéis. Que sea como dice, pero que el Bisonte acepte su iniciación, haga fuego en el campamento, coja mujer y lleve con él a su hermano.
—No. No tendré fuego propio de cazador hasta que mi hermano pueda tenerlo también.
Habló Paso de Lobo.
—Que tu sangre no te nuble. Se permitirá que haga la prueba. Pero si fracasa la próxima vez, tú te lo llevarás a tu fuego en el campamento y hará trabajos de mujer. Hasta entonces podréis permanecer juntos en la cueva, pero esta noche Bisonte habrá de poner su mano. Eso es lo que dice Paso de Lobo y somete al clan.
El clan asintió. Bisonte salió y se dirigió al lecho de su hermano.
Entró el Raboso. Estaba nervioso y buscaba con los ojos a su padre, pero éste miraba al suelo. Había fracasado otras veces y ésta no había traído una gran presa. Supo que necesitaba la simpatía del clan y buscó su beneplácito con astucia. Había rumiado sus palabras una luna entera. Sería humilde y buscaría su compasión.
—El Raboso sabe que no es cazador puntero y otros tienen más fuerza en su brazo. Cuando quiso emularlos fracasó. Pero un cazador también puede servirse de la astucia y de la habilidad. Eso hice esta luna de la iniciación. No me alejé mucho. Caminé tan sólo hasta las zonas llanas, esas que sólo puntean dos colinas en forma de pezones de mu jer. En una de ellas, en un diminuto recoveco, busqué refugio para defenderme de los animales grandes, aunque no abundan demasiado en aquel paraje. Sólo me molestaban algunas hienas, pero hasta el Raboso sabe cómo ponerse a salvo por el día y el fuego le ayudó en las noches. No pasé hambre ni sed. Quizá no alcancé a abatir un gran animal, pero sí sé capturar muchos pequeños, y pocos hombres me aventajan en poner lazos. Vi las grandes aves que otean en la llanura y pensé que una de ellas podía ser mi presa. Pero sabéis que son muy desconfiadas y ven desde muy lejos. Muchos intentos acabaron en fracaso. Antes de llegar a estar a tiro el gran macho que vigila en el otero daba la alarma y volaban todas lejos de mí. Así que decidí que si no me era posible acercarme a ellas serían ellas las que se acercarían a mí. Espié cuál era su querencia más visitada y me oculté. Para ello excavé en la tierra un hoyo donde meterme y me tapé con hierbas. Antes del amanecer me introduje en él y esperé. La primera mañana mi espera fue infructuosa, pero la segunda el bando se posó en las proximidades de mi escondite y lentamente se fueron acercando. Cuando la distancia fue adecuada, disparé mi arco. Es mi presa, no es un bisonte, pero un fuego se saciaría con ella.
Habló Piel de Jabalí.
—No es una presa para la iniciación de un cazador. Un guerrero ha de mostrar su fuerza y su valentía.
Hubo murmullos. La mujer de Piel de Jabalí, llamada como el animal que había traído el Raboso, y gorda también como el ave, asintió ante las palabras de su marido.
Habló Voz de Ciervo.
—El Raboso ha demostrado que su astucia le vale para sobrevivir y para conseguir carne. El clan no pide un mamut de los que antes transitaban por la estepa. Ni Piel de Jabalí ni su mujer serían capaces de comerse solos toda la carne de la avutarda en una sola sentada. El Raboso con sus artes y sus triquiñuelas será útil al clan. Debe ser iniciado.
Habló Paso de Lobo.
—Voz de Ciervo es sensato. El jefe piensa igual. ¿Hay otros que piensan como Piel de Jabalí y su mujer?
Nadie habló. El jefe concluyó entonces:
—El Raboso puede hacer su fuego.
—Este cazador le pedirá en la ceremonia de la iniciación mujer al jefe —dijo el Raboso, y todos sabían a quién se refería.
El Raboso salió de la cabaña con los ojillos brillantes y fue a la cabaña de Huesos para decírselo a la joven Cigüeña. Irían juntos a la dispersión y a la vuelta harían ya un fuego en el campamento. La desgarbada hija del brujo y la Grajilla, la curandera muerta, rió complacida. Las Viejas Grajas cloquearían satisfechas. Huesos no pondría pegas y Mirlo, que no soportaba a su seca y patilarga hijastra, estaría encantada de perderla de vista. Siempre estaba vigilando todo lo que hacía.
Entró Viento en la Hierba.
—Quise cazar a la Sombra del Bosque porque es el animal al que este cazador quisiera parecerse. Es ágil, silencioso, fiel a sus querencias, le gustan los brotes tiernos y sabe elegir el mejor pasto. En el bosque encontré mi refugio. Viví cerca de la fuente Blanquina, en esa meseta que hay sobre el monte al que señaló mi flecha, llena de piedras porosas y donde abunda el chaparro. Viví de los conejos, las setas, las raíces y las últimas moras y bayas. Sufrí la persecución de una pareja de panteras que cortaron mi rastro junto a la fuente, pero al saliente de roca, en un pequeño cantil sobre el agua donde había instalado mi refugio, no pudieron subir. Maté a mi corzo desde allí. He de decir que no lo hice el primer día, ni con el primer venablo que lancé, fallé alguna vez, pero a cambio, cuando lo abatí, esparcí sus visceras para atraer a los carroñeros y le he traído al chamán todas las plumas de un buitre leonado que bajó a comer y se encontró con una flecha. Sé que Huesos las quería para un tocado mágico, y este cazador se las ofrece.
No se levantó ninguna voz contra la iniciación del más joven de los cazadores y cuya voz tanto gustaba a las muchachas. Su madre, Luna entre Nubes, le sonrió con una mezcla de dicha y tristeza. Su hijo haría otro fuego.
—Este cazador no tiene pensado aún hacer un fuego para él en el campamento. Si el jefe se lo permite, a la vuelta de la dispersión le gustaría seguir con el joven Colmillo de Lince y los Dos que Caminan Juntos en la cueva.
—Es derecho del cazador. Él dirá cuándo sube y a quién pide.
El jefe llamó a Cara Ancha.
El fuerte joven gozaba del aprecio de casi todos, y su presa había sido la más importante. Creían que Paso de Lobo lo llamaría el último por ello, pero el jefe tenía otros planes.
Cara Ancha normalmente apenas hablaba y ahora sudaba al tener que hacerlo ante todo el clan. Se mantuvo en silencio con su magnífico trofeo a los pies hasta que el jefe le preguntó:
—¿Cómo viviste y cómo mataste tu presa?
—Mi venablo me dio carne y mi lanza me defendió de los que quisieron disputármela en los bosques cerrados del sur. Cuando creció la luna, aceché un pequeño rebaño de bisontes. Me arrastré hasta ellos y derribé a uno. Luego maté a una hiena que quiso quitármelo.
No dijo más. Era suficiente. El clan tendría un magnífico brazo entre los cazadores.
—¿Hará fuego Cara Ancha en el campamento? ¿Pedirá mujer en la ceremonia?
—Pediré mujer. Pediré a Perdiz, la hija de Piel de Jabalí y su primera mujer, que murió al parirla, y pido a Avutarda, que la amamantó, y al jefe que no se opongan.
Los tres asintieron. Piel de Jabalí con sorpresa. No esperaba que su rechoncha hija se hubiera ganado al mejor de los jóvenes cazadores. Estaba contento y orgulloso.
—¿Irá a la dispersión con ella?
—Sí. Pero Cara Ancha pide no ir con Piel de Jabalí, pues él y su hijo el Oso proveerán para ese fuego sin problemas, sino con su madre la Velluda cuyo fuego es de muchas bocas de mujeres.
—El jefe lo autoriza.
Era una advertencia a Ojo Largo. El fuego de la Velluda era también el que él debía sustentar; ni Cara Ancha ni el jefe lo habían dicho abiertamente, pero era evidente que ambos desaprobaban la conducta de Ojo Largo.
Y ahora el clan se preguntaba por qué el jefe lo hacía llamar el último si no era su trofeo el mejor. Ojo Largo entró con la cabeza de aquella extraña cabra con antifaz, de afilados cuernos hacia atrás.
—Este jefe —dijo Paso de Lobo— quiere decir algo antes de que Ojo Largo hable. Todos sabemos que este joven es un buen cazador. No hace falta el rebeco para demostrarlo. Sabemos también que es hábil y capaz de hacer frente al peligro. Pero ¿es Ojo Largo bueno para el clan? ¿Sabe servirlo? ¿O este joven sólo piensa en él mismo? Eso es lo que debería tener en cuenta el clan a la hora de considerar si Ojo Largo debe ser iniciado.
El joven cazador encajó el golpe. Había preparado su parlamento, pero las palabras se congelaron en su boca. Fue la Velluda quien habló antes que él, y sus palabras conmocionaron a todos porque no ocultó su disgusto ni la directa confrontación contra el jefe.
—El jefe no ha hecho bien. Podría haber esperado al final y hablar luego. Sus palabras marcan el camino de la condena porque es el jefe y arrastrará voluntades. Y la Velluda le devuelve a Paso de Lobo sus palabras. Ha hecho eso por el bien del clan o hay resentimiento hacia el joven hijo de Halcón en la Llanura.
La mujer recalcó el nombre del jefe desaparecido. Todos la miraron atónitos, pero sus palabras estaban calando. Acabó su parlamento.
—Que los hombres y mujeres del clan juzguen a Ojo Largo por la luna de la iniciación. Si ha ganado su derecho al fuego, no podemos negárselo.
Habló Paso de Lobo.
—Si la mujer Velluda cree que este jefe habla por malos sentimientos contra Ojo Largo, este jefe dice que no hablará al final, no será su voz la que se sume a las de los que aprueban ni a la de los que rechacen. No dirá nada ni a favor ni en contra. Que hable Ojo Largo.
El alto joven había recuperado el aplomo. Pero quiso ser sencillo.
—Caminé hacia las montañas de los Claros, en dirección al pico más alto. Me oculté de nuestros enemigos y llegué al segundo de sus ríos, el más lejano de nosotros. Me escondí junto a él. Viví de sus animales. Comí más pescado que carne. Una mañana vi en una praderilla situada entre las rocas del desfiladero a estos animales y decidí cazar uno. Machos y hembras tienen cuernos, pero los de los machos son un poco más fuertes. Observé sus costumbres y comprobé que cada tarde venían a comer al pasto de esa pradera. Pensé que sólo si conseguía ponerme por encima de su altura tendría posibilidades de acercarme hasta que estuvieran a tiro de mi arco. Lo hice. Logré encaramarme, me aposté tras unas rocas sobre ellos, y cuando salieron de entre las malezas esperé a que se acercasen a mí, disparé mis flechas y logré abatir a éste. He regresado con él. Pido mi derecho a ser iniciado.
El jefe preguntó uno a uno. Huesos, las dos Grajas, Piel de Jabalí, siempre fiel al jefe, Avutarda y Mimbrera dijeron que no. La Velluda, Voz de Ciervo, Luna entre Nubes, Sombrío, Vuelve-Piedras y, aún más extraño, la segunda hembra del jefe, Cielo en los Ojos, dieron el sí. Eran los mismos. El jefe tendría que hablar. Ojo Largo miró al suelo sintiéndose condenado. Pero entonces se levantó la gruesa piel de la puerta. Era Mirlo. Sabía lo que pasaba.
—La curandera quiere hablar. Ojo Largo fue a la cacería del ciervo con su pierna a medio sanar y no falló. Ojo Largo llevó a su perro Nariz que hizo feliz la cacería. El jefe dijo que deberíamos amaestrar perros como Ojo Largo. Ha ayudado al clan. Ha traído su trofeo y superado la prueba.
Paso de Lobo se tensó. Huesos ensombreció su mirada. Dos mujeres, Mirlo y Cielo en los Ojos, la suya, inclinaban la balanza. El jefe podía hacer venir al viejo Costilla Grande que volvería a crear el empate y luego él podía zanjar la cuestión dando su voto, pero las palabras de la Velluda y las suyas propias le habían puesto en evidencia. El voto de su segunda mujer en especial lo llenaba de ira; en esa situación, si insistía, su autoridad quedaría mal parada. En contra de Ojo Largo estaban el brujo, las dos viejas y el viejo si lo hacía llamar, pero sólo un cazador, Piel de Jabalí y también la mujer de éste. Era una posición débil. Los otros dos, Voz de Ciervo, cuya actitud era previsible, y Sombrío se habían decantado a favor de Ojo Largo. Voz de Ciervo, cuyo hijo Viento estaba tan unido a Ojo Largo, era lógico que le hubiera dado su apoyo, pero que lo hubiera hecho Sombrío no lo podía comprender.
El silencioso tallador había llegado a apreciar al joven en su convalecencia y aprobado sus esfuerzos por aprender el arte de la talla. También había observado que Ojo Largo era valiente, y aunque a algunos no les gustaba su carácter impulsivo y a veces egoísta, él había observado aspectos generosos en su comportamiento, y sobre todo una capacidad que no veía en los otros jóvenes de aprender e innovar. Sombrío callaba mucho, pero pocas cosas se escapaban a su escrutadora mirada. A él no le había extrañado el voto de Cielo en los Ojos, y aún menos la irrupción de Mirlo. Ella hubiera preferido no haber tenido que intervenir así, pero al comprobar el cariz que tomaba el asunto para Ojo Largo se había descubierto, al menos para los agudos ojos de Sombrío. Pero él sabía callar y además no le gustaba el brujo. Lo que estaba claro es que Ojo Largo atraía a las mujeres y sin duda a muchos jóvenes, los menos aferrados a las costumbres, aunque entre ellos su intento de liderazgo se veía fuertemente cuestionado por su medio hermano Cara Ancha. Pero el sagaz Sombrío lo veía claro, los jóvenes más listos tenían en Ojo Largo a su líder. Su propio hijo Colmillo de Lince manifestaba su admiración por su carácter rebelde e innovador. «Hace cosas que no se han hecho. Pero son buenas. Yo tendré perro como él». Los más apegados a las costumbres estaban con Cara Ancha.
Habló Paso de Lobo:
—Ojo Largo pondrá su mano junto a la de los cazadores. ¿Hará su fuego en el campamento? ¿Pedirá mujer?
—Ojo Largo pondrá su fuego en el campamento cuando vuelva de la dispersión. Pero no pedirá mujer al jefe. A la dispersión irá con la mujer Velluda para ayudarle a alimentar su fuego.
Se levantó y salió de la cabaña. Era el más alto del clan y, en ese momento, al jefe se lo pareció todavía más. En la puerta le esperaba Nariz. Muy erguido cogió su camino predilecto y descendió hasta el río.
La reunión había finalizado. Salieron todos. En las espaldas de Ojo Largo se clavaron varias miradas. Dos estaban cargadas de odio, la de Huesos y la de Paso de Lobo. Las de algunas mujeres no.
Al día siguiente por la noche en la caverna sería la ceremonia de iniciación. El brujo salió de la cueva de las calaveras donde había permanecido toda la tarde con el cuerpo pintado de rayas rojas y negras y vestido tan sólo con su tocado de venado rematado con la cuerna. En sus manos llevaba una calabaza donde había amasado con arcilla ocre, tierra negra, sangre de animales y grasas, formando una espesa pasta. Le esperaban en la sala central el jefe y los demás cazadores. Tras ellos, los jóvenes que iban a ser iniciados, con sus armas y cubiertos tan sólo con un taparrabos.
Penetraron en fila en la sala de los cazadores. Ardía un gran fuego que Voz de Ciervo se había encargado de encender y que iluminaba con sus llamas los rincones de la gruta descubriendo los colores de los animales que allí había dejado pintados.
Pero los ojos de los muchachos apenas se fijaron en los bisontes, caballos, ciervos y otros animales que brotaban de las paredes cuando los acariciaba el resplandor de las llamas, todos miraron la pared donde apelotonadas estaban las manos impresas que generación tras generación habían estampado en ella los cazadores del clan. Y hoy iban a poner ellos la suya. La hoguera ardía en toda su intensidad. El jefe les ordenó sentarse alrededor y uno por uno les ofreció de beber de una calabaza. Lo hicieron primero los cazadores, luego Cara Ancha, Ojo Largo, Bisonte, Raboso y Viento en la Hierba. El bebedizo había sido preparado a base de estramonio, ruda, mandrágora y menta. Tenía efectos estimu lantes, transmitía una sensación casi inmediata de euforia y vigor. Era el secreto del brujo, al igual que la combinación de hierbas curativas para lavar las heridas o para hacer tisanas y emplastos era el secreto de la curandera.
Paso de Lobo los miraba orgulloso. El clan doblaba sus fuerzas. Dentro de algunas primaveras ya no irían a la reunión de la Hierba Nueva con la cabeza gacha. El clan de Nublares, el origen de todos los clanes del río Arcilloso, volvería a ser el primero un día.
Las pieles de los hombres, debido al calor del fuego y a los efectos de la bebida, se pusieron sudorosas y relucientes. El brujo inició una danza y dio un nuevo trago a cada uno de los asistentes. Cuando se hubo consumido todo el brebaje y a una señal de Paso de Lobo, los jóvenes se pusieron en círculo y danzaron alrededor de la hoguera. Sólo una vuelta por cada cazador que iba a ser iniciado. Luego se despojaron del taparrabos y quedaron de pie y desnudos cara al fuego. Entonces el brujo se acercó a cada uno con el bol que había preparado con ocre, sangre y grasa y con una afiladísima y fina cuchilla de pedernal se puso en cuclillas delante de cada uno y cogió su pene. Lo descapulló y con un corte preciso cortó el frenillo. Las gotas de sangre fueron cayendo en la calabaza y quedaron mezcladas con la pasta casi líquida.
Los jóvenes dieron otra vez las vueltas exigidas alrededor del fuego y después, siguiendo al brujo y al jefe, se dirigieron a la pared de las manos. Huesos entregó la calabaza a Paso de Lobo y éste fue llamando uno a uno a los muchachos. Les ofrecía la pasta para que se untaran una mano, aquella con la que mejor sujetaban la lanza, y luego les decía:
—Ponla en la pared junto a las de tus hermanos cazadores.
Una vez impresa, el jefe elevaba la voz y clamaba:
—Tu mano es del clan. —Pronunciaba el nombre de cada cual y remataba solemnemente—: Cazador del clan de la cueva de Nublares.
Acabada la ceremonia el brujo les dio un ungüento y un emplasto que había preparado Mirlo para que no se infectara la herida. Se pusieron los taparrabos y de nuevo, acompañados y dirigidos por Huesos, danzaron alrededor del fuego, uniéndose a ellos ahora los cazadores veteranos. Luego comieron. La cena ritual consistía en un guisado preparado con un trozo de cada uno de los animales que habían servido para su iniciación. Su significado era claro. La comida cazada había de juntarse y ser disfrutada por todos. Los nuevos cazadores daban de comer al clan.
Mientras engullía su ración Ojo Largo miró la pared donde ya estaba su mano. Se preguntaba cuál sería la de su padre. Al estampar la suya en la roca había observado que algunas tenían algún dedo mutilado por alguna falange. Preguntó la razón.
—Algún cazador en señal de dolor por la muerte de otro al que se sentía muy unido se cortaba un dedo y luego dejaba impresa su mano mutilada en la pared.
La hoguera se iba debilitando. Las llamas eran más tenues y las sombras mayores. El resplandor apenas rozaba la pared de las manos cuando el brujo dio por concluida la ceremonia. Salieron tras él y el jefe. En la casa central, Colmillo de Lince y el Oso les miraron con veneración y envidia.
Ojo Largo se asomó a la boca de la cueva. Hacía frío. La noche era muy estrellada.
—El cielo está raso. Mañana habrá escarcha.
El jefe dio las órdenes para la jornada siguiente. Era el momento del desove de las truchas. Mañana con arpones y cestas irían todos los cazadores, mujeres, jóvenes y niños a pescar en los lechos arenosos y de poca profundidad donde iban a frezar.
Fue una jornada alegre. No muy fructífera pero sí muy ruidosa. No era fácil ensartar una trucha en los arpones y algunos de los mejores cazadores eran muy torpes en este arte. Tenían bastante acierto Sombrío y Viento mientras que, Cara Ancha se enfurecía con sus reiterados fallos, y el indudable maestro era Ojo Largo, que daba los golpes más precisos con el arpón dentado de hueso que se había hecho durante la convalecencia de las heridas del jabalí.
El alto cazador disfrutó del día, aunque le pesó la ausencia de Mirlo, que se había quedado en el campamento para seguir curando a Caballo, que había salido de su delirio y mejoraba, aunque las heridas de su pierna le dejarían lisiado para toda su vida.
Volvían con sus capturas hacia la cueva cuando un clamoreo en el cielo les hizo levantar la vista. Una formación de grandes aves volando a mucha altura se dirigía hacia el sur.
—Las grullas bajan —dijo Paso de Lobo, y todos entendieron su mensaje. Estaba llegando el momento de la dispersión—. El jefe y los cazadores bajarán esta noche a la cueva.
Había un silencio helado cuando Paso de Lobo comenzó a hablar. Lo primero que hizo el jefe fue fijar la fecha. Después de una mano de días partirían. Ese tiempo había que dedicarlo a preparar la marcha y poner a punto impedimenta y armas. Sobre todo había que hacer flechas. Algo muy laborioso. Tenían que cortar varas rectas de cornejo y luego dejarlas bien pulidas para engastar las puntas de sílex y ranurar y emplumar su parte posterior. Era esencial una gran provisión de buenas flechas. En ello podía estar la diferencia entre la vida y la muerte.
Pero eso lo sabían. Lo que había que decidir era quiénes y cómo partían. También los que quedarían en el campa mento. Eso fue lo primero en resolverse. El jefe Paso de Lobo se quedaría con sus dos mujeres, Mimbrera y Cielo en los Ojos, con la joven Corzo y los tres niños de aquel fuego. Quedaría también en el poblado el fuego del brujo, Huesos, las Grajas y Mirlo, y por último se quedarían los Dos que Caminan Juntos, el herido imposibilitado para la partida y su gemelo para ayudar al jefe a alimentar y defender el campamento. Las provisiones más importantes quedaban a su cuidado y para su sustento, pues era mucha gente para tan sólo dos cazadores y en el lugar, debido a la presencia sistemática del clan, las presas escaseaban más.
Los grupos que partirían quedaron constituidos de la siguiente manera: Piel de Jabalí llevaría a Avutarda, al viejo Costilla Grande, al Oso y a los dos niños del fuego. Voz de Ciervo iría con Luna, Viento, Agachadiza y las dos criaturas de su familia. Sombrío sería la cabeza de Vuelvepiedras, los jóvenes Colmillo de Lince y Escarcha y los recién emparejados, el Raboso y Cigüeña. Con la Velluda irían los dos flamantes cazadores, Ojo Largo y Cara Ancha, éste ya con su hembra, Perdiz, Nutria y Oropéndola.
La última consideración del jefe fue que mientras los hombres preparaban las armas, las mujeres hicieran una última recolección de frutos y bayas por los alrededores, sin alejarse en exceso del poblado.
Ojo Largo veía pasar desazonado los días. Preparaba su impedimenta, pero no podía evitar que la zozobra le invadiera y que buscara cualquier excusa para subir al poblado o salir a otear a la plataforma de la cueva. Pero nunca se tropezaba con Mirlo. Ésta parecía huirle y él ardía en deseos. Tan sólo una vez se la cruzó entre las cabañas, cuando él iba a la de Velluda, y la morena curandera apretó el paso y bajó la vista al suelo.
Aquello lo llenó de angustia, de rabia, de anhelo, de dudas, y se torturaba con el recuerdo de lo ocurrido al borde del cilanco cuando la había penetrado por última vez. Un celo loco le obligaba a acechar sus pasos. Necesitaba poseerla antes de partir. No podía irse sin sentirla suya, sin hacerla gemir y llegar hasta el fondo de sus entrañas con su verga.
Por fin, cuando sólo quedaba aquella tarde y otro día más para la partida, la vio salir del poblado y dirigirse hacia el bosque. Iba sola.
No esperó a verla desaparecer en la lejanía. Llamó a Nariz, cogió tan sólo un venablo y salió tras ella casi sin disimulo alguno. La vio transponer los árboles e internarse en unos bosquecillos de madroños. Los árboles ofrecían junto a sus racimos de campanelas los frutos ya maduros y rojos, y debía de ir Mirlo a recoger algunos para utilizarlos en alguna de sus recetas medicinales.
Ojo Largo miró hacia atrás y comprobó que nadie le seguía ni parecía haberse percatado de sus pasos. Desapareció también velozmente y se ocultó de todas las miradas.
La entrevió en el claroscuro del bosque. Los madroños mantenían su follaje verde, pero las hojas de los chaparros ya estaban grises y otras amarilleaban. Algunas hojas rojizas de castaño alfombraban el suelo. Se acercó silenciosamente a la mujer. La sorprendió o al menos ella no se volvió hasta tenerlo encima, la sujetó por la cintura y atrajo sus nalgas hacia su miembro que ya había desenfundado. La hizo caer de rodillas con las manos en el suelo. Levantó la falda por detrás y le obligó a bajar la cabeza para que le ofreciera su sexo, donde él quería hundirse. Ella no se resistió. Su pelo se desparramó ante sus ojos y alzó las caderas. Él arremetió con toda la violencia. La embestida le llegó dentro a la hembra. Sintió que ella se agitaba en sus entrañas. Volvió a embestir crecido en su poder. Ella no contuvo el gemido, que fue casi un grito y el jadeo fue haciéndose más intenso hasta desbordarse cuando él la sujetó por los hombros e inició un rítmico golpear de sus muslos contra las carnosas nalgas de ella. Mezclado con el jadeo él creyó oír una súplica.
—¡Pega! ¡Pega!
Ojo Largo, pletórico, se hundió en ella hasta el fondo, hasta donde no había llegado nunca. La sintió derramarse y la oyó gritar su nombre.
—¡Dame! ¡Dame! —susurraba, y le oprimía la verga con movimientos de su vagina, como queriéndola acariciar aun mas. Él siguió embistiendo y luego se clavó fijamente en sus entrañas mientras derramaba su leche dentro de ella y la sentía desparramarse y mezclarse con los jugos que Mirlo había derramado.
Finalmente ambos rodaron por el suelo del bosque, exhaustos. No se habían mirado a la cara. Cuando lo hicieron, algo les hizo buscar un mínimo refugio donde cobijarse de no sabían qué. Mirlo no lucía esa sonrisa que le hacía sentirse nervioso e inseguro, su expresión era mucho más anhelante, como si aún le quedara un jadeo en la mirada y en los labios. Fue entonces cuando él dijo:
—Hoy Ojo Largo ha tenido a Mirlo. Hoy la ha cogido. —Sonrió orgulloso.
El gesto de ella se endureció al instante, como si él la hubiera golpeado. Luego brotó su sonrisa burlona, se humedeció los labios lentamente con la lengua, como invitando a un beso, pero lo que dijo fue como si un colmillo le volviera a rasgar la carne, pero esta vez mucho más hondo que donde había llegado el jabalí.
—Ojo Largo recordará muchas veces en la nieve este bosque y me recordará a mí. Me deseará. Pero estará lejos y se atormentará de celo. ¿Seré suya a su vuelta? ¿Volverá a hacerme gemir? ¿Quién tiene a quién, Ojo Largo?