Nuestras vidas

Marie-Hélène Lafon · Capítulo 1 de 4 · parte 1/3

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Nuestras vidas

El supermercado Franprix de la calle Rendez-Vous,…

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

El supermercado Franprix de la calle Rendez-Vous, en París. Tres personas: una mujer que mira; Gordana, la cajera; un hombre que se empeña, cada viernes por la mañana, en pasar por la caja cuatro, justo la de Gordana. La mujer que mira, Jeanne, es la narradora. Todo existe a través de ella, que imagina, supone, una vida, unas vidas, en presente, en futuro y en pasado, para Gordana y el hombre. También excava galerías en su propia existencia, visitándolas y recomponiéndolas. Se sabrá que es hija de unos comerciantes de provincias, que tuvo una abuela ciega, que fue contable, que amó a un hombre y que un día ese hombre se marchó.

La nueva novela de Marie-Hélène Lafon narra con delicadeza y milagrosa precisión las soledades urbanas.

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Marie-Hélène Lafon

Nuestras vidas

ePub r1.0

Titivillus 01.05.2022

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Título original: Nos vies

Marie-Hélène Lafon, 2017

Traducción: Lluís Maria Todó

Editor digital: Titivillus

ePub base r2.1

 

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A Jacques Truphémus

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«Debo estar con el cuerpo dentro».

JACQUES TRUPHÉMUS

 

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Se llama Gordana. Es rubia. Rubia acre de tanto querer serlo, tiene el pelo áspero. Entre las raíces negras del cabello teñido, la piel es blanca, pálida, brillante, y la mirada se aparta del cráneo de Gordana, como si hubiera sorprendido una parte muy íntima y se la hubiera arrebatado sin que ella se diera cuenta. Su boca queda cerrada sobre los dientes. Permanece obstinada, con el busto corto y tozudo, muy ligeramente inclinado, con la cabeza menuda sobre el eje. Se adivinan unos dientes poderosos, grandes, emboscados detrás de los labios delgados y rosas. La sonrisa de Gordana estallaría como un petardo del 14 de julio. No se la ve sonreír. Hay que imaginar. Quedarse al borde de lo que debe de estar fuera, en otra vida, la sonrisa de Gordana ya desbloqueada. Y su risa. Una risa de garganta, grave, ronca, casi catastrófica. Una risa acrobática y muy sexual. El cuello de Gordana es largo, cremoso, sólido, carnoso. Ese cuello habitado por fuerzas imperiosas la clava en la vida como un árbol se clava en la tierra. Los rudimentarios jerséis de Gordana, de cuello redondo o de pico, dejan asomar su cuello, la pieza maestra de un cuerpo que no carece de atractivos canónicos. Los muslos son largos, delgados, torneados, un chorro apretado. Descansan planos, ceñidos por el pantalón vaquero, colocados uno al lado del otro en inmutable oblación. Gordana no cruza las piernas, su postura se haría insostenible. Se mantiene erguida, con la blusa, corta y roja, adornada de galón blanco, abierta sobre sus muslos eficaces. Y qué decir de sus pechos. La blusa cerrada no bastaría para contenerlos. Abundan. Escapan al entendimiento; ni castos ni turgentes; no se pueden calificar, ni contener, ni resumir. Los pechos de Gordana no perdonan, superan la medida, franquean los límites, no nos evitan, no nos ahorran nada, no salvan a nadie, pueden herir la sensibilidad del espectador, siembran cizaña, no tienen el menor respeto ni educación alguna. No toleran disidencia ni resistencia. Te dejan indefenso. Te quedas ante ellos, quisieras pensar en la compra, ejecutar los gestos por orden, sacar dejar ordenar, vaciar llenar, la tarjeta el código. Nos esforzamos nos concentramos nos aplicamos, todos más o menos, hombres y mujeres, viejos y jóvenes y de mediana edad; pero los pechos atraviesan, rezuman, es algo orgánico. Es un brillo tenaz y anacarado que parece soldarse a través de los tejidos, que emanaría, a través y contra todo, de esa carne inaudita, inimaginable y perfectamente tibia, opalescente y suave, densa y mullida. Querrías recogerte, cerrar los ojos, juntar las manos, recitarías descabelladas letanías, olerías sabores, gustos, tactos, consistencias, fragancias tenues o lancinantes. Perderías el seso y el sentido común. Los senos de Gordana emergen, considerables y seguros, apuntando. Es un pecho de mujer duro, joven y acorazado.

Acorazado porque la vida es difícil. Gordana no ha cumplido los treinta. Su cuerpo suda adversidad y fatiga antigua. El mundo se le resiste; nada de él le fue dado, ni a ella ni a las y los que la precedieron, la fabricaron y la echaron ahí, a la caja cuatro, en el Franprix del número 93 de la calle Rendez-Vous del distrito doce de París. El cuerpo de Gordana, su voz, su acento, su nombre de pila, su pose, vienen de lejos, de fronteras negadas, de exilios forzosos, de los saqueos de la historia que aplastan las vidas a grandes golpes de tratados embastados con más o menos prisa. No se sabe si Gordana fue niña. Me imagino el final de los años ochenta, el este del Este y las últimas convulsiones de repúblicas muy moribundas. Conjeturamos suburbios rudimentarios, hermanos y hermanas, unos más jóvenes y otro: mayores, un padre largo de rostro y largo de piernas, con ojos claros, dientes estropeados desde joven, una madre inquebrantable y consumida, la escuela que no basta para salvarla, una de esas lenguas rugosas que llaman minoritarias, canciones en inglés, y muy pronto, sueños de lejanía. Gordana podría tener cuatro o cinco años, unas trenzas delgadas con lazos verdes, el torso estrecho, las piernas ya largas, un aire sesgado y la mirada baja sobre el tesoro tembloroso que protege el nido de sus brazos en curva, un cachorro de hocico cuadrado y blanco, sin terminar, como ella, no arrancado aún del limbo ni bien acabado. Un patio trasero aplastado de sol gris, detrás de Gordana unas conejeras desdibujadas y a la izquierda el brazo fuerte y desnudo de una mujer que se intuye vieja, agotada por las faenas que machacan los cuerpos y los doblan, tal vez una abuela. Los pies de Gordana no se ven, los corta la foto. Colores desvaídos, una franja de cielo pálido, la falda estampada, marrón y más verde, mezclados, el polo blanco sin mangas, un día de verano muy remoto, la luz, el calor duro, brutal, y aquella camada de cachorros que la madre recién parida no habría defendido, limitándose a dejar que el fugitivo, el elegido, el escogido de morro cuadrado hurgara entre sus ubres rosáceas e hinchadas. Vi la foto, la recogí, se había caído, junto con otras dos, de la cartera de Gordana; la miré, reconocí a Gordana, que no sabía que su cartera se había deslizado bajo la caja esparciendo parte de su contenido; la reconocí por el cuello largo, por lo redondeado del mentón. Lo vi todo, todo lo retuve, en el tiempo de dar la vuelta a una segunda foto, aprenderla también y devolver a Gordana, que había terminado con la clienta anterior, la cartera ya ordenada.

 

Tengo vista, no olvido casi nada, lo que he olvidado, me lo invento. Siempre lo he hecho, siempre así, esa era mi función en la familia hasta la muerte de mi abuela Lucie, la muerte de verdad, la segunda. Mi abuela no quería que nadie más le contara las cosas, decía que conmigo veía mejor que antes del ataque. A su ataque lo llamaba el día de su primera muerte; estaba alegre, nada abrumada, vivaz, desembarazada, también decía eso, descargada. Yo no le preguntaba de qué, tal vez de aquellos años vacíos que habían transcurrido entre la muerte de su marido y su enfermedad, de hecho apenas ocho años, pero noventa y cuatro meses, para nadie y para nada, era su expresión, aunque no se quejaba; nada ni nadie, su única hija se había ido a un pueblo perdido de la comarca de Moulins, amarrada a la labor entre tres niños de pecho y una tienda de pueblo, y su Augustin muerto, su Augustin, el mejor de los hombres, una flor del paraíso, un atleta de la vida, un virtuoso de cada día, un azogue, el rey de la remolacha y la endivia; aquel abuelo fue, como su padre y su abuelo antes que él, administrador de una gran finca agrícola en el departamento de Pas-de-Calais, y probablemente mejor esposo que padre; mi madre no decía gran cosa de él, solo que el hombre no podía consolarse de no haber tenido hijos varones para tomar la antorcha y proseguir el linaje. La antorcha y el linaje también aparecían en los relatos de la abuela Lucie que se reía dulcemente de las caducas esperanzas de su Augustin. Yo me reía con ella, aunque no acababa de comprender aquellas historias antiguas; muy pronto solo sentí un vértigo detrás de ciertos silencios en los que se habían hundido para siempre los años de las dos guerras y también el encuentro de mis padres, sin duda en Nevers donde vivía entonces la madrina de mi madre, alta figura de maestra jubilada y soltera, muerta en 1942, que mis hermanos y yo no conocimos. La abuela Lucie me llamaba su pollita, o su tortita, o su bombón cuando llegué a los quince o dieciséis años y ella creyó que me volvía guapa, que gustaría a los chicos y los chicos me gustarían a mí, que me enamoraría. Creía lo que creen, lo que quieren creer las abuelas cuando son risueñas y ciegas, y su única nieta agarra los quince años. Los demás nietos son varones, más descastados y tornadizos, menos dados a venir a sentarse en el sillón al lado de la abuela quieta para siempre ante la ventana, menos hábiles a la hora de hacer existir las cosas, los animales y las personas para siempre hurtados, hundidos en la oscuridad. Ella decía que lo suyo no era oscuridad, hablaba de una especie de caleidoscopio, todo se movía, las luces o los brillos, olas verticales como una cortina de lluvia en la niebla. Nadie podía saber lo que había al otro lado de la primera muerte de la abuela Lucie. Yo estudiaba latín, pensaba que la luz se había refugiado toda entera en su nombre y en un puñado de palabras que le sentaban bien, lúcida, luciérnaga. Aprendí a mirar por ella y a recordar para hacer cosechas y brazadas, y reinventarlo todo. En más de cuarenta años nunca he dejado de hacerlo.

 

Gordana quizá tiene un hijo. En la segunda foto sostiene a un bebé de tres o cuatro meses, rosado y desnudo, un niño. Más que sostenerlo, lo blande, el niño tiene los ojos abiertos, muy grandes, claros, de un azul anegado. Los pechos de Gordana llenan la foto, estallan, fulguran, ceñidos de rojo brillante. Tiene los brazos delgados y las manos largas sobre el pecho del niño. Los cabellos espesos, cortados de cualquier manera sobre la frente y las orejas. Gordana puede tener dieciocho o treinta años, o más, o menos; ella no habita su cuerpo, ella se presta. Está al lado, uno la cruza, la roza, es un choque o algo que flota. El niño debe de estar allí lejos, se quedó en el mundo antiguo, en casa de una abuela o una tía destinada a esa tarea de guardar niños abandonados. Tendrá unos siete u ocho años, la barbilla en punta, en las fotos no sonreirá. Gordana le mandará dinero cada mes, llamará una o dos veces por semana, hablará un poco con el niño que nunca sabrá contar a su madre los juegos del colegio, la nieve de los inviernos y la espera salvaje, y el aburrimiento blando de las tardes con los primos delante de la televisión. Las fotos de Gordana quedaron tragadas, radiografiadas, engullidas, dos de tres. No tuve tiempo de darle la vuelta a la tercera. Gordana no sonrió cuando le alargué y le devolví su cartera. Me conoce, siempre paso por su caja, dos veces por semana, el martes y el viernes. Me dio las gracias, altiva y protocolaria, y volvió al trabajo con las manos entre los productos. Los largos dedos de Gordana faenan, tiene las uñas rosas, hace gestos, su mirada es imposible, no ve a las personas, no quiere verlas. No tiene medios para ello, sería un lujo insensato, eso está bien para los nativos, los legítimos que no tienen que pelear por todo y viven cada segundo en su país, en su lengua, sin siquiera pensar en ello. Gordana calcula y se economiza, por instinto, tuvo que empezar muy pronto, se economiza para durar, aguantar y superar. Está preparada, lista, cumple la tarea con gran valentía, solo su voz refunfuña imperceptiblemente y pena por largarse en el momento de decir buenos días, decir adiós, o anunciar la suma total de la compra, cuando alguien se lo pregunta, si alguien se arriesga a preguntarle algo, o cuando debe responder a una pregunta sobre un producto, sobre un precio o una promoción. Se refugia en su acento que no es nada musical, es un acento que rasca, raspa y chirría. Cualquier palabra violenta a Gordana, la asedia, choca contra el resplandor diamantino de su cuello blanco y se aplasta con un ruido blando contra el caparazón de su torso. El hombre es aún joven. Unos cuarenta. Bajo, macizo, apretado, potente. Me fijé en él cuando me jubilé y empecé a venir, como él, los viernes a media mañana, lo más tarde a las diez y media o las once. Nunca lo había visto antes, ni en el súper ni en el barrio. Debe de vivir en otra parte. No lleva cesto, ni carrito, ni bolsa de ninguna clase. No va equipado. Agarra las cosas, las mantiene apretadas contra él, contra el vientre, el pecho, el torso, como si su vida pendiera de ello. Las cosas le obedecen, no se caen, no desbordan. Lo que hace es la compra de un hombre para otro, un padre o un tío anciano e impedido al que debe de visitar una vez por semana, su día de descanso, el viernes, en este barrio alejado del suyo. Un tío que al mismo tiempo podría ser su padrino, un hermano de su madre mucho mayor que ella, un hombre de noventa y siete años que todavía vive en su casa, seco y encogido, pero en su casa. Un tío, no un padre, una madre tampoco, en todo caso no una mujer, a juzgar por los productos que compra. Su padre y su madre deben de llevar ya varios años muertos, él es un hijo de padres viejos, y además hijo único.

 

El hombre vive solo después de un divorcio, seguro, tendrá unos cuarenta y dos años y no tiene hijos. No quiso tener hijos y su mujer debió de abandonarlo para irse a tener hijos con otro; no solo por eso, pero también por eso. A aquella mujer no debió de echarla de menos, fue ella la que quiso irse, seguro que la mujer lloró, exigió explicaciones, trató de comprender y gritó, contra él y contra su inercia y su egoísmo, su silencio y sus aires de gran hombre y contra las ínfulas de cinturón negro de kárate, contra el club y el entrenamiento de los jóvenes que lo ocupaba tres tardes a la semana, sin contar las competiciones, el sábado o el domingo, en las barriadas más alejadas, y eso cuando no era en el otro extremo de Francia. Es más fácil hacerse admirar y respetar por los hijos ajenos que amar y criar a los propios. Seguro que se pasaba mucho tiempo en el club y en el trabajo, en Orly, con los aviones, la mecánica, el mantenimiento en tierra; un buen equipo, sobre todo con Rémi y Didier, que entraron el mismo año que él, a los veintiún años, al terminar la mili. Casi veinticinco años en el vientre de los aviones, para él no fue un sueño infantil, fue un poco por casualidad. Me lo invento todo sobre ese hombre, me sé su novela de memoria, la voy desarrollando. Siempre he hecho esto, en el internado, en Moulins, contaba cosas en voz alta, en el cobertizo en invierno entre la cena y la hora de estudio, teníamos media hora, nos juntábamos cuatro para estar más calientes, a oscuras. Las otras chicas me reclamaban la continuación del folletín, pensaban en él por la noche en la cama antes de dormirse y me preguntaban de dónde sacaba aquellas invenciones. No entendían que yo fuera mejor en matemáticas que en redacción. Tampoco comprendieron que después del bachillerato me pusiera a estudiar contabilidad en París en una escuela privada vivamente aconsejada por los amigos más íntimos de mis padres, los Demy; después, dejé que las cosas se deshicieran entre nosotras. No me gustaba recibir cartas, habría tenido que responder, ya no se trataba de inventar, y yo no tenía nada que decir. De tarde en tarde, a través de mi madre o de mis cuñadas, sabía de ellas. La mayoría se habían marchado, tenían oficios, maridos, hijos; aquí un divorcio, allá una enfermedad, nada extraordinario. Nuestras vidas siguieron, las suyas y la mía. En París, en el metro, durante cuarenta años, he estado pescando rostros, perfiles de mujer o de hombre que no volvería a ver nunca más, y he fantaseado, husmeado dentro de ellos, a fondo, como si nada, en la línea seis o en la línea cuatro, quince o veinte minutos ida y vuelta mañana y tarde cinco veces por semana, sin contar el tiempo de los viajes que no tenían nada que ver con la oficina; he pasado cuarenta años hundiéndome en el laberinto de unas vidas olfateadas, trenzadas, esbozadas, como otros habrían dibujado a lápiz inclinados sobre una libreta de espiral.

 

No me imagino otro oficio para Gordana. No me imagino nada. No la veo, no adivino sus gestos. No repone productos en las estanterías, nunca te la cruzas en el súper. No sé cómo se inclinaría su cuerpo para asir las cajas de mercancías, ni cómo sería de dependienta de una panadería, o de cuidadora, o de vendedora de frutas y verduras, o de conductora de metro. Y sin embargo. Conductora de metro sería posible. Se hundiría en la tripa negra tachonada de luces. No hablaría en el micro salvo cuando se viera obligada a anunciar algún incidente en la estación Parmentier o una demora de algunos minutos por la regulación del tráfico. Los viajeros estarían descontentos porque no habrían comprendido nada por culpa del acento de la conductora o del conductor; ni siquiera estarían seguros de que fuera una mujer, algunos querrían comprobarlo y echarían un vistazo a la izquierda al pasar junto a la cabecera del tren a la salida, pero no se atreverían a hablar con aquella rubia ferozmente sentada en la cabina del conductor, y se limitarían a pensar que desde luego la RATP ya podría cuidar de que el acento de sus empleados no dificultara la comprensión de los avisos destinados al público. Gordana preferiría los servicios extremos, de mañana muy temprano o por la noche, jamás almorzaría en la cantina y no entablaría ninguna relación personal con sus colegas, o las menos posibles. Gordana rechaza, no comienza, o no recomienza. La capacidad de recomenzar de las mujeres, y a veces de los hombres, me destroza, me trastorna. Está ahí, es cosa dada, basta con mirar y escuchar. Sobre todo las mujeres, algunas, qué valientes son, cómo quieren creer en ello, y pagan con su persona, con todo su cuerpo que fabrica hijos y los alimenta; y se agachan, visten, anudan bufandas, abrochan abrigos, consuelan verifican regañan acarician, es el cuento de nunca acabar. Cómo son devoradas, y consienten en ello o no consienten, o dejan ya de consentir pero todavía pueden, todavía lo hacen, porque hay que hacerlo y hay en ellas algo que resiste, que sigue. Eso es así cada día, y al cabo de los días forma una vida. Yo lo he contabilizado, he contado el número de bufandas anudadas, de meriendas metidas en las carteras en cinco años de escuela primaria a razón de dos hijos por mujer. Siempre me han gustado los cálculos incongruentes, cálculos mentales, el peso de los yogures transportados para el consumo de una familia de cuatro miembros en un año a razón de un yogur por día y por persona, y de ciento veinticinco gramos por unidad de yogur natural sin sabores.

 

Me encallo en el nombre del hombre oscuro, se me resiste, tal vez a causa del cuerpo, de la tez amarillenta, del pelo ondulado, tupido, de la nuca carnosa, y de las manos de uñas cortas y abombadas, muy cuidadas. Sus rasgos son heterogéneos, opacos. Podría ser de origen portugués o español. Dudo: André o Bruno o Claude. En tercero estuve enamorada de un muchacho que se llamaba Bruno, era tenebroso y delgado, quería hacerse cura, como su tío, que enseñaba filosofía y llevaba sotana. André y Gordana, Gordana y Claude, suena bien, un chasqueo tierno, es un principio. Gordana y Claude vuelven de las Canarias, o de Barcelona. Claude enseña kárate a Gordana, ella tiene facultades. No están suscritos a ningún periódico y solo miran las noticias en el telediario de la noche, con eso les basta.

Comparten sin problemas las tareas domésticas, él se encarga de la compra y la cocina, ella de la limpieza y la colada. Ella no pretendió, como suelen hacer las mujeres, revolucionar su vestuario de hombre solo, no tuvo nada que decir. Gordana no quiere llevar a Claude a conocer a su familia, está demasiado lejos, es muy complicado. Él piensa que ella no tiene ganas, que no se siente preparada, y no insiste. Gordana y Claude se callan mucho juntos. Se compraron un sofá de cuero marrón, no convertible, y Gordana ha dejado de fumar. Gordana fumó, mucho, durante mucho tiempo, violentamente, como una tragona, fumaba profundo. Nada distinguido, nada evanescente. Nada de volutas fluidas. Sus manos no fueron lánguidas. Fumó feroz, a la desesperada. Las mejillas se le hundieron. Lo tragó todo, todo lo conservó dentro, para enlucir el cuerpo por dentro, para no perder nada y mantenerse caliente y no estar ya en el mundo. No liaba los cigarrillos. Demasiado lento, demasiado minucioso, demasiado enmarañado. Debió de empezar a los quince años, con un chico de su tierra, mayor que ella; el chico había dejado el colegio y quería alistarse en el ejército. Le tocaba los pechos, que le habían crecido el año anterior, en pocos meses. Ella se acostumbró, en su ambiente era lo que se esperaba, las mujeres de su familia, su madre su abuela sus tías, las hermanas mayores tal vez, habían conocido eso, el crecimiento brusco, la erupción tardía y calamitosa. Y acto seguido la mirada imantada de los machos, todos, los viejos los jóvenes, los posibles y los imposibles, los altos y delgados y los bajos y sebosos, los vulgarísimos que no se atreverían y los muy destacables que te fulminaban con una mirada soberana, todos, confinados en su carne y dotados de su fatídico instrumento. El muchacho que tocaba los pechos a Gordana se fue al servicio militar y le escribió dos veces. Después ella no recibió más noticias y conoció a otros hombres.

 

La jubilación es una cuestión de disciplina. Hay que andarse con cuidado, levantarse a horas regulares, no pasarse toda la mañana en pijama, salir a la compra con una lista y el carrito, porque ahora ya se tiene tiempo, pero no permitir que las tareas domésticas se dilaten y te coman la vida. Yo me esmero, busco el ritmo adecuado, los meses y las semanas galopan. Divisé al hombre el diciembre pasado. Estaba delante de mí, en la caja cuatro, la caja de Gordana. Había pagado con un billete de cincuenta euros, que ella miró con hostilidad durante un breve instante, palpándolo con aire dubitativo, antes de meterlo en el cajón compartimentado y devolverle el cambio, dos billetes de diez, uno de cinco y un puñado de calderilla. El hombre tendía la mano, lo primero en que me fijé fue en eso, esa mano morena, ancha y fuerte, una mano eficaz, volteada, ahuecada en un gesto infantil y de espera; Gordana desdeñó aquella mano, no la tuvo en cuenta. Había echado el dinero en un recipiente de plástico moldeado, previsto para tal efecto en el reborde alto de la caja, ergonómico y protocolario, concebido y estudiado para que el dinero pueda circular sin que las pieles se toquen, sin intercambiar jugos ni sudores, sin mezcla y sin caricia, sin roce ni temblor. El hombre mendigaba, mendigaba la mirada de Gordana y la unción de sus dedos eficaces. El gesto del hombre me traspasó, su gesto de suplicante noble y transido. El supermercado me pone sentimental. La cosa me empezó tarde, después de los cuarenta, y me gustó ese vago prurito suscitado por las canciones, siempre las mismas, cuya letra gira en un bucle fatigado por los pasillos tapizados de productos de colores. Las palabras circulan y forman un batido con los olores de fruta, de pan industrial, de productos de limpieza, de vitrinas refrigeradas. El frescor de nuestros productos y la sonrisa de nuestras cajeras se mezclan con las hermosas letras pesadas de las sempiternas canciones que dicen con la mayor justeza los amores nacientes o gastados, las voluntades, las esperas, las expectativas frustradas o cumplidas, el ardor de los comienzos, el sabor a hierro de las traiciones y el muelle desgaste de los sentimientos. Ti amo ti amo ti amo. Haga lo que haga o aunque yo no sea nada no desaparezcas yo pienso en ti. Es la papilla de las emociones, la suprema ensalada. Si mamá si mamá si mamá si tú supieras mi vida yo lloro cuando río si mamá si. No pensamos en ello, para nada, circulamos por las secciones con la cesta o el carro y la lista. Ando solo sin amigo sin nadie. Es automático y estamos aquí porque es necesario; no pensamos prácticamente en nada y todo se va haciendo. Dime dime aunque sea que se marchó con otro que no soy yo pero que no fue por culpa mía. Nos vemos atravesados por las letras de unas canciones que en casa no escucharíamos. Basta con no resistirse. Yo no me resisto, eso me lava un poco, me acuerdo vagamente, retales y fragmentos, pedazos, haga lo que haga y sea yo lo que sea. El hombre que está esperando en la caja cuatro no se sabe atrapado en la red de las canciones cursis. Él pide una bolsa, ella empuja hacia él una bolsa arrugada. Él dice adiós, ella articula tres sílabas ásperas, no levanta la vista, se hunde en los artículos que yo he depositado sobre la plataforma de su caja.

 

Ese hombre, Claude, o André, o Bruno, quizá amó a una mujer una vez en su vida. Ella estaba casada; tenía siete años más que él. Ella podría ser madre de un chico del club, el más joven de la sección de los principiantes. Venía a buscarlo después del entrenamiento del viernes porque aquel día no trabajaba y luego lo dejaba directamente en casa de los abuelos paternos; él siempre pasaba en casa de ellos la noche del viernes. Ella era profesora de español. Tenía otro hijo, una chica de catorce años, minusválida, que volvía a casa cada viernes y se marchaba de nuevo el domingo; la madre no dijo minusválida en qué sentido, la primera vez no había añadido nada pero él comprendió que el muchacho tenía necesidad de experimentar que su cuerpo, en cambio, estaba bien vivo, erguido, ardiente, equipado para la lucha. Aquella mujer lo habría subido por encima de sí mismo. Iban a casa de ella, a una habitación contigua a la de la chica que llevaba catorce años gritando todas las noches. Ella dormía en aquella habitación para velar por la chica el sábado o el domingo, la otra noche le tocaba a su marido. La niña tenía un nombre vivaz, Iris. Iban a aquella habitación, iban a aquellos bosques que ella conocía, entre Igny y Saulx-les-Chartreux; iban y lo hacían como él jamás lo había hecho antes de ella, ni después de ella. Aquella mujer dijo desde el primer momento que no iba a abandonar a su marido ni a sus hijos, él no suplicó, sabía que no serviría de nada. Tomó lo que ella daba, sin palabras, en una suavidad de tormenta. El hombre oscuro no habla de nada, con nadie. ¿Con quién iba a hablar, y de qué? Nada existe, todo permanece agazapado bajo las palabras, atragantado ahí dentro, en el fondo del cuerpo. Gordana se hace la salvaje, eso es todo. El hombre nunca habló mucho, ni comprendió esa necesidad que tienen las mujeres, a menudo, no todas las mujeres pero casi todas, de poner palabras sobre los momentos, sobre las cosas y sobre las personas, entre ellas, sobre ellas, decir el porqué y decir el cómo, justificar y explicar, contar, remontarse a los orígenes, comprender, juzgar, condenar, absolver, perdonar, desgastar las frases y las palabras, siempre las mismas frases y las mismas palabras. Él no cree en eso. Aquella mujer que tanto amó era como él. Su hija no habló jamás, no hablaría. Había aprendido a hacer las cosas de otra manera, a posar una mano sobre una nuca, a esperar, a mantenerse acurrucada en el calorcillo de las pieles, a adivinar con la punta de los dedos el interior blanco de los brazos. También sabía adosarse a ciertos árboles del bosque, esos árboles le daban la fuerza, él lo sintió a través de ella. Después de dos años, aquella mujer se marchó, siguió a su marido a México. Él todavía se sabe de memoria su número de teléfono.

 

Gordana es inexorable. Es la diosa de cabeza amarilla a quien implora el hombre sin palabras. El hombre moreno está ahí, enteramente entregado, está celebrando el culto, tenaz y viviente; mendiga, mendiga fuerte y seco en la caja cuatro, quiere existir, quiere hacer, aúlla en silencio. El misterio es antiguo, el ritual es inmutable. Gordana no toca, a ella no se la toca, alojada en su cascarón, nadie la alcanza. Impávida en la caja cuatro detrás de la muralla de plástico y metal, recibe sin verlos homenajes enloquecidos, se esquiva. A Gordana no se la atrapa. No empezará nada. Nada se esbozará. Ni idilios subrepticios, ni arrullos empalagosos, nada de violentas y deliciosas palpitaciones, nada de flechazos en el pecho, nada de flechazos en el corazón, nada de nada, abstinencia y virtud abismal. No hay sentimientos en la caja cuatro del número noventa y tres de la calle Rendez-Vous, la del mal nombre. Aquí nadie se suelta. Nadie tiene los medios. Aquí nadie tiene tiempo para deambular, para galantear amablemente entre el paquete de café cien por cien arábica y el kilo de tomates belgas. Es el invierno del mundo, la severa glaciación. Aquí nadie ha entrado sin saber, nadie ha sido elegido, nada más. Después cada cual se las arregla. El hombre se las arregla, su espalda lo dice, su nuca sola. Gordana se hace la avara. No es un inconveniente; no es un inconveniente para esperar en la caja cuatro el viernes entre las once y las once y veinte. El hombre se limita a ese pedacito de nada, la ve, la toma en su mirada. Él está en su orbe, en su poderío singular, nimbado por lo que tan solo a ella pertenece, la textura de su piel, la tensión blanca, todo lo salvaje agazapado bajo la blusa, bajo el jersey, a lo largo de sus piernas elásticas, detrás de la voz arrancada. El hombre está en los tiempos de antaño, es el buen creyente, el ferviente silencioso que mastica sus prodigiosas sobras en el desierto habitado de las semanas. La espalda del hombre que implora cada segundo de Gordana es un riesgo, incluso un peligro. Demasiado en carne viva, demasiado tenso. Gordana inquieta y aguza. Sabemos que se llama Gordana porque, al poco de llegar ella, oímos a las otras cajeras pronunciar a veces ese nombre rugoso, inusual, hirsuto. Primero creí que no había oído bien, el nombre se me cruzaba con el Gordini de los Renault 8 que antiguamente rugían en las pequeñas carreteras del sábado noche, cargados de chicas y chicos jóvenes, más o menos entremezclados, aftershave y colonias dulzonas, ávido cargamento que veíamos derramarse, alegre, en la plaza del pueblo donde durante tres días se desplegaban los tiovivos y las barracas de las fiestas patronales.

 

No tenemos derecho a nada. Mi padre lo decía por las noches ante la tele cuando salían imágenes de manifestaciones, gente que reivindicaba cosas en las ciudades, en Francia o en el extranjero, con pancartas, carteles. Él repetía esta palabra echando la barbilla hacia delante, yo pensaba en laureles. No explicaba nada, se entendía que estaba en contra de los asalariados, la palabra silbaba entre sus dientes. Él tenía una tienda que atender, con su mujer como toda familia, solos, como sus padres antes que ellos, se trataba de que entrara el dinero, no de desfilar dando voces. Mis hermanos se callaban o, de mayores, salían sin terminar de comer. Yo ayudaba a mi madre a recoger los platos que conservaba calientes en un rincón junto a los fogones para los chicos, ya se calmarían, vendrían con hambre. Llamaba los chicos a los tres, a los gemelos y a Denis, que nació un año justo después de ellos, casi exactamente, cuando ella no había cumplido los veinte y ya llevaba la tienda con mi padre, que era un hombre trabajador pero no podía plantarle cara a todo él solo. Me gustaba aquella expresión de mi madre, plantar cara, que utilizaba para todo, los pequeños imprevistos y los grandes, el trabajo, los azares de la salud. Ella había plantado cara, con sus tres bebés y una suegra poco llevadera, a todo lo que había que aprender en una tienda de ultramarinos. Nunca usó otra expresión más que esa, poco llevadera, para referirse a una suegra enfermiza que yo no conocí; acababa de morir cuando nací, once años después que mis hermanos, la sorpresa de los treinta años para mi madre, el báculo de la vejez para mi padre que ya tenía cuarenta años y eligió mi nombre de pila, el segundo nombre de su madre, Jeanne. Es un nombre de vieja, precisamente de abuela, dirían más tarde en el internado las otras niñas que se llamaban Bernadette, Francine, Marie-Jo, Jocelyne, Agnès o Élisabeth. Un nombre que separa. No tenemos derecho a nada, me acordé de la frase cuando se marchó Karim, me regresó desde la infancia, como la letra de una canción indestructible, haga lo que haga esté donde esté yo nada te borra, yo pienso en ti. Tenía más de treinta y siete años, de los que dieciocho los había pasado con él, en París, lejos de Saint-Hilaire y de mi padre, que jamás quiso verlo. Mande usted tres hijos a Argelia con el contingente durante más de veintisiete meses para eso, para que tu hija única te traicione y se ponga a vivir con un moro, un moro con estudios, vale, y que tiene un trabajo de veras, como ella, incluso mejor que el de ella, de acuerdo, y que bebe vino y come cerdo, vale, pero un moro. Yo iba a verlos cuatro veces al año. Me quedaba tres días cada vez y pasaba una temporada más larga un verano sí otro no, pero no hablábamos de Karim, de él no hablaríamos jamás. Mi padre era cariñoso con la abuela Lucie, que vivió en casa durante más de quince años y no tenía palabras suficientes para aquel yerno magnánimo. Era cariñoso con sus siete nietos y con los clientes asiduos de la tienda que venían a comprar alguna tontería para charlar, para oír el sonido de sus voces al menos una vez al día; era simpático con los solitarios de las granjas y los caseríos perdidos al final de caminos que había que adivinar entre los setos de avellanos que ya nadie quería cuidar. Las rondas eran su pasión, yo las hacía con él los jueves, antes de marcharme al internado. Yo devolvía el cambio y a él le gustaba mi impecable celeridad en cuestión de cálculo mental. Nunca le vi fallar una operación, era infalible, pero yo era más rápida. Hacíamos concursos en las carreteras, entre dos paradas, y nuestra alegría era perfecta. Era cariñoso, pero con Karim no pudo.

 

El hombre oscuro habría soñado con ser cirujano. Llevaría bata verde, gorro y mascarilla. Sus manos enguantadas de látex abrirían incisiones en las carnes, extraerían tumores, sacarían órganos, palparían rajarían pincharían repararían aliviarían sacrificarían; sus manos habrían sido soberanas bajo la piel, en el interior de esos cuerpos, por el otro lado, donde no entra la mirada, allí donde el instrumento se hunde en la opacidad roja y caliente de lo vivo. También habría tenido, transmitido por su madre o su abuela, el don de quitar el fuego, así es como lo decíamos en Saint-Hilaire para referirnos a la mujer que íbamos a ver en caso de necesidad, yo sabía por mis hermanos que la mujer no tocaba la quemadura, imponía las manos y pronunciaba unas fórmulas que nadie comprendía, también hacía otras cosas, pero no había que contárselo a nadie, si no, la mujer perdería el poder de aliviar a la persona que divulgara el secreto y a todos los miembros de su familia. Las manos del hombre depositan los productos sobre el mostrador de la caja cuatro; son manos de buena voluntad, trabajadoras y tiernas, eficientes, unas manos sólidas, hechas para construir y para acunar, unas manos de paciencia. Las muñecas del hombre son delgadas y leñosas. Veo al hombre cada viernes por la mañana, está ahí, no falta, está seguro, lo veo y pienso que es como un olivo empujado por un viento loco; se doblega y se pliega y aguanta, aguantó, aguantará. La ciudad sería un bosque poblado de mujeres álamos, fresnos, tilos, de hombres abedules, eucaliptos, hayas; sin olvidar los avellanos, los arces, las lilas, los pinos, los cipreses, los cedros, los serbales, los cerezos; no nos olvidamos no olvidamos nada. En verano, a veces Gordana lleva bajo la bata una camiseta negra de cuello redondo con la efigie de Mick Jagger. Pienso que ella no había nacido aún cuando, en la tozuda primavera del año 76, los Rolling Stones incendiaban multitudes en los Mataderos de La Villette. Yo tenía veintiocho años y estaba en los Mataderos con Karim y nuestros amigos de aquellos engullidos tiempos que, como él y como yo, se sabían de memoria las eficaces cantinelas del títere de los morritos y sus canijos acólitos. Las cantábamos por la noche, los chicos a la guitarra y las chicas haciendo las voces, y nuestros cabellos igualmente largos fluían como móviles cortinas a la luz tamizada de las lámparas dispersas. Los demás se burlaban de mí porque también me gustaban Jean Ferrat y Georges Brassens. Durante mucho tiempo escuché Angie y Sister Morphine o Love in Vain. Solo le faltó una chispa a Gordana para ser de la raza de los que fulminan y más que ir aparecen, arropados por la evidencia de su cuerpo radiante. El tejido sintético de su camiseta, fina y reluciente, se tensa sobre sus pechos inverosímiles que no agotan la melena ondulante de Jagger ni su boca devoradora, figurados en rojo.

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