Nuestras vidas

Marie-Hélène Lafon · Capítulo 1 de 4 · parte 2/3

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Nuestras vidas

El supermercado Franprix de la calle Rendez-Vous,…

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

Me cuesta trabajo distinguir el gallardo nombre de Gordana bajo el acento endiablado de una cajera novicia, petrificada de vana actividad ante la vitrina cerrada de los licores caros situada en la cercanía inmediata de la caja cuatro. La cerradura se resiste, la llave sigue bloqueada, un cliente poco agradable se exaspera en la caja seis, espera su whisky con la cara cocida y abotargada, la mirada perdida, el aliento acre, echa pestes mientras blande su billete de veinte euros con gestos anegados en el irreprimible temblor matutinal. Gordana no oye, no quiere oír, devuelve el cambio a la mujer que me precede, agarra mis yogures, no quiere saber nada. La cosa se alarga, dura. El hombre oscuro ha surgido a mi espalda, puntual, hundido en su celebración. El establecimiento está casi vacío, no hay ningún otro empleado a la vista. Gordana sería el único recurso, la única tabla de salvación de la infeliz que se empeña y chapurrea en su jerigonza de isla lejana. Gordana, por fin, eructa a mi atención someras excusas y dejando caer mis tres limones surge, se yergue, despega de su caja. Es alta, más aún de lo que anunciaba el chorro de sus largos muslos. Muy pronto algo alerta, algo te atrapa en sus andares, desuella, me desuella, nos desuella. Gordana más que andar se propulsa, jadea a lo salvaje, todo su cuerpo se dobla, se zambulle, a cada paso parece buscar, inventar un equilibrio imposible de reforzar. El pie izquierdo, corto y ancho, está estrechamente ceñido por un zapato negro y se adivina una suela gruesa y compensada a pesar de los vaqueros acampanados, desflecados, ajustados a propósito sobre el reluciente calzado. En dos saltos de araña enloquecida Gordana está delante del armario acristalado que a ella no se le resiste, que ella abre con un agarre seco, bajando la cabeza, sin mirar a la otra, la ingenua, la pegajosa que rezuma vano agradecimiento. Yo me vuelvo, me hundo en las entrañas del bolso. No he visto nada, no he sorprendido nada, Gordana podría creerlo cuando, aplastada, con las mandíbulas apretadas, vuelve por fin al providencial habitáculo de la caja cuatro.

 

Al salir el hombre se ha sentado, le costaba trabajo irse, eso se notaba, yo lo he visto; también a mí me costaba, he esperado hurgando en mi carrito; él se ha quedado tres minutos sentado en un banco, justo a la salida del súper, miraba hacia delante, no se movía, después se ha levantado, rígido y ceñido. Se llama Horacio. Horacio Fortunato, una cosa así no se inventa, no se adivina, cuarenta y cinco años nacido en París hijo único de padres portugueses, portero y portera de vivienda en el distrito XIV, la calle Adolphe-Focillon. Adolphe-Focillon tampoco es algo que se invente, yo conozco esa calle, entre Alésia y la Puerta de Orleans, es un barrio coqueto y opulento a la vez, Isabelle y su marido vivieron allí, se sentían muy a gusto, durante once años alquilaron en la planta baja del número ocho un piso de tres habitaciones que resultó realmente pequeño cuando nacieron las mellizas, se fueron, alquilaron una casa lejos, en Verrières, comarca de Yvelines, una casa grande con un jardín auténtico. En el despacho y en la vida Isabelle y yo nos llevábamos muy bien; habríamos podido ser primas o incluso hermanas, ella era más joven, nueve años menos, pero casi nos parecíamos, ella era, como yo, hija de tenderos, carniceros-charcuteros-cocineros, en Guéret, una dinastía, con las manos en la carne durante cuatro generaciones, ella también tenía tres hermanos mayores, también había traicionado el comercio por la contabilidad, nos reíamos mucho, éramos jóvenes. Dos veces a la semana, los lunes y los jueves, yo volvía con ella cuando Laurent estaba en clase, estudiaba para perito contable, recogíamos a los niños en la guardería y en el parvulario y yo la ayudaba en todo. Eso era después de Karim, Isabelle y Laurent no llegaron a conocerlo. Yo llenaba las tardes con esos gestos y las tareas multiplicadas cuando se tienen cuatro niños pequeños en casa, me quedaba dos o tres horas, me iba antes de que llegara Laurent; volvía a pie y me lavaba los dientes y las manos, largamente, a oscuras, y sin comer me echaba en el sofá del salón que se había convertido en mi cama, ya no dormía en mi habitación, no leía nada, encendía la radio y me sumergía en aquel balbuceo incomprensible esperando el sueño, bajo la manta, con los pies fríos y la sábana bajo la barbilla. Isabelle comprendía que tenía que tragarme una pena muy grande y que no pasaba, no hacía preguntas.

 

En cuanto a lo del hombre, lo supe en la farmacia. Después de abandonar el banco de delante del Franprix, entró en la farmacia de la rotonda y yo lo seguí. Nunca había hecho eso de seguir a alguien; es fácil, en la farmacia no me conocen, nadie me preguntó nada, nunca me han visto, es fácil hacer como que buscas una leche corporal o una crema de día y escuchar lo que dicen. Enseguida después de mí entró una mujer pequeña, bajita y animada que hablaba fuerte, exclamó algo, se abrazaron, él me pareció más alto de lo que creía porque tuvo que agacharse para abrazar a la mujer, era la primera vez que lo veía fuera del Franprix, me pareció como si no tuviese el mismo cuerpo. La mujer pequeña lo llamó por su nombre de pila, Horacio, repetía ella, tu padre siempre dice Horacio es mi sol, vendrá Horacio, yo ahora soy como un pajarito en su rama, vendrá Horacio, él tiene paciencia, él arreglará eso, se ocupará de aquello, se lo pediré a Horacio; la mujer dijo que no todos los padres tienen la misma suerte. La farmacéutica no perdía la paciencia, asentía con la cabeza y parecía conocer a aquella mujer y al anciano padre a quien estaban destinados los medicamentos que el hijo acababa de comprar. La farmacéutica dijo adiós monsieur Fortunato hasta el viernes que viene, y ya supe el apellido; después siguió hablando con la mujer, pero menos fuerte y yo no oía nada de nada; sin embargo pude deducir que aquella mujer también había sido portera en la calle Focillon, en aquella época todos los porteros de aquel barrio procedían de la misma zona de Portugal; dijo un nombre que no comprendí; su única hija, Lydia, era de la edad de Horacio, cuarenta y cinco años, que se convirtió en hijo único a la muerte de una hermana primogénita mucho mayor que él, la madre jamás pudo recuperarse del golpe, se marchó pronto, justo antes de la jubilación, murió de enfermedad, había que ver cómo la cuidaron sus dos hombres; su hija, Lydia, y Horacio, la mujer pronunciaba la r con la dulzura del portugués, hicieron la primaria juntos, y después también el colegio, pero Horacio aprendía mejor, era más formal, tenía bagaje, la mujer repetía aquella palabra, bagaje, y los dos nombres, Lydia Horacio; tenía un buen empleo, un oficio de verdad, Horacio; pero no tuvo hijos, como Lydia, y para ella, ahora, a los cuarenta y cinco años, insistía en la edad, era demasiado tarde, sin familia, sin hijos, tal vez era por eso que Horacio podía ocuparse tan bien de su padre; un viudo de noventa años que se había quedado en su casa sin necesidad de ir a una de esas residencias que cuestan un ojo de la cara y dejan a los viejos aparcados como ganado, era algo que daba gusto de ver en estos tiempos.

 

Horacio y Gordana, Gordana y Horacio, es una música, como un canto a causa de las vocales, Horacio casi suavizaría Gordana que ruge menos. Más tarde pensé en ello, hice mis cálculos, Isabelle la calle Focillon Laurent y los chicos pequeños, eso pasó hace exactamente veinticinco años, las mellizas acaban de cumplir los veinticinco, yo tenía casi treinta y nueve, Isabelle treinta, y en la calle Focillon habría podido cruzarme con un Horacio de veinte o veintiún años que cuidaba de su madre. Yo nunca cuidé de mi madre, ella siempre me decía yo me iré rápido como una bala y tuvo razón. Mi padre se la encontró cuando volvía del huerto con las últimas judías, últimas de verdad, solo un puñado para ponerlas en ensalada para ellos dos, nadie más, por teléfono me había dado detalles sobre aquellas judías de septiembre; mi madre parecía estar durmiendo, con la cabeza inclinada a un lado, los médicos hablaron de una ruptura de aneurisma; era la tarde del martes 11 de septiembre de 2001, a las catorce treinta, mi padre se acordaba de que sonó la media en el reloj de péndulo, el del pasillo, justo cuando él entraba en la cocina; mi madre nunca supo lo del atentado, las torres, los tres mil doscientos catorce muertos, no vio aquellas imágenes, gente que se tiraba desde el piso ciento veintidós, habría estado comentándolo durante días, siempre le había interesado mucho la actualidad, las noticias, habría rezado por todos aquellos muertos de América, los habría llamado así, los muertos de América. Estaba sentada a la mesa de la cocina, con las gafas sobre la nariz y La Montagne abierto delante de ella por la página de los crucigramas, con el periódico extendido sobre el hule impecable, con el lápiz bien afilado a la derecha y la goma blanca a la izquierda; se habían puesto a hacer crucigramas al jubilarse, después de cerrar la tienda, empezaba ella sola, a lápiz, llamaba a eso despejar la cuadrícula, terminaban juntos con un bolígrafo azul, sin el diccionario, que tan solo abrían como ultimísimo recurso, después de numerosos aplazamientos, necesitar el diccionario era una derrota; buscaban juntos, probaban soluciones, borraban y volvían a empezar, no discutían, y jamás por los crucigramas, decían que los disfrutaban, estaban de acuerdo, sentados uno junto al otro, con la cocina detrás y frente a una ventana que no daba a nada. Al cerrar la tienda, vendieron el edificio entero, con la tienda, la vivienda contigua, el almacén, el patio de cemento e incluso los dos grandes garajes, todo se vendió en bloque y a un precio decente, mientras que algunas casas muy bonitas del pueblo, con jardín y dependencias, permanecían cerradas durante años y se deterioraban sin encontrar comprador. Una pareja de parisinos compró la tienda y todo, escritores, con tres hijos adolescentes, la mujer era muy famosa, había ganado premios, en Francia y en todo el mundo, salía en la televisión, también escribía teatro, poesía, de todo, era alta y guapa como una actriz, tenía un apellido sueco, el marido era negro y la gente de la comarca los llamaba los suecos. Con frecuencia llegaban coches procedentes de París; los tres hijos estaban internos en Nevers, pero volvían a casa el miércoles por la tarde y cada fin de semana, mi madre jamás usó la palabra week-end. Era una familia muy unida, mi madre decía que vivían en régimen de autarquía, no tenían necesidad de los demás, no se mezclaban con la gente pero se notaba que el almacén estaba habitado, la luz permanecía encendida hasta tarde en la gran habitación de arriba que fue el dormitorio de mis hermanos, quizá trabajaban de noche, tal vez la noche es mejor para escribir, no te molesta nadie, quién sabe con los escritores, que eran también artistas. Mi madre seguía hablando de la tienda para designar todo el edificio, y precisaba que los nuevos propietarios habían conservado el rótulo que databa del tiempo de los abuelos, À la Providence - Maison Santoire & Fils.

 

Gordana sabe que yo lo he visto, y que por lo tanto lo hemos visto nosotros, el hombre de los viernes y yo. Hay en ella algo del vencido, ha sido humillada, casi nos echaría la culpa, ella preferiría que no pasáramos más por su caja, pero no puede decírnoslo, no tiene manera de elegir a sus clientes. Preferiría clientes nuevos, vírgenes, clientes intactos que no hubieran visto nada, que no supieran nada, no podrían sentir piedad, no tendrían ningún poder sobre ella, clientes transparentes y pasmados al otro lado de la muralla lechosa de sus pechos. Ha cambiado de caja, ahora está en la ocho, es la última, al final de la fila, la peor situada, frente a la puerta corredera en plena corriente de aire, pero la más alejada de los armarios con cristal cerrados con llave donde se guardan los licores y las pilas eléctricas. Ha querido reducir al mínimo los riesgos de recaída, ha tenido que negociar con firmeza, las corrientes de aire a cambio del derecho a no tener que moverse delante de la clientela, salvo en caso de fuerza mayor, porque el cliente es el rey y no se puede prever todo. Gordana tiene orgullo y rabia, eso se lo hacen pagar, no se lleva nada bien con las demás, que se parecen todas, parecen proceder todas del mismo lugar del mundo, ni África negra, ni el Magreb, ni Asia, yo diría Indonesia, o India, o Filipinas; son menudas y vivaces, llevan minúsculos pendientes muy dorados que rutilan sobre el lóbulo carnoso y ligeramente abombado de sus orejas bien pegadas, tienen los mismos dientes relucientes dentro de sus bocas rosadas y carnosas, las mismas pieles oscuras y lisas, manos pequeñas y pies pequeños, llevan el pelo largo, flexible, de un negro opaco y brillante, con trenzas las más jóvenes o enrollado en la nuca en moños razonables las de más edad, tienen los ojos grandes y brillantes y negros, sus ojos sonríen y sonríen sus bocas, no se capta su mirada siempre en movimiento, a veces se las oye reír, no se entiende lo que dicen entre ellas, de una caja a otra, en una lengua lábil, rápida, sonora y eficaz, en francés pronuncian con cuidado las fórmulas aprendidas y necesarias, su acento es impenetrable, ni musical ni rugoso, llevan las blusas cerradas, están muy disponibles para la clientela, se desviven, mi padre habría dicho eso, esas mujeres se desviven, ayudan, se inclinan, se dan la vuelta en el asiento, giran, se aplican, y Gordana está en medio de ellas como un gran cuerpo blanco, amarillo, rasposo, rígido y extranjero.

 

Ayer murió mi vecina del cuarto. Hay períodos así, en que las placas tectónicas de nuestras vidas se ponen en movimiento, en que las costuras de los días se rompen, en que lo ordinario se sale de madre; después el decorado se recompone y seguimos; es más o menos grave, a veces se habla de ello en la televisión, en la radio, en los periódicos, o bien no sale del círculo familiar, de los amigos y los vecinos; la cosa sobreviene, ocurre, entra en la jaula del tiempo para no salir jamás; nada podrá hacer que no haya existido, que madame Jaladis no haya muerto, que Gordana no sea coja, que mi madre no desertara con elegancia el día de los atentados del 11 de septiembre, que Karim no regresara de Argelia; es la muerte, la enfermedad, la pérdida, la traición, la ausencia que empieza para siempre o para mucho tiempo, no sabemos, plantamos cara, esperamos y las cosas se arreglan más o menos, nos hacemos viejos, perduramos. Madame Jaladis tenía noventa y tres años, treinta años exactamente más que yo, y un hijo que había criado ella sola en este piso donde ha vivido durante setenta años; madame Jaladis era viuda y hablando de su hijo repetía que era buen hijo buen padre y buen marido, en este orden; ella, hasta su muerte, hizo las camisas de aquel hijo prodigioso, no lo decía jamás de otro modo, hacer las camisas, el hijo tenía dos juegos de seis, todas blancas y de hermosa hechura; cuando no estaba de viaje de negocios, el hijo venía cada mañana a pasar tres cuartos de hora con su madre, entre las siete y media y las ocho y cuarto, el intercambio de camisas tenía lugar después del café, se ponía la del día, fresca, inmaculada, y elegía con cuidado los gemelos cuyos estuches cuadrados, gris perla, se alineaban sobre el mármol rosa de una cómoda tripuda; la camisa esperaba al hijo, colgada en una percha bajo una funda de estameña en el saloncito que había sido la habitación del joven cuando era niño. A madame Jaladis le gustaba decir que Jean-Jacques se surtía en un excelente camisero, cerca de su oficina, en el hermoso distrito XVII, el adjetivo hermoso se redondeaba en su boca, repetía que lo barato sale caro, madame Santoire. Le gustaba pronunciar mi nombre, y lo dejaba flotar en el aire más de lo razonable, porque era también el nombre de un bonito río truchero de su tierra natal, me lo explicó en cuanto nos conocimos, cuando llegué al edificio en julio de 1990; más tarde me aseguraría con fruición e insistencia que mi familia sin duda tenía raíces en el Cantal, por fuerza, de ahí que nos lleváramos tan bien como vecinas. Madame Jaladis fue madre a los veintiséis años, después de tres años de matrimonio, enviudó a los treinta y tres, y parecía guardar rencor a aquel marido efímero, empleado de banca como ella, enfermo del corazón y parisino, por haber abandonado su puesto tan pronto. El puntual Jean-Jacques, huérfano de sus camisas y sus mañanas, me ha dejado en el buzón una carta emocionada, el funeral de su madre se celebrará en el Cantal, donde están enterrados los suyos, donde ella nació y pasó su juventud, está seguro de que yo estaré presente en pensamiento y no sabe cómo agradecerme la calidad, escribe esta palabra, de mi presencia junto a su madre desde hace ya más de veinte años.

 

No logro domesticar el nombre del hombre oscuro, es demasiado colorido, demasiado solar, es un nombre de verano, de estaciones claras, de atardeceres rubios, un nombre para bailar. Horacio Fortunato debió de bailar como quien respira, todo le parecería bien, el vals, el tango, la java y demás caprichos de salón, danzas folclóricas, rock más o menos acrobático, jerk, salsa, beguine; frecuentaría feliz y asiduo una asociación de su barrio dedicada a la práctica de los bailes de salón, suscitando admiración unánime entre las señoras y un despecho teñido de envidia entre los señores. El hombre oscuro no baila; su nuca, sus manos, su espalda no bailan; él no acaricia ni es acariciado; él suda alta soledad. En la farmacia apenas oí su voz, cubierta por las palabras y las frases de la señora bajita y de la farmacéutica; la imagino afelpada, aterciopelada, sorda y a veces ronca. La voz del hombre oscuro sería ronca si tuviera que responder a Gordana, que le preguntaría, tiene usted la tarjeta Franprix, señor, o no tiene cambio, señor, cincuenta céntimos o cinco euros con eso me arreglaría, o no ha pesado la fruta, señor, vaya a pesarla, mientras tanto le aparto sus cosas; él necesitaría concentrarse para extraer su voz y responder a Gordana, ella lo miraría a los ojos para hablar, por fin hablarle, no tendría ya nada que ocultar, porque él a pesar de todo había vuelto, ya el viernes siguiente, para pasar por caja con ella un poco antes de las once; ella habría pensado en él toda la semana, habría pensado que el hombre habría cambiado de sucursal, que se habría ido a la calle Sibuet o a la avenida Docteur-Arnold-Netter; se habría fijado en el hombre oscuro desde el principio, antes que yo, habría destacado sus manos cuidadas, su nuca, su asiduidad, el poderío de su cuerpo contenido y su violenta devoción. Gordana es joven, hay en ella algo orgánico que acecha en silencio a los machos, está acostumbrada a la mirada de los hombres antes y después, antes del zapato ortopédico y después del zapato ortopédico, ella ya sabe cómo ocurre la cosa, cómo tienen miedo, cómo tienen piedad, cómo piensan que en posición horizontal no resulta molesto y que ser tan coja debe de hacerla más acomodaticia por más que siempre tiene ese aire de mala sombra, las cojas son calientes, es cosa sabida, unas tetas así no se ven todos los días y con eso te olvidas de lo demás.

 

Gordana habría tenido miedo de que el niño naciera como ella, así, ortopédico, paralítico, minusválido, malformado, contrahecho, tarado, con una pata coja, un pie inacabado hinchado imposible de mirar un pie de animal una pezuña rosa. Habría querido no quedarse el niño, sobre todo si era como ella, pero se había dado cuenta demasiado tarde de que estaba embarazada, tardísimo, no se le había notado hasta el sexto mes, el niño estaba muy bien agarrado, no conocían a ningún médico que hubiese podido arreglar las cosas, y era demasiado caro, no conocían nada, dejaban pasar, Gordana dejó pasar. Tenía dieciocho años, vivía a lo bruto, se lanzaba sobre cualquier cosa, lo único que quería era irse, habría hecho cualquier cosa para irse, y el padre de la criatura, un tipo de cuarenta años, casado, le había prometido ayudarla, pero después desapareció, ella sabía más o menos dónde estaba, le daba igual, tenía varios hijos con toda clase de mujeres además de la suya, Gordana ni siquiera estaba segura de que fuera él el padre, dudaba entre este y otro más joven que ahora vivía en Brasil, o en Argentina o en Colombia, confundía esos países. Estaba segurísima, con toda certeza, de que sería una niña, ella esperaba una niña, tenía una hija en el vientre, en la maleta, en el cajón, una hembra como ella, como su madre sus abuelas sus hermanas sus tías sus primas, una cagona, una rajada con tetas, una cojitranca, una muñeca paticorta. En su tribu no había hombres, solo su hermano, los padres se iban todos o se morían pronto, de beber o de otra cosa. Habría tenido diecinueve años al nacimiento de su hijo, habría quedado embelesada, lo habría amamantado, se decía de ella que era muy maternal, que era muy buena madre, la gente se extrañaba, se alegraban pero pensaban que le resultaría difícil separarse del niño para ir a trabajar a Francia o a cualquier otra parte cuando llegara el momento. Cuando alguien se iba no se llevaba a sus hijos, si tenía la suerte de marcharse, los hijos se quedaban. Cuando podía quedarse sola con él, sin su madre ni su hermana o alguna de las mujeres de la familia que vivían en la casa o pasaban por ella, Gordana miraba los pies perfectos del niño dormido, los tocaba, los acariciaba con la punta de sus dedos largos, contaba y volvía a contar los deditos pero no jugaba a comérselos o a morderlos, tampoco los besaba como había visto hacer a otras mujeres. Ella nunca.

 

A veces me siento en las iglesias para pensar en mi madre; casi le hablaría. Yo no creo en nada, estamos solos y nadie vendrá a socorrernos, pero me gustan las iglesias lánguidas en lo más hondo de la tarde. No hablo de catedrales orgullosas ni de basílicas en una colina, ni de la Madeleine ni de Saint-Germain-des-Prés, ni de Saint-Étienne-du-Mont ni de Saint-Sulpice, hablo de iglesias sin atributos, iglesias de entre semana, amodorradas, apenas rozadas de catequesis por señoras de buena voluntad patrulladas de lejos por un cura todavía joven, expeditivo y sonriente. Incluso en las ciudades, incluso en París, a la hora de la merienda, el trepidar ordinario refluye hacia el vientre de las modestas iglesias de barrio; allí la temperatura es más o menos constante, la luz también, allí el tiempo se olvida, se mecen sin ruido penas irremediables, nadie pregunta nada a nadie, el confesionario está vacío, las arañas van a sus labores, huele a polvo frío, huele a gris, todo es bastante feo, allí nadie te molesta ni te empuja. Abro las grandes puertas acolchadas, sorprendo silencios, olisqueo mudos fervores que me están prohibidos, me congrego. La primera vez fue el 3 de octubre de 2001, miércoles, el día del cumpleaños de mi madre, no llegaría a cumplir los ochenta y tres, no la llamaría por teléfono hacia las doce y media del mediodía, la hora que antes era la de cerrar la tienda, ella no me diría que era muy amable al ayudarla a encajar otro año más; añadía, lo de encajar ha sido lo mío toda la vida y que sea por muchos años. Me faltaba algo, había perdido algo. Al salir de la oficina, sin pensarlo, no tomé el metro en Pasteur, fui andando hacia el sur en el crepúsculo diáfano de la ciudad estridente, el aire era suave, es lo que llaman el verano indio, y esta expresión siempre me hace pensar en una canción de Joe Dassin que me sabía de memoria. Me encontré en la glorieta de Alésia y entré en la iglesia de Saint-Pierre-de-Montrouge cuyo nombre conozco porque viví en ese barrio los dieciocho años que pasé con Karim. No me senté, encendí cuatro cirios, uno para mi padre, uno para cada uno de mis hermanos y sus tribus, metí un billete de diez euros en el cepillo y lloré por primera vez desde el entierro.

 

Horacio Fortunato es un hombre que sigue. Sabe lo de Gordana, sabe lo que ocultan sus pechos gloriosos, sabe de aquella desgracia salvaje y él sigue; no falta ni un viernes a la caja ocho, con la nuca testaruda y la mano ofrecida, lista para recibir el cambio que Gordana deposita en el cuenco de plástico. Mi padre tenía una palabra para eso: arrutinarse; él se había arrutinado en la tienda de sus padres, a la muerte de su padre en 1932, se puso al frente del negocio, su madre no tenía salud y no podía llevarlo sola, sobre todo a causa de las rondas, tendría que haber pagado a alguien y el negocio no habría sido rentable con un sueldo cada mes para un empleado. Después de la mili mi padre tenía veinticuatro años, había encontrado un buen empleo en un garaje de Nevers donde ya trabajaba Georges Demy, su mejor amigo del regimiento; el jefe también confiaba en él, a él lo apasionaba la mecánica, Georges y él habrían podido encargarse del negocio, el jefe no tenía herederos y quería retirarse, Georges, que tenía talento para los negocios, se habría encargado de las ventas, y mi padre de la mecánica. Pero las cosas ocurrieron de otra manera, su madre lo necesitaba y él conocía el oficio del comercio de pueblo que había practicado junto a sus padres antes de irse a la mili; era hijo único, regresó, se quedó y se arrutinó en Saint-Hilaire. Nunca he oído a nadie más usar esta palabra, pero pienso en ella a menudo, aplicada a mí aquí en París después de que se fuera Karim, y en otras circunstancias. Yo creo que mi padre lo decía sin violencia y sin amargura; hay dulzura en las rutinas que ayudan a pasar el tiempo, las penas y la vida; los gestos de la mañana, por ejemplo, los primeros al saltar de la cama, la radio en sordina el cinturón de la bata el anillo azul del gas bajo el cazo el acolchado gastado de las zapatillas el pelo que desenredas con los dedos, los gestos de la mañana te meten en los días, ordenan el mundo, te faltan si alguna cosa los impide, quedamos molestos, y son más difíciles de compartir que todos los demás. Yo no sé si Horacio Fortunato ha compartido alguna vez sus gestos mañaneros con alguien; podría ser que viviera con su padre, pero ahora no vive con él, viene cada viernes, está de vigía, cercano y lejano a la vez, él espera, continúa, aguanta y espera.

 

Mis tres hermanos han tenido siete hijos varones; el apellido Santoire está esparcido, salvado, multiplicado. Mis sobrinos ahora ya son hombres, llevan bonitos nombres, nombres de apóstoles, de evangelistas, o de monumentos a los muertos, Pierre, Louis, Paul, Jean, Luc, Mathieu y Thomas. Todos tienen más de treinta años, viven en Lyon, en Grenoble, en Burdeos, en Marsella y en Clermont-Ferrand, no les gusta París, dicen que en París todo es complicado, todo es caro, todo está lejos, hay que hacer cola para comprar el pan o para sacar dinero, los parisinos se quedan dormidos en el metro y viven como locos o como hormigas; esta comparación con las hormigas les hace reír mucho porque Pierre, el mayor de los primos, al que llaman el gran manitú, es un especialista en hormigas reconocido en el mundo entero. Desde hace unos años y por iniciativa de Pierre y su compañera Bénédicte, farmacéutica, amazona emérita y madre de familia numerosa, rubia y radiante, todos se reúnen durante tres o cuatro días por la Ascensión en una gran casa alquilada a tal efecto en la campiña borbonesa; esos encuentros fueron bautizados con el feo nombre de primada y los antepasados están invitados a participar en ella. Yo paso por allí, me presto a ello durante una noche y al día siguiente, todos me abrazan con abundancia, se preocupan por mi salud, me encuentran rejuvenecida, me presentan a unos bebés de ojos lechosos, una Louise, una Irène, un Ulysse, me agradecen los regalos de nacimiento siempre tan bien escogidos, porque las personas que no han tenido hijos, a veces, ya se sabe, en fin a veces meten la pata, compran ropa que ya les queda pequeña o cosas que no resultan prácticas, o que no corresponden a la estación teniendo en cuenta la edad del bebé. Mis sobrinos cambian pañales y dan biberones cuando sus esposas o compañeras no dan el pecho, mis cuñadas cuidan de los niños bajo la mirada más o menos amable de sus nueras, mis hermanos se atarean en la barbacoa y juegan interminablemente al Scrabble, a la petanca o a la belote o al tresillo según el momento del día y los caprichos del clima. Forman una tribu, están juntos, todavía nadie se ha divorciado, nadie es homosexual, Mathieu, Paul y Valérie, la mujer de Louis, ya han estado en el paro pero han vuelto a encontrar trabajo, y además en su especialidad, así que se consideran afortunados, muy afortunados, mimados por la vida, han tenido suerte. Supongo que a los neófitos y otras piezas agregadas, o valores añadidos, es la fórmula de Bénédicte, siempre la misma, mis sobrinos o mis cuñadas les debieron de contar que yo nunca me recuperé del todo de una terrible decepción sentimental; Jeanne será ya para siempre mujer de un solo hombre, pero es fuerte, sabe aguantar y organizarse la vida. A la muerte de mi padre me sentí vaciada para siempre, dejé de estar envuelta por una familia.

 

Se equivocan cuando dicen que soy mujer de un solo hombre, oigo como la expresión se redondea en la boca de Pierre bajo la mirada enternecida de Bénédicte, mujer de un solo hombre, aliñado con latín, podría convertirse en el nombre científico de una especie rara de hormiga de las cumbres, Formica alta santoirina, cuyos ritos nupciales habrían tenido en vilo a la comunidad científica internacional en las últimas décadas. Se equivocan, no pueden saber lo de Lionel, fue justo después de mi llegada a París y Lionel quería a toda costa que fuéramos lo más discretos posible hasta que yo estuviera segura de mis sentimientos, empleaba este giro un poco en desuso ya en 1966, y él notaba que yo no lo estaba, no estaba segura de mis sentimientos, todavía no. Él estaba seguro de los suyos, segurísimo, lo tenía todo planeado, me conocía de toda la vida, me había visto nacer y crecer, tenía casi catorce años más que yo y veintiséis menos que su tío, Georges Demy, el amigo del regimiento a quien mi padre había dejado de lado para enterrarse en su tienda en el quinto pino, y a los dieciocho años yo pensaba que tenía razón. Georges Demy y mi padre siguieron muy unidos, los Demy venían cada año, el 15 de agosto, era su día; la tienda y el garaje estaban cerrados, se hablaba de ello y se pensaba en ello mucho tiempo antes y mucho tiempo después, el menú era enorme e inmutable, melón con oporto, melón nuestro y oporto de los Demy, terrina de pescado de Suzanne Demy que era hija de marinero exiliado en el interior y sabía de qué iba la cosa, chuleta de buey a la barbacoa, el triunfo de mi padre, judías verdes de nuestro huerto, quesos de los Demy, ensalada de los Santoire y dúo de postres, dicho de otro modo el doble Suzanne, pues mi madre y la señora Demy compartían ese mismo nombre vivaz y flamante, tejas de almendra de una y huevos a la nieve de la otra. Llegaban sobre las diez; no llegaban, desembarcaban, en un coche distinto cada año y cada año más rutilante, potente, admirable y admirado. Se iban por la noche. Mi padre acariciaba el vehículo con mano cariñosa, los hombres se hundían en consideraciones mecánicas mientras las mujeres se esforzaban en la cocina. El día de los Demy es un día de sol en mi memoria, cada año el 15 de agosto en el gran torpor de los veranos vacíos pienso en ellos; se reían, nos reíamos, no recuerdo de qué, yo no me enteraba de todo, los Demy eran alegres. Siempre los conocí, siempre formaron parte de mi paisaje, yo era la niña, me llamaban así, Suzanne Demy elegía para mí en una tienda muy buena de Nevers un vestido perfecto que yo lucía inmediatamente y que sería mi mejor gala durante el año siguiente. Los estoy viendo a los tres en el entierro de la abuela Lucie, en marzo, el año de la reválida; para mi madre y para mi padre Lionel estaba solo; Georges y Suzanne nunca pudieron tener hijos, era su herida de cada día, Lionel fue a vivir con ellos cuando sus padres, la vigilia de su cuarto aniversario, tuvieron la desgracia de aplastarse contra un camión que circulaba en dirección contraria por la carretera nacional recientemente ensanchada a la salida de Nevers en dirección a París. Criaron a Lionel que les tenía una devoción absoluta y no quería decepcionarlos haciendo tonterías conmigo; sobre todo conmigo; a Georges y a Suzanne, Lionel los llamaba por su nombre, habrían estado tan contentos, les habría gustado tanto, a sus ojos yo solo tenía un defecto, del que no era responsable, mi nombre, mi nombre de abuelita. Mi primera vez fue con Lionel, en mi habitación de estudiante en París; él era más bien guapo y muy dulce, yo lo encontraba un poco mayor pero no me daba miedo. Venía de Nevers cada semana por razones oficialmente profesionales, sus negocios iban creciendo, tenía proveedores en la región de París; la contabilidad del garaje solo me esperaba a mí, en Nevers solo me esperaban a mí, me esperaban demasiado, por más que no sabían nada. Lionel tenía una amiga en París, la gente se alegraba de que por fin saliera con chicas, lo acuciaban para que presentara a la elegida. Finalmente, el 31 de marzo de 1967, conocí a Karim.

 

He visto a Gordana en el metro, en la línea 6, dirección Charles de Gaulle-Étoile; yo había subido en Bel-Air, en el vagón de cabeza, eran poco más de las siete de la tarde e iba al cine, bajaría en Raspail y seguiría a pie hasta el bulevar Montparnasse, como hago siempre. Me senté y la vi, primero reconocí el amarillo de su cabello, su melena tozuda, la cabeza muy inclinada, como hundida en un libro delgado de cubierta dura y acartonada; era ella, sin la blusa, con sus pechos formidables embalados en una cazadora de cuero fuerte, con cuello alto y cremallera, una cazadora verde oscuro, brillante, sin fiorituras de ningún tipo, una gran cazadora de hombre, curiosamente cerrada, encadenada hasta arriba. Se veía su piel blanquísima, sus pómulos altos, y bajo la punta de su barbilla, el anillo plano de la cremallera. Leía vorazmente, pasaba las páginas con una especie de brutalidad, con la mano izquierda de uñas rosas que apenas asomaban de las mangas demasiado largas de la cazadora; sin duda es zurda, y en la tienda tendrá que contrariarse, así lo decíamos cuando aprendí a escribir en la escuela primaria, contrariar a los zurdos, mi abuela Lucie era zurda y la habían contrariado, me repetía riendo, no te dejes contrariar, pajarita mía, no te dejes dominar. El equipamiento de la caja del Franprix debe de estar concebido para los diestros y Gordana se ha adaptado; me sentí casi ofendida por no haberme dado cuenta antes, yo que creía estar en todo. Desde el asiento abatible donde yo estaba sentada, veía que el título del libro que leía Gordana no estaba escrito en francés, los colores chillones estallaban en la cubierta, azul, verde, amarillo, los caracteres en naranja que se destacaban sobre el fondo blanco podrían ser ruso o algo así, lamenté no saber lo suficiente sobre los alfabetos de todas las lenguas de los antiguos países del Este. Encima de lo que debía de ser el título, desde mi asiento, distinguía claramente un sombrero de paja adornado con una gran flor de girasol y como colocado en equilibrio sobre una barrera de madera marrón. Si Gordana hubiera salido antes que yo, creo que la habría seguido, aun a riesgo de que me reconociera, me habría perdido la sesión de cine. Bajé en Raspail, como tenía previsto, con el corazón latiendo y las manos un poco húmedas.

 

Isabelle habría querido que rehiciera mi vida. Ella nunca habría empleado ese giro resobado que mi madre usaba muchas veces con una ternura tenaz, emocionante y atareada, las preguntas y las órdenes no formaban parte de sus maneras. Recuerdo una tarde de verano, estábamos las dos en la cocina, el año de mis cincuenta años; amenazaba tormenta, se estaba preparando desde el mediodía, no estallaba, el patio inundado de luz mojada se abría a mi espalda, mi madre estaba frente a mí, estábamos clasificando y separando papeles del año anterior, aquello era mi tarea de verano y así mis padres tenían la seguridad de mantener sus archivos en perfecto orden. A mí me gustaban aquel trabajo y aquellos momentos propicios a la palabra; a la palabra o a las declaraciones más que a la conversación, nosotras no conversábamos propiamente, lo que se decía no era tanto para discutir como para oír. La voz de mi madre había ascendido en el aire cálido, no me miraba y parecía estar hablando consigo misma, ya verás, a partir de los cincuenta tenemos necesidad de apoyo, los amigos están bien pero no es lo mismo y cuando te haces vieja los vínculos se aflojan, nosotros con los Demy éramos muy íntimos y estuvimos muy unidos entre nosotros y ahora nos encontramos en los entierros y casi nada más, tu padre y yo nos iríamos más tranquilos si supiéramos que tienes a alguien, que has rehecho tu vida. Isabelle no decía nada, no anunció nada, pero, discreta y espabilada, se las había arreglado en varias ocasiones para que conociera en su casa, en Verrières, a su hermano mayor y predilecto, o a un primo de Laurent, o a un vecino dentista muy aficionado a la jardinería, todos ellos provisionalmente solos, peligrosamente cerca de los cincuenta, a consecuencia de un divorcio o una viudedad. El primo de Laurent, Philippe, enseñaba informática en la universidad Paris-Est de Marne-la-Vallée, después de pasar casi treinta años en Tel Aviv donde vivían sus hijos; con los ojos azules y el cuerpo trabajado por la antigua práctica del maratón, tenía la palabra escasa y densa, así como sólidos argumentos. Durante cerca de tres años, encontré con él la connivencia de los wésterns del domingo por la tarde en el Champo o el Grand Action; nos esforzamos, fuimos buenos compañeros, hicimos los gestos que visten la vida ordinaria pero teníamos nuestros fantasmas familiares. Yo no olvidaba a Karim y Philippe conservaba en su habitación las cenizas de su mujer, machacada, él solo utilizaba esta palabra, a los cuarenta y siete años por un cáncer fulminante. Habría podido convertirse en un amigo sólido y valioso, probablemente, si no hubiese optado, casi a los sesenta años, por irse a vivir y a trabajar a Tasmania, de donde recibo cada año felicitaciones rituales cada vez más lejanas, aunque manuscritas.

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