Nuestras vidas

Marie-Hélène Lafon · Capítulo 1 de 4 · parte 3/3

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Nuestras vidas

El supermercado Franprix de la calle Rendez-Vous,…

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

 

En septiembre de 1985 Karim no regresó de Argelia. No me telefoneó, no me escribió, no me comunicó nada, no regresó, eso es todo; empezó el silencio, empezó la ausencia, su silencio, su ausencia; yo aguanté y durante unos cuantos años infraviví justo a ras de los gestos y las cosas, apenas en la superficie, apenas con la cabeza fuera del agua. Karim tenía cinco años más que yo, había nacido en Argelia, pasó la infancia entre Lyon y Orán al ritmo de unas tribulaciones familiares de las que jamás hablaba, no tenía ningún recuerdo de su padre, que ya era viejo cuando él nació, yo le suponía, al menos por ese lado, hermanastros y hermanastras mucho mayores que él, pero comprendí que lo mejor era no hacer preguntas. Decía que las penas antiguas hay que dejarlas dormir y yo estaba de acuerdo con él. Estábamos de acuerdo en lo fundamental, no discutíamos jamás, muchas veces nos callamos juntos y yo tenía plena confianza en él. Conocí bien a su madre, venía a Francia un año de cada dos durante tres semanas en el mes de julio y al año siguiente Karim iba a pasar una semana en casa de ella en Orán; él no decía en su casa, decía a su lado, como si estuviera enferma. No podía atribuírsele ninguna edad, podía tener cuarenta y cinco años o sesenta y tres, nunca se lo pregunté, habría podido ser mi madre o mi abuela. Había vivido en Lyon y en Grenoble de manera intermitente, pero hablaba un francés rudimentario y rugoso, poco propicio a las confidencias. No me molestaba, aunque dormía en el sofá del salón, se adaptaba a nuestro ritmo y cocinaba de maravilla; nos tomábamos una semana de vacaciones e íbamos a visitar castillos, Versalles, Vaux-le-Vicomte, Fontainebleau, Chambord, Azay-le-Rideau; íbamos a pasar el día con un pícnic suntuoso, a ella le gustaba viajar en coche, las fachadas orgullosas, las escalinatas monumentales, la ebanistería trabajada, los dorados, las habitaciones principescas tapizadas de sedas engalanadas, las altas ventanas adornadas con contraventanas interiores, los parqués en espiga y hasta los cordones de pasamanería color burdeos que contenían a la marea de visitantes; los jardines la aburrían y los bosques de la Île-de-France también, decía que era demasiado verde. Después de aquella semana los dejaba solos y yo me iba a pasar diez días con mis padres; era sencillo, las cosas se habían arreglado así, sin negociaciones ociosas. Me gustaba su manera de abrazarme al llegar, al partir; olía a limón, a menta, quizá a heno seco, en todo caso un aroma de hierba; vestía a la europea, no rezaba, pero no bebía alcohol ni comía cerdo. Karim no cambiaba sus costumbres cuando estaba ella. Ahora mismo todavía me pregunto si aquella mujer era realmente su madre.

 

Horacio Fortunato tiene las sienes plateadas, claramente más la izquierda que la derecha. Hoy lo he visto y me he cruzado con él dos veces en el supermercado antes de pasar por la caja ocho detrás de él, hacía las compras más importantes y había cogido un carrito a la entrada del establecimiento. Se inclinaba sobre los productos de limpieza, leía las etiquetas del dorso de los frascos, sin gafas, y he pensado que su perfil izquierdo era dulce, casi tierno. Cuando cogía los productos con la mano, parecía que los acariciara, que los envolviera, era casi incoherente; habríase dicho una ceremonia, de pequeño debió de ayudar a misa, quizás en Saint-Pierre-de-Montrouge que es justamente la iglesia más cercana a la calle Focillon; era fácil imaginarlo en sobrepelliz, con el pelo oscuro muy tupido impecablemente cortado en la nuca, las orejas y la frente, los pies calzados con zapatos marrones embetunados por su madre que también le debió de enseñar los gestos porque un hombre debe saber ocuparse de sus cosas; zapatos marrones, no negros, el negro es de luto y llama a la muerte, es demasiado serio para un niño o un joven, el marrón queda mejor y va bien con todo; los zapatos apenas asomarían, él siempre fue bajo, más bajo que los demás, pero macizo, recio, vivaz y fornido, y nunca estuvo enfermo, ninguna de esas enfermedades infantiles que preocupan a los padres, las madres se pasan las noches los padres no saben qué hacer, ni la escarlatina ni el sarampión ni apendicitis, nunca anginas ni otitis, jamás resfriado o fiebre en el momento de ir al colegio, siempre en forma Horacio, y dispuesto; acaso no del todo contento, en realidad nadie habría podido decir si estaba contento porque no hablaba mucho y sonreía con demasiada formalidad para que uno pudiera hacerse una idea cabal. La maestra de segundo de primaria, que se ocupaba mucho de los niños, escribió en el informe de fin de curso que era reservado y esta palabra le convenía, reservado pero no blando, ni lento, ni dormido, ni perezoso, ni distraído, ni atolondrado, ni nenaza, cuando yo era pequeña llamábamos nenaza a los niños delicados que siempre hacían remilgos o andaban quejándose, no era precisamente un cumplido, sobre todo para los chicos. Me imagino muy bien a Horacio Fortunato como monaguillo, impecable, pero no del todo convencido; solo los chicos pueden ayudar a misa, las niñas no pueden, en todo caso no podían en mi infancia, ni, supongo, en la de Horacio Fortunato, aunque él es mucho más joven que yo. La abuela Lucie, que era devota, se indignaba y pensaba que yo habría estado perfecta con la sobrepelliz, no me habría visto pero habría soñado conmigo. Todavía estaba entre nosotros cuando hice la comunión solemne y me acuerdo de sus manos ligeras sobre el pequeño cuello alto del alba, que le encantaba, sobre los pliegues planos, cuatro pliegues planos dos sobre el pecho y dos en la espalda, sobre el nudo del cordón flexible y sedoso, sobre las amplias dobleces de las mangas; exigió que compráramos aquella alba con su dinero, no hubo manera de hacerla desistir, para mí no alquilarían el alba como hacía siempre todo el mundo, salvo en ciertas familias acomodadas, que la gente pensara o dijera lo que quisiera. Cuando murió, mi madre y yo colocamos aquella alba sobre ella, con el cordón; cruzamos, ella y yo, las manos de la abuela Lucie sobre el alba que mi madre había lavado varias veces para eliminar las huellas amarillas de los pliegues.

 

Yo podría ser la madre de Horacio Fortunato. De Gordana todavía más, pero no me veo como madre de Gordana en los suburbios de Cracovia, Sofía, Bratislava o Brno; no me veo cargando a esa niña impedida, muy pronto aislada, aunque rubia y rosa, que debió de ser Gordana. La infancia de los otros es un reino lejano, no tenemos acceso a él, se esquiva se escapa. No me imagino los primeros zapatos de Gordana, el zapatero del pueblo debió de improvisar con un retazo de cuero oscuro una zapatilla alta elástica y envolvente, un objeto que tenía algo de saco, de funda, de estuche; debieron de hacer pruebas, tendrían miedo de lastimar la carne, pero había que inventar una solución, la niña trotaba, galopaba, se arrastraba cuando no podía hacer otra cosa, se propulsaba; costaba encontrar un nombre para designar eso, nadie lo decía, no se hablaba de ello y nadie se acababa de acostumbrar a verla, incluso la miraban lo menos posible desde que empezó a andar, a querer jugar con los demás niños en el patio, hermanos hermanas primos vecinos, era vivaz incluso algo salvaje, habría sido bonita, no era alegre y se mostraba tenaz incluso en el juego, no le habría costado mucho pelearse, ya no quería de ninguna manera que la llevaran en el cochecito que sin embargo resultaba muy práctico, se ponía a gritar en cuanto lo veía y había que ceder, de tan dura y difícil que era, también la compadecían; ella hablaba poco, no lloraba, lo entendía todo. Saldría del círculo familiar y del barrio, iría a la escuela, no podían dejarla con su pie arado con cordel dentro de un manguito marrón de lana gruesa sólidamente sujeto mediante una goma elástica que no impedía la circulación, la abuela tuvo aquella idea porque en su juventud todavía llevaba medias sujetas de aquella manera y también porque hacía conservas vegetales en unos tarros cerrados con aquel tipo de gomas naranja, anchos y planos. Se suponía más o menos que en el extranjero debían de existir médicos, servicios especializados, tal vez la podrían operar; a través de la hermana de la vecina, que era auxiliar de enfermería, habían oído hablar vagamente de un muchacho que había mejorado mucho, pero no se curó, eso no se cura, sobre todo si los tratamientos se empiezan a dar demasiado tarde, incluso después de varias operaciones complicadas, al menos dos o tres, y de largos períodos de rehabilitación; nadie sabría dónde ir, para esas operaciones, ni a quién dirigirse, y el transporte, los desplazamientos, no tenían medios ni dinero, era demasiado lejos, esos tratamientos no son para nosotros, trabajamos de sol a sol, nos pasamos la vida corriendo, nos desgastamos, apenas conseguimos salir adelante con todas esas criaturas. Si al menos solo hubiéramos tenido esa, y en cierto sentido ha sido una suerte que no tuviéramos solo a esa, no se conocía ningún otro caso en la familia y el hijo que vino justo después de ella, veinte meses después, era bien derecho, bien recto, tenía todo lo que hay que tener, es lo primero que gritó la comadrona en el momento del parto, lo tiene todo todo, incluso antes de decir que era un niño, y todo el mundo comprendió que esta vez había salido bien.

 

Yo habría podido ser la madre de Horacio Fortunato. Lo habría tenido a los dieciocho casi diecinueve, Lionel habría sido el padre, mis padres, sobre todo mi madre, se habrían enfadado un poco con él por no haber hecho las cosas en el orden debido; el embarazo habría sido muy difícil, habría tenido que permanecer acostada, moverme lo menos posible, entre el quinto y el octavo mes, y los médicos me habrían prohibido nuevos embarazos so pena de peligros mortales. Suzanne me habría mimado como a su propia hija y habrían esperado para el vestido, los sombreros de las suegras, el cortejo entre el ayuntamiento y la iglesia, mi mano enguantada descansando en el brazo izquierdo de mi padre muy serio y a un pelo de las lágrimas, las peladillas, los caminos de mesa floridos, la hilera de honor al salir de la iglesia y el gran temblor de la boda, el vino de honor con todos los empleados del garaje y sus esposas, lo habríamos celebrado todo junto, la boda y el bautizo del niño, el sábado 28 de octubre de 1967, el día de los treinta tres años de Lionel, no lo habíamos hecho adrede pero fue una bella casualidad. Las familias apenas habrían pensado que yo era muy joven, que no había vivido nada más y que ni siquiera había tenido tiempo para emprender de veras los estudios de contabilidad de los que se hablaba para mí, y también que había una gran diferencia de edad y que todo era un poco precipitado; pero Lionel ya tenía más de treinta años, y una excelente situación, entonces un hijo, un niño además, era una bendición para regentar el garaje más tarde, quizá, si le gustaba y le apetecía y tenía vocación, y sobre todo por Georges y por Suzanne, que habían sufrido tanto por no tener hijos y todavía estaban perfectamente fuertes para servir de abuelos-tíos-tías del niño. Yo no habría podido dar el pecho; después del nacimiento pronto habría recuperado la talla maniquí, según Lionel, o la línea salsifí, según Suzanne; sin pasar jamás por una madre indigna, y fuertemente animada por Lionel, habría estudiado contabilidad en Nevers, delegando de buena gana los cuidados del bebé, los pañales, los biberones, los eructos, en Suzanne o incluso en Georges, maravillado ante la menor sonrisa del niño providencial y con prisas por pasar las noches como insomne inveterado, convencido de trabajar finalmente por la buena causa. Así secundada, apoyada y rodeada, a los veintiún años habría podido hacerme cargo de toda la contabilidad de la empresa, llevada hasta entonces por una señora eficaz pero cada vez más superada por la hermosa expansión de los negocios y poco acostumbrada a las técnicas modernas que yo dominaba perfectamente. Lionel murió a los setenta años, en 2004, de un ataque cardíaco, en realidad nunca dejó de ocuparse del garaje, estaba divorciado, vivía solo y su hija única no tardó en vender el negocio.

 

Karim era guapo, era perfectamente guapo; todas las mujeres lo pensaban, lo sentían, bajo la piel, en el vientre, sin palabras, sin frases. Solo se tomaba la molestia de aparecer con su paso largo, la nuca flexible, las manos soberanas; sus cabellos suaves formaban un halo, le hacían una corona, una se perdía en sus ojos verdes, sus hombros y sus caderas daban ganas de bailar. Yo no me resistí, quedé fulminada, ardía dentro de mi vestido de lana azul con cuello de punta, conservé ese vestido mucho tiempo; no pensé en Lionel, en su pena, en su cólera, ni en las distancias que iban a abrirse en mi vida para siempre porque Karim era árabe. En marzo de 1967, el 31 de marzo, viernes, yo terminaba un cursillo de formación en el servicio contable de la clínica psiquiátrica del bulevar de Batignolles, era el último día, éramos dos becarias en la misma situación, estábamos celebrando nuestra partida y la jubilación del jefe de servicio, monsieur Bérard, que invitaba a champán. El cuñado de monsieur Bérard tenía doce hectáreas de viñedos en Châtillon-sur-Marne, en el lugar adecuado; un acierto completo, le gustaba repetir a monsieur Bérard, un hombre bonachón y facundo, que invitó a los dos cuidadores de Sainte-Anne a reunirse con nosotros. Recuerdo exactamente cada segundo de aquel momento, cuarenta y cuatro años después; Karim entró en la pieza estrecha en la que tenían lugar las comidas, precedido por su colega, que, al ser mayor y estar más familiarizado con el equipo, se mezcló inmediatamente en la conversación; él permaneció unos momentos retirado, ligeramente flotante, tenía modales, primero parecía un poco ausente y luego su presencia se imponía; todo estaba en sus gestos, su manera de estar, de escuchar; una no olvidaba, no lo olvidaba, los hombres tampoco, algunos de los cuales le profesaron de entrada una indefectible y palpable hostilidad. Monsieur Bérard le ofreció una copa, una auténtica copa, no un vasito, el champán no se bebía en vaso en 1967 en la clínica de Batignolles; apoyó su gesto con un atronador Adelante, jóvenes, una fórmula jovial que usaba en cualquier circunstancia. Yo estaba allí clavada, fulminada, muda y atada; aquella exclamación, oída mil veces durante el trimestre que duró el cursillo, me transportaba a los tiovivos de las ferias de mi infancia en Saint-Hilaire y, al mismo tiempo, la mirada verde de Karim cortaba mi vida en dos, formaba una frontera entre el antes y el después, el mundo sin él y el mundo con él. Sentí cómo pasaba sobre mí, me inundaba, y me atravesaba, y me taladraba, y me clavaba, y me horadaba, me acariciaba, aquella luz, aquella unción, aquel rayo, aquella avalancha; golpe de espada, de proyector, de rayo, espada de fuego, ordalía; lo llamamos como queremos, como podemos. He buscado con mucho cuidado las palabras sin encontrarlas realmente, para esas cosas que no se cuentan, que yo no he contado a nadie y que tan solo he rumiado para mí misma antes de que se fuera Karim, durante nuestros dieciocho años de común y ordinario milagro, y después de su marcha; o su desaparición, no puedo elegir, por más que sé que no está muerto y que tuvo un hijo, cuatro años más tarde, en 1989, en Marsella.

 

Rumiar pertenece a la abuela Lucie. Cuanto más avanzo en edad, más me vuelven sus expresiones, sin que me dejaran nunca del todo; de Karim habría dicho, es un bribón, un tunante, un cabeza loca, un macaco, un salido, un urogallo, un príncipe, una diva, alternativamente y en un haz, en ráfagas. El macaco bailaba con las manos que acompañaban sus frases; mis hermanos, entre quince y veinticinco años, habían sido macacos, ruidosos, agitados, eruptivos, capaces de hazañas minúsculas e inútiles, por gusto, por alegría; capaces de llevarla un Primero de Mayo, a ella, a ver el mar en Saint-Jean-de-Monts, donde los mellizos habían sido monitores de colonias, porque ella confesó en la mesa, el día antes, que era la única promesa que su marido le hiciera y que no cumplió jamás, cuando las playas de la bahía del Somme estaban muy cerca de su casa. Tus hermanos tomaron la antorcha, diría ella después, contándome incansablemente, cada Primero de Mayo, la partida a hurtadillas a las seis de la fresca madrugada, el regreso a medianoche, la nota que dejaron sobre la mesa de la cocina para mi padre a quien tomaron el coche prestado y que habría lanzado alaridos, el menú muy aproximado del pícnic, pan y mayonesa de tubo, pepinillos y galletas de vainilla y chocolate con arroz, en el garaje se habían olvidado los embutidos, la fruta y el termo del café. La abuela no vio el mar, lo olió y lo oyó, husmeó olfateó, como un perro de caza, y lo escuchó mejor que si hubiese podido verlo; el agua estaba fría, todos se habían paseado descalzos entre las primeras olas; tus hermanos me sostenían por los brazos, gritaban que el mar nos lamía los pies, que era verde, entre verde y gris, de un verde difícil de decir, precisaba ella, buscando la imagen precisa, girando alrededor de ella con glotonería, verde y gris a la vez, como ciertas cortezas de árboles, o líquenes, pero no verdín, se reía ella, y no azul, para nada azul, azul sobre todo no. Estuvieron cantando todo el trayecto, a la ida y a la vuelta, más de mil kilómetros, ella con ellos, los cuatro, canciones de moda que la abuela había oído en su pequeño aparato de radio con funda gris, y que se sabía de memoria mejor que los chicos, y también otras canciones, más antiguas, que venían de su infancia y hacían reír a los jóvenes. Los jóvenes tienen que reír, subrayaba este dicho con el índice apuntando y subrayando a conciencia la i del verbo reír. Cuando me hacía recitar las conjugaciones, en la escuela primaria, siempre escogía verbos alegres, los llamábamos las joyas de la corona, recítame una alegre joya de la tercera conjugación, Jeanne, y separa bien las letras, que vea que has estudiado; teníamos nuestros favoritos, revivir, adquirir, compartir, la abuela odiaba abatir y sufrir o partir, pero reír era nuestro verbo favorito. Karim y yo nos reíamos mucho; también en eso fuimos jóvenes. Todavía hoy día, en el metro, en el autobús, o en la calle, aquí en la avenida, delante del colegio Courteline, todavía a veces sorprendo esas risas irreprimibles, en cascada, que sacuden al unísono y reúnen a un racimo móvil de chicas o chicos olvidados del mundo bajo la mirada interrogadora, furibunda, alarmada de los otros, los adultos, los viejos, la gente, los tristes, los sentados, los rancios.

 

A Gordana, de niña, le habrían encantado los animales; algo con que aportar luz al túnel de las estaciones apretadas. Le habrían gustado todos los animales, los que criamos para comerlos, las cabras de ojos amarillos atareadas en pacer la hierba de las cunetas y del menor descampado en aquellos suburbios sin nombre en los que ella creció, los conejos de terciopelo hacinados en jaulas rudimentarias, las palomas de alas enguantadas de rosa, o incluso las gallinas con fama de esquivas en las efusiones, pero también los otros, a los que no se da de comer porque no serán comidos, los gatos famélicos y temerosos acostumbrados a la brutalidad eruptiva de los humanos, y más que nada los perros: perros sin calidad, sin estado civil, hambrientos de nacimiento, raramente acariciados, aficionados al gregarismo y de ladrido fácil. No habría tenido un animal solo para ella, no podía permitírselo, pero la habrían dejado libre de volcar, con gran refuerzo de borborigmos inagotables y de ínfimas sobras de comida hábilmente afanadas, los torrentes de su afecto vacante y desmadrado sobre los animales ajenos, y sobre los errantes que ella sabía engatusar e inmovilizar a pesar de su pata loca; lo decían así, la pata loca de Gordana, no designaban la cosa por su nombre, eso no tenía nombre. En Francia conservó aquella pasión por los animales pero tampoco tenía mascota; cómo tener un perro, un gato o siquiera un pájaro con lo que le cuesta reunir el dinero que ha de mandar al extranjero cada mes para el chico y la familia, además los pisos no están pensados para eso, son demasiado pequeños, la gente vive apretada, los unos encima de los otros, los vecinos se quejarían, criticarían, y una no está nunca en casa, una se pasa el día en el trabajo y en los desplazamientos para ir y venir; una mascota exige mucho, pide tiempo y cuidados, incluso cuesta dinero, un poquito, y para hacerla infeliz, no vale la pena tener mascota y se acabó; asunto arreglado, clasificado, no se hable más, ni siquiera se piense más en ello. En el Franprix, las únicas verdaderas miradas que Gordana se dignaba lanzar desde el habitáculo de su caja iban destinadas a los perros más o menos plácidos atados a la entrada del establecimiento y condenados a esperar el regreso del amo sometido a las necesidades del avituallamiento. Un caniche color albaricoque llamado Nino, veterano y afectado por pequeños temblores que compartía con su dueña, tan llena de rizos, precaria y tambaleante como él, me procuraba a veces el placer de sorprender a Gordana en plena conversación; mientras la clienta sudaba para embutir los tres productos en las profundidades de un cesto sobredimensionado, Gordana, olvidando la eventual fila de espera, se dedicaba a aliviar la supuesta angustia del perro repitiéndole, en un francés arrogante y cantarín a un tiempo, no tengas miedo Nino, ahora vuelve mira ya ha vuelto Nino ya está aquí no tengas miedo.

 

La última vez que vi a Isabelle, le quedaban seis años por cumplir, tal vez menos si se portaba bien y obtenía reducción de pena, tal como tenía la firme intención de hacer; acababa de pedir el traslado a Rennes donde las mellizas estudiaban medicina. No quería que nadie la friera a ver, solo sus hijas y yo. El año que cumplió los cuarenta, el segundo domingo de marzo, comprendió que Laurent estaba llevando una doble vida desde hacía tiempo, al menos cinco años, ya que tenía un hijo de cuatro años con otra mujer, perito contable como él. Isabelle no se confió a nadie, ni a sus hijas, ni a sus hermanos, ni a mí, ni a sus pocas otras amigas; no tenía muchas amigas, decía que lo había entregado todo al trabajo y a la familia, entregado, no sacrificado, no se había sacrificado, incluso le gustaba aquella vida muy cronometrada, cuadriculada, organizada, amaba a su marido, a sus hijos, a las familias de ambos, en el sentido amplio de la palabra, y amaba su trabajo; es lo que dijo al tribunal, exactamente y en este orden, todavía tengo su voz en el oído, su voz de cada día su voz del despacho, intacta. Isabelle no habló con Laurent, no gritó, no lloró, ni suplicó, ni trató de hallar a la otra mujer, parlamentar, negociar, comprender, desmontar y remontar los engranajes para reinventar el curso de la historia. Nada cambió en su vida, en la vida de todos; en el jardín de Verrières, como cada año en la misma época, preparó su huerto para los tomates, los calabacines y las lechugas, se ocupó de los rosales y de la glicina, sacó los laureles que pasaban el invierno en el garaje. En el despacho se habló del seto de forsitias, de lilas y de la seringa que tuvo que podar severamente el año anterior porque se volcaba demasiado sobre la calle y molestaba al vecino. No se vio venir nada, yo no vi venir nada. Isabelle esperó tres semanas; el domingo de Pascua siempre comían en familia en casa del hermano gemelo de Laurent, soltero reincidente, notario en Sologne, excelente cocinero, vividor, experto cazador y pescador inveterado, padrino de las mellizas y melómano monomaniaco. Al día siguiente, lunes de Pascua, de regreso en Verrières, Isabelle se las arregló para alejar a los niños, los chicos al rugby y las mellizas al cine con una amiga y los padres de esta; a las dos de la tarde, Laurent, como estaba previsto, bajó al garaje para coger el coche y volver al despacho de donde regresaría muy tarde, trabajaba muchísimo, salvo el domingo, que siempre preservó y reservó a la familia; Isabelle esperaba de pie, al lado del coche, con la mejor carabina de su cuñado en las manos. Disparó sin fallar, frente a frente, en pleno corazón. En el tribunal repitió dos veces, él la había traicionado, él la había traicionado; su voz solo se quebró para pedir a sus hijos que la perdonaran por haberlos dejado huérfanos; sus hijas la perdonaron, perdió el contacto con los chicos y se ahorcó en la celda tres semanas después de su llegada a Rennes. La incineración tuvo lugar en la más estricta intimidad. No he vuelto a ver a sus hijos, ni a sus tres hermanos que transformaron el negocio familiar en una empresa próspera y me repetían en el proceso, con los ojos enrojecidos, las manos anudadas, se pasa página, o se cierran los ojos, o se pide el divorcio, en nuestros días te puedes divorciar, a nuestra edad y en su situación es solo una cuestión de pasta, suerte que papá y mamá no han tenido que pasar por esto, suerte que están muertos, papá y mamá; movían la cabeza al decir aquellas palabras de niños, papá y mamá, pasta, que se les quedaban atravesadas en la garganta. Ahora las mellizas viven en Lyon; nos comunicamos regularmente por correo electrónico y comemos o cenamos juntas cuando vienen a París. Conocen y quieren a su hermano menor. No han quedado destrozadas, son valientes y estupendas.

 

La palabra chiquitín le sienta bien a Horacio Fortunato; ha caído en desuso y también procede de mi abuela Lucie, para quien algunos niños varones, no todos, seguían siendo chiquitines hasta la edad de la primera comunión; después entraban en una categoría indecisa, difícil de nombrar, incluso para ella, de la que no salían sino gracias al permiso de conducir, el primer sueldo y el servicio militar. Horacio Fortunato hizo el servicio militar, ni se le habría ocurrido evitarlo; posó de uniforme con sus padres, su madre ya enferma, muy cansada, con las facciones tirantes por una sonrisa resplandeciente y voluntariosa, sentada en un sillón de terciopelo marrón de respaldo alto, los pies calzados de cuero burdeos, el vestido de manga larga, de lana verde, decorosamente estirado sobre las rodillas, todos los colores, el verde, el marrón, el burdeos, como tragados, agotados por los años y la luz de los días durante todo el tiempo que la foto lleva presidiendo el piso del padre y el del hijo en el mismo lugar, sobre la cómoda, en el dormitorio, con su marco de madera barnizada por obra del padre que en el bricolaje fue inventivo y minucioso. En la foto, el padre y el hijo no sonríen; el padre estaría a la izquierda del sillón, con los brazos colgando, las manos abiertas, la frente ancha y abombada, poco pelo, la mandíbula cuadrada, más alto que su hijo, otro cuerpo, pero la misma inquietud y parecida agudeza en la mirada porque él lo sabe, ellos lo saben ya, el padre y el hijo, que no podrán hacer nada, que todos sus cuidados y su hermosa energía y su espera y su vela y su paciencia y su dulzura, por no emplear grandes palabras, que todo eso fue dado para nada, agotado, esparcido en vano. Ella sigue allí, la mujer, la esposa, la madre, una imagen que permanecerá en la foto que ellos guardarán piadosamente, preciosamente, pero ella se va, a cada segundo, algo de ella se deshace sordamente, se derrama, desaparece. Ella también lo sabe, tampoco puede hacer nada, no se rebela ni se resigna, le habría gustado mucho quedarse, con ellos, con sus hombres, padre e hijo, que son fuertes y tiernos y la necesitan, pero algo la llama, ya no está aquí, los volverá a encontrar, a los suyos, a su madre, a su hermana mayor, a su hija sobre todo, a su hija que no debería haberse ido antes que ella; las mujeres de su familia no duran mucho, pronto liberan la plaza, y dejan unos viudos poco elocuentes flanqueados de hijos mayores aún no del todo acabados. La madre reza, y siempre ha rezado, ha conservado su religión, la del padre está un poco raída, gastada, descolorida desde la muerte de la hija, la madre no sabe cómo lo lleva él ahora, ni tampoco su hijo, de eso no se habla, ni siquiera ahora; llegado el momento la madre querrá un sacerdote, harán lo necesario y ella tiene confianza. La tumba de la hija está en el cementerio de Bagneux, la muchacha está sola allá lejos, hace ya treinta y dos años, la hizo llorar durante años, por la noche, sobre todo en invierno, lo de saberla sola allá lejos, al otro lado del bulevar periférico lejos en el extrarradio, bajo la piedra grabada y bien cuidada, bien florida, pero de todos modos, su hija, sola, es una cosa que la hacía llorar. Ahora se reunirá con ella. En la foto, el hijo está a la derecha de la madre y se mantiene erguido en su uniforme que debió de ser de un azul muy oscuro, el grueso pliegue del pantalón choca con los zapatos negros y brillantes, tiene la mano izquierda posada sobre el hombro de la madre, sobre el vestido verde, posada, como un guante de seda.

 

Mi padre vivió solo un poco más de un año, quince meses exactamente, y murió durmiendo, en su casa, a los noventa y cuatro años. Se libró de su pesadilla diaria, la dependencia extrema, el ingreso obligado en una residencia geriátrica, lo que él llamaba el sanseacabó. Curiosamente, ninguno de nosotros parecía haber pensado jamás que él quedaría el último; nuestra madre sí, pero él no, que era mucho mayor y parecía muy frágil, sin resuello, desde hacía muchos años. Él siguió como con ella, hasta el final. Al principio compraba demasiada comida, compraba como antes, los mismos productos y en cantidad semejante. Cuando se jubilaron, les gustaba ir juntos de recados, ellos no decían compras, sino recados, y era una salida necesaria y una distracción inagotable para unas personas que siempre habían dispuesto más o menos de todo a domicilio y sin tiempo para ir a ver lo que tenían en la competencia. Después del cierre de su negocio, ya no había tienda de ultramarinos en el barrio, ni vendedores ambulantes tampoco, salvo, cada martes, el tenaz carnicero-charcutero de Souvigny que oponía resistencia a las grandes cadenas de distribución, así lo decía él, y mi padre lo repetía con voracidad; se vestían con esmero pero sin ceremonia, no iban al médico, ni a entierros, ni a la comida anual de la tercera edad, ellos iban de recados. Tomaban el coche, conducía ella, al envejecer le había tomado el gusto a conducir, más que él, que ya no confiaba en sí mismo; solían ir a Souvigny, donde el jueves había mercado, y en caso de necesidad se llegaban hasta Buxières el miércoles. Preparaban la lista, a lápiz; escribía él, y no le gustaba que ya en plena compra se alterara la lista, aunque más tarde reconocía que, sobre todo en productos de temporada y de mercado, ella tenía razón. Por teléfono me decía, tu madre siempre tiene razón, o, tú ya me conoces, yo soy como un asno viejo atado a su pesebre, si no fuera por tu madre siempre comería lo mismo. Ya sin ella, gracias a los vecinos atentos que frecuentaban las mismas tiendas y lo llevaban con ellos, mi padre siguió gozando de los primeros espárragos, la pequeña pintada que irá a parar a la cazuela azul y dará para tres comidas, los quesos frescos de madame Lemaire que se deshacen en la boca. Me hablaba de todo eso cuando yo lo llamaba el domingo sobre las tres de la tarde y el miércoles poco antes del telediario. Bajo las instrucciones de la asistenta que siguió sirviendo en la casa como en tiempos de mi madre, mi padre también se puso sin gran dificultad a lavar la ropa y planchaba cuidadosamente sus considerables pañuelos a cuadros, las ancestrales y patrimoniales toallas de nido de abeja y demás trapos grises festoneados de rojo vivo, la ropa de cama de algodón pesado y las inservibles camisas de manga larga lisas, grises o azules, que mi madre encargó para él durante veinte años en el catálogo de La Redoute. Lo único es que dejó de tomar café, nadie sabía prepararlo como mi madre, ni demasiado fuerte ni demasiado flojo, y muy caliente; se lo tomaban, ella y él, cada día, después de comer, primero recogían la pequeña cocina que se llenaba con el mugido alerta de la cafetera; el aroma se elevaba, los envolvía, acompañaba sus gestos, mi padre lavaba los platos y mi madre los secaba, colocando cada cosa en su sitio; después se instalaban en la mesa del comedor, mi padre traía la gran bandeja redonda de cobre, mi madre lo precedía con la caja metálica y rectangular de las provisiones de chocolate; tomaban el café fuerte, y sin azúcar, y sin embargo lo removían con una pequeñísima cucharilla de plata; les gustaba el tintineo delicado del cuchara, ellos