Nueva York

Eduardo Mendoza · Capítulo 1 de 3

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Eduardo Mendoza

Introducción

Llegué a Nueva York casi por error. Yo había solicitado un puesto en un organismo internacional, concretamente en las Naciones Unidas, en la creencia de que si lo obtenía podría elegir mi lugar de destino. De haber sido así, probablemente habría optado por Ginebra, con la intención, una vez allí, de abrirme paso hacia París o Roma, dos ciudades que entonces, como ahora, me parecían fascinantes por muchas razones. La verdad es que nunca había pensado que en algún momento de mi vida pudiera irme yo a vivir a Nueva York, aunque siempre he sido persona inquieta, propensa a cambiar de residencia y de oficio con cierta periodicidad y a fabular siempre. Pero, como digo, Nueva York no entraba ni en mis planes ni en mis ensoñaciones. Ni si quiera había pensado visitar esa ciudad como viajero. Más aún: antes de pedir y obtener el puesto en las Naciones Unidas a que me acabo de referir, había escrito una novela, que fue publicada posteriormente y en cuyo desenlace el protagonista, falto de medios y de alternativas, emigraba precisamente a Nueva York. Con esto quiero decir que cuando escribí esas páginas Nueva York era para mí un confín del mundo, el símbolo del destierro y el marco idóneo, por consiguiente, para un desenlace triste. Enfrentado sin embargo a los hechos y falto a mi vez si no de medios sí de alternativas que me ofrecieran el aliciente necesario, decidí hacer de tripas corazón, aceptar el trabajo que me ofrecían en Nueva York y procurarme un traslado a otro sitio lo antes posible. En Nueva York no conocía a nadie y mi falta de interés previo había hecho que mi ignorancia respecto de esa ciudad fuera absoluta.

Sólo sabía lo que había oído contar y lo que reiteradamente relataba la prensa: historias de crímenes y violencias. Tampoco sabía o sabía de un modo muy superficial que Nueva York estaba atravesando en esas fechas por una crisis financiera sin precedentes.

Llegué por consiguiente a Nueva York con un montón de tópicos por bagaje. Si hubiese emprendido el viaje unos años más tarde, estos tópicos, sin dejar de serlo, habrían tenido un signo radicalmente distinto.

En los años que siguieron a mi llegada, Nueva York superó la crisis y pasó de ser la escoria de las ciudades a ser la ciudad por antonomasia, la ciudad de moda. Yo tuve oportunidad de ser testigo de esta metamorfosis, pero quien espere encontrar en las páginas que siguen una explicación coherente del fenómeno se verá defraudado de plano: ni sé qué pasó ni sé por qué las cosas tomaron ese sesgo y no otro.

Cuando llegué a Nueva York había barrios en los que sólo habitaban las ratas. Hoy las celebridades de todo el mundo pagan fortunas por adquirir un apartamento en ese mismo sector. Naturalmente, los que previeron esta evolución con tiempo amasaron verdaderas fortunas. Éste no fue mi caso, como es obvio. Si algo tuve, lo dejé perder. La verdad es que lo que ocurría en Nueva York me resultaba indiferente.

Durante dos años no tuve otra idea que salir de allí y removí cielos y tierra para conseguir un traslado a Europa. Cuando por fin llegó ese traslado me di cuenta de que no podía dejar Nueva York. Yo fui el primer sorprendido, pero ante la evidencia no me cupo otra solución que renunciar al traslado, quedarme allí y volver la mirada hacia aquella ciudad que de un modo tan inesperado me había atrapado sin que yo me diera cuenta. Pero al mirar la ciudad con otros ojos, con ojos analíticos, por así decir, me di cuenta de que ya era tarde: durante aquellos dos años la ciudad me había ido calando imperceptiblemente y descubrir ahora una ciudad distinta a la que ya llevaba dentro me resultaba imposible. Por eso ahora, enfrentado a la necesidad de describir lo que es o, mejor dicho, lo que fue Nueva York, sólo sé referirme a los colores, los olores, los ruidos y la luz de Nueva York, la gente, las calles, tal o cual atardecer de invierno en la calle 57, un mediodía de verano en Washington Square o una noche de otoño en la Quinta Avenida.

Cuando llegué a Nueva York los coches todavía eran grandes como barcos, aunque la crisis del petróleo ya los había sentenciado inapelablemente. Los periódicos hablaban a diario del caso Watergate y de la guerra de Vietnam. Por la radio se oía cantar a Barbra Streisand una canción cargada de nostalgia: The Way We Were. Thomas Pynchon acababa de publicar Gravity Rainbow y aún se leían las novelas de Nero Wolf. Los que lleguen ahora a Nueva York encontrarán una ciudad muy distinta de la que yo viví y de la que por necesidad describo en estas páginas. Para mí Nueva York sigue siendo la de entonces: la de las calles desiertas y los solares tenebrosos, la de los sobresaltos y las maravillas, aquella ciudad abandonada a su suerte, brutal y desesperada, la de una gente que se daba por satisfecha si conseguía sobrevivir a la noche y no sabía que el vino blanco se bebe frío y el tinto, chambré. Con esto no quiero decir que lo que Nueva York es hoy sea peor. Muy al contrario: todo el valor anecdótico que pudiera tener la crueldad de entonces no compensa el sufrimiento de tanta gente, ni el de una sola persona. Por otra parte, según entiendo, los cambios que se han producido en la ciudad no han mejorado paralelamente la suerte de las víctimas de antaño; éstas simplemente han sido barridas hacia otras zonas y su lugar ha sido ocupado por

una burguesía pujante y joven. Este libro sin embargo no se propone tratar de la justicia distributiva. Es difícil hablar de los Estados Unidos hoy sin enzarzarse en diatribas ideológicas acerbas. En este libro procuraré soslayar las ocasiones de incurrir en ello.

Dicho lo que antecede, sólo me resta hacer algunas observaciones o advertencias al lector. La primera de ellas es ésta: que soy muy vulnerable a las impresiones que deja en el ánimo la memoria inconsciente y que al describir lo que recuerdo es posible que inadvertidamente deforme los hechos para adaptarlos a la impresión que recibí en su día sin percatarme de que la estaba recibiendo. Con esto quiero decir, dejando de lado este lenguaje pomposo, que los datos que doy no son de fiar. De todos modos, quede claro que este libro no es una guía. Hay guías excelentes de Nueva York, hechas por profesionales competentísimos, a los cuales no he tenido en ningún momento la pretensión insensata de suplantar. El que visite Nueva York sin ánimo de establecer allí su residencia, el viajero, hará bien en proveerse de una o, mejor aún, de varias guías, consultarlas y aprovechar de este modo al máximo los atractivos de la ciudad. El que Nueva York esté o haya estado de moda hasta hace poco por tal o cual motivo no debe hacer olvidar al viajero que Nueva York es al mismo tiempo una ciudad rica en historia y poseedora de un acerbo cultural importantísimo.

La segunda advertencia que quiero hacer es muy similar a la precedente: como el lector pronto advertirá, he omitido ex profeso la referencia específica a bares, restaurantes, tiendas y locales. Muchos de los que aparecen descritos en este libro no existían ya cuando lo empecé a redactar y es posible que cuando estas páginas salgan a la luz haya desaparecido igualmente el resto. Todas las ciudades cambian rápidamente y Nueva York no es excepción. En este sentido incluso las guías más recientes pueden inducir a error. En Nueva York no existe, que yo sepa, una publicación semanal dedicada a informar acerca de las últimas novedades. Sí hay en cambio varias revistas que tocan el tema más o menos tangencialmente. En general el Newyorker es una buena referencia para lo que se refiere a teatros, cines, museos y exposiciones. Para lo in y lo trendy se puede consultar una revista internacional llamada City, que dedica en cada número, según creo, un espacio a Nueva York, entre otras ciudades. El New York Times publica los viernes un suplemento titulado Weekend que suele traer información útil y sugerencias interesantes. Hay además un sinfín de revistas especializadas en las que el aficionado encontrará lo que busca o, más probablemente, naufragará sin remedio en un océano de información contradictoria. Nada sustituye, por supuesto, al amigo o conocido que lleva tiempo residiendo en la ciudad. Fiarse del propio olfato no siempre da buen resultado. Al ponerse de moda, Nueva York ha empezado a imitarse a sí misma y abundan los fraudes. A este respecto se ha producido un fenómeno curioso, pero no nuevo ni único. Es éste: hace ya bastantes años proliferaron en Europa unos locales públicos, bares, restaurantes, discotecas, etcétera, supuestamente inspirados en Nueva York. En esto no había falsedad, pero lo cierto es que estos locales no se inspiraban en otros locales análogos de Nueva York, sino en algo que existía en Nueva York, pero que no cumplía la misma función, del mismo modo que un restaurante español en el extranjero trata de parecer un tablao flamenco, una plaza de toros o la almena de un castillo, lo que implica que los restaurantes en España sean así ni mucho menos. Ahora bien, una vez implantado en Europa este estilo presuntamente neoyorkino, el paso siguiente era inevitable, esto es, que este tipo de locales empezara a florecer en Nueva York. A este fenómeno añadiré otro, aunque sé que muy pocos me creerán cuando lo exponga; a saber, que al igual que París, Londres o Madrid, Nueva York se americaniza: donde hace poco había establecimientos familiares de larga tradición hay hoy hamburgueserías pertenecientes a una cadena poderosa y multinacional. También en este sentido Nueva York ha ido cambiando. Este proceso de europeización, americanización y niponización hace que las diferencias entre una ciudad y otra vayan desapareciendo y que cada día las ciudades del mundo entero se parezcan más entre sí. A esto contribuye también la rapidez y sobre todo la facilidad de las comunicaciones. Cuando empecé a vivir en Nueva York era fácil regresar a España cargado de novedades y sorpresas. Hoy esto es imposible: en todas partes se encuentran simultáneamente los mismos aparatos, los mismos juguetes, las mismas prendas. Sin embargo la constatación de que ya nada es como era es tan vieja como el mundo, por lo que no insistiré en ella. Sólo quería decir que he evitado deliberadamente el dato concreto para tratar de hacer hincapié en lo que no puede ser objeto de mixtificación ni capricho.

La última advertencia es trivial pero necesaria. Al referirme a las calles, avenidas y localizaciones en general, he utilizado la nomenclatura más común, la forma tácitamente aceptada por la mayoría de las personas de habla española. Así, digo «la Quinta Avenida», pero no «la Avenida Madison», sino «Madison Avenue». Mantengo también en inglés algunos toponímicos cuya traducción les restaría a mi juicio connotaciones: el East Side, el West Side, Uptown, Mid town, Downtown, etcétera. Para las calles utilizo el numeral, como es costumbre, y para las avenidas, el ordinal: la calle Cincuenta y siete, la Séptima Avenida. Evito siempre que puedo las citas en inglés, pero tampoco considero que mis lectores lo ignoren todo con respecto a esta lengua.

No hace falta que agregue que todos los personajes y situaciones que aparecen en este libro, incluida la figura del narrador, son ficticios. Están hechos, eso sí, de fragmentos dispersos de personas y sucesos reales combinados con el único propósito de presentar una imagen viva y, en la medida de lo posible, auténtica de una parte infinitesimal de Nueva York en aquellos años. El censo de personas reales que participaron decisivamente en mi vida exigiría un libro de otro tipo que, por el momento, no me considero capacitado para escribir. Espero que estas personas, si me leen, interpreten correctamente el cariño que encierra este silencio.