Nueva York
Manhattan I
Este capítulo es largo, así que está dividido en 4 partes.
Quien ha vivido en Manhattan sabe hasta qué punto el viento preside la vida de la ciudad. El viento recrudece los fríos terribles del invierno, rompe los paraguas y los toldos, derriba los árboles y los semáforos, hace trastabillar y caer a los ancianos y a los enfermos, no deja dormir; a veces acelera el paso de los nubarrones y despeja los cielos, otras, trae los aguaceros de finales del verano o principios de otoño, cuando llegan las colas de los huracanes devastadores del Caribe, ya muy debilitados. En su faceta
menos agresiva el viento anima las calles: hace planear las gaviotas y ondear las banderas y levanta las faldas de las chicas. Tan excesivo como el viento es la lluvia. A menudo el cielo se encapota en pocos segundos, sin previo aviso, y empieza a caer el agua. El caos se produce de inmediato: los sótanos se inundan, las avenidas se convierten en ríos crecidos. En las calzadas el agua se acumula en los baches, donde los autobuses meten el morro, levantan surtidores de muchos metros de altura, que empapan a los viandantes. El viento no cesa cuando llueve: se lleva los paraguas y los sombreros y hace que la lluvia caiga casi horizontal, que penetre bajo las marquesinas y abofetee al que encuentra. En medio de la confusión pasan los coches de los bomberos, que acuden a las emergencias causadas por el aguacero, a través de los atascos, tratando de abrirse paso con las sirenas y las bocinas. Parece que haya llegado el fin del mundo. En verano estas tormentas vienen acompañadas de mucho aparato eléctrico. Los rascacielos atraen los rayos, que bajan restallando por las fachadas mientras retumba el trueno. En invierno el viento viene del norte y como en el camino no encuentra sistema montañoso que lo detenga llega a Nueva York sin perder fuerza ni frialdad. Una vez en Manhattan, se mete por los callejones que forman los rascacielos alineados y corta la piel, porque a veces sopla a veinte o treinta grados bajo cero.
De todos los fenómenos meteorológicos la nieve es el más bonito de ver. Es bonita cuando cae e inmediatamente después de haber caído. Al posarse con tanta mansedumbre confiere al paisaje urbano, de natural áspero, una solemnidad no exenta de ternura. La caída de la nieve, además, impone a la ciudad un silencio sepulcral, porque paraliza el tráfico. Pero esta maravilla dura poco. En seguida la nieve se transforma en hielo y eso es peor que el viento, la lluvia y el frío combinados. Para los que viven fuera de Manhattan la nieve y el hielo son catastróficos, porque alteran o interrumpen del todo las comunicaciones y vuelven las carreteras muy peligrosas. El tráfico se mueve con una lentitud exasperante y los trayectos se eternizan. En Manhattan el tráfico también se resiente y los autobuses han de usar cadenas. En estas ocasiones y al margen de las incomodidades que ello reporta al usuario, es curioso ver avanzar los autobuses de cuatro en fondo por la Quinta Avenida, oscilando de lado a lado y haciendo sonar las cadenas contra el pavimento, que destruyen a su paso. Durante las grandes tormentas de nieve, que por suerte se producen muy raramente, mucha gente pierde por fuerza una o varias jornadas de trabajo, bien porque no puede llegar a él desde donde vive, bien porque la tormenta amenaza cortar las comunicaciones y obliga a abandonar el trabajo a los que viven lejos y a regresar a sus casas so pena de quedar aislados en la ciudad. Estos días de trabajo perdidos suponen la pérdida consiguiente de emolumentos o de otros tantos días de vacaciones. Apenas empieza a nevar los encargados de los establecimientos públicos y los porteros o propietarios de las casas se apresuran a echar sal sobre la nieve o a retirar la nieve acumulada en la acera frente a sus puertas, porque existe la creencia real o no de que si un transeúnte resbalara y se hiciera daño podría demandar a la persona que debía haber despejado la acera y no lo hizo. Lo cierto es que después de la primera nevada se forma a lo largo de las aceras una barricada de nieve y hielo que se va incrementando con las nevadas sucesivas, que permanece petrificada hasta bien entrada la primavera y que obliga al peatón a practicar el alpinismo continuamente.
El hielo, allí donde ha conseguido formarse antes de que algún portero diligente lo acumule fuera del paso, provoca caídas aparatosas, muy cómicas de ver pero muy dolorosas de sentir. Es desaconsejable en estos casos sacar a pasear los perros, que tienen un equilibrio mayor que el de los humanos. Es común ver perritos falderos derribar a personas fornidas. En los bosques que rodean Nueva York o incluso dentro de la ciudad, en los parques, allí donde la nieve y el hielo no sufren interferencia, el espectáculo pese a todos los inconvenientes es muy hermoso. En estas ocasiones las avenidas y paseos de Central Park adquieren un aspecto fantástico, especialmente por la noche y desde cierta altura, desde los apartamentos o los hoteles que rodean el parque. También es muy agradable pasear mientras cae la nieve por las calles de Greenwich Village: Bank Street, Waverly Place, Perry Street, Bleecker Street, Barrow Street, Bedford Street, Commerce Street, etcétera. Para dar estos paseos sin embargo conviene ir calzado de la manera adecuada, no sólo para evitar el frío y los resbalones, sino también porque la nieve daña la piel de los zapatos corrientes, que acaba por ajarse y se cuartea irremediablemente.
Cuando la nieve y el hielo acumulado durante el invierno se empiezan a fundir, se forman charcos enormes y barrizales en las calles. A veces estos charcos quedan ocultos bajo una capa fina de nieve que los recubre; entonces el peatón incauto creyendo que bajo la nieve encontrará el suelo firme mete allí el pie y se hunde hasta la rodilla en un charco sucio y helado. Los que advierten el percance extreman la prudencia: dan un rodeo y antes de bajar de la acera introducen en la nieve la punta del bastón o del paraguas, se cercioran de la profundidad del charco antes de aventurar el pie. Estos barrizales y pozos son más conspicuos y curiosos de ver allí donde la actividad es mayor: en la City, en la calle 42 y frente a los grandes almacenes.
El verano es pegajoso, húmedo, agobiante y muy largo, como es largo el invierno. El asfalto de las calles se reblandece y al ser pisado quedan impresas en él las huellas de los peatones. En las estaciones de metro el aire se vuelve denso y asfixiante. Los vagones del metro, salvo los pocos que van refrigerados, son un horno. Las calles son intransitables, porque los millones de aparatos de aire acondicionado de las casas, los locales públicos y las oficinas arrojan a la cara de los viandantes bocanadas de aire recalentado.
Los fines de semana de verano los neoyorkinos procuran salir de la ciudad, que queda en manos de los pobres y los indolentes y de quiénes por razones de edad o de salud o de comodidad prefieren ahorrarse las caravanas y los embotellamientos. Los pobres son en su mayoría negros e hispanos. Los domingos acuden en masa a Central Park en busca de un poco de verdor y de aire libre. Se llevan consigo las radios descomunales y también unos tambores en forma de huso, altos como de metro y medio, que se llaman tumbadoras, y unos tamborines pequeños, unidos de dos en dos, y también guitarras, acordeones, maracas y güiros. Durante los domingos de verano por las avenidas desiertas resuena constantemente los tambores a ritmo de merengue, guaracha, cumbia, bomba y cumbé. Los que abandonan la ciudad suelen ir a las playas cercanas. A algunas de estas playas se puede llegar incluso en metro, pero esta misma facilidad hace que estén siempre abarrotadas. A otras se puede ir en tren, en autobús o en una combinación de ambos vehículos y a todas naturalmente en coche, aunque hay alguna que requiere hacer el último trecho del recorrido en un barquito o transbordador. Estas últimas playas están situadas en Fire Island, que es una franja de tierra muy estrecha, de varios kilómetros de longitud que corre paralela a Long Island. Su tamaño y el hecho de estar abierta a los vientos y temporales hacen que allí la vegetación sea rala y agreste y las construcciones, aisladas, de madera liviana, levantadas sobre estacas clavadas en la arena, como palafitos. El mar en toda la zona es frío, negro y traicionero; las olas a veces son muy altas y la resaca, cuando la hay, es peligrosísima. Es un mar violento, malo para la práctica de la vela y para que jueguen los niños en él, pero es un mar atractivo para el que se acostumbra a verlo. Para llegar a estas playas en coche hay que abrirse paso por un laberinto de autopistas que responden a nombres, números y denominaciones genéricas muy variadas: highway, expressway, causeway, turnpike, thoroughfare, etcétera. Todas estas vías, apenas dejan atrás los arrabales de la ciudad, discurren entre bosques espesos, lo que hace el viaje agradable. Al salir de las autopistas se desemboca en carreteras vecinales, recoletas, que atraviesan pueblos de casitas bajas, de madera pintada de colores claros, rodeadas de jardín, con porches sombreados, mansardas, aleros y veletas. Estos pueblecitos tienen siempre una calle principal donde se alinean los establecimientos comerciales, y una plaza en la que suele estar el Ayuntamiento, la iglesia, la escuela pública y el parque de bomberos. En esta plaza es corriente que haya un parterre de césped impecable en el centro del cual se alza un mástil altísimo en cuya punta ondea la bandera. A veces hay en el parterre, al pie del mástil, un cañón antiguo, de hierro colado, con la boca cegada, y una pirámide de bolas negras, parecidas a las que se usan en el levantamiento de pesas, que en su tiempo fueron las balas del cañón.
En contraste con el invierno y el verano, que tanto condicionan la vida de los neoyorkinos, la primavera en Nueva York es breve e incierta, con días de frío que alternan sin transición con días de calor, con lluvias frecuentes y con ventoleras. Para los que viven en la ciudad, apartados de la naturaleza, la primavera representa sencillamente el fin del invierno: es el invierno que se retira para dar paso a un período hueco, de preparación. La exaltación del ánimo, que en la mayoría de las ciudades que padecen inviernos largos coincide con la llegada de la primavera, no se produce en Nueva York hasta la primera noche de verano. Esa noche el aire tibio y la brisa que viene del mar hacen que todo el mundo se eche a la calle de común acuerdo, sin saber por qué. Los bares se llenan a rebosar y reinan el regocijo y la amistad improvisada. Los orates y excéntricos, tan abundantes en las calles de la ciudad, pierden definitivamente el rumbo esa noche: gritan, cantan, peroran, vociferan, bailan, saltan sobre su sombra, van de aquí para allá con los pantalones en la mano, se empeñan en regular el tráfico, porfían por levantar el vuelo agitando los brazos enérgicamente, discuten con su imagen reflejada en el vidrio de un escaparate, increpan a los cubos de basura, etcétera. Esa noche hasta los más desquiciados parecen inofensivos: nadie les tiene miedo y entre la población demente y la cuerda se firma una tregua que durará hasta altas horas de la noche.
El otoño, por último, aunque dura casi tres meses, de finales de septiembre hasta las vísperas de Navidad, pasa sin sentir, precisamente por lo que tiene de normal; su propia discreción hace que nadie repare en él. Sin embargo es el otoño el que trae consigo el fenómeno más extraordinario del año: el momento en que las hojas cambian de color. Este fenómeno consiste en que las hojas de algunos árboles, antes de caer, pierden el color verde y adquieren no una vaga tonalidad, sino un intenso color amarillo, naranja, rojo, malva, granate, añil. El campo se convierte en un muestrario de colores vivos. Las hojas que han caído de las ramas forman una alfombra espesa que conserva todavía la variedad de colores. Se puede formar con hojas seleccionadas un ramillete muy abigarrado, pero su efecto apenas dura unas horas. Al llegar a casa las hojas se han vuelto del color pardo sucio y mortecino que corresponde a su estado y al tocarlas se quiebran y desmenuzan entre los dedos. Este fenómeno, que se produce durante todo el mes de octubre sucesivamente de norte a sur, pasa en un momento dado por Manhattan. En Manhattan hay menos árboles de los que debería haber, pero muchos más de lo que cabe suponer a simple vista, posiblemente porque al lado de los rascacielos los árboles parecen raquíticos y sin interés.
Estos árboles, pese a su humilde condición, no quedan al margen de la oleada de colores del otoño.
Entonces las plazas frondosas y las calles del Village, del Upper West Side y de Harlem, los parques y los pequeños jardines particulares cambian de color y de aspecto y crean el desconcierto en quien los ve.
Algunas personas se preguntan que qué estará ocurriendo y unas pocas aprovechan la ocasión para hacer propósitos que luego no llevan adelante. Al cabo de unos días las hojas se han caído y han sido barridas y
los árboles están desnudos, salvo los de hoja perenne. Entonces es cuando se puede apreciar mejor el cielo maravilloso de Nueva York.
La luminosidad del cielo, el color del cielo y la transparencia del aire es lo que permite soportar el clima de Nueva York sin perder el buen ánimo. El cielo y los rascacielos de Manhattan no se pueden disociar; los perfiles nítidos de aquéllos sólo adquieren su verdadero carácter contra el cielo luminoso, puro y despejado que los envuelve. La conjunción de estos dos elementos resulta invariablemente falseada en la fotografía, en el cine y en la televisión. El cielo de Nueva York es un cielo romano, racionalista, prosaico, alejado por igual de la sensualidad perfumada del Asia Menor y de las brumas fantasmagóricas del Norte. Este cielo es el que ha impedido que Nueva York arraigaran el protestantismo o el catolicismo, salvo en sus versiones más filisteas y sociales. Es un cielo de mañana de Navidad o de mañana de Sábado de Gloria, un cielo que invita a callejear a pesar de los rigores del clima. El predominio del cielo claro no queda desmentido por las tempestades de lluvia y nieve a que me he referido antes. Éstas son aparatosas pero esporádicas. Cualquier lugar es bueno para apreciar la calidad del cielo de Nueva York, pero algunos ofrecen una visión mejor que otros. Entre estos lugares privilegiados, yo recomendaría estos tres: la terraza del último piso del Rca Building, en el Rockefeller Center, a mediodía; el prado de Central Park, llamado The Meadow, con la espalda al Norte y la cara naturalmente al Sur, por la mañana, antes de las once, y el transbordador que comunica la isla de Manhattan con Staten Island, en el viaje de ida, en la popa, a la caída de la tarde. El cielo de Manhattan sin embargo no debe llamar a engaño: la contaminación atmosférica, aunque inferior a la de la mayoría de las grandes ciudades, es considerable: en los alféizares de las ventanas y en los muebles de las terrazas se depositan a diario unas motas negras que hay que quitar con cuidado, porque si se restriegan dejan un rastro graso. Estas motas provienen de los humos y las emanaciones de las fábricas. Con todo, sea por la proximidad de los bosques, los ríos y el mar, sea por la intensidad del viento, el aire que se respira es agradable, salvo a ras de calle cuando hay embotellamientos. La niebla sólo se hace sentir alguna que otra vez en el curso del año. Cuando esta niebla se concentra únicamente sobre la isla de Manhattan, se puede ver desde la otra orilla de los ríos, desde New Jersey o Brooklyn, un fenómeno pintoresco: una masa de nubes de la que emergen los rascacielos.
Fiesta
En Nueva York, donde confluyen y cohabitan todas las razas, creencias y tradiciones, raro es el día en que no hay fiesta. Algunas de estas fiestas se celebran en la intimidad, revisten un carácter meramente religioso o rebasan los límites del hogar de un modo tan circunspecto que pasan desapercibidas. Ninguna de estas definiciones se aplica a la de San Antonio, que tiene su origen en la parroquia del santo, situada en la esquina de West Houston Street y Sullivan Street, desde donde se extiende a todo el barrio italiano.
Es una auténtica fiesta mayor, que dura cerca de dos semanas y tiene lugar a mediados o finales de junio, cuando las noches son tibias e invitan a callejear. Allí, esta noche, en una caseta de tiro al blanco, sin proponérmelo y por una miseria he conseguido llevarme el primer premio, un perro de peluche grande, feo y duro como si estuviera relleno de hormigón. Se lo regalo no sin vacilaciones a la persona que me acompaña y me dice que si quiero quedarme con el perro lo tendré que acarrear yo; asimismo me sugiere que lo tire, sin más, a lo que me niego, en parte porque pienso que muchos niños serían felices con un juguete así y en parte porque lo acabo de ganar haciendo gala de una maestría que nunca sospeché tener.
Me abro paso entre la muchedumbre con el perro en brazos y consigo llegar hasta el coche, donde dejo el perro con la esperanza de que alguien lo robe. Luego pierdo una hora buscando entre el gentío a la persona que me acompaña. De fachada a fachada hay tendidas tiras de gallardetes blancos, rojos y verdes que forman la bandera italiana. Estas tiras, vistas en perspectiva, parecen formar sobre las calles un techo alegre; en cambio si se mira hacia arriba, verticalmente, se puede ver un cielo negro, sin estrellas, pero sereno. Pese a la profusión de banderolas y al carácter italiano del festejo, no es fácil ver italianos entre la muchedumbre heterogénea. También son heterogéneos los puestos y tenderetes que se alinean a ambos lados de las calles, sin solución de continuidad. Predominan los puestos de comida variada: hamburguesas, pizzas, hot-dogs, shish-kebab, empanadas, pretzels, tacos, buñuelos, etcétera. También hay casetas de tiro, en una de las cuales acabo de lucirme, y ruletas callejeras en las que se puede ganar un paquete de cigarrillos, una pulsera de fantasía, un bolígrafo cromado, una calculadora de bolsillo, un reloj digital, cacharros de cocina. El aire está impregnado de fritangas y suenan varias músicas a la vez, estridentes e incompatibles. En un baldío hay un tiovivo desvencijado en el que dan vueltas algunos niños y unas chicas ya mayorcitas, entradas en carnes y aparentemente histéricas. La mayoría de asistentes a la fiesta, sin embargo, somos adultos y casi todos tenemos un cierto aire de cansancio que bien puede
deberse al reflejo de los tubos fluorescentes con que se alumbran los tenderetes. La persona que me acompaña proclama que no lo estamos pasando bien y propone que vayamos a un restaurante donde nos darán de cenar en una mesa, con mantel de tela, platos de loza y cubiertos de metal. No es fácil encontrar un restaurante italiano decente en Little Italy, donde al amparo de su nombre y su fama cualquier atrocidad encuentra un incauto dispuesto a ingerirla. Quiere una tradición, cuyo sentido nadie me ha explicado, que los capos de la mafia sean asesinados siempre en un restaurante, en el que están comiendo, del que salen o en el que se dispone a entrar. El peligro que esto supone para los restantes comensales, muy inferior por cierto al que proviene de la cocina, atrae a la clientela. Delante de los pocos restaurantes razonables de la zona se han formado unas colas que no auguran nada bueno. En el primer restaurante me informan con aspereza de que habremos de esperar cuarenta minutos como mínimo si queremos cenar. En los siguientes la cosa no pinta mejor. Al llegar al último han transcurrido ya los cuarenta minutos que habríamos tenido que esperar si nos hubiéramos quedado resignadamente en el primero, pero ahora ya es tarde para arrepentimientos. Por suerte hemos llegado a Canal Street y no tenemos más que cruzarla para encontrarnos en un mundo distinto, donde todos los restaurantes esperan nuestra llegada con abundancia de manjares y de mesas libres. Los ruidos de la fiesta de San Antonio llegan a Chinatown como un murmullo que ahoga el griterío, el bullicio local. En Chinatown todo el mundo parece estar muy atareado. A cada instante sale un chino de un portal, cruza la calle en dos zancadas y desaparece en otro portal. Sólo caminan despacio unas viejecitas artríticas, dobladas en ángulo recto, increiblemente diminutas. Los restaurantes de Chinatown no son malos, pero salvo excepciones no tienen nada de particular. Desde hace unos años los restaurantes chinos han salido de su demarcación y han invadido la ciudad: ahora hay restaurantes chinos en todos los barrios, en todas las calles y casi en todas las esquinas. Cerca de las Naciones Unidas han aparecido los restaurantes chinos de lujo, los de alta cocina. En Chinatown se han quedado los antiguos, un poco trasnochados, grasientos y malolientes, todavía baratísimos, en los que el trato va más allá de la familiaridad para bordear el desabrimiento y la rudeza. El ambiente pese a todo es acogedor sin reservas, quizá debido a que estos restaurantes disponen de unas mesas redondas, grandes, en torno a las cuales siempre hay sentadas familias chinas compuestas de no menos de cuatro generaciones que comen, hablan y se ríen sin cesar. En comparación con otros grupos étnicos, los chinos de Nueva York son poco numerosos, quizá porque la mayoría se quedó en la costa Oeste, donde debieron de desembarcar procedentes de su tierra. Los chinos de Nueva York parecen ser de inmigración reciente y muchos vienen de Taiwan y de Hong Kong. La diversidad de su procedencia sin embargo no interfiere en su cohesión ni mella su lealtad: no sólo se ayudan entre sí, sino que envían puntualmente ayuda económica a las dos Chinas, la continental y la insular, sin hacer distingos. Hay por último otros chinos que vienen de Cuba, donde se afincaron sus antepasados hace mucho, cuando los galeones españoles hacían la ruta de Manila a Acapulco y de Veracruz a Sevilla. Estos chinos, que hablan un español sincopado pero perfecto, han abierto unos restaurantes alejados de Chinatown, con la que no tienen contacto, en los que se sirve comida china y también comida hispana: picadillo, ropa vieja, arroz a la cubana, moros y cristianos, etcétera. Los chinos auténticos sin embargo siguen siendo los de Chinatown, cuyo origen se remonta a fines del siglo pasado, cuando se instalaron allí los obreros chinos que habían estado trabajando en la construcción del ferrocarril. Sólo este proyecto ingente hizo posible su entrada en el país, porque legalmente la tenían prohibida, al igual que los enfermos, los dementes, los inmorales y los anarquistas. Esta medida discriminatoria contra los chinos, a todas luces injusta, es uno de los múltiples efectos del aluvión migratorio que formó Nueva York a lo largo del siglo Xix. En 1800 Nueva York tenía 60.000 habitantes; en 1810, casi 100.000, y en la década siguiente, 125.000. Estas cifras han de calibrarse en su contexto apropiado: antes de 1800 Nueva York era poco menos que una avanzadilla de la civilización en tierra salvaje. Pocas calles de la ciudad estaban adoquinadas, el sistema de alcantarillado era escaso y rudimentario, las aceras brillaban por su ausencia y los peatones tenían que disputar el terreno a los cerdos que vagaban en gran número por las calles, se alimentaban de las basuras y desperdicios y constituían el único sistema de saneamiento municipal. Por estas calles cochambrosas circulaban caballos y carros, pero no carruajes, porque no había aún ningún neoyorkino tan pudiente que pudiera poseer uno.
Sí se usaba, en cambio, el trineo en invierno. Algunas calles estaban alumbradas por antorchas que más tarde habían de ser reemplazadas por lámparas de aceite de ballena. Una ronda cuidaba mal que bien la seguridad ciudadana por las noches. Luego el crecimiento constante y progresivo planteó problemas de enorme gravedad: la falta de higiene pública y la escasez de agua potable trajeron consigo las terribles epidemias; el hacinamiento fomentó el crimen y la anarquía, y la mezcla de nacionalidades e idiosincrasias fue una fuente continua de tumultos y violencia. Estos inconvenientes no surtían efecto disuasorio en los nuevos inmigrantes, que los ignoraban o los conocían pero no se dejaban arredrar por ellos. Tampoco podían ser muy quisquillosos, porque generalmente venían huyendo de algo peor y más cierto que los riesgos posibles que les aguardaban aquí. Primero fueron los ingleses y los alemanes los que llegaron huyendo de las guerras de religión; luego los hugonotes franceses que pudieron escapar a la matanza. Los irlandeses llegaron entrado ya el siglo Xix, expulsados de Irlanda por el hambre que diezmaba el país. En América los irlandeses fueron mal recibidos porque se les consideraba toscos, incultos y pendencieros y además eran católicos. Para luchar contra este ambiente hostil tuvieron que organizarse al margen de la ley en asociaciones secretas. Los italianos, que llegaron más tarde aún, hicieron lo mismo con mayor eficacia y durabilidad. Durante aquellas décadas la ciudad siguió creciendo: en 1850 pasaba ya el medio millón de habitantes. Sólo en 1853 desembarcaron en el puerto de Nueva York 300.000 inmigrantes decididos a echar raíces en el país. Muchos de ellos siguieron viaje luego hacia otros puntos; otros se quedaron en la ciudad. Nueva York contaba ya con una población flotante
numerosísima cuyas necesidades debía subvenir, una población recién llegada, ignorante, pobre y vulnerable a la que debía proteger. Naturalmente, no todos los que llegaban eran trigo limpio: muchos delincuentes aprovechaban la oleada migratoria para ponerse a salvo y no faltaban países o ciudades que costeaban el viaje a indeseables, criminales y locos para desembarazarse de ellos por poco dinero.
Tampoco faltaban inmigrantes de mérito, como Lorenzo da Ponte, poeta italiano emigrado a los Estados Unidos en 1805. Antes de cruzar el océano por primera y única vez, pues nunca regresó a su tierra natal, Da Ponte había escrito para Mozart los libretos de Las bodas de Fígaro, Don Giovanni y Cosí fan tutte; una vez instalado en Nueva York fundó la Italian Opera House, el primer teatro lírico de la ciudad, que dio a conocer al público 28 óperas italianas hasta que un incendio destruyó el local y arruinó definitivamente a Da Ponte.
La persona que me acompaña espera a que haya estudiado la carta interminable del restaurante con toda minuciosidad, a que haya pedido lo que ambos sabíamos que iba a pedir aun antes de entrar en el restaurante, para darme una mala noticia: una pareja amiga ha decidido separarse después de más de diez años de matrimonio. La noticia me pilla totalmente desprevenido; a pesar de la frecuencia de nuestro trato yo no había percibido nada anómalo en sus relaciones. Se lo digo así a la persona que me acompaña y me responde que soy un poco tonto; a continuación me habla de desavenencias, reyertas e infidelidades: una enumeración agria que me sorprende y deprime. También me siento dolido por el hecho de que no se me haya consultado o informado al menos, de que tenga que ser una tercera persona la que me cuente todo esto. Pregunto si la cosa no tiene remedio. No, no lo tiene: en breve se formalizará el divorcio legal.
¿Estaría yo dispuesto a prestar declaración, llegado el caso? Naturalmente, no estoy dispuesto a declarar nada; naturalmente, declararé lo que haga falta, siempre y cuando no se me haga tomar partido a favor o en contra de ningún cónyuge. La persona que me acompaña me indica que de este modo acabaré granjeándome la inquina de ambos. La nariz me destila a raudales, quizá por culpa de la sopa picante que me han traído y que he comenzado a sorber distraídamente. Siento la necesidad inaplazable de llamar por teléfono a mi analista. Doctor, ¿es posible que el deseo de eludir toda responsabilidad me impulse a asumir más responsabilidades de las que razonablemente me corresponde? Por supuesto, no llamaré: seguiré tomando la sopa y restañándome la nariz con innumerables servilletas de papel que luego apelotonaré y me guardaré en el bolsillo del pantalón. Mañana extenderé las bolitas de papel sobre el diván del analista en un intento estéril de que él se apiade de mi ansiedad en lugar de empeñarse en curármela. Y los niños, ¿con quién se quedarán? Con la madre, naturalmente. En realidad la primera pregunta que me ha venido a la mente era más prosaica: quería saber quién se iba a quedar con el apartamento que compraron a muy buen precio hace poco más de un año. El costo de la vivienda en Nueva York está subiendo vertiginosamente: parece ser que la crisis de la ciudad, que hace poco parecía insoluble, se está resolviendo ahora a pasos agigantados, Dios sabe cómo. Está empezando nuevamente un período de opulencia y el que haya comprado un apartamento tiene en sus manos un filón. No en vano Nueva York es una ciudad de inmigrantes: estas cosas se respiran en el aire. Día tras día los inmigrantes llegaban por centenares y millares al puerto de Nueva York, a probar fortuna. Antes de entrar en la ciudad sin embargo debían esperar un poco más, internados en la estación de cuarentena, que primero estuvo en Bedloe's Island y luego en Ellis Island. Desde allí veían brillar las luces endebles de Bloomingdale Road, la arteria principal de Nueva York, que luego pasaría a llamarse Broadway. La mayoría de estos inmigrantes no vio al llegar la Estatua de la Libertad, que el gobierno francés regaló a los Estados Unidos en 1876 con motivo del centenario de la Declaración de Independencia. La estatua celebérrima llegó desmontada a Nueva York y también ella hubo de esperar, porque no había dónde colocarla. Finalmente se eligió Beldloe's Island como emplazamiento de un pedestal que había de erigirse con los frutos de sucesivas colectas populares. Para estimular a los donantes reacios, el brazo de la estatua fue expuesto en el Madison Square Garden. De esta historia pintoresca quedan muchas fotografías que hacen pensar que no habría sido mala idea dejar las distintas partes de la estatua repartidas por la ciudad. Así vista la estatua tiene una expresión adusta, ceñuda. Por fin la Estatua de la Libertad fue colocada sobre el pedestal en el lugar que hoy ocupa y al que se rebautizó con tal motivo Liberty Island. La inauguración oficial del monumento tuvo lugar el 28 de octubre de 1886 y al acto asistió el presidente Grover Cleveland. Y ahora esto: una separación cuando todo parecía ir a pedir de boca. No hay persona más remilgada que el inmigrante ni más apegada al confort y a los signos externos de bienestar. Esto y no otra cosa era lo que habían venido a buscar. Quizás hubo algunos que especularon acerca de la libertad y la igualdad, de la posibilidad de crear una sociedad nueva en la que imperasen la justicia y la tolerancia, pero los más estaban demasiado baqueteados por la vida para alentar aún estos sueños; los más venían sencillamente buscando la posibilidad de comer todos los días, de tener casa y de que les dejaran ser quiénes eran en paz. Una vez en Nueva York, estos inmigrantes se agrupaban en barrios, en pequeñas subciudades que todavía hoy conservan bien que mal cierto color local: Chinatown, Little Italy, Germantown, Hester Street, etcétera. Allí reproducían un trasunto de la vida que habían dejado atrás para siempre: las casas, los bares, las tiendas, las panaderías, las escuelas, los templos.
También se agrupaban por oficios, en los que formaban una especie de gremios más o menos legales. Los italianos, por ejemplo, solían trabajar en la construcción o eran barberos o camareros; los alemanes abrían tiendas, sastrerías y cervecerías; los irlandeses trabajaban como albañiles, eran conductores de autobús y sobre todo policías; los chinos abrían lavanderías y restaurantes. También estaban los judíos, que venían huyendo de Rusia, de los terribles pogroms, y los negros a los que la guerra civil había dejado sin trabajo. La presencia de los negros en Nueva York, sin embargo, es muy anterior a la guerra. En 1741
el número de negros que vivía en Nueva York era ya una quinta parte de la población. La mayoría eran esclavos, pero no faltaban libertos que trabajaban en el puerto como estibadores, en las calles como
mozos de cuerda y en las tabernas como criados. Entre los esclavos se había producido ya una rebelión en 1712. Esa rebelión se había saldado con un balance de nueve blancos muertos y veintiún esclavos ajusticiados, cifra elevada si tenemos en cuenta el tamaño de la ciudad en esa época. En 1741, fecha a la que he empezado refiriéndome, las cosas adquirieron un cariz más grave. Según cuentan las crónicas, los ánimos estaban alterados por una serie de robos ocurridos en la ciudad, a los que se habían sumado luego varios incendios, algunos accidentales y otros, al parecer, provocados. Vagas sospechas, testimonios de dudosa fiabilidad y un sentimiento generalizado de recelo contra los negros condicionó un proceso grotesco de resultas del cual dieciocho negros fueron ahorcados y trece más fueron quemados en la hoguera. Hay respecto de los negros y Nueva York un malentendido que conviene despejar ahora mismo y que es éste: los negros no se fueron a vivir a Harlem hasta muy entrado el siglo XX, cuando el hundimiento de los precios del terreno hizo asequible a los negros un barrio reservado, desde su aparición como ciudad satélite en tiempo de los holandeses, a las familias pudientes. Cuando en los años de la prohibición florecían en Harlem los bares clandestinos, como el Savoy Ballroom, el Cotton Club o el Small's Paradise, no vivían negros en las inmediaciones. Lo que sí sabían en cambio todos los inmigrantes sin excepción es que no tenían las cosas fáciles, que muchos iban a perder la vida en el intento y que nadie, ni el más afortunado, iba a salir de la empresa sin una o varias cicatrices en el cuerpo. Llamaré a mis amigos mañana sin falta; les pediré que me aclaren la situación. Hablaré con ellos, pero por separado, primero con uno, luego con el otro. Quizá sería mejor que hablase solamente con uno de ellos, para no encontrarme sin querer arbitrando una contienda. Lo mejor será que no hable con ninguno de los dos, que me informe antes de lo ocurrido por medio de terceros. Los camareros chinos me miran con una mezcla de hilaridad y estupor: probablemente creen que me voy a deshidratar por las fosas nasales. Dudo que ellos entendieran lo que estoy pensando, aunque se lo explicara minuciosamente, con claridad y sin rodeos, sin divagaciones. No por ser chinos, sino por otras razones. Nosotros al fin y al cabo no hemos venido aquí huyendo del hambre ni de la persecución; en realidad no hemos venido a buscar nada. Los primeros emigrantes se echaron al océano con lo puesto y un fusil de chispa y desembarcaron después de un viaje largo, inseguro y extenuante en un mundo desconocido en el que todo había de serles hostil por fuerza, en el que no podían esperar ayuda de nadie y del que no podían salir por mal que les fuese allí.
Los indios, de por sí belicosos, decidieron firmar la paz con estos pioneros. Para sellar la paz celebraron un banquete en el que fueron servidos manjares propios del lugar y la estación: pavo asado, maíz y calabaza. Por esta paz y este refrigerio los recién llegados dieron gracias a Dios piadosamente. Desde entonces cada año se conmemora esta efeméride el día de acción de gracias, el cuarto martes de noviembre: Thanksgiving Day. Esta fiesta, que coincide con el principio del invierno y es de tono decididamente familiar, reviste una importancia primordial en todo el país. Los neoyorkinos ese día se encierran en casa y lo festejan con una comida prolongada en la que no puede faltar el pavo y el pastel de calabaza. Es el único día del año en que Nueva York se paraliza y en que un forastero puede sentirse genuinamente marginado. No es éste sin embargo el único día del año en que se come pavo: suele aparecer, insípido, frío y correoso en ensaladas y bocadillos. El pavo es un animal repulsivo, originario de estas tierras. En los momentos de exaltación que siguieron a la independencia, alguien propuso elevar el pavo a la categoría de símbolo de la nueva nación. Las objeciones estéticas de la mayoría se impusieron y se optó, con menos originalidad pero mejor criterio, por el águila. Dicen que el pavo es un animal tan estúpido que cuando llueve levanta la cabeza para beber el agua que cae del cielo y se ahoga porque no atina a cerrar la boca cuando ha calmado ya la sed. Por una anfibología inexplicable, este animal, desconocido en Europa hasta el siglo Xvi, fue denominado pavo, al igual que el otro, el pavo real, conocido de muy antiguo, del que ya habla Plinio, el que acompaña en la mitología a la diosa Juno. A partir de la aparición del pavo americano se añadió al nombre del pavo antiguo el adjetivo real, en el sentido de auténtico o verdadero, para distinguirlo del pavo a secas, el advenedizo. Esto es algo confuso y los chinos, como me temía, se resisten a entenderlo. A los chinos, por principio, les repele mi sentido del humor, que consideran banal. No así los judíos.
Al salir del restaurante recuerdo como si lo estuviera viendo la última vez que salimos a cenar los cuatro, mis dos amigos, la persona que ahora me acompaña y yo. Canal Street tiene un tráfico desusado para ser la hora que es. Son los coches de los que han venido a la fiesta de San Antonio y ahora se dirigen a Brooklyn por el Manhattan Bridge, que tiene esta embocadura neoclásica tan chocante, o a New Jersey por el Holland Tunnel. En Little Italy todavía sigue la fiesta, aunque hay menos gente por la calle. En la puerta de algunos restaurantes aún hay cola. Un hombre con aspecto italiano, muy chupado de facciones, señala con un dedo enjoyado el lugar donde cayó muerto Crazy Joey Gallo. Su cuerpo quedó tendido en la acera, boca abajo, con el abrigo oscuro extendido, mientras las ráfagas de las metralletas seguían pulverizando las cristaleras de la marisquería. Un matrimonio muy elegante escucha el relato boquiabierto. Otras figuras prominentes de la mafia han muerto desde entonces en circunstancias similares, pero Joey Gallo fue el último grande que murió en Little Italy. Ahora este sector de la ciudad se ha vuelto turístico; la mayoría de italianos se han ido a vivir a otros barrios menos diferenciados, según sus respectivas posibilidades económicas. Los chinos, en cambio, han cruzado Canal Street y están invadiendo Little Italy. Junto a los nombres italianos y las banderas tricoloras empiezan a menudear los ideogramas chinos. Hay quien dice que los chinos también tienen sus mafias, sus sociedades secretas, sus redes clandestinas de negocios ilegales, sus códigos terribles, sus pistoleros y sus ajustes de cuentas.
Otros dicen que son los propios chinos los que hacen correr estos rumores a fin de obtener finalmente un respeto que en esta sociedad, como en cualquier otra, sólo se otorga al poder y a la fuerza. De todos los grupos de inmigrantes que han conformado esta ciudad, los chinos han sido probablemente los peor tratados, los que han recibido un trato más injusto. Con ellos el racismo, el temor a lo distinto, se ha cebado incluso más que con los negros. Durante muchos años, además, los chinos sin distinción estuvieron asociados en la fantasía popular con los tenebrosos fumaderos de opio. En un artículo titulado La maldición mongola, aparecido en The Police Gazette del 2 de junio de 1883, leemos esto: Prosigue con vigor la guerra contra los fumaderos de opio chinos en Nueva York y otras localidades. La opinión pública ya no considera, como venía haciendo hasta ahora, la raza mongola como una broma de la naturaleza. La faceta cómica de los chinos ha dejado de tener gracia en vista de las horribles revelaciones de sus iniquidades.El comité de la Asociación de Jóvenes Católicos ha estado desentrañando prácticas abominables por parte de los paganos, que tienen la costumbre de atraer jovencitas a sus antros de Mott Street y allí, después de haberlas narcotizado con caramelos de opio, ultrajan a las pobres criaturas… La exposición de estos recientes ultrajes aportará interés adicional al libro de inminente aparición escrito por Allen S. Williams, un periodista metropolitano que perteneció a la plantilla del New York Times. Su obra llevará por título El demonio del Oriente y sus satélites diabólicos de los fumadores: Nuestros fumadores de opio tal como son en los infiernos tártaros y los paraísos americanos. Curiosamente, la última vez que cenamos los cuatro juntos hablamos de las ilusiones rotas. Por pura coincidencia habíamos ido a un restaurante del sector italiano, no de Little Italy, sino del antiguo sector italiano del Village, menos colorista pero en la actualidad más auténtico. El restaurante estaba, y sigue estando, en una calle corta y estrecha, una de esas calles absurdas del Village. Originalmente Greenwi ch Village era, como indica su nombre, una pequeña aldea alejada de Nueva York. El crecimiento de la ciudad trajo consigo las epidemias devastadoras. En 1791, de resultas de la fiebre amarilla, las familias pudientes optaron por abandonar la ciudad e instalarse en aquella aldea situada a unos pocos kilómetros al norte. Luego, a