Nueva York
Jackson Square
Durante toda la tarde un grupo de ciudadanos ha estado manifestándose en Jackson Square. Pese a su nombre, Jackson Square es un triángulo formado por la intersección de dos avenidas y dos calles: La Octava Avenida y Greenwich Avenue, la calle 13 y Horatio Street. En ese triángulo isósceles crecen unos cuantos árboles y hay unos bancos de madera en los que duermen los vagabundos por la noche. De día algunas personas aprovechan este islote en medio del tráfico para pasear a los perros. Ahora los manifestantes la ocupan en toda su extensión, aunque el piquete consta de quince o veinte personas a lo sumo. Al entrar en la casa le pregunto al portero que qué sucede y me informa de que los manifestantes se oponen a la construcción de una hamburguesería en una de las esquinas de la plaza, en el solar que dejó una taberna irlandesa al ser derribada. Los manifestantes aducen, según me informa el portero, que la hamburguesería causará el deterioro de la zona y la volverá más peligrosa de lo que ya es. En la taberna irlandesa, que fue derribada hace cosa de un mes, menudeaban las reyertas y en cierta ocasión desde una de las ventanas de mi casa que dan a la plaza vi sacar un cadáver del local. Frente a la taberna se habían congregado seis o siete coches de policía y una ambulancia. Varios policías guardaban la acera para impedir que los mirones se acercaran a la puerta, de la que no tardaron en salir dos camilleros que arrastraban una plataforma baja, provista de cuatro ruedecitas y sobre la cual podía verse un fardo de lona parda sujeto con correas de cuero. Los cadáveres tienen la propiedad de ser conspicuos: cubiertos por una sábana al borde de la carretera o empaquetados como una alfombra es imposible que su presencia pase por alto al más despistado. Una vecina de pelo blanco y gafas cuya montura simula una mariposa en vuelo me aborda en el vestíbulo, frente al ascensor, y me presenta a la firma un manifiesto que encabeza este lema: No McDonald's in this neighbourhood. He firmado tantos manifiestos y he exigido por escrito tantas cosas importantes que esto se me antoja una parodia de mi faceta de firmante, por lo que me niego a firmar. Para suavizar mi negativa le digo a la vecina que soy extranjero, que acabo de instalarme en Nueva York, que no siento ninguna animadversión hacia esa cadena de hamburgueserías o hacia ninguna otra y que no entiendo por qué nadie protestaba de la presencia de la taberna irlandesa, que sin duda era un lugar violento, y ahora en cambio nadie parece querer una hamburguesería en la que ni siquiera se expenden bebidas alcohólicas. La vecina me escucha con atención y no responde hasta que ve que he acabado de exponer mis argumentos. Los norteamericanos en este sentido son muy educados y respetuosos: nunca interrumpen, no creen estar en posesión de la verdad absoluta ni piensan que sus razones son únicas y excluyentes. La vecina me dice que a estas hamburgueserías acuden indefectiblemente los elementos más peligrosos, la hez de la sociedad, porque los precios son muy asequibles y porque están abiertas día y noche. Allí, pues, se refugian del calor y del frío, de la lluvia y la nieve los derrelictos, comen algo si pueden pagarlo o rebuscan entre las basuras, donde nunca faltan restos que llevarse a la boca. Estos personajes suelen ser alcohólicos cuando no drogadictos y sus reacciones son imprevisibles y desproporcionadas. Con la taberna irlandesa las cosas eran distintas: allí todo quedaba circunscrito al local, la violencia, si la había, era de puertas adentro y hasta cierto punto consentida por todos los implicados en ella. El que entraba allí ya sabía a lo que se exponía. El barrio está poblado por personas de edad avanzada. Los hombres han luchado en la Segunda Guerra Mundial y no pocos en las brigadas Lincoln; muchas mujeres han perdido a sus maridos en Normandía o en las Ardenas o algún hijo en Corea; han vivido siempre en Nueva 18 York, la violencia no les es ajena ni les asusta. En cambio temen por su integridad física y pecuniaria: casi todos han enviudado y ahora viven solos y se sustentan de una pensión exigua. Sus hijos están casados y se han ido a vivir a otro estado o, en el mejor de los casos, a las afueras de la ciudad. De día el barrio es tranquilo, incluso solitario. De noche algunos puntos se animan por la visita de los curiosos que acuden a ver qué pasa allí, a verificar lo que han leído sobre los hippies, aunque los hippies se han ido del barrio hace años. La afluencia de visitantes hace, sin embargo, que proliferen los restaurantes pequeños, los bares recoletos y las tabernas típicas. La persona que me informa de todo esto es un indio a quien todos llaman Jimmy, pero cuyo verdadero nombre es Washakie, como el célebre jefe de los shoshones, a cuya tribu dice pertenecían sus padres. Él, sin renegar de sus orígenes, prefiere considerarse neoyorkino. Vino a vivir a esta ciudad cuando tenía seis años y pasó buena parte de su vida en Brooklyn. Desde hace más de treinta y cinco años vive en Greenwich Village.
Trabajaba de apoderado en el Manufacturers Hannover Trust hasta que se jubiló, hace ya dieciséis años.
Ahora vive solo en un apartamento de una habitación, una sala, cocina y baño. Tiene un hijo afincado en Alemania y una hija antropóloga en el Perú. Todas las noches del año baja a tomar tres cervezas, ni una más ni una menos, a una taberna antigua, de madera de roble, que en los meses de calor saca cuatro
mesitas enclenques a la calle. Allí nos hemos conocido por casualidad y allí charlamos de vez en cuando.
Washakie tiene rasgos indios y el pelo lacio, espeso y sin canas, a pesar de su edad, pero ahí acaban sus peculiaridades. Viste camisa de cuadros, pantalón de algodón y zapatos de lona. Con él, sin embargo, es difícil que la conversación no derive hacia el tema de los indios. Él me cuenta que Nueva York estuvo poblada originalmente por varias tribus de indios pertenecientes a la familia de los algonquinos. Los algonquinos, como sus enemigos mortales, los iroqueses, eran de estatura aventajada por término medio, bien proporcionados y, según dejan traslucir los relatos de la época, más bien suaves de trato. Vivían en poblados pequeños, integrados por unas pocas familias o clanes, compuestos de chozas semiesféricas hechas de troncos de abedul doblados, hincados en la tierra y recubiertos de corteza de árbol. Aunque habían abierto senderos en los bosques para comunicar los poblados entre sí, dada la configuración de la región utilizaban la canoa para sus desplazamientos. Las canoas consistían en un tronco vaciado o en un armazón de madera recubierto de piel. En ambos casos las canoas eran muy ligeras de peso, de modo que un hombre solo podía acarrear una canoa, llevarla a hombros entre una vía fluvial y el mar, o entre un brazo de mar y el río más cercano. Washakie habla de los algonquinos con desapego, con una erudición exenta de ideología. Me cuenta que eran muy primitivos en algunas cosas, que no conocían, por ejemplo, los metales. En cambio, habían domesticado el maíz o aprendido su cultivo de otras tribus. Su alimento principal era la caza, que les proporcionaba además la piel necesaria para revestir las chozas, construir las canoas, vestir y calzar. Como también desconocían el hilo, imprescindible para la confección de prendas de vestir, éstas eran muy toscas: piezas rectangulares de piel unidas por tiras de la misma piel.
Lo mismo ocurría con el calzado, que sólo utilizaban para recorridos largos, fuera del poblado. A ese calzado, hecho de piel blanda unida por tiras de cuero, desprovisto de cordones y de tacón, lo llamaban mocasín. Washakie considera irónico que los blancos adoptaran este tipo de calzado dos siglos después de que los algonquinos se hubieran extinguido. A Washakie le gusta hacer comentarios de este tipo: es lector voraz de historia, de la que siempre extrae consecuencias pesimistas. Pero no es de natural un hombre triste. Me cuenta que las mujeres algonquinas procuraban 20 realzar su atractivo cuidando mucho el pelo, que tenían como el suyo: abundante, muy negro y lacio. Para resaltar el brillo del cabello lo untaban, me dice, con grasa de oso. También se aplicaban grasas diversas al cutis, con objeto de protegerlo de los efectos de la intemperie y conservar así la lozanía. Me señala que curiosamente procuraban realzar también el tinte rojizo de la piel con maquillajes, otra costumbre, añade, que también adoptarían los blancos mucho más tarde. Ocasionalmente se aplicaban pintura negra o roja en la frente o alrededor de los ojos, pero, como en la mayoría de las culturas primitivas, eran los hombres los que más cuidado ponían en su apariencia externa. Washakie me explica la forma que tenían los algonquinos de cortarse el pelo, esto es, rapándose los costados de la cabeza y dejando una franja en el centro; esta franja la mantenían tiesa a base de grasa. Para cerciorarse de que he entendido lo que me está describiendo, Washakie me pregunta si he visto una película que se llamaba Quo vadis? Al responderle yo afirmativamente, me dice que el pelo de los algonquinos era como el penacho del casco de Robert Taylor en Quo vadis?, un casco de centurión romano. Ni Washakie ni yo sabemos aún que este corte de pelo, a su vez, se pondrá de moda dentro de unos años. El calor aprieta y Washakie empieza su segunda cerveza. El camarero me trae otra a mí sin esperar a que la pida. Es costumbre en los bares de Nueva York acosar al cliente para que consuma sin cesar. Cuando los camareros ven que el cliente tiene la copa mediada le preguntan con naturalidad si pueden traerle ya la segunda consumición. Yo no tenía planeado beber tanta cerveza, pero ante la tentación sucumbo. Washakie ha seguido hablando de Quo vadis?, de la que recuerda en especial un personaje llamado Ursus. También recuerda una canción que cantaba Peter Ustinov mientras contemplaba el incendio de Roma. Nueva York también parece arder en esta noche terrible de verano: el cielo aparece teñido de rojo. En realidad es el reflejo de las luces de la ciudad en la calina, que la recubre como una bóveda. Washakie me dice que hasta hace poco, en una Nueva York que ya no existe, las luces no se apagaban nunca, que este resplandor, comparado con el que había antes, no es nada. Él ha leído que un astronauta que diera vueltas a la tierra sólo podría distinguir a simple vista las luces de Nueva York.
Antes la energía eléctrica era tan barata que nadie se preocupaba por economizarla, me cuenta. Él mismo, como todo el mundo, no desenchufaba el aire acondicionado cuando se iba de vacaciones; de este modo encontraba la casa fresquita al regreso. Todo el combustible era barato, dice: en invierno había que llevar ropa liviana para resistir la intensidad de las calefacciones, los coches consumían un volumen de gasolina que nadie se molestaba siquiera en medir. Ahora todo esto es sólo un recuerdo; ahora la crisis del petróleo ha engendrado la incertidumbre: ya nadie sabe cuánto valdrá mañana la gasolina o la electricidad, ni siquiera sabe nadie si podremos disponer de combustible mucho tiempo. A partir de las siete o las ocho de la tarde las luces de los rascacielos se van apagando y los edificios quedan convertidos en masas enormes y sombrías. Washakie opina que al país le ha llegado su hora, como le llegó al Imperio Romano. Le pregunto si a su juicio Richard Nixon es como Nerón y se echa a reír. Los medios de información acosan al Presidente sin descanso; todo parece indicar que Nixon tendrá que dimitir o que será procesado por un asunto complicadísimo que la prensa llama Watergate. Washakie quiere saber qué opinión me merece este asunto y le respondo que no tengo todavía una opinión formada, que hace poco que he llegado al país y que procuro no formar juicios precipitados. Esto último le parece bien. No siente respeto por las personas que tienen opiniones incontrovertibles sobre todo. A él le gustan las personas dubitativas y sin patria, como él mismo. Antes envidiaba a las personas que tenían una patria, que sabían de dónde venían y cuáles eran sus tradiciones, pero ahora se ha desengañado ya de eso. Además, añade, en su caso no hay nada que hacer. A estas alturas sentirse shoshon es anacrónico; sólo decirlo ya da risa.
Sabe que existe un movimiento indio, con sus reivindicaciones y sus postulados, pero este movimiento no parece despertar mucho interés entre los propios indios. En realidad los indios nunca fueron capaces de
hacer causa común frente a nada. Los shoshones se pasaban la vida peleando con sus vecinos, los sioux, los cheyenes y los pies-negros. De los algonquinos, mejor no hablar. Sólo pensaban en guerrear, toda la energía se les iba en vendettas, en inacabables venganzas familiares que se prolongaban durante muchas generaciones, que diezmaban los clanes y sembraban la destrucción y la congoja. A menudo los viejos buscaban soluciones a esta situación, propugnaban la paz y formalizaban pactos fumando en pipa, pero su formación era guerrera, a los jóvenes se les inculcaban ideales guerreros, sólo eran exaltadas las proezas sangrientas y las hazañas de héroes homicidas; a la hora de la verdad, entre una paz trabajosa, hecha de renuncias y transacciones, y una violencia arrebatada e irracional, los algonquinos optaban siempre por esta última vía. Washakie inicia la tercera cerveza, que saborea lentamente. Él siempre ha odiado la violencia y siempre ha vivido rodeado de violencia. Estuvo en la guerra, por supuesto, y fue herido levemente en Francia por una esquirla, en el costado. Gracias a esto no volvió a entrar en acción hasta que la guerra hubo acabado. Deja el vaso de cerveza con suavidad sobre la superficie oxidada de la mesita de hierro y señala unas casas que se levantan al otro lado de la avenida, en Horatio Street. Me dice que en una de aquellas casas murió Alexander Hamilton. Hamilton había nacido en las Antillas inglesas en 1755, hijo ilegítimo de un plantador de origen escocés. En Nueva York había estudiado leyes. Era brillante y ambicioso. En la guerra de independencia George Washington lo nombró su edecán. Acabada la contienda e independizados los Estados Unidos, Hamilton ejerció la abogacía en Nueva York, donde un matrimonio ventajoso le había abierto las puertas de la alta sociedad. Entonces decidió intervenir activamente en la política del país, que por aquel entonces se enfrentaba a un dilema crucial para su futuro e indirectamente para el futuro del mundo. Este dilema consistía sencillamente en la forma que había de revestir el nuevo estado. Unos propugnaban un estado centralizado, un gobierno federal fuerte a cuyo cargo estarían las líneas políticas generales y por supuesto la política exterior. Otros, por el contrario, eran partidarios de una asociación de estados pequeños y decididamente autónomos a los que serviría subsidiariamente un gobierno central dotado de atribuciones escasas. Los primeros eran llamados federalistas y contaban en sus filas con el propio Washington, que no en vano había sido elegido primer Presidente de los Estados Unidos, con John Adams, que sucedió a Washington en la presidencia, y con Alexander Hamilton. A los segundos se les llamaba republicanos y estaban encabezados por Thomas Jefferson y por Aaron Burr. Washakie hace una pausa para aclarar un punto que puede haber quedado confuso. Me dice que el partido republicano de ahora no tiene nada que ver con los republicanos a que se está refiriendo, que precisamente los republicanos de entonces formaron luego el partido demócrata actual. Con todo, agrega, lo importante es que yo alcance a calibrar la importancia que revestía en esa época el que impusiera sus criterios una facción u otra: si triunfaban los federalistas, la nación estaba llamada a convertirse en una potencia mundial; si los republicanos, en un mosaico de comunidades pequeñas y bucólicas. Al decir esto Washakie sonríe tristemente y apura la cerveza, se lleva la mano al bolsillo trasero del pantalón y de allí saca varios billetes de banco, de los que selecciona cuidadosamente uno de cinco dólares. Yo pienso que se propone pagar las cervezas, pero él me tiende el billete y al ver mi expresión de desconcierto me dice que mire el retrato de Alexander Hamilton, que figura en todos los billetes de cinco dólares. Esto se debe, me explica, a que Hamilton fue Secretario del Tesoro, es decir, Ministro de Hacienda y que ocupando ese cargo echó los cimientos del sistema monetario estadounidense. En el Congreso ganó fama de orador mordaz, dote que puso al servicio de los intereses más conservadores, que también eran los suyos. Su rival acérrimo fue Aaron Burr, a quien logró cerrar el paso a dos puestos importantes: el de vicepresidente de los Estados Unidos y el de gobernador de Nueva York. Puede decirse que Hamilton arruinó la carrera política de Burr. Pero Burr no era un enemigo desdeñable: durante la guerra de independencia había sofocado un motín de la soldadesca por el expeditivo método de cortar el brazo de un tajo al primer soldado que se atrevió a levantarlo contra él.
También era abogado y también ejercía la abogacía en Nueva York. De su primer matrimonio tuvo una hija, Theodosia Burr, muy celebrada por su belleza y sus cualidades intelectuales. Quizá si Theodosia hubiese permanecido junto a su padre su influencia benéfica se habría hecho sentir sobre la conducta de aquél, pero Theodosia se había casado con el gobernador de Carolina del Sur y vivía en Charleston cuando se produjo la disputa entre Hamilton y Burr. Al parecer este último consideró que Hamilton le había calumniado y le exigió que se retractase en público de las acusaciones proferidas contra él, cosa que Hamilton hizo en forma ambigua o, en todo caso, insatisfactoria para Burr, que lo retó a duelo. El 11
de julio de 1804 los dos hombres y sus respectivos padrinos cruzaron el río Hudson y se encontraron en Weehawken, New Jersey. El disparo de Hamilton se perdió entre los árboles; el de Burr alcanzó de lleno a Hamilton, que fue trasladado de nuevo a Manhattan y conducido a la casa de Horatio Street que ahora Washakie me señala con el dedo mientras yo sostengo aún el billete de cinco dólares donde figura el rostro aristocrático del duelista. Washakie se levanta, recupera el billete y entra en la taberna a pagar. Al despedirnos le pido que me acabe de contar la historia y responde que ya no queda nada que contar, que Hamilton murió allí mismo a consecuencia de la herida recibida en el duelo. ¿Y Burr? Ah, Burr tuvo que abandonar precipitadamente Nueva York, que perdió así, de un solo golpe, a dos de sus ciudadanos más relevantes. Posteriormente Burr se exilió en Europa hasta que obtuvo el perdón gracias a la intercesión de su hija Theodosia. Cuando Burr regresaba de Europa, Theodosia decidió salir al encuentro de su padre, pero este encuentro nunca llegó a producirse, porque el barco en que viajaba ella se perdió en el mar.
Cuando regreso a casa al día siguiente pregunto al portero cómo van las cosas y me responde con tristeza que mal, que los manifestantes han optado por claudicar en vista de que sus acciones estaban condenadas al fracaso. Yo le pregunto que cómo pueden estar ya tan seguros de ello y él me responde primero con un movimiento de cabeza y un fruncimiento de labios que vienen a indicar hasta qué punto mi desconocimiento de la realidad es grande y su tolerancia mucha. Luego me dice que la televisión, a
pesar de las gestiones realizadas en tal sentido, no ha hecho acto de presencia ni ayer ni hoy. En una ciudad de veintitrés millones de habitantes nada de lo que pueda ocurrir tiene importancia si las cámaras de televisión no lo recogen. Ahora, a falta de la televisión, el comité de lucha por una plaza mejor y más segura recurrirá a los tribunales, pero el proceso será largo y costoso. Pregunto que quién integra este comité y el portero me cita varios nombres, todos ellos desconocidos por mí. Al portero le extraña que no conozca siquiera a una señora que precisamente vive en este mismo edificio, una señora a la que por fuerza tengo que haber visto en el ascensor o en la lavandería del sótano. Ante la firmeza con la que defiendo mi ignorancia, el portero me pregunta si he visto una película de James Bond titulada Desde Rusia con amor. En tal caso, recordaré a la actriz que lleva unos zapatos provistos de aguijones emponzoñados. En efecto, la recuerdo: es Lotte Lenya, la famosa intérprete de las canciones de Kurt Weil, con quien estaba casada. Este dato no interesa al portero. Él se refería al personaje de la película con el que mi vecina, según él, guarda un gran parecido físico. El parecido, se apresura a aclarar, es sólo físico.
Mi vecina es persona de buenos sentimientos, muy agradable de trato y muy correcta en sus relaciones con el personal, que la quiere bien por este motivo y porque es una de las pocas personas de edad que no tienen perros o gatos en su apartamento, lo que ahorra muchos problemas a los responsables de mantener limpios los pasillos, los ascensores y el hall.
El edificio en que vivo es de ladrillo oscuro, algo pesado de formas; tiene dieciséis plantas y lo integran 250 apartamentos. Estos apartamentos se diferencian entre sí por el número de piezas que los componen.
Si un apartamento consta de una sola pieza en forma de L, cocina y baño, se llama studio; si de un dormitorio, living, cocina y baño, one bedroom; si de dos dormitorios, two bedroom, y así sucesivamente.
También se diferencian según su orientación y su altura. Cuanto más alto es el piso, más alto también el alquiler. Actualmente Nueva York en la oferta de apartamentos supera en mucho la demanda. Es raro el edificio que no dispone de varios apartamentos por alquilar. Cada edificio tiene un personal numeroso a su servicio: diez, doce o catorce personas que vigilan la portería en tres turnos de ocho horas, atienden los ascensores, reparan los desperfectos, alimentan las calderas de la calefacción y el agua caliente y se encargan de la limpieza. Los sueldos y seguros sociales de toda esta gente, los impuestos y gravámenes diversos y los gastos continuos que exige el mantenimiento de estos microcosmos suman una cantidad de dólares que luego repercute en cada apartamento, por lo que un apartamento vacío resulta ruinoso para la empresa inmobiliaria sobre la que recaen esos gastos. Por ello las empresas ofrecen incentivos a los inquilinos potenciales para inducirles a alquilar: exención de pago de la electricidad durante seis meses, enseres domésticos, plazas de parking, etcétera. Esta situación anómala se debe a la crisis financiera por la que atraviesa la ciudad y de resulta de la cual mucha gente ha decidido trasladar su domicilio a otra parte. La ciudad está medio vacía y ya se hacen sentir los primeros efectos de la bancarrota pública: la vigilancia policial es escasa, los servicios de limpieza y de recogida de basuras son insuficientes, la biblioteca pública permanece cerrada los jueves y se anuncian catástrofes aún mayores: pronto la administración dejará de pagar los sueldos de sus funcionarios y los intereses de los bonos municipales, en los que muchos jubilados han invertido sus ahorros para sustraerlos a la rapacidad del fisco. Esto ha repercutido naturalmente en el poder adquisitivo de los ciudadanos y los comercios en lugar de florecer se agostan. Esta temporada varias tiendas han hecho rebajas antes de Navidad. El desánimo impregna la vida ciudadana: por las noches las calles parecen despobladas y las conversaciones giran invariablemente en torno al miedo y la incertidumbre. Da la sensación de que los poderes públicos han arrojado la toalla y de que ahora impera sólo la ley del más fuerte o del menos escrupuloso. Los ancianos de mi barrio querrían comprarse un piso en algún lugar soleado, en Florida o en Puerto Rico, pasar allí tranquilamente el resto de sus vidas, lejos de las pirámides de basura que jalonan las aceras y que en estos días atroces de verano apestan a corrupción, a salvo de los atracadores y de los sádicos que apalean a las personas indefensas hasta matarlas. Como este sueño de fuga es irrealizable, algunos se dejan ganar por el abatimiento, se encierran en sus casas y allí en sí mismos; otros, más débiles de complexión, enloquecen; otros, por último, prefieren morir con las botas puestas. Antes de salir el portero me tiende una hoja ciclostilada cuyo encabezamiento, escrito en mayúsculas y seguido de tres signos de admiración, reza así: No McDonald's In This Neighbourhood!!
El texto especifica acto seguido las medidas legales que el comité se dispone a tomar de inmediato.
Esta misma noche habrá una asamblea de vecinos en un apartamento cuyas señas se especifican. El documento lo firman varios nombres, entre los que debe figurar el de Lotte Lenya. Mientras lo leo el portero, que escucha una radio de transistores que lleva pegada a la oreja a todas horas, me informa de que la temperatura en la calle es de 104 grados Farenheit, que mis cálculos reducen a unos 40 grados centígrados. Con esta perspectiva salgo a la plaza.
Jackson Square está situada en los límites de Greenwich Village. Uno de sus vértices se aproxima peligrosamente a la calle 14, que separa el Village de Chelsea, un barrio malo. En Manhattan las fronteras son bruscas y precisas: veinte metros escasos pueden separar la opulencia de la miseria. A este fraccionamiento no es ajena la propia placita, por cuya acera Oeste, precisamente allí donde amenaza erigirse la hamburguesería, deambulan vacilantes algunos beodos hoscos, harapientos y hediondos que, sin embargo, no rebasan nunca la línea que demarca una droguería, a la que no entran jamás. En esta droguería, que también tiene entrada por la calle 13, se pueden encontrar los adminículos más heterogéneos: golosinas, tornillos, bombillas, palas matamoscas, tebeos, embudos, refrescos, periódicos.
Su dueño es un hombre de edad indefinida, de pelo entrecano, rostro abotargado y nariz bermeja, que masca tabaco y está siempre dispuesto a increpar a la clientela. Sin embargo, tiene una paciencia sin límites con los subnormales que llenan a diario su establecimiento en las horas que les deja libres la institución docente especializada que hay en Horatio Street, muy cerca de la casa donde murió Alexander
Hamilton. En esta escuela las clases deben de empezar muy temprano, porque nunca he visto llegar a los subnormales, aunque me consta que no pernoctan allí, porque todas las tardes, cuando regreso a casa, los veo salir y dirigirse a la parada del autobús o a la estación del metro de la calle 14. Todos regresan a sus casas solos, por sus propios medios, quizá porque pertenecen a familias menesterosas, demasiado atareadas para ocuparse de ellos a estas horas, o porque esto, el ir solos por el mundo, es precisamente lo que se enseña a los subnormales en la escuela. Antes de iniciar esta diáspora, sin embargo, entran en la droguería y compran material escolar y chucherías. Hablan con dificultad, pero se expresan con vehemencia y negocian con convicción, infatigablemente, sin dejarse amedrentar por los denuestos y amenazas que profiere el tendero, que acaba cediendo por cansancio. Las disputas suelen versar sobre el precio de un artículo o sobre la posibilidad de efectuar una devolución o un canje. En su trato el tendero se muestra rudo, pero razonable, y en su actitud no hay asomo de conmiseración, cosa que los subnormales, aun sin saberlo, le agradecen. Para él los subnormales son clientes, a ellos debe en gran parte su subsistencia y en este sentido los considera dignos del máximo respeto. Sabe además que hace unos meses ha abierto sus puertas en la Octava Avenida otra droguería similar a la suya, que con gusto le arrebataría esta clientela exigente y escasa de recursos, pero muy fiel. Quizá para aumentar los incentivos de su establecimiento, hace cosa de dos semanas instaló en el fondo de la tienda un juego electrónico de los que permiten destruir accionando un botón las oleadas de naves espaciales que van apareciendo, evolucionando y desintegrándose en una pantalla. El éxito de esta novedad entre los subnormales ha sido enorme, pero el juego requiere una concentración y una delicadeza para la que no están dotados: al cabo de un rato los subnormales se exasperaban y zarandeaban la máquina, que ya lleva varios días desenchufada y con un letrero colgado de la pantalla que dice: Out Of Order. Los subnormales, cuando van en grupo, dan un poco de miedo al que se cruza con ellos. Por término medio son de estatura elevada y rollizos de constitución; su andar es inseguro, pero parecen capaces de desarrollar una fuerza colosal y es obvio que su carácter dista mucho de la mansedumbre. En el vestir, en cambio, se revela su desvalimiento: llevan ropa sencilla y en general poco confortable, algo estrecha y corta, como la de los adolescentes que están dando el estirón. También parece que se hayan puesto los zapatos en el pie contrario. Aun en esta época llevan casi todos americana y uno de ellos no ha querido desprenderse de la bufanda de lana. Estos subnormales, a su vez, son también muy respetuosos de las delimitaciones geográficas y nunca se adentran en la parte Este de la placita, en el territorio de los taxistas colombianos.
Entre estos dos grupos tan dispares van y vienen por la placita a todas horas dos obesos. Antes de venir a Nueva York yo no había visto obesos de este porte salvo en fotografía, en la sección de miscelánea de alguna revista ilustrada de ínfima categoría. Ahora en cambio forman parte de mi paisaje cotidiano, porque esta ciudad parece estar llena de ellos, aunque es posible que la curiosidad, que me hace reparar en ellos más que en otras personas, me lleve a engaño. A primera vista el predominio de su deformidad sobre cualquier otro rasgo distintivo hace que todos se me antojen idénticos. Con el tiempo sin embargo he aprendido a distinguir a los dos habituales de Jackson Square, tanto de sus congéneres como al uno del otro. A modo de conjetura calculo a ojo el peso de cada uno de ellos no bajará de los 250 kilos. Cada uno de sus brazos o de sus piernas es más grueso que toda mi persona, el diámetro de su cintura es mayor que el de un neumático de camión, la papada les llega a la mitad del pecho y las piernas, de soportar tanto peso, han acabado arqueándose, no con las rodillas hacia fuera, no formando un paréntesis, como ocurre con los caballistas, sino al revés, con las rodillas hacia dentro y los tobillos hacia fuera, formando una X.
He preguntado a varias personas cuál es la causa de su anomalía y he recibido respuestas contradictorias.
Unos achacan el fenómeno a causas biológicas, a malformación congénita o a un funcionamiento defectuoso de las glándulas tiroides. Otros aseguran que en los obesos no hay ningún desarreglo funcional, que su gordura proviene de comer en exceso y que esta compulsión tiene orígenes psicopáticos.
Otros hablan de los hábitos alimenticios de los norteamericanos, del exceso de azúcar que consumen, de su afición desmedida por los helados, los pasteles, los chocolates y los caprichos de todo tipo. Como ocurre con los subnormales, la edad de los obesos también es difícil de precisar. Siempre que los veo tengo la impresión de que se trata de adolescentes, pero es posible que esta impresión provenga de la tersura de la piel, siempre tirante y sonrosada, y del aspecto de lactantes que les dan su figura y su expresión. Sea como sea, los dos habituales de Jacksosn Square son muy jóvenes; a decir verdad, cada vez que los veo les bajo la edad en uno o dos años. Ahora ando ya por los catorce o quince años. Ambos son varones, tienen los ojos de un azul acuoso y el pelo rubio ceniciento. Encontrar ropa de su talla debe de ser un problema insoluble; éstos dos llevan siempre un pantalón gris que parece a punto de estallar por las costuras y una camiseta de manga corta, de un azul marino desleído. Es posible que la proliferación de obesos haya inducido a los fabricantes de ropa a confeccionar unas tallas especiales para esta clientela.
Los habituales de Jackson Square, como ya he dicho, están siempre cruzando la plaza. Cada vez que miro por la ventana y cada vez que entro o salgo de la casa los veo pasar. Caminan sin dificultad, pero con parsimonia, y siempre van comiendo algo. La mayor parte de las veces comen a cucharadas una mezcla de cereales y frutos secos triturados y bañados en mantequilla líquida que venden en un delicatessen de la calle 14 en unos vasos de cartón encerado de tamaño variable, el mayor de los cuales no es mucho menor que un cubo. Otras veces van comiendo unas barras de chocolate relleno de avellanas y recubierto de miel que les deja los morritos embadurnados. Su aspecto es bonachón, no tienen pinta de sentirse infelices y aunque su fisonomía y sus maneras son infantiles, nada indica que su inteligencia no sea normal. El hecho de que los vea a todas horas en una actitud tan ociosa me hace pensar que no deben estudiar ni trabajar.
Por la noche hablo de este asunto con Washakie y él me refiere el caso de los indios pima. Los pima, al igual que shoshones, pertenecen a la familia ilustre de los aztecas, de la que los pima siempre fueron un miembro pacífico y marginal que ocupaba y sigue ocupando una zona situada en el sur de Arizona. Como
la tierra allí es muy árida y escasea la caza, los pima desarrollaron la costumbre de comer sin tasa cada vez que se presentaba la ocasión y capear los períodos de escasez con las reservas acumuladas en el organismo. Esta costumbre acabó alterando su metabolismo de tal modo que ahora los pima poseen una capacidad de asimilación alimenticia insólita en los seres humanos, aunque común entre las especies animales que habitan los desiertos. El problema es que ahora, como los cultivos modernizados y los medios de transporte han hecho desaparecer los períodos de hambre, los pima padecen de obesidad crónica. Esto les ha vuelto indolentes y la raza degenera: su propia capacidad de adaptación a un medio hostil es ahora la causa de su destrucción. Washakie ha entrado de lleno en su tema predilecto y ya es imposible sacarle de él. Durante la segunda cerveza y buena parte de la tercera me dice que el destino de los indios norteamericanos ha sido poco edificante, que sólo han sobrevivido los débiles y conformistas, que los osados y emprendedores han sido barridos de la faz de la tierra, como ocurrió con los algonquinos que poblaban esta zona, con los manhattans, que dieron nombre a la isla donde nos hallamos (aunque su verdadero nombre, me aclara, era distinto y bastante más difícil de pronunciar: Reckagawawancs). Los primeros colonos que se establecieron en Nueva York fueron holandeses, concesionarios de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales, fundada en 1602. Los algonquinos habían mostrado hacia los colonos la mejor de las disposiciones y les habían ayudado mucho en los primeros tiempos. Luego empezaron a surgir los conflictos. Los indios conocían el poder destructivo de las armas de los blancos y procuraron evitar la guerra abierta. Las escaramuzas y sus represalias propiciaron las atrocidades: los indios mataban a los colonos y les arrancaban la cabellera; los colonos mataban a los indios, les cortaban luego la cabeza y las manos y las ensartaban en picas que exhibían en lugares públicos, como trofeos de caza.
En estas matanzas los blancos no hacían distingos entre hombres, mujeres, ancianos y niños. Los indios, por el contrario, mataban únicamente a los varones y se llevaban consigo a las mujeres y los niños. Ambos bandos incendiaban las viviendas de sus contrincantes, destruían sus cosechas y acababan con el ganado.
Los indios practicaban asiduamente la tortura. Fue una contienda cruel, porque no se trataba de ganar batallas o de conquistar territorio, sino de obligar al enemigo a abandonar el campo definitivamente, de convencerle de que cualquier cosa era mejor que quedarse allí. Por supuesto, los indios, que contaban con la ventaja inicial, fueron incapaces una vez más de coaligarse. Los blancos, que no tardaron en advertir la propensión de los indios a la desavenencia, fomentaron las discordias, armaron a unas tribus y las azuzaron contra otras y así convirtieron a los indios en agentes de su propia destrucción. Hacia 1688 ya no quedaban indios en lo que hoy es Nueva York. De su existencia habían dejado un vago recuerdo en la toponimia, aunque esto no se debe a los algonquinos, ya que éstos, según me cuenta Washakie, seguían una regla rara a este respecto: la de no poner nombres a los lugares más conocidos o frecuentados por considerar que su misma notoriedad hacía innecesario diferenciarlos. Durante la época de enfrentamiento entre colonos e indios en Nueva York estos últimos contribuyeron también indirectamente a bautizar una calle que luego había de adquirir valor de símbolo. En 1635 los holandeses decidieron amurallar la ciudad para protegerla de los ataques de los indios. Como la ciudad ocupaba entonces un triángulo reducido al sur de la isla de Manhattan, les bastó con levantar un muro transversal del río Hudson al East River. Más tarde, al crecer la ciudad, este muro fue derribado y la calle que quedó abierta en su lugar fue rebautizada por los ingleses Wall Street. Washakie hace una pausa y añade, como si hablara de lo mismo, que entre sus creencias religiosas, los algonquinos creían que todo hombre de cierta importancia tenía un espíritu sobrenatural encargado de acompañarle en todo momento. Esta creencia les hacía más llevaderas las largas caminatas solitarias. Al espíritu acompañante le daban el nombre de totem. Fueron los algonquinos los que enseñaron a los colonos a cocinar el maíz de una forma pintoresca que luego los ingleses denominaron popcorn. Cuando Washakie y yo nos despedimos y vuelvo a casa coincido en el hall con la vecina que a juicio del portero se parece a Lotte Lenya. El ligero balbuceo que me produce el consumo de cerveza contrasta con la voz clara y directa de mi vecina, que me pregunta por qué no he asistido a la reunión convocada para esa noche. Tardo un rato en recordar de qué me habla, y mientras tanto improviso una excusa que ella finge creer. Le pregunto cómo ha ido la reunión y sonríe con tristeza: han ido cuatro gatos. Cuatro gatos viejos, añade. Le pregunto si todavía cree que vale la pena interponer una acción legal para impedir la construcción de la hamburguesería y me dice que sí.
A la mañana siguiente el New York Times da por segura la dimisión de Richard Nixon en un plazo
brevísimo, quizá dentro de esta misma semana. Si sucediera tal cosa, asumiría la presidencia el actual vicepresidente, Gerald Ford. La crisis financiera de la ciudad de Nueva York se agrava de día en día, según el New York Times. Los analistas explican que Nueva York ya es una ciudad vieja, basada en la empresa mediana y pequeña: un sistema anacrónico. Ahora la pujanza corresponde a las ciudades dominadas por la gran empresa: por la industria siderúrgica, la industria del automóvil, la industria química o la electrónica. Nueva York no tiene nada de esto. Hasta ahora ha vivido de la mediana empresa y del comercio, de ser un centro de decisión. Ahora sin embargo los centros de decisión se han desplazado. Las comunicaciones modernas y la informática ya no requieren la presencia del gerente sur place. Ahora los que deciden se han ido al sur, donde es verano todo el año y donde pueden seguir la marcha del mundo desde el borde de las piscinas. Nueva York no sólo se despuebla, sino que lo hace selectivamente: se van los ricos y se quedan los pobres. De este modo los ingresos municipales disminuyen y los gastos en cambio van en aumento. El problema ha adquirido visos de círculo vicioso. Un chiflado asesina mujeres que andan solas por la noche. Ya se ha cobrado seis víctimas sin que la policía sepa por dónde iniciar la búsqueda. La previsión meteorológica anuncia otro día de temperaturas altas; riesgo de tormenta a última hora de la tarde. El cielo está despejado y desde la ventana veo reverberar el asfalto. Apago el aire acondicionado y antes de salir de casa ya estoy sudando. En el hall hay un espejo sobre una falsa chimenea y en el espejo alguien ha enganchado con papel adhesivo un pasquín encabezado por este lema: No McDonald's In This Neighbourhood!!! A esta proclama sigue un texto que no tengo tiempo de leer. Jackson Square es un horno y decido tomar un taxi, para lo cual me dirijo al lado este de la placita, donde suelen estacionarse los taxistas colombianos.
Cuatro taxis aparcados en fila india ocupan todo el tramo que va de la calle 13 a la Octava Avenida. En esa parte de la placita hay un solar triangular pavimentado que es usado como aparcamiento de pago hasta que alguna constructora se decida a edificar en tiempos mejores. Ahora, en verano, el parking está medio vacío, pero el resto del año está lleno el día entero y también a última hora de la tarde, cuando la gente de otros barrios baja al Village a cenar. La vigilancia y la gestión del parking corren a cargo de un negro de pelo blanco que lleva siempre una gorra de hule gris y que lee comics sentado en una silla plegable de armazón de aluminio y asiento y respaldo de lona. Cuando llueve o hace frío se refugia en una garita muy endeble y aparentemente muy pequeña, que dispone sin embargo de muchas comodidades: estufa, radio, nevera, ventilador y televisor en blanco y negro. A veces veo al negro en animada conversación con los taxistas colombianos. No comprendo cómo pueden entender ellos el inglés que habla el negro ni éste el que hablan ellos, pero lo cierto es que al negro no le cabe otra opción si quiere hablar con alguien, porque a esa parada de taxi sólo acuden taxistas colombianos. Allí salen de sus vehículos, se sientan en la acera, charlan y reponen fuerzas. Aunque no es la primera vez que recurro a sus servicios, ni ellos me conocen ni yo a ellos, lo que no impide que nuestro trato sea amistoso, porque son cordiales de natural y porque les gusta llevar pasajeros de habla hispana. Cuando les digo que quiero un taxi me saludan como a un amigo, pero ninguno hace ademán de levantarse. Están sentados los cuatro y comen pausadamente unos bocadillos enormes y suculentos de los que rebosan rodajas de tomate, hojas de lechuga y lonchas de carne además de otros productos que no consigo identificar. Han dejado abierta la portezuela de uno de los taxis, cuya radio deja oír un ritmo que puede ser una cumbia o un ballenato a los oídos de un profano. En Nueva York la variedad de ritmos es infinita. Por fin uno de ellos envuelve la mitad del bocadillo que aún no ha engullido en un papel encerado que envuelve luego en un plástico y después en una hoja de El Diario, el periódico hispano de Nueva York. Hecho esto apura la Coca-cola, arroja la lata vacía a la papelera del parking y me invita a subir a uno de los taxis. Ya en marcha me disculpo por haber interrumpido su almuerzo y él me dice que no me preocupe, que no tiene importancia.
Me cuenta que el bocadillo se lo ha preparado su mujer. Su mujer, me dice, es colombiana, igual que él, pero de la sierra. Llevan muchos años casados: se casaron siendo ambos adolescentes. Ahora, aunque aparenta menos años de los que tengo, ya tiene hijos crecidos. Esto le produce más quebraderos de cabeza que otra cosa, porque los chicos no encuentran trabajo y andan todo el día por las calles, sabe Dios en qué compañías, vacilando y perdiendo el tiempo miserablemente. Su mujer y él siempre se han llevado muy bien, nunca han discutido. En esto ha tenido una suerte enorme, por la que da gracias a Dios todas las noches. Esta avenencia sin embargo no ha sido casual; a él le corresponde el mérito de haber sacado a su mujer de Colombia apenas se hubieron casado. Se vinieron a Nueva York con una mano delante y la otra detrás y pasaron unos años muy duros, pero valió la pena, porque gracias a esta maniobra la pareja se vio libre de la influencia perniciosa de la madre de ella, de las hermanas de ella y de las amigas de ella.
En Nueva York en cambio no había que temerle al comadreo y a la maledicencia, que arruinan tantos matrimonios. Las mujeres colombianas cuando no están inmersas en su mundo, cuando nadie les calienta la cabeza con chismes y consejos, son lo mejor que hay sobre la tierra. Cada vez que él viaja a su tierra les dice a sus amigos que en Colombia los hombres no saben apreciar lo que tienen. Los amigos le escuchan como si oyeran llover, porque no han vivido en Nueva York y no han tenido ocasión de hacer comparaciones. Si hubieran tratado a las gringas, le darían la razón en el acto. Todas las gringas están locas de atar. Los gringos también lo están, pero se les nota menos, porque gastan las energías en trabajar y en ganar dinero y luego ya no les queda fuerzas para nada más. En cambio las mujeres no saben qué hacer con la energía que no consumen. Entre los anticonceptivos y los electrodomésticos tienen los problemas resueltos y llevan una vida demasiado cómoda. Es esta molicie lo que las vuelve locas. Él ha aprendido a temerlas más que a la peste. Cada vez que una mujer sola sube a su taxi él ya sabe en qué acabará la cosa. Y un hombre no puede estar diciendo que no todas las veces. Cuando él dice que no, ellas montan en cólera; le llaman maricón y él tiene que tragarse el coraje que le da eso, pero,
¿qué puede hacer si no? No las va a pegar. Pegar a las mujeres, aunque lo merezcan, no está bien y
además en esta ciudad de locos una cosa así podría costarle caro. Los gringos por nada recurren a los tribunales, aunque eso arruine su reputación, y los tribunales siempre dan la razón a las mujeres, en especial si ellas son gringas y él un colombiano del carajo. A los colombianos todo el mundo los tiene aquí entre ceja y ceja, porque creen que andan metidos en el asunto de la coca, lo que es absurdo. Algunos andan en eso, claro está, pero no todos. Él mismo, por citar un ejemplo, nunca ha metido la nariz en eso.
Tiene amigos que andan en eso y de vez en cuando no ha tenido más remedio que hacerles un favor, pero nada más. Nunca ha sacado un centavo de eso. Él reprueba el consumo de coca, especialmente por parte de quiénes no saben cómo usarla con sensatez. También reprueba la violencia, los asesinatos y todo eso.
Por culpa de la violencia los colombianos tienen la fama que tienen. A él ya le han registrado los policías la casa varias veces, unas con autorización judicial y otras sin ella, por la cara. Pero la policía no es nada en comparación con las mujeres que suben a su taxi. Me refiere varias escenas escabrosas. Lo primero que hacen todas al subir al taxi es quitarse las bragas, me dice. Luego le ordenan que detenga el taxi en algún lugar recóndito, que apague el motor y que pase al asiento trasero. Casi todas pretenden además que durante este rato detenga también el taxímetro, a lo que él se niega. Una llegó a amenazarle con una pistola. Otras le han ofrecido dinero. Una quiso forzarle a tomarse una cápsula sin decirle de qué se trataba. Otra después de tanto insistir y de tanto insinuarse, se puso a chillar como una condenada en el momento más inoportuno. Muchas, cuando todo ha terminado, se ponen a llorar con desconsuelo. Éste es el momento más peligroso, me dice, porque si uno se muestra comprensivo, si ellas ven que han logrado enternecerlo, las consecuencias pueden ser terribles e inacabables. Para sobrevivir en esta ciudad hay que ser duro, me dice. Yo le digo que vengo sobreviviendo sin necesidad de ser duro y me responde que debo de ser un privilegiado. Al separarnos me encuentro sumido a mi pesar en un mar de conjeturas. Me digo que es posible que una vez más alguien me haya contado una sarta de embustes sin mala intención, que haya tomado mi interés por credulidad y haya aprovechado la ocasión para hacer la crónica de sus fantasías, deseos y frustraciones. Si otra cosa no, en Manhattan están protegidos los sueños, que es lo más doloroso de perder. Manhattan es el último refugio del anhelo colectivo y el lugar donde todo el mundo puede representar con cierta impunidad el papel que a sabiendas o no se han asignado en la vida.
Este papel, a menudo, anda bordeando la locura. Pero también es posible que sea real el relato del taxista, que en alguna parte en este mismo momento se estén produciendo estos sucesos, se den estos amores de ocasión, estos arrebatos prosaicos, estos negocios clandestinos, que existan estos policías corruptos, estos asesinos a sueldo y estas mujeres desesperadas. Las noticias que veo por la noche en uno de los canales locales de televisión parecen confirmar esta última alternativa: han disparado contra un policía que pedía la documentación a unos muchachos que paseaban en coche a demasiada velocidad y el policía ha muerto a poco de ingresar en el hospital; cuatro personas han perecido en un incendio provocado; un joven ha sido detenido en relación con el caso del psicópata que anda asesinando mujeres solitarias, pero ha sido puesto de inmediato en libertad. Entre las últimas noticias de este día insípido de verano aparece Jackson Square en la pantalla como telón de fondo al rostro de una señora de edad que sin duda pertenece al comité de lucha por una plaza mejor y más segura. A las preguntas de una locutora invisible responde exponiendo en forma sucinta los motivos por los que todos los vecinos sin excepción nos oponemos a la hamburguesería. Habla con mucho aplomo y no parece que tenga escrúpulos a la hora de presuponer una unanimidad que al menos por mi parte no existe, pero es lógico que pretenda aprovechar al máximo la ocasión que le ofrece la cámara de la televisión para dar un mensaje claro y sin fisuras. Al bajar comento con el portero lo que acabo de presenciar y su rostro se ilumina: sí, finalmente la televisión apareció en el lugar de autos. Se presentaron sin previo aviso y no hubo tiempo de convocar una manifestación. Todo lo que he visto fue improvisado en cinco minutos. El efecto, sin embargo, ha sido fulminante: apenas transcurridas dos horas de la grabación ya habían acudido a la casa tres periodistas y cuatro más habían llamado por teléfono interesándose en el suceso. Esto no ha impedido que el pasquín haya sido arrancado del espejo por el superintendente del edificio, que tiene prohibido fijar carteles de ningún tipo en el hall.