Octavo en azul

John Blackburn · Capítulo 1 de 16

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Octavo en azul

Capítulo 1

John Blackburn

ePub r1.0

Titivillus 23.08.16

Título original: Blue Octavo

John Blackburn, 1963

Traducción: Miguel Giménez Sales

Diseño de cubierta: Titivillus

Editor digital: Titivillus

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1

 

—Y con esto, damas y caballeros, como el duque dijo a la duquesa, concluye el negocio por hoy.

Oficialmente, la subasta había terminado. El subastador acababa de soltar su último chiste y descendió de la tarima; también el público se marchaba ya, y los mozos estaban separando los lotes subastados. Los «chicos» sonreían entre sí, yendo como furtivamente hacia la puerta. La verdadera subasta todavía no había empezado.

Marchaban como lobos que temen una emboscada, no formando grupo para evitar levantar sospechas, sino de dos o de tres, con el sombrero hongo o blando echado sobre sus caras pálidas y ojerosas, los dedos manchados de nicotina aprisionando los catálogos, y sus finos zapatos chapoteando sobre el fangoso camino; los mueblistas junto a una camioneta parada a la puerta, y los libreros en el parque húmedo. Una docena de hombres se mantenían de pie entre los árboles, pujando por lotes que ya habían adquirido. El Círculo estaba de nuevo en acción.

Era un día muy agradable, en que el invierno se trocaba en primavera, con retoños ya en los árboles y, sin embargo, aún se veían algunos témpanos. Pero aquellos hombres no estaban interesados en la primavera, ni en los retoños, ni en los témpanos. Sólo les interesaban los bien detallados catálogos. Se habían vendido veinte lotes a uno de los miembros, por una nimiedad, mientras los demás permanecían inmutables. ¿Por qué ha de comerse el perro al perro? Ahora, su poseedor oficial volvería a subastar aquellos lotes, esta vez por su verdadero valor.

—Bien, caballeros, creo que ya podemos empezar.

Con el arte de un caballero al inaugurar un salón de ventas, Jack Goldsmith se apoyó en un árbol y levantó su blanca y carnosa mano.

—Sí —prosiguió—. Veamos. El lote noventa y tres fue el primero que se nos vendió por ocho libras. ¿Cuánto para empezar? Gracias, señor Callaghan… quince, entonces. Señor Burton… dieciocho. Señor Cain… veinte. Señor Callaghan… veintiuna. Para usted, Bill, veintiuna libras; dejándonos con trece que serán repartidas como dividendo.

—Ahora, pasemos al lote noventa y cuatro: la colección de impresiones deportivas que, debido a la intervención de aquella pesada y persistente mujer, alcanzó las doce con diez. Gracias, señor Algat. Comenzaremos por dieciocho…

Lenta y sosegadamente, sin excitación o rencor, el negocio fue realizado; libros para el más alto pujador y una parte separada para los que perdían o meramente estaban callados. Una buena parte para el fondo. A menudo, la diferencia entre lo que un lote había alcanzado en la subasta oficial y lo que daban por él ahora era del orden de un trescientos por ciento. Todo en forma amistosa y respetable.

Se hallaban casi al final del catálogo cuando irrumpió una nota de tensión entre los congregados.

—Veinte libras, caballeros.

Roach estaba un poco separado del resto de los «caballeros», apoyado contra un árbol, con un fondo de vegetación, por lo que parecía un gnomo de cuento de hadas. Llevaba un horrible sombrero verde, inclinado muy bajo sobre su cara de mono, y un impermeable algo destrozado envolvía su cuerpo como si se tratase de un montón de harapos. No parecía que poseyese ni veinte chelines.

—De acuerdo, veinticinco, señor Lehman.

—¡Veinticinco! ¿Qué le hace pensar que valga tanto?

John Cain frunció el ceño ligeramente, mirando su catálogo y las notas a lápiz del margen.

Lote Ciento Nueve… cuatro libros de montañismo.

Se trataba de El primero sobre el Everest, los dos Antesalas del Reino, y una edición limitada en inglés, sobre escaladas en rocas, titulada Peñas Grises.

Sólo habían obtenido cinco libras en la subasta, por lo que veinticinco, ahora, era absurdo. Ni Roach ni Lehman tenían un parroquiano que pagase por ellos tanto dinero.

—¡Treinta y dos!

No, aquello ya no era absurdo, era una locura. Roach y Lehman eran enemigos, naturalmente, y a través de los años siempre habían dado muestras de su enemistad, pero ahora estaban tirando el dinero por simple despecho. De acuerdo, no importaba. A lo sumo, el lote valía unas doce libras, y anotó esta cifra en su catálogo.

—¡Treinta y cinco!

Caramba, parecían dos idiotas a punto de cortarse la garganta. John miró a Peter Burton, de la Librería Chancery, y sonrió. Cuanto más pujasen Lehman y Roach por el lote, más dividendos les quedarían a los demás. Treinta y cinco libras contra cinco significaba ya una buena parte. La venta había sido un negocio aceptable —aunque con pocos libros entre demasiados libreros—, pero esta última subasta daba un cariz nuevo a la ocasión.

—¡Treinta y ocho!

Desde el extremo del sendero, podía oír el rumor de algunos camiones y las carretillas de los mozos. Los transportistas de muebles habían empezado a trabajar, cargando las piezas. Pensó tristemente que aquéllos habrían podido llevar su lote de manera cómoda. No como los pobres libreros que se hallaban al aire libre. Las caras grises añoraban la ciudad. Burton, a su lado, sonrió torvamente, alegrándose, con toda seguridad, ante el pensamiento de su corte. Jack Goldsmith, con un traje de mezclilla, intentaba parecer un caballero del campo, sin conseguirlo en absoluto; Sommers, de la Prensa As, con una expresión de completa extrañeza en su semblante delgado y enfermizo. Bill Callaghan considerando las manías de algunos hombres. Todos habían dejado de pujar, contemplando sólo a Roach y Lehman.

—¡Cuarenta libras!

Roach levantó ligeramente la mano. Tenía el rostro y los ojos parcialmente ocultos por su horrible sombrero, pero parecía saber exactamente lo que estaba haciendo. Como siempre, John quedó sorprendido por el raro acento de su voz. Tenía un acento populachero muy marcado, que sonaba a falso, como si el dejo tuviese por objeto ocultar una educación que desease olvidar.

—Muy bien, cuarenta y dos, señor Goldsmith.

John miró a Lehman, y comprendió que era su última puja. La expresión del tipo era tensa unos momentos antes, mas ahora estaba totalmente desprovista de expresión, aparte de cierto aire de presunción. Lehman no quería los libros para él. No era un especialista en temas deportivos, y ningún cliente le pagaría veinte libras por ellos. Sabía que Roach los deseaba, eso sí. Mediante un camino tortuoso, lo había comprendido y había querido azuzar a Roach hasta el límite, pero ahora ya había llegado a él. John vio cómo sacaba un cigarrillo de un arrugado paquete y se apartaba del grupo, como si todo el asunto le estuviera disgustando.

—Gracias, Sam. Cuarenta y dos libras es la cantidad pujada para el lote Ciento Nueve, señor Roach, y está en contra de usted. ¿Desea aumentar la cifra?

Jack Goldsmith se inclinó hacia Roach, como un tío malvado persuadiendo a su sobrino a gastar todo el dinero de su hucha en un simple e inútil muñeco. Pensó que el hombre probablemente estaba loco, y esta idea le divirtió. Era igual; detrás de su diversión existía una nota de ansiedad. El viejo Roach llevaba muchos años en el negocio, y debía de conocerlo bien. Tal vez el lote poseyese algo que los demás ignoraban… algo especial en alguno de aquellos libros que lo tornase muy valioso. A Goldsmith no le gustaba la idea de ignorarlo. Tenía setenta y ocho años, con cuarenta mil libras de valor en su depósito librero, en el sótano de su tienda de Chelsea, pero la idea de una buena compra escapándosele de los dedos sin saberlo era una pesadilla constante que turbaba sus sueños; filas y filas, miles y miles de libros yendo a parar a las tiendas y catálogos de otros libreros, y ni siquiera un solo volumen para el pobre viejo Jack Goldsmith.

Pero, no, era imposible. Lo había comprobado cuidadosamente. Siempre lo hacía. No había ninguna descripción interesante en aquellos libros que les otorgase un valor fuera de lo real. Los Antesalas del Reino estaban en muy malas condiciones, y a lo sumo valían tres libras; El primero sobre el Everest, unas dos; doce era lo máximo que podía valer Peñas Grises. Roach no era más que un viejo loco y Lehman lo había enviado al infierno. Si quería tirar su dinero, era cosa suya.

Recibió amablemente las cuarenta y tres libras de Roach, miró detenidamente a Lehman, y efectuó una anotación en su agenda.

—Bien, caballeros, esto parece ser el final, y ahora vamos a consultar el arreglo financiero. Según veo, el señor Burton le debe trece libras al Círculo; el señor Callaghan, veintiocho con diez; el señor Roach…

Como jugadores escondidos, todos se reunieron en torno suyo y empezaron a liquidar las cuentas; recibos para los propietarios que habían pagado, y unos billetes para los demás. Todo del modo más satisfactorio. Los libros, en conjunto, apenas habían llegado a las cien libras en la subasta, mas ahora habían duplicado esta cifra.

—Bien, Johnnie, ya se lo demostré, ¿eh? Le demostré que el bastardo de Sam Lehman estaba pujando porque sí.

Roach fue hacia John Cain. Su cara de mono era una mezcla de malicia y buen humor. Cuando sonreía, un simple diente de oro iluminaba su boca, como una lámpara en una oscura caverna.

—No creo que fuera esto, señor Roach. Creo que usted ha cometido una locura.

John no sonrió. El y Roach eran amigos de años, a pesar de la diferencia de edad, por lo que John aún empleaba el «señor».

—No, Sam no quería esos libros en absoluto. Se limitó a incitarle a usted en la puja y se detuvo exactamente en el momento en que se dio cuenta de que había ido demasiado lejos. Él es quien se ríe ahora, no usted. No intento meterme en su negocio, ya que usted es un especialista en libros deportivos. Lo único que sé es que el lote no vale veinte libras y ha alcanzado cuarenta y tres. ¿Qué le ha pasado? ¿Se ha vuelto loco y ha querido tirar el dinero para fastidiar a Lehman?

—¿Lo piensa así, John? ¿Realmente piensa que estoy loco? —Roach meneó tristemente la cabeza—. Usted, como todos los demás, cree que estoy senil, que soy un viejo loco que no conoce su negocio y que paga más por enemistad con Sam Lehman. Oh, cierto, Sam no me gusta. ¿Le conté lo que me hizo una vez? Tenía un ejemplar de un libro, aunque no extraordinario, al que le faltaba una ilustración. Él sabía que yo tenía otro ejemplar; de modo que me pidió que se lo enviase para su comparación. Me lo devolvió por correo con una nota en la que decía que era imperfecto y le faltaba una ilustración. El bastardo la había cortado para ponerla en su ejemplar.

—Sí, lo sé. Lehman le cortó una página de un libro y usted no puede tragarle desde entonces. Pero creo que es exagerado pagar cuarenta y tres libras para vengarse de él.

Se hallaban ya en la casa, esperando que un mozo cargase con el lote de Roach. «Antaño debía de haber sido una construcción magnífica —pensó John—: una casa caliente y agradable, con personas felices, buenos muebles y una pequeña biblioteca. Ahora parecía un campo de batalla, con las alfombras enrolladas, los muebles llevados a los camiones, y vacíos los estantes de la biblioteca. El último propietario debía de haber sido un inválido o un mutilado, ya que había una especie de silla de ruedas junto a la escalera. Alguien la había adquirido por tres libras, según recordaba. Bien, esto ya no importaba. El propietario estaba muerto y los impuestos habían sido excesivos. Pronto, la vieja casona sería derribada y se construiría un edificio de despachos.»

—Oh, no, hijo, no perdí cuarenta y tres libras por vengarme de él. —La voz de Roach estaba cascada—. Sam me obligó a pagar demasiado por ese lote, pero incluso cuarenta y tres libras significan un buen beneficio para mí… un estupendo beneficio.

Calló al acercarse un mozo.

—Sí, está bien, Jorge, es el Ciento Nueve. Muchas gracias.

Le dio al mozo media corona y le cogió el paquete, sonriendo en dirección a John.

—Oiga, hijito. Lléveme a casa en su bonito coche y le invito a una taza de té. Luego, le contaré una historia divertida.

Se puso los libros bajo el brazo y, pareciendo más que nunca un enanito de Blancanieves, se deslizó hacia la puerta.

 

Roach vivía en una calleja lateral al sur de Clapham Common, y desde fuera la casa parecía una pocilga. El estuco del portal estaba descascarillado y lleno de grietas, la pintura faltaba en muchos sitios, y nadie había limpiado las ventanas desde hacía años. Al abrir la puerta, ambos hombres fueron saludados por un fuerte olor a platos sucios, a madera podrida y a humedad. John anduvo cuidadosamente detrás de Roach por el pasadizo, sintiendo las tablas del suelo gruñendo bajo sus pies, como si en cualquier momento pudiesen ceder, enviándole directamente al sótano. Al extremo del corredor, Roach le indicó una puerta de la derecha y entraron en una pequeña habitación.

Pero si el resto de la casa estaba también sucio, el taller, la librería o el despacho, lo que fuese aquella estancia, no lo estaba.

El suelo se hallaba cubierto por linóleo muy reluciente; junto a la puerta y la ventana se veían archivadores de acero, y había una máquina de escribir eléctrica sobre la mesa de nogal. En todas las paredes había estantes con libros; millares de libros, bien catalogados y divididos por temas. En el lomo de cada volumen se veía un pedazo de papel dando los detalles de su compra y el precio a que podía venderse. John enarcó ligeramente las cejas al mirar un par de papelitos. Roach poseía un depósito de gran valor, ya que los precios eran muy altos.

De todos modos, era un conjunto maravilloso, principalmente sobre temas deportivos, aunque también había una sección dedicada a la aviación. Si el viejo vendía la mitad de lo que poseía a un precio razonable, podría vivir cómodamente durante los años que le quedasen de vida. Tal como era, ahora vivía en un barrio miserable y trabajaba como un negro, yendo de tienda en tienda y de subasta en subasta, y de vez en cuando enviando catálogos a las librerías y a los coleccionistas sobre libros de tan alto precio que debía de ser un éxito vender una cuarta parte de sus existencias.

Esto no le sorprendía a John. Cuando se lleva tanto tiempo en el negocio como el viejo Roach o Jack Goldsmith, los libros se convierten en una locura, en una obsesión, y realmente no se desea venderlos. Los valores monetarios cambian, los depósitos y las ganancias se alteran, y sólo importan los libros, que ofrecen una gran seguridad. Largas filas de volúmenes apretujados se extendían bajo la luz, con la sensación de sus estupendas encuadernaciones, y la gracia de encontrar alguna ganga entre ellos. Un montón de basura en una carretilla o en la tienda de un trapero, y entre la basura un volumen gris, cubierto de polvo, que podía… sí, podía… Y cuando uno trataba de recordar qué era o lo que se sabía de aquel libro, parecía que éste exclamase: «Cómprame.»

Sí, era una vida agradable, si uno no se moría de hambre.

John meneó la cabeza tristemente ante el paquete depositado encima de la mesa: allí no había diversión ni era una ganga. Los cuatro libros contenidos eran conocidos y muy corrientes. Hasta los mejores coleccionistas se avergonzarían de pagar por ellos veinte libras.

—Esto ya está, Johnnie. Aquí tenemos el té.

Roach penetró en la habitación y dejó dos tazas humeantes sobre la mesa. Hizo el té mediante el sencillo procedimiento de meter las hojitas, leche condensada y agua en la tetera y hacerlo hervir todo. El líquido de las tazas parecía y sabía a alquitrán.

—¡A su salud!

Levantó la mano en un brindis burlón y se tragó el horrible brebaje con aspecto de satisfacción.

—Ahora, echemos una ojeada a mi compra ¿eh? —Deshizo el nudo y guardó el cordel para uso futuro—. Aquí hay un regalito para usted, John. Se ha portado siempre muy bien conmigo, llevándome a las subastas en su coche, de modo que le regalo estos tres volúmenes, con todos mis buenos deseos. No valen mucho, pero puede obtener unas cuantas libras por ellos.

—De modo que está realmente loco, ¿eh? —John frunció el ceño contemplando los dos Antesalas del Reino y El primero sobre el Everest—. ¿Me los regala de veras? Esto significa que ha pagado usted cuarenta y tres libras por un libro que no vale doce.

—Sí, tal vez las valga, hijo.

Roach sacó del bolsillo una cajita con tabaco y lió un pitillo. Luego habló con él en la boca, pegándosele el delgado papel a su labio inferior como una excrecencia.

—Sí, tal vez las valga —repitió—. Pero quiero que se lleve estos otros tres. A mí no me sirven de nada. Los he comprado porque formaban parte del lote. Mire la estantería de la derecha. Tengo dos ejemplares de La tierra del Poppy azul, y tres de Un cazador en el Tibet. Tal vez cinco del Everest. ¿Para qué quiero más?

—¿Entonces, realmente pagó tanto dinero por este solo ejemplar? —John contempló el volumen restante, que estaba en manos de Roach: un volumen delgado, en octavo, encuadernado en piel de color azul, con una especie de prominencia en la portada, como el dibujo de un pico para el hielo y una cuerda de escalar—. ¿Qué tiene de especial?

—No lo sé, Johnnie. No tengo la más remota idea, pero se trata de algo especial… claro que para una sola persona. —Empujó el libro hacia John—. Mírelo y procure descubrirlo.

—Gracias.

John lo inclinó hacia la luz y miró casualmente la portada. Nunca había tenido en sus manos un ejemplar de Peñas Grises, pero sabía todo lo que era preciso saber acerca de él por catálogos y subastas. Una edición de la Trefoil Press sobre las escaladas y los escaladores ingleses, publicada en 1910, con firmas autógrafas de varias personalidades en la primera página. La edición había sido limitada, con sólo cien ejemplares, vendida por los editores a suscriptores privados. Abrió el libro con indolencia y repasó la lista de firmas. Entre ellas leyó los nombres de Whymper, Mummery, y también la de Owen Glyn-Jones.

Sí, un buen libro, pero nada más. La impresión era demasiado recargada, y el papel grueso había perdido su cremosidad y mostraba señales de desgaste. Fue pasando las páginas y contemplando las ilustraciones: fotografías de caballeros de poblado bigote con trajes a lo Sherlock Holmes, todos cogidos con cuerdas, sobre repechos y salientes, o promontorios, y por encima de profundos barrancos. Debajo de cada ilustración había su correspondiente pie, respecto a la escalada y al alpinista. Los hermanos Abrahams en el Pico Scafell, Jones trepando a Tower Ridge con Ben Nevis, y un clérigo barbudo llevándose un frasco a los labios antes de intentar la ascensión de Napes Needle. Un amigo en necesidad también es un amigo, decía el pie.

—Bien, ya lo he mirado —dijo—, y no veo nada especial en él.

John cerró el libro y lo alejó de sí.

—Personalmente —añadió—, si quisiera comprar un libro con esta encuadernación, preferiría un Rackham.

—Sí, hijito, naturalmente, pero estaría equivocado, muy equivocado. —El cigarrillo de Roach estaba manchado de marrón y parecía bailar de un extremo a otro de su boca—. Yo también me equivoqué una vez. Hace muchos años, antes de especializarme. Cometí un error garrafal. Compré una primera edición de Cumbres Borrascosas por diez chelines, sin saber qué era. Pensé que no era más que una novela de la Brontë, y se la vendí a un tratante americano —creo que era Lascombe, de Virginia—, por cinco. Un mes más tarde me enteré de que dicho caballero había rechazado tres mil dólares por la obra.

Su mano de viejo acarició el libro con sus nudosos dedos. Había algo muy sensual en este movimiento.

—Pero no pienso cometer ningún otro error —prosiguió—. No, no con este bebé. No sé por qué, pero vale mucho dinero para una persona. Y no se lo vendería a usted por cien libras, John.

—¿Piensa que hallará un buen cliente? En tal caso, tendrá que estar tan loco como usted.

John se esforzó por apurar su té. «Realmente, el viejo Roach estaba chiflado — pensó—. No tenía ni pizca de sentido común. La idea de un cliente que pagara tanto dinero era una imbecilidad. Sí, vivir solo y con tantos libros en su compañía, le había secado el cerebro, como a Don Quijote. No tenía amigos ni parientes próximos, y nadie sabía nada de él. Debía de rondar los ochenta, y el cerebro ya estaba desquiciado. De seguir así, tendrían que internarlo en un asilo.»

—Si encuentra alguien que pague lo que usted dio por el libro, me colgaré hasta morir —le espetó.

—Oh, tendrá que colgarse, hijo; puede apostar en ello. —Una sonrisa senil entreabrió los labios de Roach sin que soltara el cigarrillo—. Uno tiene que fiarse de los buenos clientes en esta clase de negocio, un comercio de postales y catálogos puramente. Para usted, que posee una buena tienda, es diferente, claro. A su tienda acude la gente, hablan con usted y a veces le compran libros, o los piden por intermedio de usted. Se trata de una relación personal, Pero un pobretón como yo, con sólo una máquina de escribir, nunca ve a sus parroquianos, y tiene que contentarles mediante el resultado de las ventas. Sólo son nombres en una lista enviada por correo, y si no encuentran lo que buscan, los pierdo.

Metió una hoja de papel en la máquina y se terminó el té.

—Y ahora, Johnnie —continuó—, tendrá que dejarme. No diré que mi negocio sea brillante, pero tengo mucho trabajo.

—Naturalmente. —John sonrió agradablemente—. Pero ¿qué hay de la divertida historia que me prometió a cambio de traerle a casa?

—Oh, bueno, espere unos días, hijo. En este momento, aún no sé exactamente cómo termina. Y en cuanto a su amabilidad por traerme hasta aquí, ya está bien pagado: dos estupendos Antesalas del Reino y el Everest. No los venda por menos de diez libras. Y ahora, lárguese.

Sus viejos y astutos ojos vieron cómo John Cain se dirigía a la puerta, y luego concentró su atención en la máquina de escribir.

Con referencia a su petición permanente —escribió—, tengo un buen ejemplar. Número de limitación, 68. Mi precio, incluyendo el envío es de —hizo una leve pausa, chupando la colilla del cigarrillo, y sonrió levemente. Luego escribió—: cien libras.

—Bien, ¿qué pasa? —preguntó en voz alta cuando hubo terminado, y volvió a pasar la mano por la cubierta del libro con aquel extraño movimiento sensual. Luego, añadió—: Este es tu secreto, ¿eh? —Ahora que estaba solo, su voz era diferente. Había perdido su acento barriobajero, y sonaba como una voz culta, casi académica. Al cabo de unos instantes, agregó—: Eras un libro ordinario, casi feo, y pensaba saber cuanto hay que saber de ti. Conque es esto, ¿eh, querido? ¿Por qué vales tanto dinero?

Se retrepó en la silla y no pareció estar pensando en nada, aunque tenía los ojos fijos en el libro. Casi estaba dormido cuando sonó el timbre de la puerta, y arrastrando los pies, fue a abrir.

 

John Cain no vio ni tan siquiera pensó en Roach durante los dos días siguientes, hasta que un dibujante de películas llamado Fred Lacey le llamó respecto a una colección de libros sobre las modas de la Regencia. Lacey era un tipo bajito y gordinflón, con cara de bufón, aunque su cuerpo ocultaba un alma espiritual. O estaba sin trabajo o tenía demasiado, y todo lo que hacía era apresurado.

—No, no, no, no, señor Cain. —La voz sonaba tensa y rasposa por el teléfono, como si hubiera estado corriendo—. No me interesa. Comprendo que usted podría conseguir una colección anunciando en un diario comercial, pero esto nos llevaría diez días. Si debo tener listos estos dibujos a tiempo, necesito un ejemplar de… de… —dejó oír un ruido como el escape de un motor y acabó—: de Las Modas, de Townsend, mañana mismo. Comprenda, señor Cain. Hasta ahora he sido un buen cliente suyo y confiaba en que pudiera ayudarme. Se trata de un asunto muy importante para mí. No parecía un cliente sino un prisionero, suplicando por su vida, en una cárcel oriental.

—Haré lo que pueda, señor Lacey, pero no le prometo nada. Es muy difícil encontrar un Townsend actualmente, pero si tengo suerte le llamaré.

John colgó rápidamente el aparato, antes de escuchar otro aluvión de palabras, y reflexionó unos instantes. Era difícil conseguir aquel libro, pero Lacey era un buen cliente y valía la pena tomarse algunas molestias. Sería agradable hacerle un favor; debía de haber algún ejemplar en Londres.

Sí, recordaba haber visto uno no hacía mucho. Cinco volúmenes en folio, encuadernados en tela verde con adornos escarlatas, en el estante o en el escaparate de alguien… El título de los cinco tomos era: Historia de la moda, de Townsend, edición 1832, lo cual haría feliz a Lacey, y a él le proporcionaría un buen beneficio.

¿Dónde los había visto? Volvió a reclinarse en su butaca, viendo claramente los ejemplares pero sin poder situarlos. Por un momento pensó telefonear a un par de tratantes de libros, y de repente se acordó de Roach. Naturalmente, el viejo no los tendría porque no entraban en su especialidad, ya que sólo se dedicaba al deporte y la aeronáutica, y el Townsend caía fuera de su negocio. Daba lo mismo. Los libros se hallaban en una tienda de Londres y Roach sabría en cuál. Su memoria para los libros era como una computadora, y pasaba dos tercios de su tiempo libre yendo de tienda en tienda con la esperanza de encontrar algo de su especialidad.

¡Maldito Roach! El viejo idiota tenía una máquina de escribir eléctrica, pero en cambio, carecía de teléfono. Si necesitaba ayuda del anciano tendría que ir a su casa. Y… ¿por qué no? Era miércoles, día en que cerraba temprano, y su ayudante, una chica de quince años de poco cerebro pero honrada, podría cuidar de la tienda. Le entregó las llaves y se marchó.

Era agradable salir un rato. Agradable aspirar el aire libre y los vapores de gasolina en vez del rancio olor a encuadernaciones, el polvo y la mala ventilación del interior. La mañana era buena; de principios de abril, con la primavera asomándose entre los árboles, y las golondrinas planeando en el horizonte como platillos volantes. La mañana que le obliga a uno a pasear sin rumbo fijo, a zarpar hacia cualquier parte y a olvidarse de todo negocio: de los catálogos, de las encuadernaciones y de las conversaciones susurradas respecto a transacciones de poca monta; un buen día para conducir un automóvil.

No tardó en llegar a Clapham Common. Los niños jugaban al fútbol sobre la hierba, y la ciudad escalaba la colina Lavender, con sus casas todas idénticas, ahumadas, y casi bonitas al sol. Suspiró profundamente al salir del coche y trepó los desgastados peldaños que conducían a casa de Roach.

«Vaya vida… —pensó de repente—. ¡Vaya vida perra!»

Roach llevaba más de treinta años en el negocio. Se rumoreaba que antaño había sido alguien importante; un profesor o conferenciante universitario que cometió un error y se vio obligado a pagarlo, según opinión general. Fuese como fuese, había algo triste en Roach. Vivía completamente solo, sin una mujer que le atendiese, y a nadie de este mundo podía importarle su vida o su muerte. Aparte de sus libros y su arruinada casa, no tenía nada. No tardaría en morir, y el Consejo cerraría la vivienda y venderían sus libros, a no ser que él hubiera redactado testamento. Después, un día, los libros irían a parar a una subasta, los «chicos» los adquirirían y el trabajo de toda una vida no habría servido de nada, o de muy poco.

Apretó el timbre situado a un lado de la puerta, y no oyó ningún ruido dentro, aunque sí el rugido de un coche en la calle. En la acera, dos andrajosos chiquillos le estaban contemplando con gravedad. Tal vez el timbre no sonaba, por lo que golpeó fuertemente la puerta. Entonces, la hoja de madera se abrió ligeramente. El viejo Roach la había dejado abierta. Probablemente había salido de compras. Una vez le había contado que ni siquiera le traían a casa la leche. John meditó un segundo y decidió esperar dentro. Las insistentes miradas de los dos chiquillos le molestaban un poco.

Al empujar la puerta y penetrar en el pasadizo, el olor de la casa lo envolvió como una manta; suciedad, corrupción, todo se mezclaba en el ambiente, formado de dejadez y porquería. Recorrió cautelosamente el corredor, sintiendo el crujido de las tablas bajo sus pies. Era la primera vez que estaba solo en aquella casa y, aunque jamás lo habría reconocido, no le gustaba aquella sensación. Si Lacey obtenía un ejemplar de la obra tendría que pagar bastante, decidió.

Al menos el despachito del extremo del pasillo estaba relativamente limpio. Habían corrido las cortinas; sin embargo, la ventana debía de estar abierta, ya que aquéllas se movían ligeramente a impulso de la brisa. Miró en torno, al otro lado del cuarto, admirando los libros, los archivadores y el…

—Ah, de modo que está usted aquí —exclamó al ver a Roach de pie, junto a la estantería más apartada—. ¿No me ha oído llamar? Seguramente, el timbre está estropeado.

Sonrió, viendo que Roach se giraba hacia él y se detenía mirándole fijamente. De repente murió la sonrisa en sus labios. Había algo poco natural en la postura de Roach; estaba un poco vuelto de lado, como si fuese el aire y no sus músculos lo que hacía girar su cuerpo.

—He venido para preguntarle… —volvió a decir, y de pronto calló, ya que realmente era el aire lo que movía aquel cuerpo. Los pies de Roach no se apoyaban en el suelo, y sobre la extraña mueca de su cara, por encima de su cabeza, una extensa cuerda lo mantenía colgado del techo.