Octavo en azul

John Blackburn · Capítulo 2 de 16

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Octavo en azul

Capítulo 2

 

—No se preocupe, señor Cain, fue suicidio. No hay la menor duda de ello.

El sargento de detectives Jaime Manners se inclinó graciosamente sobre su mesa y sonrió. Era la suya una sonrisa cálida y brillante; su cabello parecía aplastado por betún de zapatos. Aunque no era grueso, parecía tan fuerte como un león, dando la impresión de que si se le pinchaba podía estallar.

—No, hace una semana que falleció su amigo Roach, y no hemos hallado ningún motivo para dudar de que se matase él mismo. Nuestras investigaciones han sido muy completas, y el resultado ha sido concluyente. El día de la subasta de Highgate estaba bastante desequilibrado; usted mismo y varios colegas están de acuerdo en esto. Era un viejo desdichado, que vivía solo. La cuerda con que se ahorcó la tenía hace años; piense en esto, señor Cain.

—Sí, es cierto. Coleccionaba reliquias y recuerdos de alpinistas famosos, y la cuerda era uno de sus mejores tesoros. La había usado Jorge Mallory.

—Mallory… —Manners frunció levemente el entrecejo—. Oh, sí, el hombre del Everest. El tipo que explicó que debía escalar el Everest «porque está allí». Supongo que su frase fue muy inteligente y aguda, pero no veo por qué. «¿Por qué atracó el Banco, Bill Sykes?» «Porque estaba allí, Su Señoría.» —Se permitió otra cálida sonrisa. Luego, con más seriedad, añadió—: No, tranquilícese, señor Cain. Roach era un hombre solo y extraño, y al parecer se comportó de manera muy rara en la subasta. Compró un lote de libros por un valor muy superior al verdadero. Cuando usted le dejó aquella tarde, tal vez empezó a pensar que le fallaba el cerebro y decidió terminar de una vez. Ató una cuerda al techo y amontonó unos libros debajo, de modo que pudiera pegarles un puntapié. Así lo hizo. Muy típico en los viejos que viven solos. Cada día nos tropezamos con casos parecidos.

—Sí, supongo que sí —asintió John, apartando la vista de la deslumbrante sonrisa de Manners, pareciéndole que estaba de nuevo en el despachito de Roach, con la luz del sol filtrándose por entre las cortinas, y aquel cadáver balanceándose al extremo de la cuerda como un arlequín de trapo.

Luego, sus pensamientos se desviaron hacia el día de la subasta, y a la despedida de Roach en su casa, concentrándose en la máquina de escribir.

—Bien —continuó—, cuando le dejé aquella tarde no se comportó como un hombre que planea su suicidio.

—Seguro que no, amigo, pero ¿ha visto usted personalmente a muchos presuntos suicidas? ¿Quién sabe lo que pasó por su mente cuando usted lo dejó? Eran las seis, aproximadamente, y la evidencia médica demuestra que murió a las nueve. En tres horas pueden pasar muchas cosas. —La voz del sargento era amable, pero empezaba a cansarse de las suposiciones de John—. Si sigue mi consejo, señor Cain, no piense siquiera en un juego sucio. No hemos hallado la menor sospecha, y en caso contrario… —Calló un segundo y abrió un cajón de su mesa—. De tener la menor sospecha de que Roach fue asesinado, temo que usted se hallaría encerrado en estos momentos.

—¿Yo? —John enrojeció súbitamente—. ¿Por qué? Yo apreciaba al viejo Roach. ¿Quiere decir porque estuve con él la tarde en que murió?

—Porque estuvo con él, porque fue usted quien lo encontró… y porque usted es la única persona con un motivo para desear su muerte, al menos por lo que sabemos. —Contempló el asombro pintado en el rostro de John y puso una hoja de papel color crema sobre la mesa—. Debido a esto, caballero.

—¡Dios mío! —Mientras lo leía, el papel parecía encogerse y tornarse borroso ante la mirada de John—. Nunca me dijo… jamás dejó entrever nada a este respecto.

—Seguro que no, señor Cain, pero esto es lo que hizo el viejo Roach; todo perfecto y legal, con el testimonio de su Banco tres semanas antes. Usted es su albacea y único heredero, y sus bienes incluyen dos centenares de libras, su casa, que es arrendada, y lo que tengo entendido es una buena colección de libros. Y no veo ningún motivo por el que no pueda usted entrar en posesión de la herencia lo antes posible, señor Cain. Naturalmente, esto es un poco irregular, pero por una vez correré el albur. No hay duda de cuál será el veredicto de la encuesta, y el Banco no ha corrido ningún riesgo adelantando el testamento. Claro está, usted no podrá vender nada hasta que todo esté legalizado debidamente, o me pondría en un aprieto. Felicidades, amigo, y aquí tiene la llave. —Se la entregó a John, arrellanándose en su butaca. Tras una pausa, continuó—. Aparte del cadáver, creo que lo hallará usted todo tal como estaba la última vez que estuvo usted allí. —Exhibió una mano y su sonrisa se posó en John como si acabara de darle la llave del Banco de Inglaterra—. Y ahora, señor Cain, tengo mucho que hacer y estoy seguro de que usted deseará examinar su herencia. Buenos días.

Se levantó para abrir la puerta y John recorrió el corredor. Luego, el sargento volvió a su mesa y cogió el teléfono.

—¿Es usted, inspector? —preguntó—. Aquí, Manners. Acabo de sostener una amigable charla con el amigo Cain. Sí, le entregué la llave como usted sugirió, y supongo que esto pondrá un remate a sus ideas sobre asesinato. No, no tiene valor para haberle matado él. Sí, fue un suicidio. ¿Debemos cerrar el expediente? Gracias, señor. Sí, aguardaremos un poco. —Frunció el ceño mientras escuchaba unos instantes—. No, lo hemos comprobado con la oficina de registros, pero no sirve de nada. Aparte de haber usado un nombre falso durante treinta años, no tenemos la menor idea de quién era en realidad el viejo Roach.

 

Pero Manners estaba equivocado, ya que todo no estaba donde debía. Faltaba una cosa.

John sentóse a la mesa de Roach, y estuvo allí varias horas. El cenicero estaba lleno de colillas, y a su alrededor todo permanecía atestado con papeles de Roach y libros y catálogos. Pero nada de esto le dijo nada, o muy poco. Nada respecto al pasado ni a los antecedentes del muerto, nada respecto a sus temores, esperanzas o sentimientos particulares. Sólo registros de las transacciones durante aquellos años: tarjetas de precios, facturas, pedidos.

Muy señores míos: Puedo ofrecerles los siguientes… Gracias por su estimado pedido, pero lamento comunicarles que este libro

está vendido…

Por favor, mándenme un ejemplar de La escopeta y su desarrollo, de

Greener…

Sí, mucha correspondencia: cartas a proveedores y ofertas a los clientes, peticiones a los comerciantes, pero ni una sola carta de un amigo o pariente. Montones de catálogos con sus señales de referencia, y listas de clientes con el interés especial de cada uno: Charles Longden, pistolas y rifles antiguos; Librería de la Universidad de California del Norte, todo lo referente a alpinismo americano; L. K. Wilkes, caballero… números atrasados del diario del Club de Rocas y Descensos.

Nada que le dijese cómo era Roach o por qué había muerto al extremo de la cuerda de Mallory.

Pero el sargento Manners debía de conocer su oficio. Roach era un viejo desequilibrado y sólo John tenía un motivo para matarle. Con la muerte de Roach probablemente ganaba cinco mil libras, de forma que ¿a qué quejarse? Sí, Roach se había suicidado.

Pero tenía que estar seguro. Se levantó y anduvo lentamente por delante de los estantes de libros, inspeccionando cada título y comparándolo con el catálogo escrito de puño y letra de Roach, con la fecha de la compra, el precio pagado y el de venta. De vez en cuando otro detalle, una fecha y la suma obtenida al margen. Todo en orden, todos los libros en su sitio, sin faltar uno. Bien, faltaba uno.

Cuidadosamente, registró la habitación y después el resto de la casa. Esta no le gustó nada. Roach podía haber sido un librero eficiente, pero el cuchitril en que vivía era inhabitable. Muebles rotos, alfombras cubiertas de polvo y suciedad, y un lavabo que probablemente estaba agrietado desde hacía muchos años. Todos los cajones y armarios que abrió parecían contener seres húmedos y mojados como sapos, que podían rodearle las muñecas con sus cuerpos viscosos.

Por fin, terminó la búsqueda y volvió al despacho, tratando de poner en orden sus ideas. Probablemente, Roach se había suicidado; no obstante, había un misterio por solucionar, ya que alguien se había llevado algo de casa de Roach cuando éste murió. La última vez había dejado a Roach sentado frente a la máquina de escribir, y delante un ejemplar de Peñas Grises. Y ahora, el ejemplar no estaba en la casa.

Se retrepó en la silla, reflexionando profundamente y chupando un cigarrillo. Había dejado a Roach poco después de las seis, y el viejo había muerto a las nueve. Las estafetas de correos cerraban a las seis en punto. Por tanto, no pudo enviar por correo el libro aquella tarde, de forma que alguien tenía que habérselo llevado. ¿Era posible que alguien le hubiese matado a causa del libro?

¿Y qué había en el ejemplar, que le daba tanta importancia? Se trataba de un volumen más bien falsamente pretencioso, de recuerdos escritos por alguien que probablemente había fallecido muchos años atrás. Un libro cuyo valor máximo no superaba las doce libras, pero por el que un astuto y experimentado librero había pagado cuarenta y tres, afirmando que aún obtendría un buen beneficio.

Sí, a John le gustaría mucho saber el nombre de un cliente que podía pagar tanto dinero por Peñas Grises. Por su mente empezaron a desfilar novelas detectivescas: testamentos escondidos en las encuadernaciones, documentos acusadores entre las páginas amarillentas, un plano mostrando la ubicación de un tesoro enterrado… ¿Había algo especial en el ejemplar que Roach había adquirido tan caro?

Recordó la subasta oficial y la segunda. Todo el mundo sonrió burlonamente a medida que las pujas iban subiendo, aportando un buen dividendo a los demás, mientras Roach inclinaba la cabeza y Lehman levantaba un tembloroso dedo. Sí, Lehman debía de saber sobre aquel libro. No se habría arriesgado a ofrecer cuarenta y tres libras de no estar seguro de que Roach elevaría la puja. Sam Lehman estaba enterado. El horrible Sam, con su rostro puntiagudo y sus amarillentos dientes sobresaliendo por entre sus labios. Una cara como la ilustración de un animal de un libro para niños, con rasgos y ropas humanos. «El caballero, ratón, comerciante», con una cola gris, muy peluda, saliendo de sus pantalones. Sí, resultaría interesante sostener unas palabras con el «buen Sam Lehman».

 

—Flaxman, nueve, cuatro, cinco, cuatro.

La voz al extremo de la línea era espesa, como si la boca que la producía estuviese llena de comida, lo cual era probable. Lehman debía de haber cerrado ya la tienda y estaría sentado delante de una taza de té en el cuarto de arriba, según podía imaginarse John. Sam habíase desprendido de sus principios religiosos hacía años, y a pesar de ser judío no le hacía remilgos a un plato de tocino y salchichas, y a trozos de tocino salado con un buen té caliente.

—Johnnie, amigo, Johnnie Cain, qué alegría de que me llames… —La voz tenía una nota de deleite, como si la llamada fuese lo único importante del día—. ¿En qué puedo servirte, Johnnie? ¿Quieres venderme algo? ¿O comprar algo interesante? Chico, tengo bastante dinero y sabes que siempre pago bien lo que entra en mi especialidad.

—Ya lo sé, Lehman.

Lehman era uno de los que peor pagaban en el negocio, y John no había logrado averiguar jamás cuál era su «especialidad». En apariencia, trataba de literatura e historia, aunque se rumoreaba que tenía otros intereses más provechosos. Al fondo de su tienda había un cuartito donde sólo penetraban los clientes más favorecidos. Clientes algo nerviosos, que entraban y salían de allí furtivamente con paquetes muy bien envueltos, clientes que volvían al cabo de una semana… más empobrecidos, pero más avisados. Si los rumores eran ciertos, Lehman poseía una librería de volúmenes muy caros, que le permitía mantener una querida joven, pasar los finales de semana en Brighton y Eastbourne, y jugar con bastantes beneficios en las carreras de galgos.

—No, Sam, no he comprado nada últimamente —replicó—. Pero creo que tengo algo interesante para usted. Acabo de heredar unos tres mil libros y pensé que…

—¡Heredar! ¿Tres mil libros? —La voz contenía ahora una nota de estupor. Luego continuó con más calma—. Naturalmente, quieres que te ayude a separarlos en lotes. Has sido muy amable, Johnnie. Es agradable saber que un joven se guarda su orgullo y le pide a un viejo como yo que le eche una mano. Te lo agradezco, y claro está que puedes confiar en mí. Sí, además, te pagaré bien lo que me interese. Pregúntale a quien quieras del oficio y te dirá lo mismo…: «El buen Sam Lehman siempre paga bien.» ¿De qué son esos libros y quién te los ha legado? Seguramente algún tío rico, a quien le gustaban las obras bien encuadernadas, ¿eh?

—No, ningún pariente, Sam, y hay muchos libros sin encuadernar. Son libros de aeronáutica y temas deportivos.

—¿Temas deportivos? —Por un momento la voz pareció contenida, y John pensó que Lehman había tomado la palabra «deportivos» por eróticos, como los de su habitación secreta. Luego, volvió a mostrarse excitado—. ¿Te refieres… a los libros del viejo Roach? ¿Te los dejó a ti, Johnnie? Bien, bien, pobre diablo… No tenía familia y te lo dejó todo a ti, sólo porque de vez en cuando le acompañabas a las subastas. —Calló un momento y John oyó un ruido de vajilla como si Lehman estuviera considerando su próximo movimiento, tonificándose con un sorbo de té. Luego, prosiguió—: ¿Y a quién mejor si no al buen Johnnie? Oh, sí, ya sé que eras un buen amigo del viejo Roach… Fuiste muy… muy amable con él… y me encanta saber que eres su heredero. Precisamente, el otro día se lo estaba diciendo a mi esposa: «Johnnie Cain es muy buen amigo de Roach.»

Parecía un maestro felicitando a un alumno por un premio bien merecido.

—Bien, has hecho bien acudiendo a mí, amiguito. A Roach le hubiese gustado la idea de examinar juntos sus libros. Oh, sí, tuvimos nuestras diferencias en el pasado… ¿quién no las tiene?, pero en lo más profundo éramos como hermanos. Como todos los del oficio, sabía que podía fiarse de mí hasta su último penique. A propósito, Johnnie, ¿sabes qué me dijo Jack Goldsmith en la última cena de Libreros de Obras Raras?: «Nuestro brindis, caballeros, es para el caballero Sam Lehman, de los libros Viaducto. Como pueden ver, los años han puesto algunas manchas y señales de polvo en la portada del viejo Sam, pero en su interior hay una mente tan clara como siempre.» Y todos los chicos aplaudieron y gritaron.

—Sí, estuve allí —asintió John, haciendo una mueca ante aquel mal recuerdo. Trocó la mueca en una sonrisa—. Bien, Sam, vamos al grano. Sé que usted daría la mitad de sus dientes para echar una ojeada a esos libros. Roach me contó que usted entró en su casa dos veces casi a la fuerza. —Ignoró la exclamación indignada al otro extremo de la línea y continuó—: Pues bien, ahora podrá mirarlos y examinarlos, pero antes necesito cierta información. ¿Qué había de especial en el ejemplar de Peñas Grises del otro día?

—Peñas Grises? Oh, sí, ya recuerdo. Tú estabas en la subasta, ¿verdad? —Ahora Lehman estaba en guardia, y su voz había perdido toda la amabilidad—. ¿Qué quieres saber, Johnnie? De haberlo imaginado, habría consultado el Registro de Subastas o Precios corrientes de libros, y te diría todo lo que quieras.

—No, Sam, eso no me serviría de nada. Lo que quiero saber es esto. Usted y el viejo Roach conocían su negocio, de modo que no sé por qué lo hizo usted. Sí, ¿por qué pujó hasta cuarenta libras por un libro que apenas vale doce?

—Está bien, Johnnie, te lo diré —Lehman calló un momento, y luego habló apresuradamente—. Si me prometes dejarme a buen precio algunos libros de Roach, te lo diré. Creí que el viejo chiflado había puesto sus manos en un kamtsen.

—¿Un kamtsen?

John recordaba vagamente la palabra judía. Podía traducirse aproximadamente como «tesoro».

—Exacto, muchacho, un kamtsen; el coleccionista con el que soñamos, como soñamos con encontrar un Primer Folio, o una Biblia Gutenberg. El hombre que está loco por un libro, y no le importa el precio ni su procedencia. A menudo se los encuentra en el negocio de pinturas; un tipejo compra un cuadro robado que no enseñará nunca a nadie, sólo para tenerlo en una buhardilla. Es una enfermedad, aunque muy útil si un vendedor quiere hacerse rico.

—Sí, lo sé. Incluso un pobre es bueno para esto —John recordaba un cliente suyo, un empleado retirado que vivía de su pensión, y que adquiría ejemplares de cierta obra local a cinco guineas cada uno, sin ocultar sus motivos.

«No puedo consentir que estos ejemplares estén en poder de otras personas, señor Cain.»

—Pero Peñas Grises no es la clase de obra que puede interesar a un coleccionista, Sam —arguyó—. Es una obra demasiado generalizadora. Si por ejemplo se refiriese a un solo alpinista, digamos como Mallory, convirtiéndole en el protagonista, podría imaginarme…

—Oye, Johnnie, no soy ningún psicólogo, sino un pobre, oh, sí, muy pobre librero, y te cuento lo que sucedió. —Era una explosión, como si Lehman estuviese incómodo. Luego, continuó—: Hace unos cuatro meses, el viejo Roach entró en mi tienda y me compró un ejemplar de Peñas Grises. Me pagó sólo diez libras, regateando, pero esto no importa. Lo que me interesó es que más tarde me enteré de que había comprado otro ejemplar en la librería Sheridan, y otro en casa de Fred Jackson. Esto me puso sobre aviso y me hizo abrir los ojos, como fácilmente comprenderás.

—Lo comprendo, Sam.

Mientras escuchaba, por la imaginación de John pasó una idea terrible: una enorme rata gris con la cara de Lehman.

—Claro. Hablé con los comerciantes y los mozos de las subastas, y consulté las revistas. El viejo Roach publicó anuncios pidiendo esa obra en London News, Sporting Life, y en otra media docena de periódicos. Durante el año pasado compró más de treinta ejemplares, o sea un tercio de toda la edición.

—¡Caramba! ¿Está comprobado eso, Sam?

—Comprobado, Johnnie, y cuando vi que había un ejemplar de la obra en la última subasta, pensé que había llegado el momento de arriesgar algún dinero. Decidí pagar cuarenta guineas por todo el lote. Si Roach superaba la puja, los chicos se llevarían un buen dividendo; de lo contrario, yo me quedaría con el libro, y tal vez conseguiría hincarle los dientes al cliente kamtsen de Roach.

—Lo siento, Sam, pero no lo entiendo.

—Usa un poco la cabeza, muchacho. Esas personas no son normales, como sabes. Están locos por las cosas que coleccionan, lo mismo que un toxicómano lo está por las drogas. Supongamos que ese cliente le hubiese dicho a Roach que pujase hasta treinta libras por el ejemplar, y Roach no podía quedarse con él. Supongo que el cliente estaría desalentado. Pensaría lo mismo que si se le hubiera muerto la madre o la esposa, y decidiría que debía ofrecer más dinero. Su locura le haría suponer que el libro valía hasta el último penique de su cuenta bancaria. Después realizaría algunas indagaciones y se enteraría de que el ejemplar se hallaba en poder de un tal Sam Lehman de la librería Viaducto. Y acudiría a mí, y yo ganaría algunas libras en el trato. ¿Lo entiendes ahora?

—Sí —contestó John.

Aunque lo que realmente estaba viendo era cómo podía haber terminado el asunto: Roach sentado en su despacho, esperando a un cliente, con Peñas Grises a su lado. Después, el timbre de la puerta y él levantándose para recibir al cliente.

Y éste podía ser pobre, Roach haberse mostrado avaricioso y pedirle más de lo que el otro podía pagar. Entonces, tal vez aquella mente enfermiza había consultado lo que llevaba en la carta, lo que había escrito en un resumen bancario el director del Banco, y cuánto debía la esposa, comprendiendo que no podía desprenderse de tal cantidad. Pero al mismo tiempo, sus miradas se habían detenido en el tomo encuadernado sobre la mesa de Roach, como si fuese el Santo Grial, ansiando apoderarse del mismo.

Y en aquel momento, la ansiedad podía haberle impulsado a la acción: un golpe en la cabeza, dejando una señal tan leve que hubiese pasado inadvertida ante la poca atenta mirada de un forense convencido del suicidio, y el cuerpo de Roach balanceándose al extremo de una cuerda.

Imposible… ¿o no? John sabía bastantes cosas respecto a los coleccionistas de libros y otros artículos, y ya no podía sorprenderse de nada. Pensó un ejemplo en particular: un hombre feliz, que coleccionaba series corrientes de unos libros llamados La herencia británica. Sí, un hombre muy feliz.

«Por fin tengo dieciséis, lo cual deja el resto en doce. ¿Cree usted que podría conseguir el número treinta y nueve? Gracias, señor Cain, muchas gracias. Sólo necesito once ejemplares para completar la serie.»

Y sus ojos resplandecían como diamantes al formular la petición.

Y un día se habían encontrado en la calle, y el tipo ya no parecía feliz y sus ojos no brillaban en absoluto. También había adelgazado y el traje colgaba en torno a su cuerpo. Ya no era feliz.

«Sí —asintió—. Tengo toda la colección. Puedo descansar, ¿verdad, señor Cain?»

En realidad, quería decir que su vida ya había perdido todo interés.

Sí, los coleccionistas formaban una raza especial, y si Roach había tropezado con uno que no sólo fuese extraño, sino también cruel; si lo había empujado demasiado lejos… oh, sí, podía haberlo convertido en un asesino.

—Gracias, Sam —concluyó—. Sí, esto es lo que deseaba saber, y puede contar con los primeros libros de Roach que yo decida vender. Además, le dejaré que les eche un vistazo.

—¿Cómo? Oh, sí, una promesa es una promesa. Y como puede decirte cualquiera del oficio, amigo Johnnie, el buen Sam es muy honrado.

John soltó el teléfono antes de dejarse deslumbrar por la palabrería del judío y salió de la cabina. En su cerebro empezaba a formarse un plan de campaña, pero antes necesitaba un consejo. Pasó por delante de la casa de Roach otra vez y subió a su coche.

 

—Salga del paso, Cain.

La señora Beatriz Budd, Bee para sus amigos, Belcebú para sus enemigos, que eran muchos, levantó un pesado volumen encuadernado en piel, de un montón de su mesa y lo arrojó al otro lado de la tienda. Pasó junto a John como un boomerang, y cayó dentro de un cajón cuya etiqueta decía «Robinson». Tenía unos cincuenta y cinco años, y parecía la tía solterona de alguien, y se rumoreaba que era muy rica. John no tenía motivos para dudarlo, ya que estaba bien enterado de la marcha del negocio.

Como todos los del oficio, la señora Budd se levantaba cada mañana y meditaba lo que podía vender a América, pero sus pensamientos giraban solamente en torno al dinero. Mientras todo el mundo tenía una sola idea en la mente, ella vendía en grandes cantidades, a precios baratos.

En todas las subastas donde había lotes baratos, libros encuadernados que nadie quería, siempre que fuesen una ganga, y pudiera venderlos al otro lado del Atlántico con una ganancia más que suficiente, se lo quedaba todo, ya que en América conocía a un pulpo que lo absorbía todo: un comerciante viejo de Chicago que respondía al nombre de «Miles de Libros de Robinson», y que pensaba que la gente compraba todo lo que era barato… verdaderamente barato. De forma sorprendente, esta teoría daba buen resultado, y tanto él como la señora Bee se estaban poniendo las botas.

¡Crac! Otro tomo pesado adentro del cajón. Bee estaba alimentando bien a su pulpo. Aquella mañana había adquirido más de dos mil volúmenes por menos de diez libras, y los estaba escogiendo, separando las ovejas de las cabras. Dos tercios irían a parar al cajón de Robinson, y los demás se quedarían en sus propias estanterías marcados a un chelín o seis peniques.

—Sí, claro que me enteré de la muerte del viejo Roach. Hace años que era de esperar. —Hizo una pausa en su labor y contempló a John un instante, con sus prominentes ojos que recordaban los de un pequinés. Continuó—: No sabía que había hecho testamento en tu favor, el muy tonto. Sí, también tú te irás a Chicago, pequeño —gritó en voz alta, arrojando un volumen de las Memorias de Churchill al cajón—. ¿Y piensas que no fue un suicidio, John? Entonces, tú también eres tonto. El pobre diablo tenía muchas cosas sobre su conciencia. Claro que supongo que había bastantes personas que podían desear su muerte. —Frunció el ceño ligeramente—. Pero olvídate de esta necedad del coleccionista de libros. Tal vez esa rata de Lehman tenga razón y Roach hubiese encontrado un parroquiano loco, pero ¿qué? Si vieras algunos de los zopencos que entran aquí los sábados, no te sorprendería nada. Aunque no son asesinos.

—Bee… —Con gran dificultad, John consiguió interrumpir su discurso—. No estoy de acuerdo con usted. Usted dice que Roach tenía un motivo para suicidarse, pero que también mucha gente deseaba su muerte. Bien, ¿por qué motivos? ¡Qué había hecho!

—¿Es que no lo sabes? —Su arrugado rostro mostró su incredulidad—. ¿No te lo contó? Te dejó sus libros y la pasta, pero no te dijo quién era en realidad. Espera un momento. —Pasó a la trastienda y volvió con un libro en la mano—. ¿Significa algo para ti el nombre de K. 105, o eres demasiado joven para recordarlo?

—Sí, lo recuerdo, es algo que leí hace tiempo. Era un avión, ¿verdad? Se estrelló en su primer vuelo y murieron todos los que iban a bordo.

—Exacto, Cain, se estrelló. —Dejó el libro sobre el mostrador y lo abrió—. Este es el hombre que tuvo la culpa del siniestro. Míralo.

—Gracias. —John se inclinó sobre el libro, que era en realidad una revista de aeronáutica, del año 1921, y contempló una fotografía de un hombre apoyado en la pared de un hangar. J. R. Bruce, constructor del avión K. 105 rezaba el pie de la ilustración, y hasta con la diferencia de edad, incluso con el sombrero sobre la frente, John reconoció aquel rostro—. ¡Roach! ¿Era él?

—Sí, Roach; todavía no puedo llamarle por su nombre verdadero; Roach fue quien diseñó el aparato, el que cayó. El tribunal le hizo responsable de todo, se vio zaherido por la prensa, lo mismo que le ocurrió a Tomás Bouch, que diseñó el puente Tay. Al cabo de un tiempo no pudo soportarlo y desapareció. Se cambió de nombre, adoptando el apellido de Roach, y se dedicó al negocio de libros, yendo de tienda en tienda y comprando y vendiendo por unos peniques de ganancia. Debió de tener buen olfato para el oficio, y pronto empezó a enviar listas por correo; al principio sólo se dedicaba a la aeronáutica, y después a los libros deportivos. Descubrí quién era por casualidad, cuando compré estas revistas.

—¿Nunca le dejó entrever que lo sabía?

Por primera vez en su vida, John creyó captar la verdadera personalidad de Roach. Por este motivo forzaba su acento, a ello se debía su soledad, y por eso utilizaba el sombrero que llevaba incluso estando en casa. Al cabo de treinta años, aquel accidente de aviación todavía debía de turbar sus sueños, dándole una razón para el suicidio.

—No se lo dije nunca. Tampoco a nadie más, aunque no niego que tal vez lo hubiese pregonado si Roach se hubiera interferido en las subastas. —La señora Budd sonrió, pero John sabía que lo había dicho en serio—. Lo que interesa es que acabo de demostrarte que Roach tenía un motivo casi perfecto para suicidarse, y si los polizontes aseguran que esto es lo que hizo, probablemente tengan razón. No son tontos, aunque a veces lo parezcan. Vaya, la última semana una pareja entró aquí a comprobar si tenía libros robados. Salieron con la mosca tras la oreja, te lo aseguro.

—Seguro, Bee —sonrió John.

Pero la mujer le gustaba, odiaba a Sam Lehman y, sin embargo, confiaba en éste y no en ella. La muerte de Roach no tenía nada que ver con un accidente ya olvidado, sino con un libro. Un libro, muy bien encuadernado en color azul, que estaba de manera inocente sobre la mesa del viejo y que había desaparecido. Un libro que podía esconder un secreto de la misma forma que la revista de aviación le había dicho a la señora Bee quién era Roach. Ahora, John poseía otra teoría sobre qué apoyar sus pesquisas, aparte de la del coleccionista de libros o algo escondido en un ejemplar especial.

—Bien, Cain, tengo que echarte. Stan Robinson es un buen cliente y le gusta recibir los envíos a tiempo.

La voz de la mujer interrumpió sus pensamientos.

Hizo una pausa para aclararse la garganta y agregó:

—Y no te preocupes más por Roach. Se suicidó, y el libro no tiene nada que ver con ello. Claro que si todavía no estás satisfecho, hay una forma muy fácil de probarlo. —Sonrió al observar la extrañeza de John—. Naturalmente, Roach poseía una lista de envíos, ¿verdad? Pues úsala. Pon el nombre de Peñas Grises en cada carta y ofrece el libro a todos los clientes. Si existe un asesino, acudirá a ti como una paloma mensajera.

Y como despidiendo definitivamente al joven, dio media vuelta y empezó a rebuscar por entre los libros esparcidos sobre el mostrador y la mesa.

 

Se tarda bastante en redactar una buena lista de clientes, pero Roach había dispuesto de treinta años. John repasó todas las carpetas que contenían los nombres de los clientes con algún interés especial, con alguna manía, y se preguntó si alguno de aquellos nombres ocultaría una personalidad criminal. Aunque no poseía muchos datos para continuar, estaba casi seguro de que existía un asesino. Por mucho que dijesen la Policía o la señora Budd, lo que Roach tenía sobre su conciencia no era la clase de cargo que impele al suicidio; al menos, no aquella noche. La noche de la subasta de Highgate, el viejo se había mostrado contento y excitado.

Inclinado hacia atrás en la silla, contempló el despacho, tratando de imaginarse cómo podría comprobar si su teoría era correcta. Roach era muy conocido entre los coleccionistas de obras deportivas, y cualquier día podía haber recibido una postal o una carta: Le agradecería que pudiera enviarme algún ejemplar de Peñas Grises, si posee alguno o puede localizarlo. El firmante podía ser un desconocido o un cliente de años.

Era probable que, en cualquier caso, Roach poseyese al menos un ejemplar en sus estantes, enviándolo y cobrando mediante giro postal. De esta forma, podía haberle ofrecido al cliente otros ejemplares, habiendo sido aceptada cada oferta.

Lentamente, el precio habría ido subiendo. John no se hacía ilusiones respecto al carácter de Roach. Si éste pensaba que un cliente tenía una manía, habría tratado de aprovecharse como cualquier usurero.

Sí, el precio habría ido en aumento cada vez más, y en cierto modo Roach tenía una justificación. La edición era limitada, con sólo cien ejemplares, y un cuarto de la misma debía de hallarse a salvo en las librerías, bibliotecas y casinos de alpinismo. Cada ejemplar debía de resultar muy difícil de encontrar y conseguir, tornándolo más valioso, y finalmente el viejo podía haber llegado a pensar que valía la pena pedir cualquier precio por sus esfuerzos.

Luego, hacía exactamente una semana, el cliente, perdida ya la paciencia, habría acudido a este despacho a recoger el último ejemplar. John hubiera querido saber cuánto había pedido Roach. En la subasta había pagado cuarenta y tres libras, por lo que sesenta habría sido una suma razonable. Al escuchar la cifra, el cliente no habría dado crédito a sus oídos. Luego, a medida que Roach le hubiera explicado las dificultades de la compra, la palabra «estafa» le habría subido a los labios, y el enojo podía haberse convertido en furia.

Sí, podía haber ocurrido esto, si bien lo único que sabía de cierto era que había desaparecido un libro del despacho del viejo, que éste había estado adquiriendo ejemplares del mismo a precios absurdos, y que Roach no pertenecía a la clase de hombres que se suicidan. Sin embargo, según Bee, existía un modo fácil de probar su teoría. Volvió a inclinarse sobre la mesa y estudió la lista de clientes con más atención. Entre todos aquellos nombres podía hallarse el que necesitaba, y estaba decidido a saber cuál era. Cogió una pluma y se puso a trabajar.

Lo más importante era separar las ovejas de las cabras. Aunque Roach fuese un especialista, trataba toda clase de obras deportivas, y había clientes interesados en temas tan dispares como el críquet, las grandes cacerías y otros deportes, todos los cuales podían descontarse, excepto el alpinismo. Asimismo, tampoco había por qué escribir a los que residían fuera de Inglaterra. Al cabo de una hora, John había separado cuarenta y ocho nombres, con las direcciones apuntadas.

Naturalmente, muchos podían quedar automáticamente eliminados también. Por ejemplo, el obispo de Tonbridge Wells, Su Señoría el juez Reeves, Sir Stephen Lent, presidente de los Combinados Aliados de Ingeniería, según parecíale recordar. No, en realidad no podía desdeñarlos. Un obispo, un juez y un industrial también podían sufrir una manía coleccionista, o tener un secreto, con la misma facilidad que otra persona. Había cuarenta y ocho nombres y tenía que escribir a todos ellos. Cuarenta y siete leerían la carta, enarcarían las cejas al ver el precio y la tirarían a un cesto, pero tal vez uno se sobresaltaría y se descubriría. Presumiendo, claro está, que Roach hubiese puesto el nombre de este cliente especial en su lista.

A pesar de todo, valía la pena probar. Metió una de las tarjetas de Roach en la máquina de escribir y empezó a trabajar, dejando el encabezamiento tal cual, pero añadiendo su nombre y «sucesor de», y anotando su propio número telefónico. Después, describió los libros que pretendía vender, que era el cebo que atraería al cliente asesino.

Podemos ofrecer un ejemplar excelente de la edición de la casa Trefoil

Press, de Peñas Grises. Edición limitada de cien ejemplares, y el nuestro lleva

el número…

No, no podía recordar el número del ejemplar de Roach, por lo que puso el 50, al azar. Entonces consultó su reloj. Casi las nueve, y la oficina central de correos hacía una recogida a medianoche. Si trabajaba a toda marcha, conseguiría llegar a tiempo. La enorme máquina de escribir eléctrica iba a toda velocidad bajo el impulso de sus dedos, la lámpara situada al lado le iluminaba como un foco sobre un escenario, y las filas de libros parecían fruncir el ceño hacia él, molestos por estar perturbándoles el sueño. Se concentró en rellenar aquellas tarjetas impersonales, que podían enfrentarle con un asesino.

Peñas Grises: edición de la casa Trefoil Press… Nuestro ejemplar número

50… Precio, 43 libras. Peñas Grises… edición de la casa Trefoil Press…

Nuestro ejemplar número 50… Precio, 43.

Lo concluyó, y contempló todas las tarjetas extendidas sobre la mesa, con los sellos y las direcciones puestas, y listas para su envío. Las recogió todas en un montón, las unió con una gomita y se puso de pie. Una vez estuviesen en el buzón, la trampa estaría dispuesta. Si sus sospechas eran acertadas, alguien que creía estar a salvo recibiría una sorpresa desagradable con el correo de la mañana.