Paralaje Neanderthal 02 - Humanos
Jane
empezando por el principio:
Querido Carl:
Sé que debería haber venido antes. Quería hacerla. De verdad. Pero no sabía cómo te tomarías la noticia. Sé que fui tu primer amor, y tú fuiste el mío, y ningún verano ha sido más maravilloso para mí que aquel verano del 66. Pensé en ti todos los días que estuviste fuera, y cuando llegó la noticia de que habías muerto, lloré y lloré, y estoy llorando ahora mientras escribo estas palabras.
No quiero que pienses que he dejado nunca de llorar por ti, porque no lo he hecho. Pero continué con mi vida. Me casé con Bucky Samuels. ¿Te acuerdas de él? ¿Del Eastside? Tenemos dos chicos, ambos ahora mayores que tú cuando moriste.
No me reconocerías, no creo. El pelo se me ha vuelto gris, aunque trato de ocultarlo, y perdí todas las pecas hace tiempo, pero sigo pensando en ti.
Amo mucho a Buck, pero te amo también a ti… y sé que algún día volveremos a vemos.
Amor para siempre,
JANE
–¿«Volveremos a vernos»? – repitió Ponter-. Pero si él está muerto.
Mary asintió.
–Ella quiere decir que lo verá cuando muera también.
Ponter frunció el ceño. Mary continuó caminando unos pasos más.
Había otra carta apoyada contra el muro, ésta plastificada. La recogió.
–«Querido Frankie» -empezó a leer. Escrutó el muro que tenía delante-Aquí está -dijo-. Franklin T. Mullens, III.
Leyó la carta en voz alta:
Querido Frankie:
Dicen que un padre no debería sobrevivir a un hijo, ¿pero quién espera que te arrebaten a tu hijo cuando sólo tiene 19 años? Te echo de menos cada día, igual que papá. Ya lo conoces: intenta hacerse el fuerte delante de mí, pero lo oigo llorar en voz baja cuando cree que estoy dormida.
El trabajo de una madre es cuidar de su hijo, y lo hice lo mejor posible.
Pero ahora el propio Dios te está cuidando y sé que estás a salvo en sus amorosos brazos.
Volveremos a estar juntos, mi querido hijo. Amor,
MAMÁ
Ponter no supo qué decir. Los sentimientos eran obviamente sinceros…
pero eran irracionales. ¿No podía verlo Mary? ¿No podía verlo la gente que escribía aquellas cartas?
Mary siguió leyéndole cartas y tarjetas y placas y rollos de papel que habían dejado apoyados contra el muro. Las frases se fueron marcando en la mente de Ponter.
«Sabemos que Dios está cuidando de ti…»
«Anhelo que llegue el día en que todos volvamos a estar juntos…»
«Tanto olvidado, tanto no dicho, pero prometo decírtelo todo cuando nos encontremos entre los muertos.»
«Duerme ahora, amado…»
«Quiero que llegue el día en que estemos reunido…»
«… ese maravilloso día en el que el Señor nos reunirá en el Cielo.»
«Adiós… ¡Que Dios esté contigo! Hasta que nos volvamos a ver…»
«Cuídate, hermano. Te visitaré de nuevo la próxima vez que venga a D.C…»
«Descansa en paz, amigo mío, descansa en paz…»
Mary había tenido que detenerse varias veces para enjugarse las lágrimas. Ponter también se sintió triste, y sus ojos estaban igualmente húmedos, pero no por el mismo motivo, sospechaba.
–Siempre es duro ver morir a un ser querido -dijo Ponter.
Mary asintió.
–Pero… -continuó él, y luego guardó silencio.
–¿ Sí? – instó Mary.
–Este memorial-dijo Ponter, extendiendo el brazo, señalando los dos grandes muros-. ¿Cuál es su sentido?
Mary volvió a alzar las cejas.
–Honrar a los muertos.
–No a todos los muertos -dijo Ponter, en voz baja-. Aquí solo hay americanos.
–Bueno, sí. Es un monumento al sacrificio hecho por los soldados estadounidenses, una forma que tiene el pueblo de Estados Unidos de mostrar que los aprecian.
–Que los apreciaban.
Mary pareció confundida.
–¿Está funcionando mal mi traductor? preguntó Ponter-. Se puede apreciar, en tiempo presente, lo que todavía existe; sólo se puede haber apreciado, en pretérito, lo que ya no existe.
Mary suspiró: estaba claro que no quería debatir sobre el tema,
–Pero no has contestado a mi pregunta -dijo Ponter, amablemente-.
¿Para qué este memorial?
–Ya te lo he dicho. Para honrar a los muertos.
–No, no. Ése puede ser un efecto, lo reconozco. Pero sin duda el propósito del diseñador…
–Maya Ying Lin -dijo Mary.
–¿Cómo?
–Maya Ying Lin. Es el nombre de la mujer que diseñó esto.
–Ah -dijo Ponter-. Bueno, sin duda su propósito, el propósito de cualquiera que diseñe un memorial, es asegurarse de que la gente no olvide nunca.
–¿Sí? – dijo Mary, irritada por la sutil diferencia que consideraba que estaba haciendo Ponter.
–Y el motivo de no olvidar el pasado es evitar que se repitan los mismos errores.
–Bueno, sí, por supuesto.
–Entonces, ¿ha servido a su propósito este memorial? ¿Se ha evitado el mismo error desde entonces, el error que hizo que todos estos jóvenes murieran?
Mary pensó durante un momento, luego negó con la cabeza. – Supongo que no. Se siguen librando guerras y…
–¿Por parte de Estados Unidos? ¿Por la gente que construyó este monumento?
–Sí.
–¿Por qué?
–Economía. Ideología. Y…
–¿Sí?
Mary se encogió de hombros.
–Venganza. Desquite.
–Cuando este país decide ir a la guerra, ¿dónde se declara la guerra?
–Mm, en el Congreso. Te mostraré más tarde el edificio.
–¿Se puede ver este memorial desde allí?
–¿ Éste? No, no lo creo.
–Deberían hacerlo aquí mismo -dijo Ponter, llanamente-. Su líder… el presidente, ¿no?, debería declarar la guerra aquí mismo, delante de estos cincuenta y ocho mil doscientos nueve nombres. Sin duda ése debería ser el sentido de un memorial semejante: si un líder puede plantarse aquí y mirar los nombres de todos los que murieron la vez anterior que un presidente declaró la guerra y seguir llamando a los jóvenes para que vayan y los maten en otra guerra, entonces tal vez la guerra merezca la pena.
Mary ladeó la cabeza, pero no dijo nada.
–Después de todo, dijiste que lucháis para conservar vuestros valores más fundamentales.
–Ése es el ideal, sí -dijo Mary.
–Pero esta guerra… esta guerra de Vietnam, dijiste que era para apoyar a un Gobierno corrupto, para impedir que se celebraran unas elecciones.
–Bueno, sí, en cierto modo.
–En Filadelfia me enseñaste dónde y cómo se fundó este país. ¿No es la democracia el valor más preciado de Estados Unidos, que la voluntad del pueblo se oiga y se cumpla?
Mary asintió.
–Entonces deberían haber luchado para asegurar que ese ideal se cumpliera, haber ido a Vietnam para asegurarse de que la gente de allí tuviera una oportunidad de votar habría sido un ideal americano. Y si el pueblo vietnamés…
–Vietnamita.
–Como sea. Si hubieran elegido el sistema comunista por votación, entonces el ideal americano de democracia se hubiese cumplido. ¿No será que defendéis la democracia sólo cuando el voto es el que queréis que sea?
–Posiblemente tienes razón -dijo Mary-. Mucha gente opinaba que la intervención americana en Vietnam era un error. La consideraban una guerra profana.
–¿Profana?
–Mmm, un insulto a Dios.
Ponter alzó la ceja sobre su ceño.
–Por lo que he visto, este Dios vuestro debe de tener la piel gruesa.
Mary ladeó la cabeza, dándole la razón.
–Me has dicho que la mayoría de la gente de este país es cristiana, como tú, ¿no es así?
–Sí.
–¿Una mayoría en qué grado?
–Grande -dijo Mary-. Estuve leyendo sobre eso cuando me trasladé aquí. La población de Estados Unidos tiene unos doscientos setenta millones de habitantes. – Ponter ya había oído esta cifra, así que su magnitud no lo sobresaltó esta vez-. Aproximadamente un millón son ateos: no creen en Dios en absoluto. Otros veinticinco millones no son religiosos; es decir, no se adhieren a ninguna fe concreta. Los otros grupos de fe juntos (judíos, budistas, musulmanes, hindúes) suman quince millones. Todos los demás, casi doscientos cuarenta millones, dicen que son cristianos.
–Así que éste es un país cristiano.
–Bueeeeeno, como mi país natal, Canadá -dijo Mary-, Estados Unidos se enorgullece de su tolerancia con la diversidad de creencias.
Ponter agitó una mano, desdeñoso.
–Doscientos cuarenta millones de doscientos setenta millones es casi el noventa por ciento: éste es un país cristiano. Y tú y otros me habéis explicado las enseñanzas cristianas fundamentales. ¿Qué dijo Cristo sobre aquellos que os atacan?
–El sermón de la montaña-dijo Mary. Cerró los ojos, al parecer para ayudarse a recordar-: «Sabéis lo que se dice: "Ojo por ojo y diente por diente." Pero yo os digo que no hagáis frente al que os ataca. Al contrario: al que te abofetee en la mejilla derecha, preséntale también la otra mejilla.»
–Entonces la venganza no tiene cabida en la política de una nación cristiana-dijo Ponter-. Y sin embargo dices que es un motivo por el que se libran guerras. Del mismo modo, impedir la libre decisión de un país extranjero no debería haber cabido en la política de una nación democrática, y sin embargo causó esta guerra de Vietnam.
Mary no dijo nada.
–¿No lo ves? Para eso debería servir este memorial, este muro de los veteranos de Vietnam: para recordar lo insensato de la muerte, el error, el grave error de declarar una guerra que contraviene vuestros principios más queridos.
Mary continuó en silencio.
–Ése es el motivo por el que las futuras guerras de América deberían ser declaradas aquí, aquí mismo. Sólo si la causa soporta la prueba de apoyar los principios fundamentales más queridos, entonces tal vez se trate de una guerra que debería ser librada.
Ponter dejó que sus ojos se dirigieran de nuevo al muro, al reflejo negro.
Mary no dijo nada.
–Sin embargo -continuó Ponter-, déjame hacer un planteamiento más simple. Esas cartas que has leído… supongo que son típicas.
Mary asintió.
–Dejan cartas parecidas todos los días.
–¿Pero no veis el problema? En todas esas cartas existe el problema subyacente de que los muertos no están realmente muertos. «Dios está cuidando de ti.» «Volveremos a estar juntos de nuevo», «…Sé que cuidas de mí.» «Algún día te volveré a ver.»
–Ya hemos hablado de eso antes-dijo Mary-: Mi especie de humanidad (no sólo los cristianos, sino la mayoría de los Homo sapiens, no importa cuál sea su religión) creen que la esencia de una persona no termina con la muerte del cuerpo. El alma sigue viviendo.
–Y esa creencia es el problema -dijo Ponter firmemente--. He pensado en esto desde la primera vez que me lo contaste, pero lo he… ¿cómo decís?, lo he pillado aquí, en este memorial, en este muro de nombres.
–¿Sí?
–Están muertos. Han sido eliminados. Ya no existen. – Tendió la mano hacia delante y tocó un nombre que no podía leer-. La persona que se llamaba así -tocó otro-, y la persona que se llamaba así -y tocó un tercero-, y la persona que se llamaba así ya no están. Sin duda aceptar eso es el motivo de este muro. No se puede venir aquí a hablar con los muertos, porque los muertos están muertos. No se puede venir aquí a pedir perdón a los muertos, porque los muertos están muertos. No se puede venir aquí a ser tocado por los muertos, porque los muertos están muertos. Estos nombres, estos caracteres tallados en piedra… es todo lo que queda de ellos. Ése es el mensaje de este muro, la lección que hay que aprender. Mientras sigáis pensando que esta vida es un prólogo, que habrá más después, que los que fueron maltratados aquí serán recompensados en algún lugar todavía por venir, seguiréis menospreciando la vida, y seguiréis enviando a jóvenes a la muerte.
Mary tomó una bocanada de aire y la dejó escapar lentamente, al parecer controlándose. Hizo un gesto con un movimiento de la cabeza.
Ponter se volvió a mirar. Otra persona (un hombre de pelo gris) estaba colocando una cana delante del muro.
–¿Podrías decírselo? – preguntó Mary, hablando bruscamente--.
¿Decirle que está perdiendo el tiempo? O a esa mujer de allí… la que está de rodillas, rezando. ¿Podrías decírselo? ¿Sacarla de su engaño? La creencia de que en algún lugar sus seres queridos todavía existen les da consuelo.
Ponter sacudió la cabeza.
–Esa creencia es lo que hizo que esto sucediera. La única forma de honrar a los muertos es asegurándose de que no entre más gente en ese estado de manera prematura.
Mary parecía enfadada.
–Muy bien. Ve y díselo.
Ponter se volvió y miró a los gliksins y sus reflejos de ébano en el muro.
Su pueblo casi nunca tomaba vidas humanas, y el pueblo de Mary lo hacía a una escala enorme, con frecuencia… Sin duda esta creencia en Dios y la otra vida tenía que estar ligada a su disposición a matar.
Dio un paso adelante, pero…
–Pero, ahora mismo, esa gente no parecía maligna, no parecía sedienta de sangre, no parecía dispuesta a matar. Ahora mismo, parecían tristes, increíblemente tristes.
Mary todavía estaba molesta con él.
–Vamos -dijo, indicando con una mano-. ¿Qué te detiene? Ve y díselo.
Ponter pensó en lo triste que él mismo se había sentido cuando murió Klast. Y sin embargo… y sin embargo, aquella gente (estos extraños, extrañísimos gliksins) obtenían consuelo de sus creencias. Miró a los individuos que había junto al muro, apartados de él por agentes armados.
No, no, no les diría a esas personas que sus seres queridos habían desaparecido de verdad. Después de todo, no era esta gente triste quien los había enviado a morir.
Ponter se volvió hacia Mary.
–Comprendo que creer les proporciona consuelo, pero… -Sacudió la cabeza-. ¿Pero cómo se rompe el ciclo? Dios hace que matar sea aceptable,