Paranoia

Joseph Finder · Capítulo 10 de 97

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Paranoia

Capítulo 10

Nora Sommers era rubia, rozaba los cincuenta años, y tenía los ojos muy abiertos y observadores. Tenía el aspecto carnívoro de un animal de manada salvaje. Tal vez me influenciaba su expediente, que la describía como implacable y tiránica. Era directora, líder del equipo del proyecto Maestro, una especie de imitación del Blackberry que estaba a punto de irse al traste. Tenía fama de convocar reuniones a las siete de la mañana. Nadie quería estar en su equipo, razón por la cual les costaba trabajo llenar la vacante con alguien de adentro.

—No debe de ser muy agradable trabajar para Nick Wyatt —comenzó.

No era necesario que Judith Bolton me dijera que uno nunca se queja de su anterior jefe.

—La verdad —dije— es que es muy exigente, pero me hizo sacar lo mejor que había en mí. Es un perfeccionista. No tengo más que admiración por él.

Asintió con prudencia, sonrió como si yo hubiera escogido la respuesta correcta de una pregunta tipo test.

—Alimenta la ambición, ¿eh?

¿Qué esperaba, que dijera la verdad sobre Nick Wyatt? ¿Que era un zafio y un gilipollas? De ninguna manera. Me extendí un poco más:

—Trabajar en Wyatt es como ganar diez años de experiencia en un año de trabajo. En lugar de un año de experiencia en diez años de trabajo.

—Buena respuesta —dijo—. Me gusta que mi gente de marketing trate de convencerme. Es un componente clave en la lista de talentos. Si me pueden convencer a mí, pueden convencer al Journal.

Houston, tenemos un problema. Ahí yo no iba a entrar: a aquella trampa se le veían los dientes. Así que me limité a mirarla con expresión vacía.

—Pues bien —continuó—, hemos oído hablar mucho de usted. ¿Cuál fue la batalla más difícil que tuvo que librar en el proyecto Lucid?

Le di un refrito de la historia que le había contado a Tom Lundgren, pero no pareció muy impresionada.

—No me parece una batalla —respondió—. A eso, yo lo llamaría concesión.

—Tendría que haber estado presente —dije. Respuesta pobre. Avancé en mi CD-ROM mental en busca de anécdotas acerca del desarrollo del Lucid—. Hubo también una buena pelea alrededor del diseño del tablero. Era un tablero de cinco direcciones con altavoz incorporado.

—Lo conozco. ¿Cuál fue la controversia?

—Bueno, para nuestros DI era un asunto clave, el punto central del producto: llamaba mucho la atención. Pero los ingenieros me lo rechazaban, decían que era casi imposible y demasiado arriesgado. Querían separar el altavoz del tablero multidireccional. Los de DI estaban convencidos de que al separarlos, el diseño se vería atiborrado y asimétrico. Fue un momento de tensión. Tuve que tomar una decisión, dije que se trataba de una de las piedras angulares del producto. El diseño no sólo expresaba algo desde un punto de vista visual, sino que expresaba algo importante a nivel tecnológico: le decía al mercado que nosotros podíamos hacer cosas que nuestros competidores no.

Ella me diseccionaba con sus ojos abiertos como si yo fuera un pollo lisiado.

—Ah, los ingenieros —dijo estremeciéndose—. Pueden llegar a ser insoportables. No tienen ningún sentido comercial.

Sobre los dientes metálicos de la trampa relucía la sangre.

—La verdad es que nunca he tenido problemas con los ingenieros —dije—. Creo que son el corazón de la empresa, de verdad. Nunca me enfrento a ellos; los animo, o al menos trato de hacerlo. Liderazgo intelectual, ideas compartidas, ésas son las claves. Es una de las cosas que más me gustan de Trion: aquí reinan los ingenieros, que es como debe ser. Es una verdadera cultura de la innovación.

Sí, lo confieso: no hacía más que repetir como un loro la entrevista que Jock Goddard había dado una vez en Fast Company, pero pensé que funcionaría. Los ingenieros de Trion eran célebres por lo mucho que querían a Goddard, pues él era uno de los suyos. Les parecía un gran lugar de trabajo, ya que buena parte de los recursos de Trion se destinaban a Investigación y Desarrollo.

Nora se quedó sin habla un instante. Luego dijo:

—A fin de cuentas, la innovación es definitiva para el éxito.

Dios mío, yo me creía malo, pero esta mujer usaba los clichés empresariales como segundo idioma. Era como si los hubiera aprendido de un libro de Berlitz.

—Por supuesto —dije.

—Y dígame, Adam, ¿cuál es su mayor debilidad?

Sonreí, asentí, y en silencio murmuré una oración de gracias para Judith Bolton. Punto a favor.

Casi parecía demasiado fácil.