Premio Planeta 1975 - La gangrena
Estrella
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
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Al principio las preguntas eran todas parecidas: «¿Por qué lo has hecho?»
Se diría que lo esencial es saber la causa, no el resultado. Pocos son los que aciertan a sospechar que los hechos se suceden más allá de los por qués.
«Tú siempre fuiste un hombre consecuente, un hombre bueno…», decía doña Alicia. No entendía mi silencio, mi falta de reacciones: «Te mandaré al mejor abogado de España.»
Lo peor era el cansancio. Me cansaba mucho escuchar tantos despropósitos, tanta hipótesis equívoca. Nadie podía inmiscuirse en mi conciencia; nadie era capaz de hurgar en ella y conocer la verdad.
–No quiero abogados -le dije.
En aquellos momentos me acordaba de don Ramón Pérez (el asesor jurídico del Banco), de sus chanchullos para hundir a los J. J., sus tejemanejes para trastear los famosos maletines que tanto escándalo provocaron hacía algunos años, sus relaciones con el conde de Trigo, su estúpida boda con Pilar Berruguete y, sobre todo, su modo de absorber a Estrella…
Total, ¿para qué? También Ramón Pérez había caído en la trampa como había caído yo: también él había sido barrido al llegar a la cumbre.
–Si al menos hablaras… Si me dijeras cómo ha ocurrido y por qué ha ocurrido…
–No se canse, doña Alicia…
–Si al menos me explicaras por qué no quieres defenderte…
Tuve que rogarle que se fuera. Prefería estar solo entre las cuatro paredes de mi celda: contemplar el ventanal alto para que la escasa luz que penetraba tras los barrotes aclarase un poco el laberinto de mi pasado. No podía haber
solución para mi problema. De hecho, las soluciones casi siempre suelen ser paños calientes, remiendos fortuitos. Nadie acaba de comprender que la vida se repite, que todo lo que hacemos o dejamos de hacer tarde o temprano se vierte sobre nosotros, que por mucho que luchemos, todos, incluso los que circulan por la calle creyéndose libres, son simples condenados a muerte, presos como yo, marcados por estigmas que jamás podrán borrarse.
Pero doña Alicia no se daba por vencida.
–No esperes que me cruce de brazos, Carlos. Aquí hay gato encerrado. Me dejo cortar la cabeza si tú no eres inocente.
La infeliz creía aún en mi inocencia. Doña Alicia siempre fue optimista y pueril. La recuerdo ahora cuando era joven, atractiva, vital, generosa y estúpida.
También Estrella lo era. Pero entonces la estupidez de Estrella no me importaba. La estupidez de la gente suele molestar después, cuando nos hartamos de ella.
Estrella me gustó desde el primer momento que la vi en el Banco, cuando el tío Rodolfo y yo acudimos a la cita que nos había concedido don Alberto.
Fue una atracción repentina y purulenta, algo que ni siquiera mi condición de «botones» podía descartar.
Mi trabajo en aquellos momentos era degradante: bastaba echar un vistazo a Juan Villoria, el botones antiguo, con su gorrita ladeada y su chaquetilla ajustada, para comprender que tanto él como yo éramos la escoria de la empresa. Ganábamos treinta pesetas al mes y nuestra tarea era descorazonadora. Distribuíamos mensajes, informábamos a los clientes, recibíamos a las visitas, atendíamos el teléfono y rellenábamos impresos.
Pero a mí me asignaron una tarea más: me convirtieron en cómplice de los turbios manejos de don Jesús y don José: los hermanos de don Alberto.
Desde el principio se sirvieron de mí para redondear sus trapicheos.
Entonces tenían ambos los despachos en el fondo del pasillo, frente por frente. Los timbres tenían sonidos distintos: un timbrazo corto era para Estrella, dos timbrazos para mí. Solían reclamarme cuando tenían visitas femeninas: «Si viene "mi señora", ya conoces la lección.» Era sencilla: debía detener a la intrusa, entretenerla, hablarle de reuniones importantes, de discusiones graves, de complicaciones bancarias que, de interrumpirse, podrían acarrear consecuencias catastróficas. Las respectivas señoras Salcedo, me creían o fingían creerme. Acababan siempre pidiendo dinero.
Tenía yo orden de rellenar el talón por la cantidad que solicitaban y presentársela al señor Jaume: «Ha dicho don Jesús que lo firmará más tarde.» Mi palabra era una especie de aval y el señor Jaume les entregaba el dinero. Luego, las señoras Salcedo (juntas o separadas) salían del Banco con su propósito cumplido y su vindicación satisfecha.
Aquel tipo de actividad me proporcionaba propinas: «Muy bien, Hondero: lo has hecho muy bien.» Después Estrella acompañaba a las damas hasta la puerta. Ninguna se parecía a ella. Todas se esfumaban al lado de aquel cuerpo donoso, turgente y provocativo que tanto me había impresionado al verlo por primera vez.
El trabajo de Estrella era complicado: debía redactar cartas (textos larguísimos que los J. J. eran incapaces de dictar) dando largas a un asunto, o prometiendo apoyos en los próximos consejos, o reclamando algún pago retrasado, y también recordarles sus compromisos sociales: los cumpleaños de las esposas, los aniversarios de boda… Todas esas cosas que un hombre olvida en cuanto ingresa en los paraninfos de la infidelidad.
–¿Te gusta tu trabajo, Estrella?
–Algo hay que hacer -contestaba ella mirándome de aquel modo suyo que parecía devorar con los ojos-; la vida está difícil.
Y yo soñaba con sacarla algún día de aquella servidumbre que tan humillante me parecía.
En cierta ocasión me atreví a insinuárselo:
–Cuando crezca, no permitiré que trabajes para esos puercos.
Estrella rompió a reír y señaló mi gorrito:
–Ese día me habré convertido en una vieja.
Me dolía que fuera mayor que yo, que me viera como a un chiquillo.
–Tú nunca envejecerás.
Y ella, condescendiente, me daba golpecitos en las mejillas sin comprender hasta qué punto el contacto de sus manos quemaba mi piel:
–Vaya con el niño precoz…
Los empleados, cuando me veían tan encandilado, se burlaban de mí: «Te faltan todavía muchas papillas para pensar en mujeres…» Y me explotaban como si fuera un esclavo: «Hondero: vete a comprar El Diluvio.» «A mí el Be Negre.» Obedecía a desgano, furioso conmigo mismo por no poder rebelarme, deseando fervientemente que aquel «empezar por abajo», propuesto por don Alberto, acabase de una vez. Al salir del Banco me iba a las clases nocturnas. Más de una vez intenté convencer a Juan Villoria para que hiciera lo mismo. «No sirvo para estudiar», me decía. «Si no lo pruebas…» Pero aseguraba que ya lo había probado: «Me falta memoria.»
Juan Villoria había cumplido ya los quince años y su cultura era escasa. Lo habían colocado en el Banco porque su madre trabajaba como cocinera en la casa de don Alberto, y esperaba que algún día, cuando creciera, lo aceptase como criado. «Ya lo has visto: ni siquiera sirvo para rellenar esos impresos que rellenas tú.»
Fue una época sórdida y tensa. Ocurrieron muchas cosas en el interior del Banco: sucesos que más tarde iban a cambiar estructuras y definir posiciones. Entonces todavía existían incógnitas, como por ejemplo don Pablo Daniel, el director general. Los J. J. le habían sacado el mote de
Peca-Cura (había un producto para embellecer la piel que se llamaba de aquel modo) porque tenía el rostro picado de viruelas.
Don Pablo Daniel era un hombre extraño, ensimismado, trabajador y parco en palabras. Cuando paseaba por el Banco lo hacía siempre con premura, sin alzar los ojos del suelo, el paso algo oblicuo y el ademán encogido.
(Tardé mucho tiempo en averiguar la verdadera condición de aquel hombre.) En aquellos días, don Pablo era un ser híbrido, como caído de otro planeta: un cerebro inteligente que nadie podía sondear.
–¿Te has fijado? – me decía Estrella-. Cuando don Pablo camina, parece que no sepa a dónde quiere dirigirse…
Como andaba con la cabeza gacha, solía tropezar con los que se cruzaban con él en el pasillo: «¿Se ha hecho usted daño, don Pablo?» Respondía con una especie de gruñido sin enfado, como si diera las gracias, y continuaba su camino. Los J. J. le gastaban bromas despiadadas. Le echaban gomina a la tinta, le enviaban anónimos: casi siempre eran cartas de amor, sin excluir alguna de carácter terrorista. Don Pablo no se alteraba. Se limitaba a echar en la papelera las cartas sin firma y ordenaba a Juan Villoria que enjugase el tintero y volviese a llenarlo. Nunca preguntaba quién había entrado en su despacho. Lo aceptaba todo como un hecho natural. Aquella indiferencia exasperaba a los J. J. «Tiene que haber algo que lo saque de sus casillas», decían. Se metían con su impavidez: recalcaban que no era normal que un hombre soltero (todavía joven), viviese aparentemente tan fuera del mundo.
Lo llamaban castrado, muñeco de goma, asceta de mierda, y, por descontado espía: para ellos todo aquel que estaba a bien con don Alberto, era un espía indeseable. «A mí ese tipo de gente, tan misteriosa, me mosquea mucho», decía don Jesús, y se lanzaban a inventar para él toda clase de malformaciones éticas. «A saber lo que esconderá ese hombre tras su máscara de santurrón.» Sabían que vivía solo y que jamás nadie le había conocido una aventura, ni un desliz, ni una historia amorosa. Pero lo que más les molestaba era que estuviese al corriente de los chanchullos medio profesionales y medio privados que tenían lugar en los despachos del fondo.
Eran asuntos poco claros, de orígenes turbios, que el Banco toleraba a espaldas de don Alberto. Por eso odiaban a don Pablo: por el temor que
sentían cuando intuían que podía delatarlos a su hermano.
También Estrella había sido utilizada infinidad de veces para poner zancadillas a don Pablo. Querían a toda costa pillarlo en algún gazapo, en alguna debilidad: algo que pudieran esgrimir si las tornas cambiaban: «Te metes en su oficina con cualquier pretexto, te acercas a él y finges quitarle un pelo de la solapa: a ver qué pasa.» Los J. J. sabían que Estrella, en cualquier hombre medianamente normal, era capaz de provocar fogatas inextinguibles. Pero el resultado era siempre desalentador: «Sólo ha gruñido: ya saben: de ese modo suyo… como si diera las gracias.» Otra vez le aconsejaron que se topara con él en el pasillo: «Ha vuelto a gruñir», dijo Estrella. «¿Nada más?» «Nada más.» Fue entonces cuando don Jesús decretó: «Ese hombre debe de ser marica.»
Decididamente me hiere recordar todo el daño que hicieron a aquel hombre los hermanos J. J. Parece que lo estoy viendo entrando en la casa de Angelina algunos años después, tendiéndome una mano helada, a pesar del calor, mirándome ya fijamente, su cara, picada de viruelas, estrenando una expresión reflexiva, llena de paz: «Bueno, ahora ya lo sabes», me dijo: «Al principio pensaba no podré: ha hecho falta que estallase una guerra para comprender que podía…»
Pero entonces todavía no había estallado la guerra y don Peca-Cura paseaba su misterio como quien pasea una lacra física que a toda costa quiere ocultar.
El decaimiento del tío Rodolfo empezó a acentuarse poco antes de Navidad, aproximadamente cuando Alcalá Zamora fue nombrado presidente de la República. Sus auspicios no eran muy alentadores: temía la exclusión del partido radical y, por consiguiente, la caída de Lerroux.
El cuerpo de la República se iba definiendo (la Constitución Española se había aprobado y el presidente del Gobierno llevaba en cartera proyectos definidos, que sin duda no iban a tardar mucho en aprobarse); sin embargo, al tío Rodolfo todo se le antojaba trashumante, como si estuviera esperando algo que no acabara de cuajar.
El queso del comedor apenas disminuía bajo la campana de cristal. El tío Rodolfo llevaba muchos días sin probarlo. Achacaba su desgana a la inestabilidad del momento político: «Decididamente, ésta no es la República que esperábamos», decía mirando el queso cada vez más endurecido y sudoroso. «Demasiados intereses creados, demasiados resabios contenidos, demasiados partidos…» Luego se llevaba la mano al estómago: «Es como si tuviera aquí adentro todos los partidos enquistados.»
Mi madre le aconsejaba: «Deberías consultar a un médico.» Aquel tipo de sugerencias irritaba mucho al tío Rodolfo: «Para esos menesteres, me basto y me sobro», decía.
Adelgazaba: la ropa se le iba quedando ancha y el cuello de la camisa cercaba una piel apergaminada cada vez más pálida.
También mi madre había cambiado. Ya nunca se mostraba alegre: decía que las noticias del periódico la inquietaban. Un día me comunicó:
–Se ha disuelto la orden religiosa de tu colegio.
–¿Y eso qué puede importarte?
–Es un atropello, Carlitos: un golpe bajo.
Aquella reacción suya se me antojaba inaudita. Mi madre jamás se había preocupado por los problemas eclesiásticos.
–¿Qué opina el tío Rodolfo de eso?
–Tampoco está conforme. Esa medida va contra sus ideas liberales. Al fin y al cabo, los curas son hombres como los demás.
Y de repente me di cuenta que se estaba expresando exactamente igual que los Moraldo, los Repecho, los Sobrado…
Traté de evocar mis épocas de estudiante: recordé al padre Segundo, tan
inmerso siempre en su idealismo religioso; al padre Celestino tratando de encarrilarme hacia lo que él llamaba «el camino del bien». Imaginé también la alegría de Paco cuando le comunicaran que ya no podría volver allí: «Lo tienen merecido por injustos», acaso dijera.
–Espero que no los maten -comentó mi madre.
–¡Qué cosas se te ocurren, mamá!
–Deberías despedirte del padre Celestino, Carlitos. No olvides todo lo que hizo por ti en el colegio; es cosa de bien nacidos acordarse de los postergados.
Me presenté allí el día que salió de España. Fue un encuentro breve, incómodo y extraño. Había un revuelo grande en la comunidad. Todos se afanaban por ultimar detalles. Había que darse prisa. Un cerco de curiosos rodeaban los camiones que debían trasladarlos a la frontera. El padre Celestino, en aquellos momentos, era un cura más: un estigmatizado por la República. Recuerdo que el frío se calaba en los huesos y el viento arremolinaba las sotanas, como banderas lúgubres.
Cuando me vio, se quedó frente a mí, estático, grave:
–Gracias por venir -dijo.
El barullo que nos rodeaba iba en aumento. Algunos entre el público los abucheaban, los insultaban. Los curas, impasibles, cargaban con sus maletas, sus fardos, su fracaso y su humillación.
–Lo siento -murmuré.
Bajo el abrigo le asomaba la sotana algo manchada de barro. Dejó su maleta en el suelo y se acercó a mí.
–Mal tiempo te ha tocado vivir -dijo-. Una época de lobos hambrientos.
–Procuraré sortearlos.
–Tendrás dificultades.
Me habló entonces de la futura promulgación del Estatuto. «Será el primer paso a un separatismo…»
–Si España se divide…
Me acordé del señor Jaume, el jefe contable del Banco. También él hablaba del plebiscito de Cataluña, también él esperaba que aquél fuera el primer paso para que las Cortes aprobaran el Estatuto catalán.
–…y el divorcio, y la igualdad de derechos entre el hombre y la mujer… -
Parecía cansado. Cambió de conversación-. Fue una lástima que abandonaras el colegio. Paco Moraldo te echó mucho de menos.
No debió mencionar a Paco: la herida estaba aún abierta.
–El pobre se vio en aprietos. No pudo acabar el curso. Le faltaba tu ayuda.
–No importa: la amistad entre Paco y yo no fue más que un intercambio de explotaciones.
Frunció el entrecejo. Me escudriñó de arriba abajo. Los demás curas lo acuciaban: había que darse prisa. Preguntó de pronto:
–¿Seguirás teniendo fe?
Daba la impresión de que le apremiaba saber aquello. Era como si no pudiera marcharse hasta que yo le hubiera contestado. Mi silencio debió de fulminarlo. «Sin fe no se puede vivir…» dijo.
Hubiera querido desmentirle lo que estaba pensando.
Pero solamente dije:
–En los hombres no puedo creer.
–Yo hablaba de Dios.
–Se esconde demasiado…
El padre Celestino respiró hondo:
–Si no se escondiera, la fe no sería necesaria…
Me fijé en la maleta que había posado en el suelo. Tenía la cerradura rota y la habían atado con una cuerda. No sé por qué aquel detalle me conmovió tanto.
–Sin fe nada logrará satisfacerte, Carlos: recuérdalo… Te encontrarás siempre vacío.
Quería convencerme de aquello en unos pocos minutos: no quería marcharse sin verme reaccionar.
–Es posible -repuse-, pero no puedo evitarlo.
Movió la cabeza de un lado a otro; palidecía, el viento arrastraba su pelo hasta la frente.
–Me siento culpable -dijo-. No he sabido ayudarte, ni comprenderte, ni encauzarte… He fallado, Carlos. Si al menos me quedase tiempo…
Pero el tiempo se iba y la mayor parte de los curas estaban ya en el camión.
–No se atormente -le dije para sosegarlo-. Hubiera sido lo mismo.
Me acordaba de aquellas mil pequeñeces que jamás le había dicho, de aquel innumerable ejército de insignificancias (engorrosas y torpes) que me obligaban a actuar como un autómata y a seguir impulsos que ni yo mismo
habría sabido definir… ¿Qué hubiera podido hacer el padre Celestino para defenderme de todo aquello?
–Yo hubiera encontrado la fórmula… Dios me habría ayudado… Pero no te busqué: te dejé marchar…
Se autoacusaba. Necesitaba hacerlo. Ignoraba que la culpa de todo radicaba en mi silencio, en el horror que me causaba hablarle de mi madre, de mis problemas internos, de todo lo que provocó la crisis de aquella fe mía, tan poco consistente y tan subjetiva.
–Vas a encontrarte terriblemente solo, hijo mío.
Se oían bocinazos, murmullos, exclamaciones. Y su voz se perdía en aquel caos helado. Quedaban las palabras en simples trámites, enseres inútiles que para nada iban a servir.
–Debí comprender mejor lo que te pasaba… Debí…
Vinieron a interrumpirnos. No podía entretenerse. Lo estaban esperando. Se iba. Me dio un abrazo apresurado. Subió al camión, todavía ágil, todavía lleno de vitalidad, pero con su culpa a cuestas. Me marché de allí antes que el camión se pusiera en marcha. También aquella escena había marcado el final de una etapa: en adelante pensaría: «Aquello ocurrió antes de la expulsión de los curas, o después…»
Años más tarde recuerdo haberle hablado a don Pablo de aquella despedida.
«No podía con su culpa -le dije-; sin embargo, era inocente.» Y su respuesta fue tajante: «Es peor sentirse inocente cuando se es culpable, Carlos: mucho peor.»
Pero entonces, don Pablo no había roto aún el cerco que lo aislaba de todos y yo seguía siendo el botones miserable que se dejaba sobornar por dos sinvergüenzas. Tampoco simpatizaban con don Ramón Pérez, el asesor jurídico. Decían de él que tenía dos caras, que se pasaba la vida trayendo y llevando chismes y que, por descontado, «barría para dentro» todo lo que
podía. Le habían sacado el mote de Ratoncito Pérez por su forma de andar, como si los pies apenas rozaran el pavimento. Por los pasillos se escurría rápido, camuflado entre sombras y muebles: «Le gusta esconderse para pescar conversaciones», decían de él los J. J.
Ramón Pérez era bajito, miope y vivo como una ardilla. En aquel tiempo era muy joven, pero sus gafas de cristales gruesos, lo envejecían: «Un perfecto indeseable.» No ignoraban que cuando el Ratón se proponía hundir a una persona, lo conseguía. Por eso lo respetaban aunque lo odiasen.
A veces lo imitaban: creían que, imitándolo, lo desposeían de la dignidad que unos y otros le conferían. Montaban entre los dos hermanos una conversación hipotética que fingía ser un remedo de conversación entre don Alberto y el Ratón: «Al gano, don Amón: ¿qué noticias me tae?», decía don José, a lo que don Jesús contestaba adoptando la voz del abogado: «La regularidad y permanencia han sido las características más destacadas, don Alberto…» Y el otro se apresuraba a decir: «Menos ees, don Pablo, menos ees.»
Así se divertían aquellos bellacos. Guaseándose sobre las erres de su hermano y destruyendo los pedestales de los que le guardaban fidelidad.
Era notorio lo mucho que lo envidiaban. No le perdonaban su capacidad, su ascendencia, su bondad.
Todas aquellas cosas las comprendí más tarde: en aquellos momentos mi única obsesión era el uniforme de botones y la presencia de Estrella. Había algo muy procaz en su mirada y en la forma de moverse; sin embargo, en ciertos momentos parecía una niña, una criatura indefensa que no supiera cómo recalar en la vida.
A veces, cuando se cruzaba conmigo en el pasillo, la agarraba por el brazo, pretendía besarla: «Serás descarado…» Y se desprendía de mí con la agilidad de una lagartija. Su constante coquetería me traía en vilo: al margen de los jefes de sección, todo el personal se metía con ella, salvo Juan Villoria, naturalmente, que encima la llamaba «Señorita Estrella».
Había una vitalidad grande en la negrura de su uniforme y de su cabellera.
Una vitalidad que a veces llegaba a doler: la distancia que mediaba entre ella y yo era demasiado grande para que no me doliera. Tenía la impresión de que Estrella sería siempre inalcanzable, «tanto como su nombre», pensaba. Pero a veces me sentía audaz. Le decía que, por su culpa, no había podido dormir en toda la noche. Ella lo tomaba a broma y me contestaba con un desplante: «No seas precoz y suénate, que te cae el moquillo.»
Aquellas asperezas me desmontaban el alma; era lo mismo que si Lolita volviera a llamarme mamarracho. En realidad, lo era: bastaba mirarme al espejo, metido en aquella funda azul celeste, con doble hilera de botones dorados y el cuello alzado (como el chófer de los señores Moraldo) para comprender que los desdenes de Estrella eran más que justificados.
Sin embargo, aquellos desaires servían de acicate para mis estudios.
«Cuanto antes los termine, antes saldré del pozo», pensaba. Confiaba en que, una vez conseguido el peritaje, don Alberto me destinaría a una sección determinada.
Cuando evoco aquella terrible atracción que Estrella ejercía sobre mí, me doy cuenta de que tampoco aquello era amor: era una forma de sentirme hombre, de acariciar mi vanidad. Pero entonces, para mí, la encarnación del amor era Estrella. Lolita se había esfumado; ni siquiera me acordaba de ella. Lolita era un cuadernito quemado y una sombra de almendro sobre una mesa blanca.
A veces el tío Rodolfo, cuando me veía ceñudo, me preguntaba por mi trabajo. Yo solía responderle que estaba hasta la coronilla de soportar impertinencias. «Procura tener paciencia, hijo: luego será distinto.» Lo decía alicaído, sin las energías que siempre lo habían caracterizado:
«Hablaré con don Alberto a la primera ocasión.» Pero el tiempo pasaba y don Alberto no daba muestras de acordarse de mí.
Por aquel tiempo mi madre pasaba horas y horas con la vecina. Un día nos informó al tío Rodolfo y a mí:
–La vecina, por fin, se ha divorciado.
Fue así como me enteré que la vecina tenía un amigo:
–Al menos, ahora podrá regularizar su situación.
–Entonces, ¿volverá a casarse? – pregunté.
Instintivamente miré al tío Rodolfo. Por unos instantes cruzó mi mente la idea de que tal vez también él fuera a divorciarse para casarse con mi madre. Hubiera sido horrible. Una cosa era tener al tío Rodolfo como protector, y otra compartir con él la casa, el baño y la cocina. Además existían sus tres hijos (los de los churros) y la mujer de las cerezas (la rica señora de las cerezas). Hubiera sido descorazonador pensar que por culpa de mi madre aquella familia fuera a desmoronarse. El escándalo hubiera trascendido, la gente se hubiera enterado…
Pero la desazón me duró poco. Ni mi madre ni el tío Rodolfo admitían el divorcio.
–España se está pasando -dijo él-. Con todos esos juegos pirotécnicos, lo único que se consigue es engrosar las filas de los monárquicos. Nos vamos de un extremo a otro.
Y para reforzar su tesis añadió que ni siquiera el propio presidente de la República era partidario del divorcio.
–Se está perdiendo el sentido de la decencia.
Era curioso oírle hablar con tanto aplomo e intolerancia sobre algo que, en el fondo, venía él practicando impunemente. Como la mayoría de los burgueses de entonces, el tío Rodolfo consideraba que el divorcio era propio de gente inculta, plebeya o inserta en la bohemia:
–Fíjate bien, Remedios: ni una sola persona decente se divorcia. Todavía hay clases.
Preferían el adulterio, el tradicional y prestigioso adulterio: aquel ensalzado adulterio que a nada comprometía; libre de compromisos legales y de encadenamientos económicos.
El tema del divorcio pareció exasperar al tío Rodolfo. Recuerdo que cogió el periódico y lo estrujó entre las manos como si quisiera triturar las noticias que acababa de leer:
–No hay medida: nos falta sentido de la proporción -decía-. Ahora hablan de la reforma agraria. De repente les ha dado por decir que la masa obrera está preparada para regir la industria agrícola. ¡Toma castañas, majo! ¿Has oído un disparate mayor, Remedios? Es lo mismo que si Carlitos -y me señaló a mí- diera en ser nombrado presidente del Consejo de la Banca Salcedo… ¡Lo mismo! Las gentes del campo, sabrán mucho de siembra y siega, pero ¿qué caray sabrán ellos de sistemas productivos?
La alusión a mi presidencia en el Consejo me llegó al alma. Aunque yo mismo no quisiera confesármelo, intuía, ya entonces, que mi meta era aquélla. Fue al decirlo él cuando la vislumbré en mi horizonte como una mota todavía pequeña, una especie de historia, todavía por escribir, de alguien que pudiera parecerse a Ford o a Rockefeller o a March…
«¿Sabes… cómo empezó su fortuna ese tal Ford? Nada menos que recogiendo alfileres del suelo. Todo cuanto veía lo conservaba. Es el principio del ahorro, el imprescindible principio…» También yo había recogido alfileres y corchetes y tijeras, pero no para ahorrar, sino para que mi madre se abstuviera de agacharse. Y me preguntaba si también Ford o March, o Rockefeller, se habrían enamorado, en su adolescencia, de una secretaria mayor que ellos, con pelo y uniforme negros y una sonrisa burlona fluctuando constantemente en los labios.
El tiempo pasaba lento en aquella época. Era un pasar eterno que no modificaba nada y que lo dejaba todo como embebido en viscosidad. Se comprendía que pasaba porque los pantalones se me iban quedando cortos y estrechos, pero por nada más. En el Banco todos seguían utilizándome como si fuera una máquina que anduviera: «Vamos, Hondero: tráeme un cortado y límpiame las botas.» Y yo obedecía, procurando que Estrella no
me viera arrodillado ante los empleados, lustrando calzados, o cepillando los bordes de los pantalones.
La primavera llegó hasta el Banco envejecida: cansada de su propia lentitud. La inestabilidad que se extendía por todo el país, no podía ser ajena a la empresa. Los pasivos disminuían, los créditos se restringían, las letras quedaban impagadas, los números rojos aumentaban y las suspensiones de pago empezaban a ser endémicas. Jaume Palafell, el jefe de contabilidad, realizaba equilibrios para mantener en forma la sección: Pedro Villalta acababa de ser violentamente despedido del Banco por (según decían) haber descubierto cierta información secreta a la competencia, y el departamento de Contabilidad andaba escaso de personal. Paquito, su ayudante de tercera, no conseguía la altura del antiguo empleado y Jaume Palafell se mostraba agobiado. Jaume Palafell (el señor Jaume como lo llamaban todos) era un puntal en el Banco; su honradez consumada le había dado fama de hombre insobornable; por eso, cuando había ocurrido el incidente de Pedro se había sentido herido como si el que hubiese estado en falso fuera él: «Pensar que trabajaba conmigo y yo no me daba cuenta…»
Pedro Villalta había dejado en el Banco un recuerdo amargo (hacía escasamente un mes que lo habían despedido): nadie se avenía a creer que aquel hombre joven, inteligente y de aspecto simpático hubiera cometido lo que se le imputaba. «Todavía no puedo creerlo…», se lamentaba el señor Jaume.
Pedro Villalta llevaba trabajando en aquella sección hacía cuatro años, y cuando yo ingresé en el Banco era de los pocos empleados que me trataban con manifiesta consideración. También yo sentía que se hubiera marchado.
«De ahora en adelante no volveré a fiarme de nadie», decía el jefe con disgusto. De hecho Jaume Palafell era desconfiado incluso consigo mismo: a la menor duda consultaba con Ramón Pérez. Se encerraban luego los dos en el despacho del director gerente y allí deliberaban sobre las medidas que se debían adoptar para vencer la crisis.
Según Jaume Palafell, la Banca Salcedo (todavía local) corría el peligro de ser engullida por entidades más fuertes, acaso (eso era lo grave para él)
centralizadas en la capital. «Todas las empresas catalanas están acabando así: devoradas por los madrileños», decía en castellano para que don Ramón lo entendiera: «Como no aprueben pronto el Estatuto, dentro de poco Barcelona será la alfombra de Madrid.» Jaume Palafell era separatista: sin disimulos, con todas las agravantes y todas las responsabilidades que acarreaba el vocablo. Tenía la convicción de que sólo una Cataluña libre podría salvar a los catalanes de la servidumbre y la esclavitud madrileña. Su distingo sobre la geografía ibérica era muy sencilla: Portugal, Castilla y Cataluña. Él, por supuesto, se jactaba de no haber salido jamás de su
«país»: «Nací en Cataluña y moriré en Cataluña»; y cuando don Ramón le gastaba bromas sobre el particular, medio en broma y medio en serio, el señor Jaume le llamaba «extranjero»: «Siempre lo he dicho: Madrid para mí es el "extranjero", conque ya sabe lo que pienso.» No le importaba decir cosas así delante de quien fuera, aunque su interlocutor fuese el propio don Pablo: «Usted es distinto -advertía-, usted merecería haber nacido en Cataluña»
Su respeto por don Peca-Cura era grande. Creo que, entonces, sólo don Alberto y el señor Jaume conocían la verdadera condición de don Pablo; quizá por eso, cuando se refería a él, lo tratase como si aquel hombre perteneciese a otra esfera y, pese a su condición de castellano, tuviese los méritos que negaba a los de su tierra.
Don Pablo lo miraba condescendiente: jamás le llevaba la contraria y a menudo, cuando creía que Jaume Palafell podía molestarse, añadía un discreto «con perdón», que el otro agradecía ceremoniosamente: «Uno ha de tener su criterio.» y cuando se terciaba añadía: «Eso no quita que los demás puedan opinar. Para algo nos hemos democratizado.»
Como buen liberal, Jaume Palafell había votado la República: «Pero sólo como recurso», advertía. «Conste que para mí, la República es únicamente un paso.»
El sueño dorado de su vida era ver a su región convertida en un especie de país: una tierra autónoma, libre y unificada por la belleza fonética de su idioma.
El catalán de Jaume Palafell era fluido, sedoso, pulcro y musical. Le gustaba pronunciar las palabras lentamente, como si las saborease. «España sería menos adusta si en vez de haber adoptado el castellano como idioma oficial, hubiese adoptado nuestro idioma.» Y añadía indefectiblemente:
«Cosa que muy bien hubiera podido acontecer.»
Aseguraba que el lenguaje influía en los pueblos: «Los caracteriza…», decía.
Y añadía que, por eso, en gran parte, la gente de fuera de Cataluña era tan áspera y tan dura:
«En cuanto a la cultura, que no me vengan con pamplinas: poetas, músicos, pintores… Todos los artistas importantes tienen apellidos catalanes.»
Comprendí pronto que si me hacía amigo de aquel hombre, su carácter sensible, su exceso de trabajo y el hueco que había dejado Pedro Villalta le obligarían a decantarse hacia mí.
La sección que él dirigía estaba en pleno caos: Paquito no rendía lo suficiente. Todo era cuestión de espabilarme para horadar obstáculos.
Empecé ayudándolos desinteresadamente, procurando aligerar el trabajo y espoleando mis conocimientos recién aprendidos en la Escuela de Comercio.
El señor Jaume se mostraba complacido:
–Muy bien. Hondero, muy bien: un gesto muy generoso…
Cuando al fin conseguí que me trasladaran a su sección, me recibió ceremoniosamente, tendiéndome la mano y dándome la bienvenida:
–Muy honrados de tenerlo entre nosotros…
Jaume Palafell jamás tuteaba a nadie: ni siquiera a Juan Villoria. Decía que, para ser respetado, no había mejor medio que respetar.
–De ahora en adelante, podrá usted prescindir del uniforme.
Recuerdo que, al oír aquello, vi a Estrella rezagada tras la ventanilla de la sección: sonreía y me guiñaba.
Jaume Palafell no tardó en preguntarme a qué partido pertenecía. Le repuse que no entendía de política:
–Pues hay que entender y definirse, y ser consecuente.
Luego me sometió a un pequeño examen: los principios esenciales para llevar un Diario; los asientos, las reglas para discernir cuándo debía emplearse el debe y el haber.
Y planteaba problemas con zancadillas para hacerme tropezar. Ignoro aún por qué sondeaba en mí aquel tipo de conocimientos.
Daba la impresión que el que iba a llevar los libros era yo.
En realidad, mi tarea debía ser mucho más simple: archivar, prever, tomar datos, calcular tantos por ciento y manejar números secundarios en diversas operaciones.
Al salir de allí, Estrella me esperaba junto a la puerta:
–Enhorabuena, Carlos.
Y me miraba como si ya no llevase uniforme. Enseguida preguntó:
–¿Cuánto vas a ganar?
–Cien pesetas.
Lo dije con petulancia, como si se tratara de millones.
–Eso está muy bien para tu edad.
De nuevo mi edad: mi pajolera edad. Era inútil que presumiera de empleo; en el fondo, para Estrella seguía siendo Carlos Hondero, adolescente.
Estrella rompió a reír y yo estuve a punto de pegarle por aquella risa.
–No te enfades, hombre: lo he dicho en broma. Ya sé, ya sé: tienes mucha experiencia…
Y se fue hacia el fondo del pasillo, contoneándose, avivando mi coraje, mi frustración, mi terrible y acuciante deseo de ella.
Lo que menos soportaba eran sus prolongados encierros con los J. J. (A veces llegaba a pensar que se acostaba con ellos por turno.) Tenía la impresión que aquellos dos hombres la manchaban y la envilecían.
Lentamente me iba enterando de las turbiedades de sus manejos. Ya no eran sólo las juergas sicalípticas lo que ensuciaba los despachos del fondo; había algo más: las actividades profesionales, las especulaciones comerciales que aquellos dos sujetos desplegaban a espaldas de su hermano, sin escrúpulos de ninguna especie y respaldándose en el prestigio del Banco. Al parecer, incluso habían llegado a negociar basándose en terrenos inexistentes. Pero lo habían hecho con tal arte, que nadie había podido pillarlos con las manos en la masa.
Muchos de sus tejemanejes tenían su origen en el agobio de algún desesperado que recurría a ellos a través de la propia mujer. Si la recién llegada era fea, la mandaban salir de allí adoptando aires ofendidos y negándose a toda clase de diálogo. Pero si la intermediaria era bonita, todo acababa bien. A los pocos días se presentaba el marido: iba cargado de papeles. Los J. J. se encerraban con él horas y horas. Luego llamaban a Estrella y le decían: «Escribe al Ministerio de Hacienda. Redacta tú misma la carta. Ya sabes: como la del otro día. Solicita el plazo de una semana…»
Todo eso lo iba yo averiguando lentamente, como había averiguado el
amancebamiento de mi madre. Desde la sección a que me habían destinado, era fácil detectar ese tipo de cosas. La situación financiera de la empresa y de los que la dirigían se volvía diáfana.
Los momentos eran difíciles para la economía del país: los proyectos de expansión fluctuaban entre un capitalismo socializado y una socialización capitalista: dos situaciones parecidas pero difíciles de compaginar. Fue una época de gran actividad para Ramón Pérez: «Ese madrileño tiene recursos para todo», comentaba el señor Jaume.
De pronto, un día se sintió comunicativo. Miró hacia el fondo del pasillo y dijo abiertamente: «Las cosas funcionarían como una seda si no fuera por esos dos incordiantes.» Tampoco él era partidario de los J. J. Conocía demasiado sus triquiñuelas particulares para tolerarlos sin reservas.
«Acabarán estrellándose cuando menos lo esperen.»
Hablaba para sí mismo, igual que si pensara. Me fijé en Paquito: movía la cabeza asintiendo: era evidente que tampoco él simpatizaba con los J. J. En realidad, nadie en la empresa, salvo Estrella, parecía simpatizar. Por lo bajo Paquito me decía: «Están al borde del precipicio.» Y comprendí que Jaume Palafell tenía fundamentos sólidos cuando argumentaba que los J. J. iban a arrastrarnos a la ruina. Pero entonces yo no podía saber lo que, al poco tiempo, iba a ocurrir.
Paquito era algo mayor que yo y llevaba dos años metido en el Banco, ayudando al señor Jaume. «Aproximadamente los mismos que don Peca-Cura lleva de director general», me aclaró. Supe entonces que también don Pablo era nuevo en la empresa. Don Alberto lo había nombrado director al morir su antecesor y quedar la plaza vacante. «Un hombre raro, pero muy sagaz», aseguraba Paquito.
Para contentar al señor Jaume, Paquito se expresaba en catalán y se declaraba separatista, pero en realidad (no tardé mucho en averiguarlo) Paquito tenía otro tipo de aspiraciones políticas. Aunque no lo confesara abiertamente (entonces aquellas tendencias hubieran hecho peligrar su empleo) soñaba con sistemas internacionales y cambios ecuménicos. Era,
como yo, hijo de viuda y, según decía, su madre estaba enferma: «Al menos la tuya trabaja, pero la mía no puede.» Comprendí enseguida que Paquito era un nido de rencores sociales, de diatribas contra la injusticia humana y de ataques directos contra el capital. Pero trabajaba en un Banco privado y no le quedaba otro remedio que apechugar con todo lo que odiaba. Aunque no podía admitir el sistema, estaba viviendo de la empresa, y aquel factor condicionaba su silencio y su prudencia. Pero cuando su madre empeoraba, el disimulo decrecía. Se le ponían los labios tensos y la voz le salía gangosa: «Hasta que España no adopte una conciencia mundialista…»
Cuando el señor Jaume escuchaba susurros, nos mandaba callar: «Mientras se trabaja, no se habla.» Era riguroso no sólo con los demás, sino consigo mismo y no perdonaba el menor desliz. Amaba la Banca Salcedo como si fuera algo propio: como si al tiempo que se hubiera creado, él hubiese empezado a nacer. No había horas para su trabajo. Más que trabajar para vivir, daba la impresión de que vivía para trabajar: para dejar su huella en cada talón que ingresaba o en cada operación que pasaba por sus manos. Su gran aspiración era ésa: ser útil, sin ambiciones, sin afán de lucro: sencillamente por idealismo.
Creo que nunca he conocido un hombre más idealista que Jaume Palafell.
Me pregunto qué hubiera hecho ahora, en este mundo tan necesitado de ideales y tan invadido de ideas. Jamás hubiera podido avenirse con la Banca Salcedo de nuestros días, extendida por toda la región, ramificada en toda España (incluida aquella ciudad que detestaba porque se llamaba Madrid), con sus horas de trabajo estrictas e inviolables, sus conatos de huelga parodiando protestas sordas y sus computadoras sustituyendo al hombre.
Y pienso que tal vez haya sido mejor que muriese antes de sentirse estafado por el desarrollo (españolizado y antirregionalista) de aquella empresa que hasta cierto punto consideraba suya, y un poco también de aquel Estado Catalán (breve y quimérico) perdido ya entre los escombros de una historia sin memoria. Jaume Palafell era inteligente, tenaz y sobre todo bueno. Por eso Paquito se esforzaba tanto en ocultarle sus verdaderas tendencias, porque en el fondo tenía miedo de su rectitud.
Sin embargo, a mí Paquito no me engañaba. Su forma de pensar era cada
vez más diáfana. La iba pregonando en mil detalles. Uno de ellos lo constituían los hijos de don Alberto, cuando periódicamente nos visitaban:
«Ya los tenemos aquí», decía Paquito entre dientes. Era un rito establecido.
Primeramente iban los tres al despacho de su padre, luego, acompañados por él, recorrían las distintas secciones del Banco. Cuando entraban en algún lugar, los empleados se ponían en pie y don Alberto decía: «Aquí están mis heeus: Jodi, Quimet y Tomé.» Los tres eran rubios, como él, altos para su edad, de ojos claros y movimientos tranquilos, pero las facciones eran de su madre. Con ademanes mecanizados iban estrechando manos uno tras otro. Los empleados sonreían, saludaban y departían con ellos con la familiaridad democrática que a don Alberto tanto le gustaba fomentar.
Como los J. J. no tenían hijos, don Alberto daba por sentado que aquellos tres niños iban, con el tiempo, a convertirse en los amos de la Banca Salcedo, y ponía mucho empeño en que el personal fuera acostumbrándose a ellos.
Los recuerdo muy bien: eran tres caras sin relieve; tres dibujos de Ingres, planos, sintéticos. Criaturas que, sin poderlo evitar, iban despidiendo vacío: tres cuerpos a medio crecer que, de antemano, advertían su imposibilidad de hacerlo. Pero don Alberto no parecía intuir que aquellos niños jamás llegarían a ser hombres. Cuando se iban, Paquito volvía a sus indirectas:
«Así ¡ancha es Castilla! ¡En cuanto nacen se les da todo hecho!» No admitía que aquellos niños pudiesen heredar algún día todo lo que se desarrollaba gracias al trabajo nuestro: los que estábamos a sueldo; aquel sueldo que le permitía mantener, a medias con el de su hermana, la existencia de una madre enferma. «Y luego se creerán los dueños y presumirán de poderosos.»
Por contraste, la reacción de Jaume Palafell era completamente opuesta:
«Ya los ha visto usted, Hondero: con el tiempo serán ellos los responsables del Banco. Cuando llegue ese día, procure usted ayudarlos con lealtad, como he hecho yo con su padre. Van a necesitarlo. Yo me habré jubilado y es posible que usted ocupe mi puesto.» A Jaume Palafell le gustaba hacer proyectos: pertenecía a una generación en que todavía se consideraba lógico planear para el futuro.
En cierta ocasión le dije:
–Dios sabe lo que ocurrirá cuando lo jubilen… Es usted muy joven aún y pueden suceder mil cosas.
No me resignaba a admitir que mi meta consistiera en sustituir Jaume Palafell. Era imposible que yo, algún día, fuera capaz de estancarme en la ingrata sección de Contabilidad. Sin embargo, Jaume Palafell no aspiraba a más. Le parecía que nada podía enaltecer tanto a un hombre como una jubilación honrosa: «Es como ganar una carrera, o aprobar unas oposiciones difíciles… malo es no tener hijos.» Aquella lacra era el gran fallo de su vida, su terrible mancha negra. «Un hombre sin hijos es un hombre a medias», decía siempre. «Poco más o menos lo que les ocurre a ésos.» Ésos, naturalmente, eran los J. J. Pero a los J. J. no parecía importarles demasiado la falta de descendencia. La vida para ellos era simple juerga, sin más aspiraciones que las de rellenar el día de satisfacciones personales. La política les importaba poco; sin embargo, habían jugado su baza fuerte apostando por la República. Eran liberales por comodidad, no por sentido de justicia. Tal vez por eso, cuando ocurrían desmanes cogían el portante y se iban al extranjero. Sus ausencias me irritaban, porque Estrella dejaba de asistir al Banco.