Premio Planeta 1975 - La gangrena

Mercedes Salisachs · Capítulo 1 de 9 · parte 1/5

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Premio Planeta 1975 - La gangrena

Remedios

Este capítulo es largo, así que está dividido en 5 partes.

… un mal que los roe por dentro, una gangrena que tal vez se llame vivir.

(Frase leída en un libro de ensayo.)

REMEDIOS

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No voy a defenderme: soy culpable. He arrastrado mi culpa desde la infancia. Tal vez por eso, mucho antes de que ocurriera el siniestro yo intuía ya que, algún día, iba a encontrarme en la encrucijada actual.

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Era algo así como una lacra prematura, una prenoción insistente: una de esas ráfagas de aire medio cálido que, al apuntar la primavera, parecen sumergirnos en el verano.

No podría precisar cuándo lo supe con certeza; la evidencia crecía al margen de mi conciencia. Era algo natural dentro de lo más antinatural del mundo. Lo cierto es que, al convertirse en un hecho consumado, ni siquiera me extrañó. Había ocurrido. Estaba allí: con todas las agravantes, todas las consecuencias y todo el horror que yo venía esperando.

Con frecuencia me entra la tentación de culpar a Serena, a los Moraldo, a los intocables: a todos los que, de algún modo, han contribuido a roturar la tierra. Pero, debo reconocerlo, la semilla era mía, sólo mía.

La nebulosa empieza con mi padre. Dicen que murió cuando yo era niño (demasiado pequeño para recordarlo). Sin embargo muchas veces he pensado que todo cuanto se refería a él acaso fuera una tremenda mentira, perfectamente urdida para evitarme complejos.

En todo caso a él (sea quien fuere) le debo parte de la semilla. A él y a mi madre y a mis abuelos y a toda esa legión de seres que, de alguna forma, han colaborado a que naciera tal como soy.

O mejor dicho: «tal como fui», porque luego vino lo demás: el ambiente, las presiones, la lucha, la interminable carga de elementos ajenos a mi propio ser: eso que nadie puede asir, pero que aceptamos o rechazamos, según crecemos y respiramos.

En cuanto a mi padre, siendo yo muy niño, suponía un interrogante para mí. Luego cambié. Era imposible poner en duda el breve pero fecundo paso por la tierra del heroico doctor Hondero, muerto en aras de la profesión, allá por los años veinte, cuando la epidemia de la peste.

Por otro lado, si fuerzo mucho la imaginación, consigo evocar un bigote espeso que me cosquilleaba al besarme y unas manos rechonchas totalmente exclusivas: dos detalles inequívocos que no se acoplan a ningún otro personaje de mi infancia.

También recuerdo un aroma «suyo», una mezcla peculiar (entre ácida y dulzona) a cigarro, a gomina y a formol.

Los restantes recuerdos viriles vienen condicionados al tío Rodolfo.

No sé aún por qué lo llamaba «tío». Desde siempre tuve la certeza de que aquel hombre jamás había pertenecido a la familia.

Aseguraba que mi padre y él habían sido amigos desde la época escolar y que más tarde habían cursado juntos sus estudios en la Facultad de Medicina.

–Un hombre excepcional -decía el tío Rodolfo-. Uno de esos personajes que a lo largo de la vida se cuentan con los dedos de la mano.

Fueron los relatos del tío Rodolfo los que consiguieron darme una imagen viva de mi padre: mucho más viva que la que conseguía mi madre cuando se lanzaba a hablarme de su marido. Casi siempre se limitaba a enseñarme las fotografías de su época de estudiante. Allí estaba él junto al tío Rodolfo. Era un hombre delgado, de mirada

soñadora y sonrisueña, que por mucho que pretendiese dar la sensación de vivir, llevaba clavada en su persona el estigma de la muerte. Más de una vez intenté sacar algún parecido entre aquel fotografiado-muerto y yo. Jamás lo conseguí. Naturalmente, había también una esquela. (Mi madre la había recortado del periódico para enseñármela algún día.) Su desconsolada viuda, doña Remedios Ruiz de la Argamasa y Borgoñán, hijo Carlos y la Institución Sanitaria Virgen de la Providencia ruegan una oración por el alma de ese gran héroe de la medicina, muerto en el duro cumplimiento de su deber. (Años más tarde hubieran sustituido el

«muerto» por la palabra «caído».) Las esquelas de entonces eran grandilocuentes, abarcaban un buen pedazo de periódico y resultaban tremendamente dramáticas y exclusivas, como si cada difunto que figuraba en ellas fuera efectivamente una personalidad.

Todas esas cosas y alguna más (por ejemplo la desvaída fotografía de su boda y la partida de mi nacimiento) disipaban rápidamente las dudas sobre mi origen. Sin embargo, el apremiante deseo de tener un padre de carne y hueso, no un fantasma heroico, me hacían cavilar sobre la posibilidad de que mi auténtico progenitor fuera el tío Rodolfo.

Era duro saber a ciencia cierta que aquel a quien yo debía llamar padre, se hallaba enterrado, olvidado y convertido en una simple esquela cursilona, o en una fotografía amarillenta o en un relato trasnochado: «Vivía para su carrera: no pensaba en otra cosa.» Y al hablar de su marido en aquellos términos, mi madre adoptaba cierto aire de celos retrospectivos, como si el despecho de saberse segundona en la vida de aquel hombre fuera más importante que su admiración por él. El tío Rodolfo rubricaba: «Fue un golpe duro para tu pobre madre; muy duro. Ni siquiera la dejaron acercarse a él después de haber muerto.» Así iba enterándome yo de la historia de mi primera infancia: a empellones de fragmentos y comentarios

sin excesiva continuidad: «Una mujer valiente, tu madre, ¿sabes, Carlitos?» Se refería a las estrecheces que, al parecer, tuvo ella que soportar cuándo mi padre dejó de existir: «En este país ya se sabe: mucha gloria momentánea, mucho bombo y platillo… Luego: ahí queda eso.» Y mi madre añadía: «Si al menos hubiera sido más precavido… Pero la verdad es que el pobre Carlos era un manirroto: nunca pensó que podría morirse y dejarnos en la miseria.»

Fue a partir de aquella muerte cuando nos vimos obligados a abandonar el piso del Ensanche, para instalarnos en una vivienda modesta situada en la calle de Fernando: «Tenías que haber visto esta calle en la época de los abuelos: era el punto de reunión de los elegantes.» También mis abuelos habían muerto. Yo creo que entonces la gente duraba menos. O acaso nunca hubieran existido y toda la historia (incluida la peste bubónica) fuera un colosal embuste. Lo barruntaba cuando al querer indagar sobre mis parientes paternos, me contestaban con evasivas y se escudaban en el fácil recurso de la emigración. «Se marcharon a América a buscar fortuna. En España no quedan más Hondero que tú y el tío Baltasar.» Pero jamás conocí al tío Baltasar. Ni siquiera figuraba en la guía telefónica de Barcelona. Cuando hablaban de él (escuetamente y con cierta timidez), lo describían como un ser extraño, desarraigado de la familia y totalmente opuesto al carácter abierto y jovial de mi padre.

También la familia de mi madre se ocultaba, pero no entre nebulosas sino entre reproches. Su origen era madrileño y, por quedarse huérfana muy niña (mis abuelos se ahogaron en un lago suizo mientras hacían un viaje de placer), había vivido en casa de unos tíos con los que había suspendido toda clase de relaciones por lo mal que se portaron con ella: «Se oponían a mi boda», alegaba

mi madre para justificar la ruptura. «Decían que tu padre era poco para mí.» El tío Rodolfo aclaraba: «Tu madre pertenecía a la nobleza.» Eso era bastante razonable. En aquella época los aristócratas guardaban distancias enormes con ciertas clases sociales. «Así que ya lo sabes, Carlitos: cuando seas mayor podrás rehabilitar un título.» Pero cada vez que el tío Rodolfo rozaba aquel tema, se le ponía la cara como de parodia y de los ojos le brotaba una guasa que desmentía rotundamente aquella posibilidad. Para él, el hecho de rehabilitar un título era siempre un acto grotesco propio de mentes atrofiadas por la vanidad. Y yo, inconscientemente, me asociaba a su escepticismo. El apellido de mi madre (altisonante y castellano) me dejaba frío, y los miembros de mi aristocrática familia me tenían sin cuidado. Al fin y al cabo, España entera estaba llena de Ruices. ¿Qué importancia podía tener que uno de los innumerables Ruiz hubiera parado en aristócrata? Esa forma de pensar me la imbuía el tío Rodolfo: no podía remediarlo. La nobleza, para él, debía medirse por otro rasero: el de la

«honestidad», el de la «hidalguía laboral», y ningún título podía ser más importante que un título universitario. «A mí que no me den memos con tratamiento de excelencia. Prefiero un barrendero con garantías de señor.»

Desconozco el origen del tío Rodolfo, pero aunque presumía de catalán, se llamaba Tramacho. Cuando mi madre hablaba de él con la vecina, solía decir: «El doctor Tramacho.» Probablemente a él le hubiera gustado llamarse «Poch» o «Casáis», o «Fontanals», pero apechugaba con su apellido porque no le quedaba otro remedio.

Parece que lo estoy viendo hablando de política con don Alberto (otro catalán con apellido castellano), saboreando el queso que mi madre guardaba para él en el aparador, o revisando el botiquín de nuestra casa, que, gracias a él, estaba en todo momento repleto y

bien abastecido. Casi siempre se refería a los esfuerzos que mi madre desplegaba para hacer de mí un hombre. También él cooperaba. Eran unos esfuerzos sesudos, casi irritantes de puro asiduos. Acaso un poco deshonestos. (Años más tarde averigüé que tampoco él tenía fortuna y que el dinero que gastaba con nosotros distaba mucho de pertenecerle.) Pero entonces aquel despliegue de generosidades se me antojaba normal y, de haberse malogrado, mi vida hubiera constituido una pura frustración.

A pesar de todo (acaso para cubrir apariencias), mi madre trabajaba. Cosía para la gente elegante y tenía ocupadas todas las tardes. Las mañanas las reservaba para limpiar la casa y servirle al tío Rodolfo el queso que sólo ella sabía encontrar en los vericuetos misteriosos de la Barcelona antigua. Cuando se ausentaba, yo quedaba al buen recaudo de la vecina. «Los tiempos están muy malos y hay que aprovechar todo lo que caiga -decía aquélla-. Por eso tú, cuando seas mayor, debes estudiar mucho, Carlitos: algún día tendrás que devolverle a tu madre todo lo que está haciendo por ti.» Yo soñaba ya con ese día. Lo venía asimilando desde siempre entre desarrollos, digestiones y rebeldías. Me veía taladrando muros, escalando peldaños, buceando en aguas profundas para tocar el fondo… También la vecina (lo sé), también la vecina contribuyó a acrecentar mi «sana» ambición (ese sentimiento que algunos confunden con dignidad), y a espolear mis ímpetus, y a concentrar las peculiaridades de mi semilla, la que luego, cuando creciese, debía esparcir por la tierra que los mayores habían roturado.

Los domingos eran alegres. Tenían la alegría de saber a mi madre

«toda para mí». (Curioso que en aquella época yo deseara tanto su compañía.) Fue mucho más tarde cuando su presencia me resultó insufrible. El fenómeno se produjo imperceptiblemente. Resultó

una transición lenta. De pronto descubrí que sus labios estaban siempre húmedos y que sus axilas despedían un olor acre y desagradable, que su cogote era un muro rígido de lamentaciones sofocadas y que, salvo su belleza, nada en ella resultaba atractivo.

Pero entonces yo no veía ni olía más que su perfección. Por eso resultaba tan deseable y necesaria.

Después de oír misa, nos metíamos en un tranvía y nos íbamos al Tibidabo. Desde allí contemplábamos la ciudad (casi siempre envuelta en niebla), los montes despoblados, el mar sin horizonte y los barcos difuminados por la distancia y la bruma. «Bonito,

¿verdad, Carlitos?» Era agradable oírle decir «Carlitos» a mi madre. Y, sobre todo, era agradable saber que el tío Rodolfo nos esperaba allá, junto a la balaustrada, con su sombrero calado y el cuello del abrigo alzado para proteger del frío sus orejas. «Fíjate bien en lo que estás viendo, Carlitos: cuando crezcas todo será distinto y te gustará recordarlo tal como es ahora…» Pero aunque lo recuerdo ya no veo nada, como lo veía entonces… Es imposible.

Las cosas mueren cuando se modifican. Por eso mi recuerdo es tan vago, y por eso, a veces, quisiera derribar el torreón de Can Pou: para olvidarlo, para convertirlo en un cadáver, como aquel paisaje.

«Llegará un momento en que tal vez necesites evocar esos montes vacíos.» El tío Rodolfo aseguraba que las ciudades crecían tanto, que cuando menos se esperaba ya no tenían afueras (al menos las que siempre se habían considerado como tales), ni descampados, ni zonas montañosas, con árboles capaces de prestar vigor y salud.

«Por eso, cuando las ciudades crecen demasiado, se vuelven enclenques.» Era su teoría. Entonces la mayoría de la gente de aquella época emitía vulgaridades como catedrales, pero todo lo que aquel hombre decía, me parecía importante.

Un día, mirando la ciudad bajo un sol estallante, y apoyados los

tres en la balaustrada, me comunicó solemnemente: «Pronto irás al colegio.» Y se miraron los dos con los ojos abiertos, elocuentes.

Recuerdo que la luz daba de lleno en las contraídas pupilas del tío Rodolfo y las bolsas bajo sus párpados se le arrugaban como globitos deshinchados. «Será un colegio de pago, naturalmente.»

Hablaba como si yo no estuviera allí y se dirigiera exclusivamente a mi madre. Tal vez por ese motivo ella frunciera el entrecejo y hurtara su rostro a mi inspección. Fingía contemplar el mar (aquel día tenía horizonte), el cielo, los barcos… Y yo veía su escorzo; únicamente su escorzo. «Carlitos es inteligente como su padre -

dijo-; estoy segura de que tendrá buenas notas.» Otra vez sacaban a relucir el muerto de la fotografía. Otra vez la esquela, la sonrisa desvaída, y el vago recuerdo de su bigote cosquilleando mi mejilla.

Mi madre daba por hecho que yo sacaría mis estudios adelante a fuerza de becas: «Todos los Hondero fueron inteligentes. Hasta el tío Baltasar, con ser tan raro, tenía fama de sabio.»

Ahora sé que todo aquel palabreo era una simple añagaza, una excusa para desviarme de la verdadera cuestión. Debían adelantarse a mis posibles lucubraciones y recelos. Debían rellenar los huecos, antes que mi imaginación los rellenara. A lo largo de los años he comprendido que mi porvenir dependía íntegramente del tío Rodolfo. Sin embargo, era esencial que, en aquellos momentos, yo no maliciara sospechas, ni conociera orígenes. Por eso discurrían de aquel modo.

Efectivamente, cuando empezó el curso escolar, yo ingresé en el colegio. Mis compañeros eran hijos de burgueses ricos, y alguno de ellos pertenecía a la aristocracia. Aunque allí se respiraba un nítido tufo a derechas, éramos todavía demasiado jóvenes para

comprender las luchas de clases. Lo único que contaba era la propia valía y las ganas de estudiar.

Yo las tenía. No fue difícil destacar. Cuando, por las causas que fuere, me entraba la tentación de flaquear, me repetía a mí mismo que, siendo un Hondero, no podía permitirme el lujo de actuar como un vainazas, y que a costa de lo que fuera debía hacer honor a mi apellido. Durante toda mi vida había ido yo empapándome de aquella servidumbre (probablemente eso que llaman talento suele condicionarse a lo que nos han hecho creer en la infancia) y acabé por esclavizarme a ella. Me entraba una urgencia grande de llegar a los primeros puestos. De algún modo debía sosegar mis apremios (los que me habían forjado mi madre y el tío Rodolfo); pero, sobre todo, debía justificar mi apellido (el de mi padre y el del tío Baltasar) y también dar paso a las perspectivas aglutinadas en la mente durante años y años en las soledades infantiles que la vecina custodiaba.

En cierta ocasión, el Rey visitó el colegio. Aquel día hubo comida extraordinaria tras de la reunión en la sala de actos. Los alumnos aventajados (entre los que me incluyeron) formábamos una fila aparte. El padre Celestino (entonces prefecto de la comunidad) nos advirtió:

–Desfilarán ustedes ante Su Majestad y le estrecharán la mano.

Parece absurdo que un detalle tan parvo hubiera podido resultar importante. Pero lo fue. La vida está llena de menudencias como aquélla, que de momento impresionan y luego, cuando se evocan, parecen puntos, motas, escarchas disueltas o evaporadas. Sin embargo, aquel día hasta mi madre (tan republicana) dio muestras de emoción.

–¿Te das cuenta, Carlitos? El Rey ha estrechado tu mano.

Para hacerme el hombre me encogí de hombros:

–¿Y eso qué tiene de particular? Al fin y al cabo es como todos.

El tío Rodolfo dejó escapar una de sus habituales carcajadas: tenía ese tipo de risa contagiosa, sonora y taladrante que parecía abarcar la casa entera.

–El chico tiene razón, Remedios. Así me gusta, Carlitos: no hay que dejarse alucinar por cosas tan fútiles como ésa.

Sin embargo, impresionaban. También impresionan hoy día los coches aerodinámicos, y las viviendas elegantes y las sonrisas que nos dedican los que están en la cumbre.

Desde aquel día, los compañeros de mi clase me miraron de otro modo. Para ellos yo no era el mismo. Aunque mi posible talento fuera idéntico, nadie verdaderamente encumbrado lo había reconocido oficialmente. De ese modo empezó mi prestigio: con un apretón de manos.

Imaginé aquella mano aislada, carente de cuerpo: la vi tecleando sobre un piano, o rasgueando las cuerdas de una guitarra, o firmando, señalando, sosteniendo cubiertos, desabrochando prendas, desplegando un pañuelo para sonarse, empuñando un bastón… Dijeran lo que dijeran, era igual que las otras: con falanges y falangetas, con piel, venas y nervios. Pero nadie parecía reconocer aquella igualdad. Hasta Paco Moraldo, mi compañero de pupitre, tan abúlico él, tan estirado y tan aferrado a su condición de

señorito inútil, parecía admirarme por aquel ademán consumado:

–Vaya suerte, chico.

Era la primera vez que Paco se dirigía a mí de tú a tú. La primera que me hablaba igual que si yo fuera como él.

–También tú hubieras podido estrechársela si te hubieses tomado la molestia de estudiar.

–No todos nacemos empollones.

Paco era perezoso. Tenía la pereza muelle de los que están acostumbrados a que se les dé todo hecho. Incluso sus conatos de agresividad eran abúlicos. Descargaba su energía enseguida. Sus arrebatos brotaban de él como cohetes disparados cielo arriba, lanzando lengüetas de fuego que herían y fulminaban, pero que se apagaban al instante mismo de refulgir. Quedaban en elementos chamuscados, retorcidos e inservibles. Él mismo se extrañaba de su propia agresividad; parecía avergonzado y cohibido tras su incongruente y ridículo arrebato de furia. Retrocedía, negaba su cólera, decía que todo había sido una broma. Y olvidaba. Olvidaba al instante lo que le molestaba recordar. Tenía una gran predisposición para el olvido de cuanto pudiera rebajarlo o disminuirlo. En cambio, jamás olvidaba las facetas adversas de los otros. Se las arreglaba a la perfección para abocar sobre ellos lo que debía adjudicarse él. Decía que habían sido «ellos» y no él los causantes del estropicio. Y lo afirmaba con tal seriedad, que uno acababa por creerlo. La cuestión era huir de sus propias deficiencias: olvidarlas como olvidaba sus bocadillos o los libros escolares. No, Paco no quería ser esclavo de su memoria.

Por eso decidió ser amigo mío. Intuyó pronto que yo podía ser su memoria, su ayuda y su comodín. Pero nuestra amistad (o lo que fuera) empezó, naturalmente, el día del apretón de manos. No antes. Pronto se acostumbró a mis intervenciones: «Mira, Honde, no consigo entender ese problema.» No lo decía para que se lo explicara, sino para que se lo diera resuelto. Yo comprendía sus intenciones (las adiviné en cuanto decidió ser amigo mío) y no me daba la gana de ser su criado: «Veamos, ¿cuál de ellos?» Me hacía el remolón, el lejano, el difícil: quería que hocicara y se humillase ante mí. Y cuando conseguía mi intención procuraba explicarle las cosas del modo más enrevesado posible para que no las entendiera: era mi forma de llamarlo burro. Más de una vez conseguí exasperarlo: «Mira, Honde: no te pongas pedante y abrevia. Si no te explicas mejor, no hay dios que te entienda.» Entonces yo lo miraba con todo el desprecio que podía acumular: «Pues es muy sencillo.» Y volvía a la carga, complicando más el asunto, disminuyéndolo suavemente, concienzudamente.

También a Paco suelo recordarlo muchas veces tal como era entonces: chaparro y cabezota, con su pelambrera tiesa y sus ojillos huidizos, recorriendo el aula como un gallo recorre el corral, nervioso, engreído y desconfiado… O caminando en fila india, sus anchas caderas (algo feminoides) balanceándose con desgana: patosas, siguiendo un ritmo que no era el de los otros. «Sé paciente y escucha.» Pero Paco jamás fue paciente: tenía una abulia inquieta, una de esas abulias que exigen y machacan y fastidian a todo aquel que se veía envuelto en ella. Y, por descontado, sólo escuchaba lo que podía halagarlo: «Para eso no me haces falta», confesaba cuando se ponía furioso. «A mí los empollones pedantes me dan cien patadas en el estómago.» Lo dejaba llegar hasta el límite, pero evitaba que se lanzase al vacío. Cuando lo veía al borde del zarpazo, arriaba velas y me colocaba a su nivel: entonces

le describía los pormenores del problema con sencillez meridiana.

El juego se repetía continuamente: a decir verdad, jamás, hasta hace pocos días, ha dejado de repetirse. Cada problema que yo le resolvía, me iba atando imperceptiblemente a él. Así me volví imprescindible en su vida. Aunque me odiase, me necesitaba: no podía remediarlo. Mi presencia era su droga: la que le permitía pasar cursos y presumir ante sus padres de estudiante aventajado.

Pero su venganza era también refinada. Me invitaba a su casa. Allí Paco era el rey, el amo, el sabio. Yo era el segundón, el advenedizo, el desgraciado que no sabía cómo comportarse para estar a la altura de las circunstancias. Él comprendía aquello: por eso me invitaba.

Allí mi superioridad escolar se venía abajo y mis donaires estudiantiles se esfumaban. Ni siquiera la anécdota de la mano era importante en aquel lugar.

Todo allí era nuevo para mí; todo era extraño e indescifrable. Me agobiaba el refinamiento de los criados, la sutileza de las costumbres, la incomprensible jerarquía de los objetos y de las personas… Lo peor eran las meriendas en el comedor. La mesa solía prepararse con los utensilios más inauditos. Los cubiertos se me antojaban jeroglíficos (los Moraldo eran ceremoniosos hasta en las meriendas) y mi atosigamiento era tan grande, que más de una vez pretexté falsos dolores de estómago para evitar el bochorno de caer en ridículo utilizando inadecuadamente aquel arsenal de adminículos-misterio.

Había también otro capítulo difícil en aquella casa (entonces vivían en la avenida del Tibidabo, en una torre llena de salones): los padres de Paco. Los veíamos poco, pero nada podía evitar que de vez en cuando se dignaran asomar por la sala de juegos con la suave brusquedad de los temblores de tierra. Bastaba verlos

comparecer bajo el dintel, para que inmediatamente surgiera en mí aquella molesta sensación de riesgo que más adelante fue crónica.

Todo se volvía peligroso, todo podía de un momento a otro paralizarme para siempre.

Entonces los señores Moraldo formaban una pareja elegante: altos los dos, displicentes y distraídos, con la distracción un tanto ficticia y estudiada de los que se saben por encima de lo vulgar.

Observaban las cosas (¡qué bien lo recuerdo!) como si no las vieran, como si sus ojos hubieran sido creados para mirar más allá de las paredes y de los objetos, y, por supuesto, más allá de nosotros, los niños, con las pupilas llenas de estupor glacial, muy parecido a los de los maniquís de cera que se veían en los escaparates de las peluquerías.

Al entrar en la sala de juegos, apenas nos dirigían la palabra. Eran visitas convencionales, obligadas y rutinarias, para acudir a sus reuniones con la conciencia tranquila, para que no se dijera que habían salido sin «pasar» por los niños. A mí me saludaban con un

«hola, chico» sin entusiasmo ni cordialidad, después besaban a Paco en la frente, discurrían en inglés con miss Dory y se iban dejando tras ellos una estela de frialdad perfumada que tardaba mucho en disiparse.

Paco solía aclarar (acaso para justificar la continua ausencia de sus padres o acaso para presumir): «Van a una cena importante, ¿sabes?

Todas las noches tienen compromisos…» Y yo, automáticamente, recordaba la falta de compromisos de mi madre (exceptuando los propios de una costurera), su escasa y sencilla indumentaria, su desconocimiento del inglés y su aroma, nada frío ni perfumado.

Así eran las venganzas de Paco (no podía encontrar otras; al menos

entonces). Todo se reducía a mantenerme en su mundo privado para avergonzarme del mío (aquel mundo sórdido, sin complicaciones rituales, ni protocolos avasalladores, ni cubiertos jeroglíficos), por eso lo odiaba y por eso también cuando me encaminaba hacia el colegio el lunes por la mañana, no hacía más que pensar en cómo iba yo a vengarme aquel día de la venganza suya del día anterior.

Sin embargo, jamás rehuía sus invitaciones: en el fondo eran divertidas, apasionantes e instructivas. Sobre todo cuando miss Dory intervenía. Tenía varias frases clave que servían de pauta para educar y enderezar las frecuentes groserías de Paco: «Ladies first.

Dont be rude. Close your mouth when you eat. Dont talk with your hands.» Así me iba enterando yo de que no «había que hablar con las manos» ni comer con la boca abierta, ni entrar en algún lugar antes que las damas.

Pero la obsesión de miss Dory parecía ser las dichosas manos.

Decía que los españoles no sabíamos hablar sin utilizarlas y que aquello estaba muy mal visto en las islas. (Decía las islas refiriéndose a su país, como si no pudiera haber más islas que las de su tierra.) Al anochecer, se metía en el cuarto de juegos:

«Carlos, el chófer te espera.» Aquello significaba que debía marcharme. Los Moraldo eran detallistas y jamás se olvidaban de

«devolverme» a mi casa con mecánico uniformado conduciendo un Renault, flamante (negro brillante), con telefonillo en el asiento trasero para comunicar con el conductor (previamente separado de los señores por un cristal fijo), que se deslizaba por las calles de Barcelona (entonces casi desiertas) despertando la envidia de los peatones.

Las despedidas eran breves. Lolita, todavía imprecisa, todavía

inmersa en su mundo impúber y desvaído, solía chuparse el dedo mientras yo pasaba por su lado, sin dedicarle más atención de la que sus padres me dedicaban a mí. «Hola, niña.» A lo que ella jamás respondía porque entonces debía de considerarme una especie de fenómeno de feria.

Llegaba yo a mi casa sentado al lado del chófer, preguntándome a mí mismo cómo diablos aquel hombre podía conducir enfundado en aquel uniforme estrecho, abotonado hasta el cuello, sus guantes de piel pegados al volante y sus polainas de charol negro ciñiéndole las pantorrillas. Eran jornadas agotadoras: domingos tensos que me abatían y me restaban fuerzas. Pero me gustaban. Eso era lo peor.

La idea de que, al llegar el domingo, yo pudiera ser invitado por los Moraldo, me halagaba como a un perro le halagan las caricias de un amo arisco. Bastaba pisar el jardín de aquella casa para que la sangre se me encandilara y todo en mí adquiriese anchura: una anchura sabia, sin límites.

Pero al regresar a la mía, algo moría siempre dentro de mí. Eran muertes pequeñas, casi imperceptibles, muertes que apenas dejaban huecos: sin embargo, dolían. Sólo años más tarde comprendí que aquello que parecían huecos, eran simas tremendas. Instintivamente buscaba paralelos que nunca encontraba: allí, en la vivienda de los Moraldo, era el jardín de tilos, con sus mecedoras de lona y sus mesas de mimbre; los salones espaciosos con muebles firmados y tapices del xvi; la biblioteca salpicada de incunables; la sala de estar con sus cuadros antiguos, sus porcelanas del Retiro y sus jarros de La Granja; los vestíbulos, con sus estatuas romanas y sus alfombras persas; el comedor con su cristalería francesa, sus platos ingleses, y su cubertería jeroglífico… Y los jarrones de flores (siempre frescas, siempre recién arrancadas de la tierra) y los butacones confortables y el reloj sonoro…

En cambio, en mi casa era la portería estrecha, oliendo a moho y a sardina frita con ajo (la portera se empeñaba en guisar sardinas en el pequeño fogón que se alzaba al fondo de la garita y que no tenía más tiraje de humos que la propia puerta), la escalera de peldaños desiguales y torcidos, con su baranda abrillantada por las manos de los inquilinos, y la bombilla de los rellanos, empolvada y mosqueada, y el piso con su eterno y peculiar olor a calle estrecha, a comidas apresuradas y a lejía; y el comedor, con su aparador fin de siglo, ostentando, sobre la repisa, el queso (cubierto por una campana de cristal) que el tío Rodolfo degustaba todas las mañanas para reponer fuerzas y continuar sus visitas. Y el jarrón de vidrio tallado (ganado por mi madre en una tómbola del Turó Park) sobre la mesa, con sus flores artificiales de trapo (entonces no existía el plástico) imitando amapolas y otras especies campestres… Y la caracola gigante sobre el velador (aquel que un día mi madre encontró abandonado en una playa de la Costa Brava). Y mi madre: tan distinta a la madre de Paco, besando mis mejillas con los labios húmedos (tenía el vicio de mordérselos), preguntándome curiosa cómo había pasado la tarde y repitiéndome día tras día lo difícil que se estaba poniendo todo, la miseria que dominaba el país y las continuas huelgas que estábamos padeciendo.

Nada era igual. Nada, salvo la manía de mencionar los repetidos desórdenes políticos. Al parecer, aquella obsesión abarcaba España entera. Sin embargo, para mí, aquellos temores eran ya una costumbre. Nunca me impresionaban. Había nacido entre huelgas (aquellas que dejaban las calles vacías), entre disturbios y entre aprensiones siniestras y llegué a imaginar que todo aquello era lo corriente. No conocía otra cosa. Se producía como se producía el aire, y estaba allí, como estaba el sol, o la luna o las nubes, o la casa de enfrente.

Era evidente que algo funcionaba mal, pero a fuerza de oírlo, ni siquiera me molestaba en averiguar la causa. Cuando los hechos surgen al mismo tiempo que se desarrolla nuestro uso de razón, jamás provocan curiosidad: se aceptan, se padecen o se ignoran.

Recuerdo que de pronto la gente mayor se volvía taciturna: los rostros se contraían (como si el miedo los chupara por dentro) y los pasos de los transeúntes parecían precipitarse. Era el anuncio de la huelga. Al menos para mí lo era. Los síntomas no fallaban.

Después venía todo lo demás: los carruajes desaparecían, las tiendas se cerraban y las porterías tenían las puertas entornadas.

Entonces la ciudad entera parecía presidir un duelo. En días así no había colegio, ni espectáculos: la gente se retraía: el miedo paralizaba la ciudad. Era un día muerto: como si la gente hubiera huido y las casas se hubieran quedado deshabitadas, o como si todos hubiesen caído repentinamente enfermos.

Mi madre, cuando ocurría eso, temblaba. Hablaba mucho del somatén. A pesar de sus ideas políticas, el somatén constituía una garantía para ella. Con evidente nerviosismo, cerraba las contraventanas que daban a la calle, hablaba sola y vagaba por el piso como alma en pena. Luego, cuando se calmaba, encendía una lamparilla de aceite a la única imagen religiosa que había en la casa. Se trataba de una talla policromada que reproducía una Virgen: al parecer había sido el regalo de un cliente agradecido de mi padre. Y debía de ser verdad porque el tío Rodolfo hubiera sido incapaz, en aquella época, de obsequiarnos con una imagen religiosa.

–Sobre todo, Carlitos, no te asomes al balcón: puede alcanzarte una bala.

–Pero, mamá, eso es imposible.

–Cosas más imposibles se han visto.

Era el diálogo de siempre; me lo sabía de memoria como la tabla de multiplicar. Hasta que un día, cansado ya de tanta precaución, me asomé al balcón.

Y me alcanzó la bala. No era como todas ni había salido de ningún rifle. Salió de una frase: una simple e inesperada frase que bruscamente cambió de un modo rotundo el panorama de mi vida.

Recuerdo que la calle de Fernando era un río seco con barbechos humanos en las orillas. Había grupos de hombres en las esquinas: unos grupos extraños que desorientaban e impedían formar una idea concreta sobre lo que tramaban. Les brotaba la desconfianza por los poros y sus respectivas miradas iban cruzándose y descruzándose a modo de un ballet casi armonioso. Se comprendía que todo en la calle era suspicacia y tensión. De pronto vi al tío Rodolfo: iba hacia nuestra casa con el sombrero calado hasta las orejas, el paso decidido y la actitud resuelta. Espontáneamente grité su nombre. Mi madre acudió aterrada:

–Pero, Carlitos, hijo, ¿te has vuelto loco?

Y tiraba de mí hacia adentro, al tiempo que, con la otra mano, intentaba cerrar el balcón.

–¿No te he dicho mil veces que…?

La interrumpí:

–Saludaba al tío Rodolfo. Viene hacia aquí.

Mi madre se llevó la mano a la frente:

–Lo que faltaba: ¿estás seguro?

No tardó en pulsar el timbre. Entró en casa sonriendo, sus ojos llenos de guasa temerosa: como si fuera un niño que acabase de cometer una picardía.

–Quería asegurarme de que estáis a salvo.

Mi madre se desplomó sobre una silla. Luego, apoyando los codos en la mesa, escondió la cara entre las manos y rompió a llorar. Su espalda se agitaba histérica, casi rabiosa, y sobre la mesa iban quedando pequeñas lagunas de lágrimas. El tío Rodolfo reía. Se le iban las carcajadas de la boca, como chorros de aire comprimido:

«Pero, mujer…» Mi madre hipaba y, entre sollozo y sollozo, decía:

«Así no podemos continuar: es imposible, es inhumano.» Y

señalando al tío Rodolfo le reprochaba: «Y tú… tú eres un imprudente incorregible…» Enseguida empezó a romper lanzas contra el gobierno, contra las huelgas, contra todo lo que le pasaba por el magín:

–A quién se le ocurre: venir hasta aquí. Como si éste fuera un barrio tranquilo… En circunstancias tan graves… Cualquier día te acribillan a balazos.

Pero cuanto más lloraba ella, más se acentuaban las carcajadas del tío Rodolfo.

Muchas veces he pensado que aquel modo de reír, grueso y desbocado, era lo que más caracterizaba a aquel hombre: no hubiera sido posible imaginar al tío Rodolfo sin aquella risa.

Fue entonces cuando me alcanzó la bala. Llegó inesperadamente, a traición, pese al balcón cerrado y a las precauciones de mi madre.

Fue un impacto directo, extraño, que se metía en mí con la lentitud de los asombros sordos y voraces. Mi madre dijo:

–Piensa en tu mujer, en tus hijos, en nosotros… ¿Te das cuenta de lo que puede ocurrir si llegan a matarte?

De pronto calló. Se dio cuenta de que yo estaba delante. Se alzó de la silla con las mejillas todavía húmedas, pero los ojos se le habían secado repentinamente. Me miraron los dos: asustados, intentando averiguar cuál era mi reacción. Ella ya sin llanto. Él sin risa.

Pregunté:

–¿Tú tienes hijos?

La sorpresa no me dejaba pensar. No entendía cómo el tío Rodolfo podía tener hijos y mujer sin que jamás me hubieran hablado de ellos. Pero la pregunta estaba hecha y era demasiado directa para eludirla. También la respuesta lo fue:

–Claro que sí: dos niñas y un niño.

–¿De mi edad?

–De tu edad.

–¿Y por qué no los traes a casa?

El tío Rodolfo no contestó. Se comprendía que estaba incómodo.

Miraba a mi madre. Le pedía ayuda con los ojos. Le suplicaba, sin decirlo, que lo sacara del atolladero. Era inaudito ver al tío Rodolfo suplicando de aquella manera.

Mi madre se llevó el pañuelo a los ojos para enjugarlos. Pero no enjugaba nada. El sobresalto la había dejado seca. Solo se tapaba el rostro. Intentó desviar la cuestión:

–Hace calor -dijo.

El tío Rodolfo cambió de aspecto; encogió las piernas, curvó la espalda y fingió apuntarme con un fusil hipotético:

–Aparta, Carlitos, que te doy…

Pretendía distraerme, jugar como otras veces conmigo a guerras o a maleantes. Se comprendía que intentaba llevar mis ideas a su terreno, borrar la existencia de aquellos tres niños que yo no conocía.

No me moví. Me quedé frente a él desafiando el ademán, esperando que claudicara, haciendo caso omiso de su esfuerzo.

–Dime, tío Rodolfo, ¿por qué no los traes a casa?

Se irguió: recobró su postura. Miró el queso de la consola. Dijo luego como si tal cosa:

–Algún día los traeré. Eso es, Carlitos: algún día los conocerás.

Estoy seguro de que Rodolfo y tú haréis buenas migas juntos.

Pero la bala estaba ya en mi cuerpo: sin dolor. Únicamente con extrañeza. Era una bala incómoda: sólo incómoda. Una bala que aturdía, como aturden los golpes en la cabeza o las caídas de bruces. No comprendía, no acertaba a asimilar lo que había descubierto. Pero me sentía vejado, insultado, disminuido. Tal vez porque imaginaba que entre mi madre, el tío Rodolfo y yo jamás había habido secretos. Y, he aquí que, de pronto, me daba cuenta de que, a espaldas mías, se había colado un secreto grande, lleno de pequeños dilemas que acaso nunca pudiera descifrar.

No hice más preguntas. El miedo a que me mintieran me impedía hacerlas. De pronto había descubierto que tanto el uno como el otro guardaban algo que no deseaban decirme. Lo difícil era saber por qué.

Fui comprendiendo poco a poco. Era un comprender inseguro: sin estridencias, sin sentirme verdaderamente humillado. Era un averiguar a medias: un saber y no saber; algo bendecido por la costumbre, y las costumbres casi nunca eran malas. Hasta que al fin llegó a parecerme natural, como las enfermedades o los cambios de estación, como las huelgas y los disturbios.

Ahora intuyo que aquel modo de comportarse fue realmente un error. Probablemente si, desde el principio, el tío Rodolfo me hubiera hablado de aquellos tres niños y de aquella mujer (luego supe que era muy rica y que gracias a ella vivíamos todos), yo habría tardado mucho más en saber la verdad y, por descontado, no me habría preocupado de analizarla como hice más tarde. Pero el obstinado silencio del tío Rodolfo y de mi madre los había delatado. «No se esconde aquello que puede admitirse», decía siempre el padre Celestino.

Efectivamente: creo que fue a partir de aquel día cuando empezó el declive de mi madre. Por mucho que el padre Celestino predicara sobre la necesidad de honrar a los padres «especialmente tú, Carlos: No olvides que desde que murió tu padre ella asume los deberes de un cabeza de familia…», por mucho que yo hubiese practicado hasta el límite la sugerencia de honrarla, algo empezaba a fallar en nuestras relaciones. Hasta entonces, mi amor por ella había casado perfectamente con las diatribas que lanzaba el padre Celestino contra la inmoralidad y el adulterio. Y he aquí que, de pronto, surgía el escollo. Era difícil compaginar ambas cosas.

Pero el dilema no alcanzó verdadero relieve hasta que Paco Moraldo me habló de su tío Lorenzo:

–Un cara, ¿sabes, Honde? Su mujer ha descubierto que tiene una amiga.

Yo no sé si en aquel tiempo Paco conocía con exactitud el alcance de aquella palabra. Probablemente lo había oído contar a sus padres y me lo repetía sin saberrealmente lo que decía. Pero a mí su relato me produjo el efecto de una puñalada.

–Bueno, ¿y eso qué importa? Muchos hombres tienen amigas.

Se quedó perplejo ante mi reacción: la pelambrera centelleante, más tiesa que de costumbre, los ojillos abiertos:

–Pero eso está prohibido.

Enrojecí: no sé si de vergüenza o de coraje. Enrojecí con uno de esos rubores furiosos que van desde el cuello a la frente y que dejan

las orejas brillantes como el charol.

–Hombre: si tu tío Lorenzo se ha enamorado de ella…

Paco no me entendía. Más aún, no comprendía cómo podía yo argumentar de aquella manera.

–Pero ¿tú no sabes que eso de enamorarse de otra estando casado es un pecado mortal?

–El mundo entero está lleno de pecados como ése.

La endeblez de mi argumento era evidente, y yo me daba cuenta: el número no excluía la calidad de la falta, y lo que acababa de exponer distaba mucho de ajustarse a lo que nos había enseñado el padre Celestino.

–Vaya estupidez, Honde: también está lleno de tuberculosos y de anormales. No irás a decirme que resulta aceptable…

Lo peor de Paco era que, por primera vez, argumentaba con aire seguro, convencido de no errar. Era eso lo que me fastidiaba: que Paco tuviera razón, que se mostrase lógico y consecuente.

Lo veía ante mí todavía chaparro (luego no: luego creció como una espiga desmantelada), su pelambrera rubia arremolinada en la cresta, sus ojos de tonto súbitamente inteligentes, con la inteligencia insolente de los que se saben en posesión de la verdad, crispadas las manos (aquellas manos que por vagas e inútiles no habían podido estrechar las del monarca), el gesto asombrado y el lazo del cuello torcido por la violencia del ademán:

–Eso de «estupidez» te lo vas a tragar en el próximo problema de álgebra -le amenacé-. No esperes que te ayude.

Y me di cuenta de que estaba utilizando el sistema de los impotentes, de los que no admiten la verdad, por narices, por nada más. Pero me faltaban argumentos sólidos, se me iban de las manos. Paco bajó velas. Le asustaba verme tan furioso:

–Perdona, Honde: no creí que te enfadaras por tan poco.

Y encogía la ceja derecha, acoquinado, como le ocurría cada vez que mentía.

Nos hallábamos en el jardín del colegio: de un momento a otro iba a sonar la campana anunciando el final del recreo. Corría una brisa cálida que me obligaba a parpadear a pesar mío, y el rubor no se me iba. Continuaba en el cuello, en el rostro, en las orejas. Tras un silencio breve, añadió:

–De todos modos no entiendo tu religión, Honde. Si tu madre se enterara de lo que acabas de decir…

Fue un alivio saber que ignoraba lo de mi madre. Respondí:

–Ten por seguro que se pondría de mi parte. Mi madre es… -no encontraba la palabra- caritativa. Eso: jamás juzga a la ligera como haces tú.

Paco torció la cabeza: cavilaba. Quería hallar una respuesta inteligente (entonces Paco todavía se esforzaba por defender una ética que más tarde llegó a perder totalmente). Pero sólo dijo:

–En eso llevas razón.

Seguramente quería zanjar el asunto. El esfuerzo metafísico era demasiado para él. No creía en mi razón, pero me la concedía, para amainar, para acabar de una vez aquella maldita conversación. Lo estaba delatando su ceja derecha (la que se encogía cuando mentía).

En realidad Paco jamás defendía sus razones: su pereza podía más que su lógica.

Y de nuevo me sentí vejado. No le perdonaba aquel modo de ser cómodo y frívolo. Me ofendía. Hubiera preferido que continuase llevándome la contraria. Darme la razón de aquel modo era considerarme poco menos que un niño o un loco.

Sonó la campana. Nos pusimos en fila. Él iba delante de mí: su escorzo pálido, las piernas mazacotas y torpes avanzando con aquel paso tardo que movía sus anchas caderas descompasadamente.

Creo que aquella tarde lo odié más que nunca. Sus malditos comentarios habían planteado en mí un problema insoluble: uno de esos problemas que no se podían resolver con la facilidad con que se resolvían los problemas de álgebra. Hasta entonces el conflicto interno del tío Rodolfo y mi madre había quedado dentro de mí, en sordina, como los universos que se presienten pero que no nos afectan, y de pronto el universo de sus palabras había rozado mi ética. Lo sentía latir dentro de mi como un bicho rabioso que deseara angustiarme.

Seguir: parte 2 de 5