Quédate
Capítulo 5
—¡Hola! ¡Buenas noches! —le dijo la persona que tenía frente a él descubriéndose parte de la cara y sonriéndole.
—¡Buenas noches! —le respondió a la vez que descubrió que ante él tenía a una mujer y, por lo que podía ver, bastante bonita, y no pudo evitar que una sonrisa se le escapase de los labios.
—Necesito un teléfono, por favor.
—Pase, pase, no se quede ahí fuera con este frío, —le dijo echándose a atrás y abriendo más la puerta de madera maciza.
—Muchas gracias, pensé que no había nadie, —añadió con una sonrisa tímida.
—Disculpe, estaba escuchando música con los auriculares frente al fuego y no había oído nada.
—Pues ya estaba planeando pasar la noche en la puerta con la esperanza de que cuando llegasen los propietarios me dejasen pasar. —Sonrió de nuevo.
—Bueno, por suerte no ha tenido que esperar a la intemperie —le respondió Jean sin poder dejar de sonreír. Le gustaba la idea de tener compañía durante aquella tormenta de nieve.
—Sí, muchas gracias por dejarme pasar, me estaba quedando congelada.
—Pase, pase, no se quede junto a la puerta, entre al salón y póngase junto al fuego. Ahí seguro que entrará en calor rápidamente.
Marta entró mirando a su alrededor. Aquella sala le pareció preciosa. Tenía un techo alto de madera a dos aguas con una enorme chimenea y un gran sofá en piel marrón sobre una mullida alfombra de colores suaves justo delante del fuego. Al fondo, junto a la gran cocina abierta había una mesa de madera maciza con unas sillas que parecían muy cómodas, también sobre otra alfombra a juego con la que estaba junto a la chimenea. Detrás de la mesa había unas escaleras, también de madera, que llevaban al piso superior, donde imaginó que estarían las habitaciones. Se quedó embobada mirando a su alrededor mientras empezaba a calentarse las manos frente al fuego.
La casa que sus padres tenían en Baqueira era grande, pero ni de lejos le parecía tan bonita como aquella. Además, hacía tantos años que no había regresado, que ya no recordaba muchos detalles.
Marta estaba contenta, porque aquella casa que había encontrado y que le había salvado de pasar una noche a la intemperie bajo la gran tormenta de nieve era ideal para olvidarse del mundo. Se imaginaba junto a la chimenea, mientras contemplaba el fuego y oía caer la nieve, que cada vez cubría más la parcela que la rodeaba, y se sentía volar sobre las nubes.
Marta empezó a notar cómo el calor del fuego le calentaba la cara y las manos. En seguida le apeteció quitarse la chaqueta, porque iba tan abrigada que empezaba a sudar.
—Disculpe —la interrumpió Jean—. Si me quiere dar su chaqueta, la pondré en una silla junto al fuego para que se seque —le dijo al ver que Marta se estaba desabrochando el abrigo.
—Sí, muchas gracias —le dijo Marta sacándose la última manga. También aprovechó para sacarse la braga que le cubría el cuello y el gorro de lana, que no se había quitado desde que salió del apartamento esa mañana. Se acercó hasta donde estaba Jean colocando la chaqueta para poner la bufanda y el gorro en otra silla para secarles los restos de nieve.
Jean miró a Marta cuando se acercaba cargada con todas las piezas de abrigo que acababa de quitarse y no pudo evitar quedarse mirando fijamente a aquella mujer. Cuando la había visto por primera vez hacía unos minutos en la puerta, iba tan tapada que le había parecido una mujer madura. Sin embargo, ahora que la veía con un jersey de cuello alto ceñido al cuerpo y los pantalones de esquí y con la larga melena pelirroja suelta cayéndole sobre la espalda, había podido comprobar que era una chica algo más joven que él, con unos enormes ojos verdes y muy guapa.
Jean apartó la vista rápidamente al darse cuenta de que Marta le había sorprendido mirándola. No quería que pensara que era un baboso que acogía a gente en su casa pidiendo algo a cambio. Siempre era respetuoso con sus huéspedes, y con Marta no podía ser menos.
—No nos hemos presentado, soy Jean —dijo dándole la mano.
—Marta —le respondió encajándole la mano y dubitativa de si darle dos besos. Como vio que él mantenía la distancia con el apretón de manos, prefirió no lanzarse—. No sé si me podría prestar su teléfono para hacer una llamada.
—Sí, claro. El problema es que aquí solo tengo teléfono móvil y puede ser que con esta nevada tan tremenda se haya caído algún repetidor y estemos unas horas sin teléfono. A veces he estado incluso días… —dijo sacando su teléfono del bolsillo.
—Yo he estado todo el día sin cobertura, quizá con el suyo tengamos más suerte.
—Bueno, lo primero, mejor si dejamos de tratarnos de usted, ¿no crees? Creo que ambos somos más o menos de la misma edad…
—Tienes razón, disculpa. ¿Tienes cobertura? —insistió Marta mirando al móvil de Jean.
—Ni una rayita —contestó con fastidio Jean mirando su pantalla.
—¿Teléfono fijo no tienes?
—No, solo funciono con móvil. Normalmente hay algo de cobertura, pero hoy… —dijo mirando por la ventana viendo como caía la nieve sin cesar.
—Vaya, pues no sé qué voy a hacer —dijo Marta moviéndose por el salón comprobando si aparecía alguna raya de cobertura en la pantalla de su teléfono. «Aunque tampoco nadie me va a echar de menos», pensó. Pero eso prefirió no decírselo a Jean.
—Puedes quedarte aquí.
—¿Podría quedarme? —A Marta se le encendió la cara de emoción—. Puedo dormir en el sofá; yo me apaño. Y mañana por la mañana me marcho, imagino que la tormenta ya habrá pasado y podré regresar hasta mi apartamento.
—Claro que puedes quedarte, tengo habitaciones para huéspedes que alquilo a los montañeros que pasan por aquí.
—¡Oh! Pues genial, ¡qué bien! ¡Te alquilo una habitación! —dijo Marta entusiasmada y dando palmaditas con ambas manos—. Me muero por darme un baño caliente.
—Claro, sube al piso de arriba y elige la habitación que quieras —dijo Jean mirando hacia las escaleras.
—¿Todas están libres?
—Sí, con este tiempo y en estas fechas, los montañeros no se atreven a venir por aquí. —Rio Jean.
—Bueno, algunos locos nos perdemos en la montaña con lo puesto — respondió Marta con una sonrisa cómplice.
—Sí, solo algunos… —respondió devolviéndole la sonrisa.
—Disculpa si abuso de tu confianza, pero te quería pedir otro favor… Solo llevo lo puesto, ¿podrías dejarme algo de ropa? —le pidió con una sonrisa tímida.
Jean miró a Marta, que medía poco más de metro sesenta, y pensó que toda su ropa le quedaría enorme, porque él medía casi dos metros, y no pudo evitar reírse al imaginársela.
—Sí, sí, ya sé lo que estás pensando —le dijo Marta riendo también—. Que soy un tapón a tu lado y que todo me irá grande…
Jean rio con ganas.
—Si me dejas un jersey me lo pondré con las mayas que llevo debajo de los pantalones de esquí. Será perfecto —le dijo con una amplia sonrisa.
—Pues voy a por tu jersey, entonces —le respondió dirigiéndose hacia su habitación que estaba en el mismo piso que el salón.