Quédate
Capítulo 6
Al final tuvo que acallar el hambre con un vaso de agua, mientras se esmeraba en preparar algo decente para cenar para su huésped y para él. Jean se sentía ilusionado de tener a alguien en casa. Daba por sentado que esos días tan cercanos a Navidad no pasaría nadie por allí, todos preferirían estar en sus casas con sus familias o en los hoteles cercanos a las pistas con sus seres queridos esquiando. Por lo que recibir la inesperada visita de una esquiadora perdida era una suerte para él. Le apetecía saber más cosas de ella, le había parecido una chica muy simpática y, si quería, podrían conversar durante el tiempo que se quedase en casa. Además, era tan guapa que solo mirarla ya era un regalo.
Hacía mucho tiempo que no recibía a huéspedes femeninas solas, siempre acudían a su casa parejas o montañeros masculinos solos, por lo que tener a una chica sola en su casa era toda una novedad.
Aquellos días de Navidad, Jean pensaba pasarlos a solas. Hacía años que ya no los compartía con su familia. Desde lo ocurrido con Adrien, prefirió no volver a sentarse a la misma mesa que él, por muy mal que le supiese por sus padres y por su hermano mayor. Pero la relación con su hermano pequeño se había roto definitivamente. Jean sentía que solo tenía un hermano: Henri, el mayor. Adrien había muerto para él.
Mientras Jean preparaba la cena, Marta se daba un baño caliente en el acogedor baño que tenía en la habitación que había elegido. Al igual que el resto de la casa, su dormitorio tenía ese toque cálido pero a la vez moderno.
En su habitación también había chimenea y se moría de ganas de meterse en la cama y dormirse con el fuego ardiendo de fondo. Nunca había tenido una habitación con chimenea, así que pensaba disfrutar de la experiencia tanto como pudiese.
Cuando salió del baño envuelta en un mullido albornoz corrió hasta delante de la chimenea y al calor del fuego, se puso de nuevo las mallas que había llevado debajo de los pantalones. «Esta noche las lavo en el baño y las pongo a secar aquí junto al fuego y mañana por la mañana estarán secas», pensó mientras se las subía. También se puso el jersey de lana de color blanco que le había dejado Jean. Al ponérselo le invadió el olor de él, aunque el jersey estaba recién lavado, su perfume aún se percibía. Al notar la gruesa lana sobre su piel desnuda, se le puso el vello de punta y supo que se le notarían los pezones, le avergonzaba que Jean le viera así, pero había lavado la ropa interior y acababa de ponerla a secar frente al fuego y no tenía nada más que ponerse. Esa noche iría solo con las mallas y el jersey de color blanco.
Mientras bajaba las escaleras, percibió el delicioso olor que le llegaba desde la cocina.
—La cena está lista… —le dijo Jean mientras la observaba prendado cómo bajaba las escaleras con el pelo suelto y húmedo sobre su espalda y su enorme jersey—. Espero que tengas hambre. —Miró a Marta desde los fogones.
—Mucha, casi no he comido nada en todo el día, —le respondió acercándose a la barra de la cocina.
—Pues a la mesa, que esto ya está listo.
—Genial. —Le sonrió—. Oye, tienes acento… ¿francés?
—Justo, has acertado —le respondió sonriente Jean poniendo la carne sobre el plato—. Jean Saint-Mercier —le dijo dándole de nuevo la mano, después de limpiársela en el trapo de cocina que le colgaba del delantal.
—Marta Ribas —le respondió encajándosela de nuevo—. Oye, pues se te nota muy poco el acento, ¿eh?
—Sí, eso dicen… Imagino que los veranos que pasé de niño en la Costa Brava y todos los años que llevo trabajando con clientes de aquí me han ayudado mucho.
Jean acabó de servir la cena. Había preparado unos espárragos a la brasa junto con unos filetes. Como ambos estaban hambrientos, se sentaron a la mesa con ganas de acabar con lo que había en los platos.
—¡Oh, está delicioso, Jean!
—Vaya, ¡muchas gracias!
—O eres buen cocinero o yo tenía mucha hambre…
—Bueno, todo lo que sé de cocina he de agradecérselo a Colette.
—¿Tu madre?
—No, la cocinera de casa de mis padres, que…
—Vaya, teníais cocinera y todo.
—Sí, ella cocinaba para nosotros, pero también para los trabajadores del viñedo.
—¿Viñedo?
—Sí, mi familia tiene viñedos y bodegas.
—Oh, vino y champán francés, ¡qué buenos!
—Mucho —respondió con una sonrisa triste.
—Bueno y ¿qué me ibas a contar de Colette? Que te he interrumpido…
—No, no te preocupes… —dijo a la vez que hacía un gesto con la mano para restar importancia—. Colette para mí es parte de la familia. De pequeño siempre estaba alrededor de su falda, como si fuera mi madre. Bueno, de hecho, como yo soy el mediano de tres hermanos y mis padres estaban muy ocupados con el negocio y con mis hermanos, siempre me quedaba un poco apartado. Me sentía solo y Colette siempre tenía un gesto de cariño o un trozo de bizcocho con una taza de chocolate caliente preparado para mí.
—Qué bueno… ¡Qué suerte tienes de tenerla! En casa de mis padres, bueno, en casa de cada uno de ellos, porque se separaron cuando yo tenía seis años, había servicio. En casa de mi padre siempre ha tenido un par de filipinas, pero, la verdad, es que nunca eran las mismas, porque las cambiaba cada dos por tres. Además, acostumbraban a ser chicas jóvenes y bastante trabajo tenían con mantener en orden la enorme casa de mi padre, como para emplear su tiempo en cuidarme a mí. Tuve varias nannys, pero también muy jóvenes y, la verdad, es que con ninguna de ellas llegué a tener un vínculo especial…
—Vaya, qué lástima…
—Bueno, imagino que quien establecía vínculos era mi padre, que aún ahora continúa contratando a sus empleadas jóvenes y guapas para convertirlas en sus amantes…
—¿En serio?
—Y tanto… De hecho, mis padres se separaron porque mi madre estaba harta de que mi padre tuviese una amante detrás de otra. Cuando no era su secretaria, era una chica del servicio o cualquier otra, la condición especial es que tenía que ser joven y estar de buen ver.
—Vaya con tu padre…
—Sí, es todo un personaje… Aun hoy, que ya tiene sus años y unos cuantos achaques, sigue igual…
—Todo un donjuán.
—Bueno, yo no diría tanto. —Marta rio—. Y mi madre no creas que se queda a atrás…
—¿También es una rompecorazones?
—Nooooooo. —Volvió a reír—. Nada que ver. Ella con sus dos bichones malteses enanos y con su grupito de amigas tan teñidas y operadas como ella es feliz… —Resopló levantando las cejas.
—¿Y tus hermanos?
—No, no tengo hermanos. A mis padres, por lo visto, se les acabó el amor después de tenerme a mí o, quizá, mi padre cambió de secretaria y…
—Vaya culebrón… —Jean rio al escuchar a Marta.
—Bueno, ¿y tu familia y sus viñedos también dan para un culebrón?
Jean arrugó el entrecejo y apretó las mandíbulas con gesto serio.
—Ups… disculpa, ¿eh? No quería decir nada que te supiera mal —se apresuró a añadir al ver el gesto de él.
—No, no te preocupes —respondió relajando la cara—. Es algo reciente…
—Aún te duele, ¿verdad?
—Más que dolerme, me revuelve las tripas… —dijo tocándose el pelo.
Marta se mordió el labio inferior al darse cuenta de que había tocado un tema muy delicado para su compañero de mesa.
—Yo tengo dos hermanos…
—De verdad, no hace falta que me lo cuentes si no te apetece… Yo te he contado la historia de mi familia porque ha salido el tema, pero, de verdad, tú no tienes por qué hacerlo…
—No, prefiero contártelo, así empiezo a normalizarlo, ya es hora de que pase página… —dijo mirándole a los labios que Marta volvía a morderse.
—De esos dos hermanos, Adrien, el pequeño, que tiene ocho años menos que yo…, le pillé acostándose con la que era mi mujer en mi propia cama — dijo metiéndose un gran trozo de filete en la boca.
—¡Qué fuerte! —respondió con cara de sorpresa.
—Por lo visto no era la primera vez, llevaban un tiempo acostándose a mis espaldas y yo era tan idiota que no me había dado cuenta. Pensaba que su complicidad era por la buena relación que había habido siempre entre ellos. Cuando mi exmujer conoció a Adrien, él era solo un crío… Y después de unos años, me engañaron como un bobo… —explicó apretando de nuevo la mandíbula.
—Lo siento, debiste pasarlo fatal…
—Sí, muy mal… Después de firmar los papeles de divorcio, me fui de Francia y me compré esta casa. Desde entonces vivo aquí. Trabajo desde la distancia con la gestión de los viñedos y disfruto de la montaña y de la compañía de los montañeros que pasan por aquí.
—Menudo cambio…
—Sí, lo sé, pero necesitaba salir de allí… No soportaba compartir mesa con Adrien, no después de lo que vi…
—¿Y no has regresado más?
—Hace algo más de dos años que vivo aquí y no he vuelto, ni tampoco tengo planes de hacerlo. Además, mis padres y Henri, mi hermano mayor, han venido a visitarme varias veces.
—¿Y estas Navidades no las vas a pasar con ellos?
—No, no las he vuelto a pasar con mi familia nunca más. Prefiero quedarme aquí junto al fuego…
—¿Solo?
—¿Tú vas a pasar las Navidades con tus padres? —Preguntó mirando por la ventana y viendo como la nieve seguía cayendo sin tregua y el viento volvía a soplar con fuerza.
—La verdad es que vine a la nieve con la intención de pasar aquí las fiestas, al menos, hasta antes de fin de año. Mis padres tampoco me van a echar en falta. Seguro que mi padre piensa que estoy con mi madre y viceversa. Así que prefiero no estar con ninguno de los dos.
—Vaya, tú tampoco lo tienes fácil…
—Y por ahora estoy aquí… En cuanto la tormenta me permita marchar hasta el apartamento que tengo junto a las pistas, lo haré y si no tendré que continuar hospedada en esta bonita casa —dijo mirando a su alrededor.
—Eres totalmente bienvenida —dijo limpiándose los labios con la servilleta que tenía sobre las piernas.
—Dos solitarios navideños haciéndose compañía. —Marta rio.