Queremos vivir
Capítulo I
Cecil Roberts
Queremos vivir
ePub r1.0
Titivillus 19.02.2019
Título original: They wanted to live
Cecil Roberts, 1939
Traducción: Guillermo Marigó Petit
Editor digital: Titivillus
ePub base r2.0
CAPÍTULO I
EMPIEZA EL DÍA
Era difícil desanimar a Mrs. Brown. En el curso de toda su vida había sido una obstinada optimista. Traía de cabeza a los diablillos de la desgracia que tantas malas tretas le habían jugado. Su filosofía y su religión eran sencillas y bien definidas. Existía Dios y el Demonio, y la Providencia poseía una minuciosa relación de los hechos en el debe y el haber de los candidatos a la inmortalidad.
Mrs. Brown estaba completamente segura de la inmortalidad. Aunque siempre de espíritu humilde, ninguna de las crueldades de la vida podían hacer tambalear su fe en la Divina Providencia. Aquella mañana de abril, mientras lavaba los cacharros utilizados en el desayuno, cantando:
The King of Love my Shepherd is
Whose goodness faileth never [1]
… no experimentaba la menor duda de que este Amor Divino saldaría cualquier deficiencia en su cuenta como cristiana que era.
Sin embargo, aquella mañana su canto tenía un tono ligeramente deprimido. Su hija Nellie le había dicho algo que la mantuvo despierta toda la noche. Oyó entrar y salir los trenes de la Estación Victoria, que se encontraba detrás de la hilera de casas de feo aspecto en donde vivía; presenció el despertar de Londres, y, finalmente, había oído el tintinear de las botellas de leche cuando el carro de reparto a domicilio pasó por la calle. Un amanecer semejante al de una mañana de abril, veinte años antes, cuando inició su primer día de viudedad, mientras su joven esposo yacía en el depósito, arrollado por un tren en la estación donde prestaba sus servicios y donde actualmente también su hijo Jim trabajaba de mozo.
Fue Jim, o mejor dicho, algo relacionado con él, lo que la mantuvo despierta, e hizo que disminuyera el énfasis de su estrofa mientras salpicaba el agua de copos de jabón. Jim no había bajado todavía, porque la última noche tuvo servicio hasta muy tarde. Su desayuno estaba preparado en la mesa de la cocina y el té en el jarro, dispuesto para ser colado.
Nellie había desayunado, marchándose a trabajar con su puntualidad acostumbrada. El huésped de la habitación de enfrente, Mr. Simkin, también había salido. Era una persona admirable, de costumbres tranquilas, puntual en el pago de su arriendo, pero tacaño hasta la desesperación. En el curso de los cinco años que ocupaba el cuarto se había limitado a gastar un chelín de gas a la semana. Cuando el chelín se terminaba, el fuego no ardía; y en pleno invierno, Mr. Simkin no aumentaba su asignación. Una vez terminado el gas, aparecía en la cocina con una gran botella de greda, que tiempo atrás se usó para cerveza. Pedía que se la llenasen de agua hirviendo y a continuación se retiraba a su cuarto, donde envolvía la botella con un pañolón, utilizándola como calentador. Jim apodaba a este anciano viudo «Mr. Skinflint». Preparábase él mismo la cena en un fogón de gas y leía hasta dolerle los ojos. Durante mucho tiempo la familia Brown tuvo compasión de él, sirviéndole bocados escogidos de su propia mesa. Hasta que un día, Jim, con su insaciable curiosidad, haciendo avergonzar a su madre a causa de sus continuas investigaciones en la habitación de Mr. Simkin, salió alborozado de la misma, después de la comida, sosteniendo en su mano una pequeña libreta marrón.
—¡Mira, mamá! ¡El viejo Skinflint dejó esto en la repisa, detrás de unas cartas! ¡Míralo! —dijo.
—¡Oh, Jim, no debieras…! ¿Qué es? —preguntó Mistress Brown, vencida por la curiosidad su desaprobación.
Jim agitó la libreta por encima de su cabeza, con sus alegres ojos castaños brillando de excitación.
—Una libreta de ahorro… ¿y cuánto crees que tiene ahorrado?
—¡Oh, Jim, no te habrás atrevido a mirarlo!
—¡Claro que sí! Apóyate en mí, mamá, y echa un vistazo tú misma.
Jim se colocó detrás de su madre, alzándola con su fuerte y juvenil brazo y sosteniendo la libreta abierta ante sus ojos.
Mrs. Brown la examinó, quedando boquiabierta.
—¡Trescientas cuarenta y cuatro libras! ¡Caramba, nunca lo hubiese creído! — exclamó.
—¡Y tú dándole pastelitos y tazas de cacao antes de acostarse, porque estaba resfriado y sentías compasión de él… tonta! —dijo Jim con aire de reproche, apoyando su mejilla contra la de su madre.
—Trescientas cuarenta y cuatro libras —repitió Mrs. Brown, aturdida por aquella revelación de riqueza—. Le compadezco.
—¡Le compadeces! —exclamó Jim protestando.
—Sí…, esto no es tacañería, sino enfermedad. No es feliz —dijo Mrs. Brown—. El dinero no lo es todo.
—¡No! ¡Cuéntaselo a otro, mamá! —exclamó Jim—. ¡Lo que haríamos con él!
—En realidad no creo que hiciese muchas cosas —dijo Mistress Brown, desaprobando su amor hacia el dinero.
—Vaya que sí —afirmó Jim—. Necesitas un vestido y zapatos nuevos, una alfombra para la escalera y hace tiempo que deseas un edredón de color rosa para tu cama. Y te hacen falta unas vacaciones y…
—Jim, coloca esa libreta donde estaba… ¡supón que entrase ahora! —le interrumpió Mrs. Brown.
—Si este dinero fuese mío, ¿sabes lo que haría? —preguntó Jim con gravedad.
—Pon esa libreta en su sitio, por favor, Jim. Nunca tendrás una cantidad semejante; de modo que no empieces a soñar.
—¡Ah! Con que no, ¿eh? —exclamó Jim con aire de desafío, volviendo la cabeza con tanta rapidez que un mechón de pelo castaño le cayó sobre un ojo. Se lo echó hacia atrás valiéndose de la sorprendente libreta—. No siempre seré mozo de estación… ¡No, no lo creas!
—Jim. ¿No pensarás abandonar tu empleo? —dijo Mistress Brown, alarmándose rápidamente—. Es seguro que habiendo tantos parados…
—¡Seguro! Por esta razón. Pero no te preocupes. Quizá llegue a ser jefe de estación —dijo Jim sonriendo a su madre.
—Claro —convino ella.
—¡Pues yo no lo creo! —exclamó Jim con rudeza—. ¡Más bien Canciller de la Tesorería!
—Coloca esa libreta en su sitio —rogó Mrs. Brown.
—Muy bien. ¿Sabes lo que haría con todo este dinero, mamá? Me lo gastaría dando la vuelta al mundo.
—¿Y perderías el empleo?
—¡Lo perdería! —afirmó Jim con aire de gran señor.
—Entonces, me alegro de que no lo tengas. No eres más que un muchacho estúpido. ¡Devuelve la libreta de una vez!
—En seguida… y tú una cascarrabias —dijo Jim, depositando un beso en la mejilla de su madre—. Te compraría un automóvil antes de emprender la vuelta al mundo.
—No quiero ningún automóvil. ¡Soy feliz como vivo ahora! —replicó Mrs. Brown apartándole de sí.
Se sentía completamente dichosa, pero aquella mañana no tanto como de costumbre. Lo que le había dicho Nellie la tenía preocupada. Algo relacionado con Jim, o para concretar, con la novia de Jim, Lizzie Parrish. Siempre ha sido difícil recabar de una madre la aprobación de la muchacha con la que un hijo único intenta contraer matrimonio. El sentimiento que experimenta por la amenaza de perderle es demasiado grande para ser estrictamente imparcial, y Mrs. Brown se había dado perfecta cuenta de que en su juicio iba mezclada cierta cantidad de egoísmo natural hacia su hijo único. Pero en los momentos en que pensaba en el futuro, el matrimonio de Jim se le aparecía como algo deseable. Había sido un buen muchacho y sería un buen esposo. Actualmente estaba a punto de cumplir veinticinco años y hacía cinco que salía con Lizzie.
Lizzie, naturalmente, anhelaba frenéticamente casarse y sólo el modesto salario de Jim lograba mantener a raya sus constantes insinuaciones de que se estaba cansando de esperar. A Mistress Brown nunca le fue simpática la muchacha. Era codiciosa, mostraba cierta afectación y tenía una belleza de muñeca, demostrativa de una total incompetencia en la cocina. Al parecer, los muchachos nunca pensaban que la tareas de una mujer, con una aguja, un rodillo de pastelería y una escoba, eran más necesarias para su bienestar que un conocimiento completo de textos de bailables y estrellas de cine. Lizzie se pasaba la mayor parte del día sentada en butacas de cine, comiendo bombones y llevando la vida de una mimada niña de sociedad, cuya única preocupación consistiera en pasear con adefesios.
—Me extraña que todas estas estupideces no le hagan perder la razón —decía Nellie, que era una partidaria moderada del cine—. Me gusta una buena película, pero no veo…
—Esta muchacha ni siquiera tienen razón que perder —replicaba Mrs. Brown—. Lo que ocurre es que es demasiado bonita. Pero resulta imposible decirle nada a Jim.
Bueno, ya era hora de hacerlo. Toda muchacha que salía con Henry Marriot terminaba mal. Los Marriot vivían al extremo de la calle y su forma de vida era objeto de burla. Eran propietarios de la pescadería, y el hijo de Marriot trabajaba en un garaje. A menudo cogía un automóvil por su cuenta y las muchachas que salían con él en sus correrías no eran muy escrupulosas.
Mrs. Brown depositó una lonja de tocino en la cacerola al oír a Jim moviéndose arriba. No quería con ello decir que Lizzie Parrish fuese una chica mala, pero por lealtad, no debía salir con malas piezas como Henry Marriot. Lizzie siempre olía a perfume; esto era una cosa poco recomendable, y a pesar de que trabajaba en un restaurante Odeón no entendía nada de pastelería. Su Nellie había sido cuidadosamente educada y haría feliz a cualquier hombre, pero los muy tontos no lo comprendían, sólo porque Nellie era una joven sencilla. Si la pobre muchacha hubiese tenido el buen aspecto de Jim, no seguiría soltera a los treinta años y sin ninguna probabilidad de casarse.
Mrs. Brown volvió el tocino en la cacerola. Ella se había casado a los veinticinco con un mozo de estación que ganaba veinte chelines semanales. Había vivido feliz, mucho más que la gente de hoy día con su cine, sus automóviles y sus viajes al extranjero. Incluso el mismo Jim deseaba con locura salir de su país, diciendo que estaba harto de ver partir a la gente hacia lugares donde él nunca podría vivir. En cierta ocasión la había dejado asombrada al decir que para su luna de miel no iría a Brighton o a Yarmouth, sino a París o a Lugano. ¡Vaya idea! Naturalmente, Lizzie estaba de acuerdo con esto. Era extraño que no le hubiese sugerido Hollywood.
Mrs. Brown roció las lonjas con grasa caliente. Jim bajaba las escaleras. ¿Le diría lo de Henry Marriot y Lizzie?
—Buenos días, mamá —gritó Jim apareciendo.
La besó en la mejilla, mirándose la cara en un espejo que había en la pared.
—Pronto tendré que afeitarme cada día —dijo, frotándose la barbilla—. ¿Hay agua en la marmita?
—Sí; ten cuidado… está hirviendo.
—Algún día, si tenemos un poco de suerte, dispondremos de agua corriente caliente y fría, sin necesidad de marmitas.
—¡Estás muy optimista hoy!, ¿no crees? —preguntó Mistress Brown—. Y una mañana, si nos acompaña la suerte, me traerán una taza de té a la cama, mientras la cocinera prepara el almuerzo. Esta casa no es la misma desde que se marchó el mayordomo.
Jim quitóse su camisa azul, volviéndose con cara sonriente hacia su madre, mientras se estrechaba el cinturón.
—Esto es una contusión —dijo Mrs. Brown examinando el pecho desnudo de su hijo.
—Menos mal que no tengo un ojo morado —replicó Jim, pasándose una mano por su musculoso tórax, desprovisto de vello.
—¡Oh! ¿Te has peleado con Henry Marriot? —preguntó Mrs. Brown con rapidez, mirando el hornillo de gas para disimular su osadía.
—¿Eh? No; fue ayer en el club, boxeando. He engordado dos libras —dijo Jim con orgullo estirando los brazos y poniendo los músculos en tensión—. ¡Mira!
Mrs. Brown contempló con admiración a su hijo, observando la anchura de sus hombros, la curva de su poderoso cuello, el desarrollado pecho y el pequeño estómago del joven medio desnudo.
—Un Sansón mediocre, diría —afirmó Mrs. Brown alegremente, ocultando el orgullo que sentía por su hijo.
Jim volvióse, vertiendo un poco de agua fría en la palangana.
—¿Por qué precisamente con Henry Marriot? —preguntó de repente.
—Oh, no tiene importancia… Sólo pensaba que quizá le hubieses preguntado la razón por la que sale tanto con Lizzie —replicó Mrs. Brown tranquilamente, aprovechando aquella oportunidad. A continuación, algo atemorizada, tomó la tetera y el jarro de la leche, encaminándose a toda prisa hacia la fregadera.
Jim lavose la cabeza y los hombros, balbuceando frases incoherentes al tomar más agua fría del grifo. Volviéndose, con el desnudo tórax cubierto de arroyuelos de jabón, se puso a buscar la toalla a tientas.
—¡Aquí está! —exclamó Mrs. Brown, regresando, mientras Jim sacudíase el agua de sus morenos rizos.
Tomó la toalla que le ofrecía, restregándose la cabeza vivamente. A continuación interrumpió un momento su tarea y con rostro resplandeciente, miró a su madre con atención mientras ella andaba atareada en la fregadera.
—¿Quién te ha dicho que sale con Lizzie?
—No tiene importancia; solamente repito lo que me han dicho —replicó Mrs. Brown con cautela.
Ahora que se había arriesgado a hablar de aquel asunto experimentaba una sensación de intranquilidad.
Jim miróse atentamente al espejo, intentando examinarse la magulladura que tenía en el pecho. Puso en tensión su músculo pectoral, tentándolo. A pesar del cardenal, no sentía dolor. Era fuerte como el hierro.
—¡Hum!… Siempre hay alguien que se mete en los asuntos de los demás, ¿no te parece? —preguntó al cabo de unos momentos.
—Lo dirás por mí, supongo —respondió Mrs. Brown, llenando la marmita—. ¿Te parece bien hablar así de tu madre?
Jim echose a reír, y cuando ella se inclinaba sobre el hornillo de gas, abrazó sus amplios hombros asomando la cabeza por encima de los mismos.
—No eres más que una vieja que se dedica al comadreo, ¿eh? —exclamó riendo, mientras depositaba un sonoro beso en su mejilla.
—Oh, tienes el pelo mojado, Jim; ponte la camisa si no quieres llegar tarde. ¡Estás engordando! —añadió, aludiendo a los rollizos y musculosos brazos que la rodeaban.
—No llamas a las cosas por su nombre. Peso ciento sesenta y tres libras, que es lo que corresponde a una persona que mide cinco pies y medio —replicó él, soltando a su madre y tomando la camisa de la percha.
Se la puso, introduciendo los faldones de la misma en el pantalón de pana, y empezó a peinarse y cepillarse el pelo.
—Pareces olvidar, madre, que Lizzie permanece un buen rato cruzada de brazos mientras yo todavía estoy de servicio. No puedo pedirle que se vaya a pasear sola — dijo él, pasando el peine por entre sus espesos rizos.
—Quizá tengas razón; pero en su lugar yo no escogería a Henry Marriot como compañía con quien pasar el tiempo —replicó Mrs. Brown con obstinación—. Vamos, Jim, el té se está enfriando —añadió entrando en la cocina.
Después de haber abordado aquel tema no tenía ningún deseo de continuarlo. Su intuición le indicaba que Jim no se lo tomaba tan a la ligera como quería demostrar.
El reloj sobre la repisa dio las diez.
—¿A qué hora tienes que estar allí?
—A las diez y media.
—Vaya, ya estás engullendo la comida sin siquiera mascarla. ¡Cualquiera de estos días vas a padecer una indigestión!
—Claro que sí: cuando tenga sesenta años —replicó Jim, untando una tostada con mantequilla.
—Acaso nunca llegues a los sesenta.
—¡Qué optimista estás hoy! —exclamó el muchacho riendo—. Alégrate y vayamos al cine con Nellie esta noche. Una noche de amor es una película estupenda, según me han dicho.
—No, gracias, Jim, no puedo. Hay que hacer la cena de Mr. Simkin.
—Que se la haga él mismo… o que se quede sin ella.
—Los jóvenes no queréis a los viejos. Pero has sido muy amable invitándome. Gracias, Jim —dijo Mrs. Brown, besándole en la cabeza, mientras Jim leía el periódico.
—¡Caramba, nunca lo hubiese dicho! —exclamó Jim.
—¿Qué te sucede ahora?
—Lord y Lady Savery han perecido en un accidente de aviación. Y él tiene una fortuna de más de medio millón.
—Bueno, ya no le sirve de nada al pobre caballero.
—Les conocía. Siempre salían por la Estación Victoria. Él era un deportista. En cierta ocasión me dio once chelines por llevarle los esquís al tren a tiempo. Ella era hermosísima y muy joven. Y aquellos tres niños. Bueno, ya los cuidarán bien con tanto dinero.
—El dinero no les proporcionará una madre, pobrecillos —comentó Mrs. Brown, cepillando la chaqueta del uniforme de su hijo—. Perderás este botón. Voy a cosértelo en un momento —dijo, tomando su cesta de labores.
—Lady Savery, antes de contraer matrimonio, era la hermosa Miss Elsa Hofmannstahl, hija del conde de Hofmannstahl, exministro austríaco en Londres. Era muy popular en sociedad y su bella voz hacía que fuese muy solicitada para festivales benéficos —leyó Jim—. Siempre salían en el tren de las cuatro treinta, para Viena. Hace sólo un mes que les vi. Son muy amigos del viejo Gollwitzer.
—¿De quién?
—Herr Gollwitzer… el famoso director. Salieron juntos.
—Conoces a mucha gente, Jim —dijo Mrs. Brown con orgullo.
—¡Oh, claro! Les conozco muy bien… pero no ellos a mí, con excepción de algunos. El viejo Gollwitzer, por ejemplo. ¡Es un anciano muy divertido! Tiene una cara grande y regordeta con ojos azules y siempre lleva un gran sombrero verde con una pluma prendida. Le acompaña un criado llamado Hans, el cual le sigue los pasos como una nodriza, cuidando de él. El viejo Golly, como le llamamos nosotros, siempre da un chelín de propina. «Muchacho, muchas gracias», dice mientras te entrega el dinero, y yo miro su mano, preguntándome cómo logra que una prima donna mantenga una nota hasta que él no la baje.
—¡Qué ideas tienes! —dijo Mrs. Brown, cortando el hilo y extendiendo la chaqueta—. Está algo sucia —observó.
—No tanto como los pantalones, pero tienen que durar otro año, a pesar de que el fondillo me viene muy ajustado —dijo Jim, incorporándose.
Ella le ayudó a ponerse la chaqueta, pasando la mano por su espalda. Contempló su sonrosado y juvenil cuello y el pelo castaño que se negaba a alisarse. Su corazón de madre hinchóse de orgullo ante aquel muchacho tan bien parecido. Se merecía algo mejor que Lizzie, tan descarada y arrogante.
—Hasta luego, mamá —dijo Jim, volviéndose y besándola apresuradamente.
Se puso la gorra con garbo, inclinada sobre un ojo, y un rizo familiar surgió rebelde.
—Tienes un aire de persona mala —dijo Mrs. Brown mientras Jim se encaminaba hacia la puerta.
—¡Lo soy! —gritó él alegremente, permaneciendo al pie de los escalones.
Entonces, tomando dos botellas de leche vacías, las golpeó entre sí y cantando «Tra-la-lará-lalará!» inició unos pasos de baile.
—¡Oh, vete ya de una vez! —dijo Mrs. Brown.
—Auf Wiedersehen! —gritó Jim, ajustándose los pantalones y alzando su gorra con galantería europea.
A continuación bajó rápidamente los escalones, saliendo a la calle.