Queremos vivir

Cecil Roberts · Capítulo 6 de 22

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Queremos vivir

Capítulo VI

 

DRAMA EN BUDAPEST

 

1

Herr Gollwitzer no podía conciliar el sueño en su habitación del Grand Hotel. Intencionadamente se había retirado tarde, tarde incluso para el alegre Budapest, cuya vida nocturna continuaba con gran animación a las dos de la madrugada. Se había apoderado de él la más terrible de las calamidades, el insomnio, que ya hacía un mes estaba minando su vitalidad. Con desesperación intentó someterse a una disciplina, desechar de su mente los sucesos del pasado mes, haciendo lo posible para ver el porvenir como digno de ser vivido, pero cuando un hombre de sesenta y dos años contempla toda su vida reducida repentinamente a escombros, poco consuelo puede extraerse de una abundancia de filosofía. Poco le importaba la fama, que había poseído en gran escala, y no demasiado, la fortuna. Uno de los mejores directores de orquesta en el curso de los últimos treinta años, se había procurado siempre todo lo necesario para su comodidad. Vivió con holgura, viajando con lujo, ya que en toda ocasión su círculo de amistades le ayudaba conservar sus energías y se había manifestado pródigo en hospitalidad hacia él.

Que supiese, no tenía ningún enemigo. Su posición de director no había sido objeto de acometida alguna por espacio de muchos años. No intentaba engañarse a sí mismo creyendo que su presencia evocaba una sensación rayana en el afecto, equiparable a la admiración que sentía el auditorio congregado al conjunto de su nombre. Era, en resumidas cuentas, un hombre feliz y de brillante posición, que sólo vivía para su trabajo.

Y ahora, a los sesenta y dos años, en el cénit de su fama, sucedía lo increíble. Austria había sido sumergida en una arrebatadora ola de frenesí nazi, y de la noche a la mañana se barrieron todas las cualidades austríacas de alegría, libertad y

Gemütlichkeit[6].

Estaba tan aturdido que no acertaba siquiera a analizar cómo había llegado a suceder. Se enteró, como todo el mundo, de la constante presión de las fuerzas nazis concentradas en la frontera Norte. Herr Schuschnigg había sido llamado a Berchtesgaden, obligándole a apretar más el tornillo. Pero siempre existió la esperanza de que el desastre sería evitado y de que Austria conservaría su independencia.

Y ahora todo había acabado. Un austríaco sentíase sin patria; un judío, no gozaba de derechos políticos y era objeto de burla por parte de cualquier perverso pillastre. Su piso cerca del Parque Municipal había sido cerrado, sin que pudiese volver a él. Saquearon sus departamentos la misma mañana en que Hitler, dirigiéndose a miles de personas que le aclamaban, proclamó su sagrada misión, en nombre de Dios, de extinguir la antorcha de la libertad austríaca, dejando relegada al olvido una nación con setecientos años de independencia.

Parecía increíble pensar que nunca más iba a empuñar su batuta en la Ópera, donde echó los cimientos de su fama mundial. Imposible también que por lo menos un tercio de los miembros de su orquesta, a quienes tanto apreciaba y conocía, que con tanta pasión vivían para su arte, fuesen perseguidos y públicamente humillados a causa de su sangre judía. Nunca había pensado en la índole de su sangre. Había músicos buenos y malos, se trabajaba con sinceridad o de mala gana; esto era lo único que le preocupaba.

Herr Gollwitzer incorporose en la cama, mirando el reloj que reposaba en la mesita de noche. Estaba amaneciendo y se empezaba a discernir la esfera. Las cinco. Sólo había dormido dos horas.

Cerró los ojos, pero no pudo hacerlo de nuevo. La pasada noche había leído en los periódicos que algunos nazis austríacos apresaron en una isla del Danubio, en territorio húngaro, a cincuenta judíos hambrientos y vestidos de harapos. Tres de ellos habían muerto y el resto se hallaba en situación terrible. Las autoridades húngaras les negaron el derecho de asilo y los desgraciados habían sido devueltos a territorio austríaco, siendo inmediatamente encarcelados.

Esto sucedía por todas partes. Mucha gente desconocida, santificada por el signo de la esvástica, hacía presa en esta raza indefensa. La propia inmunidad de las indignidades que llevaban a cabo con sus compatriotas, no hacía más que aumentar la depresión de su estado de ánimo. Le habían arrebatado sus propiedades, nunca más podría vivir en su piso, usar los objetos de su pertenencia, gastar su propio dinero ni andar por las calles de la ciudad que le había visto nacer, sin incurrir en los insultos públicos… o exponerse a la inspección e interrogatorios de arrogantes oficiales, cuando no le sucediese cosa peor.

Por ejemplo, Karl Warburg, director de un gran hospital infantil y acaso el alma más bondadosa de todo Viena, había llegado apresuradamente a su piso una tarde. Era un hombre imposible de reconocer, con las piernas débiles y los labios temblorosos, mientras le contaba que las puertas de su hospital habían sido cerradas ante sus mismas narices. Aturdido, se dirigía hacia un café de Ringstrasse, temeroso de enfrentarse con su mujer en tanto no se hubiese calmado. De improviso un tropel de jovenzuelos penetró en el local, unos corpulentos patanes le habían cogido, obligándole a salir al exterior, a la par que ponían en sus manos un cepillo y un balde. Después, entre general regocijo, tuvo que arrodillarse y borrar del suelo un letrero rezando Heil Schuschnigg!, pintado en la acera durante el plebiscito que había tenido lugar cuarenta y ocho horas antes.

Por espacio de media hora estuvo fregando en vano, rodeado de una tumultuosa multitud, escarbando el suelo con manos que habían salvado miles de vidas de niños vieneses. Después fue puesto en libertad, siendo provisto de un irónico certificado por el que se le eximía de fregar en público para el resto de aquel día. Llamó a un taxi en la esquina, medio desvanecido. Pero el taxista, tan pronto le vio, escupió en su cara, alejándose. ¡Pobre Karl Warburg, el más agradable de los hombres y un gran cirujano en una ciudad de grandes cirujanos! Al día siguiente se saltó la tapa de los sesos en la puerta de su propio hospital, adonde se le había negado nuevamente la entrada.

¿Obró estúpidamente?, se preguntaba Herr Gollwitzer, mirando el techo de su habitación. Él no había sufrido indignidades físicas como el pobre Karl. La herida estaba en su alma, se sentía abatido y con ganas de morir. Sabía que en cualquiera de las muchas ciudades de la tierra sería recibido con honores. En París, Praga, Londres, Bruselas, Nueva York, Filadelfia y Chicago, aún disponía de grandes y leales auditorios. Pero sólo existía una Viena, la ciudad donde había nacido y donde vivían sus compatriotas.

Había sufrido otras pérdidas. Su inmensa biblioteca de música, todos los objetos que coleccionaba con amor, adquiriéndolos en el curso de años de viajar por el mundo y que nunca volvería a ver. Pero las pérdidas materiales no eran las que más le afligían. Ni tampoco se preocupaba por la fortuna que tenía invertida en Austria, que fue incautada y más tarde robada en nombre del Estado. No podían, como a otros de su desgraciada raza, reducirle a la miseria. Existían otros países que no eran sordos a la voz de la razón y a la decencia en su trato hacia los seres humanos y su genio era todavía objeto de honores en algunas partes.

Pero no era en su condición de judío perseguido, derribado del pedestal del más alto honor de su país, y convertido en un animal acosado por un hato de aventureros en lo que se sentía mortalmente herido. Su nombre permanecería intacto en la posteridad y su honor sin mancilla. Le preocupaban las pequeñas indignidades e injusticias de que había sido objeto. Saquearon su casa, y amigos en quienes había confiado, creyéndolos a prueba de toda adversidad, le habían vuelto la espalda con increíble insolencia. Dos de los más íntimos le habían mandado a escondidas notas rogándole que no se expusiese más al peligro que implicaba vivir bajo las autoridades nazis. Su leal criado, el pequeño Hans, fue amenazado si, como ario que era, entraba nuevamente en el hogar de algún monstruoso judío.

Era inolvidable la última y terrible mañana en la Jefatura de Policía, donde entre un grupo de hombres histéricos, mujeres y niños de su mima raza, esperó largas horas haciendo cola, solicitando permiso para abandonar el país. Todavía conservaba en su imaginación las rudas y furtivas caras de los mozos que le interrogaron con toda la bravata de su uniforme nazi. Abrieron violentamente su equipaje, examinándolo con todo detenimiento, le volvieron los forros de los bolsillos, cacheándole con indecencia y perversa satisfacción. Había visto mujeres separadas violentamente de sus esposos, después de confiscarles el dinero y las joyas, recogiendo sus pobres pertenencias, reunidas en el pánico de la huida, con triunfante oficiosidad. Nunca se le borraría de la memoria la última escena de la estación: las caras de aquellos hombres y mujeres arruinados, a quienes se les negó la salida en el último momento, y las de los pobres expatriados huyendo hacia lo desconocido, sentados en cuclillas y silenciosos mientras el tren emprendía la marcha.

Hasta aquellos días de terror, el año había sido casi pacífico. En su continuo ir y venir no advirtió las siniestras sombras que se cernían sobre el panorama austríaco. Hizo caso omiso de las tímidas advertencias de muchas personas. Su recio corazón austríaco se resistía a creer en la amenaza que se agazapaba en la frontera bávara. En su hogar, adonde había regresado tan pronto como se vio libre de los compromisos en ciudades extranjeras, existía un nuevo interés que trascendía a los demás. Su desgraciado matrimonio le había convertido en un ser solitario, hiriéndole en lo más profundo de su ser. Había anhelado un hijo. Más tarde, un día realizó su única acción quijotesca, adoptando el hijo ilegítimo de una campesina, nacido en el tren en que viajaba, de regreso a Viena. ¡Cómo se habían reído sus amigos, al contarles la aventura! Dieron al niño el hombre de Bebé Ferroviario, Der Kleine Eisenbahner. Al principio dispuso que fuese cuidado en Innsbruck, donde madre e hijo habían bajado del tren. Pero ahora, hacía ya seis meses que en sus habitaciones se oía un extraño sonido nuevo, el de un niño que llora, los gemidos de su hijo adoptivo.

La historia de Der Kleine Eisenbahner se había esparcido por todo Viena. Desgraciadamente, un periodista vienés que viajaba en el mismo tren captó la noticia. Los periódicos la publicaron, ya que todo lo relacionado con él era acogido con agrado por los lectores. Gollwitzer aceptó aquella innecesaria publicidad con buen humor. El bebé fue fotografiado con su nodriza y finalmente en brazos del mismo Gollwitzer. El público de Viena, que siempre se mostraba de buen humor, compró tarjetas postales del famoso bebé.

Y he aquí que en ello habían encontrado motivo para atacarle el Día del Furor. ¿Podía permitirse que un andrajoso judío adoptase un saludable niño cristiano?, planteaba una hoja del partido. Un día, ya muy entrada la noche, sonaron unas imperiosas llamadas en la puerta de sus habitaciones y cuatro nazis calzados con botas altas y espuelas penetraron en la casa exigiendo la entrega del niño. La nodriza fue sacada de la cama, conminándola a que entregase la criatura. Ésta se negó con decisión, y frente a la puerta, echó en cara la conducta de los intrusos con tal vigor que éstos retrocedieron avergonzados. De momento el enemigo había sido rechazado, pero la situación era muy peligrosa.

Celebrose una urgente reunión entre el fiel Hans, la nodriza y él. La demanda del niño, probablemente, no había sido oficial y evidentemente aquel grupo de nazis austríacos obraba por cuenta propia. Pero la amenaza podía repetirse. Debían actuar con rapidez. Aquella mañana, a las nueve, la nodriza, tomando el niño, dirigiose a casa de un pariente suyo que vivía en el campo. Inmediatamente después de su partida, Gollwitzer hizo sus maletas y se despidió de su hogar en Viena, dejándolo al cuidado de su fiel Hans. Estaba comprometido para actuar en Praga unos días más tarde, de modo que su partida parecería muy natural. Luego le seguiría Hans y de una u otra forma conseguirían sacar al niño del país.

Incluso en aquel momento, mientras yacía en el dormitorio del hotel sumido en la penumbra, Gollwitzer sintió que el sudor invadía su frente al recuerdo de aquella terrible noche, la urgente conferencia celebrada después de marchar los nazis y la decisión de salir de Viena. Hans insistió en que debía marcharse en seguida, antes de sufrir violencia personal en manos de los nazis, borrachos de poder.

Después, siguieron las indignidades en la estación del ferrocarril. Durante cierto tiempo pareció probable que no le dejasen salir, pero era el gran Gollwitzer con un compromiso que cumplir en Praga, y finalmente consintieron. Cuando el tren arrancó, supo que nunca volvería a ver a su adorada Viena, y al cruzar la frontera experimentó la sensación de que le desgarraban algo en su interior. Echose a llorar a la vista de la última aldea austríaca que se perdía de vista después de pasar la aduana, mas no por ello se puso de manifiesto, ya que la mayoría de sus compañeros de viaje se hallaban en la misma situación y pudo presenciar horribles escenas cuando algunos refugiados fueron devueltos a sus puntos de origen en la misma frontera.

En Praga se desvaneció, agotado por la tensión de los últimos diez días. Canceló sus compromisos, incapaz de enfrentarse con un auditorio. Por espacio de tres días no abandonó las habitaciones del hotel. Se sentía muy envejecido. Después, al cuarto día, decidió salir para Budapest, una ciudad que siempre le había gustado. El fiel Hans le telefoneó la segunda noche pero sin decirle nada de importancia. Era evidente que temía hablar demasiado, puesto que los hilos estaban interferidos. Pero supo que se habían apoderado de su correspondencia, y que el piso fue cerrado y sellado. Hans no dijo nada del niño. Y él no se atrevió a preguntar.

Hacía ya una quincena que se encontraba en Budapest. Había visto pocos amigos suyos. Afortunadamente disponía de algún dinero en un banco de Nueva York, ya que no podían transferirle el que tenía en Viena. Lo había repartido con liberalidad entre compañeros de destierro en situación de extrema pobreza. Sus preocupaciones no eran de índole financiera. Su ánimo estaba abatido, había perdido la ilusión de vivir y el trabajo no le proporcionaba distracción. Su mente no cesaba de dar vueltas a los acontecimientos de las últimas semanas. Y ahora le torturaba el insomnio.

Había escrito a Hans rogándole que se uniese a él. No recibió respuesta. Después de cuatro días de terrible ansiedad, supo el motivo. Su fiel criado, con algún pretexto, había sido encerrado, pendiente de investigaciones. ¿Qué investigaciones? ¿Qué había hecho Hans para ser encerrado de forma tan sumaria? El pariente que le escribió no fue capaz de decirle la causa y, temiendo la censura del correo, no se atrevió a hacer la menor sugerencia.

Gollwitzer no podía dormir, ni comer. Sentíase abrumado por la tragedia de Austria. No valía la pena vivir. Empezó a obsesionarle la idea del suicidio.

El pensamiento le atemorizaba al principio. Sabía que era el síntoma de un espíritu desequilibrado. No le faltaba alimento ni dinero, como a otros muchos pobres diablos, pero existían cosas peores que el hambre y la pobreza; ya no se sentía con ánimos para librar la batalla cotidiana por la existencia. Estaba demasiado cansado para abrigar esperanzas sobre nada. Sus ambiciones se habían cumplido y su tranquilo mundo de la música habíase visto repentinamente invadido por el estrépito de las doctrinas políticas, las extravagancias y brutalidades de unos locos con sus proclamas.

A las nueve, Gollwitzer se levantó, y después de tomar un baño vistióse. Encargó café y panecillos, pero apenas probó bocado. Sin quitarse la bata, sentóse en la pequeña mesa de despacho, cerca de una de las ventanas, en un extremo de la habitación. Desde la ventana contempló las colinas azules y grises de Buda que se erguía sobre el ancho Danubio, con su altura coronada por la fortaleza y la inmensa mole gris de su Palacio Real. Debajo, el ancho Corso, escena de la vitalidad nocturna de Budapest, estaba vacío. Abrió el Pester Lloyd, pero leyó solamente las primeras líneas. Era una locura leer los periódicos aquellos días. Todos contenían las mismas interminables noticias de conferencias inútiles, reuniones de grandes y pequeñas naciones, muestras de pacífica cortesía unidas a un gasto de municiones estremecedor. Los dictadores hablaban a Europa a través de sus micrófonos. La moribunda Sociedad de Naciones aguardaba su próxima sesión con piadosa futilidad y la matanza roja se extendía por China y Rusia, esta última sin rival en espectáculos sangrientos, embarcada en una orgía de ejecuciones.

Gollwitzer apartó el periódico hacia un lado, asomando la cabeza por una ventana lateral que daba a un ala contigua del Hotel. Frente a él, en un balcón, un muchacho estaba besando la nuca de una mujer joven mientras ésta permanecía sentada, tomando el sol matinal. Ella volvióse riendo y acarició la cara del muchacho con mano delicada; una pareja en su luna de miel, que por su aspecto parecía italiana. Gollwitzer hubiese disfrutado de aquella pequeña escena en otras circunstancias. Ahora les contempló con impaciencia. ¿Tendrían niños en la locura del mundo actual?

Preguntose dónde se hallaría Friedl, su hijo adoptivo, en aquel momento. Cada mañana, inmediatamente después de desayunar, penetraba en la agradable habitación dando al Parque Municipal, que había acondicionado como alojamiento del niño, para charlar con su nodriza. Presenciaba cómo ésta bañaba y pesaba al niño, reía y agitaba su cabeza sobre la cuna, escuchando las noticias sobre sus nuevos dientes, y dejaba que Friedl cerrase la diminuta mano sobre sus dedos.

—Le conoce, Herr Gollwitzer —afirmaba la nodriza.

—¡Claro que me conoce! —respondía Gollwitzer—. ¿Verdad, Kleiner Eisenbahner? —preguntaba, moviendo la cabeza al sonriente niño.

Cada mañana hacia lo mismo cuando se hallaba en casa. Si por lo menos Hans estuviese en libertad, podría recibir noticias de Friedl.

El Pester Lloyd anunciaba que los nazis austríacos se habían portado muy mal, irrumpiendo en las viviendas, dedicándose al pillaje, saqueando las tiendas y tratando a los judíos como enemigos políticos. Los perseguidos habían recibido con agrado la presencia de los disciplinados nazis alemanes, que reprimieron estos desmanes. ¿Qué había sucedido al amable pueblo austríaco, siempre propenso a la risa, con su alegre despreocupación ante las opiniones y costumbres de los demás? El homicida del pobre Dollfuss habíase convertido en un héroe nacional y los criminales que dejaron desangrar al pobre canciller hasta morir eran objeto de agasajos y honores por parte del Estado.

Gollwitzer se puso el abrigo y el sombrero, saliendo de su habitación. En el vestíbulo, el conserje le entregó cinco cartas que acababan de llegar. Ninguna llevaba sellos de Austria. Se sentó, con el corazón latiéndole apresuradamente y procedió a abrirlas. Un agente de París deseaba concertar algunos contratos con él. Había dos de Zurich y Milán, escritas por miembros de su orquesta vienesa, pidiendo ayuda, todos fugitivos, muriéndose de hambre con sus familias. Les conocía a fundo y debía ayudarles.

Cada día mandaba dinero a alguien que se hallaba sumido en la desgracia. Tenía diez mil dólares en un banco neoyorquino, los cuales le durarían cierto espacio de tiempo. Afortunadamente, siempre estaba en disposición de ganar dinero.

Sí, había una carta procedente de Austria. La abrió con avidez. Era de su agente. El compromiso para actuar en el Festival de Salzburgo había sido cancelado. Bueno, ya lo esperaba y no tenía intención de ir bajo ningún concepto. Continuó leyendo. Había sido relevado de su cargo de director de la Ópera y del Conservatorio de Música. El banco escribía diciendo que ninguna cantidad de la cuenta corriente de Herr Gollwitzer podía ser enviada al extranjero. También se lo esperaba. Su antiguo amigo Franz Wertheim habíase suicidado y también Hans Erhardt.

Gollwitzer continuó leyendo, pero las noticias que le comunicaban las cartas de sus agentes no le causaron ningún efecto. La antigua vida había desaparecido para siempre y era demasiado viejo para alimentar la esperanza de forjarse una nueva en algún lugar del extranjero. La solución era muy sencilla. Franz y Hans no habían vacilado en abandonar una vida tan monstruosa, desplazándose más allá de las indignidades de la existencia.

Leyó las demás cartas y, poniéndoselas en el bolsillo, encaminose hacia el pupitre del conserje con la intención de pedir la dirección de un armero. Pero se contuvo. No le convenía de ninguna forma. Se habían registrado tres suicidios en los hoteles de Budapest en el curso de las últimas cuarenta y ocho horas, todos de refugiados.

—Hermosa día, Herr Gollwitzer —dijo el director del hotel, haciéndole una reverencia cuando pasó por su lado—. ¿A dar un paseo? Esta mañana hay mercado de flores.

Gollwitzer atravesó las puertas giratorias, saliendo a la tranquila calle detrás del hotel. ¡Mercado de flores! No, no visitaría el mercado de flores. Al final de la calle torció en dirección a la bulliciosa Vaci-utca, a fin de adquirir una pistola.

 

2

Gollwitzer comió tarde en la terraza del hotel, sentado bajo el toldo. El Corso aparecía casi desierto. Unos vapores deslizábanse por el río, que desde mucho tiempo antes había dejado de ser el Danubio Azul de Johan Strauss. Al otro lado de la calle, la inmensa mole del Palacio Real, con su cúpula central de bronce verdoso y la gran fachada de ventanas, relucía a los rayos de un sol de atardecer. Era una mole muerta del esplendor real, un palacio sin rey. Seguramente el espíritu de la díscola y bellísima reina Elizabeth paseaba por sus abandonados salones. ¡Los Habsburgo habían desaparecido, al igual que su Imperio!

Gollwitzer recordó una deslumbrante recepción en el gran Salón de la Audiencia, con el rey Francisco José, la reina y toda la corte reunida, con magníficos atavíos, mientras los nobles, hombres de Estado, soldados y notables desfilaban, en prueba de sumisión ante el portador de la corona de San Esteban. Entonces era muy joven y presidía la primera ceremonia de Estado. Hoy parecía un sueño y del aparato de aquella escena sólo quedaba el palacio. La daga de un asesino asestó su golpe en el pecho de la bellísima emperatriz, el hijo murió violentamente en el misterio de Mayerling, el heredero del trono cayó bajo una bala servia, el anciano emperador contempló la agonía de su Imperio y su sucesor murió en la pobreza desterrado. Y ahora no quedaba nada de aquel orgulloso Imperio fundado hacía setecientos años. ¿Cómo era posible que sus compatriotas incurriesen en el olvido de su misma patria, aclamando la llegada del conquistador, y ofreciéndole ávidas manos para alistarse bajo la enseña de la servidumbre nazi?

A las cinco Herr Gollwitzer salió a dar un largo paseo. En aquel momento estaba extraordinariamente tranquilo. Observaba el mundo con mirada extraña. Había terminado con la vida; el torbellino cotidiano y las inquietudes continuarían, pero él hallaríase pronto fuera de su alcance.

Los pensamientos más curiosos asaltaron su imaginación; aquel robo de su equipaje camino de San Petersburgo, donde había dirigido una representación de Fidelio con un traje de etiqueta prestado por el Presidente de la Duma… muerto a tiros una semana más tarde; el helado lago Michigan, desde sus habitaciones del hotel Commodore, de Chicago, una tarde de invierno; la sorpresa que se pintó en las facciones del joven empleado de la agencia Cook de Londres, al darle un billete de cinco libras para que celebrase el nacimiento de un hijo, que el muchacho le había comunicado con timidez; la caja de cigarros que el rey Eduardo le había regalado después de cenar en el Club Marlborough… tan fuertes que no pudo fumárselos; la carita de una muchacha, hermosa y serena, después de haber sido atropellada en una calle de Varsovia… la había recogido muerta… ya hacía veinte años; su esposa y el desgraciado enlace que sólo duró dos años. Recordaba que ella en un arrebato de pasión había golpeado su piano Steinway mientras permanecía a su lado, hecha una furia. Hizo añicos el macillo y tuvieron que llamar al mecánico a su villa de verano en Attersee.

Llegó al hotel poco antes de las ocho. La orquesta estaba tocando en el comedor, pero su ánimo no estaba predispuesto a la música ligera, y después de vacilar en el umbral, decidió que le subiesen algo de comer a su habitación. Pero al servírselo no tenía apetito, y al cabo de media hora llamó al criado para que lo retirase.

Se desnudó, poniéndose el pijama y un batín y sentóse en el escritorio para escribir unas cartas, las últimas; una a Hans, que guardaría en depósito un amigo suyo en París, otra a su agente y la última a su sobrina, que vivía en Génova, y que iba a heredar el resto de su fortuna, después de haber separado lo necesario para su hijo adoptivo y hacer un legado a Hans. Todo esto sería tomado de sus inversiones en América y Suiza. La fortuna que poseía en Austria le había sido arrebatada por los nazis en castigo de haber huido ante los horrores de su persecución.

Su mirada se posó en el teléfono que había encima del escritorio, experimentando un repentino impulso de llamar a su piso en Viena. Sería interesante ver qué sucedía. Descolgó el receptor y habló al telefonista del hotel.

—Una conferencia con Viena, Stadtpark 262114 —dijo.

—Muy bien, Herr Gollwitzer.

Colgó el aparto y continuó escribiendo.

Unos minutos después sonaba el timbre.

—Su conferencia con Viena —anunció el operador.

—Oiga —dijo Gollwitzer—. ¿Quién está al aparato?

—Aquí Stadtpark 262114 —repuso una voz.

—¿Es la casa de Herr Gollwitzer?

—¿Con quién hablo?

—Con el criado de Herr Gollwitzer. El señor no está… Si desea puedo tomar nota del recado.

—Sí, ciertamente. Aquí Herr Gollwitzer, hablando desde un lugar donde vosotros no me podéis coger. Sé que interferís todas las llamadas a mis habitaciones. No tengo ningún criado con esa voz.

Colgó el aparato. Lo que esperaba. El día anterior había conocido a un americano poseedor de una finca en Salzburgo, el cual le dijo que la línea de su teléfono estaba interceptada por los agentes nazis seis meses antes de que se apoderasen de Austria.

El reloj, sobre la repisa, dio las nueve. Gollwitzer, después de escribir las cartas, llamó por teléfono al mostrador de recepción.

—Me marcho mañana por la mañana a primera hora. Haga el favor de mandar la cuenta en seguida; la liquidaré ahora —dijo—. No, no, en automóvil —añadió cuando el empleado preguntó qué tren deseaba tomar.

Mientras mandaban la cuenta, Gollwitzer hizo sus maletas. Permaneció frente a una de ellas de cuero, pensando en lo extraño que resultaba no disponer de etiquetas que estampar. Había dejado instrucciones para que guardasen en depósito sus posesiones personales durante tres meses, y si no las reclamaba Hans, fuesen vendidas y su producto destinado a fines benéficos.

Sonó una llamada en la puerta. Entró un criado con un sobre conteniendo la cuenta. Gollwitzer la abrió, entregándole la cantidad total y unan propina de veinte pengos. El hombre se retiró sonriendo y haciendo reverencias. Eran las nueve menos cuarto. En su mesita de noche había un paquetito. Gollwitzer fue buen tirador en su juventud, pero poca experiencia tenía con pistolas. Esta Mauser era infalible y harto sencilla de manejar.

Extrajo el arma de su caja y cruzó la habitación hacia la mesa tocador, junto a la ventana. Allí había un espacio despejado donde podría caer. Su mano no temblaba, su mente estaba tranquila y su cara, reflejada en el espejo, no traicionaba la menor agitación.

—Dios me perdone —dijo con calma, llevándose el cañón de la pistola a la sien.

En seguida sonó una fuerte detonación.