Queremos vivir
Capítulo XI
HACIA BUDAPEST
1
A las once de la mañana del domingo Waddle llegó al Hotel Rey de Hungría dispuesto a lo que llamaban la «huida a Egipto». Con gran sorpresa descubrió que Betty era la que estaba más tranquila de la pareja. Había tomado la decisión de llevar a cabo la hazaña sin hacer caso de los recelos de Jim. El hijo ficticio de Elizabeth y James Brown había sido consignado en el pasaporte, en la casilla destinada a niños.
—Sabes perfectamente que podrían hacerme pasar una temporada a la sombra por esto —dijo Jim con aire lúgubre.
—Puedes declarar que lo hiciste a instancias mías… o si lo prefieres, puedes decir que lo hice yo y que experimentaste un gran sobresalto cuando presenté al niño — replicó Betty.
—¡No comprendo lo que te sucede! —exclamó Jim, admirado—. No sospechaba que fueses tan belicosa.
—Todavía veo a aquel horrorizado judío con los labios manando sangre —replicó Betty.
Cuando llegó Waddle les trajo buenas noticias.
—Soltaron al doctor Kummer ayer por la noche. Se negó a ser intimidado, manifestando que atendería a todos los pacientes que requiriesen sus servicios —dijo Waddle—. Cuando se dieron cuenta de que no le harían desistir de sus propósitos, le dejaron en libertad. Algunos colegas del hospital removieron el asunto y supongo que los nazis se asustaron. Y ahora ¿están ya dispuestos? Oficialmente nos marcharemos a la estación dentro de unos minutos. Tan pronto como hayamos perdido de vista este lugar, iremos a dejar el equipaje a la parada del autocar, a fin de tenerlo todo preparado y después podemos encaminarnos descansadamente a casa de Scherer. Les dije que iríamos alrededor de las doce a comer. ¿Les trajo Hans la caja, anoche?
—Sí —respondió Betty—, ahí está. He examinado las ropitas. Pero hay algo muy gracioso… ¿Se da cuenta que ni siquiera sé el nombre de mi propio hijo?
—James Henry Brown, claro —dijo Jim.
—Quiero decir su verdadero nombre… ¿Cómo se llama, Mr. Waddle? —preguntó Betty.
—¡Cielos!, no lo sé; nunca me lo han dicho. Todo el mundo le llama Der kleine Eisenbahner.
—Debe tener un nombre… pero como no puede hablar, da lo mismo —dijo Betty, riendo—. ¿Cree usted que va a llorar todo el trayecto hasta Budapest? No sé ninguna palabra alemana con que consolar a los niños, Mr. Waddle; realmente me ha buscado una ocupación extraordinaria.
Betty colocose delante del espejo, poniéndose un sombrero austríaco, pequeño, de fieltro, adornado con flores, que había visto en una tienda, pareciéndole sencillamente irresistible. Le prestaba un ligero aire audaz.
—¡Esto parece una opereta! —exclamó Jim, mientras ella se volvía, escondiendo un rizo bajo el sombrero.
—¿Te gusta? No, no delante de Mr. Waddle, no —dijo riendo, cuando Jim intentó besarla.
—Queridos niños… me esconderé en un rincón si quieren —dijo aquél—. Ahora, ¿puedo llamar ya al mozo? Les advierto que todo el personal del hotel estará formado para darnos el Auf Wiedersehen.
—¡Ya estoy dispuesta para la gran aventura! —gritó Betty, sonrojada de excitación.
Jim contempló sus brillantes ojos, admirándose de su buen humor. Él tenía las manos heladas y no era más que un manojo de nervios. Sólo anhelaba una cosa, hallarse sano y salvo al otro lado de la frontera.
El restaurante Scherer no estaba todavía lleno cuando llegaron. Herr Scherer les dispensó una efusiva bienvenida, mostrándoles la variada carta y ayudándoles a escoger la comida. Les condujo a un palco situado en el extremo del salón. Su regordeta cara de bondadosas facciones no indicaba en lo más mínimo que estuviese enterado del negocio que se traían entre manos. Únicamente cuando el camarero se marchó y Herr Scherer colocaba un jarro de flores en la mesa dirigiose a Betty en excelente inglés.
—Mi hija se encuentra aquí… en nuestro salón. Después de comer la verá, señora —dijo en voz baja.
—Muchas gracias. El niño…
Scherer extendió las manos sonriente, quedando sus orejas ocultas tras las rollizas mejillas.
—Fabelhaft! —exclamó—. ¡Es precioso!
Herr Scherer se irguió, atusándose el bigote. Regresaba el camarero. Haciendo una reverencia se retiró para atender a los nuevos clientes que entraban.
La comida fue excelente: sopa, Wiener schnitzel, espárragos, fresas y café. Terminaron a la una y cuarto. Jim había recobrado su buen humor y en demostración de su sangre fría escogió un pequeño cigarro. Al pedir la cuenta, Herr Scherer volvió a su mesa, expresando la confianza de que la comida hubiese sido de su agrado.
—Si la señora quiere venir conmigo, la presentaré a mi esposa e hija —dijo.
Betty se levantó, permitiendo que Herr Scherer la escoltase a través de una puerta y subiendo unos escalones. Una vez en el rellano penetraron en un pequeño salón. Frau Scherer y la Fräulein se levantaron para saludarla. No hablaban inglés, de forma que Scherer tuvo que hacer de intérprete, y allí, sobre un sofá, yacía Der kleine Eisenbahner, un querubín de enormes ojos negros que miraba a Betty con la máxima gravedad.
Riendo y charlando, Fräulein Scherer tomó al niño en sus brazos, haciéndole unas caricias y a continuación lo pasó a Betty, mientras Frau Scherer reía, acariciándole las mejillas y exclamando:
— [22] Wie reizend!
—¿Cómo se llama? —preguntó Betty, sosteniendo el pequeño en su regazo.
Sus ojos negros examinaban la cara de Betty con aire de sorpresa.
—Friedrich —dijo Herr Scherer.
—¡Friedl! ¡Friedl! —exclamó Frau Scherer, estrechando un pie del niño.
Madre e hija empezaron a hablar.
—¿Qué dicen? —preguntó Betty, apretando la menuda cara de Friedl contra la suya.
El niño sonrió finalmente, empezando a balbucir, con gran placer de las mujeres.
—Mi hija dice que el niño nunca llora, señora —explicó Herr Scherer.
—¿Cómo? ¡Eso no es natural! —exclamó Betty, riendo—. ¿Y cuándo he de darle de comer?
Hubo otra animada conferencia.
—Friedl acaba de tomarse la leche. Pronto se dormirá. A las cuatro puede tomar un poco más de leche. Mi hija le entregará el biberón. A las seis de la tarde toma la última dosis de leche con un bizcocho y luego duerme. Mi hija ha escrito unan carta para su nodriza —dijo Herr Scherer.
Friedrich empezó a trepar por el hombro de Betty. Sí, era un niño muy fuerte. Ya andaba a gatas. ¡Qué pelo negro más hermoso tenía y qué ojos más preciosos! Fabelhaft!
Herr Scherer empezó a explicar sus disposiciones para la entrega del Der kleine Eisenbahner. Creía que era mucho mejor que ambos fuesen primero a la parada del autocar. Allí su hija les entregaría el niño, y a quien observase la escena le parecería que era la nodriza o una amiga que se había encargado de él.
Betty reuniose con Jim y Waddle. Herr Scherer la escoltó hasta el salón del restaurante, contándole algunas historietas de cuando él y Gollwitzer eran estudiantes de música. Aquellos días nunca volverían. ¡Su pobre amigo Gollwitzer era tan bueno, tan amable y un genio tan grande!
—Soy buen austríaco, señora, pero también soy buen amigo. Cuando pasé grandes apuros, Gollwitzer nunca me abandonó, y esto no lo olvidaré nunca, ¡nunca!
Aquel niño grande hizo una pausa en el rellano mientras le contaba esto a Betty. En sus ojos asomaban las lágrimas y se sonó ruidosamente para ocultar su emoción.
—Lieber Gott! Ich bin ein Idiot! —murmuró, bajando la escalera detrás de ella.
2
Encontraron a Fräulein Scherer esperándoles junto al autocar verde que realizaba el recorrido diario entre Viena y Budapest. Salió de la esquina de Kärtnerring a las dos. Siempre se congregaba una curiosa multitud para presenciar la salida de los turistas. Estudiantes pobres con cartera bajo el brazo permanecían inmóviles contemplando con envidia a aquellos mortales para los que toda la tierra parecía un campo de juego. Jim examinó a sus compañeros de viaje. Había algunos austríacos, dos franceses muy chic, una familia americana rebosando vitalidad, un grupo de turistas ingleses acaudillados por un sacerdote con gafas, que sonreía a todo el mundo, y una señora muy gorda, con un perro alsaciano, la cual sostenía una viva discusión en alemán con el chófer, que se negaba a admitir el animal.
Waddle había comprado tres asientos. Vigiló la entrega de los equipajes. Empezaba a lloviznar. Se oía el sonido de una banda de música avanzando por la calle ante unos hombres que desfilaban. En el curso de aquellos días continuamente se oía en Viena las pisadas de los soldados, se quejó Waddle. Pero ya el primer entusiasmo habíase desvanecido. Los hombre y mujeres que circulaban por las aceras les contemplaban sin prorrumpir en aclamaciones. Y algunas veces presenciaban el paso de las masas nazis con aire ceñudo.
—Pronto se cansarán de todo esto —dijo Waddle—. No van a divertirse tanto como creían. Los alemanes les harán levantar más temprano, trabajar más duramente
y mantenerse a raya. ¡Viena no será tan [23] gemütlich, ya verán!
El chófer empezó a acomodar a los pasajeros en el autocar. Betty tomó el niño de manos de Fräulein Scherer. Ésta dijo algo en alemán, haciendo un esfuerzo para sonreír. Estaba a punto de prorrumpir en llanto. Había cuidado el niño por espacio de seis meses y le tenía afecto.
Finalmente partieron. El autocar empezó a deslizarse por los suburbios. Jim y Betty iban sentados juntos. La carretera discurría por una monótona llanura. Atravesaron Teinburg, una apacible y pequeña aldea del campo. Waddle, instalado en el asiento trasero, empezó a dormitar. El tiempo mejoraba. El niño yacía muy tranquilo en brazos de Betty. Transcurrida una hora de viaje, llegaron a una barrera blanca y negra que se interponía en la carretera. El autocar se detuvo.
Waddle despertó e inclinándose hacia delante dio unos golpecitos en el hombro de Jim.
—La frontera austríaca —dijo—. O mejor dicho, la frontera alemana, actualmente.
Había llegado el momento decisivo. Jim sintió que sus manos se humedecían de sudor. Miró con ansiedad a Betty, la cual le dirigió una sonrisa de confianza. A través de la ventanilla vieron dos soldados apostados a las puertas de la aduana. Los pasajeros se levantaron, empezando a prepararse para el examen de sus pasaportes.
—Mrs. Brown puede quedarse aquí… ya consta en su pasaporte. Tendremos que declarar el dinero también.
Waddle salió del autocar, seguido de Jim, colocándose en la cola. Dos oficiales examinaban los pasaportes de los viajeros y comprobaban su dinero. Dejaron a Betty en el autocar.
Le tocó el turno a Jim. Un oficial de facciones enjutas abrió su pasaporte, echó una ojeada a las fotografías y luego a él, a continuación estampilló con el timbre de goma la página en blanco, le devolvió el pasaporte y fijó su atención en la persona siguiente. El otro oficial tardó dos minutos en comprobar su dinero, comparándolo con el que Jim había cambiado al entrar en el Reich.
Por fin salió del edificio. Sólo había permanecido dentro unos minutos. Allí estaba Betty sentada con el niño. Todos sus recelos habían sido vanos. ¡Qué sencillo resultó todo! Subió al autocar, que empezaba a llenarse nuevamente. Waddle hizo lo propio, dirigioles una sonrisa y ocupó su lugar sin decir una palabra. El chófer cerró la puerta, poniendo el motor en marcha. La barrera blanca y negra elevose en el aire. El autocar avanzaba cruzando la frontera. Un oficial de aduanas saludó cuando pasaron.
Recorrieron unos quince metros, llegando a otra barrera, roja. Blanca y verde. El autobús aminoró la marcha.
—¿Qué es esto? —exclamó Jim, sintiendo que le invadía el recelo.
Waddle se echó a reír. Él también había esperado con avidez atravesar la frontera y ahora sentíase alegre.
—Esto es Hungría, amigo… Estamos en la aduana húngara y la Oficina de Pasaportes. Tendremos que bajar, ya que insistirán en examinar nuestro equipaje y escudriñar los pasaportes. Parecen terriblemente hoscos, pero son encantadores. Ahora, Mrs. Brown, permítame que sostenga al niño mientras usted baja. Estaremos aquí unos veinte minutos. Ponga sus pies en territorio húngaro.
Tal como Waddle predijo, los oficiales húngaros eran lentos y meticulosos. Miraron a Jim, a Betty y al niño. Tomaron cuidadosamente nota de todo su dinero. Pero ni un solo momento Jim experimentó inquietud alguna. El niño de Gollwitzer se hallaba sano y salvo en Hungría. Habían corrido un riesgo, pero triunfaron.
Una vez cumplidas todas las formalidades, Betty tomó asiento en un banco delante del edificio de la aduana, alimentando al niño a los cálidos rayos del sol: «¡Friedl!», cuchicheó, y el niño, intentando ponerse en pie en su regazo, respondió con unos balbuceos. Realmente era un niño precioso, con sus brazos y piernas regordetes y los ojos negros y brillantes… Betty se preguntó por unos momentos dónde estaría su madre. Waddle le explicó que el niño había nacido en el Arlberg-Orient Express, en el que viajaba Gollwitzer, y cómo éste se quedó con él mediante un compromiso con la madre, la cual se esforzaba en llegar a su casa de Austria después de la muerte de su amante en París. Waddle estaba convencido de que Gollwitzer pasaba una pequeña pensión a la madre. ¡Pobre rapaz, nacido en un tren y ahora raptado y trasladado a Hungría! «¿Qué le sucedería después?», preguntose Betty.
Subieron nuevamente al autobús. El chófer cerró la puerta. Empezaron a avanzar. El niño cobijose en sus brazos, quedando profundamente dormido. Durante largo rato, Betty contempló el paisaje del nuevo país por donde avanzaban; era muy llano y monótono, con la recta y polvorienta carretera bordeada de acacias. En aquel momento el autobús se detuvo otra vez. Se hallaban en una ciudad, ante un hotel, enclavado delante mismo de la amplia carretera, que unos metros más allá cruzaba sobre un puente.
—Esto es Györ —dijo Waddle—. Nos detendremos media hora, y podremos tomar café en el jardín del hotel.
—Dame el niño —dijo Jim, alargando sus brazos para recoger el pequeño dormido—. Es una buena práctica —dijo y prorrumpió en una carcajada ante el repentino sonrojo de su esposa—. Tendré que ponerme a la altura de las circunstancias según el pasaporte. ¡No se puede borrar!
Waddle ya había encargado café y pasteles.
—¡Ah! —suspiró—. He estado en este jardín por lo menos tres veces. Tenía la costumbre de dirigirme a Budapest en tren, y ahora voy en autobús para poder disfrutar de la vista que presenta la ciudad a la entrada. Me disgusta que me arrojen repentinamente sobre un lugar, después de avanzar cierto tiempo entre paredes y gasómetros. Éste no es verdaderamente un lugar bonito… pero, a decir verdad, ninguna ciudad de Hungría lo es, con excepción de Budapest. El campo parece haber depositado todas sus joyas en aquel estuche. Este lugar fue testigo de muchas batallas tiempo atrás. Los turcos lo conquistaron en cierta ocasión, después lo reconquistaron los húngaros, para perderlo nuevamente ante los mismos turcos, y claro, Napoleón estuvo aquí dos veces. ¡Querido amigo —interrumpió Waddle—, presenta un cuadro muy paternal con ese niño en sus brazos!
—¡Dámelo, Jim! —gritó Betty.
El niño abrió los ojos al cambiar de manos.
—¡Hola, Herr Gollwitzer! —gritó Jim, haciéndole muecas.
Se sentía muy alegre ahora que ya había pasado el peligro. Betty se portó maravillosamente.
—¡Bueno, vaya aventura! —exclamó, sirviendo el café—. Aquí estamos, en nuestra luna de miel, raptando niños y bebiendo café en unan posada húngara. Voy a escribir a casa contándoselo a mi madre tan pronto como pueda coger pluma y papel. ¡Y todo se debe al fútbol!
—Y a Mr. Waddle —dijo Betty.
—Y a Mr. Waddle —asintió Jim.
—¡Oh, queridos! Espero que nunca se arrepientan de haber dado conmigo —dijo Waddle con modestia.
Poco después de salir de Györ, la carretera bordeaba un amplio río, de orillas bajas e islas pantanosas, en medio de la corriente.
—El Danubio —dijo Waddle—. La otra orilla es Checoslovaquia.
—¡Pero si no es azul! —gritó Betty.
—Nunca lo he visto azul —replicó Waddle—. Un amigo mío me aseguró que en Schwarzwald lo es… en un lugar cerca de su nacimiento. El vals de Strauss ha sido causa de que mucha gente quede profundamente desilusionada.
Continuaron avanzando junto a la corriente por espacio de una hora. Sus desoladas orillas, las áridas islas, el agua de color de cieno, defraudaron a Jim y a Betty. Las aldeas también tenían un aspecto miserable. Las carreteras de segundo orden parecían sendas apisonadas. La principal, que discurría por en medio de todas las aldeas, tenía a cada lado una profunda zanja, en la que pululaban manadas de gansos. Paseaban perezosos por la carretera interrumpiendo el tráfico. La mayor parte de los niños corrían descalzos. La vida allí era muy primitiva, demostrando la existencia del pobre campesino que arranca su mísero sustento de la madre tierra. Las casas estaban enjalbegadas, con los aleros vueltos hacia la carretera, de forma que sus fachadas daban a algún patio interior. Aquello prestaba un aire misterioso a los pueblos. Los viajeros no consiguieron apreciar en lo más mínimo la vida doméstica de sus habitantes.
Se cruzaron con pocos coches. Todo el transporte y movimiento entre aquellos tranquilos villorrios parecía efectuarse únicamente por medio de grandes carros tirados por caballos. No tenían muelles, y el carretero, instalado en el asiento delantero, sin respaldo, era sacudido sin piedad cada vez que el carro traqueteaba en aquellos escabrosos caminos. Parecía prevalecer el negro en los vestidos de los habitantes. A simple vista, la vida característica de Hungría parecía constar exclusivamente de barro, polvo, casas enjalbegadas, acacias, gansos indolentes y caminos escabrosísimos.
Pasaron junto a algunos campamentos de gitanos, de los cuales surgieron unos seres andrajosos, agitando violines y suplicando a los pasajeros que se detuviesen en sus cafés al aire libre; pero aquellos lugares, evidentemente, eran trampas para los turistas. ¿Sería Budapest una amarga desilusión? No había nada ciertamente en el paisaje que atravesaban que sugiriese el encanto de las escenas húngaras, la música ardiente, los soberbios caballos, las mujeres hermosas y los hombres bien parecidos de que tanto habían oído hablar.
Dejaron la orilla del Danubio, una superficie resplandeciente a los rayos del sol del atardecer. A la izquierda empezó a perfilarse la tenue masa de las montañas. En las lejanas faldas vieron un edificio con imponente cúpula que se erguía solitario y espléndido. Contra el fondo de las montañas percibíase una importante agrupación de casas. ¿Estaban ya a la vista de Budapest? No, les dijo Waddle, era la catedral de Esztergom, construida sobre el Danubio; en su época, capital de la antigua Hungría, donde nació Esteban, santo y rey, y sede del príncipe primado de Hungría.
—Y por lo demás, un lugar que no vale nada —añadió Waddle con brutal candor.
—Empiezo a desanimarme con respecto a Budapest —dijo Betty, que en aquel momento estaba dando el biberón a Friedl.
—¡No lo crea! En ocasiones sospecho que la Naturaleza creó a propósito esta entrada tan horrible para aumentar el efecto —dijo Waddle—. Miren esas colinas.
El paisaje empezaba a cambiar. Penetraron en una hendidura, entre masas de rocas calizas. En los lugares de aquellas elevadas y desnudas colinas, donde alcanzaban los rayos del sol, formábanse exquisitos coloridos… Azul amatista, verde intenso y púrpura.
Empezaron a entrar en los arrabales de Buda. La carretera estaba cubierta de grandes camiones que circulaban con estrépito, entrando y saliendo de la ciudad. Viajaron un rato por el distrito fabril, por una calle empedrada, y después, torciendo a la izquierda, disfrutaron repentinamente de una vista cara al Danubio, con Pest al otro lado. El río deslizábase allí espléndidamente canalizado, pasando bajo un magnífico puente suspendido. Pero lo que atraía la mirada era una inmensa mole de edificios, con cúpula central y vastas alas, salpicadas de innumerables ventanas que relucían a los rojizos rayos del sol poniente.
—¿Qué es eso? —preguntó Betty, asombrada ante aquella repentina aparición del edificio gótico—. ¿El Palacio Real?
—No… el Parlamento —replicó Waddle—. Cubre una extensión de tres acres y medio. A algunos les gusta, a otros no. Pero tiene un magnífico aspecto, con la gran escalinata que desciende hasta el río. El palacio está frente al Parlamento, pero desde aquí no se le ve. El puente es el Lanczi-Hid, uno de los mayores de Europa. Fue construido por dos ingleses.
El autocar llegó al extremo del canal, cruzando el puente. Betty y Jim gozaron de una visión fugaz del inmenso río en todas direcciones y de la orilla opuesta, bordeada de una frondosa avenida con hoteles.
—Aquello es el Corso, donde todo el mundo acude a las siete para pasear, tomar una copa o dedicarse al chismorreo —dijo Waddle—. Solamente conozco un lugar en Europa que se le puede comparar… la Piazza de Venecia. Bueno, llegaremos dentro de unos momentos.
Cruzaron el Danubio, atravesando algunas calles tranquilas y desembocaron repentinamente en una gran plaza, deteniéndose frente a un café, cuyos clientes estaban sentados en mesas desperdigadas por la acera, escuchando a una orquesta.
Durante los veinte minutos siguientes experimentaron un cúmulo de sensaciones. El conde Matany les esperaba con un amigo, ambos con grandes ramos de flores. Les saludaron agitando las manos frenéticos de alegría, cuando vieron a Betty con Der kleine Eisenbahner.
—¡Bravo! ¡Bravo! —gritó Matany, estrechando calurosamente la mano de Jim.
A continuación hizo una reverencia a Betty.
—Permítame que le presente al conde Zarin —dijo.
Un hombre de unos treinta años, alto y moreno, se inclinó, besando la mano de Betty. Waddle, que en aquel momento tenía al niño en sus brazos, volvía la vista a su alrededor como si buscase a alguien.
—¿Dónde está Gollwitzer? —preguntó.
—El viejo se siente tan agitado que creímos conveniente dejarle en casa — explicó Matany—. Hemos venido en coche e iremos en seguida hacia allí.
El conde y su amigo entregaron los ramos a Betty. Ésta, sonrojada y tan hermosa con la excitación, que el conde Zarin no daba crédito a sus ojos, les dio las gracias, experimentando por unos momentos la sensación de ser una estrella de cine recibiendo las aclamaciones del público.
Jim encaminose hacia la parte trasera del autobús para reclamar el equipaje que bajaban del techo del coche. Entre una confusión de voces y música de valses identificó sus maletas, de las que en seguida se hizo cargo el chófer del conde Zarin, un muchacho de cara mogólica, en cuya boca parecía dibujarse una eterna sonrisa.
Subieron al lujoso coche, donde el conde Zarin tomó asiento junto al chófer, el cual avanzó con habilidad sorteando el tráfico. Cruzaron nuevamente con rapidez el gran puente, penetrando en un largo túnel iluminado, cuyos ecos ensordecían, y después, saliendo al aire libre, subieron, discurriendo entre tortuosas calles, por las empinadas laderas de la colina. Detuviéronse frente a un gran bloque de casas nuevas. Herr Gollwitzer vivía en el sexto piso.
Utilizaron el ascensor, y al llegar al piso hicieron una pausa frente a una puerta con rejas. Matany tocó el timbre. Betty sintió que su corazón latía con violencia. Friedl, completamente desvelado, miraba a su alrededor con sus ojos negros y aire de sorpresa. Su regordeta mano se cerraba sobre un collar que adornaba la garganta de Betty.
Percibiose la sombra de alguien detrás del cristal de la puerta. En seguida un criado la abrió, franqueándoles la entrada. Al extremo de un corredor, y saliendo de una habitación, Jim vio a Herr Gollwitzer. Era alto, de cabeza leonina y tenía los ojos brillantes mientras avanzaba a su encuentro. La última vez que le había visto, reflexionó Jim, fue al llevarle las maletas en la Estación Victoria al Express Continental de las cuatro treinta.
3
—Nadie piensa en cenar antes de las nueve en Budapest —dijo el conde Matany, mientras se dirigían a la Pensión Balaton—. Así es que vendremos a buscarles a las nueve.
El coche dobló la esquina desembocando en una calle de acentuada pendiente, pavimentada con enormes adoquines. El carácter del lugar había cambiado de pronto; se hallaban ahora en las antiguas calles de Buda, dominando la empinada falda de la colina de Var. Las casas tenían aspecto turco, con ventanas provistas de persianas echadas y patios interiores a los que daban acceso antiguas puertas de madera bajo unas largas bóvedas barrocas.
El coche se detuvo frente a una de estas entradas parecidas a fortalezas. El conductor bajó del coche, tirando de una campanilla, que dio origen a gran alboroto detrás de las puertas cerradas.
—Ya hemos llegado —dijo Waddle.
Las pesadas puertas se abrieron de par en par, apareciendo un hombrecillo de mediana edad con un delantal a rayas rojas y marrones y chaleco de terciopelo negro. Ayudó al chófer a llevar el equipaje. Waddle desapareció en la oscuridad del interior, de donde surgió la excitada voz de una mujer dándoles la bienvenida.
Matany besó la mano de Betty y Zarin hizo lo propio.
—¡A las nueve! —dijo Matany—. ¡Adiós, Mrs. Brown!
Gravemente estrecharon la mano a Jim. El chófer volvió a su puesto y el coche se alejó, no sin que antes el conde Zarin, inclinándose hacia delante hiciese una reverencia de despedida a Betty, que hundía su cara en las flores.
—¿Has visto a alguien tan bien parecido como ese conde? —preguntó Betty volviéndose hacia Jim.
—Es el conde perverso de los cuentos —dijo Jim riendo.
Waddle reapareció acompañado de una rolliza mujer.
—Madame Balaton… nuestra patrona. Habla inglés perfectamente.
La siguieron, subiendo por una oscura y crujiente escalera. En el rellano un acicalado criado de cara regordeta se echó a un lado para dejarles pasar, deshaciéndose en sonrisas. Continuaron por un oscuro corredor. Jim empezó a preguntarse en qué clase de hotel les estaba alojando Waddle.
Madame Balaton abrió una puerta, deteniéndose ella para que ellos entrasen. Los temores de Jim disipáronse en el acto. La gran habitación con dos ventanas estaba amueblada al estilo alemán más moderno. Las camas gemelas de madera tenían mesita de noche con lámparas para leer. Veíase un cómodo sofá. Una gruesa alfombra cubría el suelo. Sobre una mesa escritorio había un gran jarro con hibiscos. En el alféizar de las ventanas aparecían alegres margaritas. Gozarían, además, del inesperado lujo de un cuarto de baño particular, situado a un lado del dormitorio.
—¿Les parece bonita? —preguntó Madame Balaton, con su aire de gran dama, que por algún motivo desconocido llenaba de admiración a sus visitantes.
Apareció una pequeña doncella con toallas, abriendo las ventanas de par en par. El espectáculo hizo que Betty se quedase sin aliento. Las chimeneas y tejados de Buda quedaban a sus pies. Al otro lado del Danubio veíanse los edificios y las calles de Pest, muy borrosos a causa de la primera oscuridad de la noche.
—¿Estamos muy altos, verdad?
—He aquí su equipaje. Les mandaré una llave para que puedan entrar esta noche. Por favor, instálense cómodamente —dijo, retirándose.
Cerrose la puerta. Betty y Jim se miraron.
—Bueno. ¡Vaya sorpresa… mi cabeza parece un torbellino con todo esto! ¡Mira qué vista más espléndida! —gritó Jim, desde la ventana—. ¡Diablo, vaya lugar!
—Me parece que Budapest me va a gustar mucho —dijo Betty, poniéndose a su lado.
Jim prorrumpió en una carcajada, rodeándola con sus brazos.
—Lo que más alarma me produce es que Budapest va a quererte demasiado. El conde Zarin te devoraba con la mirada. Desconfío de él, parece un libertino.
—¿El conde Zarin? ¡Jim, creo que es el hombre más maravilloso que he visto en mi vida y con unos modales encantadores!
—Sería capaz de hacer callar a un loro. Es un pájaro de cuenta. Pero, ¿dónde está Waddle? —preguntó Jim, apartándose de la ventana y empezando a desempaquetar sus cosas.
Betty tomó asiento junto a la ventana.
—¿Estás cansada? —preguntó Jim—. Me parece que para nosotros va a empezar el día cuando vengan esos alegres muchachos.
—Sí, estoy cansada, pero me siento feliz —respondió Betty, contemplando las sombras que se proyectaban sobre la parte central de la ciudad— Herr Gollwitzer me fue muy simpático. Me alegro mucho de haber sacado a este niño de Austria. ¡Pobre hombre, lloraba al darme las gracias!
—Ya lo advertí. Ha envejecido mucho desde la última vez que le vi. Supongo que debe haberlo perdido todo… todo, excepto su genio. ¿Qué te pareció la nodriza que se hizo cargo del niño?
—Creo que es una mujer sensible… pero, claro está, no pude hablar con ella. No cesó de mecer al pobre Friedl paseando arriba y abajo, y exclamando continuamente: Reizend! Reizend! que no sé qué significa.
—Veamos —dijo Jim, tomando su pequeño diccionario—. Reizend… encantador, delicioso, fascinador. ¡Bueno, es un epíteto que el niño merece de sobra!
Jim abrió el armario, colgando sus trajes. A continuación trasladó los objetos de tocador al cuarto de baño.
—Me gustaría saber qué nos costará esto. Tratándose de un lugar escogido por Waddle, esperaba algo barato… pero empiezo a tener mis dudas.
—¿Cuánto dinero nos queda? —preguntó Betty, empezando a sacar vestidos del equipaje.
—Cerca de ciento treinta libras… no hay necesidad de preocuparse, querida. ¡Podemos vivir mucho tiempo con esta cantidad! —dijo Jim—. Yo me vería capaz de sostenerme un año… ¡y encontrar una muchacha que me quisiese!
Betty se echó a reír feliz. Jim resultaba un perfecto marido y ahora estaba dándose cuenta de que empezaba a perder la torpeza que tanto la irritó. Sí, Jim estaba reformándose, pero aún quedaban pequeños detalles en los que hacía un poco el ridículo.
—James, querido —dijo Betty, deteniéndose camino del armario—, no debes decir con tanta frecuencia «Gracias».
—¿Por qué no?
—Suena demasiado humilde… basta con un ocasional «gracias».
—Oh, ¿desea algo más la duquesa? —preguntó Jim de buen humor.
—Sí… ¿No te enfadas, verdad, querido? No se trata más que de pequeños detalles. No llames al conde «conde» tan a menudo… llámale Matany de vez en cuando.
—En eso te has colado… él me llama Jim, de modo que yo le llamo Tibi… un diminutivo de Tibor, que él mismo me confió. Me es simpático el muchacho.
—¿El qué?
—¡El muchacho… o joven, como quieras! —gritó Jim, al advertir la mirada de reproche de su esposa—. Es un gran muchacho… pero no me gusta su amigo… ese moscón de salones.
—Jim, no tienes derecho a decir esto. Sólo hace una hora que conocemos al conde Zarin. Los hombres no son malos por el solo hecho de ser bien parecidos Yo le encuentro simpático.
—Sí, ya lo sé. Las mujeres siempre sienten predilección por esta clase de hombres —replicó Jim.
Betty prorrumpió en un acceso de risa, cogió a Jim por la chaqueta y le besó.
—¡Me parece que vas a batirte por mí! ¡Sería un buen cumplido! —gritó Betty.
En la puerta sonó una llamada. Jim abrió, apareciendo el mozo con el delantal a rayas rojas y marrones.
—Les traigo la llave —anunció.
—Habla muy bien el inglés —dijo Jim.
—Soy inglés —repuso el mozo.
—¡Dios mío! ¿Qué hace usted aquí? —preguntó Jim.
—Oh vine… —dijo evasivamente—. ¿Desean algo más?
—No, gracias.
—Hasta luego —dijo el mozo, retirándose.
—¡Me gustaría conocer su historia! —exclamó Jim.
Nuevamente llamaron.
—¡Pase… herein! —gritó Jim.
Era el mozo otra vez. En su cara se dibujaba una débil sonrisa.
—Perdóneme… pero no puedo evitar pedírselo. ¿No tiene por casualidad un cigarrillo inglés? Es lo que más echo de menos aquí. Perdóneme que lo haya pedido.
El hombrecillo sonreía bobamente.
—¡Ya lo creo! —repuso Jim—. Tengo algunos… un momento.
Hurgó en su equipaje sacando una lata de cigarrillos. Le alargó media docena.
—Tome —dijo.
—Oh, son demasiados —repuso el mozo, nervioso.
—Tómelos —ordenó Jim.
—Bueno, si insiste —respondió el hombrecillo.
Los puso cuidadosamente en una cartera que volvió a guardarse en un bolsillo delantero.
—Mi esposa no quiere que fume, de forma que lo haré en algún lugar tranquilo. ¡Gracias! —repitió, desapareciendo.
—Ya lo sé —dijo Jim—. Apuesto a que fue hecho prisionero y después quedose aquí, contrayendo matrimonio con una húngara. Parece lo más lógico.
—¿Llegamos a luchar en el frente húngaro? —preguntó Betty.
—No, creo que no… pero había gran confusión. Mira, por ejemplo, a nuestros compatriotas en el Rin. Muchos…
Nuevamente llamaron.
—No le des más —dijo Betty.
—¿Se puede? —preguntó una voz, mientras se abría la puerta.
Era Waddle. Se había lavado, cambiándose de camisa, y por una sola vez llevaba el nudo de la corbata en su lugar.
—Supongo que todo está en regla —dijo.
—Es realmente delicioso. ¡Mire qué panorama! —gritó Betty.
—¿Tiene idea de lo que vale la habitación? —preguntó Jim.
—Claro que sí. Lo fijé de antemano. Es lo que debe hacerse siempre. Claro que ésta es una de las mejores habitaciones —explicó Waddle—. Vale diez pengos… alrededor de unos siete chelines.
—¿Incluyendo el cuarto de baño?
—Sí, el cuarto de baño y el desayuno.
—¡Dios mío! Nos quedaremos una eternidad —dijo Jim.
—Bueno… no se lo aconsejo. Se cansarían de Budapest, igual que el pobre Mr. Bowling —observó Waddle.
—¿Mr. Bowling? —inquirió Betty.
—Sí, el esposo de Madame Balaton, que es inglés.
—¿No se referirá al hombre de aspecto abatido, con el delantal a rayas? — exclamó Jim.
—Sí… éste es Percy Bowling. Es inglés. Se marchó de casa, dice, porque estaba cansado de sus fastidiosos parientes. Ganaba un buen salario en las fábricas Rolls-Royce, en Derby. Entonces cobró una póliza de vida vencida, oyendo que sus familiares estaban conspirando para gastársela. Esto le hizo rebelar. Se embolsó el dinero, dejó el empleo y, sin que sus parientes supiesen nada, marchose a ver mundo.
—Un hombre muy juicioso —comentó Jim.
—¡Bueno! Sí y no —dijo Waddle—. No llegó muy lejos. En el tren continental conoció a una viuda húngara, Madame Balaton. Había heredado un legado en Inglaterra, entonces bajo el control de la Comisión de Deudas Enemigas o algo parecido, y no pudo cobrarlo por ser extranjera. De forma que raptó casi a la fuerza al pobre Bowling, casándose con él y consiguiendo así la nacionalidad inglesa y su legado. Él dice que le deslumbró con las luces de Budapest y antes de que se diera cuenta de lo que estaba haciendo le había pescado. Ésta es su versión —explicó Waddle—. Pero me parece que es un pobre diablo en ambos casos, ya que no era capaz de mantener a raya a sus parientes. Madame Balaton dijo que se haría cargo de su capital invirtiéndolo en su negocio. De modo que se quedó sin dinero… ¡No valía la pena haberse marchado de su casa, pobre diablo! Aunque todavía parece que es libre en cierto sentido. Cuelga el delantal y se va a un café donde tiene algunos amigos. Hace un año que está aquí, pero todavía no sabe mucho húngaro. No creo que nunca lo sepa a la perfección. Además, está enamorado de Madame.
—Pero, ¿por qué se llama ella Madame Balaton si está casada con Bowling? — preguntó Betty.
—¡Oh! Se niega a cambiar su nombre… dice que sería perjudicial para el negocio. Se encuentra perfectamente con su pensión, su legado y el dinero de Bowling.
—Me parece una vampiresa —dijo Jim, encendiendo un cigarrillo.
—Sí… no anda usted descaminado —convino Waddle—. Pero dirige una pensión excelente.
—Excelente —repitió Betty.
—Bueno, muchachos; lo que en realidad vine a decirles es que… no se ofendan si a partir de esta noche no les veo con demasiada frecuencia —dijo Waddle, casi con timidez—, pero voy a estar terriblemente ocupado con este Congreso. Me esperan cerca de cien cartas y mañana tendré que empezar a entrevistarme con unos trescientos delegados. Y después hay que confeccionar los programas con mis colegas. De forma que, en conjunto, ya ven…
—¡Oh, por favor, Mr. Waddle! No se preocupe por nosotros —dijo Betty, viendo que estaba realmente preocupado—. Ha sido usted muy amable. A no ser por usted…
—No hubiesen raptado a Der kleine Eisenbahner, entrándolo en Hungría — bromeó Waddle, consultando su reloj de pulsera—. Nos queda una hora antes de ir a cenar a la Cacatúa Verde. Me marcho y regresaré antes de que Tibi venga a buscarles.
—¿Qué es la Cacatúa Verde? ¿Un restaurante o un club nocturno? —preguntó Jim—. ¿Hay que ir de etiqueta?
—No… no es necesario. Supongo que será un club nocturno. Ya lo saben, nadie piensa en cenar antes de las nueve en Budapest —explicó Waddle—. Si se llega antes, se encuentra uno a los camareros poniendo los manteles. La Cacatúa Verde es el más elegante de todos estos lugares, y se come magníficamente. Se trata de una cena que ofrece el conde Zarin en su honor. Creo que es el soltero más rico de Budapest y el más arisco. No le conozco a fondo, no pertenezco a su esfera, pero es amigo íntimo de Tibi. Bueno, vendré a buscarles antes de las nueve —dijo Waddle, saliendo de la habitación.
—Presiento que este lugar será emocionante —dijo Betty—. ¡Oh, James, mira estas luces que empiezan a centellear en el crepúsculo!
—De una cosa estoy completamente seguro, y es que nos marcharemos de esta ciudad con ojeras… Es la clase de ciudad donde uno nunca se acuesta —dijo Jim, asomándose a la ventana y contemplando Budapest, que empezaba a relucir con millares de luces.