Queridos camaradas

Antonio Elorza · Capítulo 11 de 14

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Queridos camaradas

X. El partido de la guerra

 

Resistir, ¿por qué? Pues sencillamente porque sabíamos cuál sería el final de la capitulación.

JUAN NEGRÍN, carta a Indalecio Prieto,

México, 23 de junio de 1939

 

… Y también como en las grandes tragedias, no faltaron quienes — los capituladores encabezados por Casado— trataran de escapar a ese destino, renunciando a la lucha. Conscientes de la grandeza de nuestra causa, del significado universal de nuestra guerra y convencidos asimismo de haber actuado como debíamos, nos sentíamos en plena derrota —camino de los campos de concentración— superiores a nuestros vencedores en el campo de batalla.

ADOLFO SÁNCHEZ VÁZQUEZ, Vida y filosofía, 1985

 

30. Salir de la «imprenta»

 

En el código empleado por Togliatti desde España y Dimitrov en Moscú para las comunicaciones radiotelegráficas entre el PCE y la Comintern, la «imprenta» significa el gobierno. La sorprendente perspectiva «de dejar la imprenta», enunciada desde Moscú en marzo de 1938, implica, pues, la preferencia de Stalin por quedar al margen de la guerra de España.

Para entender ese cambio de actitud conviene recordar unas cuantas

fechas y acontecimientos. Entre octubre de 1937 y febrero de 1938 la guerra se había estabilizado y aún ofrecía momentos de optimismo para la República, si bien desde un punto de vista estratégico para nadie enterado era un secreto que la desaparición del frente del Norte equivalía antes o después a la victoria de Franco. Sólo que la iniciativa del estado mayor republicano, dirigido por el general Rojo, y la tradicional tozudez de Franco por aceptar el envite allí donde el enemigo lo planteara, hicieron posible en Teruel, como más tarde ocurrirá en el Ebro, una prolongada batalla de desgaste. El ataque republicano a la pequeña capital aragonesa dio comienzo el 15 de diciembre de 1937 y su reconquista por Franco tuvo lugar el 20 de febrero de 1938. El 9 de marzo, el ejército franquista inició su ofensiva de Aragón, destrozando rápidamente el frente republicano. A fines de mes, entraba en Cataluña. El 16 de marzo, un bombardeo aéreo tenía efectos devastadores sobre Barcelona, siendo sucedido por otros que hasta el día 18 ocasionaron mil trescientos

muertos[1].

Entretanto, la situación internacional apenas ofrecía el rasgo favorable del

relevo del radical Chautemps por Léon Blum en el gobierno francés, con el efecto inmediato de la reapertura de la frontera para el abastecimiento en armas del ejército republicano, el 17 de marzo. Pero cinco días antes, el 12, Hitler había dado un golpe decisivo con la anexión de Austria. Stalin lo acusó inmediatamente. Había que buscar una vez más la alianza de Inglaterra, lo cual, en vísperas del Anschluss, obligaba a alejar todo peligro comunista del occidente de Europa. La desfavorable evolución de la guerra hacía además poco costoso el sacrificio. El anterior proyecto hegemónico de realizar elecciones fue sustituido por la propuesta de una salida del PCE del gobierno. En este contexto, el 18 de marzo, Stalin ofrece, en la Sociedad de Naciones, a Chamberlain una gran alianza contra Hitler. El tajante rechazo de la idea por parte del conservador inglés estará quizá en la base del abandono de la consigna. Pero era una clara indicación de que la guerra de España constituía ya un lastre para la política soviética.

En vísperas de la crisis, un informe de Togliatti resume en el mes de

febrero la gravedad de la situación española. Mientras caía el frente del Norte, arreciaban las campañas de opinión contra el PCE y la política de resistencia efectiva dirigida por Negrín. La CNT amenazaba con un nuevo levantamiento y «aconsejaba a los campesinos quemar el trigo y otros productos para no entregárselos al gobierno». La escisión caballerista persistía en la UGT y se corría hacia la JSU. En fin, las deficiencias en el abastecimiento incidían sobre la población, generando malestar y favoreciendo la propensión a un compromiso a cualquier precio con Franco. «Los vacilantes y enemigos aprovechaban esta situación para lanzar rumores sobre la salida de los comunistas del gobierno y de crisis gubernamental y la idea del compromiso. En las colas, entre las mujeres, se lanzaba el rumor de que la guerra iba a terminar pronto, que había negociaciones para el cese de hostilidades y para la paz. Otros hablaban de que la culpa de que la guerra continuara era de los comunistas; que si éstos salieran del gobierno, Inglaterra y Francia nos

ayudarían[2]». Otros males eran la falta de actividad del Frente Popular, con la consiguiente desunión de los partidos, la insuficiente producción agraria y la persistencia del peligro trotskista, según el PCE, pues si bien el POUM era ilegal seguía actuando protegido por caballeristas, libertarios y socialdemócratas. Entregados al terrorismo, habrían preparado atentados contra Prieto, Uribe y Comorera.

En el lado positivo de la balanza se encontraban la exclusión de largo

Caballero de la dirección de la UGT, con el consiguiente ascenso comunista, y la centralización de decisiones en un ejército al que, de acuerdo con los tiempos, se dotaba de un específico servicio de información militar (SIM). Faltaban en cambio armas y fortificaciones. Y sobre todo el ministro de Defensa, Indalecio Prieto, iba configurándose como el sucesor de Largo Caballero en el punto de mira del PCE. Más que el derrotismo, del que luego tanto se hablará, es su oposición a la hegemonía comunista en el ejército lo que le convierte en el enemigo a abatir. «Él quiere vencer a Franco — reconoce el informe—, pero al mismo tiempo quiere vencer a los comunistas en el ejército». La consecuencia era clara: «De ahí que consideremos que su

trabajo representa un peligro para la guerra[3]».

Los problemas personales se fundían con las inevitables divergencias de

criterio en una atmósfera de crisis militar. Como ha de ocurrir hasta marzo de 1939, el dilema se sitúa entre resistencia a ultranza y voluntad de compromiso, dentro de un espíritu de mayor o menor claudicación. El informe evoca la gestión diplomática emprendida por el ministro de Estado, Giral, hombre de confianza de Azaña, para sondear a las potencias buscando su mediación para suspender las hostilidades, y también sus resultados contraproducentes en el caso inglés. Prieto secundaba esa actitud, dejando a Negrín aislado —«no me encuentro muy seguro en las alturas», confesaba—, y por lo tanto forzado a buscar apoyo en los comunistas. Socialistas y republicanos apoyaban a Prieto, auténtico líder del PSOE, pues el secretario de la Comisión Ejecutiva, Lamoneda, era «un renegado, con métodos jesuíticos de trabajo y sin gran prestigio en la base del partido». Quedaba, pues, mientras se insistía en el trabajo de los comités de enlace y en los actos públicos del Frente Popular, la opción Negrín. «Negrín no quiere el compromiso —relata el informe—, quiere trabajar con los comunistas, considera que la República, después de la victoria, debe conservar los progresos sociales que la revolución impone; es partidario de la unidad de los dos partidos obreros y de la concentración de todas las fuerzas antifascistas en

el Frente Popular[4]».

La concepción de Negrín acerca de la unidad antifascista era la de un

bloque, el cual habría de pervivir más allá de la guerra, sobre los dos ejes imprescindibles del PSOE y PCE, amén de la ayuda soviética. De faltar estos apoyos, dimitiría. Era un planteamiento del todo acorde con el PCE despuntando apenas la deriva, que se afirmará meses después, hacia una unión antifascista que cobraría forma por encima de los partidos que la integraban.

Además, al mismo tiempo que se desplomaba el frente de Aragón y cobra

forma la anexión de Austria, la iniciativa soviética de que el PCE abandonase el gobierno venía a coincidir con los intereses de los partidarios de una capitulación. De ahí la extraña trayectoria que sigue el episodio, así como la rectificación de la primera orden de abandonar «la imprenta».

En el informe mencionado, Togliatti responde a la pregunta de Dimitrov

sobre «si sería conveniente la salida de los comunistas del gobierno». La respuesta es que el asunto ya ha sido discutido en el BP del PCE, sin encontrar argumento alguno en favor de tal decisión:

Considerando nosotros que la idea del compromiso no ha sufrido más que un aplazamiento para

buscar el momento oportuno para plantearla de nuevo, y considerando que el compromiso es la

derrota; teniendo en cuenta la orientación de Prieto de apolitizar el ejército, de entregarle los mandos

a los viejos militares dudosos, como en la Marina y Aviación; teniendo en cuenta asimismo que

Negrín dejaría de ser presidente del Consejo si saliéramos nosotros del gobierno y que la dirección

del mismo pasaría a manos de Prieto; considerando también lo que podría producirse en el ejército,

que tenemos que esforzarnos para que no manifiesten su hostilidad e indisciplina al ministro de la

Defensa porque no es conveniente en estos momentos y que nuestra salida desmoralizaría al ejército

y a todo nuestro partido, que lo que desea es que coja lo más rápidamente el poder, teniendo en

cuenta estos factores y la actitud de Azaña —según nos ha dicho el camarada Dimitrov—, que quiere

que la guerra se liquide rápidamente, y también la actitud de la CNT, creemos que nuestra salida del

gobierno no sólo no mejoraría la situación, sino que la empeoraría enormemente. La salida del

partido del gobierno sería considerada como una capitulación ante una situación difícil [5].

 

Previendo las razones de fondo de Moscú, Togliatti avisaba del escaso

fruto a obtener en el plano internacional, a la vista de las negociaciones entre Italia y Gran Bretaña sobre la beligerancia. Añadía la opinión expresada por José Díaz: en todo caso, de cambiarse la composición del gobierno, tendría que ser para reforzar la presencia obrera.

Por los diarios de Dimitrov, sabemos que la decisión había sido adoptada

personalmente por Stalin, que el 17 de febrero recibe a Dimitrov en presencia de Molotov y le explica las razones por las cuales los comunistas españoles deben salir del gobierno de Frente Popular y los franceses no pueden entrar en el mismo. La primera razón aducida por Stalin, que el búlgaro recoge en sus Diarios, es que los puestos ocupados por los dos ministros comunistas españoles son secundarios. Pero sobre todo se trata de quitar un argumento a Franco, el anticomunismo, y de mejorar la posición internacional de la República española, cabe suponer que ante Inglaterra. Sería una salida discreta, manteniendo el apoyo al gobierno que resultase y con la coartada de

que la CNT tampoco tenía participación gubernamental[6]. En una palabra, Stalin quería soltar lastre, tanto en España como en Francia, adonde dirige la misma orden de no participación, para ganarse la benevolencia de Inglaterra de cara a la agresividad de Hitler. El episodio sirve para comprobar algo que ya podía sospecharse: el Frente Popular en cuanto tal no figuraba entre los temas que motivasen las decisiones del líder soviético.

Una vez más, como en el caso de las elecciones, el episodio muestra la

primacía que en la Comintern se asignaba a los intereses soviéticos, por encima de lo que opinaran los partidos nacionales. Una delegación española se había desplazado a Moscú a partir del 3 de febrero, acompañada del ruego

acuciante de que «no se resuelvan las cuestiones antes de su llegada[7]». La situación crítica del gobierno ante la derrota militar es comunicada ya el 23 de febrero, sólo un día antes de que inicie Jesús Hernández la campaña contra Indalecio Prieto con su artículo en La Vanguardia firmado como «Juan

Ventura[8]». Por este lado, el gobierno irá resquebrajándose hasta que el 30 de marzo quede claro que Negrín prescinde de Prieto como ministro de Defensa. Ésta era la cara interna de la crisis, bien visible por la acción de la prensa y las manifestaciones de la calle contra la capitulación encabezadas por dirigentes comunistas. La cara exterior, que había de pasar desapercibida, consistía en la decisión tomada en Moscú de que el PCE abandonara el gobierno de la República.

La propuesta se situaba en el marco de una confirmación de los

planteamientos comunistas enunciados desde julio de 1936. El PCE habría de mantener su lealtad al Frente Popular y a la unidad antifascista, asentada sobre el doble proceso de unificación de los partidos y de los sindicatos obreros. Tampoco alteraba su perspectiva estratégica:

El Partido Comunista confirma una vez más su posición sobre el carácter democrático de la

revolución española y condena los experimentos aventureros, peligrosos, de carácter extremista de

realización del socialismo, saltándose la etapa de la revolución democrática, el fortalecimiento y

consolidación de sus conquistas [9].

 

Sin nombrarla así, es la misma democracia de nuevo tipo de 1936, «una

República de Frente Popular», con pluralismo para los antifascistas y destrucción de las bases materiales del fascismo. Pero lo que cuenta en el documento, fechado el 23 de marzo, es la justificación de que los comunistas debían dejar el gobierno para así desmentir las calumnias de quienes denunciaban el peligro de que el Frente Popular se transformase en una dictadura del proletariado. Desde Moscú se fijan incluso con detalle los pasos de dicha salida, desde la reunión del Buró Político y las entrevistas con Prieto y Negrín a la declaración final de apoyo al gobierno.

Era el resultado de una toma de posición derivada de la política

internacional, como se prueba por el hecho de que una situación comparable se plantee al Partido Comunista en Francia. Ante la crisis del gobierno Chautemps y la invasión de Austria, Maurice Thorez se dirige el 12 de marzo a Dimitrov consultándole sobre la participación y el 18 reitera la pregunta, apoyando la formación de un posible gobierno de unión nacional. Thorez advierte que si esa concentración nacional buscada por Blum no se hace con los comunistas, se hará contra ellos. Pero de nada valdrá la argumentación basada en los intereses nacionales y en el antifascismo. El Secretariado de la Comintern resuelve que únicamente en caso de guerra de agresión fascista, los comunistas de un país podían entrar en un «gobierno de unión nacional».

El 23 de marzo, Thorez manifiesta su aprobación al [10] diktat recibido.

El caso español encajaba en el supuesto de guerra de agresión fascista y

sobre todo Stalin debió de valorar la inutilidad de su enésimo gesto de apaciguamiento hacia Inglaterra. Mientras la autorización de seguir llegaba, la orden de salida del gobierno, cuyo contenido conocemos por las respuestas que provocó, ponía casi en rebelión al BP del PCE, quien ya había manifestado su actitud radicalmente opuesta, según sabemos por el informe de Togliatti sobre «la situación en España», registrado en Moscú el 10 de marzo. La crisis de gobierno se desarrolla en la segunda quincena de marzo. El día 16, en el «consejillo» previo a la reunión oficial de los ministros, Negrín planteó la cuestión de qué actitud adoptar ante el compromiso, saliendo inmediatamente Giral al paso para aceptarlo «si fueran ellos» los proponentes. Prieto y sobre todo Zugazagoitia parecen, según las notas conservadas por Togliatti, contrarios, y lo mismo Uribe y Hernández, de modo que Negrín puede felicitarse «de presidir un gobierno que tan patrióticamente reacciona» antes de exponer a Azaña «esta opinión unánime». La propuesta parecía proceder del embajador francés Labonne y sin duda, por las mismas notas concernientes ahora al Consejo de Ministros, el presidente Azaña estaba dispuesto a aprovechar la ocasión, amenazando en otro caso con dimitir. Hubo de aceptar empero la negativa del gobierno comunicada por Negrín. En el nuevo «consejillo» que sigue, ya sin Azaña, Prieto propone iniciar las gestiones ante el gobierno francés, apoyado por Giral y con claro rechazo de Negrín.

Era un pulso en que cada cual intentó sumar el máximo de apoyos

exteriores. En la misma tarde del día 16, los comunistas se dirigieron a Mariano Rodríguez (Marianet), secretario del Comité Nacional de la CNT, así como a otras organizaciones obreras (PSOE, UGT, FAI) para que urgentemente se movilizasen «ejerciendo una presión sobre el gobierno que estaba reunido para tratar este asunto» —la propuesta de mediación francesa para «liquidar la guerra»—, mostrando la voluntad de todas para «continuar la

guerra hasta el fin[11]». En la reunión urgente así convocada fue aprobada la continuidad de la guerra, así como la salida del gobierno de los «elementos vacilantes». Estuvieron presentes los más importantes líderes: Mije, Pasionaria y José Díaz por el PCE, Marianet y García Oliver por la CNT, Herrera y Escorza por la FAI, Vidarte por el PSOE, Pretel por la UGT, Pamias por el PSUC y Santiago Carrillo por la JSU. Fue designada una delegación para presentar las conclusiones al Consejo de Ministros, que en su camino tropezó con la manifestación comunista de la que ahora hablaremos. Surgió así el equívoco, fomentado por los comunistas, de que los delegados salían de la propia manifestación.

En efecto, ante la tensión en el vértice, el PCE-PSUC, apoyado en su

política de resistencia por los anarquistas, decidió convocar una gran manifestación que llegó al palacio de Pedralbes, residencia del presidente, durante el Consejo, con participación de Dolores Ibárruri, exhibiendo gritos y pancartas de «¡Abajo el gobierno de los traidores!». La manifestación sólo se

retiró tras la garantía dada por Negrín de que la guerra continuaría[12]. Lógicamente, al día siguiente, el 17, la reunión de los ministros se vio dominada por las protestas de Prieto contra la manifestación «para coartar la voluntad del presidente». Tras una dura intervención de Jesús Hernández, —«¡Qué coño de gobierno es éste que no habla!»—, Negrín justificó la

manifestación[13]. Las posiciones quedaban definidas y, ante la inhibición de Azaña, la suerte de Prieto estaba echada. En pleno derrumbamiento del ejército republicano, con «el Campesino» defendiendo Lérida y los internacionales Gandesa, el día 28 Prieto mostró una vez más su desmoralización ante el consejo de guerra, reiterándola el 29 en el Consejo de Ministros. El 30, Negrín tenía ya decidido su reemplazo en Defensa y el nuevo gobierno Negrín, formado el 5 de abril, con un solo ministro comunista (Uribe) y reaparición de la CNT (Segundo Blanco en Educación y Sanidad), manifestó su voluntad de resistir a toda costa. El hecho de que el propio Negrín asumiera la cartera de Defensa reflejaba esa decisión.

En ese tiempo no es fácil encajar las distintas versiones acerca de la

llegada de la consigna comunista para abandonar el gobierno y la reunión o reuniones del BP del PCE, donde dicha orden es discutida y rechazada. El origen de esta inseguridad reside probablemente en que hubo varias reuniones donde se abordó el tema y con el paso del tiempo los actores recordaron la principal sin ser capaces de situarla con precisión. Más aún cuando el telegrama de Moscú con la directriz no ha llegado a nosotros.

En su libro, Jesús Hernández la sitúa entre el 30 de marzo y el 5 de abril,

cuando está a punto de ser designado el nuevo gobierno. Habría llegado entonces la comunicación: «La situación internacional aconseja un viraje en la política española. Los ministros comunistas deberán cesar en la

colaboración ministerial. Aprovechar la crisis para retirarse del gobierno[14]». Según el relato de Hernández, en la reunión del BP él se opuso violentamente a los delegados Togliatti y Stepanov, quienes esgrimían razones de propaganda internacional y de aproximación de la URSS a Francia e Inglaterra. «La salvación está en que la guerra se desarrolle tal y como quieren que se desarrolle los camaradas de “la Casa”, y es nuestro deber

facilitarles la tarea», habría dicho Togliatti[15]. Intereses de la URSS contra intereses de la República Española. En la línea de Hernández, Uribe, Checa, Mije y Delicado pusieron reparos a la retirada. «Pasionaria enmudeció». Así que la mayoría del BP se manifestó, como lo hiciera un mes antes y Togliatti recoge en su informe, por mantenerse en el gobierno.

En las notas de Togliatti hay una reunión del mismo BP donde surge el

tema, pero antes, el 25 de marzo, y sin tanto dramatismo, aun cuando sea Hernández quien lleve la voz cantante en el rechazo de la retirada:

[…] entonces se diría que los comunistas han aprovechado la primera ocasión para sacudirse la

responsabilidad de gobierno — en este instante no es posible — mañana? no comprendo — duda

terrible sobre la eficacia — se perderá al interior y no se ganará al exterior[16].

 

Dolores Ibárruri sí toma la palabra, llevando el tema al futuro («veremos

cuándo se le podrá plantear»), lo que prueba la mala fe de la reconstrucción de Hernández. Mije habla en la misma dirección, así como Checa, ya en el día siguiente. «Cuidado con la salida, para no lograr el resultado opuesto», avisa Carrillo. El psuquista Valdés no lo entiende y de las posiciones de los delegados, la de Togliatti es desconocida, pues en sus apuntes no consigna lo que él dice, y la de Stepanov, asentada en el triple objetivo de expulsión de los invasores, independencia de España y defensa de la democracia, resulta como era de esperar favorable a la salida, igual que en la reseña de Hernández.

El episodio se complica si tenemos en cuenta que unos diez días antes la

documentación registra la presencia del tema. Falta el telegrama de Moscú donde se ordena la salida, quizá porque fue ésta una consigna traída personalmente por los viajeros «Bauer» y Delicado a su regreso de Moscú, pero contamos con el mensaje en que Togliatti, el 18 de marzo, informa sobre la posición del presidente Azaña y los republicanos en favor de un compromiso con Franco, contra el cual el PCE ha de luchar con todas sus fuerzas al lado de Negrín y buscando el apoyo de la CNT. Para esta «enérgica política de guerra», Togliatti llega a esgrimir la posibilidad de formar, «en caso de extrema necesidad y de abierta traición», un gobierno con

representantes del PCE y de las sindicales[17]. Nada, pues, de dejar el gobierno. El 20 de marzo, «Citrine», (¿Dimitrov?) daba el visto bueno a la continuidad comunista en el gobierno. Lo hacía mediante un telegrama en doble clave:

Consideramos posición de la obra [partido] expuesta en su telegrama justa en lo esencial, salvo punto

sobre reducción del número ministros obra republicana y posibilidad de constituir imprenta

[gobierno] solamente por clásicos y Bizet [¿comunistas y Negrín?]. Somos de la opinión de que en

todas las circunstancias hay que dar a la imprenta carácter de Frente Popular por participación de

republicanos leales. Anulamos nuestro consejo transmitido por Bauer y Delicado sobre negativa de

los clásicos a participar en la imprenta y habida cuenta que situación internacional ha cambiado y

que Voltaire [la CNT] está dispuesto a entrar en la imprenta [18].

 

Supuesto que «Kautsky» y Delicado llegaron a Barcelona de vuelta el 22

de marzo, «Bauer» debió de hacerlo antes portando el mensaje. La discusión acalorada que reseña Jesús Hernández no pudo tener lugar cuando él dice, puesto que entonces tanto el delegado como los dirigentes españoles contaban con la rectificación de Moscú. Un telegrama de 23 de marzo, firmado por «Pierre», (¿Gerö?) da ya por sabido que Moscú ha anulado el «consejo de rechazo a participar en imprenta» y pregunta si esa anulación se refiere sólo a

la situación actual o tiene una validez general[19]. En ese marco, donde la cuestión sigue viva pero no es acuciante, resulta lógico el debate del BP el 25 de marzo, resumido en los apuntes de Togliatti. Por fin, el 28 de marzo, en un nuevo telegrama, «Citrine» le confirmaba a «Pierre» que la decisión seguiría anulada hasta «tal cambio de la situación en que la salida de la imprenta pudiera presentar las ventajas de que hemos hablado con Delicado y Bauer sin

(los) inconvenientes de hoy[20]».

El episodio resulta asimismo ilustrativo acerca de los procedimientos

seguidos en la Comintern, bajo la dirección de Dimitrov, para elaborar sus decisiones y garantizar el cumplimiento de las mismas. Es claro que el imperativo de retirada surge de una estimación de intereses estrictamente soviéticos en la crisis internacional que rodea a la invasión de Austria por Hitler. España es una baza a jugar, como siempre en sentido moderado, dentro del infructuoso intento de ganarse al Reino Unido. Una vez que la tormenta ha pasado, y con ella las expectativas de acercamiento a Londres, los intereses de la defensa de la República pueden desplegarse de nuevo por sí mismos. Nadie puede dudar de que la última palabra en la adopción de decisiones se la reserva Stalin. Es la Comintern la que ordena dejar la imprenta, anula luego su «consejo» y fija por último las condiciones futuras de vigencia para esa anulación. Sin embargo, igual que en el caso de las elecciones, el grupo dirigente del PCE, a favor de la sustitución de Codovilla por Togliatti, opina por sí mismo y no es una simple correa de transmisión de las directrices que recibe cuando las estima equivocadas. Eso sí, se limita a replicar buscando una rectificación. De no llegar ésta, la dependencia entra en juego. Por lo demás, tampoco «la Casa» olvida el análisis de la situación, una vez salvadas las imposiciones derivadas de la política internacional. La referencia positiva a la entrada de «Voltaire», esto es, de la CNT en el gobierno, muestra esta sensibilidad frente al maniqueísmo primario que tantas veces se asigna a la política soviética.

El informe que «Ercoli» redacta entre los días 21 y 22 de abril, da cuenta

de la victoria pírrica alcanzada por el PCE en la crisis. A pesar de la dureza de la confrontación, los objetivos principales se han alcanzado, haciendo ceder a Azaña y marginando a Prieto, al mismo tiempo que se incorpora la CNT:

Conclusión: la reorganización del gobierno se ha concluido de modo favorable. El nuevo ministerio

es más fuerte y más popular que el anterior. La dirección de la política militar se encuentra en manos

más seguras y enérgicas. Los partidarios de la capitulación han sido vencidos y ven fuertemente

reducida su capacidad de hacer daño. La entrada de Del Vayo refuerza las posiciones de aquellos que

no desean capitulación alguna. La participación de la CNT determina una nueva situación en las

relaciones con los anarquistas y reduce el peligro de una revuelta anárquica. En el curso de la crisis

hemos logrado resolver algunos problemas muy importantes (realización del pacto CNT-UGT,

ingreso de la CNT y de la UGT en el Frente Popular; una cierta revitalización del Frente

Popular [21]).

 

No obstante, los datos de fondo corresponden a una situación militar

desfavorable, con perspectivas de resistencia, pero en la que se han disipado todas las esperanzas que suscitara la toma de Teruel. Ahora el ejército de Franco ha alcanzado el Mediterráneo y la España republicana queda cortada en dos zonas. El PCE afronta la crisis creando dos centros de dirección, el principal en Cataluña, con Díaz, Dolores, Uribe, Delicado, Antón, Manso y Ángel Álvarez, y el secundario en Madrid, con Checa, Hernández, Giorla, Mije y Diéguez. El problema militar domina las preocupaciones, mientras en el plano político la exclusión de Prieto ha llevado a un enfriamiento de las relaciones con el PSOE, que se niega tanto a reunir el Comité de Enlace como a redactar una declaración conjunta de apoyo al gobierno Negrín. Tampoco funciona bien la coordinación PCE-PSUC. Y la tensión vivida suscita explosiones de radicalismo en algunos dirigentes, como Dolores Ibárruri, que mantendrá hasta el fin de la guerra una postura izquierdista. Togliatti censura uno de sus discursos, pronunciado el 27 de febrero, donde subordina la constitución a las exigencias obreras y critica duramente a la pequeña

burguesía[22].

Quizá de ahí surgiera el distanciamiento de Dolores Ibárruri respecto de la

forma de hacer política de Togliatti, que saldrá a la luz muchos años más

tarde, al debatirse las posiciones de Fernando Claudín y Jorge Semprún[23]. De momento, los distintos roces ponen de manifiesto la dificultad de sostener la posición política del PCE ante el giro desfavorable de la situación militar. Había pasado a ser decididamente «el partido de la guerra», algo que Dimitrov quiso evitar, pero que resultaba inexorable en el marco de pesimismo y cansancio que domina ya en la zona republicana.

 

31. La política de unidad

 

Entre abril y diciembre de 1938, el curso de los acontecimientos parece favorecer, por lo menos en la superficie, a la política de resistencia. A pesar de la caída del gobierno Blum en Francia, la frontera se mantiene abierta hasta el 13 de junio, y ello hace posible la llegada de material militar que explica la recuperación, tanto ofensiva como defensiva, del ejército popular a fines de julio. En efecto, si los franquistas entran en Castellón el 14 de junio y un mes más tarde inician la ofensiva sobre Valencia, ésta es detenida en el frente de Viver entre el 20 y el 23 de julio, y el 25 de julio el ejército del Ebro cruza el río e inicia la batalla que concluye ciento trece días más tarde, el 16 de noviembre. Todavía hubo un mes largo de respiro mientras Franco preparaba su ofensiva sobre Cataluña, emprendida el 23 de diciembre.

La referencia al calendario militar es indispensable, puesto que de esa

estabilización transitoria del conflicto dependen las expectativas políticas, tanto de Negrín como del movimiento comunista. El 1 de mayo de 1938 el gobierno republicano hace públicos sus «Trece puntos», presentados como

base para una posible paz sobre supuestos democráticos[24]. El texto apunta a lo que parece sustentar la política de Negrín en este último período de esperanza: la posibilidad de acabar la guerra con un acuerdo entre españoles. Dicho de otro modo, ya que el bando de Franco exhibía su nacionalismo, era cuestión de tomarle la palabra y buscar el acuerdo eliminando una intervención exterior cuyo balance, por otra parte, resultaba claramente negativo para la República. Es así como el punto primero de los trece invoca «la independencia absoluta y la integridad total de España», esto es, «una España totalmente libre de toda injerencia extranjera, sea cual sea su carácter y origen». El segundo punto fijaba como objetivo la «liberación de nuestro territorio de las fuerzas militares extranjeras que lo han invadido», así como de «aquellos elementos que han acudido a España después de julio de 1936, y con el pretexto de una colaboración técnica intervienen o intentan dominar en

provecho propio la vida jurídica y económica española[25]».

La alusión concernía en primer término a las potencias fascistas, pero

también podía aplicarse a la intervención soviética. El principio de la decisión de prescindir de las Brigadas Internacionales se encuentra ya formulado en los «Trece puntos», de acuerdo con esta orientación nacionalizadora que asimismo explica la autodefinición en el texto del gobierno de la República como «Gobierno de Unión Nacional». Una vía de concordia cuyos supuestos quedarán finalmente deshechos por las nuevas derrotas en el plano militar y, antes aún, por la claudicación de las potencias democráticas ante las fascistas en el Pacto de Múnich, a fines de setiembre.

Por otra parte, incluso en esos meses de equilibrio militar, la

consolidación de la política de resistencia era antes una apariencia que una realidad. El pesimismo seguía erosionando la actividad del Frente Popular y las heridas de la crisis de marzo no se habían cerrado, especialmente en el PSOE. Los informes de los delegados de la Comintern en esa primavera de 1938 describen en consecuencia una situación insegura y preocupante: la victoria momentánea del PCE se ha traducido en un mayor aislamiento político.

El 7 de mayo de 1938, la palabra corresponde a Erno Cero. «Pedro»

dibuja un panorama militar de tintes comparables al descrito unos días antes por «Ercoli». En el ejército popular faltan reservas y política de fortificaciones, por lo cual cabe esperar nuevas ofensivas de Franco. Tampoco el partido hace gran cosa, con hipertrofia burocrática en Madrid, comportamientos sectarios en temas de importancia como el reclutamiento y débil dirección política. Al mismo tiempo, la reconciliación entre partidarios de Prieto y de Largo Caballero en Madrid y en provincias anula las posibilidades de la unidad de acción. «Las relaciones entre nuestro partido y el PSOE —resume— son por lo general bastante tensas en la mayoría de las provincias y todavía más en el ejército. Los Comités de Enlace funcionan muy poco y en el Frente Popular en las provincias (Madrid, Ciudad Real, Valencia, etc.) el papel del partido es bastante reducido, dándose con

frecuencia el caso de que el partido permanece aislado[26]». Entre las eficaces maniobras de los líderes socialistas y el sectarismo del PCE las bases mismas de la política de unidad resultaban destruidas.

Mes y medio más tarde es Togliatti quien informa a Dimitrov, al día

siguiente de la caída de Castellón, de «la reactivación de las intrigas ocultas contra el gobierno de Negrín por parte de los dirigentes socialistas, partidarios

de concluir la guerra[27]». El PSOE se constituye en la principal preocupación, ya que hasta su presidente, González Peña, hasta entonces unitario, secunda el proyecto de una nueva comisión ejecutiva, supuestamente presidida por Besteiro y con reintegración de los caballeristas, que emprendería la senda de la capitulación, con apoyo de Azaña, otros republicanos y catalanistas, retirando la confianza socialista al gobierno Negrín. Ello supondría, concluye Togliatti, «una situación imposible en el ejército». El único apoyo en la actitud de resistencia procede de la dirección de la CNT. Un telegrama remitido casi al mismo tiempo por Gerö confirma el diagnóstico: tras la conquista de Castellón por Franco arrecian las intrigas

contra la «imprenta», es decir, contra el gobierno Negrín[28].

Hay pocos documentos para saber lo que realmente piensa la Comintern

en este período sobre los acontecimientos de España, pero un telegrama de Dimitrov a Gerö, bastante críptico por otra parte, apunta inequívocamente a una conjugación de planteamientos flexibles respecto de otras fuerzas políticas y vigencia del objetivo de oponerse a toda capitulación:

Respecto de la proposición Blanche [posiblemente Codovilla] tenéis que decidir vosotros mismos.

Nuestra opinión es que la medida es posible a condición de una garantía de la libertad de agitación

para los partidarios de la guerra contra el fascismo hasta la victoria[29].

 

Era lo que el mismo Dimitrov proponía en el artículo de La

Correspondencia Internacional, donde conmemora el segundo aniversario de la guerra de España. Ésta es a su juicio una epopeya heroica en la que un pueblo defiende su libertad y su independencia, en medio de una actitud incomprensible de las potencias occidentales que de hecho sostienen «las inauditas maldades de los bárbaros fascistas». La consideración de fondo sobre la guerra no había variado desde el verano de 1936, pero ahora se encontraba envuelta en un manto de pesimismo por la política de Francia e Inglaterra favorable a Hitler y a Mussolini en la esfera internacional. Buena parte del artículo de Dimitrov se dedicaba a resaltar las incongruencias de la política de no intervención. Como alternativa, la República Española había resistido gracias al Frente Popular, apoyada por una solidaridad internacional que sin embargo resultaba insuficiente en el plano material. Y había que esforzarse en la ayuda a España, no sólo por el pueblo español, sino porque éste en su resistencia servía de dique a escala internacional ante el avance del fascismo: «Significa también cerrar el camino a otras agresiones y a otros

crímenes del fascismo bárbaro, y salvaguardar la paz universal[30]».

No obstante, y en medio de esa total desconfianza ante la actitud de las

potencias occidentales respecto de Hitler, el cansancio ganaba también a Moscú. Hasta setiembre no se discutirá en la Comintern la situación española. Mudo sobre España desde fines de marzo, el Secretariado se reúne el 22 de agosto, pero es para examinar las propuestas que presenta Codovilla, ahora con el seudónimo de «Blanchet», para una campaña internacional de solidaridad con España. Quizá sea entonces cuando Dimitrov hace la puntualización que reseña luego Stepanov: «Debía evitarse presentar a

nuestro partido como el partido de la guerra[31]». También a mediados de agosto, André Marty será convocado a Moscú y habrá visto bueno para los

viajes a «la Casa» de «Alfredo», (Togliatti) y de Stampfer (Vicente Uribe[32]). Por fin, el 3 de setiembre tiene lugar una reunión del Secretariado sobre España, acordándose una resolución política que habrían de establecer en reunión volante «Ercoli», Manuilski, Kuusinen y el hombre de los Servicios Secretos, «Moskvin». El ciclo de las relaciones normales entre «la Casa» y sus delegados, por lo que concierne a España, se cerrará con la convocatoria del 20 de setiembre a Gerö para que también él acuda a informar.

La segunda quincena de agosto registra así el último gran debate sobre

España en la Comintern. Entre el 16 y el 20 de agosto fueron llegando los invitados: Codovilla («Luis»), André Marty, Vicente Uribe, «Ercoli». Primero tocó a Codovilla informar acerca de las cuestiones de la ayuda internacional, que finalmente sigue a su cargo como secretario de una comisión presidida por Maurice Thorez. Dimitrov da cuenta del tema a Stalin en carta de 28 de agosto. Pero la cuestión central es la actitud a adoptar por los comunistas ante una lucha que parece estabilizada por el éxito temporal de la batalla del Ebro. Sin que se diga, parece que de nuevo Stalin intenta soltar lastre. Es una suposición, porque sobre esta línea se mueven las deliberaciones que se desarrollan en Moscú a partir del 20 de agosto, sin que esta vez quede registrada intervención alguna suya. Pero las propuestas son demasiado audaces como para ser cargadas en la cuenta de Dimitrov.

Una reunión informal con los visitantes españoles, el 27 de agosto, previa

a la del Secretariado del día siguiente, fija las nuevas posiciones, justificadas por la aparente confianza en una victoria militar de la República. Debería tener lugar una negociación entre españoles, una vez que los «invasores» alemanes e italianos se retirasen de la península. «Hasta entonces una lucha sin cuartel contra insurrectos e invasores». También contra los republicanos contaminados de espíritu de capitulación. Tanta firmeza iba a parar a una consecuencia de signo contrario: la conveniencia de retirar las Brigadas Internacionales. «Las Brigadas Internacionales deben ser liberadas de servicio (osvobozhdavam) de forma oficial». André Marty y la dirección del PCE recibían el encargo de organizar la evacuación y el posterior destino de los voluntarios. El 28 fue reunido el Secretariado y el 29 de agosto Dimitrov cursó la carta a Stalin y a Vorochilov notificando «la liquidación» [sic] de las

Brigadas Internacionales[33]. El 1 de setiembre se acordó redactar la resolución pertinente sobre la cuestión española.

La resolución sobre España de 3 de setiembre de 1938 lleva la impronta

de «Ercoli». Corresponde al último momento de esperanza: el Ejército del Ebro se sostiene con firmeza en la lucha en la margen derecha del río y la presión de Hitler sobre Checoslovaquia deja aún entrever la perspectiva de una respuesta conjunta de Francia e Inglaterra. En consecuencia, tiene más sentido que nunca acentuar los esfuerzos para sostener la defensa de la República española:

Es necesario continuar con la mayor energía la lucha contra el derrotismo y contra toda tendencia a

quebrar la resistencia del ejército y del pueblo acariciando y propagando la idea de una interrupción

de las acciones militares y de un compromiso con el enemigo [34].

 

Pero las apariencias engañan. No se trata de un texto más de exaltación de

la resistencia española. Si ésta ha de mantenerse, es precisamente para proponer un armisticio y la sucesiva liquidación de la guerra, entendido como «un acuerdo leal entre patriotas españoles hecho posible a condición de que las tropas de ocupación extranjeras sean expulsadas de España». Estamos en los prolegómenos del acuerdo de retirada de las Brigadas Internacionales, pero acompañado de un wishful thinking, anticipo de la futura idea de reconciliación nacional sobre la base de una estimación claramente errónea de la composición política del campo franquista. De acuerdo con el texto de «Ercoli», existiría en éste el germen de «una profunda diferenciación política» entre «los agentes del invasor extranjero y los buenos españoles [sic] que no consienten el pillaje de su país por los fascistas italianos y alemanes, y prepara la formación de un bloque de todos los patriotas españoles para

expulsar a los invasores del suelo de la patria[35]». El gobierno de la República debía dirigirse a la «zona invadida», llamando a la lucha común contra los invasores que de hecho suponía algo menos espectacular: resolver el fin de la guerra entre españoles, «sin que un soldado extranjero quede en el suelo de España». En apariencia, era una cuestión de patriotismo al proponer

«la unidad nacional del pueblo entero contra los invasores fascistas[36]».

Desde un punto de vista formal, el razonamiento era congruente con la

presentación del conflicto desde agosto de 1936 como guerra de independencia nacional. Tal y como estaban las cosas en la segunda mitad de 1938, tenía mucho de una alucinación fundada en esa inexistente divisoria entre franquistas patriotas e invasores italianos y alemanes. Ahora bien, visto desde los intereses de la Unión Soviética, un arreglo como el propuesto tenía bastante sentido. La entrega condicional de la República, presentada como un pacto entre patriotas españoles, salvaba la imagen del bando vencido y de este modo la URSS se libraba del lastre español con la garantía de que éste no sirviera de base de maniobra para las fuerzas armadas de Hitler y Mussolini. El futuro político de España resultaba secundario.

En la reunión de 29 y 30 de setiembre, y por enfermedad de José Díaz,

Vicente Uribe fue el encargado de reproducir puntualmente los términos de la resolución de la Comintern ante el CC del PCE. Otros puntos de la misma fueron objeto de exposiciones miméticas: reforzamiento del Frente Popular contra los trotskistas, apoyo a los campesinos para mejorar el abastecimiento, unificación sindical UGT-CNT, y reforzamiento de la vinculación de Cataluña a España (implícitamente frente a las tensiones entre gobierno y Generalitat, y a la veleidad nacionalista del PSUC). Pero sobre todo Uribe reitera el planteamiento de que es posible un entendimiento entre españoles

para acabar con «la invasión extranjera[37]».

Mientras la situación militar se mantenía estacionaria, el acuerdo de

Múnich confirmó a Stalin en su idea de que nada cabía esperar de Inglaterra y Francia, al mismo tiempo que se disipaba la posibilidad de una «guerra checoslovaca», similar a la española, frente a la invasión nazi. La URSS estaba aislada en la esfera internacional y su comportamiento en la crisis checa, vinculado al de España, consistía en eludir el más mínimo riesgo. Es lo que inspira la intervención de Litvinov ante la Sociedad de Naciones,

proponiendo la evacuación de los combatientes extranjeros en España[38]. Había sin duda un acuerdo entre los responsables de la política exterior soviética y el jefe de gobierno español, Juan Negrín, quien asimismo ante la Asamblea de la Sociedad de Naciones, el 21 de setiembre, anuncia unilateralmente la retirada de las Brigadas Internacionales, dicho de otro modo, «la retirada inmediata y completa de todos los combatientes no

españoles que toman parte en la lucha del lado gubernamental[39]».

El telegrama dirigido el 1 de octubre desde Moscú a Togliatti y a José

Díaz confirma esa impresión: la URSS veía en los pactos de Múnich un duro golpe contra sí misma, y la prueba de una colusión entre los líderes fascistas y Chamberlain. La única salida, a falta de toda alianza estatal, residía en una movilización obrera internacional, a cuyos eventuales componentes el telegrama designa con nombres de clave no siempre identificables, por lo cual reproducimos su texto íntegro en francés:

Pourparlers de Munich complot contre Metz Lucerne [Checoslovaquia] democratie en Europe et la

paix. Trahison envers Metz c’est coup contre Lausanne [¿la URSS? ¿Francia?]. Hitler, Mussolini et

Chamberlain préparent aussi étranglement du peuple de Lausanne. Faites appelle au nom gros

maigre David [partido] Thérèse Marguerite [UGT y CNT] au prolétariat international en faveur

d’une convocation de la conférence internationale ouvrière avec participation Jeanne, Marthe,

Paulette réalisant front unique du proletariat international pour la defense de Lausanne Metz

Manchester contre projects scélerats Hitler Mussolini Chamberlain. Donnez à cet appel la plus

grande publicité[40].

 

Al día siguiente, un nuevo telegrama añadía que si el día 6 se celebraba en

«Lugano» la conferencia de «grandes Davids», partidos obreros, el PCE debía participar para desenmascarar la política de traición hacia Checoslovaquia, los

pequeños países, la paz y la democracia[41]. En suma, una actitud de protesta a falta de toda posibilidad de acción política.

A mediados de noviembre, la situación interior se ensombrece de nuevo,

al concluir la batalla de desgaste en el Ebro. «Ebro igual a fracaso», escribe Togliatti en sus notas el 26 de noviembre. La principal preocupación política llega del campo socialista, una vez que había sido superada sin excesivo coste la minicrisis de agosto, por el abandono del gobierno de catalanistas y nacionalistas vascos ante los decretos de militarización de industrias y centralización de la justicia. Mientras en la zona central se afirman las actitudes contrarias al PCE en el PSOE, los órganos dirigentes de este partido celebran de agosto a noviembre una serie de reuniones donde es confirmado el apoyo al gobierno Negrín, gracias al dinamismo del secretario de la ejecutiva, Ramón Lamoneda, y a la ausencia de alternativas, pero cobran cada vez mayor fuerza los líderes históricos cuyo reintegro a la Comisión Ejecutiva fue acordado en agosto. Lo de menos es que Largo Caballero y Prieto rechazaran esa presencia por distintas vías. Como ha escrito H. Graham, «en el último trimestre de 1938 las tensiones creadas por la guerra, y en especial por la perspectiva internacional, cada vez más grave, habían erosionado de

modo sustancial la coherencia de los cuadros del PSOE[42]». El peso creciente de Julián Besteiro, abiertamente derrotista, da el tono de la reunión de la Comisión Ejecutiva el 15 de noviembre. Las notas de Togliatti recogen el estado de cosas con gran preocupación, aludiendo a noticias sobre reunión de generales con Besteiro y Prieto, quizá en los locales del PSOE. El 21 de noviembre, Togliatti habla con Lamoneda, quien se considera fracasado.

«Hoy hay menos unidad que nunca», confiesa el líder socialista[43].

El resquebrajamiento del apoyo de su partido es sin duda lo que explica la

última jugada política que ensaya Juan Negrín en el curso de la guerra. A comienzos de diciembre Negrín se pone en contacto con el PCE para lanzar la idea de un Frente Nacional, por considerar agotados los cauces de unidad usados hasta entonces. Las notas de Togliatti son ambiguas a la hora de describir el contenido de la propuesta:

[…] lanzar la idea de un FN — conservar los partidos — no sé puede hacer de un golpe — inscritos,

afiliados, miembros — mejor que p. c. ponga reservas — ¿dictadura militar? — parlamentarismo no

existirá — plebiscito — los c. organización y propaganda — los sin partidos (militares[44]).

 

El telegrama donde Togliatti da cuenta de la conversación con Negrín, «la

Tía» según el código, resulta más explícito. A pesar del «apoyo sin reservas» del PCE, no puede realizar eficazmente su política ante la oposición de «su propio David», esto es del PSOE, y de los republicanos. Tampoco ve viable la unidad de acción. De ahí la propuesta de una formación suprapartidaria que bajo su liderazgo personal dirigiría la política de guerra:

Por todas estas razones propone creación de un «frente nacional». Este movimiento debía

organizarse al margen de todos los Davids actuales. Pero sin estar dirigido contra ninguno de ellos y

sobre la base de adhesiones individuales o colectivas, este punto no está aún bien claro; Fígaro [el

PCE] no debería aparecer como iniciador de la nueva formación, e incluso debiera plantear al

principio algunas reservas y críticas al mismo tiempo que proporcionaría los cuadros para

organizaría. Tía afirma que desistirá de este proyecto si no estamos de acuerdo[45].

 

Los tres motivos que Togliatti encontraba para el proyecto de Negrín eran

su deseo de gobernar prescindiendo de las viejas camarillas partidarias, la búsqueda de un contacto orgánico con los elementos de oposición en la zona franquista y la mejoría en su imagen internacional, quitando argumentos a los que le acusaban de ser agente del PCE. Stepanov interpretó la operación como el intento de formar un partido único presidido por Negrín, cuyo núcleo encubierto en el órgano colegiado de dirección correspondería a los comunistas: que «el Partido Comunista fuera el verdadero dirigente, pero que

esta dirección se ejerciese de manera discreta[46]». En su referencia a la propuesta, que fecha el 2 de diciembre, Togliatti supone que en ese frente nacional desaparecerían todos los partidos políticos y que por eso el partido le desaconsejó la iniciativa, proponiéndole como recambio un reforzamiento del

Frente Popular[47]. La idea constituía la plasmación de una realidad reconocida por todos: el PCE era el único apoyo seguro de la política de resistencia de Negrín en un gobierno dividido.

El 10 de diciembre, la Comintern respondía con un rechazo tajante de la

propuesta: «Proyecto de Tía inaceptable porque contiene tendencias a la

dictadura personal[48]». Moscú insistía en la unificación de los dos sindicatos, Teresa y Margarita, UGT y CNT, para desde la unidad de la clase obrera oponerse a los partidarios exteriores e interiores de la capitulación. Es muy posible que de esta discrepancia en torno al Frente Nacional surgiera el distanciamiento que se observa desde entonces entre Negrín y el PCE. El 11 de diciembre, el presidente tomó como intermediario al general de aviación Ignacio Hidalgo de Cisneros para hacer llegar a Stalin su última gran petición de material militar, por un valor superior a cien millones de dolares. La interferencia del gobierno francés impidió que dicho material alcanzara la zona republicana y la iniciativa de Negrín en este terreno, igual que le ocurriera a su proyecto político, resultó sofocada por la ofensiva franquista

sobre Cataluña[49].

 

32. Crisis militar, crisis política

 

El empeoramiento inevitable de la situación queda reflejado en las notas manuscritas de Togliatti y se encuentra ya anunciado en el informe que Erno Gerö presenta el 19 de noviembre. Los progresos en la organización militar no compensan la supremacía del ejército de Franco, cuya ofensiva cabe esperar en fecha próxima. No ha cesado la ofensiva de las fuerzas adversas al PCE, así como la presión internacional para lograr una capitulación. Los republicanos muestran un enorme cansancio y ganas de acabar la guerra, en tanto que es intensa la actividad de los caballeristas. El PCE muestra graves problemas de dirección y las cosas van aún peor en el PSUC. La ayuda

internacional a la República resulta insuficiente[50].

Este conjunto de elementos desfavorables tenía además como base la

acumulación de deficiencias en el orden material. El armamento republicano seguía siendo muy inferior al franquista, singularmente en aviación y en artillería. La pérdida de la central de Tremp había incidido en un descenso de la producción industrial de Cataluña, sin que la fabricación de material militar respondiese a las necesidades del ejército popular. Y sobre todo, en las dos zonas republicanas imperaba el hambre, que con el agotamiento del ímpetu bélico y la intensa acción de la quinta columna, determinaba una propensión mayoritaria a terminar la guerra como fuera. «Como consecuencia de todo ello —explica un informe de la zona Centro-Sur—, la mentalidad de la tropa se refleja con fuerza insospechada en la corriente peligrosa de que la guerra se está terminando. De ello se habla en la vanguardia y en la retaguardia, se habla en las cartas de los soldados del frente, se habla en las tertulias, en los

paseos, en los espectáculos[51]». Con la excepción del PCE y de Negrín, puede decirse que a fines de 1938, con más o menos agresividad, tal era la opinión dominante en las restantes formaciones del Frente Popular.

El derrumbamiento progresivo del frente de Cataluña, entre el 23 de

diciembre de 1938 y el 8 de febrero de 1939, es por su significación, y también por su duración, el marco en que cobran perfiles cada vez más definidos esas tendencias a la capitulación, con su consecuencia inevitable: el aislamiento definitivo de Negrín y del PCE. A la vista de lo sucedido con el final de la guerra, resulta evidente que la resistencia estaba del todo justificada, ya que Franco no iba a renunciar al aplastamiento definitivo de sus adversarios. Pero en la situación angustiosa del invierno de 1938-1939 no fue de extrañar que muchos deseasen creer en la clemencia del vencedor, y más si previamente tenía lugar la eliminación de los comunistas y se contaba con el supuesto aval de Inglaterra y de Francia. Era la hora de Julián Besteiro y de su enlace con la quinta columna franquista, del coronel Casado, de los

agentes ingleses y de los militares «republicanos» al servicio de Franco[52].

La documentación comunista muestra que tanto los delegados de la

Comintern como los cuadros del partido eran conscientes de esta trágica situación, frente a la cual sólo podían oponer manifestaciones de lealtad a la resistencia, y soluciones parciales y de emergencia a los problemas planteados. La cuestión de fondo se imponía con toda su crudeza. Mantener la línea intransigente de resistir a toda costa, dado el aislamiento político del PCE y del gobierno, llevaba a plantearse la exigencia de que éste fuera asumido por el partido, recurriendo además a medidas excepcionales. En la vertiente opuesta, ser fiel a la ficción de que nada ocurría y que el Frente Popular seguía existiendo, condenaba al PCE a ser el sujeto pasivo de una conspiración cuya existencia estaba en boca de todos.

Debajo de ambas opciones había además planteamientos contrapuestos

que afloraron una y otra vez desde que en 1935 cobrara forma la política de Frente Popular. Ir a por el poder respondía a la concepción instrumental de la alianza propia de los «bloques populares»; apostar por el pluralismo a toda costa, incluso al precio de perder el último combate de la guerra, dejando la responsabilidad para los capituladores, permitía eludir esa consideración del PCE como «partido de la guerra» y dejar para el futuro el legado del Frente Popular.

En los dos meses que transcurren desde el inicio de la ofensiva franquista

sobre Cataluña, las notas del cuaderno de Togliatti reflejan un empeoramiento constante de la situación militar y política. Nada detiene el avance de Franco. Francia mantiene el cierre de la frontera y arrecian cada vez más los ataques de anarquistas y caballeristas contra el PCE. Tras la caída de Barcelona, el informe del general Rojo describe el 26 de enero una situación desesperada. El ministro comunista Uribe reconoce que la gente piensa que todo está perdido.

En estas circunstancias, Stalin opta por prolongar al máximo la

resistencia. Se trata sin duda de una concepción de la «guerra dilatoria», según la cual el tiempo ganado en España, a pesar de la derrota inevitable, aplaza otras acciones agresivas del fascismo. Después de Múnich, la diplomacia soviética se instala en una actitud de inercia, juzgando inevitable

la evolución de la crisis hacia la guerra[53]. Pero el llamamiento a la resistencia, contenido en el telegrama a Togliatti del 29 de enero, no toma en consideración lo que en adelante será el principal dilema, esto es, qué debe hacer el PCE si es la única fuerza política dispuesta a resistir:

De acuerdo con vuestra orientación. Indispensable tomar todas medidas para continuar lucha en

Orléans así como en zona central. Necesario movilizar para defensa del país toda población, aportar

fuerzas comunistas frescas al matrimonio, reemplazar elementos vacilantes por hombres firmes,

reforzar papel dirigente comunista en consolidación matrimonio y pueblo, reforzar Clara por

elementos partidarios decididos continuación lucha[54].

 

La incitación a una resistencia a ultranza dio alas a los sectores del partido

que desde tiempo atrás confiaban ciegamente en su papel de vanguardia, por encima de cualquier coyuntura política o condicionamiento derivado de lo que los demás pensasen o hiciesen. En una palabra, a los defensores de la concepción del Bloque Popular. Es lo que expresa el manifiesto redactado en Figueras el 2 de febrero, cuyo título constituye una declaración de principios:

«El Partido Comunista reafirma su fe y confianza en la victoria[55]». Cuando ya no había nada que hacer, seguía insistiéndose en la defensa de Cataluña, así como en las perspectivas de victoria si se mantenía la unidad popular. Leída semejante declaración en Madrid, cuando las tropas de Franco alcanzaban la frontera francesa, tenía que ser interpretada como el signo de que el PCE estaba fuera de la realidad y que se disponía a todo con tal de prolongar la guerra. Lógicamente, la declaración fue duramente criticada, hasta el punto de que en palabras del propio Stepanov, que por un momento aplazó su difusión, «el manifiesto se convirtió en el blanco y en el pretexto de la más amplia coalición anticomunista». Como consecuencia, se puso en marcha incluso la dinámica de proclamar la incompatibilidad con el PCE de

los comités locales del Frente Popular[56].

Es precisamente en ese contexto cuando tiene lugar en Madrid el intento

de una huida hacia adelante patrocinada por el mismo Stepanov, que al llegar el 27 de enero a la capital ve la posibilidad de desenterrar las soluciones radicales de 1931-1933. La declaración del estado de guerra en la España republicana, publicada el 23 de enero, favorecía las soluciones de excepción, y en ese sentido lo que Stepanov proyecta a comienzos de febrero es «una dictadura revolucionaria democrática», apoyada en el PCE con el complemento de una «previa paralización» de los dirigentes capituladores pertenecientes a otros grupos del Frente Popular. El gobierno Negrín debería ceder su puesto a un Consejo especial de la Defensa del Trabajo y de la Seguridad Social [sic], encargado de administrar el estado de guerra y compuesto por dos ministros, dos o tres políticos y un par de militares

«seguros y enérgicos[57]».

La conferencia provincial del partido, celebrada entre el 9 y el 11 de

febrero, se movió dentro de un estado de espíritu similar. El PCE se declaraba, según el secretario general de Madrid, Isidoro Diéguez, «en pie de guerra para realizar las tareas que nos ha trazado nuestro gobierno». «Queremos ganar la guerra», confirmó Pasionaria, insistiendo en que España será «la antorcha que ilumine el camino de liberación de los pueblos

sometidos al fascismo[58]». Era un llamamiento a combatir hasta el fin como único objetivo, que suscitará las críticas de Togliatti y, a fin de cuentas, el enfrentamiento entre Togliatti y Stepanov sobre lo que hubiera debido hacer y decir el partido en tan graves circunstancias. Ambos representantes de la Comintern mantendrán las espadas en alto cuando redacten sus informes

sobre esta etapa[59].

Por añadidura, la carrera en solitario del PCE implicaba también una

confrontación con Negrín, que regresa a Madrid el 11 de febrero. La pretensión del partido de obrar por su cuenta suscitará un duro incidente el 16 de febrero entre el presidente del Consejo y el ministro Uribe. «Me dicen que los comunistas en el Frente Popular han declarado que las decisiones del gobierno pueden acatarlas o no según decida el partido», noticia que Negrín comentó ante su interlocutor con una de sus frases preferidas: «Voy a fusilar a

todos los comunistas[60]». Luego hubo excusas, pero es claro que sin la rectificación política que supuso la presencia de Togliatti en la capital la ruptura Negrín-PCE hubiese sido inevitable.

La llegada de «Ercoli» a Madrid desde Francia, el 16 de febrero, pone fin

a la deriva hacia el numantinismo, pero no deja de reflejar una sensación de peligro en los términos que han de prevalecer en las semanas que siguen:

Existen condiciones de resistencia, pero falta dirección enérgica. David [PCE] aislado atacado por

todos. Tía afirma formalmente voluntad resistencia pero no toma medida alguna para cambiar

situación [61].

 

Dos días después de su llegada tiene lugar una reunión ampliada del BP,

con participación entre otros de «Modesto», en la cual se toma como primera decisión intensificar los contactos con ministros y dirigentes de izquierda a fin de «disminuir la tensión en las relaciones, atenuar el aislamiento del Partido Comunista». Un manifiesto sería redactado con esta intención, en tanto que «Moreno»/Stepanov se desplaza a Moscú para conocer la actitud de «la Casa» sobre la eventual toma del poder (que al pasar por París le desaconsejan ya

Codovilla y Antón[62]). Las preguntas concretas fueron formuladas oralmente por Togliatti y escritas por el búlgaro: 1) si el gobierno de acuerdo con los militares y otros partidos y sindicatos decidía capitular, ¿cuál debía ser la posición del partido al ser ya imposible sostener la línea de unidad de todos en el Frente Popular?; 2) al quedarse solo en la defensa de proseguir la guerra, ¿qué hacer?

En el manifiesto del BP, redactado el 23 y hecho público el 26 de febrero,

el protagonismo de la palabra «guerra» cedía paso a otra expresión: «para terminar la guerra». Los tres puntos expuestos por Negrín en la reunión de Cortes en Figueras —independencia, libertad y, sobre todo, ausencia de represalias— sirven de apoyo a la concepción de que el único objetivo de la resistencia consiste en un final digno de la contienda frente a la entrega incondicional que representaría la capitulación: «La resistencia es posible y será un hecho que nos ha de permitir salvar la vida y la libertad de millares y

millares de hermanos nuestros[63]». La alusión a la variable externa, una coyuntura internacional que pudiera alterar el comportamiento de las potencias democráticas, situaba la argumentación en la órbita de Negrín,

quien, al parecer, según Togliatti, supervisó el documento[64]. Coincidiendo con el nuevo golpe que suponía la negativa de Azaña a volver a Madrid y ante el inminente reconocimiento de Franco por Francia e Inglaterra, Negrín volvió a apoyarse en el Partido en los días que mediaron hasta el pronunciamiento del 5 de marzo. No accedió, lo que había de resultar decisivo, a relevar a Casado de la jefatura del ejército del Centro, tomando en cambio el acuerdo de situar en puestos claves del ejército a una serie de mandos comunistas, lo cual, al ser publicado en la Gaceta de la República, serviría de coartada para el golpe sin que actuase como antídoto frente al mismo.

La sensible mejoría de las relaciones con Negrín no eliminaba la

sensación de inseguridad ante la perspectiva de una próxima insurrección de Casado. De ahí la consulta que Togliatti dirige al Secretariado el 27 de febrero, favoreciendo indirectamente una respuesta negativa ante la cuestión siempre planteada de la revolución preventiva:

Enlace con posición Lugano Lausanne y noviazgo Gilbert considera posible pronunciamiento de

algunos jefes militares (Casado, Matallana), deserción Clara con declaración imposibilidad lucha

ulterior y desagregación iglesia [¿Frente Popular? ¿gobierno Negrín?]. En tal caso o para prevenir de

inmediato tal situación, ¿consideráis que el Gran David [PCE] tome en sus manos con medidas de

fuerza todos resortes poder y dirección guerra amenazado con perspectiva aislamiento político casi

completo, posibilidades resistencia reducidas y riesgo pérdida dirección y cuadros? […]. Habría que

tener en medida posible vuestra opinión [65].

 

El último telegrama político firmado por «Aurore» fue recibido en Moscú

el 8 de marzo, tres días después del golpe de Casado. Pero Togliatti lo había remitido el día 4. Su texto contenía una nueva consulta casi desesperada sobre lo que tenía que hacer el PCE ante la inminencia del pronunciamiento militar y dada la crisis del gobierno. El dilema seguía siendo mantener la fidelidad a un gobierno hundido o asumir el riesgo de la toma del poder:

Hemos obtenido de Tía [Negrín] algunas medidas que mejoran un poco situación que sigue siendo

en conjunto muy grave con peligro de rebelión de militares profesionales y descomposición de

gobierno. En este caso, ¿consideráis aconsejable que tomemos en nuestras manos con medidas de

fuerza todo el poder y dirección de la guerra? Tía solicita urgencia enlace con gobierno soviético

para saber si puede contar con ayuda material y en qué medida y grado[66].

 

El telegrama enlazaba con consultas telegráficas anteriores sobre esa

cuestión crucial que los hechos se encargaron de resolver por sí mismos. Todavía el 5 de marzo envió «la Casa» un telegrama donde se ponían las condiciones para un envío de material de guerra, siempre que el gobierno español estuviese dispuesto realmente a luchar y fuera garantizado previamente el paso por Francia y que no caería en manos del enemigo. Era probablemente la respuesta al enviado por Togliatti el 28 de febrero con el

texto «Tía quiere ayuda mejicana[67]». El telegrama de «la Casa», de cuya recepción no tenemos constancia, hablaba también de un eventual gobierno de Defensa Nacional, denominación sorprendentemente próxima a la asumida por la Junta de Casado. Debería componerse de partidarios de la resistencia a ultranza dentro del Frente Popular, dispuestos a abordar la depuración de los enemigos internos y a una política de guerra eficaz. El texto del Secretariado se cerraba con una instrucción críptica: «Consideramos que “Ercoli” no debe

tomar sobre sí oficialmente misiones ni compromisos[68]». En medio de otros mensajes no descifrados del momento, uno contiene una instrucción bien precisa del Secretariado respecto de Togliatti: «Aurore debe venir inmediatamente».

Tampoco pudo materializarse la otra consulta en el mismo sentido, que en

la reunión del BP de febrero se había acordado realizar enviando personalmente a «Moreno», (Stepanov) a «la Casa». Como en tantas otras ocasiones, un estrangulamiento en la comunicación, ahora definitivo, bloqueó el protagonismo de la Comintern. Todavía intentó Togliatti una última comunicación con Moscú, conforme recuerda en sus memorias Irene Falcón, a quien envió, el día 6, con el encargo de enviar unos mensajes cifrados desde Albacete, posiblemente para recabar instrucciones para la evacuación, pero al

llegar allí la instalación estaba desmantelada[69]. (No obstante, llegó todavía a Moscú un telegrama de «Aurore», del día 6, anunciando que la situación era

catastrófica y había problemas para la evacuación de dirigentes[70]). La orquesta roja había dejado definitivamente de funcionar. Togliatti se encontraba incomunicado.

No obstante, la pregunta siguió en el aire hasta el último momento. El

mismo día 6, al conocer la dimisión del gobierno, la dirección del PCE (Checa) puso en marcha un plan de autodefensa que implicaba la movilización de sus fuerzas sirviéndose de las organizaciones y de los militantes del partido, ya que el teléfono no funcionaba, pero la rápida expansión del movimiento casadista tomó la delantera. Así que la última reunión en España del grupo dirigente comunista tuvo lugar en el mismo aeródromo de Monóvar. Según cuenta Irene Falcón, y confirma Stepanov, Togliatti formuló la pregunta de rigor a los dos jefes militares presentes, Líster y «Modesto», sobre las posibilidades de una acción de fuerza contra la Junta de Casado y la respuesta de ambos fue negativa. Fue acordado que el partido debía luchar por una existencia legal, encargándose una delegación de camaradas «no muy conocidos» de negociar este punto con la Junta, al propio tiempo que se preparaba un documento presentando a ésta como traidora e incapaz de garantizar una mínima resistencia y se acordaba la formación de

una nueva dirección del partido para afrontar la próxima clandestinidad[71]. La mayor parte de los dirigentes serían evacuados, quedando en España de los presentes «Alfredo», (Togliatti), Checa y Claudín.

En estas postrimerías de la vida política comunista en la guerra, la

voluntad togliattiana de evitar a toda costa la represión a ultranza de la Junta se impuso mientras el italiano permaneció en España, que sólo abandona el 24 de marzo de madrugada desde el aeropuerto de Totana, conquistado al efecto

por un grupo de comunistas, para volar hacia Orán[72]. «La iniciativa de hacer un último intento para llegar a un acuerdo con los sublevados fue suya», ha

escrito Irene Falcón, testigo privilegiado[73]. Después de los acontecimientos del 6 de marzo, en que decidió no abandonar el país, fue por un momento detenido en compañía de Checa y de Claudín, pero consiguió llegar a Valencia. Allí, en compañía de Checa y de Hernández, elaboró un documento: «La verdad sobre los recientes acontecimientos de España», fechado el 9 de marzo y con la firma del Buró Político del PCE. La declaración debió de servir de base a un manifiesto del día 12, con orientación similar, que al llegar a París provoca la oposición radical de los allí presentes —Codovilla, Stepanov, Pasionaria, Antón y Delicado— por la suavidad de

su condena a la Junta[74].

En efecto, la constitución del Consejo de Defensa era descrita como «un

error fatal, un golpe terrible dado a la unidad del pueblo y del ejército[75]». El principal reproche consistía en no haber tenido en cuenta al Frente Popular y, por su parte, el gobierno de Negrín era elogiado por su dimisión hecha «con el fin de evitar todo derramamiento de sangre entre hermanos españoles». Ni siquiera cabía la esperanza de que Franco hiciera caso al Consejo. A pesar de ello, el BP se declaraba dispuesto a reconocer el poder del Consejo de Defensa con tal de que éste pusiera fin a la represión anticomunista y readmitiera al PCE en los organismos del Frente Popular y de la legalidad republicana. La línea blanda de Togliatti culminaba con la opción por la vida legal del partido y por el fin de la «lucha fratricida». Aun en caso de persistir el Consejo en su política represiva, el PCE se limitaba a arrojar sobre él la responsabilidad de cuanto pudiera ocurrir y, en concreto, «la de hacer correr al Pueblo Español el riesgo de perder la guerra de la peor manera posible, sumiendo en la sangre y en la discordia todo lo que habíamos conquistado en

dos años y medio de lucha y de unidad[76]».

Por los mismos días, la lucha persistía en Madrid entre las fuerzas del

PCE y las casadistas. Si la dirección comunista española había quedado aislada de Moscú, la de Madrid quedó por su parte incomunicada de un Buró Político que había trasladado casi todos sus efectivos a la región sureste, siguiendo al gobierno de Negrín instalado en la posición Yuste de Elda. Como además las comunicaciones telefónicas dependían de la autoridad militar, el golpe significó la incomunicación, tanto para el gobierno de Negrín como para la dirección del PCE. Los dirigentes comunistas de Madrid hubieron así de asumir la responsabilidad de la respuesta al pronunciamiento militar, ignorando cuál fuera efectivamente la posición del Buró Político del Partido.

Desde la reunión del BP de mediados de febrero, la organización del

partido en Madrid se encontraba prácticamente en situación de alerta para

estar en condiciones de responder al golpe que se aproximaba[77]. Esto es lo que permitió, a pesar de la incomunicación con Elda y la acumulación de defecciones, que el grupo de dirigentes madrileños, encabezados por el responsable Isidoro Diéguez, pusiera en marcha la respuesta militar al pronunciamiento de Casado desde la noche del 5 al 6 de marzo. El centro de decisión ya no era la Comintern, ni el BP del partido, sino un grupo de dirigentes reunidos en la capital: Diéguez, Montiel, Arturo Jiménez,

Ormazábal, Pertegaz y Girón[78]. Estuvo a punto de dar un vuelco la situación cuando por un momento, la Junta quedó encerrada en el centro de Madrid, en el triángulo Cibeles-Antón Martín-plaza de la Ópera. Casado juega entonces a dos bandas: pide por un lado a los franquistas que ataquen y alcanza una tregua con el PCE, precisamente apelando a la resistencia antifranquista. La tregua del martes marca el punto de inflexión en los acontecimientos. Comienzan a llegar tropas de refuerzo, sobre todo la columna de Cipriano Mera y hacen efecto las noticias recibidas el día 7, y confirmadas el 9, de que el gobierno y gran parte de la dirección del partido han salido de España. El primer comunicado indicó «que no había que hacer nada contra la Junta una vez desaparecido el gobierno» y «que la lucha de Madrid hacía más grave

nuestra situación ante los invasores[79]». Las instrucciones del BP, llegadas el 9, matizaban lo anterior, pero proponiendo una cuadratura del círculo: la lucha debía proseguir hasta forzar a la Junta a parlamentar, pero teniendo en cuenta que tras la huida de Negrín no se trataba de tomar el poder para el

partido[80]. El fracaso del día 9 en el intento de apoderarse del Ministerio de Hacienda, sede del Consejo de Defensa, marcó el principio del fin. La Junta venció y el PCE entregó sus posiciones en la mañana del domingo 12 de marzo. Al día siguiente fue fusilado el coronel Barceló, jefe de las fuerzas leales frente al Consejo. Organizaciones y militantes comunistas siguieron hasta el fin de la guerra en condiciones dispares según cada localidad, unos en la cárcel, otros en la clandestinidad y otros en fin disfrutando de cierta tolerancia, según el criterio de cada autoridad militar.

El 18 de marzo, el PCE hace público su último comunicado antes del fin

de la guerra. El tono es muy diferente de la declaración del 9 de marzo. La condena del Consejo de Defensa casadista tiene lugar sin matización alguna: es un instrumento de «extranjeros y agentes del extranjero», «agentes del fascismo y de las capas más reaccionarias de la burguesía imperialista europea», «trotskistas y faístas» que quieren acabar con la independencia de

España[81]. Frente a tales sujetos, no cabe hablar de levantamiento comunista, sino de defensa del gobierno de Unión Nacional. El de Casado era un golpe criminal, que además ignoraba la evolución de la política internacional favorable a una actuación de las potencias democráticas contra Hitler. Al borde del abismo, el PCE reafirmaba su compromiso con la independencia de España, la defensa de la República en cuanto «régimen de libertad y de democracia» y la unidad dentro del Frente Popular. El desastre registrado por los intentos de negociación de la Junta dejaba de este modo en manos del PCE el legado como defensor de las instituciones republicanas.

Nada tiene de extraño que el balance político de la crisis final se inclinase

de este lado en la Comintern. El espíritu de lucha siempre figuró por encima del transaccional en la escala de valores comunista. Había además el antecedente de las críticas vertidas sobre el PC checoslovaco por Dimitrov, en la sesión del Presidium de la Comintern de 16 de enero, apuntando a una excesiva confianza del PCCh en Benes y a no haber impulsado la movilización preventiva del ejército, reproches paralelos a los que luego se

harán al PCE[82].

Pero como siempre debió ocurrir en los temas estratégicos, fue Stalin

quien fijó la orientación a seguir: el error principal cometido por el PCE consistió en no llevar la resistencia hasta el último extremo. La explicación tuvo lugar el 7 de abril de 1939, en una reunión en el Kremlin a la que fue convocado Dimitrov. Al lado de Stalin se encontraba Molotov y Beria. El líder supremo no admitía que se hubiera abandonado el terreno sin ensayar las últimas posibilidades de combate después del pronunciamiento de Casado. En el tiempo en que Cataluña iba cayendo, los comunistas desatendieron la situación de Madrid. Cualquier opción que hubiesen elegido debió haber sido expuesta «a las masas, sin claudicar». «Los españoles son intrépidos,

valientes, pero gente descuidada», opinaba Stalin[83]. No supieron sostener la lucha hasta el final y esto debía servir de lección a otros partidos. Lógicamente, los análisis sucesivos de la Comintern sobre el final de la guerra de España se limitaron a ser variaciones en torno a este tema central.

Pasaban oportunamente al olvido las vacilaciones de la propia

Internacional a la hora de orientar a su sección española a comienzos de 1939 y la confesión de impotencia para responder militarmente al golpe que enunciaron el 6 de marzo tanto «Modesto» como Líster. En la reunión del Secretariado de la Comintern de 28 de julio de 1939, el veredicto fue de dura condena por las concesiones realizadas por el PCE durante la crisis. En la reunión tomaron parte Gottwald, José Díaz, Dimitrov, Pasionaria, Kolarov, Manuilski, Stepanov, Uribe, Florin, Togliatti y Hernández. Actuó como relator José Díaz, tomando la palabra Dimitrov, Pasionaria, Manuilski, Uribe, Togliatti y Hernández. La resolución corrió a cargo de Díaz, Dimitrov y Manuilski.

La actitud transigente de Togliatti en la etapa final de la guerra fue objeto

de una revisión implacable, desde el supuesto de que una posición dura ante el gobierno Negrín y una confrontación inmediata con la Junta hubiesen llevado a la victoria del partido:

[…] su lenguaje y consignas no fueron claras ni comprensivas para las masas, de ahí que su política

cerca de Negrín continuara falta de la energía precisa y conminatoria [sic] que en tal situación era la

única que podía enmendar las enormes debilidades, rehacer la situación de caos e impedir la

bancarrota en la zona Centro-Sur. Esta falta de la dirección del partido era tanto mayor cuanto que

ella misma estaba bajo la impresión de la inevitable derrota de la República, pero en ningún

momento abordó el problema de fondo, lo que le hubiera permitido trazarse una perspectiva más

justa. De aquí arranca el que más tarde fuese desbordada por los acontecimientos que se

produjeron[84].

 

La receta ex post consiste en no haber renunciado al apoyo a un Negrín

que pasa a ser un capitulador más por su indecisión[85]. También es responsable el PCE al no haberse movilizado inmediatamente contra la Junta y haber optado por hacer salir a la dirección del partido cuando hubiera bastado con la salvación de Pasionaria. A toro pasado, las cosas no ofrecen dificultad alguna para los censores que hablan desde Moscú, olvidando el pequeño detalle de que la dirección del PCE tenía el 6 de marzo cortadas las comunicaciones telefónicas: «El partido, dado su aislamiento y mala información, cometió el error de no orientarse a aplastar a la Junta, con o sin el gobierno, teniendo como tenía fuerzas sobradas para hacerlo sin

comprometer los frentes[86]». La «línea errónea» de Togliatti continúa con sus esfuerzos para salvar cuadros y en los manifiestos conciliadores del 9 y del 12 de marzo. Uribe como ministro, Hernández y Checa por su actuación al lado del italiano, y en el caso del primero por su fracaso ante la extensión de la

revuelta casadista en el ejército, pasaron a cargar con las culpas[87]. «El

partido está vencido por sus propios errores», concluía el informe[88].

El texto se cerraba extrayendo las enseñanzas de la guerra de España a

escala internacional, exhortando a una lucha general del proletariado y de las fuerzas de la democracia para unirse frente a los que propugnaban, como hicieron los gobiernos inglés y francés durante la guerra, la capitulación ante el fascismo. Los rescoldos del Frente Popular no se habían apagado todavía.

La base de la crítica frente a la línea blanda de 1939 constituye también el

núcleo de la resolución del CC del PCE, cuyo primer texto se completa en julio y que en agosto de 1939 será objeto de discusión por el Secretariado de la Comintern. El hilo argumental es siempre que el PCE disponía de recursos suficientes para una acción preventiva contra Casado y que al perder la iniciativa consumó los supuestos de su propia derrota:

Trabajando en una situación de extrema dificultad, cuando se concentraban contra el Partido

Comunista los golpes de todos los enemigos de la República y del pueblo, dejándose influenciar y

paralizar por las vacilaciones y debilidades de Negrín, la dirección del partido no comprendió bien

que la única manera de salvar la unidad y garantizar la resistencia ulterior, era de tomar medidas

prácticas, apoyándose sobre todo en las fuerzas armadas fieles a la política de resistencia, para

prevenir y hacer imposible el levantamiento de los traidores y aplastarlos de manera fulminante

cuando se produciera [ [89] sic].

 

Una resolución sin fecha «Sobre las debilidades y errores del partido en el

último período de la guerra» reúne las críticas anteriores, regresando al tópico de que todo es posible para un partido bolchevique que actúa con audacia y, cómo no, en estrecho enlace con «las masas». Volvían los acentos de 1931, donde todo se resolvía en el perfectismo del planteamiento revolucionario y los reveses eran cargados en la cuenta de los correspondientes chivos expiatorios. No es extraño que en este caso las culpas recaigan sobre aquellos dirigentes que tenían responsabilidades concretas: sobre Uribe, el ministro, Checa, el responsable de organización y Hernández, comisario de grupo de ejércitos. A falta de análisis de la obra realizada por cada uno, la condena se apoyaba en las consiguientes deformaciones psicológicas y en la supuesta ausencia de espíritu de trabajo colectivo. Checa adolecía de «métodos excesivamente personales de trabajo», en Uribe «faltaba la necesaria cordialidad y modestia» y en Hernández cabía señalar «debilidades» no

identificadas[90]. Pero más que las condenas de ritual, lo que cuenta es la expresión reiterada del comportamiento de la Comintern, tendente a eludir las propias responsabilidades y cargarlo todo en la cuenta de los ejecutores en las secciones. Las censuras se dirigen hacia Togliatti, pero en tanto que delegado, nadie habla de él y son los dirigentes del PCE quienes se ven forzados a asumir las culpas del fracaso.

Por debajo de las críticas nominativas, los textos del PCE en el verano de

1939 suponen un rechazo de la línea «Ercoli» y una clara aproximación a la expresada por Stepanov, que éste desarrolla en su voluminoso relato de la contienda, titulado Las causas de la derrota de la República Española. La pormenorizada crónica del búlgaro, hasta ahora inédita, proporciona múltiples datos sobre la evolución política y militar de la guerra, siempre desde una perspectiva comunista intransigente. El lector de sus escritos anteriores a 1936 puede felicitarse de que el contacto directo con la realidad española, si no le ha liberado de su tendencia al esquematismo, por lo menos le proporciona una visión de conjunto de la situación política muy superior a la de sus informes. Tal vez también porque ya no intenta imponer su visión dualista, sino transmitir el máximo de información. Stepanov intenta presentar a sus jefes de la Comintern una imagen de hombre eficaz y discreto que cuando tiene ocasión plantea fórmulas que mejoran el funcionamiento del partido. Cuando en agosto de 1938 Togliatti viaja a Moscú, él una semana después forma un Secretariado reducido de tres miembros para la dirección día a día de la política del partido. «En general, resume, estoy convencido en lo más hondo de que no he trabajado mal y que he cumplido tareas difíciles,

serias y complicadas durante la ausencia de “Ercoli[91]”». Y si Stepanov ha desempeñado su papel con acierto, otro tanto le ocurre al PCE en el curso de la guerra:

El Partido Comunista español ha sido, desde el principio de la guerra hasta su fin, la principal

fuerza motriz de la guerra popular para la independencia contra los rebeldes y la invasión armada

germanoitaliana, iniciador, animador, y organizador principal del ejército regular popular

republicano y su principal destacamento de vanguardia y de choque, el que manifestaba mayor

abnegación en todos los combates […].

El Partido Comunista ha sido el primero en apreciar en su justo valor los acontecimientos, en

caracterizar como es debido la guerra y en indicar las condiciones esenciales cuyo cumplimiento

hubiera asegurado incontestablemente la victoria sobre el enemigo[92].

 

Si de este cúmulo de perfecciones no surgió la victoria, la responsabilidad

recae sobre los comportamientos negativos de las demás organizaciones y personalidades del bando republicano, con especial mención, por este orden, para trotskistas, caballeristas y anarquistas. Stepanov ofrece los elementos de lo que será en el futuro la leyenda dorada comunista sobre la guerra. La autocrítica se centra exclusivamente en la etapa final por la acumulación de insuficiencias que determinaron la imposibilidad de responder adecuadamente a los defensores de la capitulación. La excesiva confianza en Negrín habría sido la causa principal de que no lograra el PCE afirmar su actuación autónoma. Por lo demás, el balance político resulta deslumbrante:

A pesar de las enormes dificultades y los problemas de una complejidad sin precedentes, a pesar de

la juventud de sus cuadros de dirección, a pesar del trabajo gigantesco desarrollado, a pesar de las

continuas maquinaciones de los adversarios contra el partido, éste ha conservado su unidad interna.

El Partido Comunista ha superado un trabajo gigantesco, una tensión extraordinaria de sus fuerzas

[…].[93]

 

El estalinismo podía de este modo convertir la guerra de España en una de

las piezas fundamentales de su ejecutoria. Lo sancionó definitivamente el Presidium de la Comintern en su reunión de 19-20 de octubre de 1939, sobre un telón de fondo de acciones de solidaridad que desde principios de año llevan a la Comintern a ocuparse de refugiados, recuperación de cuadros y

situación de brigadistas y militantes en los campos de concentración[94].

El balance oficial era ajustado desde la óptica de los bloques populares,

centrada en el protagonismo indiscutible del partido. No lo era tanto desde un enfoque frentepopulista. La tensión ideológica observable en la Comintern desde 1934 desemboca en esta doble lectura de la guerra. Así, el informe de Togliatti, redactado el 21 de mayo de 1939, coincide con el de Stepanov en la condena de la Junta de Casado y de todos los partidarios de la capitulación después del Pacto de Múnich. Pero la problemática se desplaza hacia la debilidad del gobierno Negrín, el declive registrado en la unidad de acción dentro del Frente Popular y, consecuentemente, el tema del aislamiento del partido. Negrín no es en este caso un promotor inconsciente de la capitulación y su actitud resulta definida como justa, si bien no pudo superar las dificultades políticas derivadas de la oposición convergente de republicanos, socialistas, anarquistas y militares de carrera. Sus debilidades fueron en todo caso de índole personal, o se debieron a la incapacidad para eliminar a los elementos indeseables de su administración. Es lo que ocurre en vísperas del golpe de Casado, con su tolerancia hacia los conspiradores, si bien desde que el PCE centra su posición el 22 de febrero regresa a una colaboración leal: en la redacción del discurso que había de pronunciar el 6 de marzo participó en

forma preferente el propio Togliatti[95]. No hay, pues, que lamentarse por la alianza del partido con el médico socialista, del mismo modo que tampoco se pone en cuestión el esfuerzo, no siempre logrado, por vincularse con las masas y reforzar el Frente Popular. El principal reproche se sitúa en la timidez para superar el círculo aislante que rodeaba al partido. También se admiten por Togliatti el relativo fracaso de las relaciones con el PSUC y el error de haber menospreciado la importancia de la zona Centro-Sur.

La diferencia respecto de Stepanov surge cada vez que en el informe salen

a la luz la soledad del PCE y la debilidad de los organismos de Frente Popular. No hay éxito posible en la política comunista sin superar ambas insuficiencias. La cuestión no era lanzarse hacia el poder a partir de diciembre de 1938, sino medir las consecuencias en todos los órdenes de la derrota de Cataluña: «En las masas el cansancio de la guerra y el descontento por sus sufrimientos asumían las formas concretas de la aspiración profunda y general a la paz. En todo el país se esperaba un hecho nuevo que pusiese fin a la

guerra. Y ya no se pensaba en la victoria de la República[96]». Por eso el error del PCE, a juicio de Togliatti, no consistió en preparar la toma del poder, sino en marginar toda reflexión sobre la exigencia de paz, lo cual favoreció involuntariamente la propaganda anticomunista. «Aparecíamos ante las masas —concluye Togliatti— bajo el influjo de esta propaganda como “el partido de

la guerra” en lucha contra el “partido de la paz[97]”».

Por fin, contra los partidarios del uso preventivo de la fuerza para impedir

el golpe, Togliatti recuerda que pidió «consejo» a Moscú y que por razones técnicas no obtuvo respuesta. En todo caso, la acción de fuerza hubiera supuesto dejar para el futuro la imagen de un PCE destruyendo el Frente Popular por las armas, sin ningún aliado en personas y organizaciones, ni la comprensión de las masas que se hubieran opuesto a un golpe comunista en nombre de la paz. Había que contar, pues, con Negrín y tras la deserción del gobierno, dada la desorientación consiguiente de los militantes, únicamente cabía intentar un cambio en la situación, renunciando a la lucha armada y explicando con máximo alcance posible la política del partido, así como el fracaso de las gestiones de paz de la Junta. La derrota resultaba inexorable y lo único que podía ser salvado del desastre era la imagen de un PCE que hasta

el último momento se sacrificaba por la República y el Frente Popular[98].