Queridos camaradas
Anexo
Nota sobre las Brigadas Internacionales y la Comintern
La historia de las Brigadas Internacionales constituye un capítulo específico de la historia de la guerra civil, no coincidente con la historia política de la Comintern en España que es nuestro objeto de estudio. Eso no excluye que tanto el nacimiento de las Brigadas como determinados hitos políticos de su historia y la propia decisión de retirada deban ser considerados como parte de la acción de la Internacional Comunista en España. Los informes periódicos de André Marty y de Franz Dahlem recuerdan el papel de control formal que corresponde al Secretariado de la Comintern.
En primer plano, la fundación de las Brigadas. La decisión de organizar el
envío de voluntarios a España se encuentra perfectamente documentada y desmiente las dos interpretaciones tópicas que hasta ahora han venido circulando. Una, la comunista oficial, que convierte a las Brigadas en el resultado de la solidaridad espontánea de unos «voluntarios de la libertad» que consiguieron ir llegando a España en los primeros meses de guerra
concentrándose en octubre de modo no menos espontáneo en Albacete[1]. Otra, la que por una u otra vía las presenta como un instrumento de la maquiavélica política de Stalin en relación a España, constituyendo «el
Ejército de la Comintern[2]». Esta interpretación acierta al identificar el sujeto que decide la entrada en juego de las Brigadas Internacionales, pero introduce una simplificación poco aceptable al no investigar las razones de tal decisión y reducir en consecuencia el tema a un subproducto de la estrategia de
dominación estaliniana[3].
El acuerdo de organizar el envío de voluntarios a España, adoptado el 18
de setiembre de 1936 por el Secretariado de la Comintern, constituía un punto de llegada lógico de la política soviética en relación con el objetivo de defender la República evitando al máximo la implicación de la URSS en el conflicto. Para nada fue el instrumento de la política de poder de Stalin, entre otras cosas porque en esa fase inicial de la guerra el dictador georgiano no tenía deseo alguno de ejercer poder en España. Las notas que el «ministro» soviético de Asuntos Exteriores redacta a principios de setiembre de 1936 sobre la cuestión española resultan inequívocas. Primero, la posible ayuda directa a España tropieza con el inconveniente técnico de la distancia geográfica, de suerte que las potencias fascistas podrían aprovechar la ocasión para multiplicar su asistencia abierta a Franco:
Hemos discutido en reiteradas ocasiones el problema de la ayuda al gobierno español después de su
partida, pero hemos llegado a la conclusión de que no era posible enviar nada desde aquí (…)
Nuestro apoyo proporcionaría a Alemania e Italia el pretexto para organizar una invasión abierta y
un abastecimiento de tal volumen que nos sería imposible igualarlo (…) No obstante, si se probara
que pese a la declaración de No Intervención se sigue prestando apoyo a los sublevados, entonces
podríamos cambiar nuestra decisión [4]…
Al mismo tiempo, las instrucciones dadas al embajador recomendaban
una estricta neutralidad política: «Usted no tiene que intervenir en los asuntos internos en ningún caso, ni influir en manera alguna en las combinaciones gubernamentales. Consideramos que es necesario que el gobierno siga teniendo el carácter de defensa nacional y esté encabezado por los republicanos, quienes deben ser la mayoría en el gobierno, pero esto compete
a los mismos partidos españoles[5]». Esta inhibición relativa encajaba con las esperanzas puestas durante el verano de 1936 en una incorporación de la URSS a un sistema de seguridad colectiva gracias a la moderación mostrada al suscribir la No Intervención. El encargado de negocios francés en España, Jean Payart, lo explicó retrospectivamente: «Es posible comprobar hasta qué punto la actitud de Moscú hacia el Pacto de No Intervención fue adaptándose a la curva de esperanzas y desilusiones que alternativamente le provocaba el
curso de las conversaciones relativas a la seguridad colectiva[6]». Las cuestiones ideológicas quedaron siempre en segundo plano y habría sido «la garantía oficial» ofrecida por Francia a la URSS, a fines de julio de 1936, de esforzarse al máximo por conseguir un nuevo pacto de Locarno lo que determinó la adhesión del 5 de agosto al acuerdo de no injerencia en los asuntos de España.
Sólo que este esquema requería para ser eficaz una evolución del conflicto
favorable a las fuerzas de la República. Tal era el pronóstico cuando Litvinov suscribe la No Intervención, pero la marcha de la guerra en las semanas sucesivas, con el apoyo militar de las potencias fascistas, desembocó en una situación de signo opuesto bien visible en la primera quincena de setiembre. La sublevación militar estaba lejos de ser aplastada y el ejército de África seguía su ruta hacia Madrid mientras en Irún quedaba cortada la comunicación del Norte republicano con Francia. La discusión del Presidium de la Comintern, los días 16 y 17 de setiembre de 1936, se hizo, según hemos expuesto ya, a la sombra de un balance de ineficacia en la asistencia a la República, y no de consideración alguna relativa a una política de poder en España. Los participantes en el debate subrayaron el papel decisivo de la lucha antifascista en España y la consiguiente exigencia de un modo u otro de apoyo militar. «En sus propias conclusiones, Dimitrov dio cabida ampliamente a tal petición. Reconoció que cuanto se había hecho hasta el momento por la causa republicana en España era insuficiente y propuso que
fueran adoptadas medidas más eficaces[7]».
La presencia espontánea de voluntarios extranjeros en el verano del 36
constituía ya una base para el acuerdo que toma el Secretariado el 18 de setiembre: «Es preciso reclutar voluntarios de todos los países con
experiencia militar para ir a España[8]». El requisito de la experiencia en asuntos de guerra remite a las consideraciones críticas que desde un primer momento registra la documentación de la Comintern sobre los defectos de organización y la falta de conocimientos militares de los combatientes republicanos.
El estudio de Rémi Skoutelsky sobre los voluntarios franceses en las
Brigadas Internacionales ofrece un cuadro de análisis más riguroso que las historias de terror al uso. La Internacional Comunista impulsó el reclutamiento de voluntarios a través de sus secciones y, en consecuencia, la mayoría de los interbrigadistas pertenecían al partido comunista o se encontraban próximos al mismo. El estalinismo estuvo, pues, presente en la vida de las Brigadas, pero ni éstas surgieron como instrumento político de Stalin ni sus hombres llegaron a España por efecto de un reclutamiento forzoso: «Las Brigadas Internacionales fueron verdadero ejército, con lo que eso supone de elementos de rigidez, y estuvieron constituidas por voluntarios. Sus cuadros, estalinianos, tuvieron que coexistir con miles de brigadistas que
no lo eran[9]». No era en consecuencia inexacto decir, como hace el representante de la Comintern, Franz Dahlem, que los cuadros comunistas tenían que desarrollar «una política concreta de frente popular en sus
unidades[10]». Una resolución del Secretariado de 14 de diciembre de 1936 señala los dos tipos de infiltraciones indeseables para las Brigadas: los agentes de la Gestapo entre el voluntariado alemán y, curiosamente, los anarquistas. Las Brigadas debían aparecer, no como salvadoras de España, sino como expresión de «la solidaridad de la democracia internacional para
ayudar al pueblo de España[11]».
En su informe-balance, una vez terminada la guerra, André Marty subrayó
esa composición pluralista, haciendo notar, posiblemente de modo sincero dada la estrategia de la URSS, que los comunistas eran mayoría dentro de las
Brigadas, pero que «hubiésemos preferido ser minoría[12]». Éste fue uno de los problemas principales en el funcionamiento de las Brigadas, al lado del peor conocido de las pésimas relaciones con el mando republicano para el cual eran al mismo tiempo «un cuerpo extraño» y carne de cañón en los
frentes más mortíferos[13]. La pronta tendencia a proponer la integración de los interbrigadistas en las unidades republicanas respondió a esta problemática, así como a la conveniencia de disimular su visibilidad como fuerza extranjera de cara al exterior.
La historia de las Brigadas Internacionales se mueve así sobre un doble
eje de coordenadas, en el que se cruzan las necesidades militares con las conveniencias de la política exterior de la URSS. La decisión adoptada en enero de 1937 de suspender el envío de voluntarios respondió a las
segundas[14]. Los informes militares que cuantifican el paso de voluntarios por la base de Albacete subraya en cambio la atención prestada a las necesidades de la guerra. De los 51 984 combatientes que realizan ese paso — no confundir con el total de voluntarios que llega a España—, los dos momentos máximos se registran en los cinco meses y medio que siguen a la entrada en juego de los primeros, 18 714 de octubre de 1936 a marzo de 1937, y en el período correspondiente que coincide con la ofensiva franquista de
Aragón, 19 [15] 472 voluntarios (noviembre de 1937 a abril de 1938). Cuando ya todo está perdido, a fines de enero de 1939, la política de resistencia a ultranza propugnada por Stalin se traduce en elucubraciones de Dimitrov sobre la posibilidad de enviar a la desesperada nuevos voluntarios a
España[16].
Pero el factor que orienta las grandes decisiones es la política exterior. En
función de la misma, según narramos en el lugar correspondiente, Dimitrov hace aceptar a los comunistas españoles la eliminación de las Brigadas, pronto suscrita por el presidente del gobierno Juan Negrín. Ante la subida de la tensión internacional que precede a la capitulación de Francia e Inglaterra en Múnich, Stalin prefiere liberarse del compromiso español, creando las condiciones para un acuerdo que se vería facilitado por la salida de todas las tropas extranjeras. Es así como el 28 de agosto de 1938 Dimitrov puede escribir una carta a Stalin y a Vorochilov anunciando la «liquidación»
próxima de las Brigadas Internacionales[17].