Raíz
¿Que por qué me volví hechicero?
Pasa.
Has observado con detenimiento, sé que te extraña todo esto.
¿Qué por qué me volví hechicero?
Para preguntarle a las ánimas, para que me consolaran los espíritus.
Quería traerla de nuevo a mi lado. Buscaba la fórmula, el hechizo adecuado. Los practiqué todos y hasta inventé otros cuantos.
Si miras un águila en el momento del amanecer, ella se llevará tu alma a donde le digas, será tu mensajera. Y sí me funcionó. Se llevó mi alma para buscarla a ella. Pero nunca me la trajo de regreso.
¿Ves todas esas flores secas colgando? Son para que nunca olvide mi recuerdo.
Metía la cabeza al río para que ella, cada vez que tomara agua, recordara mi sabor.
Corté una pluma del ave azul que vive en la montaña. Recogí seis hongos rayados, pero sólo de los que crecen en el río. Encontré las margaritas rosas (esas que nadie cree que existen). Todo lo mezclé y lo puse en un nido que todavía tuviera pichones. Después lo coloqué en la cueva que está detrás de la cascada y duré hincado cuatro horas frente a él.
Tampoco funcionó.
Decían que beber sangre de venado aliviaba el corazón. Pero a mí me sigue doliendo.
Me convertí en el brujo del pueblo, después en el brujo de la región.
Junté a cien enamorados, separé veintisiete matrimonios, hice mal de ojo al por mayor, se les cayó el pelo a cuatro y les salió barba a dos. Pero nunca encontré el hechizo para mi aflicción.
He subido hasta la punta de esta montaña; he gritado de noche, de día y de madrugada al viento para que me la traiga. Aventé piedras y subí árboles para atenuar mi rabia y mi desesperación.
Todos creían que era parte de mi ritual, aplaudían mis “danzas mágicas” y no sabían que era dolor lo que veían y llanto lo que escuchaban.
Qué hermosa mujer. Cómo la amé. Cómo me amó.
Morena y fuerte. De los poros de su piel brotaba la pasión. Su boca era fresca, sabía a naranja y su piel sabía a hierba, a pasto.
Creo que nunca fui más brujo que cuando la amaba. Podía hacer que saliera el sol entre la neblina, el cielo más negro se volvía estrellado, podía hacer que la noche fuera infinita mientras estaba en sus brazos.
¿Qué por qué me dejó?
Un día llegó un forastero, dijo que venía a investigar la montaña. Estudiaba las rocas, dijo que eran rocas que no se encontraban en ningún otro lugar.
Todos en el pueblo hablaban del forastero. No era viejo, aunque tuviera el pelo blanco. Tenía barba blanca, como la que yo tengo ahora. Pero lo que nunca podré olvidar será su mirada, una mirada bastante inusual, demasiado tranquila, demasiado armónica, demasiado profunda.
Su casa era muy extraña: sólo dos sillas, su cama y siete cajas de libros.
Yo lo conocí en una de mis salidas a la montaña, lo acompañé y le indiqué el camino.
No sé si mi juventud me hizo ver a aquel hombre como un maestro.
Después de ese día lo acompañé todas las veces. Me platicaba mucho. Me enseñó mucho. Aprendí tanto.
Así que la llevé a ella para que lo conociera; tenía que saber quién era el hombre al que yo admiraba tanto.
Una vez, al platicar, él se sorprendió de que no entendiéramos los libros.
Ella quiso aprender. Yo no.
Todas las tardes ella iba a que le leyera libros, le contara cuentos, le hablara de aventuras, le hablara de paisajes… le hablara de ilusiones.
Creo que él la hechizó. Metió sus historias en su cabeza, su voz en su cuerpo, sus ojos en su piel.
Ella se durmió en la orilla del río de sus palabras y no se dio cuenta cuando la corriente la arrastró.
Y un día él desapareció. Ella también desapareció.
Eso fue todo lo que supe.
Simplemente un día ya no la encontré.
Cómo la busqué. Cómo la lloré. Cómo la maldije y cómo la imploré.
Una mañana cerré mi puerta para dejar el pueblo y subir a la montaña.
Por eso vivo aquí.
Me gusta vivir solo, entre maderas y con olor a carbón. Me gustan las guaridas obscuras, creo que porque asustan a la gente.
La vida de hechicero sabe bien. Te vuelven sabio, te vuelven profeta. Y aunque uno mismo no lo crea de repente ya lo eres.
La gente te da poder. Empiezas a adivinar lo que piensan, sus mentes te lo permiten, ellas son las que te dejan entrar.
Debes de crear la atmósfera adecuada, un olor suave, un sonido tranquilo, una voz estimulante. De pronto sientes lo que sienten, piensas lo que piensan.
Entonces los puedes influir; ha comenzado el hechizo.
No sólo oyes con los oídos, oyes con los ojos y también con el corazón. No sólo escuchas palabras, también escuchas sentimientos.
Todo eso ya pasó. Ahora soy viejo, pero todavía sigo pensando en ti.
Debí haber creído en el destino, creer que al final él te iba a traer a mí.
Pero ni con toda mi magia puedo adivinar por qué regresaste. Sé que mis hechizos no han sido los causantes.
¿Ha sido la montaña?, ¿han sido tus recuerdos?, ¿he sido yo?
Recuerda que soy hechicero, ahora sé leer tus pensamientos.
Lo sé, sé que te confundiste.
Lo sé, sé que te equivocaste.
Creíste que el mar era el cielo, que la noche la mañana, que las historias amor.
¿Y esa mirada?
Ahora sé por qué viniste.
¿Quién te dijo que me estoy muriendo?
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