Raíz

Marian Ortiz · Capítulo 4 de 10

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Raíz

Pero existieron

 

Ahora los Mashas ya no existen. Pero existieron.

Después de la muerte de Tika todos se dispersaron y se escondieron en los montes y las sierras.

Por eso la leyenda dice que los Mashas son gente que se esconde, que es muy raro verlos, que nunca salen. Pero esos no son los Mashas, es sólo lo que quedó de ellos.

La noche en que se acabaron los Mashas, la aldea tuvo un día normal; pero cuando aún estaba encendida la tarde apareció la primera señal: por todos lados había lagartijas. La gente se asustó, pues sabían que las lagartijas anunciaban que esa noche habría estrellas fugaces.

Las mujeres tomaron a los niños y entraron a sus casas. Los hombres bajaron hasta el fondo del barranco hasta llegar al huerto de manzanas. Buscaron entre los árboles hasta que la encontraron. Ahí estaba Tika, la jefa de los Mashas, con su vara en la mano y recargada en el tronco de un manzano, como era su costumbre. Tika era una mujer madura, con algunas arrugas pero sin ninguna cana. Su piel era morena, como de barro cocido. Daba la impresión de que siempre estaba pensando, como si analizara cada momento.

Escuchó a los hombres; no les dijo nada. Sólo los miró con firmeza, con profundidad, con esos ojos tranquilizantes que sólo ella tenía. Comenzó a subir el barranco en dirección a la aldea y todos los hombres subieron tras de ella. A pesar de su edad, Tika subió bastante rápido, sin tropezar, sólo apoyada en su vara, la vara que le daba el poder entre los Mashas.

Tika había heredado esa vara de su antecesora. Para merecerla no se tiene que hacer nada, ni ser el más fuerte, ni el más viejo, ni el mejor guerrero. Obtener la vara dependía de ser considerado el más apto y hábil para dirigir al pueblo. Antes de morir, el jefe hereda la vara a un nuevo portador y, en ese momento, los Mashas tienen un nuevo guía. No hay ceremonias ni celebraciones. Es la vara lo que le confiere respeto al portador.

Cuando Tika y los hombres llegaron a la aldea, las mujeres salieron de sus casas con sus hijos y los rodearon. Tika les habló:

–Las lagartijas nos han avisado que hoy será noche de estrellas fugaces. Todos sabemos que el pájaro Olimá no duerme en estas noches tan especiales y es cuando tanto daño nos hace. Pero esta vez nos vamos a proteger. Llamaremos a nuestros rebaños y nos ocultaremos todos juntos en la caverna para que el Olimá no pueda encontrarnos.

Rápidamente los hombres sacaron sus cuernos para llamar a los venados. Sonaron y sonaron pero, esta vez, los venados no hicieron caso del llamado del cuerno. Los Mashas se preocuparon al pensar que perderían a sus únicos rebaños; ellos no criaban ni vacas, ni cabras, ni ovejas, sólo venados. Decían que el caldo de venado produce buen efecto en el alma, también en el cuerpo.

El tiempo de entrar a la caverna había llegado, sólo quedaban los últimos rayos de sol, pero los Mashas querían seguir esperando a sus venados. Sabían que si pasaban esa noche afuera nunca los encontrarían. Tika les prometió que si entraban a la caverna ella iría a buscar a los venados. Todos sabían lo peligroso que era dejar la aldea por las noches, los vientos se enfurecían y formaban remolinos. Los Mashas decían que cuando alguien enloquece es porque lo cogió un remolino en el campo que le revolvió el pensamiento. Además, esta noche el Olimá estaría despierto y ni siquiera Tika puede vencer su mirada. Aunque el Olimá es un pájaro pequeño, te atrae con la mirada, te envuelve. Tiene más fuerza de atracción que la mirada de las víboras. Cuando vuela y logra ponerse frente a ti, ya no hay nada que hacer, comienza un trance del que sólo despiertas cuando ya ha sacudido sus alas y esparcido un veneno que te quema la piel y te deja ciego.

Los Mashas decidieron pedir a Tika que no se fuera, que se quedara con ellos. Ella sabía lo importante que eran los venados para el alimento corporal y espiritual de su pueblo, así que, a pesar de todo, fue a buscarlos. Antes me designó a mí como el nuevo portador de la vara, me encargó que cuidara de su pueblo mientras ella regresaba y, al volver, me entregaría la vara. ¿A mí? ¿A mí? ¿Yo era hábil para dirigir un pueblo? ¿Yo podría buscar nuevos rumbos en caso de ser necesario? ¿Podría vivir sólo en el huerto de manzanas?, ¿sería tan valiente como para enfrentar a los vientos? ¿Podría defender a las Mashas del Olimá?

Me fui al final de la caverna, quería estar solo, necesitaba asimilar lo que acababa de suceder, quería asegurarme de que había sucedido. Comencé a pensar en que yo sería el primer hombre en dirigir a los Mashas después de ocho mujeres; ya no quedaba nadie en el pueblo que hubiera conocido al último jefe hombre. Todas las historias que escuché cuando era niño sobre nuestros guías, eran de mujeres, de grandes mujeres. Y ahora me tocaba a mí. ¿No sería esta la primera vez que Tika se equivocaba? Aún estaba pensando en esto cuando observé, al final de la caverna, que la estrella de la mañana ya estaba en el cielo, no tardaría en amanecer. De pronto, apareció Tika en la entrada de la caverna. Nos acercamos. Tenía la cara quemada, los ojos enrojecidos, la mirada perdida.

–Es tiempo de morir –nos dijo–. Es mi tiempo. Ahora debo convertirme en alimento de los aires. Tuve que luchar con los vientos que, con sus remolinos, intentaban que perdiera la razón. Encontré a los venados, pero sólo los vi por instantes. Aparecían y desaparecían; se escondían de mí. Estaba tratando de entender por qué me huían cuando escuché un ruido, un ruido pequeño, muy pequeño, muy extraño. Entonces me di cuenta de que no era de mí de quien huían. El Olimá me vio a los ojos. No traigo la vara; no la busquen; está rota. No habrá nuevo portador.

Era verdad, no traía la vara. No la traía. Me quedé aturdido. Cuando me di cuenta ya llevaban a Tika a una de las casas. Comenzaba a clarear apenas cuando la pusieron en un catre. Los primeros rayos de sol entraban al cuarto por una pequeña ventana.

–Ya vienen por mí –dijo.

Después de la muerte de Tika todos se dispersaron; ya no había vara, ya no había guía, ya no había venados.

Yo vi el fin de los Mashas.

Ahora ya no existen. Pero existieron.

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