Rebel rising

Beth Revis · Capítulo 23 de 53

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Rebel rising

Capítulo Veintiuno

Reece organizó todo con su contacto de Coruscant. Su coartada sería que eran un equipo de reemplazo para la filmación de un holo de propaganda para el Imperio. Debían moverse rápido, pero su contacto confiaba en que la estrategia funcionaría.

Jyn le mostró a Reece su trabajo para que lo aprobara.

—Están muy bien —dijo—. Ya nos están esperando; mi contacto ingresó nuestros nombres en el reporte de trabajo, así que no se fijarán mucho. Pero, aunque lo hicieran, pasarían la inspección.

Jyn no pudo evitar que se le llenara el pecho de orgullo.

Al día siguiente, Codo regresó con una hueste de droides cámara programados para subir información directamente al campamento de Idryssa en lugar de al servidor imperial. Revisaron el plan una y otra vez, desde la coartada hasta las distintas posibilidades de escape de emergencia.

—Esta es la única área que debemos evitar en Tamsye Prime —dijo Saw usando el holo del planeta para mostrarles el paisaje. Señaló un campo de pruebas de municiones—. En esta área en particular experimentan con artillería pesada. No sabemos qué hay ahí, pero lo mejor es no enterarse.

Jyn memorizó los caminos. El puerto espacial no estaba lejos del campo de pruebas: si los acorralaban ahí sería más fácil correr hacia la nave que adentrarse en la zona.

—¿Estamos listos? —preguntó Saw dirigiéndose a los tres miembros de su equipo.

Todos asintieron, tan preparados como les era posible.

—Vámonos —dijo a secas.

 

Jyn tenía listos los códigos de acceso para cuando salieron del hiperespacio cerca de Tamsye Prime y el Destructor Estelar que orbitaba alrededor. Autorizaron el aterrizaje en segundos, y Reece condujo su pequeño crucero hacia el puerto de acoplamiento.

Jyn sentía un nudo en el estómago, aunque no sabía por qué. Esta era por mucho la misión más fácil en la que había participado, y le daba más esperanzas de las que quería admitir. Entendió por qué Idryssa quería ser parte de un grupo más grande contra el Imperio. A veces las misiones de Saw no se sentían como una lucha contra el Imperio, sino como una lucha y punto. Pero en esta tenían la oportunidad de hacer una diferencia tangible y real, no solo para la gente de Tamsye Prime, sino para la galaxia entera.

Reece se levantó y se dirigió a la plancha en cuanto acopló la nave. Saw y Jyn se quedaron detrás, iniciando los droides cámara y dirigiéndolos al exterior. Reece actuaba como director, Jyn y Saw eran sus asistentes. Codo era el piloto, él se quedaría en la nave.

Un par de stormtroopers los esperaba al salir de la nave.

—Su identificación —dijo el primero en tono autoritario.

—Claro, por supuesto —dijo Reece. Presentó todos los documentos oficiales que había hecho Jyn, quien tuvo que calmarse para que el corazón no se le saliera del pecho. El stormtrooper le devolvió los scandocs en cuanto les echó una ojeada. Jyn sonrió al ver el nombre falso que se había dado, Kestrel Dawn.

—Los estábamos esperando. Pasen por aquí. —Ambos stormtroopers voltearon sobre sus talones y los condujeron hacia la salida a través del puerto espacial.

Jyn se tomó un momento para observar las naves acopladas mientras pasaban. Tres eran evidentemente imperiales; el crucero más grande seguro le pertenecía al Teniente Coronel Senjax, y los otros dos parecían ser transportes de tropas o algo así. Había una pequeña flotilla de naves marcadas con el logotipo de la fábrica y algunas naves de menor envergadura, privadas quizás, aunque Jyn lo dudó.

En cuanto vieron el exterior, Jyn supo por qué usaban el planeta para instalar fábricas. No parecía servir para nada más. La superficie era inclemente, el viento silbaba al colarse por entre las duras rocas pulidas. Le recordó a una versión más sombría de Alpinn, un planeta que visitó de niña. Alpinn estaba lleno de unos centelleantes cristales níveos que formaban cuevas y otras estructuras geológicas. La superficie rocosa de Tamsye Prime era una mezcla de unas piedras café claro que se desmoronaban en polvo fino y unas brillantes rocas negras ígneas que se elevaban en espiral como si brotara agua congelada, o se enroscaban como olas. Jyn no podía ni imaginarse qué tipo de taladros se habrían usado para romper aquella superficie negra y poder construir así el puerto y las fábricas.

El Teniente Coronel Senjax los esperaba afuera del edificio principal.

—¡Muy bien! Ya podemos comenzar —dijo con una sonrisa complacida en el rostro.

Jyn parpadeó sorprendida. Ya lo había visto antes en la HoloNet, presentándole al público las novedades de las iniciativas que tomaba el Imperio para beneficio de la gente de la galaxia y la paz interplanetaria. Pero verlo en persona era impresionante: era alto, rubio y de tez blanca, con ojos azules cual témpanos y un rostro cincelado e inmaculado. Sus dientes blancos se alineaban en filas pulcras como soldados cada vez que les ofrecía una sonrisa. Era tan perfecto que Jyn se sintió como lombriz a su lado.

También era mucho más humano de lo que esperaba. Él era el rostro del Imperio, pero ella se sintió inexplicablemente atraída hacia él, como si pudiera confiarle lo que fuera. Cuando Jyn pensaba en el Imperio, veía siempre a un monstruo de casco negro asesinando a su madre. El Teniente Coronel Senjax era todo menos eso.

Jyn se sintió aliviada de no tener nada que hacer en esta misión más que subordinarse a Reece; no se sentía con la confianza necesaria para hablar.

El teniente coronel se tomó el tiempo para presentarse con todo el grupo de prensa, desde los actores contratados, que seguramente ya lo conocían, hasta Jyn y Saw. Cuando por poco saluda a los droides cámara, volteó hacia Jyn riendo.

—Se siente grosero no hablarle a los droides de protocolo o a los que parecen humanos y pueden contestar. Pero ¡supongo que a los droides cámara no les importa!

—N-n-no, señor… —tartamudeó Jyn.

—Bueno, ¡manos a la obra! —dijo el teniente coronel alegremente, volteando hacia la fábrica—. Mostrémosle a la gente de la galaxia cuán maravilloso puede ser el Imperio.

Mientras seguía al grupo hacia el interior de la enorme fábrica, Jyn cayó en cuenta de que el Teniente Coronel Senjax no había dicho que el Imperio fuera maravilloso, sino que tenía el potencial de serlo.