Reina
Es la batalla que libramos…
Es la batalla que libramos lo que determina en qué tipo de enemigo nos convertiremos. Y nadie debe olvidar que, en cualquier guerra, uno lucha también contra sí mismo.
A principios de marzo del año 2020, ocurrió algo que nadie, más allá de ciertos expertos en la materia o unos cuantos ávidos lectores de novelas distópicas postapocalípticas, pensó realmente que pudiera llegar a suceder. Un virus mortífero y en extremo contagioso, que se extendió por casi todo el planeta, provocó inevitablemente que se decretara la cuarentena para un gran número de sus habitantes, incluyendo en dicha medida a toda la población española. La realidad consiguió de nuevo superar la ficción y casi toda la sociedad civil —exceptuando aquellos servicios mínimos como farmacias, supermercados u hospitales— tuvo que abandonar toda actividad y recluirse en sus hogares por un tiempo indeterminado. Kassandra, que había llegado de Colombia a mediados de aquel determinante mes de febrero, no tuvo apenas tiempo para disfrutar de la sensación de melancólico goce que invade a su llegada a aquel que vuelve, tras un largo tiempo lejos, al lugar al que perteneció. Apenas pudo compartir unas pocas salidas con su madre, reencontrarse con algunas amigas, contactar con Maisha, a la que prometió llamar en cuanto regresara para mudarse a la casa en la que se habían conocido —que Maisha había alquilado en cuanto tuvo la oportunidad, como si, arriesgándose a rehacer allí su vida, desafiara a la vida misma y le restara al tiempo el tiempo que allí le robaron— y donde, en cuanto hubieron trasladado las pertenencias de Kassandra, irónico el destino, quedaron de nuevo encerradas durante meses.
Así pues, la vida tal y como la conocían se detuvo y Kassandra empleó su tiempo de confinamiento en acomodarse y ordenar sus pertenencias —su ropa, su escritorio, sus trofeos de artes marciales conseguidos en Colombia, que expuso en una vitrina al lado de las sucesivas ediciones de la novela que había escrito junto a Marcela y que tan precipitado e inesperado éxito había cosechado en España tras su publicación, los recuerdos que Katia guardaba en la pequeña maleta bajo su cama, que consideraban, tanto Maisha como ella, otro simbólico trofeo, como si hubieran ganado o conseguido el premio de su libertad gracias o por la chica de aquellas fotografías.
Durante aquel año y medio en el que Kassandra y Bilma se habían ausentado para ir a estudiar tres cuatrimestres de su carrera en Bogotá, las cosas habían acontecido del siguiente modo: Ana, la madre de Kassandra, había dejado el pisito de las afueras para instalarse con su tía Gladis y sus dos sobrinas pequeñas, con las que ahora vivía; Aleksandra y Maisha buscaron ayuda en un centro para mujeres sobrevivientes de esclavitud sexual en Marbella (Málaga), donde Maisha pasó seis meses mejorando su español hasta que decidió volver a Alicante para trabajar, gracias a los contactos de una de las rescatadoras, como profesora de refuerzo de matemáticas en una academia para niños. Aleksandra terminó por establecerse en Marbella junto a dos buenas amigas a las que había conocido en el centro donde colaboraba como rescatadora aprendiz a la vez que, los fines de semana, trabajaba como camarera. Ambas, Maisha y Aleksandra, mantenían un flujo de contacto constante, no solo por la gran amistad que había nacido entre ellas, sino también por la ventaja que significaba que Aleksandra se dedicara a la tarea de ayuda a las víctimas, ya que aquello le permitía estar al día de la situación de las organizaciones mafiosas, sus lugares de asentamiento y los cambios y novedades que pudieran darse respecto a su funcionamiento. El temor que generaba la posibilidad de la reaparición del Rey de Corazones o sus hombres, que continuaban operando en España, aunque ocultando más que nunca su actividad, inundaba sus cuerpos a cada nueva información, y su desaparición desde las redadas que siguieron a las denuncias no hacía más que acrecentar sus nervios, como si el silencio escondiera dentro de sí un reloj programado en cuenta atrás que en cualquier momento pudiera reaparecer o enviar a alguien para vengarse. Por suerte, la policía había brindado a las chicas una protección que agradecieron, y ni él ni sus hombres habían dado señales ni de vida ni de guerra durante aquel periodo.
Kassandra no había vuelto a ver a Ramsés. Tras su llegada, decidió acudir algunos días, durante dos semanas, a la cafetería en la que sabía que antaño desayunaba, con la única y sincera intención de regalarle un ejemplar de la novela, sin éxito. Una semana antes de que se decretara el estado de alarma en el país, Kassandra decidió dejar el libro al camarero más joven, con la esperanza de que pudiera hacérselo llegar y, para su sorpresa, obtuvo rápidamente la respuesta afirmativa del chico, que aseguró que conocía a Ramsés y que seguía yendo allí a desayunar con algún amigo muy a menudo, pero que, con la apertura de un nuevo gimnasio no recordaba dónde —el otro se había cerrado por reformas, información que Kassandra ya conocía, pues había pasado primero por allí—, parecía no haber tenido tiempo últimamente. El camarero añadió que tanto a Ramsés como a su primo Toni les iba muy bien y que no entendía por qué no concertaba una cita con ella para recoger su libro él mismo, aludiendo a lo que el pobre idiota se perdía por no querer ver a semejante mujer. Tras aquella zalamería innecesaria y babosa, Kassandra había dejado el libro al recaudo de su adulador y decidió no aparecer más por allí.
La universidad también quedó en suspensión y el último cuatrimestre del curso las clases se desarrollaron on-line, cosa que Kassandra agradeció en cierto modo, ya que aquello le ofrecía una estupenda excusa para no encontrarse de nuevo con Pablo de Lamo y sus estúpidos amigos. Confiaba en que la escasez de conocidos en común fuera de las clases y su propia ausencia en las redes sociales serían suficientes para no tener que volver a verlo en mucho tiempo. Ciertamente, siempre había sido poco propensa a desarrollar su presencia en internet y, tras todo lo ocurrido, decidió evitarla de forma activa censurando fotografías o comentarios donde aparecieran ella o su nombre. Lo consiguió explicando a sus allegados que tanto la otra autora como ella misma habían tenido que escribir la novela con pseudónimos ya que, durante el proceso de documentación, habían desentrañado el funcionamiento de los clanes de algunas de las mafias operantes en el país, por lo que, por motivos de seguridad, tenían que preservar su anonimato a toda costa. Aquello convirtió la protección de su persona en algo serio —en efecto, lo era, pese a que las razones reales fueran otras—, y sus más íntimos tomaron la determinación de no subir ninguna fotografía en la que se la pudiera identificar y de defender, lo mejor posible, su anonimato en la red.
Su éxito como escritora le proporcionó unos ingresos que significaron un desahogo económico tanto para ella como para su madre, a la que pudo ayudar a devolver los préstamos que había tenido que pedir para liquidar las deudas de su padre.
¿Había la vida permitido de una vez que Kassandra pudiera centrarse en existir como una chica normal? ¿Había el destino decidido que la dejaría vivir en paz? De ningún modo, pues, ¿cuándo es el mejor momento para sorprender a un enemigo en la guerra o a un contrincante en el ajedrez? Exactamente el instante en el que el enemigo cree que la tregua se tornará definitiva y que todo está en calma; exactamente el instante en el que el otro jugador cree que todas sus piezas se encuentran aseguradas. Ese es el mejor momento para matar: cuando el otro piensa que es más complicado que nunca morir.