Reina
El Tablero
Alicante (España), año 2020
—Bilma, si no aprietas el icono de la cámara que hay abajo, en el centro, no te voy a ver.
—No puede ser, ¡le estoy dando! En serio, te juro que le estoy dando a la camarita de los cojones, ¿por qué coño no me ves y yo a ti sí? Espera… — Bilma intentó resolver el contratiempo por vía externa al programa de videollamadas y, al fin, consiguió que su cámara funcionara. En tiempos de confinamiento, las llamadas a través de internet se habían convertido prácticamente en la única vía posible de contacto. Kassandra pudo entonces ver a su amiga, ataviada con un pijama rojo de algodón y un moño despeinado, a través de la pantalla de su ordenador—. ¡Lo ves! —exclamó Bilma—. ¡Te dije que no era el botón! Mi cámara estaba desconectada.
—Claro, porque no le habías dado al botón —replicó Kassandra.
—Pero al botón de la configuración general de la cámara, no al botón de la cámara en Skype —discutió Bilma.
—Pero no le habías dado al botón para encender la cámara, Bil. No le habías dado.
—Mira, me da igual —refunfuñó—, vamos a lo importante. Hay que hablar de algo.
—Lo sé —afirmó Kassandra. Hacía ya varios días que sospechaba que su amiga estaba preocupada y creía que el motivo de las preocupaciones que la aquejaban tenía que ver con ella.
—Porque no solo te he llamado para comentar el trabajo de Penología — continuó—, aunque deberíamos hablar de ello luego, ¿qué clase de trabajo es ese?, ¿estamos en Determinación de penas o en Matemática avanzada? Esa mujer está obsesionada con los cálculos penales; que si el límite máximo de la pena superior en grado parte del límite superior de la mitad de su cuantía; que si el límite máximo de la inferior es el límite mínimo de la mitad menos un día, no entiendo una mierda. Por esto soy restaurativa y no punitiva. Dios, odio Penología. Es como Cálculo para tus amigas de Matemáticas. Todas odian Cálculo, ¿por qué? Pues porque hay asignaturas que no deberían existir, K, no deberían. Son un atentado contra la integridad neuronal, pero ahí sigue Penología, ahí sigue…, me parece indig…
—Dispara —la animó a hablar. Sabía que su amiga estaba evitando el tema trasladando la conversación hacia otro.
Bilma sopló. Kassandra pudo ver que su amiga se quedaba unos instantes mirando hacia un lado de su habitación muy seria, con semblante intranquilo, pero se resolvió a hablar tras unos segundos de silencio.
—Verás…, desde que llegamos, llevo semanas pensando en esto. Sabes que, en mi opinión, la tregua no es algo definitivo. Sé que tarde o temprano, aun protegidas, si saben que estamos aquí, vendrán a por nosotras. No descansará hasta encontrarte y, con encontrarte, me refiero a tenerte enfrente —Bilma hablaba solemnemente y con la seriedad que el tema requería. Se advertía en su tono un afán por convencer a su amiga de sus razones y de algo más, que todavía no había sido expuesto, pero que estaba dispuesta a manifestarle y, sin vacilar ni dejar que su amiga replicara, como si tuviera ensayado su discurso, así lo hizo.
Kassandra escuchó en silencio.
—Como te digo, he estado pensando mucho. Un tema como este no puede no preocuparme. Yo no soy capaz, como tú, de hacer como que olvido e intentar obviar los peligros evidentes, me es imposible. Ojalá pudiera. Creo que me iría mejor —advirtió—, pero no puedo.
»Hemos estado mucho tiempo fuera. Casi dos años. Si te soy sincera, no creo que la protección que la policía ha brindado a quienes se han quedado aquí haya sido el motivo por el cual él no ha aparecido. A él no le interesa acabar con Maisha o Aleksandra, al menos por ahora. Ni siquiera con tu madre. Le interesas tú. Creo que es una especie de obsesión enfermiza. Lo que hizo en… —Bilma vaciló antes de pronunciar el nombre de aquel lugar, porque implicaba recordar también a su amiga aquel suceso— Marruecos lo demuestra. No estaba dispuesto a acabar contigo rápidamente, sino a terminar con tu parte más humana. Por lo que pude desentrañar de sus palabras, quería llevarte a su mundo para que lo gobernaras con él, tal y como dijo, como si de un capricho frankensteiniano se tratara. Te puso a prueba en el club. Quería saber cuáles eran tus puntos fuertes y dónde residían tus debilidades para poder aprovecharse de ello y destruir todo atisbo de luz en ti. Quería tallarte a su imagen y semejanza, volverte oscura, de hielo como él, porque, al fin y al cabo… —Bilma volvió al silencio. Cerró solemnemente los ojos unos segundos y respiró hondo, como preparándose para recitar un poema triste—, eres su hija.
En efecto, el análisis de Bilma distaba mucho de ser erróneo o superfluo. Estaba en lo cierto cuando argüía que el objetivo primordial de Nikola Tareov, en un principio, era instruirla, curtirla en la violencia a través de su exposición directa y del sufrimiento en propia piel, pero aquello salió mal y el hielo en el que quiso tallar su más bella obra e imprimir sus macabras aspiraciones, como un sello dinástico en la espada de un rey tirano, se transformó en un fuego naciente, decidido a extenderse y a arrasar todo a su paso. Nikola Tareov detectó en su hija la voluntad de poder y la fuerza brutal que todos aquellos que lo habían conocido identificaban como sus rasgos más definitorios. Pudo comprobar que ella había heredado aquellas cualidades; unos atributos que a él le habían servido para convertirse en una despiadada aberración; el hombre transformado en mito de la crueldad, pero, llevado por su megalomanía y su orgullo, rasgos que también definían su carácter, no pudo siquiera imaginar que sería precisamente aquello que más identificaba en esa cría como producto de su legado personal lo que la transformaría en alguien que sería letal para su imperio. La espada que aquel rey mandó forjar, con su sello propio en la empuñadura, se había convertido en una adolescente, ya casi mujer, exacta a él, pero diametralmente opuesta en las ambiciones que ocupaban su corazón. Una flamígera futura reina engendrada por un gélido rey. El arma perfecta para destruirlo.
—Al negarte a unirte a él —continuó Bilma—, a ser como él, a formar parte de su mundo, intentará destrozar el tuyo. Estoy casi segura de ello y por eso pienso que, en cuanto la cuarentena termine y lo informen de tu vuelta, actuará. Te quiere a ti y hará todo lo posible para terminar doblegándote ante él y su organización, porque lo que atrae a esos psicópatas no es la muerte, es el miedo. Los monstruos se alimentan del miedo, se crean y crecen gracias a él. Es gracias al miedo que ellos existen y es gracias al miedo que se convierten en monstruos cada vez peores, porque si algo define la categoría de un monstruo es su capacidad para conseguir que otros lo teman, ¿no es así? —preguntó retórica y, al ver que su amiga no contestaba por la atención que prestaba a sus argumentaciones, prosiguió con su discurso—. Cuanto más miedo es capaz de generar un monstruo, más grande y terrible se hace. Los monstruos y los miedos se alimentan los unos de los otros, pues tenemos que enfrentarnos a los primeros para poder luchar contra los segundos, y es muy difícil mirar al miedo a los ojos, K, muy difícil, pero tengo una amiga que dice que el miedo es como el dolor y que hay que sentirlo para acabar con él, y hasta que no escuchas a mi amiga no entiendes que es cierto: hay que sentir el miedo para aprender a vencerlo. —Kassandra esbozó una leve sonrisa, pues sabía que hablaba de ella—. Ellos, estos psicópatas, atemorizan hasta someter. Esa es su estrategia y ya conocemos sus tácticas, prácticamente infalibles. Por eso son tan poderosos, porque son precisos cuando infunden su horror y así expanden impasibles su poder. Pero quizás haya esperanza. Una esperanza. Un rayo de luz capaz de colarse en la diminuta grieta abierta en la oscuridad. Y yo solo conozco en este mundo a una persona capaz de usar su propio miedo a los monstruos contra ellos.
Así, Bilma aconsejó a Kassandra que se enfrentara a los Hombres de Hielo, pero no de cualquier forma.
—Yo aprovecharía este momento de seguridad inquebrantable —añadió —. Tienes una oportunidad única para pensar en un plan de ataque y así tenerlo todo listo para cuando la época de confinamiento termine.
—¿Te refieres a que intente averiguar su paradero y vaya en su búsqueda? ¿Es eso lo que intentas decirme?
Bilma agradeció al azar de la genética, como ya había hecho multitud de veces, la connatural falta de tacto de su amiga que permitía hablar con ella sobre temas que no eran fáciles de tratar. Decidió aprovechar esta aptitud de Kassandra para exponerle sus sugerencias con la misma claridad.
—Sí. Exactamente eso, pero no directamente.
—Bilma, estoy intentando ser feliz, o al menos normal. Estoy centrándome en escribir y estudiar para labrarme un futuro. Por una vez en mi vida he tenido suerte en algo. Mis aficiones y mi trabajo me gustan y me proporcionan la ocupación necesaria para olvidarme, no te niego que solo a ratos, de todo lo que sucedió no hace tanto. Tengo derecho a olvidar, o al menos a intentarlo, ¡y tú también! Tenemos que tratar de vencer lo que ocurrió, igual que intentamos vencer a esos hijos de la mierda. Ellos no pudieron matarme y tampoco lo logrará su recuerdo.
—El problema es que no son un recuerdo —dijo Bilma—. Están ahí, esperando a reunir sus piezas para comenzar la verdadera partida, ya me entiendes.
—No han dado señal alguna —replicó Kassandra.
—Porque no sabían dónde estabas.
—¿Y cuál es el plan que propones, Bil? —preguntó inquisitiva—. Porque habrás pensado en un plan, tú, que les das mil vueltas a las cosas. Estoy segura de que has imaginado algo.
Bilma torció el gesto insegura sobre lo que iba a decir. Un reflejo de angustia, no solo emocional, sino casi estomacal, por la intensidad con la que se apoderó de ella, se reflejó en su cara a través de una mueca, pero tragó saliva e inmediatamente volvió a hablar.
—Yo… —pensó y calló mirando hacia abajo, al teclado de su ordenador — cortaría sus suministros —acertó por fin a decir—. Ya que no sabes dónde está y no puedes ir a por él de forma directa, me decantaría por una guerra fría. Sabes de lo que hablo mejor que yo, ya que has leído muchísimo sobre esto y prácticamente todo lo que sé me lo has enseñado tú.
Era cierto. Kassandra era una ávida lectora de tratados filosóficos de temática bélica y sentía una clara predilección por autores y ensayos que reflexionaban y disertaban sobre el uso del poder y el manejo del conflicto. Libros de Cicerón, Maquiavelo, Weber o Sun Tzu habían poblado las estanterías de su habitación desde bien pronto, ya en la adolescencia. Gracias a su de sobra conocido fanatismo por la cultura de la guerra, había instruido a muchas de sus amistades sobre lo interesante que resultaba la aplicación de las estrategias y tácticas de la batalla en la vida cotidiana y en las relaciones interpersonales y, tanto mental como físicamente (su reciente afición a las artes marciales era prueba de ello), siempre se había sentido extrañamente fascinada por estos temas. En una ocasión, mientras tomaban unas cervezas, su amiga Marta había confesado sentirse víctima de mobbing en su trabajo, porque varias compañeras habían acordado tácitamente acosarla, habían creado un grupo del que la excluyeron, criticaban su trabajo y a ella ante sus superiores, la usaban como chivo expiatorio y le hacían el vacío. Kassandra, que vivía a unas pocas calles del bar donde todas las amigas estaban reunidas, se levantó de la silla y se ausentó unos minutos. Las chicas se preguntaron curiosas dónde había ido K sin mediar palabra alguna, hasta que, tras un largo cuarto de hora, la vieron acercarse contoneando las caderas con sus característicos andares. Cruzó la plaza y las terrazas atestadas de gente, con un librito en la mano. Se trataba del ensayo de Plutarco Cómo sacar provecho de los enemigos, que tendió a Marta para que lo tomara. «¿Qué es esto, K?», preguntó la amiga. «Tu mejor arma contra esas arpías», contestó Kassandra, la ceja levantada en un gesto avieso. Aquello hizo estallar al grupo al completo, incluida ella misma, en sonoras carcajadas, pues todas conocían la especial personalidad de su amiga, que impregnaba todo gesto que dedicaba a los demás y todo cuanto hacía.
—Por eso sé que puedo plantearte esto ahora, porque lo harías bien. Eres lista y estratégica por naturaleza y más concienzuda que impulsiva. Podrías cortarles las vías de suministro y mantenerte a salvo mientras esperas su declive. Cuando se vean acorralados, vendrán, vendrá —matizó— a por ti y nosotras estaremos preparadas y dispuestas a todo. A lo que haga falta. — Bilma miraba fijamente a Kassandra a través de la pantalla de la conversación on-line, como añadiendo solemnidad a lo que apuntaba—. Ya lo sabes. Dispuestas a hacer cualquier cosa.
—¿Qué vías, Bil? —solicitó Kassandra la concreción de su amiga—. ¿A qué vías te refieres? No puedo evitar que sigan comprando mujeres —se encogió de hombros y negó con la cabeza, visiblemente frustrada—. No sé cómo hacerlo.
—No me refiero a mujeres —continuó Bilma—. Ahora mismo, todos esos lugares están faltos de «clientes». La gran mayoría de los hombres que visitan esos clubs están ahora en sus casas, por decreto. Esto va a provocar una pérdida económica grande a estas organizaciones y los Hombres de Hielo no son una excepción. Tal y como Aleksandra nos ha comentado, las chicas que tienen secuestradas están recluidas en esos antros y acumulando deuda diaria por continuar retenidas a la espera de que la ciudadanía vuelva a la normalidad. Para ellas, su vida ahora es el confinamiento, y encima pagan por su reclusión, por lo que tendrán que «trabajar» el doble para intentar disminuir la imaginaria suma que deben; y, por supuesto, estos desalmados, en cuanto esto termine, serán todavía más astutos y más macabros en su explotación. Las exprimirán más, las drogarán más y pedirán que droguen más a sus «clientes» para conseguir más servicios. Serán mucho más violentos, porque intentarán recuperar el dinero perdido que saben que les pertenece. Pero ¿qué ocurriría si, tras la cuarentena y todas las pérdidas, comienza a fallar también la llegada de droga? La cocaína es imprescindible en su entramado, tanto para mantener activas a las chicas esclavizadas como para lucrarse con su venta inmediata a precio inflado, drogar a los clientes y atraer a narcotraficantes y adictos a sus lugares y al consumo en sus bares. La esclavitud de las mujeres es el eje de su negocio, pero la droga es el aceite que engrasa el engranaje y mantiene la maquinaria en correcto funcionamiento. ¿Y si, de golpe, se encontraran con que sus contactos no les proporcionan la mercancía? ¿Cuánto aguantarían hasta encontrar a otros narcotraficantes que quisieran hacer negocio con gente como ellos? Sabemos que solo los grandes se atreven a establecer contacto con los clanes del Este. Todo el mundo les tiene miedo, hasta los camellos. Solo los grandes narcos mandan allí su cocaína. No hablo de cercenar el suministro en todo el país, ya que es obvio que no podrías hacerlo, pero sí en la provincia, porque tienes los contactos precisos y únicamente necesitaríamos situar un foco aquí, justo aquí, como uno de esos carteles luminosos que indican a los conductores en las carreteras dónde se encuentran sus cárceles de mujeres. Provocarlos. Causarles un desequilibrio que los obligue a mirar hacia donde estamos nosotras y a realizar un movimiento.
—No niego que eso sería una jugada maestra —asintió Kassandra—, pero no van a dejar de venderles droga. No sé quién menudea en esta ciudad, pero sí sé de buena tinta quién trafica a media escala. Lo hacía mi padre justo antes de morir y luego el negocio pasó a quien pasó. Quienes les suministran ahora el material no dejarán de hacerlo. Es un buen trato, sobre todo por su carácter perenne. La continuidad de la venta es lo que los hace arriesgarse a establecer tráfico con los clanes del Este, aunque los consideren gente peligrosa. Los Hombres de Hielo dan demasiado dinero a personas dispuestas a vivir al margen de la ley para ganarlo. No hay individuo más codicioso que aquel que pone en jaque su propia libertad y permite impasible que otros jueguen con su salud y sus vidas solo por dinero. Así son los narcotraficantes. Lo sé porque soy hija de uno.
—Bueno… —insistió Bilma—, como tú bien dices, eres hija de uno, y por simple competencia, solo hay uno o dos grandes narcos por provincia, quizás tres. Mucha gente sabe quién se encarga de proveer de droga a los clanes del Este aquí, en Alicante, pero poca gente conoce a esa persona…, y mucho menos es su ahijada.