Sangre derramada

Asa Larsson · Capítulo 9 de 18 · parte 1/2

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Sangre derramada

Viernes

Este capítulo es largo, así que está dividido en 2 partes.

8 DE SEPTIEMBRE

El inspector de policía, Sven-Erik Stålnacke, se despertó a las cuatro y media de la madrugada.

«Puto gato», fue lo primero que pensó.

Normalmente, Manne, el gato, lo despertaba a esta hora. Se concentraba unos instantes y pegaba un salto desde el suelo hasta la cama, aterrizando siempre en el vientre de Sven-Erik y con una contundencia sorprendente. Si Sven-Erik se limitaba a soltar un gruñido y a girarse de lado, Manne solía pasearse por su costado de arriba abajo como un alpinista en la cresta de una montaña. De vez en cuando maullaba con fuerza, lo cual quería decir o bien que quería comida o bien que quería salir afuera, casi siempre ambas cosas. De inmediato.

A veces Sven-Erik se negaba a salir de la cama, murmuraba algo así como «es plena noche, gato cabrón» y se escondía debajo del edredón.

Entonces, los paseos por el cuerpo del amo pasaban a hacerse con las uñas cada vez más salidas, hasta que Manne se las clavaba directamente en el cuero cabelludo.

Tirar el gato al suelo o sacarlo del dormitorio y cerrar la puerta no solía ayudar demasiado, porque entonces si alguien pregunta qué estábamos haciendo aquí, di que estábamos buscando un perro desaparecido.

Rebecka se la quedó mirando.

–Ésa es buena -dijo despacio-. Dos policías de civil en busca de un perro desaparecido. Va siendo hora de que la Policía Nacional revise la distribución de los recursos.

–Puede ser mi perro -replicó Anna-Maria un tanto forzada.

Se quedaron callados unos segundos. Sven-Erik estaba muerto de incomodidad sentado al borde de la cama.

–Vamos a ver -dijo al final Rebecka alargando la mano para que le pasaran la carpeta.

–Es esto de aquí -dijo Anna-Maria sacando una hoja de la carpeta y señalando con el dedo.

–Son extractos de contabilidad -explicó Rebecka-. Este renglón está subrayado.

Rebecka señaló una cifra en una columna que llevaba por título 1930.

–Diecinueve treinta es una cuenta de ahorros, para cheques. Tiene un crédito de ciento setenta y nueve mil coronas para la cuenta setenta y seis diez. Son diferentes gastos personales. Pero está escrito a mano en bolígrafo aquí al margen «¿¿Formación??».

Rebecka se pasó un mechón de pelo por detrás de la oreja.

–Y ¿esto de aquí? – peguntó Anna-Maria-. «Ver», ¿qué significa?

–Verificación, de los datos. Puede ser una factura u otra cosa que muestre de qué ha sido el gasto. Me da la impresión de que la mujer estaba intentando saber qué era el gasto este, por eso me lo llevé.

–Y ¿qué empresa es? – le preguntó Anna-Maria.

Manne se ensañaba impetuosamente con los muebles más blandos y con las cortinas.

–Ese puto gato sabe latín -solía decir Sven-Erik-. Sabe que así lo sacaré fuera y eso era lo que quería desde el principio.

Era un hombre que infundía bastante respeto. Tenía unos antebrazos fuertes y las manos anchas. Algo en la cara y en la constitución transmitía sus años de tratar con desgracias humanas y buscabroncas en pleno viaje. Y

consideraba que era divertido verse vencido por un gato.

Pero aquella madrugada Manne no fue a incordiarlo y aun así se despertó. Por la costumbre. Quizá por añoranza hacia aquel joven caballero a rayas que constantemente lo aterrorizaba con sus deseos y caprichos.

Se sentó apoyando todo el peso en el borde de la cama, consciente de que no podría dormirse otra vez. Hacía cuatro noches que el dichoso gato no pasaba por casa. Alguna vez había desaparecido una noche, a veces dos, lo cual no era preocupante, pero cuatro…

Bajó las escaleras y abrió la puerta de la calle. La noche se le mostraba gris como la lana porque ya se iba a hacer de día. Dio un largo silbido, fue a la cocina, cogió una lata de comida para gatos y salió otra vez al porche golpeándola con una cuchara. El gato no aparecía. Al final Sven-Erik se rindió, iba en calzoncillos y hacía frío.

«Así son las cosas -pensó-. Es lo que implica la libertad: el riesgo de que te atropellen o que te pille el zorro, antes o después.»

Puso café molido en la cafetera.

«Mejor así -pensó-. Mejor esto a que se pusiera enfermo, perdiera la fuerza y tuviera que llevarlo al veterinario. Habría sido un coñazo.»

La cafetera comenzó a emitir su gorgoteo y Sven-Erik subió al dormitorio para vestirse.

Quizá Manne se había instalado en casa de alguien, como ya había hecho en otras ocasiones. De pronto volvía a casa tras dos o tres días de ausencia sin ningunas ganas de comer y visiblemente bien alimentado y descansado. Seguro que le habría dado pena a alguna señora que lo había metido en casa, alguna jubilada que no tenía nada mejor que hacer que cocinarle salmón y darle nata líquida.

De golpe Sven-Erik sintió una rabia irracional hacia aquella persona desconocida que había dejado entrar y había cuidado de un gato que no le pertenecía. ¿Acaso no entendía esa persona que había un dueño preocupado preguntándose dónde se habría metido el gato? A Manne se le veía que no era callejero, con lo brillante que tenía el pelo y lo cariñoso que era.

Debería haberle puesto un collar hacía mucho tiempo, pero es que le daba miedo que se quedara enganchado en algún sitio. Eso era lo que le había echado atrás: la imagen de Manne atrapado en la maleza muriéndose de hambre o colgado de un árbol.

Se preparó un desayuno consistente. Los años siguientes de haber roto con Hjordis sólo se tomaba un café y de pie, pero con el tiempo empezó a cuidarse un poco. Se sentó y con cierta apatía se puso a comer a grandes cucharadas un bol de cereales con yogur desnatado. La cafetera se había callado y la cocina olía a café recién preparado.

Se había hecho cargo de Manne cuando su hija se mudó a Luleá, pero no lo debería haber hecho. Ahora se daba cuenta. No era más que una molestia, una tremenda molestia.

Anna-Maria Mella estaba sentada a la mesa de la cocina tomándose el café de la mañana. Eran las siete. Jenny, Peter y Marcus seguían en la cama, pero Gustav estaba despierto. Estaba jugando en el dormitorio y andaba a gatas por encima de Robert.

Sobre la mesa tenía una copia del espantoso dibujo de Mildred ahorcada. Rebecka Martinsson también había sacado copias de algunos papeles, pero Anna-Maria no entendía ni jota de lo que ponía. Odiaba los números y las mates y todo eso.

–¡Buenas!

Su hijo Marcus apareció por la cocina. ¡Vestido! Abrió la nevera. Tenía dieciséis años.

–Pero bueno… -dijo Anna-Maria mirando la hora-. ¿Hay fuego arriba o qué?

Marcus sonrió. Cogió el paquete de leche y los cereales y se sentó al lado de su madre.

–Tengo un examen -dijo mientras se metía una cucharada de copos en la boca-. No basta con salir de la cama y pirarse. Hay que cargar las pilas.

–¿Quién eres tú? – dijo Anna-Maria-. ¿Qué has hecho con mi hijo?

«Será Hanna -pensó-. Dios la bendiga.»

Hanna era la novia de Marcus y por lo visto su ambición académica era contagiosa.

–Mola -dijo Marcus acercándose el dibujo de Mildred-. ¿Qué es?

–Nada -contestó Anna-Maria quitándole el dibujo y dándole la vuelta.

–No, en serio. ¡Déjame ver!

Cogió el dibujo otra vez.

–¿Qué significa? – dijo señalando la tumba que se veía detrás del cuerpo colgado.

–Bueno, pues que va a morir y que la van a enterrar, me imagino.

–Ya lo veo, sí, pero ¿qué significa? ¿No lo ves?

Anna-Maria miró el dibujo.

–No.

–Es un símbolo -dijo Marcus.

–Es el montículo de una tumba con una cruz encima.

–¡Pero fíjate! El contorno es el doble de grueso que en el resto del dibujo. Y la cruz se mete en la tierra y termina en forma de garfio.

Anna-Maria echó un vistazo. Tenía razón.

Se levantó y recogió los papeles resistiéndose al impulso de darle un beso a su hijo. Se limitó a removerle el pelo.

–¡Suerte en el examen! – le dijo.

En el coche llamó a Sven-Erik.

–Sí -dijo él en cuanto hubo cogido su copia del dibujo-. Es una cruz que atraviesa un semicírculo y termina en forma de garfio.

–Tenemos que descubrir qué significa. ¿Quién sabe de eso?

–¿Qué te han dicho los de la Científica?

–Supongo que el dibujo les llegará hoy y si hay huellas enteras las tendrán esta tarde, si no, dentro de unos días.

–Debe de haber algún catedrático de religión que sepa de símbolos -dijo Sven-Erik pensativo.

–¡Eres más listo que el hambre! – exclamó Anna-Maria-. Que Fred Olsson busque a alguien y se lo enviamos por fax. Vete vistiendo, que ahora paso a buscarte.

–¿Y eso?

–Tienes que acompañarme a Poikkijarvi, que tengo que hablar con Rebecka Martinsson, si es que todavía está allí.

Anna-Maria giró el volante hasta encarar su Ford Escort rojo hacia Poikkijarvi. Sven-Erik estaba a su lado presionando los pies contra el suelo por acto reflejo y maldiciendo en silencio que su compañera siempre tuviera que conducir como una delincuente juvenil.

–Rebecka Martinsson me pasó también algunas fotocopias -dijo-, pero no entiendo nada de lo que pone. O sea, es algo de economía, ya sabes…

–Y ¿por qué no sé lo preguntamos a los de Finanzas?

–Porque siempre están hasta el culo. Les preguntas algo y no te responden hasta al cabo de un mes. Mejor se lo preguntamos a ella directamente. Además, ya lo ha visto y sabe por qué nos lo dio.

–¿De verdad crees que es una buena idea?

–¿Tienes alguna sugerencia mejor?

–Pero ¿de verdad quieres que la metamos en esto?

Anna-Maria meneó impaciente la coleta.

–¡Pero si fue ella quien me dio las fotocopias y las cartas! Y no la vamos a meter en nada. ¿Cuánto podemos tardar? Diez minutos de sus vacaciones.

Anna-Maria redujo rápidamente la velocidad y giró a la izquierda por la carretera de Jukkasjärvi, aceleró hasta noventa, volvió a frenar y giró a la derecha hacia Poikkijarvi. Sven-Erik mientras se agarraba a la puerta pensaba, por un lado, que se debería haber tomado una pastilla contra el mareo y, por otro y sin pretenderlo, en el gato, que odiaba ir en coche.

– Manne ha desaparecido -comentó mirando los abetos decorados por los rayos de sol que se iban quedando atrás, uno tras otro.

–Vaya -respondió Anna-Maria-. ¿Cuánto tiempo lleva fuera?

–Cuatro días. Nunca había tardado tanto en volver.

–Ya volverá -dijo ella-. Todavía hace calor, es normal que quiera estar fuera.

–No -replicó Sven-Erik con voz determinada-. Lo han atropellado. A ese gato ya no lo veo más.

Le habría gustado que Anna-Maria le contradijera, que protestara y que le asegurara que estaba equivocado. Él insistiría en su convencimiento de que el gato se había ido para siempre; así se desprendería de parte de la preocupación y la tristeza, con la esperanza y el consuelo que ella le diera.

Pero Anna-Maria cambió de tema enseguida.

–Dejaremos el coche un poco apartado -dijo-. Supongo que no le apetece llamar tanto la atención.

–Oye, pero ¿qué está haciendo aquí? – preguntó Sven-Erik.

–No sé.

Anna-Maria estuvo a punto de decir que le parecía que Rebecka no se encontraba demasiado bien, pero se abstuvo porque entonces Sven-Erik seguro que la obligaría a prescindir de la visita. En este tipo de cosas él siempre era más débil que ella. Quizá se debía a que ella tenía críos en casa.

Su instinto protector y de consideración los agotaba por completo allí.

Rebecka Martinsson abrió la puerta de la cabaña en la que se hospedaba y en cuanto vio a Anna-Maria y a Sven-Erik se le esbozaron dos hendiduras en el entrecejo.

Anna-Maria iba delante con un destello de entusiasmo en la mirada, como un setter que ha olido algo. Sven-Erik detrás; a él Rebecka no lo había vuelto a ver desde que estuvo en el hospital, haría dos años dentro de poco. El pelo fuerte que le crecía alrededor de las orejas había pasado de color gris oscuro a gris plateado y aún parecía que llevara un roedor muerto debajo de la nariz. Su mirada estaba más cortada, como si comprendiera que no eran bienvenidos.

«Aunque me hayan salvado la vida», pensó Rebecka.

Le empezaron a aparecer recuerdos como pañuelos de seda pasando por las manos de un mago. Sven-Erik al lado de la camilla en el hospital:

«Entramos en su apartamento y comprendimos que teníamos que dar contigo. Las niñas están bien.»

«Recuerdo mejor lo de antes y lo de después -pensó Rebecka-. Antes y después. En realidad debería preguntarle a Sven-Erik qué se encontraron cuando entraron en la cabaña. Él me podría describir la escena de la sangre y los cuerpos.»

«Quieres oírle decir que tenías razón», le dijo una

voz interior. «Que fue en defensa propia, que no tenías elección.

Pregúntaselo, seguro que te dice lo que quieres oír.»

Entraron y tomaron asiento, Sven-Erik y Anna-Maria en la cama de Rebecka y ella en la única silla que había. En el pequeño radiador había una camiseta colgada, un par de calcetines y unas bragas justo encima de la pegatina de ei saa peittaa.

Rebecka le lanzó una mirada furtiva y apesadumbrada a la ropa mojada, pero ¿qué iba a hacer? ¿Una bola y tirarla debajo de la cama? ¿O por la ventana, quizá?

–¿Y bien? – dijo escueta, sin fuerzas para ser amable.

–Se trata de las fotocopias que me pasaste -le explicó Anna-Maria-. Hay unas cuantas que no entiendo.

Rebecka se cogió las rodillas.

«Pero ¿por qué? – pensó-. ¿Por qué hay que recordar las cosas? ¿Por qué hay que revolcarse en los recuerdos y machacarse una misma? ¿Quién puede garantizar que sirve de ayuda? ¿Quién puede asegurar que no te estás ahogando en la oscuridad?»

–Oye… -empezó.

Hablaba en voz baja. Sven-Erik observaba sus delgados dedos por encima de las rótulas.

–… tengo que pediros que os vayáis -continuó-. Os di las fotocopias y las cartas. Las conseguí cometiendo un delito y si sale a la luz perderé el empleo. Además, aquí la gente no sabe quién soy. Bueno, saben cómo me llamo, pero no que soy yo la que estuvo metida en lo que pasó en Jiekajarvi.

–Venga -le rogó Anna-Maria sin moverse del sitio, como si tuviera el trasero fundido con la cama, a pesar de que Sven-Erik hiciera ademán de ponerse en pie-. Tengo una mujer asesinada de la que preocuparme.

Rebecka se encogió de hombros y después señaló la esquina superior derecha de la hoja.

–El número de la organización empieza por ochenta y uno, así que es una fundación.

Sven-Erik asintió con la cabeza.

–La Fundación para el Cuidado de la Fauna Salvaje de la Congregación de Jukkasjärvi -dijo Anna-Maria al cabo de unos segundos-. Es una fundación que ella creó.

–No le quedaba claro este gasto de formación -dijo Rebecka.

Volvió a hacerse el silencio. Sven-Erik se espantaba una mosca que quería aterrizar encima de él todo el tiempo.

–Parece que esa mujer sacó de quicio a más de uno -dijo Rebecka.

Anna-Maria sonrió sin alegría.

–Hablé con uno de ellos ayer -le contó-. Odiaba a Mildred Nilsson porque su ex mujer vivió en su casa con los niños cuando lo abandonó.

Le contó a Rebecka lo de los gatos decapitados.

–Y nosotros no podemos hacer nada -dijo para terminar-. Esos gatos de la calle no representan ningún valor económico, así que no es delito de daños. Lo más probable es que ni siquiera tuvieran tiempo de sufrir, así que tampoco es maltrato animal. Hace que te sientas impotente, como si fueras de más provecho en la frutería del súper. No sé, ¿a ti también te pasa?

Rebecka esbozó media sonrisa.

–Yo casi nunca trabajo con delitos -dijo esquiva-. Y cuando lo hago, son delitos económicos. Pero sí, eso de estar del lado de la parte sospechosa…

A veces puedo sentir una especie de aversión hacia mí misma. Cuando tengo que representar a una persona que carece por completo de remordimientos. Te dices una y otra vez que «todo el mundo tiene derecho a una defensa» como excusa para ese…

No dijo la palabra «autodesprecio», sino que terminó la frase encogiéndose de hombros.

Anna-Maria se dio cuenta de que Rebecka Martinsson solía repetir mucho ese gesto. Quizá para desprenderse de pensamientos incómodos, como si fuera una manera de cortarles el paso. O quizá era como Marcus.

Sus constantes encogimientos de hombros eran una forma de marcar distancia respecto al resto del mundo.

–Y ¿nunca te has planteado cambiar de lado? – le preguntó Sven-Erik-.

Casi siempre están buscando ayudantes de fiscal; nadie se acaba quedando aquí arriba.

Rebecka sonrió un tanto forzada.

–Bueno, claro -dijo Sven-Erik y se le notó que se sentía como un idiota-, supongo que cobras tres veces más que un fiscal.

–No es eso -se excusó Rebecka-. Ahora mismo no estoy trabajando, propiamente dicho, así que el futuro es…

Volvió a encogerse de hombros.

–Pero me dijiste que estabas aquí por trabajo -replicó Anna-Maria.

–Bueno, de vez en cuando hago alguna cosita. Y como uno de los socios tenía que subir, le dije que quería acompañarlo.

«Está de baja», comprendió Anna-Maria.

Sven-Erik le lanzó una mirada de menos de un segundo en señal de que él también lo había entendido.

Rebecka se puso en pie para dar a entender que la conversación había llegado a su fin. Se despidieron.

Cuando Sven-Erik y Anna-Maria habían dado unos pocos pasos oyeron la voz de Rebecka Martinsson.

–Amenazas ilícitas -dijo.

Los dos policías se giraron. Rebecka estaba de pie en el porche de la caseta apoyada en uno de los postes que aguantaban el tejado, con el cuerpo un poco inclinado.

«Parece tan joven», pensó Anna-Maria. Dos años atrás tenía el aspecto de una joven promesa que iba a hacer carrera. Delgada, con ropa cara y un peinado de verdad, no con el pelo liso como Anna-Maria. Ahora Rebecka llevaba el pelo más largo y sin ningún peinado en especial, sino que también le caía liso. Vestía vaqueros y camiseta de manga corta, sin maquillaje y con la cadera asomando por la cintura del pantalón. Y esa postura cansada pero erguida apoyada contra el poste hizo que Anna-Maria se pusiera a pensar en esa clase de niños adultos con los que de vez en cuando se topaba en el trabajo. Criaturas que cuidaban de sus padres alcohólicos o mentalmente enfermos, preparaban la comida a sus hermanos, mantenían el tipo todo lo que podían y le mentían a los servicios sociales y a la policía.

–El hombre de los gatitos -continuó Rebecka-. Son amenazas ilícitas.

Parece que con su actitud pretendía infundir miedo a su ex mujer. Según la ley no tienen por qué ser amenazas orales. Y ella tuvo miedo. Quizá podría ser un delito de intimidación. En función de qué otras cosas haya hecho, podría ser suficiente como base para una orden de alejamiento.

Cuando Sven-Erik Stålnacke y Anna-Maria Mella se alejaron por la carretera hacia el coche, se cruzaron con un Mercedes de color ocre. Dentro iban Lars-Gunnar y Nalle Vinsa. Lars-Gunnar les miró todo el tiempo que duró el encuentro y Sven-Erik levantó la mano para saludarlo, pues no hacía tantos años que Lars-Gunnar se había jubilado.

–Es verdad -dijo Sven-Erik siguiendo el Mercedes con la mirada mientras se metía en el aparcamiento del Bar-Restaurante Micke-. Vive aquí en el pueblo. Me pregunto cómo estará el chico.

El párroco Bertil Stensson estaba haciendo la misa de mediodía en la iglesia de Kiruna, como solía hacer cada quince días para que la gente de la ciudad pudiera celebrar la eucaristía durante la pausa de la comida. En total había unas veinte personas reunidas en la pequeña sala.

El vicario Stefan Wikström estaba sentado en la quinta fila al lado del pasillo y arrepintiéndose de haber ido.

Un recuerdo apareció en su memoria: su padre, párroco también, sentado en el sofá de la cocina de casa. Stefan está a su lado, con unos diez años, más o menos. El chico va hablando con algo en la mano, algo que le quiere enseñar, pero ahora no recuerda qué. Su padre sostiene el periódico delante de la cara como el velo del Santuario v, de pronto, el niño se echa a llorar. De fondo, voz suplicante de su madre: «Podrías hacerle caso un rato, te ha estado esperando todo el día.» Por el rabillo del ojo Stefan ve que su madre lleva puesto el delantal, así que debe de ser casi la hora de la cena. El padre baja el periódico irritado por la interrupción de la lectura, el único momento de descanso del día antes de cenar; también ofendido por las acusaciones.

El padre de Stefan llevaba varios años muerto y su pobre madre también, pero era exactamente así como el

párroco le hacía sentir ahora mismo, como el niño irritante que sólo quiere llamar la atención.

Stefan había intentado librarse de la misa del mediodía. Una voz en su interior le había dicho con decisión: «¡No vayas!», pero aun así acabó yendo. Se había dicho a sí mismo que no iba por la presión del párroco Bertil Stensson, sino porque necesitaba la eucaristía.

Había imaginado que todo sería más fácil a partir de la muerte de Mildred, pero resultó ser lo contrario. El día a día se había hecho más difícil. Mucho más difícil.

«Es como lo del hijo pródigo», pensó.

Él había sido el hijo responsable y concienzudo que vivía en casa.

Cuántas veces a lo largo de los años le había echado una mano a Bertil aceptando funerales aburridos, misas pesadas en hospitales y residencias de ancianos, haciéndole el trabajo de papeleo al párroco, ya que Bertil era

desastroso en todo lo administrativo. Y abriéndole la iglesia a los jóvenes los viernes por la tarde.

Bertil Stensson era vanidoso. Había acaparado toda la colaboración con la iglesia de hielo en Jukkasjärvi. Las bodas y bautizos en la iglesia de hielo eran suyos y también había logrado hacerse cargo de cualquier evento que tuviera la más mínima posibilidad de salir en la prensa local, como por ejemplo el grupo de crisis tras el accidente de autocar en el que perdieron la vida siete adolescentes que habían ido a esquiar, o servicios religiosos encargados de manera especial para la causa sami. Entre una cita y otra, el párroco gustaba mucho de no hacer nada y era precisamente Stefan el que hacía que todo eso fuera posible, el que cubría los huecos y se ocupaba de todo lo que era necesario.

Mildred Nilsson había sido como el hijo pródigo. O mejor dicho, como el hijo pródigo debía ser mientras vivía en casa, antes de que la inquietud se lo llevara a tierras desconocidas. Desordenado e intranquilo debió de poner de los nervios a su padre, igual que Mildred.

Todo el mundo pensaba que él, Stefan, era el que menos soportaba a Mildred, pero estaban equivocados. Lo que ocurría era que Bertil había sido más hábil en esconder su rechazo.

Con ella en vida las cosas eran distintas. Todo lo que ella tocara implicaba bronca y desavenencias, y Bertil se alegraba y agradecía la presencia de Stefan, el chico de la casa. Stefan recordó cómo Bertil solía entrar en su despacho en el local de la congregación. Tenía una manera especial, un código que decía: eres mi elegido. Se plantaba en el umbral de la puerta como un búho, con su pelo espeso y plateado, su cuerpo rechoncho y con las gafas de leer subidas a la cabeza o en la punta de la nariz. Stefan solía levantar la mirada de los papeles mientras Bertil le miraba casi de manera imperceptible por encima del hombro, se metía en el despacho y cerraba la puerta tras de sí. Luego se desplomaba en el sillón de visitas que tenía Stefan con un suspiro de liberación. Y sonreía.

Algo hacía clic dentro de Stefan cada vez que aquello ocurría.

Normalmente, el párroco no tenía ninguna tarea especial, podía tratarse de consejos para asuntos de poca importancia, pero daba la impresión de que lo que quería era estar tranquilo un rato. Todo el mundo acudía a Bertil y Bertil se escondía donde Stefan.

Pero después de la muerte de Mildred aquello cambió. Ella ya no estaba presente como una molesta costura en el zapato del párroco y de repente parecía que la lealtad de Stefan era la que empezaba a producir rozaduras.

Ahora Bertil solía decir: «Tampoco hace falta ser tan formales» y «Seguro que Dios nos deja ser prácticos», palabras que había adoptado de Mildred.

Cuando Bertil hablaba de ella, era con un tono tan exageradamente positivo que Stefan se sentía físicamente mareado por todas las mentiras.

Bertil ya no iba a ver a Stefan a su despacho. El vicario se quedaba allí sentado incapaz de hacer nada, sufriendo y esperando.

A veces, el párroco pasaba por delante de la puerta abierta, pero ahora el código era otro, eran otras señales: pasos rápidos, una mirada furtiva al interior del despacho, un saludo con la cabeza, una sonrisa apresurada.

Significaba «voy-justo-de-tiempo-cómo-va-eso», y antes de que Stefan siquiera pudiera corresponder, la sonrisa del párroco ya había desaparecido.

Antes siempre sabía dónde estaba el párroco. Ahora, en cambio, no tenía la menor idea. El personal administrativo le preguntaba a Stefan por Bertil y le miraban de forma rara cuando él, sonriendo forzado, sacudía la cabeza.

Era imposible superar a la difunta Mildred, que en tierra extraña se había convertido en la hija predilecta del padre.

La misa estaba a punto de terminar. Cantaron un salmo final y se marcharon con la bendición de Dios.

Stefan debería haberse ido inmediatamente. Directo a casa. Pero no pudo evitar que sus pies lo acercaran hasta donde estaba Bertil.

Éste hablaba con uno de los asistentes a la misa y le lanzó una mirada a Stefan por el rabillo del ojo sin dejarle entrar en la conversación y haciéndole esperar.

Qué mal se habían puesto las cosas. Si Bertil tan sólo lo hubiera saludado, Stefan podría haberle dado las gracias por la misa y haberse marchado, pero ahora estaba forzado a inventarse algún asunto.

Por fin, el hombre concluyó la conversación y se fue. Stefan se sintió obligado a explicar su presencia en la misa.

–Sentía que necesitaba la eucaristía -le dijo a Bertil, que asintió con la cabeza.

El mayordomo se llevó el vino y las hostias e intercambió una mirada con el párroco. Stefan los siguió hasta la sacristía y participó, sin que se lo

propusieran, en la bendición del pan y del vino.

–¿Te han dicho algo los del bufete de abogados? – preguntó al terminar la bendición-. Sobre la fundación para los lobos y eso…

Bertil se quitó el cuello del ritual, la estola y la casulla con cierto engorro.

–No sé -dijo-. Al final quizá no la disolvemos, a pesar de todo. Aún no me he decidido.

El párroco se tomó todo el tiempo del mundo para echar el vino en el canalillo de los líquidos sagrados y poner las hostias en el ciborio. Stefan hace rechinar los dientes.

–Pensaba que estábamos de acuerdo en que la parroquia no puede tener una fundación de ese tipo -dijo en voz baja.

«Y además es una decisión del consejo, no sólo tuya», pensó.

–Sí, sí, pero por el momento está ahí, quieras o no -respondió el párroco con cierta impaciencia que Stefan captó perfectamente en su suave tono de voz-. El tema de si quiero cubrir los gastos para proteger a la loba o invertir el dinero en formación, ya lo tocaremos a mediados de otoño.

–›Y el arriendo de caza?

Bertil dibujó una gran sonrisa.

–Vamos, ¿no nos pondremos tú y yo a discutir sobre esto? Es una decisión que tomará el consejo cuando llegue el momento oportuno.

El párroco le dio unas palmadas en el hombro a Stefan y se marchó.

–¡Saluda a Kristin! – le dijo sin girarse.

A Stefan se le hizo un nudo en la garganta. Se miró las manos y sus dedos largos y rígidos, dedos de verdadero pianista, como solía decir su madre. Los últimos meses, cuando vivía en un apartamento de la residencia de ancianos y solía confundirlo con su padre, la murga de sus dedos de pianista terminaba por sacarle de quicio. Ella le agarraba las manos y le ordenaba al personal que las contemplara: «Mirad sus manos, sin ninguna marca de trabajo. Dedos de pianista, manos de escritorio.»

Saluda a Kristin.

Si se miraban las cosas tal y como eran en realidad, casarse con ella había sido el mayor error de su vida.

Stefan sintió que se endurecía por dentro, contra Bertil y contra su esposa.

«Llevo cargando con ellos demasiado tiempo -pensó-. Ya va siendo hora de que se termine.»

Su madre debió de entender lo de Kristin. Lo que le atrajo de ella fue precisamente el parecido que tenían las dos, el aspecto un tanto de muñeca, las formas agradables, el buen gusto.

Por supuesto que su madre se dio cuenta. «Muy personal», había comentado la madre haciendo referencia a la casa de Kristin el día que conoció a la novia de su hijo, cuando él estaba estudiando en Uppsala.

«Agradable.» «Personal» y «agradable», dos buenas palabras a las que recurrir cuando no se podía decir «bonito y con estilo»

sin mentir. Y recordó la sonrisa casi burlona de su madre cuando Kristin le enseñó sus adornos de siemprevivas y rosas secas.

No, Kristin era una niña que era más o menos buena en imitar y copiar a otros, pero nunca llegó a ser el tipo de esposa de pastor como lo fue su madre. Y menuda sorpresa se llevó la primera vez que fue a casa de la desordenada Mildred, cuando invitó a los compañeros y a sus familias a tomar el ponche navideño. La mezcla de gente, las familias de los pastores, Mildred, su marido paródicamente oprimido con la barba y el delantal y las tres mujeres que por el momento se habían refugiado en la casa rectoral de Poikkijarvi, había sido de lo más interesante. Una de las mujeres tenía dos hijos imposibles de aguantar.

Pero la casa de Mildred era como un cuadro de Cari Larsson. La misma levedad, acogedora pero nunca sobrecargada y con el estilo simple que había reinado en casa de Stefan durante toda su infancia. Stefan no había conseguido encajar aquel ambiente con Mildred. «¿Es ésta su casa?», pensó. Más bien se había esperado un caos bohemio con montones de artículos de revista guardados, estanterías de almacén y cojines y mantas orientales.

Recordó a Kristin tras aquel ponche: «¿Por qué no vivimos en la casa rectoral de Poikkijarvi? – le preguntó-. Es más grande, nos iría mejor a nosotros que tenemos hijos.»

Su madre bien había visto que aquel aire delicado de Kristin que lo atraía no era tan sólo delicado sino también muy desgarrado. Algo roto y afilado con lo que Stefan se haría daño tarde o temprano.

De repente le invadió una enérgica amargura hacia su madre.

«¿Por qué no dijo nada? – pensó-. Me debería haber avisado.»

Y Mildred. Mildred, que utilizaba a Kristin.

Recordó aquel día de principios de mayo que apareció con aquellas cartas en la mano.

Intentó expulsar a Mildred de la memoria, pero era igual de molesta ahora que entonces. Avanzaba a paso pesado, lo mismo que antes.

–Muy bien -dice Mildred y entra como un torbellino en el despacho de Stefan.

Es el 5 de mayo. Antes de dos meses ya estará muerta, pero ahora está más que viva. Tiene las mejillas y la nariz rojas como manzanas recién lustradas. Entra y cierra la puerta con el pie.

–¡No, siéntate! – le dice a Bertil, que intenta levantarse del sillón de invitados con intención de escabullirse-. Quiero dirigirme a los dos.

«Dirigirme», ¿qué se puede decir ante un inicio de ese tipo? Sólo eso ya lo dice todo sobre cómo podía ser aquella mujer.

–He estado pensando en eso de la loba -comienza diciendo.

Bertil se pasa una pierna por encima de la otra y cruza los brazos en el pecho. Stefan se reclina sobre el respaldo de su silla alejándose de ella todo lo posible. Se sienten criticados y sermoneados ya antes de que les haya explicado lo que tiene en mente.

–La parroquia le alquila sus tierras a la asociación de cazadores de Poikkijarvi por mil coronas al año -continúa-. El contrato dura siete años y se prolonga automáticamente si nadie lo rescinde. Así ha funcionado desde mil novecientos cincuenta y siete. El párroco de entonces vivía en la casa del cura y le gustaba cazar.

–¿Pero qué tiene eso que ver con…? – empieza Bertil.

–¡Déjame terminar! En verdad, cualquiera puede entrar en la asociación, pero la junta directiva y el grupo de caza son los que le sacan más provecho al arriendo de las tierras. Y como por reglamento el equipo de caza no puede pasar de veinte miembros, nadie más puede entrar. En la práctica, la junta directiva no acepta a ningún socio nuevo hasta que fallezca uno antiguo. Y todos los de la junta son miembros del grupo de caza, así que son los mismos tíos en un sitio que en otro. En los últimos trece años no ha entrado ningún miembro nuevo.

Interrumpe el discurso y mira fijamente a Stefan.

–Excepto tú, claro. Te eligieron después de que Elis Wiss abandonara el grupo de manera voluntaria, hará seis años, ¿verdad?

Stefan no responde nada y es por la manera en que Mildred ha pronunciado la palabra «voluntaria» que siente que le hierve la sangre por dentro, pero deja que Mildred continúe hablando:

–Según el reglamento, sólo el grupo de caza tiene autorización para cazar con balas, así que al final se han adueñado de toda la caza de alces.

Respecto al resto de la caza, ciertos miembros seleccionados pueden sacarse permisos para un día, pero todas las piezas que cazan se reparten entre los miembros activos de la asociación y es, ¡sorpresa!, la junta directiva la que decide cómo hay que hacer la repartición. Pero yo pienso lo siguiente: tanto la empresa LKAB como Yngve Bergqvist están interesados en el arriendo, LKAB por sus empleados e Yngve por el turismo. Así que podríamos aumentar considerablemente la tarifa, y me refiero a una suma realmente grande. Con ese dinero podríamos hacer una explotación forestal razonable porque, hablando en serio, ¿a qué se dedica Torbjörn Ylitalo? ¡Le hace recados al grupo de caza! Es que incluso le estamos poniendo un empleado gratis a ese club de machitos.

Torbjörn Ylitalo es el guarda forestal de la parroquia. También es uno de los veinte miembros del grupo de caza y representante de la asociación de cazadores. Stefan sabe que gran parte de la jornada laboral de Torbjörn consiste en planear la caza con Lars-Gunnar, que es el jefe del grupo, mantener los refugios de caza de la parroquia, las torres de vigía y los puestos de vigilancia.

–Conclusión -dice Mildred para terminar-. Tendríamos dinero para la explotación forestal pero, sobre todo, para la protección de la loba. La parroquia puede donar el arriendo a la fundación. La Dirección Nacional de Protección de la Naturaleza ya la ha marcado, pero hace falta más dinero para vigilarla.

–La verdad es que ni siquiera entiendo por qué sacas este tema a relucir conmigo y con Stefan -la interrumpe Bertil con voz muy tranquila-. Sea como sea, hacer cambios en el arriendo sería un tema que le toca tratar al consejo parroquial.

–Pues en mi opinión -responde Mildred- es un tema que le toca tratar a la congregación.

Se hace silencio en el despacho. Bertil asiente una vez con la cabeza y Stefan siente un dolor en el hombro izquierdo que le empieza a subir por el cuello.

Los dos entienden perfectamente a qué se refiere. Pueden ver claramente qué tono adoptará la discusión si le proponen el tema a la congregación y, por supuesto, a la prensa. El club de machitos que caza gratis en las tierras de la parroquia e incluso se queda con los animales que capturan otros.

Stefan pertenece al grupo de caza, con lo cual no se librará.

Pero el párroco también tiene motivos para cubrirle las espaldas al grupo de caza, pues le mantienen llena la nevera. Bertil siempre puede invitar a solomillo de alce o a ave salvaje. Y también le han hecho más favores, como la cabaña de madera, por ejemplo. Se la construyeron los miembros del equipo y se la mantienen como compensación por su aprobación silenciosa al reino que tienen en su poder.

Stefan piensa en su puesto en el equipo. No, lo siente como si fuera una piedra caliente y lisa en su bolsillo. Eso es lo que es: su amuleto secreto de la suerte. Todavía recuerda cuando le dieron el puesto. Bertil le pasaba el brazo por los hombros mientras lo presentaba a Torbjörn Ylitalo, el guarda forestal. «Stefan caza -dijo el párroco-, le parecería divertido tener un sitio en el equipo.» Y Torbjörn, señor feudal en el reino de la parroquia, asintió con la cabeza sin siquiera permitirse una mueca de desacuerdo. Dos meses después Elis Wiss renunció al puesto tras cuarenta y tres años. Stefan fue acogido entre los veinte.

–Es injusto -dice Mildred.

El párroco se levanta del sofá de invitados.

–Discutiré esto contigo cuando no actúes empujada por las emociones -

le dice a Mildred.

Y se marcha dejando a Stefan a solas con ella.

–Ya veremos cómo lo hacemos -le comenta Mildred a Stefan-. Sólo de pensar en ello me emociono.

Y esboza una gran sonrisa.

Stefan la mira estupefacto. ¿De qué se ríe? ¿Es que no entiende que acaba de ponerse la etiqueta de imposible? ¿Que acaba de declarar una guerra sin igual? Es como si dentro de esta mujer ciertamente inteligente, porque lo

es, tiene que reconocerlo, haya una idiota subnormal que i no deja de decir estupideces. ¿Y ahora qué hace él? No puede irse sin más, es su propio despacho, así que se queda titubeando sentado donde está.

Y de pronto Mildred lo mira con seriedad, abre el bolso, saca tres sobres y se los da. Es la letra de su esposa.

Stefan se levanta y coge las cartas mientras siente una punzada en el diafragma. Kristin. ¡Kristin! Sabe de qué tipo de cartas se trata aun sin haberlas leído. Después se desploma de nuevo sobre la silla.

–Dos tienen un tono bastante desagradable -apunta Mildred.

Sí, ya se lo imagina. No es la primera vez, sino que más bien es la cantilena habitual de Kristin. Aunque presente algunas variaciones, siempre es la misma canción. Ya ha pasado por ello dos veces. Han llegado a un destino nuevo y Kristin dirige unos coros infantiles y participa en la escuela dominical, un pajarito encantador que canta todas las promesas del nuevo hogar en todos los tonos posibles. Pero cuando ha pasado el primer enamoramiento, tiene que llamarlo así, empieza el descontento de Kristin.

Injusticias reales e imaginadas que va acumulando en un álbum de recuerdos, un período de jaquecas, visitas al médico y acusaciones que caen sobre Stefan, que no se toma en serio el malestar de su esposa. Después hay algo que chirría entre ella y algún empleado o algún miembro de la congregación y enseguida levanta el hacha de guerra en el pueblo. En el último sitio acabó montando un circo en toda regla, con el sindicato de por medio y uno de los administrativos de la oficina parroquial que quería que le consideraran el colapso psíquico como accidente laboral. Y Kristin, que se sentía acusada de manera injusta. Al final, el inevitable traslado. La primera vez fue con

un crío, la segunda con tres. Ahora el mayor va al instituto, una etapa muy delicada.

–Tengo dos más del mismo estilo -dice Mildred.

Cuando se va, Stefan se queda sentado con las cartas en la mano derecha.

Tiene la sensación de que lo ha cazado como si fuera una perdiz, pero no está seguro de si está pensando en Mildred o en su propia mujer.

Máns Wenngren, el jefe de Rebecka Martinsson, estaba sentado en el sillón de su despacho haciéndolo chirriar. No se había dado cuenta hasta ahora de que cuando lo subía o bajaba hacía un ruido de lo más irritante y mientras jugaba así, pensó en Rebecka por unos minutos. Después se le fue de la cabeza.

Tenía montones de cosas que hacer: llamadas de teléfono, correos por contestar y clientes a los que entretener. Sus abogados adjuntos habían empezado a dejarle notas y post-its amarillos con mensajitos en el asiento del sillón para que los viera. Pero sólo faltaba una hora para ir a comer, así que mejor posponerlo todo un poco más.

Solía definirse a sí mismo como inquieto y de fondo casi podía oír a su ex mujer diciendo: «Bueno, suena mejor que temperamental, infiel y con necesidad de huir de sí mismo.» Pero lo de inquieto era de lo más cierto. La intranquilidad se había apoderado de él ya en la cuna. Su madre solía contar cómo se pasaba las noches del primer año berreando hasta el amanecer.

«Cuando aprendió a caminar se calmó un poco. Por un tiempo.»

Su hermano, tres años mayor, había contado infinidad de veces la historia de cuando vendían árboles de Navidad. Uno de los arrendatarios de la familia les había propuesto a Máns y a su hermano un trabajito extra como vendedores. Eran buenos chicos. Máns acababa de empezar el colegio, pero ya sabía contar, desde luego que sí, bien lo sabía su hermano.

Y especialmente cuando se trataba de dinero.

Así que los dos renacuajos de siete y diez años se pusieron a vender árboles de Navidad. «Y Máns se sacaba un pastón, mucho más que el resto de nosotros», contaba su hermano. «No entendíamos cómo lo hacía porque por cada árbol se llevaba cuatro coronas de comisión, igual que los demás.

Pero mientras nosotros estábamos allí quietos pelándonos de frío esperando a que se hicieran las cinco, Máns iba de un lado a otro y hablaba con los vejetes y las señoras que miraban lo que había por allí. Y si a alguien le parecía que el árbol era demasiado largo, él se ofrecía para cortarlo allí mismo, y nadie se le resistía a un chavalín con una sierra que era igual de grande que él. Y ahora viene lo mejor: a los pedazos de tronco serrados, les cortaba también las ramas, con las cuales hacía grandes ramos que luego vendía por cinco coronas y que iban directamente a su bolsillo. El arrendatario, ¿cómo cono se llamaba?, ¿era Mártensson?, se ponía negro.

Pero ¿qué le iba a hacer?»

Aquí el hermano hacía un alto en la historia y levantaba las cejas, lo cual lo decía todo sobre la impotencia del arrendatario frente a la astucia del hijo del propietario de las tierras. «Hombre de negocios -terminaba diciendo-, al fin y al cabo, hombre de negocios.»

Máns se había defendido contra esa etiqueta hasta llegado a la edad madura. «La abogacía no es lo mismo que un negocio» -decía siempre.

«Y una leche que no lo es -le replicaba su hermano-. Claro que lo es.»

Por su parte, su hermano se había pasado los primeros años de su vida adulta en el extranjero haciendo Dios sabe qué y otras cosas hasta que volvió a Suecia y asentó la cabeza y se licenció como trabajador social.

Ahora era jefe de los servicios sociales en la ciudad de Kalmar.

Con el paso del tiempo, Máns había dejado de defenderse ante su hermano. ¿Por qué había que poner siempre excusas por el éxito alcanzado?

Ahora ya respondía con un «Por supuesto, negocios y pasta en el banco», y luego solía hablar del último éxito profesional que había conseguido, el último coche que se había comprado o, simplemente, el último teléfono móvil.

Máns podía captar el odio de su hermano a través de los ojos de su cuñada, aunque no lo entendía. Su hermano había llevado adelante su matrimonio. Sus hijos iban a verlo.

«Se acabó, voy a hacerlo», pensó y se levantó de la silla musical.

Maria Taube canturreó un adiós y colgó el teléfono. Malditos clientes que llamaban y empezaban a vomitar preguntas tan imprecisas que era imposible responderlas. Tardabas media hora sólo para intentar enterarte del motivo de la llamada.

Picaron a la puerta y antes de que pudiera responder, Máns ya asomaba la cabeza.

«¿De verdad no aprendiste nada en el internado de Lundsberg? – pensó irritada-. Como por ejemplo esperar a oír un "adelante".»

Como si Máns le hubiera leído el pensamiento, tras la sonrisa, preguntó:

–¿Tienes un minuto?

«¿Cuándo le respondieron por última vez con un no a esa pregunta?», pensó Maria invitándole con un gesto a sentarse en la silla de visitas y luego apretó el botón de restricción de llamadas entrantes.

Máns cerró la puerta, lo cual era una mala señal. La cabeza de Maria empezó a hurgar en la memoria en busca de algo que se le hubiera pasado por alto o que se le hubiera olvidado, algún cliente que tuviera motivos para estar descontento, pero no se le ocurrió nada. Eso era lo peor de este trabajo. Podía aguantar el estrés, la jerarquía y las horas extra, pero ese abismo de oscuridad que a veces se le abría bajo los pies… Como el fallo

que había cometido Rebecka. Tan fácil echar a perder un puñado de millones.

Máns tomó asiento y paseó la mirada por el despacho mientras se repiqueteaba el muslo con los dedos.

–Bonito paisaje -sonrió burlón.

Al otro lado de la ventana se alzaba la fachada amarronada y sucia del edificio vecino. Maria se rió, pero no dijo nada.

«Suéltalo de una vez», pensó.

–¿Cómo va con…?

Máns terminó la pregunta con un gesto hacia los montones de papel que había sobre la mesa.

–Bien -respondió Maria deteniéndose antes de ponerse a hablar sobre algo en lo que estuviera trabajando.

«No lo quiere saber», pensó para disuadirse a sí misma.

–Oye…, ¿sabes algo de Rebecka? – le preguntó Máns.

Los hombros de Maria Taube cayeron un centímetro.

–Sí.

–Torsten me dijo que se quedaba unos días más allí arriba.

–Sí.

–¿Qué está haciendo?

Maria dudó.

–No lo sé muy bien.

–Vamos, Taube, no seas tan difícil. Sé que fuiste tú quien le propuso que subiera. Y, sinceramente, no me parece que fuera una idea demasiado brillante. Así que ahora quiero que me digas cómo está.

Hizo una pausa.

–Es que su puesto de trabajo está aquí.

–Pregúntaselo directamente a ella -le dijo Maria.

–No es tan fácil. La última vez que lo intenté montó todo un numerito, no sé si te acuerdas.

Maria recordó la imagen de Rebecka remando con fuerza para alejarse de la fiesta de la empresa. Estaba loca.

–No puedo hablar de Rebecka contigo. Ya los sabes. Se pondría furiosa.

–Y yo, ¿qué? – preguntó Máns.

Maria Taube sonrió dulcemente.

–Tú siempre estás mosqueado -dijo.

Máns esbozó media sonrisa, animado por aquella pequeña falta de respeto.

–Recuerdo cuando empezaste a trabajar para mí -comentó-. Buena y encantadora. Hacías lo que se te pedía.

–Lo sé -respondió Maria-. Hay que ver lo que este bufete hace con la gente…

Rebecka Martinsson y Nalle aparecieron delante de la puerta de Siwing Fjállborg como dos jornaleros. Éste los recibió como si los estuviera esperando y les invitó a bajar al cuarto de la caldera. Bella estaba durmiendo en una caja de madera preparada con mantas, con los cachorros amontonados junto a su vientre. Cuando los invitados entraron, se limitó a abrir un ojo y a golpear el suelo con la cola a modo de saludo.

Hacia la una del mediodía Rebecka había ido a buscar a Nalle a su casa.

Su padre, Lars-Gunnar, le abrió y, al lado de su inmensa estatura que se erguía en el umbral de la puerta, Rebecka se había sentido como una chiquilla de cinco años que le pregunta al padre de su amiga si la dejan salir a jugar con ella.

Siwing preparó la cafetera y puso sobre la mesa tazas con dibujos de flores amarillas, de color naranja y marrón. Sirvió también unas tortas de pan en una cestita y sacó del frigorífico sacó mantequilla salada y un paquete de salami.

En el sótano se estaba fresco. El olor a perro y café recién hecho se mezclaban con el suave aroma de la tierra y el cemento. Los rayos del sol entraban por la estrecha ventanilla que había junto al techo.

Siwing miró a Rebecka y pensó que debía de haber ido a buscar ropa al ropero de su abuela porque reconocía aquel anorak negro con copos blancos. Se preguntó si ella sabría que una vez perteneció a su madre.

Probablemente no.

Y tampoco nadie le habría comentado jamás lo mucho que se parecía a ella. Tenía el mismo pelo, oscuro y largo, las mismas cejas marcadas, aquella forma de ojos un poco cuadrada, el iris de un color arena claro difícil de determinar y con el borde oscuro.

Los cachorros se despertaron. Grandes patas y orejas, colas como pequeñas hélices golpeaban y armaban ruido y alboroto contra el lateral de la caja de madera. Rebecka y Nalle se sentaron en el suelo y compartieron con ellos parte de sus bocadillos mientras Siwing recogía la mesa.

–No hay nada que huela tan bien -afirmó Rebecka apretando su nariz en la oreja de uno de los cachorros.

–Pues justo ése no está apalabrado -dijo Siwing-. ¿Te animas?

El cachorro mordisqueaba la mano de Rebecka con sus dientes afilados.

Tenía el pelo de color chocolate y tan corto y suave que parecía piel de bebé. Las patas de atrás eran blancas de mitad para abajo.

Lo dejó en el cajón y se puso en pie.

–No puedo. Os espero fuera.

Había estado a punto de decir que trabajaba demasiado para tener perro.

Rebecka y Siwing cogían las patatas. Siwing iba por delante y estiraba los tallos con la mano sana y Rebecka le seguía con la azada.

–Remover y cavar -dijo Siwing- me resulta imposible. Si no, había pensado pedírselo a Lena, que sube este fin de semana con los niños.

Lena era su hija.

–Lo hago encantada -respondió Rebecka.

La azada entraba bien en la tierra arenosa y Rebecka podía recoger las patatas que se soltaban del tallo y quedaban enterradas.

Nalle correteaba por el césped con una pluma de urogallo que llevaba atada a un cordón y jugaba con los cachorros. De vez en cuando Rebecka y Siwing se incorporaban y echaban un vistazo hacia allí. Era imposible no sonreír. Nalle iba con el cordón en la mano tan por encima de la cabeza como le llegaba el brazo, pegando berridos. Corría levantando las rodillas mientras los perros lo seguían como una jauría con un desenfrenado espíritu de caza. Bella se había tumbado a un lado a calentarse con el sol del otoño y de vez en cuando levantaba la cabeza para atrapar algún tábano pesado o para echarle un ojo a los pequeñuelos.

«Es evidente que yo no soy normal -pensó Rebecka-. No consigo relacionarme con mis compañeros de trabajo, que son de mi misma edad, pero con un viejo y con un retrasado, entonces sí, siento que puedo ser yo misma.»

–Me acuerdo de cuando era pequeña -dijo-. Después de que los mayores recogierais las patatas, siempre hacíais fuego por la tarde y los niños podíamos asar las patatas que habían quedado enterradas.

–Carbonizadas por fuera, medio hechas por debajo de la piel y crudas por dentro. Ya me acuerdo, ya. Y de vosotros, cuando entrabais, llenos de hollín y de tierra de pies a cabeza.

Rebecka sonrió al recordarlo. Los críos habían aprendido a tenerle respeto al fuego porque no les dejaban tocarlo, pero la tarde después de la recogida de la patata era una excepción. Entonces el fuego era suyo. Eran ella, sus

primos y Lena y Mats, los hijos de Siwing. Se sentaban a mirar las llamas rodeados por la oscuridad del otoño, removían un poco con palos y se sentían como indios en un libro de aventuras.

No volvían a casa de la abuela hasta las diez o las once, que ya era casi noche cerrada, felices y sucios. A esas horas los mayores ya habían tomado una sauna hacía rato y estaban haciendo la sobremesa. La abuela, Inga-Lili, la esposa de Affe, y Maj-Lis, la mujer de Siwing, tomaban té mientras que Siwing y el tío Affe estaban cada uno con su cerveza Tuborg. Rebecka aún se acordaba de los hombres que salían' en la etiqueta. «Hvergang».

Ella y los demás niños eran lo bastante prudentes como para quedarse en el recibidor y no entrar en la cocina con medio campo de patatas encima.

–Ya llegan los cafres -decía Siwing riendo-. No puedo decir cuántos son porque el recibidor está más oscuro que una mina y tienen la piel negra como el carbón. Echaos a reír para que podamos contar las filas de dientes.

Seguir: parte 2 de 2