Sangre derramada
Patas Doradas
Pero el pánico no quería aparecer, ni tampoco sensación alguna de arrepentimiento. Al contrario, se sentía con el corazón relajado.
«Acabaré de vigilante», pensó.
Se tumbó y se quedó mirando el techo. Se sentía animada, una especie de alegría loca.
Podía oír a un ratón en la pared que hurgaba, mordisqueaba y corría de un lado a otro. Rebecka picó con los nudillos y se quedó quieto. Después se puso de nuevo en marcha.
Rebecka sonrió. Y se durmió. Con la ropa puesta y sin haberse cepillado los dientes.
Soñó.
Está sentada en los hombros de su padre. Es la época de los arándanos.
Su padre carga a la espalda una especie de mochila hecha de corteza de abedul y, con la bolsa y Rebecka, el peso es considerable.
–No te inclines -le dice cuando Rebecka se estira para coger líquenes de los troncos de los árboles.
Detrás de ellos va su abuela paterna. Chaqueta polar azul y bufanda gris. Cuando camina por el bosque tiene una forma de andar basada en el mínimo esfuerzo. No levanta el pie más de lo necesario. Una suerte de trotecillo ágil de pasos cortos. Llevan dos perros con ellos: Jussi, el cazador de alces, va detrás de la abuela; está entrado en años y procura ahorrar energías. Y Jacki, el más joven de los dos, un cruce indeterminado de perros spitz, corre de aquí para allá. Su hocico no tiene nunca suficiente, desaparece de la vista de todos y a veces lo oyen ladrar a un kilómetro de distancia.
Bien entrada la tarde está dormida junto al fuego mientras los mayores se han ido más allá a coger arándanos. Tiene la chaqueta Helly Hansen de su padre como almohada. El sol de la tarde calienta, pero las sombras son largas. Las llamas mantienen alejados a los mosquitos y los perros aparecen de vez en cuando para vigilarla. Le dan unos empujoncitos suaves en la cara para luego salir disparados otra vez antes de que siquiera le dé tiempo a acariciarlos ni pasarles el brazo por el cuello.
PATAS DORADAS
Finales de invierno. El sol se alza por encima de las copas de los árboles y calienta el bosque haciendo que las pesadas capas de nieve se deslicen de
las ramas. Es una temporada engorrosa para cazar, puesto que durante el día la gruesa capa blanca se ablanda con el calor. Se hace difícil correr detrás de la presa, pero si la manada caza de noche a la luz de la luna o al alba, la capa de escarcha les hace heridas en las patas.
La hembra alfa entra en celo. Está inquieta e irritable, así que el que se le acerque tendrá que contar con llevarse un mordisco u otro escarmiento.
Se detiene cerca de los machos subalternos y hace pis con la pata tan levantada que casi le cuesta mantener el equilibrio. Toda la manada se ve influenciada por su temperamento. Se oyen gruñidos y aullidos y se desatan pequeñas peleas constantemente entre los distintos miembros del grupo.
Los lobos más jóvenes se pasean intranquilos por los exteriores de la zona de descanso. Cada dos por tres aparece un lobo adulto para ponerlos en su sitio. A la hora de la comida se respeta la jerarquía a rajatabla.
La loba alfa es hermanastra de Patas Doradas. Hace dos años desafió a la cabeza de la manada de entonces en esta misma época del año. La líder iba a entrar en celo y tenía que reafirmar su supremacía frente a las demás hembras. Se giró hacia la hermanastra de Patas Doradas, alargó su cabeza rayada, levantó los labios y le enseñó los dientes con un gruñido amenazador. Pero en lugar de retirarse asustada con la cola metida entre las patas, la hermanastra de Patas Doradas aceptó el desafío. Miró a la líder directamente a los ojos y erizó el pelo del lomo. La pelea se desató en la fracción de un segundo y terminó en menos de un minuto. La antigua líder salió perdiendo. Una mordedura profunda en el cuello y una oreja desgarrada fueron suficientes para que se retirara entre gemidos. La hermanastra de Patas Doradas alejó a la vieja hembra de la manada, y la manada tuvo una nueva hembra alfa.
Patas Doradas nunca se alzó contra la anterior líder, ni tampoco lo hace contra su hermanastra. Aun así, es como si ésta estuviera especialmente irritable con ella. En una ocasión agarra con sus fauces el hocico de Patas Doradas y la pasea ante la manada. Patas Doradas la obedece humildemente con el lomo encorvado y apartando la mirada. Los lobos más jóvenes se incorporan y comienzan a pasear intranquilos. Después, Patas Doradas le lame las comisuras de la boca a su hermanastra. No quiere pelearse ni desafiarla.
El plateado macho alfa es difícil de conquistar. En los tiempos de la antigua líder, la seguía durante semanas antes de que ella se decidiera a