Sefarad

Antonio Muñoz Molina · Capítulo 17 de 18 · parte 1/2

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Sefarad

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Este capítulo es largo, así que está dividido en 2 partes.

Me acuerdo de una casa judía en un barrio de mi ciudad natal que se llama del Alcázar, porque ocupa el espacio, todavía parcialmente amurallado, donde estuvo el alcázar medieval, la ciudadela fortificada que perteneció primero a los musulmanes y desde el siglo XIII a los cristianos, desde 1234 para ser exactos, cuando el rey Fernando III de Castilla, al que llamaban el Santo en mis libros escolares, tomó posesión de la ciudad recién conquistada. Para que nos aprendiéramos la fecha con facilidad a los niños nos decían que recordáramos los primeros cuatro números consecutivos: uno, dos, tres, cuatro, y repetíamos a coro la cantinela como si fuera una de las tablas de multiplicar, Fernando III el Santo conquistó nuestra ciudad a los moros en mil, doscientos, treinta, y cuatro.

En el recinto elevado del Alcázar, casi inaccesible desde las laderas del sur y del este, estuvo primero la mezquita mayor y luego, sobre su mismo solar, la iglesia de Santa María, que aún existe, aunque lleva cerrada muchos años por obras de restauración que nunca terminan. Tiene o tenía un claustro gótico, lo único de verdad antiguo y valioso del edificio, que ha sido restaurado sin demasiado miramiento muchas veces, sobre todo en el siglo XIX, cuando se le añadió, hacia 1880, una portada confusa y vulgar, y un par de campanarios sin ningún interés. Pero el tañido de sus campanas yo sabía distinguirlo de cualquier otro de los que se oían en la ciudad a la caída de la tarde, porque eran las campanas de nuestra parroquia, y también sabía cuándo doblaban a muerto y cuándo a misa de difuntos, y reconocía los domingos, a mediodía y al atardecer, el repique caudaloso que anunciaba la misa mayor. Otras campanas casi igual de próximas tenían un sonido mucho más grave y de bronce solemne, las de la iglesia del Salvador, o más agudo y diáfano, y entonces eran las del convento de las monjas, que estaban en un torreón como de fortaleza, tan hosco como el edificio entero, con su portón siempre cerrado y sus altas tapias de piedra oscurecida de líquenes y musgo, porque les daba siempre la sombra fría del norte. De vez en cuando aquel portalón negro con grandes clavos se abría y aparecían dos monjas, siempre por parejas, tan pálidas que me parecían salidas de ultratumba, con sus hábitos marrones y sus caras ceñidas por una tela blanca bajo las tocas, la piel más blanca que la tela, y a mí me daban tanto miedo que temía que fueran a secuestrarme, y apretaba más fuerte la mano de mi madre, que se había puesto un velo negro sobre la cabeza para ir a la iglesia.

Me acuerdo de las grandes losas desiguales del claustro de Santa María, algunas de las cuales eran lápidas con nombres de muertos muy antiguos tallados en la piedra, casi borrados por el paso de los siglos y las pisadas de la gente, y de un jardín al que se abrían sus arcos ojivales y en el que había un laurel tan alto que la vista de un niño se perdía hacia arriba sin vislumbrar su final. En el jardín umbrío por la sombra gigante del laurel y lleno de helechos y maleza había siempre, incluso en verano, un olor muy poderoso a vegetación y tierra húmeda, y resonaba el escándalo de los pájaros que anidaban en su espesura, los largos silbidos de las golondrinas y de los vencejos en las tardes demoradas del verano. Desde muy lejos se distinguía el gran chorro verde oscuro del laurel, como un géiser de vegetación que ascendía más alto que los campanarios de la iglesia y los tejados del barrio, y que oscilaba en las tardes de vendaval. Cuando yo era muy niño y entraba en el claustro de Santa María de la mano de mi madre me daba vértigo asomarme al jardín para ver el laurel, y siempre notaba el frío húmedo de la tierra y la piedra y me ensordecía el fragor de los pájaros, que levantaban de golpe el vuelo cuando redoblaban las campanas.

Yo estaba seguro de que el laurel llegaba al cielo, como la mata de habichuelas mágicas en aquel cuento que me contaban las mujeres de mi casa, y que muchos años después yo leía a mi hijo mayor, siempre ansioso de historias cuando se iba a la cama, desde que tenía dos o tres años, ya impaciente cuando anticipaba que el cuanto iba a acabarse, pidiéndome que durara todavía un poco más, que le leyera o le contara otro, mejor aún, que lo inventara a su gusto, dando a los personajes los rasgos de carácter y los poderes mágicos que a él le apetecían, poniéndoles nombres que él debía aprobar. Leyendo el cuento junto a la cabecera de la cama de mi hijo imaginaba a su pequeño héroe subiendo hacia el cielo y emergiendo al otro lado de las nubes por las ramas de aquel laurel prodigioso de Santa María, igual que lo había imaginado cuando era niño y el cuento me lo contaban a mí. Si miraba muy fijo hacia arriba, aunque no hubiera viento, el laurel tenía una ligera oscilación, más inquietante porque apenas era perceptible. Cuando un viento fuerte lo agitaba el ruido de sus hojas tenía una fuerza como la de la resaca del mar, que yo no había escuchado nunca, salvo en las películas, o cuando me acercaban una caracola al oído y me decían que aún sonaba en ella un eco del mar del que la habían traído.

 

A la iglesia de Santa María me acuerdo que iba todas las tardes, en el verano de mis doce años, a rezarle unas cuantas avemarías a la Virgen de Guadalupe, la patrona de mi ciudad, a la que yo le pedía que intercediera por mí para que me aprobaran la gimnasia en septiembre, porque en los exámenes de junio había suspendido de manera humillante, aunque no injustificada. No se me daba bien ningún deporte, no era capaz de subir una cuerda o saltar un potro y ni siquiera sabía dar una voltereta. Había ido creciendo en mí un sentimiento de exclusión que se acentuaba amargamente con la pérdida de las confortables certezas de la niñez y las primeras turbiedades y temores del tránsito a la adolescencia. Me sentía siempre avergonzado y aparte de los otros, mi cara demasiado redonda llenándose de granos, el bozo ensombreciendo el labio superior, todavía infantil, el vello brotando en los lugares más raros de mi cuerpo, el remordimiento agudo y secreto de la masturbación, que según las enseñanzas torvas de los curas no sólo era un pecado, sino también el principio de una serie de enfermedades atroces. Qué raro haber sido ese niño solitario, gordito y torpón que cada atardecer de verano, cuando cedía el calor, iba al barrio del Alcázar y entraba en los claustros frescos de Santa María para rezarle a la Virgen, pisando lápidas de muertos sepultados hacía cinco o seis siglos, devoto y avergonzado por dentro, porque ese verano había aprendido a masturbarse, mirando siempre de soslayo el interior de los escotes y las piernas desnudas de las mujeres, el pecho blanco, de pezón grande y oscuro y tenues venas azuladas, de una gitana descalza que amamantaba a su hijo sentada en la puerta de alguna de las casuchas de pobres que había al final del barrio, junto a las ruinas de la muralla. A veces, en la gran plaza que hay delante de la iglesia, veía de lejos, sentados en un banco de piedra, a los cuatro o cinco gamberros de mi clase, que ya fumaban y entraban en las tabernas, y que si pasaba delante de ellos, aunque fingiera no verlos, se burlarían de mí, como se habían burlado en el gimnasio y en el patio del colegio ante mi cobardía física, más aún si se daban cuenta de adonde iba, el empollón gordito que había sacado tantas matrículas y sin embargo no había sido capaz de aprobar la gimnasia, y que ahora le rezaba todas las tardes a la Virgen, y más de una se acercaba a confesar y luego se quedaba a la misa y comulgaba, con el remordimiento y la desazón de no haberse atrevido a confesarlo todo, a decirle al cura, que había hecho preguntas formularias y trazado en la penumbra el signo de la cruz al mismo tiempo que murmuraba la penitencia y la absolución, que había un pecado más, que ni siquiera podía nombrarse sino con lejanos eufemismos, que había cometido un acto impuro. Tan tempranamente la doctrina católica nos habituaba a la solitaria contienda con uno mismo, a los retorcimientos de la culpabilidad: un acto impuro era un pecado mortal, y si no se confesaba no podía ser absuelto, y si uno se acercaba a comulgar en pecado mortal estaba cometiendo otro, igual de grave que el primero, que se añadía a él en la secreta ignominia de la conciencia.

En la iglesia de Santa María me casé por primera vez, cuando tenía veintiséis años. Quizás por el aturdimiento y los nervios de la ceremonia y el mareo de la gente no llegué a fijarme esa vez en el gran laurel del claustro, aunque ahora me asalta la sospecha alarmante de que quizás lo habían talado, nada raro en una ciudad tan adicta al arboricidio. El hombre joven, con bigote, con el pelo cortado a navaja, con un traje azul marino y una corbata gris perla, me parece aún más remoto que el niño piadoso y secretamente avergonzado de catorce años atrás. A lo largo de ese tiempo había perfeccionado las aptitudes que ya atisbaba como suyas al principio de la adolescencia, el hábito de fingir que era y hacía lo que se esperaba de él y a la vez rebelarse hoscamente en silencio, la vana astucia de esconder la que él imaginaba su identidad verdadera y de alimentarla con libros y sueños y una dosis gradual de rencor mientras exteriormente presentaba una actitud de mansa aquiescencia. Así vivía en un exilio inmóvil, en una lejanía que casi nunca se aliviaba y que sin embargo era tan falsa como una perspectiva de campo abierto pintada en un muro o como esas transparencias del cine en las que un actor conduce a toda velocidad un descapotable al filo de un acantilado sin que el viento le desordene el pelo ni se sucedan y huyan en el parabrisas las sombras de los árboles.

 

El barrio del Alcázar, a espaldas de la iglesia de Santa María, ceñido al sur y al oeste por el camino que circunda la muralla en ruinas y por los terraplenes de las huertas, tiene calles estrechas y empedradas y pequeñas plazas en las que puede haber una casona con gran arco de piedra y dos o tres moreras o álamos. Las casas más antiguas del barrio son del siglo XV. Están encaladas, salvo los dinteles de las puertas, que muestran el tono amarillento de la piedra arenisca en la que fueron tallados, que es la misma que la de los palacios y las iglesias. El blanco de la cal y el dorado y rubio de la piedra contrastan en una delicada armonía que tiene la elegancia luminosa del Renacimiento y la austera belleza de la arquitectura popular. Ventanas altas y estrechas con rejas tupidas como celosías y grandes muros cerrados de tapias de jardines recuerdan el hermetismo de la casa musulmana heredado intacto por los conventos de clausura. Hay caserones con ventanucos estrechos como saeteras en los que a veces nos escondíamos los niños y con grandes argollas en las fachadas, argollas de hierro tan pesadas que no teníamos fuerzas para levantarlas, y en las que nos decían que los señores antiguos ataban a sus caballos. En esos caserones habitaban los nobles que regían la ciudad y que en sus sublevaciones feudales contra el poder de los reyes se hacían fuertes tras los muros del Alcázar. Al amparo de esos mismos muros estaba la Judería: los nobles necesitaban el dinero de los judíos, sus habilidades administrativas, la destreza de sus artesanos, de modo que tenían interés en protegerlos contra las periódicas explosiones de furia de la chusma beata y brutal excitada por predicadores fanáticos, por leyendas sobre profanaciones de la hostia y rituales sanguinarios celebrados por los judíos para infamar la religión cristiana. Robaban hostias consagradas y les escupían y las pisoteaban, y les hincaban clavos y las aplastaban con tenazas para repetir en ellas los suplicios que le habían infligido a la carne mortal de Jesucristo. Secuestraban a niños cristianos y los degollaban en los sótanos de las sinagogas, y bebían su sangre o manchaban con ella la harina blanca y sagrada de las hostias.

Alguien me habló de esa casa judía y yo di vueltas por el barrio del Alcázar hasta que pude encontrarla. Está en un callejón estrecho, como encogida en él, y yo la recuerdo habitada, con voces de gente y ruido de televisión viniendo a la calle por las ventanas abiertas, en las que había macetas con geranios. Tiene una puerta baja, y en los dos extremos de la gran piedra del dintel hay talladas dos estrellas de David, inscritas en un círculo, no tan gastadas por el tiempo que no pueda percibirse con exactitud el dibujo. Es una casa pequeña, aunque sólida, que debió de pertenecer no a una familia opulenta, sino a un escribano o a un pequeño comerciante, o al maestro de una escuela rabínica, a una familia que viviría, en los años anteriores a la expulsión, dividida entre el miedo y un empeño de normalidad, imaginando que los excesos amenazantes del fanatismo cristiano se apaciguarían, igual que tantas otras veces, y que en esa pequeña ciudad y tras la protección de los muros del Alcázar no iban a repetirse las matanzas terribles de unos años antes en Córdoba, o las de finales del siglo anterior. La casa, en el callejón, tiene algo de receloso y escondido, como la actitud de alguien que para no llamar la atención baja la cabeza y encoge los hombros y procura caminar cerca de la pared. Qué harías tú si supieras que de un día para otro pueden expulsarte, que bastarán una firma y un sello de lacre al pie de un decreto para que tu vida entera quede desbaratada, para que lo pierdas todo, tu casa y tus bienes, tu vida de todos los días, y te veas arrojado a los caminos, expuesto a la vergüenza, obligado a despojarte de todo lo que creías tuyo y a emprender un viaje en un buque que te llevará no sabes adonde, a un país donde también serás señalado y rechazado, o ni siquiera eso, a un naufragio en el mar, el mar temible que no has visto nunca. Las dos estrellas de David son la única prueba que atestigua la existencia de una comunidad populosa, como las impresiones fósiles de una hoja exquisita que perteneció a la inmensidad de un bosque borrado por un cataclismo hace milenios. No podrían creer que de verdad iban a expulsarlos, que en unos meses tendrían que abandonar la tierra en la que habían nacido y en la que ya vivieron sus antepasados lejanos, las calles de la ciudad que imaginaron suya, y en la que de pronto no recibían más que signos de odio. Quién puede creer que su casa, en la que está modelada la forma de su vida, le será arrebatada en el plazo de unos días, y que gente desconocida vendrá a ocuparla y no sabrá nada de quienes vivían en ella, quienes creyeron que les pertenecía. La casa tenía una puerta con clavos oxidados y un llamador de hierro, y pequeñas molduras góticas en los ángulos del dintel. Quizás la llave que se correspondía con el gran ojo de la cerradura se la llevaron los expulsados y la fueron legando de padres a hijos en las generaciones sucesivas del destierro igual que la lengua y los sonoros nombres castellanos, y los romances y los cantos de niños que los hebreos de Salónica y Rodas llevarían consigo en el largo viaje infernal hacia Auschwitz. De una casa parecida a ésta se irían para siempre la familia de Baruch Spinoza o la de Primo Levi. Caminaba por los callejones empedrados de la Judería de Úbeda imaginando el silencio que debió de inundarlos en los días posteriores a la expulsión, como el que quedaría en las calles del barrio sefardí de Salónica cuando los alemanes lo evacuaron en 1941, donde ya no volverían a escucharse las voces de las niñas que saltaban a la comba cantando romances como los que yo alcancé a escuchar en mi infancia, romances de mujeres que se disfrazaban de hombres para combatir en las guerras contra los moros o de reinas encantadas. Los franciscanos y los dominicos predicando a la multitud analfabeta desde los pulpitos de las iglesias, las campanas doblando con repiques de triunfo mientras los desterrados iban abandonando el barrio del Alcázar, en la primavera y el verano de 1492, que era otra de las fechas que nos aprendíamos de memoria en la escuela, porque era la de mayor gloria en la Historia de España, nos decía el maestro, cuando se reconquistó Granada y se descubrió América, y nuestra patria recién unificada empezó a ser un imperio. De Isabel y Fernando el espíritu impera, cantábamos apoyando con pisotones marciales los énfasis del himno, moriremos besando la sagrada bandera. Hazaña tan importante de los reyes Católicos como la victoria sobre los moros en Granada y decisión tan sabia como el apoyo a Colón había sido la expulsión de los judíos, que en los dibujos de nuestra enciclopedia escolar tenían narices aguileñas y perillas puntiagudas, y a los que se atribuía la misma oscura perfidia que a otros enemigos jurados de España, de los cuales no sabíamos nada más que sus nombres temibles, masones y comunistas. Cuando nos estábamos peleando con otros niños en la calle y alguno nos escupía le gritábamos siempre: Judío, que le escupiste al Señor. En los tronos de nuestra Semana Santa los sayones y fariseos tenían los mismos rasgos groseros que los judíos de la enciclopedia escolar. En la Ultima Cena, Judas nos daba a los niños tanto miedo como un drácula del cine, con su nariz ganchuda y su barba en punta y la cara verdosa de traición y codicia con que se volvía para mirar secretamente la bolsa con las treinta monedas.

 

En el hotel Excelsior, en Roma, muchos años y varias vidas más tarde, conocí al escritor rumano y sefardí Emile Román, que hablaba fluidamente en italiano y en francés, pero también en un raro y ceremonioso español que había aprendido en su infancia, y que debía de parecerse al que hablaban en 1492 los habitantes de aquella casa del barrio del Alcázar. Pero nosotros no nos llamábamos sefardíes, me dijo, nosotros éramos españoles. En Bucarest, en 1944, un pasaporte expedido a toda prisa por la embajada española le permitió salvar la vida. Con el mismo pasaporte que le había librado de los nazis escapó unos años más tarde de la dictadura comunista, y ya no regresó nunca a Rumania, ni siquiera tras la muerte de Ceaucescu. Ahora escribía en francés y vivía en París, y como estaba jubilado pasaba las tardes en el local de una hermandad de viejos sefardíes que se llamaba Vida larga. Era un hombre muy alto, parado, de ademanes graves, de piel olivácea y grandes manos rituales. En el bar del hotel Excelsior un individuo de pajarita roja y esmoquin plateado tocaba éxitos internacionales en un órgano eléctrico. Sentado frente a mí, junto a los ventanales que daban al tráfico de la Vía Véneto, Emile Román bebía con breves sorbos de una taza diminuta de espresso y hablaba apasionadamente de injusticias cometidas cinco siglos atrás, nunca olvidadas, no corregidas y ni siquiera amortiguadas por el paso del tiempo y el tránsito de las generaciones, el inapelable decreto de expulsión, los bienes y las casas vendidos apresuradamente para cumplir el plazo de dos meses que se concedía a los expulsados, dos meses para abandonar un país en el que habían vivido sus mayores durante más de mil años, casi desde el principio de la otra Diáspora, dijo Emile Román, las sinagogas desiertas, las bibliotecas dispersadas, las tiendas vacías y los talleres clausurados, cien o doscientas mil personas forzadas a marcharse de un país con apenas ocho millones de habitantes. Y los que no se fueron, los que prefirieron convertirse por miedo o por conveniencia y calcularon que al recibir el bautismo serían aceptados. Pero tampoco eso les sirvió, porque si ya no podían perseguirlos por la religión de la que habían abjurado ahora era su sangre lo que los condenaba, y no sólo a ellos, sino también a sus hijos y a sus nietos, de modo que los que se quedaban acabaron siendo tan extranjeros como los que se habían ido, incluso más todavía, pues no sólo los despreciaban los que habrían debido ser sus hermanos en la nueva religión, sino también los que permanecieron fieles a la que ellos habían abandonado. El pecador más infame podía arrepentirse y si cumplía la penitencia quedar libre de culpa, el hereje abjurar de sus errores, el pecado original podía redimirse gracias al sacrificio de Cristo: pero para el judío no había redención posible, porque su culpabilidad era anterior a él e independiente de sus actos, y se volvía incluso más turbiamente sospechoso si su apariencia era de ejemplaridad. Pero en eso España no fue una excepción, no fue más cruel o más fanática que otros países de Europa, contra lo que suele pensarse. Si en algo se distinguió España no fue por expulsar a los judíos, sino por expulsarlos tan tarde, porque en el siglo XIV los habían echado de Inglaterra y de Francia, y no crea que con más miramientos, y cuando en 1492 muchos de los que salieron de España buscaron refugio en Portugal lo obtuvieron a cambio de una moneda de oro por persona, y seis meses más tarde también los expulsaron, y los que se convirtieron para no tener que irse no tuvieron una vida mejor que los conversos de España, y también recibieron el nombre infame de marranos. Pero hubo marranos que después de varias generaciones de sometimiento al catolicismo emigraron a Holanda y en cuanto llegaron allí volvieron a profesar el judaísmo, la familia de Baruch Spinoza, por ejemplo, que tenía una inteligencia demasiado racional y libre para obedecer ningún dogma, y fue oficialmente expulsado de la comunidad judía, él que venía de un linaje de judíos expulsados de España.

Ser judío era imperdonable, dejar de serlo era imposible, dijo con su lenta ira melancólica Emile Román, cuyo nombre verdadero era don Samuel Béjar y Mayor. Yo no soy judío por la fe de mis antepasados, que mis padres nunca practicaron, y que cuando era joven a mí podía importarme tanto como a usted la creencia de sus abuelos en los milagros de los santos católicos. A mí me hizo judío el antisemitismo. Durante un tiempo aún podía ser como una enfermedad secreta, que no lo excluye a uno de la comunidad con los demás porque no se revela en signos exteriores, en manchas o pústulas que puedan condenarlo como a un leproso en la Edad Media. Pero un día, en 1941, tuve que coserme una estrella de David amarilla en la pechera de mi abrigo, y desde entonces la enfermedad ya no podía ser escondida, y si a mí se me olvidaba un instante que era un judío y que no podía ser más que un judío las miradas de los que se cruzaban conmigo por la calle o en la plataforma del tranvía (mientras nos estuvo permitido viajar en tranvía) se encargaban de recordármelo, de hacerme sentir mi enfermedad y mi rareza. Algunos conocidos volvían la cara para no tener que saludarnos o para que no les vieran hablando con un judío. Había quien se apartaba, como el que se aparta de un mendigo muy sucio o de alguien con una deformidad muy desagradable. Los que fueron mis compatriotas se habían convertido en extranjeros. Pero el extranjero era yo, y la ciudad en la que había nacido y vivido siempre ya no era mía, y en cualquier momento, mientras iba por la calle, cualquiera podía injuriarme, o empujarme a la calzada porque no tenía derecho a ir por la acera, o si tenía la mala suerte de cruzarme con una pandilla de nazis corría el peligro de que me dieran una paliza o de sufrir la humillación de echar a correr para que no me alcanzaran, como un niño torpe al que se divierten en atormentar los fuertes y los chulos de la calle.

 

¿Ha leído usted a Jean Améry? Debe hacerlo, es tan importante como Primo Levi, sólo que mucho más desesperado. La familia de Primo Levi había emigrado a Italia en 1492. Los dos estuvieron en Auschwitz, aunque allí no llegaron a encontrarse. Levi no compartía la desesperación de Améry, ni podía aceptar su suicidio, pero él también acabó matándose, o al menos ése fue el dictamen de la policía. Améry no se llamaba en realidad Améry, ni Jean. Había nacido en Austria y se llamaba Hans Mayer. Hasta los treinta años vivió creyendo que era austriaco, y que su lengua y su cultura eran alemanas. Incluso le gustaba subrayar su pertenencia a Austria, y se vestía muchas veces con el traje folklórico de pantalón corto y calcetines altos. De pronto un día, en noviembre de 1935, sentado en un café, en Viena, igual que estamos sentados usted y yo, abrió el periódico y leyó en él la proclama de las leyes raciales de Nüremberg, y descubrió que no era lo que había creído y querido siempre ser, y lo que sus padres le enseñaron a creer que era, un austriaco. De pronto era lo que jamás había pensado: un judío, y además no era más que eso, toda su identidad se reducía a esa sola condición. Había entrado al café dando por supuesto que tenía una patria y una vida y cuando salió de él ya era un apátrida, como máximo una posible víctima, nada más. Su cara era la misma, pero él ya se había convertido en otro, y si se miraba despacio en el espejo no le costaba nada empezar a distinguir los signos de la transformación, aunque por su apariencia física nadie habría podido averiguar su origen, los rasgos del estigma. Pagaría su café al mismo camarero de todas las mañanas, que se inclinaría ligeramente ante él cuando recibiera la propina, pero ahora sabía que muy probablemente el camarero lo miraría con el desprecio que se reserva a un mendigo inoportuno si llegaba a enterarse de que era judío. Escapó al oeste, a Bélgica, cuando aún era tiempo, en 1938, pero en aquella época las fronteras de Europa se convertían de un día para otro en cepos o alambradas, y el que había escapado a otro país despertaba una mañana escuchando por los altavoces los gritos de los verdugos que creyó haber dejado atrás en el suyo. En 1943 lo detuvo la Gestapo en Bruselas. Lo sometieron durante semanas a torturas horrendas y poco después lo mandaron a Auschwitz. Después de la Liberación renegó de su nombre alemán y de la lengua alemana que había creído suya, y decidió llamarse Jean y no Hans y Améry y no Mayer y no pisar nunca más Austria ni Alemania. Lea el libro que escribió sobre el infierno del campo. Después de terminarlo yo no podía leer nada ni escribir nada. Dice que en el momento en que uno empieza a ser torturado se rompe para siempre su pacto con los demás hombres, y aunque se salve y quede libre y siga viviendo muchos años la tortura nunca cesará, y ya no podrá mirar a los ojos a nadie, ni confiar en nadie, ni dejar de preguntarse, delante de un desconocido, si es o ha sido un torturador, si le costaría mucho serlo, y si una vecina anciana y educada le dice buenos días al cruzárselo por la escalera piensa que esa misma anciana amable pudo haber denunciado a la Gestapo a su vecino judío, o mirado hacia otra parte cuando a su vecino lo arrastraban escaleras abajo, o gritado Heil Hitler hasta enronquecer al paso de los soldados alemanes.

 

Me invitaron a Alemania una vez, hace unos pocos años, a dar una charla en una ciudad muy bella, como de cuento, con calles empedradas y casas de tejados góticos, con parques, con mucha gente paseando en bicicleta, Göttingen, donde habían vivido los hermanos Grimm. Me acuerdo del ruido como de seda que hacían los neumáticos de las bicicletas al deslizarse sobre los adoquines húmedos al anochecer, y del sonido de sus timbres. Había hecho un día soleado, y yo había estado desde por la mañana yendo de un lado para otro, siempre con personas muy serviciales y muy afectuosas, que se ocupaban de organizar la satisfacción inmediata de cualquier deseo que yo formulara, con una eficacia que podía ser agobiante. Si decía que tenía interés en visitar un museo inmediatamente se ponían a llamar por teléfono y al cabo de un rato ya tenían a mi disposición folletos informativos, listas de horarios, modos posibles de transporte. Por la mañana me llevaron a dar una charla a la universidad, después se angustiaron presentándome posibilidades diversas de sitios para almorzar, si prefería comida italiana, o china, o vegetariana, y cuando dije un poco por casualidad que me apetecía un italiano se desvivieron por determinar cuál sería el mejor entre varios posibles. Por la tarde, con toda la somnolencia de la comida y el cansancio acumulado del viaje, me llevaron a una librería a dar una lectura. Yo leía un capítulo de mi libro, y a continuación el traductor lo leía en alemán. Nada más ponerme a leer me desalentaba pensar en todas las páginas que me quedaban por delante y me aburría e irritaba lo que yo mismo había escrito. Alzaba los ojos del libro al tragar saliva o tomar aire y veía delante de mí las caras serias y atentas del público, que me escuchaba disciplinadamente sin entender ni una palabra, y que además había pagado por soportar ese suplicio. Me avergonzaba de lo que había escrito, me sentía culpable del tedio que debía de estar sintiendo aquella gente, y para abreviar el mal rato leía a toda velocidad y me saltaba párrafos enteros. Se me cerraban los ojos cuando el traductor leía en alemán y yo intentaba mantenerme erguido y atento, como si entendiera algo, y buscaba en las caras ahora algo menos inanimadas del público posibles reacciones a lo que yo había escrito tiempo atrás en una lengua que no se parecía en nada a la que ellos escuchaban. Distinguía alguna sonrisa, algún gesto de asentir a algo escrito por mí y que yo no sabía lo que era, y al final me sentí tan aliviado que no me importó nada la vehemencia de los aplausos, aunque sonreí e incliné un poco la cabeza, con la bajeza habitual de quien es halagado. Qué tormento recibir parabienes, contestar a preguntas de personas tan sumamente interesadas que casi me daba vergüenza que me importara tan poco su interés por lo que yo tenía que decirles. Era como caminar sobre arena y hundirse a cada paso, como bracear en arena, y yo lo único que deseaba era salir de allí cuanto antes y no tener que escribir otra dedicatoria ni mostrar interés ante otra explicación, y verme libre de la agobiante servicialidad de los organizadores, que ya tramaban y organizaban mis próximos pasos, miraban el reloj calculando el tiempo que faltaba para que cerrasen el museo al que yo tenía tantas ganas de ir, discutían si sería más rápido y más cómodo para mí que me llevaran en un taxi o en tranvía, se aseguraban de que yo seguía teniendo los folletos informativos, alguno de ellos miraba en un mapa si cerca del museo había un restaurante italiano al que me pudieran llevar a cenar, dado que ya se contaba con mi predilección por la comida italiana. Se quedaron consternados y yo me sentí horriblemente desconsiderado y culpable cuando les dije que prefería irme al hotel, y que cenaría allí mismo cualquier cosa, aunque uno de ellos se ofreció a llamar por teléfono para que le leyeran la carta y yo pudiera ir tomando una decisión, y también para que le dijeran el horario de apertura y cierre del restaurante y en su caso las posibilidades de elección que ofrecía el room service. Que no se molestaran, les dije, casi les supliqué, que no tenía hambre y lo mismo me tomaba una cerveza y una bolsa de patatas fritas del minibar de la habitación, pero enseguida me arrepentí de haberlo dicho, porque surgió la duda de si en la habitación del hotel habría minibar... No podía creer que estaba solo cuando al final me dejaron, despidiéndose de mí con un afecto del todo inmerecido en la escalera de entrada, ellos tan amables y yo maldiciéndolos por dentro, anticipando casi dolorosamente la cercanía del momento en que podría tenderme en la cama, sin hacer nada, sin hablar con nadie, sin tener que abrirme paso por un menú escrito sólo en alemán, quitarme los zapatos y doblar la almohada y quedarme tendido mirando al techo, disfrutando de todas las horas que tenía por delante para estar solo, para pasear a mi aire, hacia donde me diera la gana, con las manos en los bolsillos, sin ningún propósito, sin nadie a mi lado para someterme a una implacable cortesía.

Me adormilé un rato, en el confort alemán de la habitación, que era pequeña y tenía vigas en el techo y el suelo de madera bruñida, como en el dibujo de un cuento, echándome encima uno de esos edredones ligeros y cálidos que no hay en ninguna otra parte del mundo, recostado en la almohada grande, mullida, olorosa a lavanda, pero no quería abandonarme al sueño, porque era temprano, aunque ya estaba anocheciendo, y si me dormía ahora podría despertarme plenamente despejado a las dos de la madrugada, y pasarme el resto de la noche en uno de esos insomnios temibles de habitación de hotel. Bajé al vestíbulo tomando la precaución de comprobar que no rondaba por las proximidades ninguno de mis anfitriones, y al salir a la calle también miré a un lado y a otro, acordándome de los espías en las novelas de John le Carré que leí tanto de joven, hombres comunes con gafas y abrigo que caminan por pequeñas ciudades alemanas y se vuelven de vez en cuando y miran en los espejos de los coches aparcados para comprobar que no les persigue un agente de la Stasi. Había una niebla fría en el aire, una humedad y un olor a río y a vegetación empapada. Según caminaba iba recuperándome del cansancio y la somnolencia, notando ese principio de euforia que suele animarme cuando salgo del hotel a las calles de una ciudad extranjera y no tengo por delante ninguna obligación. Soy todo ojos, no soy nadie y nadie me conoce, y si voy contigo paseamos abrazados con una gozosa ligereza que nos devuelve a los primeros días que estuvimos juntos, porque esa ciudad a la que hemos llegado es tan nueva y tan prometedora como lo fue la nuestra cuando tenía la misma claridad inaugural que nuestra vida recién comenzada de amantes.

Recuerdo muy pocas cosas, muy nítidas: una calle adoquinada, con casas de tejados en punta a los dos lados, tejados de pizarra y vigas de madera cruzándose en las fachadas, pequeñas ventanas con postigos de madera entornados, a través de los cuales se veían interiores iluminados, forrados de madera, de libros. Me acuerdo del rumor sigiloso de las bicicletas, la vibración de los radios al girar en el silencio de la calle sin coches y el roce adhesivo de los neumáticos sobre los adoquines húmedos. Escuchaba a mi espalda la nota aguda de un timbre y enseguida me adelantaba un ciclista apacible, hombre o mujer, y no necesariamente joven, a veces una señora de pelo blanco y gafas y sombrero anticuado, o un ejecutivo de traje azul marino bajo el impermeable. Vi torres góticas con relojes dorados y tranvías que cruzaban al fondo de una calle en un silencio casi tan fantasmal como el de las bicicletas. En una esquina me llamó la atención el escaparate muy iluminado de una pastelería, de la que llegaba hasta la calle un ruido denso y jovial, aunque también amortiguado, como forrado en la quietud general de la ciudad, conversaciones y tintineo de cucharillas y de tazas, y un aroma caliente de obrador, muy nítido en el aire tan frío, de chocolate y café. Porque tenía hambre y me había ido quedando aterido durante el paseo tan largo vencí la timidez que tantas veces me impide entrar solo en un local lleno de gente, el apocamiento español que se me acentúa si estoy en un país extranjero. Debía de ser una pastelería de principios de siglo, conservada intacta, con escayolas y dorados como de barroquismo austrohúngaro, con espejos enmarcados en caoba y arañas de salón de baile, con veladores de mármol y delgadas columnas de hierro pintadas de blanco, con un brillo de purpurina en los capiteles. Había bastidores con anchos periódicos alemanes muy tupidos de letra que parecían también periódicos de principios de siglo, o al menos de la guerra de 1914. Las camareras iban vestidas con justillos blancos escotados y faldones antiguos, peinadas con rodetes o trenzas sujetas a las sienes, y eran rubias y de caras coloradas y redondas, y se movían veloces y un poco sofocadas entre las mesas llenas de gente, sosteniendo en alto con una sola mano bandejas muy cargadas de teteras y jarras de porcelana con café o chocolate y porciones de tartas, las tartas cuantiosas, exquisitas que relucían en las vitrinas, en una variedad que yo no había visto nunca, ni he vuelto a ver después.

Sentado en un rincón, junto a una mesa muy pequeña, mientras esperaba el té y la tarta de queso y moras que había pedido entendiéndome por señas con una camarera, me entretuve mirando las caras a mi alrededor, disfrutando del interior caldeado, de la tranquilidad de no tener que prestar atención al idioma que escuchaba, ya que lo ignoraba por completo, así que podía permitirme el alivio de no esforzarme en atrapar conversaciones. Había gente mayor, sobre todo, más mujeres que hombres, matrimonios de jubilados prósperos o grupos de señoras con sombreros y abrigos, y el tono general era como de sólido y civilizado deleite, cabezas que asentían y manos que levantaban tazas de té con el meñique extendido, risas prudentes, conversaciones vivaces y tan herméticas para mí como los pares de ojos claros que a veces registraban mi presencia con un leve guiño de curiosidad o tal vez de rechazo. Yo era sin duda el único extranjero en todo el local, y en un espejo que había enfrente de mí pude verme de pronto como desde fuera, como me vería la camarera que me traía el té y la tarta o el hombre de ojos muy azules y pelo muy blanco que se había vuelto ligeramente hacia mí y me examinaba mientras seguía contándole algo a la señora con pendientes dorados, pelo teñido de un negro muy fuerte y guantes blancos que estaba junto a él, muy pintada, con colorete en los pómulos, con arrugas innumerables y delgadas en el labio superior y en torno a la boca muy roja. Vi mi pelo tan negro, mis ojos oscuros, la camisa blanca sin corbata y el mentón ya sombrío de barba que me daban un aire indudable de búlgaro o de turco, la chaqueta de mi traje formal que estaba algo arrugada después de varios días de viaje y negligencia, y que parecía también una de esas chaquetas que llevan los emigrantes, las que llevan en las fotos de los años sesenta los emigrantes españoles a Alemania. Estaba muy cansado, porque los viajes de obligación profesional me agotan y me marean los desconocidos y duermo mal en los hoteles, y empezaba a ver las caras y las cosas a mi alrededor como detrás de una neblina, aunque nadie fumaba en la pastelería y no había más humo que el de las tazas o el vaho de quienes entraban desde el frío de la calle. Qué raro no haberme fijado antes en que todo el mundo, salvo las camareras, parecía viejísimo, ancianos y ancianas tan cuidadosamente conservados como la decoración y las molduras de yeso de la pastelería e igual de decrépitos, dentaduras postizas, bastones, peluquines, pelucas rubias o empolvadas de blanco, gafas de mucha graduación, zapatos y medias ortopédicas, sombreritos de Miss Marple y manos pergaminosas y artríticas sosteniendo temblorosamente bocados de tarta y tazas de delicada porcelana. Las camareras sí que eran jóvenes, desde luego, incluso muy jóvenes, pánfilas como adolescentes rosadas y carnosas, pero de algún modo eran tan antiguas como la clientela y como el local, con sus faldas abullonadas, sus rodetes y trenzas, sus justillos y sus escotes con encajes, carnales sin sensualidad, con caras de redondeces infantiles y una pesadez de mujeres maduras. Miré al hombre de pelo tan blanco y tenue como algodón y de ojos muy claros que un momento antes me había parecido que me examinaba con reprobación, y se me ocurrió que tendría unos setenta y tantos años, tal vez ochenta, aunque era delgado y nervudo, tenía la cara y las manos morenas, como atezadas de intemperie, y un aire altivo, como de militar retirado. Calculé entonces que en 1940 no habría tenido mucho más de treinta años, y con una especie de revelación súbita y arbitraria lo imaginé de uniforme, los ojos tan claros sombreados por la visera de una gorra de plato. Qué habría hecho ese hombre en la Alemania de los años treinta, y más tarde, durante la guerra, dónde habría estado. Sin darme cuenta debí de estar mirándolo con una atención indisimulada y excesiva, porque advertí en él un gesto de irritación cuando sus ojos se cruzaron con los míos. Pero al apartarlos de él fui mirando a las otras personas que había en el local, bajo la luz de las arañas que relucía en las molduras doradas y se multiplicaba en los espejos, y en cada cara de hombre o mujer quería imaginarme los rasgos y las actitudes de cincuenta o sesenta años atrás, de modo que se iba produciendo en ellas un principio inquietante y luego amenazador de transformación, una punzada negra de sospecha, y esas facciones ajadas y apacibles las veía jóvenes y crueles, las bocas con dentaduras postizas que tomaban pequeños sorbos de chocolate o de té se abrían en gritos de entusiasmo fanático, las manos con manchas pardas en el dorso y nudillos deformados por la artritis que sostenían tan pulcramente las tazas se alzaban oblicuas como bayonetas en un saludo unánime: cuántos de los que estaban a mi alrededor habrían gritado Heil Hitler qué habría en la conciencia, en la memoria de cada uno de ellos, hombre o mujer, cómo me habrían mirado al cruzarse conmigo si yo hubiera llevado una estrella amarilla cosida en la pechera del abrigo, si hubiera estado en esa misma pastelería y hubieran entrado en ella unos hombres de sombreros terciados sobre las caras y abrigos negros de cuero y se hubieran acercado a mí para pedirme los papeles, un desconocido de aire extranjero y meridional que levanta enseguida sospechas, miradas de soslayo, que abriga su taza de té entre las manos para calentárselas y no sabe que alguien, un ciudadano concienzudo, ha llamado ya a la Gestapo para advertir de su presencia, como llamaban tantas personas entonces, sin que las obligara nadie, por puro sentido del deber cívico o patriótico: quizás alguien entre los ancianos que ahora meriendan en la pastelería hizo una llamada así, formuló una denuncia, como las que todavía permanecen en los archivos como pruebas indelebles de la mezquindad casi universal, de la íntima dosis de infamia que sustentaron el edificio sanguinario de la tiranía; quizás también hay entre esta gente un perseguido o un denunciado de entonces, aunque estadísticamente la posibilidad es mucho más limitada. Pero ya me parece que hay más ojos detenidos en mí, y mi cara en el espejo que dilata el espacio y multiplica a la gente también se ha modificado, me veo más raro, más oscuro, me distingo más de los otros según voy sintiendo la incomodidad de mi diferencia. Me gustaría tener un libro o un periódico, algo con lo que distraerme y ocupar las manos, pero me palpo los bolsillos del abrigo y no llevo nada, a no ser mi pasaporte y mi cartera, y cuando se me ha agotado la paciencia de esperar me armo de valor y me pongo en pie para marcharme, e inmediatamente me vuelvo a sentar y hasta creo que enrojezco porque la camarera ha llegado con la bandeja y con una sonrisa de pepona cordial, diciéndome algo que no entiendo. Le pago antes de que vuelva a irse, bebo un poco de té y mordisqueo la tarta demasiado dulce. Muy mareado del calor excesivo salgo a la calle y agradezco la soledad y el aire limpio y frío, me interno en un parque creyendo que es el mismo que crucé viniendo del hotel y al salir de él por una alta verja a una calle iluminada y moderna que no recuerdo haber visto antes comprendo que me he perdido, con toda la brusca lucidez del despertar de un sueño.

 

Una solitaria caminata se confunde con otra, como un sueño que viene a desembocar en otro, y la noche alemana se disuelve en una tarde lluviosa diez años después y al otro lado del océano, pero hay un hondo olor común de vegetación húmeda y tierra empapada, y quien camina no está seguro de ser el mismo de entonces. En algún momento a lo largo de este tiempo ha descubierto lo que todo el mundo cree saber y sin embargo nadie acepta. Ahora sabe, y ese conocimiento no está nunca muy lejos de su conciencia, que es mortal, y lo sabe porque ha estado a punto de morir, y sabe también que el tiempo que ahora vive es un regalo a medias del azar y de la medicina, y que este paseo a media tarde por unas calles arboladas y tranquilas de Nueva York podía no estar sucediendo, y que si él no cruzara ahora mismo, con un poco de vértigo, la Quinta Avenida a la altura de la calle 11, hacia el oeste, con su gabardina y su paraguas, no pasaría absolutamente nada, nadie advertiría su ausencia, no habría la menor modificación en el mundo, en las casas de ladrillo rojo con altos escalones de piedra que le gustan tanto, en las hileras de gingkos con sus hojas en forma de abanico, muy jóvenes todavía, de un verde muy tierno, tan reluciente como el de las glicinias que trepan por las fachadas hasta las cornisas, enredándose a veces en la geometría metálica de las escaleras de incendios. También sabe que podía no haber vuelto nunca a la ciudad, y como sabe que eso habría sido tan fácil y sólo le quedan uno o dos días para marcharse de ella teme que ésta sea la última vez, y esa conciencia de la fragilidad de su vida, el hilo tan delgado y fácil de cortar de la vida de cualquiera, le vuelve más valioso ese paseo que ha repetido muchas veces, y que no es imposible que ahora esté dando por última vez. Entre nombres de ciudades y mujeres que han imantado desde que era niño su vida y su imaginación ahora hay un nombre nuevo, irrumpido como un alacrán, en el catálogo de sus palabras cruciales. Igual que Franz Kafka no escribe nunca en sus cartas la palabra tuberculosis él no pronuncia jamás la palabra leucemia, ni siquiera la piensa, ni la dice en silencio, aterrado de que con sólo pronunciarla le asalte el veneno de su picadura.

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