Sefarad

Antonio Muñoz Molina · Capítulo 17 de 18 · parte 2/2

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Sefarad

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Este capítulo es largo, así que está dividido en 2 partes.

Camina hacia el oeste dejándose llevar por la querencia de sus pasos, buscando las calles recónditas y adoquinadas que hay ya muy cerca del río Hudson, al filo de la vasta desolación portuaria de los muelles abandonados donde en otros tiempos atracaron los transatlánticos. Ahora se ven los pilotes colosales pudriéndose en el agua gris, y en las grietas de las plataformas a las que los barcos arrimaban el costado crecen juncos y malezas espesas, como entre las columnas despedazadas de un templo en ruinas. En algunos muelles está prohibido entrar. Otros se han convertido en parques infantiles, en instalaciones deportivas. Fugitivos innumerables de Europa pisaron estas grandes planchas de madera, miraron la ciudad con miedo y espanto desde aquí. A todo lo largo de la orilla del río discurre un sendero para los corredores y los patinadores, para la gente que saca a pasear tranquilamente a su perro. Al otro lado de la anchura oceánica del río se ve la costa de New Jersey, una línea baja de árboles interrumpida por feos hangares industriales, por alguna torre de viviendas, por una ingente construcción de ladrillo que desde lejos parece la puerta almenada de la muralla de una ciudad babilonia o asiria, y que tiene su equivalente exacto frente a ella en este lado del río. Me parecían más misteriosas esas construcciones porque no tenían ventanas y no podía imaginar su utilidad. Eran como torres de Nínive o de Samarkanda erigidas no en medio del desierto sino en la ribera del Hudson: luego me enteré de que contienen los respiraderos o los ventiladores colosales del túnel Lincoln, que discurre debajo del río, y que es tan tenebroso y tan largo que cuando uno lo atraviesa en un taxi tiene la sensación agobiante de que no va a llegar nunca a la salida, y de que a cada segundo le falta el aire.

A lo lejos, hacia el sur, se levanta el acantilado de los rascacielos más modernos de la parte baja de Manhattan, los que han crecido en torno a las Torres Gemelas, que sólo tienen cierta belleza cuando las rodea la niebla o cuando el sol rojizo del atardecer les da un resplandor como de prismas de cobre. Esa tarde de nublado y llovizna las aguas del Hudson tienen el mismo gris del cielo y la parte más alta de los rascacielos se pierde entre las grandes nubes movedizas y oscuras, y en ellas brillan como ascuas bajo una leve ceniza las luces rojas de los pararrayos. Casi perdidas en la bruma se distinguen la estatua de la Libertad y las delgadas torres de ladrillo de Ellis Island.

 

He vuelto a la ciudad y ya estoy despidiéndome de ella. Quiero atesorar cada lugar, cada minuto de esa tarde última, el rojo del ladrillo de esas calles recónditas, el olor de las flores moradas de las glicinias, el de los pequeños jardines selváticos que hay a veces detrás de una tapia de madera, entre dos edificios, y en los que hay una umbría húmeda y una espesura de vegetación que me trae el recuerdo del jardín de la iglesia de Santa María en las tardes de mucha lluvia, cuando el agua se derramaba de las gárgolas entre los arcos del claustro y resonaba en el interior de las bóvedas. He caminado hacia el oeste, dejando atrás la Quinta Avenida, y un poco antes de llegar a la Sexta, casi en la esquina de la calle once, he encontrado el cementerio sefardí que una vez me señaló mi amigo Bill Sherzer, y en el que yo no había reparado antes, aunque solía ir mucho por esos lugares, hacia la parte baja de las avenidas, que por allí se vuelven más despejadas y bohemias, en la encrucijada de Chelsea y de Greenwich Village, con puestos callejeros de libros y discos de segunda mano y tiendas de ropa extravagante, con veladores de cafés en las aceras y escaparates de prodigiosas mantequerías italianas. Muchas veces habíamos ido a comprar a una de ellas, Balducci's, pero nunca nos habíamos fijado en ese jardín estrecho y sombrío al otro lado de una verja, que era a principios del siglo XIX el cementerio de la comunidad judía hispano portuguesa, según dice una placa en la que tampoco nos habríamos fijado si Bill no nos la llega a señalar. Fugitivos de Rusia, del hambre y de los pogroms, sus abuelos llegaron a Ellis Island a principios de siglo.

Entre los árboles, los helechos, la hiedra, la maleza, se ven unas cuantas lápidas de piedra, oscurecidas por la humedad y la intemperie, tan gastadas que apenas se distinguen las inscripciones que alguna vez hubo en ellas, caracteres hebreos o latinos, algún nombre español, una estrella de David. Pero la verja está cerrada y no es posible entrar en el cementerio diminuto, y si uno pudiera tocar las lápidas difícilmente percibiría algo más que las rugosidades y asperezas de la piedra, cuyos ángulos se han redondeado con el tiempo, se han gastado hasta un punto en el que poco a poco se borra la huella del trabajo humano, igual que esas columnas rotas y fragmentos de capiteles que en las escombreras de los foros de Roma van regresando a una primitiva rudeza mineral. Quién podría rescatar los nombres que fueron tallados hace doscientos años sobre esas lápidas, nombres de gente que existió con tanta plenitud como yo mismo, que tuvo recuerdos y deseos, que tal vez pudo trazar su linaje remontándose hacia atrás a lo largo de destierros sucesivos hasta una ciudad como la mía, hasta una casa con dos estrellas de David en el dintel y un barrio de calles muy estrechas que se quedó desierto entre la primavera y el verano de 1492. Delante de la verja, del cementerio diminuto, encerrado entre muros altos de edificios, tengo una melancólica sensación de reencuentro con mis compatriotas fantasmas, en la tarde de neblina y llovizna de Nueva York, reencuentro y despedida, porque me voy mañana y no sé si volveré, si habrá una tarde futura en la que me detenga justo en este mismo lugar, delante de las lápidas con sus nombres borrados, perdidos, como tantos otros, para el catálogo inmemorial de las diásporas españolas, para la geografía de las sepulturas españolas en tantos destierros por la anchura del mundo. Lápidas, tumbas sin nombre, listas infinitas de muertos. A las afueras de Nueva York hay un cementerio de colinas onduladas y verdes y árboles inmensos que se llama Las Puertas del Cielo, con lagos de los que se levantan en las tardes de otoño populosas bandadas de pájaros migratorios. Entre millares de lápidas, en medio de una geometría de tumbas con apellidos irlandeses, hay una que lleva un nombre español, tan modesta, tan parecida a cualquiera de las otras, que es muy difícil reparar en ella.

Federico García Rodríguez 1880-1945

Cómo habría podido imaginar ese hombre que su tumba no iba a estar en el cementerio de Granada, sino al otro lado del mundo, entre los bosques cercanos al río Hudson, o que su hijo iba a morir antes que él y no tendría siquiera una sepultura visible, una simple lápida que recordara el punto exacto del barranco en el que lo ejecutaron. Sepulturas modestas y fosas comunes jalonan los caminos de la gran diáspora española: quisiera visitar el cementerio francés donde fue enterrado en 1940 don Manuel Azaña, en medio del gran derrumbe de Europa, leer el nombre de Antonio Machado en una tumba del cementerio de Colliure. Otros muertos para los que tampoco hubo tumbas ni inscripciones perduran en la multitud alfabética de sus nombres: en una página de Internet he encontrado, en letras blancas sobre fondo negro, la lista de los sefardíes de la isla de Rodas deportados a Auschwitz por los alemanes. Habría que ir leyéndolos uno por uno en voz alta, como recitando una severa e imposible oración, y entender que ni uno solo de esos nombres de desconocidos puede reducirse a un número en una estadística atroz. Cada uno tuvo una vida que no se pareció a la de nadie, igual que su cara y su voz fueron únicas, y que el horror de su muerte fue irrepetible, aunque sucediera entre tantos millones de muertes semejantes. Cómo atreverse a la vana frivolidad de inventar, habiendo tantas vidas que merecieron ser contadas, cada una de ellas una novela, una malla de ramificaciones que conducen a otras novelas y otras vidas.

 

Pero me acuerdo ahora de la mañana de ese penúltimo día en Nueva York, tú y yo ya un poco aturdidos por la inminencia del viaje, en ese raro tiempo de nadie en vísperas de la partida, cuando ya no estamos del todo en el lugar del que aún no nos hemos ido, y cuando todas las cosas, los lugares, los hábitos que pasajeramente parecieron aceptarnos ya da la impresión de que nos rechazan, nos recuerdan que sólo somos extranjeros de paso, y que no quedará ninguna huella de nuestra presencia en el apartamento que hemos ocupado durante un tiempo tan breve, y en el que sin embargo, día tras día, fuimos estableciendo los signos domésticos de nuestra vida, la ropa en el armario, que al abrirlo ya olía a tu colonia, igual que nuestro armario de Madrid, nuestros libros en la mesa de noche, tus cremas y mi brocha y mi jabón de afeitar en la repisa del cuarto de baño, la parte de nosotros que hemos traído en el viaje, la que debemos llevarnos de nuevo como la impedimenta de los nómadas, borrando antes de irnos uno por uno todos los rastros que hemos ido dejando, hasta el olor de nuestros cuerpos en las sábanas, que llevamos a la lavandería a primera hora el día de la partida.

Cualquier gesto trivial proyecta la sombra rara del adiós. He ido contando con avaricia los días que aún nos quedaban, y ese mañana de la que estoy acordándome, ya plenamente despierto, en la cama de otros que ha sido nuestra durante una semanas, todavía perezoso e inmóvil, abrazado a ti, que duermes con una expresión de sosegado deleite, como si aun dormida te complacieras en la hondura del sueño, pienso que aún tenemos este día completo, y me dan ganas de conservarlo intacto y de disfrutarlo tan poco a poco como esos minutos que se concede uno cuando ya ha sonado el despertador y todavía puede tardar un poco en levantarse. Pongo luego la radio mientras preparo el desayuno, pero la sensación de cotidianidad que me ofrece la voz del locutor de todas las mañanas es falsa, porque la estoy escuchando por penúltima vez, y ya no me sirve de nada la fluidez que he adquirido en los gestos necesarios para buscar la lata de café en su armario preciso y el cartón de leche en la nevera, el automatismo con que abro el cajón de las cucharillas o giro la llave del gas o pongo el filtro en el depósito de la cafetera. Dentro de nada, mañana mismo por la tarde, seremos dos fantasmas en este lugar, los anteriores ocupantes desconocidos e invisibles para la nueva inquilina a la que nosotros no veremos, a la que dejaremos un sobre en la portería con la llave del apartamento, y que también tiene ya algo de sombra invasora, usurpadora del espacio de nuestra intimidad, no sólo de la cama en la que hemos dormido y hemos hecho el amor y de la mesa en la que cada mañana he dispuesto antes de que te levantaras las tazas del desayuno, sino también de la luz cernida de humedad que entraba a primera hora por las cristaleras que dan a la terraza, y del paisaje que veíamos cuando nos asomábamos a ella, acodados sobre una cornisa a catorce pisos de altura, como en la barandilla de un prodigioso transatlántico, sobre todo de noche, en las noches de vendaval y relámpagos de aquel mes de mayo, tormentas de una furia monzónica, los rayos cruzando oblicuamente entre las grandes nubes oscuras que ocultaban los rascacielos, o que los convertían en fantasmales resplandores irguiéndose a lo lejos entre la lluvia, perdiéndose entre las ráfagas veloces de la niebla, teñida de los colores de los focos que iluminaban los pisos más altos del Empire State, violeta algunas veces, rojo y azul, amarillo violento. Qué desgana de volver a nuestro país, del que nos han llegado casi a diario noticias de oscurantismo y de sangre, qué apetencia de lejanía prolongada, de exilio.

Antes de habernos ido de verdad ya estamos poco a poco marchándonos, pero aún nos queda un día para fingir delante de nosotros mismos, el uno para el otro, y también para sí, que nuestra presencia en esta casa, en esta ciudad, es verdadera y firme, tan real como la del portero que nos da unos cordiales buenos días con su acento cubano o como la del bengalí de la tienda de la esquina al que le compro a diario el periódico y las tarjetas telefónicas. Pasé una parte de mi vida, o una o varias de mis vidas, queriendo irme de los lugares donde estaba, y ahora, cuando el tiempo corre tan aprisa, lo que más deseo es permanecer, instalarme duraderamente en las ciudades que me gustan, tener un sentimiento tranquilo de costumbre y de veteranía, como el que disfruto cuando pienso en todos los años que tú y yo llevamos juntos. Nunca, salvo cuando era niño, me ha tentado coleccionar nada, pero me gusta guardar entre las páginas de los cuadernos o de los libros los testimonios vulgares y valiosos de un momento preciso, cajas de cerillas con el nombre de un restaurante, entradas, billetes de autobús, cualquier documento mínimo que atestigüe una fecha y una hora, nuestra presencia en un sitio, el itinerario breve de un viaje. No tengo apego por las cosas, ni siquiera por los libros o los discos, pero sí por los lugares en los que he conocido la misteriosa exaltación de lo mejor de mí mismo, la plenitud de mis deseos y de mis afinidades, y lo que quisiera atesorar como un coleccionista avaricioso y obsesivo son los instantes, las horas enteras, los minutos que pasé escuchando una cierta música o mirando pinturas en las salas de un museo, el gusto de caminar contigo una tarde por la orilla del Hudson mientras el sol enciende de oro y de cobre los cristales de los rascacielos y esa luz queda luego en una fotografía, la inquietud de aventura y de incertidumbre que nos fue ganando esa penúltima mañana en Nueva York según veíamos deslizarse tras la ventanilla de un autobús las últimas casas opulentas del Upper East Side, los primeros descampados y bloques en ruinas de Harlem.

Hay una tendencia en los días últimos de cualquier viaje a permanecer nublados y como enrarecidos, a contaminarse de la extrañeza de quien se va a ir y subrayarla de grisura. Según subíamos hacia el norte iban quedando menos pasajeros en el autobús, y de una manera gradual, casi imperceptible, desaparecían las caras blancas y sajonas, y en vez de ancianas muy pálidas y de aire quebradizo había madres muy jóvenes con bebés en brazos o niños muy pequeños, negras o hispanas, señoras gordas con el pelo teñido de rubio, las uñas largas y el habla deslenguada del Caribe, abuelas negras que permanecían en sus asientos con una majestad de matronas etíopes y que al levantarse cuando llegaba su parada se movían con mucha dificultad, oscilando paso a paso sobre sus enormes zapatillas deportivas, los cuerpos desproporcionados y torcidos, como afectados por una dolorosa enfermedad de los huesos. Y a medida que los pasajeros del autobús dejaban de ser blancos también cambiaba la ciudad tras la ventanilla, se volvía más ancha y más vacía, deteriorada, más pobre, con menos tráfico, con pocos escaparates en las aceras casi desiertas, disgregándose en amplitudes despobladas, en perspectivas de solares cercados por alambradas y con edificios quemados o en ruinas al fondo, solares de casas derribadas de las que tal vez quedaba en pie todavía un muro con los huecos de las ventanas tapados por tablones en aspa, siniestros como tachaduras. De vez en cuando pasábamos por un tramo de calle en el que por algún motivo perduraba una sombra de vida vecinal, una acera y una fila de casas salvadas del abandono, con una tienda de aire modestamente próspero en la esquina y hombres solitarios sentados en los escalones, con madres jóvenes que llevaban a niños pequeños de la mano y macetas de geranios en alguna ventana. Hacía muchas paradas que se habían bajado del autobús los últimos turistas, los que iban a los museos de la parte alta, el Metropolitan o el Guggenheim, y ya no veíamos a nuestra izquierda las arboledas de Central Park, coronadas a lo lejos por las torres de apartamentos de West Side Avenue, con sus pináculos como zigurats o templos de remotas religiones asiáticas o cúpulas o faros de escenografías de cine expresionista con crestas y gárgolas.

Cruzando por aquellos parajes despoblados el autobús ya casi vacío iba mucho más rápido, y el conductor de vez en cuando se volvía para mirarnos o estudiaba nuestra rareza en el retrovisor. Habíamos pasado junto a una plaza ajardinada a la manera francesa que tenía en el centro una estatua en bronce de Duke Ellington. El pedestal era como el filo de un escenario, y Duke Ellington, recto y con smoking, se apoyaba en un piano de gran cola también fundido en bronce. (Ahora no sé si he visto de verdad o si me acuerdo que alguien me ha contado que en otro lugar de Nueva York hay una estatua de Duke Ellington montado a caballo.) Hacía ya más de una hora que habíamos subido al autobús, en la parada de Union Square. Pero estábamos tan lejos y habíamos viajado tan despacio que parecía que lleváramos mucho más tiempo, y tampoco había indicios de que fuéramos a llegar pronto a nuestro destino, la calle ciento cincuenta y cinco. Extranjeros en la ciudad, ahora lo éramos doblemente y por añadidura en esos barrios que nunca habíamos visitado, y en los que no estábamos seguros de encontrar nuestro camino.

La parada de la calle ciento cincuenta y cinco estaba en la esquina de una avenida muy ancha, con edificios no muy altos y dispersos, con una sugestión de soledad y de límite acentuada por la grisura del día, por las tapias bajas de los descampados. No había por los alrededores nadie a quien preguntarle. Casas pobres, iglesias, tiendas cerradas, una bandera americana ondeando sobre un edificio de ladrillo con un aire a la vez desastrado y oficial. De pronto nos ganaba el desánimo y el miedo a habernos perdido, quizás a encontrarnos de un momento a otro en una zona peligrosa, dos turistas extranjeros que se distinguen a la legua y no saben dónde están, que advierten con aprensión que entre los pocos coches que circulan no se ve la mancha amarillo fuerte de ningún taxi.

Caminamos ahora junto a las tapias de un gran cementerio que al principio nos pareció un parque o un bosque. Hacia el oeste se intuyen las vastas lejanías del Hudson, y en una encrucijada, donde termina el cementerio, se ve al otro lado de la avenida, como una aparición o un espejismo, el edificio que veníamos buscando, imponente y neoclásico, no menos raro que nosotros en este paisaje periférico, la sede de la Hispanic Society of Americ, donde nos han contado que hay cuadros de Velázquez y de Goya, y una gran biblioteca que nadie visita, porque quién va a venir a este lugar, tan lejos de todo, en un barrio que desde el sur de Manhattan es fácil imaginar devastado y peligroso.

Hay una verja, y tras ella un patio con estatuas, entre dos edificios con cornisas de mármol y columnas, con nombres españoles tallados a lo largo de la fachada. Hay una enfática estatua ecuestre del Cid, y en el muro de uno de los edificios un gran bajorrelieve de don Quijote montado sobre Rocinante, jinete y cabalgadura igualmente derrotados y esqueléticos. Junto a la puerta de entrada, una mujer de pelo blanco sujeto con un pasador y aspecto general de abandono fuma un cigarrillo, con esa actitud entre obstinada y furtiva de los fumadores americanos que han de salir a la intemperie para aspirar unas caladas, defendiéndose del frío junto a alguna columna o al abrigo de un ángulo del edificio, dando chupadas rápidas al cigarrillo y disimulándolo luego, temerosos de la censura de quienes pasan a su lado. La mujer nos mira un instante, y luego recordaremos los dos que nos impresionaron sus ojos, que brillaban como ascuas en su cara ajada como detrás de una máscara, los ojos vivos y fieros de una mujer mucho más joven que su aspecto físico, una empleada o secretaria americana ya cerca de la jubilación, que vive sola y no se ocupa mucho de arreglarse, que se corta el pelo de cualquier modo y lleva jerseys oscuros y pantalones de hombre, zapatos entre ortopédicos y deportivos, gafas sujetas con una cadenilla, y que se ha quedado tan antigua que ni siquiera prescindió del hábito de fumar.

En el vestíbulo buscamos en vano la taquilla. Un portero viejo y fornido que está sentado con perezosa despreocupación en un sillón frailuno nos indica que podemos pasar tranquilamente, y por su cara y su actitud y el acento con que habla inglés se nota enseguida que es cubano. Lleva una chaqueta de uniforme gris, parecida a la de un bedel español, una chaqueta de bedel español de hace muchos años, deteriorada tras una larga veteranía, tras muchos trienios de soñolienta holganza administrativa. Nada más pisar el vestíbulo notamos con aprensión que a este lugar no viene casi nadie, y que todo en él sufre un desgaste uniforme, el de las cosas que no se renuevan, que siguen durando cuando ya están gastadas y se han quedado obsoletas, aunque todavía puedan usarse. El cartel con los horarios, pegado al cristal de la entrada, está impreso en una tipografía antigua, y se ha ido poniendo amarillento, obedeciendo al mismo principio de erosión lenta del tiempo que la chaqueta del portero, o que las fotos enmarcadas que en el interior de una vitrina recuerdan la fundación, en los años veinte, de la Hispanic Society, los grandes automóviles negros de las autoridades españolas y americanas que asistieron a la inauguración, el edificio entonces alzado en un espacio en el que no había nada más, arrogante y blanco en el clasicismo de su arquitectura, sus mármoles recién pulidos brillando con el resplandor de lo muy nuevo, de lo que parecía tener delante un porvenir triunfal. En el cielo, sobre las cabezas cubiertas con chisteras y sombreros de paja, se ve un aeroplano que sería entonces tan vertiginosamente moderno como los automóviles de los caballeros y damas que concurren a la inauguración. Pero el cartón de las fotos se ha combado, y en las esquinas interiores de los marcos se ven mordeduras diminutas de polillas.

Dónde estamos ahora, adonde hemos llegado cuando entramos en un vasto salón sombrío que tiene algo de patio de palacio español, con maderas labradas de sillerías platerescas y arcos de una piedra oscura rojiza que se ensombrece más por la poca luz del día, filtrada por las vidrieras del techo. El espacio nos niega una identificación precisa, porque podría ser no sólo del patio de un palacio sobre el que se abren galerías, sino también la sacristía desordenada e inmensa de una catedral, o el almacén de un museo cuya naturaleza exacta es tan confusa como sus normas organizativas, o como el principio que rige las adquisiciones. A principios de siglo el millonario Archer Milton Huntington, poseído por una insensata pasión de españolismo romántico, de erudición insaciable y omnívora, recorría el país comprándolo todo, comprando cualquier cosa, lo mismo el coro de una catedral que un cántaro de barro vidriado, cuadros de Velázquez y de Goya y casullas de obispos, hachas paleolíticas, flechas de bronce, Cristos ensangrentados de Semana Santa, custodias de plata maciza, azulejos de cerámica valenciana, pergaminos iluminados del Apocalipsis, un ejemplar de la primera edición de La Celestina, los Diálogos de Amor de Judá Abravanel, llamado León Hebreo, judío español refugiado en Italia, el Amadís de Gaula de 1519, la Biblia traducida al castellano por Yom Tob Arias, hijo de Levi Arias, y publicada en Ferrara en 1513, porque en España ya no podría publicarse, el primer Lazarillo, el Palmerín de Inglaterra en la misma edición que hubo de haber leído don Quijote, la primera edición de La Galatea, las ampliaciones sucesivas del temible Index Librorum Prohibitorum, el Quijote de 1605, y tantos otros libros y manuscritos españoles que nadie apreciaba y que fueron vendidos a cualquier precio a aquel hombre que viajaba en automóvil por los caminos imposibles del país y vivía en un trance perpetuo de entusiasmo hacia todo, de prodigiosa gula adquisitiva, el multimillonario Mr. Huntington, yendo de un lado a otro con su violenta energía americana, por los pueblos muertos y rurales de Castilla, siguiendo la ruta del Cid, comprando cualquier cosa y dando órdenes expeditivas para que se la envíen a América, cuadros, tapices, rejerías, retablos enteros, desechos de la enfática gloria española, reliquias de opulencia eclesiástica, pero también testimonios de la menesterosa vida popular, los platos de barro en que los pobres tomarían sus gachas de trigo y los botijos gracias a los cuales probaban el lujo del agua fresca en los secanos interiores. Dirigió excavaciones arqueológicas en Itálica y le compró de un solo golpe al tronado marqués de Jerez de los Caballeros su colección de diez mil volúmenes. Y para albergar todo el desaforado botín de sus viajes por España construyó este palacio, en un extremo de Manhattan al que nunca llegó la prosperidad ni la fiebre especulativa que tal vez el señor Huntington había anticipado: todo está en los muros, en las vitrinas, en los rincones, cada cosa con una etiqueta sumaria, fecha y lugar de origen, siempre escrita en papel amarillento, mosaicos romanos y candiles de aceite, cuencos neolíticos, espadas medievales, vírgenes góticas, como un Rastro en el que han ido a parar, arrastrados en la confusión de la gran riada del tiempo, todos los testimonios y las herencias del pasado, los despojos de las casas de los ricos y de las de los pobres, los oros de las iglesias, los bargueños de los salones, las tenazas con las que se atizó el fuego y los tapices y los cuadros que colgaron en los muros de iglesias ahora abandonadas y saqueadas y palacios que tal vez ya no existen, las lápidas casi borradas de las tumbas de los poderosos y las pilas de mármol que contenían el agua bendita en la penumbra fría de las capillas. Y también los nombres, nombres sonoros de lugares españoles en las etiquetas de las vitrinas, y entre ellos, de pronto, junto a un lebrillo de barro verde y vidriado que reconozco enseguida, el nombre de mi ciudad natal, donde aún había, cuando yo era niño, un barrio de los alfareros en el que los hornos seguían siendo iguales a los de los tiempos de los musulmanes, una calle ancha y soleada que se llama la calle Valencia y desembocaba en el campo. De allí vino este lebrillo que ahora te señalo detrás de un cristal en una de las estancias solitarias de la Hispanic Society de Nueva York, y que en esta lejanía me devuelve al corazón exacto de la infancia: en el centro tiene el dibujo de un gallo, rodeado por un círculo, y al mirarlo casi noto en las yemas de los dedos la superficie vidriada de la cerámica y la protuberancia de las líneas del dibujo, que es un gallo inmemorial y también parece un gallo de Picasso, y se repetía en los platos y en los lebrillos de mi casa, y también en la panza de las vasijas para el agua. Me acuerdo de los grandes lebrillos en los que las mujeres amasaban la carne picada y las especias para los embutidos de la matanza, de los platos de barro sobre los que se cortaba el tomate y el pimiento verde de las ensaladas, bodegones austeros y sabrosos de la comida popular. Esos objetos habían estado siempre en las mesas y en las alacenas de las casas y parecía que tuvieran casi los atributos de una perennidad litúrgica, y sin embargo desaparecieron en muy poco tiempo, apenas unos años, desplazados por la invasión de los plásticos y de las vajillas industriales. Se han ido como las casas en cuya honda penumbra brillaban sus formas anchas y curvadas, y como los muertos que habitaron en ellas.

A mí también me trae recuerdos ese lebrillo, dice muy cerca de nosotros la mujer a la que vimos fumando en la puerta. Se disculpa por interrumpirnos, por haber estado escuchando: he reconocido su acento, yo viví hace mucho tiempo en esa ciudad. Su voz es casi tan joven como sus ojos, igual de ajena a la edad inscrita en los rasgos de la cara y a la negligencia americana de su manera de vestir. Trabajo en la biblioteca, si les interesa tendré mucho gusto en enseñársela. Hay tantos tesoros, y lo sabe tan poca gente. Vienen de vez en cuando profesores, gente muy sabia que estudia cosas españolas, pero pueden pasar semanas, hasta meses enteros sin que nadie se acerque a preguntarme por un libro. Quién va a venir tan lejos, quién va a imaginarse que aquí hay cuadros de Velázquez, del Greco, de Goya, tan cerca del Bronx, que tenemos guardados el primer Lazarillo y el primer Quijote y La Celestina de 1499. Los turistas llegan hasta la calle noventa para ver el Guggenheim y se imaginan que lo que hay más allá es un mundo tan desconocido y peligroso comoel corazón de África. Yo vivo cerca de aquí, en un vecindario de cubanos y dominicanos donde no se oye hablar inglés. Debajo de mi apartamento hay una casa de comidas cubana que se llama La Flor de Broadway. Hacen la ropavieja y los daiquiris más sabrosos de Nueva York y dejan fumar tranquilamente en las mesas, que tienen manteles de hule a cuadros, como los que había en España cuando yo era muy joven. Qué lujo, fumarme un pitillo tomándome un café negro después de comer. Ya saben lo raro que se ha vuelto eso aquí, que dejen fumar en la mesa de un restaurante. El tabaco me hace daño en los bronquios, y la gente me mira mal cuando entra aquí y me ve fumando en la puerta de la calle, pero ya estoy muy vieja para cambiar, y los cigarrillos me gustan mucho, disfruto cada uno que me fumo, me hacen compañía, me ayudan a conversar o a pasar el tiempo cuando estoy sola. Y además, cuando era muy joven, yo quería escaparme de España y venir a América porque aquí las mujeres podían fumar y llevar pantalones y conducir automóviles, como se veía en las películas de antes de la guerra.

La mujer hablaba un español franco y diáfano, como el que puede escucharse en algunos lugares de Aragón, pero en su acento había adherencias caribeñas y norteamericanas, y el metal de su voz se volvía del todo anglosajón cuando pronunciaba alguna palabra en inglés. Nos había invitado a tomar una taza de té en su oficina, y nosotros aceptamos en parte porque ya sentíamos el desfallecimiento físico de los museos y en parte también porque en su manera de hablar y de mirarnos había algo hipnótico, más aún en aquel lugar deshabitado y silencioso, en la mañana gris del último día de nuestro viaje. Nos inquietaba y al mismo tiempo nos subyugaba esa mujer que no nos había dicho su nombre, que nos hablaba con una voz española de muchos años atrás y nos examinaba con unos ojos mucho más jóvenes que su cara y su figura, que sus manos pecosas y arrugadas, con nudos de artritis en las articulaciones, que su respiración de fumadora, aunque el tabaco no le había manchado los dedos ni ensombrecido su voz. El despacho era pequeño, desordenado, con un olor a papel rancio, con muebles de oficina de los años veinte, como los que se ven en algunos cuadros de Edward Hopper. De un archivador la mujer sacó tres tazas y tres bolsitas de té que dejó encima de los papeles de la mesa y con un gesto de disculpa del todo norteamericano se ausentó para buscar un poco de agua caliente. Nos miramos sin decir nada, nos sonreímos, para establecer cierta complicidad en una situación tan rara, y la mujer vuelve enseguida, nos examina con sus ojos tan vivaces como para adivinar si durante su ausencia nos hemos dicho algo sobre ella. Las gafas le cuelgan del cuello sujetas por una cinta negra. Parece una secretaria de departamento universitario al filo de la jubilación, pero sus ojos me interrogan tan desvergonzadamente como si estuvieran protegidos por el anonimato de una máscara, y la mujer que mira en ellos no es la misma que vierte el agua caliente en las tazas de té y se mueve con cautelas y cortesías de rígida etiqueta americana, y se peina de cualquier manera el pelo canoso y lleva pantalones, jerseys y zapatos de una austeridad práctica y más bien desoladora. Me mira como si tuviera treinta años y evaluara a los hombres en los crudos términos de su atractivo o su disponibilidad sexual; te mira a ti queriendo adivinar si somos amantes o estamos casados y si en el modo en que nos dirigimos el uno al otro hay síntomas de deseo o de distancia. Y mientras sus ojos magnéticos estudian cada pormenor de tu presencia y de la mía, de nuestras caras y de nuestra ropa, sus manos de anciana se desenvuelven en el ritual de la hospitalidad académica sirviendo té y ofreciendo sobres de azúcar y de sacarina y esos palitos de plástico que en los Estados Unidos sustituyen tan desagradablemente a las cucharillas, y su voz diáfana, antigua, española, con dejes cubanos y sajones, nos cuenta cosas sobre aquel millonario megalómano que levantó la Hispanic Society en la esquina de Broadway y la ciento cincuenta y cinco creyendo que esa zona de Harlem iba a ponerse muy pronto de moda entre los ricos, y sobre la extrañeza de pasar la vida tan lejos de España y rodeada sin embargo de tantas cosas españolas, tan lejos de España y de cualquier parte, hasta de la misma Nueva York, dice, señalando con un gesto hacia la ventana, desde donde se ve una acera pobre y popular que sin embargo es Broadway, una línea de casas de ladrillo rojo cruzadas por escaleras de incendios y coronadas por altos depósitos de agua, y más allá la grisura del horizonte abierto, las grandes torres renegridas de viviendas sociales del Bronx.

Ya hace más de cuarenta años que me vine de España, y no he vuelto nunca ni pienso volver, pero me acuerdo de algunos sitios de su ciudad, de algunos nombres, la plaza de Santa María, donde soplaba tan fuerte el viento en las noches de invierno, la calle Real, ¿no se llamaba así? Aunque ahora me acuerdo que entonces le habían puesto calle de José Antonio. Y esa calle donde estaban las alfarerías, se me había olvidado el nombre pero al oír que usted le hablaba a su mujer de la calle Valencia enseguida me he dado cuenta de que se refería a ella, y de una canción que se cantaba entonces:

En la calle Valencia

los alfareros

con el agua y el barro

hacen pucheros

Cuando era todavía joven me las arreglé para tomar unos cursos de literatura española en Columbia University con don Francisco García Lorca, y a él le gustaba que yo le cantara esos versos, decía que nada puede ser más exacto, los repetía en voz alta, para que nos fijáramos bien en que no había ni un adjetivo, ni una palabra que no fuera común, y sin embargo, el resultado, nos decía, es al mismo tiempo poético y tan informativo como una frase en una guía, igual que en los romances antiguos.

Habla mucho, nos hipnotiza contando, pero en realidad no llegamos a saber nada de su verdadera vida, ni siquiera su nombre, aunque de ese detalle nos damos cuenta luego, y no sin asombro, cuando ya nos hemos marchado. Cómo será el apartamento donde vive, sola sin la menor duda, quizás con la compañía de un gato, escuchando las voces y las músicas cubanas que suben desde La Flor de Broadway, adonde va a cenar regularmente, donde se toma un plato de frijoles con cerdo y arroz y tal vez se marea con un daiquiri, sola en una mesa con mantel de hule a cuadros, fumando luego mientras va apurando un café y mira hacia la calle y hacia los hombres y las mujeres con esos ojos de infalible examen sexual. Qué hace durante tantas horas y días en los que no llega nadie a consultar los libros de la biblioteca, los tesoros sepultados que ella cataloga y revisa, con una expresión de severa eficacia en su cara ajada, los ojos entornados detrás de las gafas sujetas con una cinta negra. Ejemplares únicos que ya sólo pueden encontrarse aquí, primeras ediciones, colecciones enteras de revistas eruditas, pliegos de cordel, cartas autógrafas, toda la literatura española y todos los saberes e indagaciones posibles sobre España reunidos en esa gran biblioteca a la que apenas va nadie. Pero a ella ya no le hacía falta abrir los volúmenes de poesía de la colección de Clásicos Castellanos porque en la época de sus clases con el profesor García Lorca había adquirido, animada por él, nos dijo, el hábito de aprenderse de memoria los poemas que más le gustaban, de modo que se sabía una gran parte del Romancero, y los sonetos de Garcilaso, de Góngora, de Quevedo, y todo San Juan de la Cruz y casi todo fray Luis de León, y Bécquer y Espronceda, que habían sido pasiones de su primera adolescencia fantasiosa y literaria, compartidas con su hermano, que era algo mayor que ella, y con quien recitaba a medias el Tenorio o Fuenteovejuna o La vida es sueño. Quizás a eso se había dedicado todos los años que llevaba trabajando en la biblioteca de la Hispanic Society, a aprenderse de memoria la literatura española, a recitársela en silencio o en voz baja, moviendo los labios como si rezara, mientras acudía cada mañana a su trabajo por las aceras caribeñas de Broadway o viajaba hacia el sur de Manhattan en lentos autobuses o en los vagones populosos del metro, mientras yacía de noche en el insomnio de su cama solitaria o recorría los salones del museo sin fijarse casi en ninguno de los cuadros y objetos cuya disposición también se sabía ya de memoria, igual que los nombres y las fechas mecanografiados en las etiquetas. Pero había un cuadro frente al que se detenía siempre, y se sentaba para mirarlo despacio, con una emoción melancólica que no se amortiguaba nunca, incluso se hacía más fuerte según pasaban los años y todo en aquel lugar parecía que permaneciera tan invariable como en un reino encantado. Las etiquetas, los carteles y los catálogos amarilleaban, los sanitarios de los cuartos de baño se iban convirtiendo en reliquias cada vez más antiguas, a los conserjes cubanos y puertorriqueños se les iba poniendo blanco el duro pelo rizoso, se les desfondaban los bolsillos de sus chaquetas grises como de bedeles españoles y se les gastaban los filos de las mangas, y a ella misma el tiempo la convertía en una desconocida cada vez que se miraba en un espejo, a no ser por sus ojos, cuyo relumbre era tan afilado y hermoso como cuando tuvo treinta años y se vio por primera vez sola y soberana de sí misma en América, poseída por un entusiasmo de vivir que podía alcanzar extremos de desasosiego y de delirio quizás aún más fervientes que el coleccionismo desatado y lunático del señor Huntington. Me gusta sentarme delante de ese cuadro de Velázquez, el retrato de esa niña morena, que nadie sabe quién fue, ni cómo se llamaba, ni por qué Velázquez la pintó, nos dijo. Seguro que ya lo han visto, pero no se vayan sin mirarlo un poco más, porque puede que ya no vuelvan y no lo vean nunca de nuevo. Con los años una deja de fijarse en las cosas, se habitúa a ellas y ya no las mira, no sólo por indiferencia, sino también por higiene mental. Los vigilantes de cualquier museo se volverían locos si vieran permanentemente todos los cuadros que los rodean, con todos sus detalles. Yo entro aquí y no veo ya nada, después de tantos años, pero a esa niña de Velázquez la veo siempre, tiene un imán que me atrae hacia ella, y siempre me mira, y aunque me sé de memoria su cara siempre descubro en ella algo nuevo, como imagino que descubre una madre o un padre en la cara de su hijo, o un amante en la de la persona amada. Los cuadros, aquí y en cualquier museo, representan a poderosos o a santos, a gente hinchada de arrogancia, o trastornada por la santidad o por el tormento del martirio, pero esa niña no representa nada, no es ni la Virgen niña ni una infanta ni la hija de un duque, no es nada más que ella misma, una niña sola, con una expresión de seriedad y dulzura, como perdida en una ensoñación de melancolía infantil, perdida también en este lugar, en los salones ampulosos y algo desastrados de la Hispanic Society, como una niña encantada en un palacio de cuento en cuyo interior el tiempo dejó de transcurrir hace un siglo. Tiene una mirada franca y al mismo tiempo de timidez y reserva, y sus ojos oscuros se posan ahora en los míos, mientras estoy escribiendo, aunque me encuentro ahora muy lejos de ella y de aquel mediodía nublado en Nueva York, en vísperas de la partida. Sólo han pasado unos meses, y los recuerdos son todavía nítidos y firmes, pero si pienso detenidamente en esas horas de la Hispanic Society, en la cara de la niña de Velázquez, en la voz y en los ojos de fuego de la mujer que no llegó a decirnos su nombre, todo tiene el temblor, la consistencia frágil de lo que no se sabe si llegó a suceder de verdad. Guardo pruebas, detalles materiales, la tarjeta Metrocard que usamos para tomar el autobús que nos llevó tan lejos, las postales que compramos en la tienda de la Hispanic Society, que es una tienda muy precaria, en la que todavía quedan existencias de postales en blanco y negro de hace casi un siglo, y guías y catálogos de publicaciones que podrían estar en esos mostradores de las librerías de lance en los que se ofrece lo más deteriorado y manoseado. Pero en ese lugar imprevisible una tienda tan modesta, con algo de apocado estanco español —cómo no compararla con las tiendas de otros museos de Nueva York, espectaculares supermercados de lujo— ocupa un salón enorme, inexplicable en su organización del espacio, circundado por completo por grandes mostradores de madera oscura, como anaqueles de un desmesurado almacén de tejidos de principios de siglo o como esas cómodas gigantes que se ven en las sacristías de las catedrales, y en las que se guardan las ropas litúrgicas. La tienda ocupa una esquina deslucida, una parte del mostrador, detrás del cual se sienta una señora muy mayor con todo el aire de ponerse a tricotar en cualquier momento, en cuanto se vayan estos dos raros visitantes que ahora repasan una colección mustia de postales. Y todos los muros, desde el suelo hasta el techo, están ocupados por pinturas ingentes, o por una sola pintura que trascurre sin interrupción en toda su amplitud, y en la que están representados, como en un delirio barroco de carnaval o en el desorden de las láminas de una enciclopedia, todos los trajes regionales, los oficios y los bailes antiguos, los paisajes de España, toda la bisutería del romanticismo folklórico pintada a destajo por Joaquín Sorolla, como una Capilla Sixtina consagrada a glorificar la pasión hispánica de Mr. Huntington, a celebrar en grandes brochazos de color cada tipo racial, cada polvoriento vestuario o tocado ancestral o particularidad antropológica, los caballistas andaluces con sus sombreros de ala ancha y los aldeanos vascos con sus boinas, y los catalanes con sus barretinas y alpargatas, y los castellanos con las caras rugosas y quemadas, y los aragoneses bailando jotas con pañuelos rojos atados a la nuca: también los naranjales, los olivares, las aguas cantábricas en las que faenan los pescadores del norte, los hórreos gallegos y los molinos de La Mancha, las gitanas andaluzas con vestidos de volantes y las falleras valencianas con sus faldas tiesas de almidón y pedrería y sus peinados rígidos como de damas ibéricas, las huertas y los páramos, los cielos violáceos del Greco y la luz clara y jugosa del Mediterráneo, metros y metros cuadrados de pintura, una profusión de caras como máscaras y ropas como disfraces que tiene toda la densidad y el mareo de un baile de carnaval, y también la minuciosidad abrumadora de un catálogo o de un reglamento, cada lugareño con sus rasgos vernáculos y su uniforme pertinente, uncido a sus costumbres eternas y a su paisaje regional, cada individuo tan clasificado en su origen y en su patria chica como los pájaros o los insectos en sus categorías zoológicas.

 

Pero lo que ahora tengo delante de mí, en mi cuarto de trabajo, junto al teclado del ordenador y a la concha blanca y pulida por el agua que Arturo encontró hace dos veranos en la playa de Zahara, es una de las postales que compramos en la tienda de la Hispanic Society, el retrato de esa niña morena, delicada, solitaria, perfilada contra un fondo gris, que me mira ahora como aquel mediodía, cuando fuimos a mirarla por última vez antes de marcharnos, en la víspera de nuestro viaje de regreso, cuando ya casi no estábamos en Nueva York aunque todavía nos faltara un día entero para volar hacia Madrid y el tiempo se nos deshacía entre los dedos con una inconsistencia de papel quemado, de hojas de ceniza, minutos y horas sin sosiego, como el tiempo atribulado y fugaz de los amantes clandestinos que nada más verse ya saben que ha empezado para ellos la cuenta atrás de la separación. Al inventar uno tiene la vana creencia de que se apodera de los lugares y las cosas, de la gente acerca de la que escribe: en mi cuarto de trabajo, bajo la luz de la lámpara, que ilumina mis manos y el teclado, el ratón, la concha cuyas acanaladuras me gusta acariciar distraídamente con las yemas de los dedos, la postal de la niña de Velázquez, puedo tener la sensación de que nada de lo que invento o recuerdo está fuera de mí, de este espacio cerrado. Pero los lugares existen aunque yo no esté en ellos y aunque no vaya a volver, y las otras vidas que viví y los hombres que fui antes de llegar a ser quien soy contigo quizás perduran en la memoria de otros, y en este mismo momento, a seis horas y seis mil kilómetros de distancia de este cuarto, la niña que me mira desde la pálida reproducción de una postal mira y sonríe levemente en un lienzo verdadero y tangible, pintado por Velázquez hacia 1640, llevado a Nueva York hacia 1900 por un multimillonario americano, colgado en un gran salón medio en penumbra de un museo que visita muy poca gente. Quién sabe si ahora mismo, cuando en Nueva York son las dos y cuarto de la tarde y aquí empieza un anochecer de diciembre, habrá alguien mirando la cara de esa niña, alguien que advierta o reconozca en sus ojos oscuros la melancolía de un largo destierro.

 

Retrato de niña, Velázquez, ca.1640. Hispanic Society of America, Nueva York