Sería una Catástrofe
Prólogo
¿Veis a ese tipo con la sonrisa boba en la cara?
Sí, ese que está tomando un descafeinado en su casa, en un saloncito con cocina americana, muebles de Ikea y un poster de The Walking Dead. El que tiene una mata de pelo castaño alborotado y cara de buena gente (es lo que le han dicho toda su vida, seguramente deben ser las pecas).
Si os fijáis un poco más, podréis distinguir un panel de corcho en el salón con muchas fotos impresas y colgadas con chinchetas: algunas de su alocada familia (en realidad, solo de su madre y sus hermanas mellizas), otras de su pandilla de toda la vida y unas cuantas en las que está acompañado de chicos muy guapos (sí, sus novios. O mejor, exnovios).
Por las imágenes, parece haber tenido bastante suerte en la vida,
¿verdad? Pero no siempre es oro todo lo que reluce.
Seguro que ya os habéis imaginado que ese soy yo, Samuel Medel: bueno más bien seré yo, dentro de un año, cuando cumpla 32 y me hayan pasado tantas cosas que mi vida dará un giro de 180 grados. Por cierto, desde pequeño odio la rima de mi nombre, así que prefiero que me llamen Samu o incluso Sammy, como me dice mi mejor amigo Enzo —Lorenzo, en realidad— que me conoce como la palma de mi mano. Somos prácticamente inseparables y es muy protector conmigo desde el instituto.
Su amistad con él será una de las cosas que va a cambiar, y muchísimo, en este año. Se me revuelve el estómago de ansiedad solo de pensar todo lo que me va a pasar en los próximos doce meses: ¿Que todo va a dar un vuelco con Enzo? ¿Que Estela, mi mejor amiga desde la universidad, va a desaparecer? ¿Que yo, que siempre he sido la inseguridad personificada, voy a tomar las riendas de mi vida? Inimaginable, vaya.
Y todo gracias a dos personas, que no esperaba que despertaran en mí esos sentimientos.
Pero no digo más. Pasarán muchísimas cosas este año hasta llegar a ser ese tipo de la primera imagen.
Hasta esta tarde de Julio en la que me termino el descafeinado, leyendo lo que alguien me ha escrito con rotulador en el antebrazo. Sonrío mientras
en mi móvil suena «Kiss me», una canción preciosa y alegre. Entonces decido volver a la cama, ebrio de felicidad.
Y allí nos dormimos los tres.
¡Dejad de imaginar cosas, que os vais a equivocar, seguro!
Todavía ni siquiera he comenzado mi historia. Tengo mucho que contar.
Todo arranca, irónicamente, en el lugar donde las historias suelen terminar: un cementerio.
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