Sería una Catástrofe
Capítulo 1 ¿Hace falta paracaídas?
Capítulo 1
¿Hace falta paracaídas?
Un año antes
Siempre me ha parecido irónico que el lugar que reservamos para la muerte se encuentre tan rebosante de vida: árboles y pájaros por todas partes, ramos de flores, arbustos que crecen con descaro entre las lápidas. Y
todo aderezado por el movimiento de los insectos: moscas, gusanos, mariposas. Si te encuentras allí un día de sol, como nos sucedió en el mes de junio, toda esa energía hace que la muerte parezca algo inverosímil, un mal sueño.
–Ya está listo.
Pero cuando el sepulturero os dice a ti y a tu familia que ya está colocada la lápida definitiva de tu padre, todo se vuelve increíblemente real.
«Alfredo Medel Céspedes
1958–2019
Tu mujer y tus cuatro hijos te recuerdan»
Mis dos hermanas, mi madre y yo nos quedamos delante de la lápida, con un inoportuno abejorro dando vueltas a mi alrededor, por supuesto, porque yo siempre tengo el don de la oportunidad.
–¿Hay que decir unas palabras o algo? –preguntó Lucía, una de las mellizas. La otra, Lorena, acercó su silla de ruedas hasta la lápida, se quitó una chapita de la camiseta y la dejó junto a la corona de flores que había depositado mi madre. Era una chapa de Juego de tronos que decía: Not today. Tienen 23 años y son del lado friki de mi familia (en el que me incluyo, claro).
–Quizá podíamos cantar algo –sugirió mi madre.
–¿El himno del Atleti? –soltó Lucía, y le di un codazo–. ¿Qué pasa? No creo que papá escuchara ninguna otra canción tan a menudo como esa.
–Eso es cierto, –corroboró su hermana–, para algo tenía el carné. Tenía que aprovecharlo.
–Papá era muy de aprovechar las cosas, –confirmó Lucía, asintiendo pensativa.
–¿Se te ocurre a ti algo, cariño? –me preguntó mi madre; tras ocho meses para aceptar el fallecimiento de papá, había alcanzado lo que ella llamaba
«serenidad»– Estás muy callado.
– Extrañamente callado –apuntilló Lorena.
Aunque mi cabeza era una ensalada de sensaciones, solo me encogí de hombros. La relación con mi padre no había sido tan sencilla desde que salí del armario como para que se me ocurriera algo que cantarle ( Girls & boys, de Pulp, o Firework de Katie Perry eran las canciones que se me venían a la cabeza y el bailoteo con el que solía acompañarlas no parecía lo más adecuado). De todas formas, yo no soy muy de improvisar; no es casualidad que me dedique a la cocina, donde las recetas te dan el mapa que debes seguir al milímetro.
Fue allí en el cementerio, pensando en mi padre, cuando empecé a sentir un agujero en el pecho. Tenía la sensación de que mi historia con él se había quedado inacabada, sin desenlace. Cortada a la mitad, como una serie cancelada en la segunda temporada.
Inspiré profundamente, intentando absorber el calor del sol mientras en mi cabeza empecé a tener la sensación de que la vida era muy corta, muy imprevista y de que yo estaba perdiendo el tiempo. ¿Verdad? Porque a mis 31 años ya tendría que tener más claro hacia dónde iba mi vida. Digo yo. La madurez y todo eso. Me costaba respirar y, por un segundo, tuve miedo de que me viniera un ataque de ansiedad, aunque hacía años que no sufría ninguno.
Por supuesto, ese fue el momento en el que mi hermano mayor se decidió a aparecer. El estómago se me encogió nada más verle: en mi cabeza escuché a mi padre decirme, como tantas veces: «¿Por qué no puedes ser como tu hermano Pablo?»
–¿Dónde estabas, petardo? –le preguntó Lorena.
–¿Y Bea? –añadió Lucía.
Pablo se quitó la chaqueta y se acarició el pelo: el dios del cabello le había bendecido con un precioso pelo oscuro que siempre parecía peinado en lugar de los mechones desordenados de vulgar color castaño que nos habían tocado a mí y a mis hermanas. Esbelto y serio, era el niño bonito de la familia.
–Algunos tenemos trabajos importantes que no podemos abandonar, así como así –dijo, con un tono de superioridad insoportable– ¿Eso te has puesto para venir al cementerio?
Miró con asco mi camiseta oscura con una imagen del atardecer con dos soles en Tatooine, el planeta de Luke Skywalker; a mí me parecía muy elegante, sobre todo combinada con mi blazer negro.
–Yo, pues… es que, ehm… –mascullé. Mi hermano siempre me hacía dudar de todo. Y yo ya era una duda andante normalmente. ¿Era poco apropiado? Tampoco es que estuviéramos en el entierro, que fue hace ocho meses. Esto ya era puro trámite, ¿no? Y no había más que la familia.
Empecé a sudar.
–Estábamos pensando si cantar alguna canción, hijo. –Mi madre nos tenía muy mimados a todos, pero sobre todo a Pablo, las cosas como son.
–Lo correcto es una oración. Sé que no somos muy religiosos, pero…
–«¿Muy?» –soltó Lorena, con ironía.
Mi madre y mi hermano, sin hacerle caso, rezaron un simple padrenuestro; mis hermanas y yo nos limitamos a guardar un silencio respetuoso solo interrumpido por el vuelo de los insectos.
Mi madre, al finalizar, se acercó a la lápida y acarició las letras. Le cogí el brazo para que sintiera calor humano; ella había sido enfermera y solía decirnos que esos gestos eran tan necesarios como las medicinas.
–Fue todo tan rápido… –murmuró finalmente.
Respiré hondo y un pensamiento se me vino a la mente: la vida es un parpadeo.
Cuando te dabas cuenta, estabas a punto de cumplir 32 años, soltero, y con la sensación de que tu vida no acababa de arrancar.
Mientras regresábamos a la puerta principal del cementerio paseando despacio por los caminos de gravilla, por mi cabeza revoloteaban los planes y propósitos con los que soñaba de niño. Algunos ya los había alcanzado (un trabajo con el que me ganaba la vida –daba clases de cocina en un instituto de FP– un pisito para mí solo en Chamberí, y buenos amigos), pero otros los veía lejanísimos: una pareja, una familia; eso que llaman
«felicidad». No, más que lejanos, inalcanzables; como si no pudiera llegar a ellos por el sendero por el que estaba caminando, por muchos kilómetros que recorriera.
Y como parecía cada vez más improbable que me fuera a llegar por fin mi carta de Hogwarts, ahí mismo, con el corazón acelerado, me di cuenta de que tenía que hacer algo y hacerlo ya: no quería dejar más cosas inacabadas.
–¿Nos tomamos un café? –dijo mi madre al salir.
Nos sentamos en una cafetería cercana y allí removimos las cucharas en silencio.
–¿Sabéis? –dijo Lucía– Lo último que hablé con papá antes de que le diera el infarto esa noche fue que se había ido la conexión de internet y no podía subir a YouTube mi reseña del último libro de las Crónicas de Spiderwick. Me da mucha pena, –sacó su inhalador (sufre un poco de asma) y aspiró–, que las últimas palabras que me oyó decir fueran de enfado.
–Pues yo en mi última conversación le pregunté por su testamento –dijo Lorena, tomando su té.
–¡¡Hija, ¿qué dices?!! –exclamó mi madre, escandalizada.
–Mamá, no te espantes, ya sabes que desde mi accidente pienso mucho en la muerte– movió su silla de ruedas un poco para acomodarse mejor entre la silla de Lucía y la de mi madre.
–Sí, pero das miedo, hermanita –le dije–. ¿Te puedo preguntar por mi futuro?
–Tendrás un novio guapo y fantástico, no te preocupes, –me guiñó un ojo y yo me reí. En ese momento, un chico moreno, fornido, de 1’90 de estatura
y ojos azules entró por la puerta de la cafetería y se acercó a nuestra mesa.
–Hablando del rey de Roma... –murmuró mi madre por lo bajo, mirándome con mucha intención. No es ningún secreto que ella siempre había deseado que Enzo y yo fuéramos pareja.
–Hola, Enzo, ven, siéntate, –mi madre le señaló una silla vacía– ¿Cómo estás, cariño? Pídete un café.
Mi mejor amigo era como parte de la familia y solía estar en los momentos buenos y en los no tan buenos, igual que yo en los suyos.
Repartió dos besos a todo el mundo.
–Bien, todo bien, ¿y vosotros? –respondió él, mientras levantaba la mano y pedía su café. Se sentó a mi lado y me dio una palmada en la espalda con su enorme mano. Es el mayor gesto de cariño que le he conocido jamás (los abrazos y eso no son lo suyo, pero para eso estoy yo, que me sobran y los reparto por doquier).
–¿Sigues saliendo con… ese chico? –mi madre entró a la yugular.
Afortunadamente, Enzo sabía encajar las indirectas con una maestría que ya me hubiera gustado tener a mí.
–¿Con Daniel, mi novio desde hace nueve años? Sí, sigo con él, gracias
–y sonrió, como todo un caballero. Punto, set y partido. ¡Qué envidia de su aplomo!
Ya le aclaré hace tiempo a Enzo que mi madre no era racista; realmente le daba igual que Daniel fuese medio japonés, como si hubiera sido Brad Pitt, rubio con los ojos azules, guapo y famoso. Ella seguía en sus trece de que Enzo y yo éramos perfectos el uno para el otro y nadie la sacaba de ahí, a pesar de que yo le había repetido mil veces que él no era mi tipo ni yo el suyo. A mí me gustan más delgados, misteriosos y elegantes: soy más del Robert Pattison de Crepúsculo, que del Henry Cavill de The Witcher
(no me matéis, ¿vale?). Y a él le ponen los desafíos: chicos cabezotas que no se dejan convencer tan fácilmente como yo. Daniel fue todo un reto: un chico muy inteligente y curioso, algo introvertido, tan sereno que calmaba el torbellino que era Enzo.
–Pablo, –continuó Lucía–, ¿cuál fue tu última conversación con papá?
Mi hermano torció el gesto mientras tomaba un sorbo de su café bien negro.
–No me acuerdo, la verdad. Sería algo de deportes, de mi equipo de fulbito de la empresa, supongo.
Mi hermano, el deportista; el de las buenas notas; el de los premios escolares; el abogado que gana dinero; Pablo el Magnífico, el Perfecto. No, Samu, deja de pensar en esas cosas. Tu familia te quiere: eso es lo importante.
–Y tú Sammy, ¿cuál fue tu última conversación con tu padre? –me preguntó Enzo.
Mierda. ¿Qué estaba haciendo, se le había ido la olla? Las conversaciones con mi padre desde mis 24 años habían sido siempre algo tensas. Y Enzo lo sabía mejor que nadie, nos lo contábamos todo.
–A lo mejor no se acuerda –me echó un cable Lucía, cogiéndome la mano con cariño.
–Yo creo que os escuché, algo de tener hijos, ¿no?
Ya saltó mi madre. ¡¿Por qué?! Ay, dios, qué desastre.
En ese momento me di cuenta de por qué yo era tan bocazas y nunca lograba callarme nada: lo había heredado de ella. Dejé escapar un suspiro antes de responder:
–Sí, mamá, era la típica queja de papá… que por ser homosexual yo no iba a darle nietos.
–¡Qué tontería! –dijo Lucía–. Puedes adoptar, y además ¡a ti te encantan los niños!
–No por nada te dedicas a enseñar a chavales… –añadió Lorena.
No respondí ni seguí con el tema. Para qué entrar en contar nuestras continuas discusiones desde que le dije que era gay. Y eso que se decía progresista. Me noté el estómago encogido; no me gustaba recordarlo.
–Hay que joderse con el viejo –exclamó Enzo, súbitamente alterado–
Perdone, señora Mar, pero es que…
–Te entiendo, cariño, no te preocupes. Mi marido podía ser muy cabezota, si lo sabré yo.
Resoplé y me volví hacia mi amigo, pero él ya había empezado a charlar con las mellizas de videojuegos.
Como casi siempre, Enzo terminó acercándome en su coche hasta mi casa. Se había puesto las gafas de sol para conducir y con su perfil de herencia italiana (nariz grande y con personalidad, pero atractiva) parecía un actor de cine europeo. Apretaba con fuerza el volante con ambas manos.
Eso es que estaba preocupado por algo. Nos conocíamos a la perfección y nuestra amistad no había sufrido ningún bache en 18 años (salvo hace dos años en la boda de Nuria y Alberto, cuando sucedió aquello que nos descolocó por completo a ambos, pero solo tardamos un par de semanas en volver a la normalidad).
–¿Cuándo vas a sacarte el carnet? –Me preguntó, girando una rotonda.
–Quizá cuando pueda permitirme un coche eléctrico. –Me encogí de hombros–. Me las apaño muy bien con la bici y el transporte público, y es más ecológico.
–Ya se ve lo bien que te apañas –respondió él, girando en una rotonda–.
¡Como que tengo que llevarte a todas partes!
–¿Te molesta? –Tragué saliva. Oh, no, ¿se había enfadado de verdad? No me gustaban las discusiones y menos con la persona a la que consideraba mi mayor apoyo. Enzo y yo éramos como Bart Simpson y Millhouse, inseparables y complementarios, nos metíamos en los mismos líos, de los que me sacaba él, por supuesto.
Él me obsequió con una de sus sonrisas, que desarmaban a cualquiera (y el muy pillo lo sabía muy bien).
–Claro que no me molesta, Sammy, –me dio una palmada en el brazo y luego devolvió la mano al volante–, pero, ¿no te apetece ser más independiente?
–Mmmmmm. –Realmente empecé a darle vueltas a la pregunta, porque no era nada sencilla. ¿Quería ser más independiente? ¿Qué significaba eso,
en realidad? A mí me gustaban estas charlas con Enzo en su coche y no me importaba que me llevaran… ¿Era eso algo malo? ¿O bueno? Mi cabeza echaba humo.
–Jajajaja, te lo tienes que pensar todo. Eres muy gracioso, pequeño, –se rio mi amigo–. No te preocupes, que mi coche está a tu disposición siempre que lo necesites. Y siempre que yo no tenga trabajo. O una cita con Daniel.
Aunque pasaba con él la mayor parte de su tiempo libre, Enzo no vivía con su novio, que compartía piso con otros dos informáticos de su trabajo (seguro que también bastante geeks, como él.En mi cabeza se pasaban el día jugando al Catán y diseñando apps que adivinaran qué personaje de anime eres. A mí me salió Krilín de Bola de Dragón).
–Te dejo en la esquina, ¿vale?
Asentí y Enzo acercó el coche a la acera. Abrí la puerta para bajar y me quité el cinturón.
–Eh, Sammy –me dijo antes de salir–, ya sé que la relación con tu viejo no era ideal, pero… joder, lamento su muerte y todo eso.
–Gracias.
Sabía que, viniendo de él, era una gran muestra de afecto. Había tenido que «hacerse duro» desde muy joven, cuando su padre se fue de casa y le dejó al cuidado de un hermano bastante más pequeño, Fabio, y una madre llorosa que ya no levantó cabeza.
Yo me encaminé a mi casa, dispuesto a pasar el resto del día viendo películas románticas de Netflix con un cubo de helado en las rodillas. Lo que venía siendo un domingo normal de mi vida desde hacía meses, vamos.
Recuerdo los días siguientes como en una bruma. La colocación de la lápida de mi padre me había dejado tocado y me había devuelto a las sensaciones que tuve cuando murió: pena, sobre todo, pero también una rabia escondida ahí, en el fondo del estómago, donde todo el mundo guarda la rabia (¿verdad?). Y el corazón acelerado por la emoción y el terror de saber que más me valía dar un rumbo nuevo a mi vida si quería aprovecharla y no arrepentirme más adelante.
Pero, ¿cómo se hacía eso, a ver? ¿Se busca en Google «cómo cambiar de vida»? ¿Se pide un crédito a Cofidis y se paga a plazos o cómo? Ay, dios, qué complicado era todo. Me puse «El diario de Bridget Jones» OTRA VEZ y lloré con ella cantando «All by myself».
La semana se me hizo eterna; seguramente porque la visita al cementerio me había vuelto a remover el dolor de la muerte de mi padre, y el dolor de mi vida con él. Menos mal que sabía que el viernes regresaría la normalidad: teníamos cita toda la pandilla en casa de Inés para celebrar su cumpleaños. Contaba las horas que faltaban y preparé con cuidado dos regalos para ella: aunque Inés había sido la última en incorporarse al grupo de amigos, le tenía un cariño especial. Era lindísima, todo corazón.
La fiesta empezaba por la tarde para que pudieran venir Alberto y Nuria con su niño pequeño, Otto, y continuaría de noche para que el resto de nosotros pudiéramos beber y charlar de cosas de adultos (o sea: de juegos, de pelis y de ligues). Eso del adulting lo llevábamos un poco así como regular, pero oye, con esta economía, ¿qué queréis? Bastante que ya no vivíamos con nuestros padres y no les pedíamos paga. Al menos, no todas las semanas.
Cuando llegué a casa de Inés estaban ya allí Alberto y Nuria y otra pareja de compañeros del instituto de Inés con una niña. Dejé el paquete con el regalo de mi amiga en el suelo. Otto era un chiquillo encantador de dos años y medio, simpático y risueño, que no paraba de correr y que vino a saludarme como un torbellino:
–¡Tito Samuu! –Le cogí en brazos y le coloqué sobre mis hombros, como solía hacer cuando me quedaba de canguro con él.
–Menos mal que has venido –me dijo Alberto–, ahora a lo mejor tenemos cinco minutos para tomarnos una cerveza.
Mi amigo, al que conocí en la universidad, me dio un abrazo. Era un tipo majo, moreno con algunas entradas en su pelo rizado; muy simpático, de los que suelen unir a una pandilla.
–No te preocupes, yo me quedo un rato con Otto, ya sabes que lo adoro –
Y exclamé para que me oyera el niño–. ¿Quién quiere volar un rato en el
Halcón Millenario? –Le di un paseo por el salón imitando el sonido de la nave.
–¡Yupiii!
Saludé de lejos a Inés, que charlaba con otros amigos. Su piso, que comparte con una compañera de trabajo, está lleno de pósteres de películas.
Aunque es profesora de instituto, tiene un blog de cine con muchísimas visitas. Es un poco influencer, supongo (aunque ella misma no acababa de creérselo) y a veces la invitan a eventos y podemos acompañarla. Gracias a ella, Daniel -el novio de Enzo- y yo asistimos al estreno de Interstellar, un locurón.
Cuarenta minutos después, completamente agotado después de trotar con los niños a mis espaldas y de jugar al veo-veo y al pilla-pilla y a todos esos juegos de palabras que se repiten, el padre de la otra niña se hizo cargo de ellos.
Por fin me acerqué a darle mi regalo a Inés, un sobre que ella abrió con parsimonia, deleitándose en el momento.
Leyó el trozo de papel:
–«Vale por un diseño de 100€ para el logo de tu blog».
–Daniel me recomendó a un diseñador que conoce y no cobra mucho –le dije–, y como siempre dices que está un poco desfasado…
–¡Me encanta! Tus regalos siempre dan en el clavo. –Me abrazó y yo a ella. Qué linda; era la más cuqui–. Espero no avergonzarte mucho con mi tarta de cumpleaños, por cierto, es del Mercadona. No he tenido tiempo para ir a…
Levanté el otro brazo, que transportaba un paquete más grande y delicado. Mi amiga dio un chillido agudo. Lo desenvolvió sobre la mesa.
–¡Una tarta Red Velvet! Mi favorita. Jo, Samu, eres el mejor.
Volvimos a abrazarnos, y justo en ese momento llamaron al portero automático. Apareció por la puerta Enzo, seguido de Daniel, bastante más bajito que mi amigo (solo un par de centímetros más alto que yo, vaya), con sus inseparables gafas de pasta y una camiseta que decía «No soy friki, soy un mago de nivel 36».
Les di dos besos y me volví al grupito de Nuria y Alberto, que me ofrecieron una cerveza.
–Mira, tito Samu –me gritó Otto, enseñándome un borrón de colores que había dibujado.
Me acerqué y le pregunté qué era (una jirafa, por lo visto). Yo me senté en el suelo con él y dibujé mi versión del animal, no mucho mejor que la suya, la verdad, pero al menos tenía cuatro patas.
–Algún día vas a ser un padrazo –me dijo Nuria, la madre de Otto, sentándose con nosotros.
–¿Tú crees?
–¡Claro! No hay más que verte.
–¡Gracias! Pero en realidad me refería a si crees que podré.
–Es verdad que las listas de espera de adopción son largas en general, –
Nuria se enderezó, adoptando una actitud casi profesional; era abogada y trabajaba en un gran bufete–, y muchos países no aceptan que las parejas homosexuales adopten a sus niños. Pero con paciencia…
–¿Largas como cuánto? –pregunté con cautela, dando un sorbo.
–¿Nueve, diez años? Lo bueno es que eres joven.
–¡¿Tanto?! –Solté la cerveza sobre la mesa. Ay, dios, qué desastre.
–Sí. Pero es lo que hay. La gestación subrogada es ilegal y además no es ético usar a mujeres necesitadas de dinero como...
–No, no, para nada. –La interrumpí–. Yo siempre tuve la vaga idea de adoptar, de hecho, me encantaría poder ayudar a algún niño o niña sin padres. Es que no sabía que era tan complicado, pensé que ya me informaría cuando tuviese pareja, pero claro, aquí estoy... –Mi voz bajó una octava.
–No lo digas con ese tono –dijo Alberto, que se había acercado a nosotros–, que estás disfrutando de la soltería y del tiempo libre.
–Bueno, si con eso quieres decir que no me como una rosca desde hace meses y que todas mis relaciones acaban pronto y mal… –Me reí con esfuerzo–. ¿Cómo… cómo se hace? ¿Tener lo que vosotros tenéis?
Se encogieron de hombros. Nuria tomó un sorbo de su cerveza.
–Pues ni idea, si quieres que te diga la verdad –contestó Alberto–.
¿Suerte?
–Entonces no tengo mucho de eso… –me quejé, en un tono más lastimero de lo que había pretendido.
–Bueno, para empezar, tienes la suerte de haberte liado con unos tíos que estaban buenísimos –se rio Nuria, y su pareja protestó en broma–. Yo te adoro, Alberto, cariño –se apresuró a decirle ella–, pero es que los novios de Samu son todos para tenerles en un póster en la habitación.
–Sí, –apuré mi cerveza–, guapísimos, pero luego siempre me dejan, o son infieles… o me dejan otra vez. Algo estoy haciendo mal.
Ella me dio un beso en la mejilla. Me acercaba peligrosamente a mi 32
cumpleaños y sentía que aún estaba esperando que mi vida comenzara.
Dibujé un ratito más con Otto y Enzo se acercó, acuclillándose a mi lado y me puso la mano en el hombro mientras miraba mis dibujos y los del niño.
–Eres más bonito que todas las cosas, Sammy. –Me revolvió el pelo–.
Qué mano tienes con los chiquillos.
Me ruboricé por el cumplido; mi amigo no era muy de soltar piropos, así como así.
–Desde luego, a nosotros nos está salvando la tarde, –añadió Alberto, sentado en un sofá con los pies en la mesita baja y disfrutando una cerveza.
Daniel estaba a su lado, distraído con el móvil y Alberto le miró la camiseta de «soy un mago de nivel 36».
–Tío, lo de los videojuegos se os va un poco de las manos, ¿no? –Se rio.
Daniel se ajustó las gafas:
–En realidad, es una referencia a los juegos de rol.
–¿Juegas al… rol? –La voz de Alberto sonaba a punto de soltar una risa.
–Yo también he jugado, –comenté, al ver que a Daniel se le coloreaban las mejillas–, unas cuantas veces, cuando estaba en la uni. De hecho, Daniel dirige muy bien. Es mazo divertido, Alberto, ya verás. Cuando Otto crezca le preparamos una partida de Dungeons & Dragons.
Alberto se interesó por el tema y nos pusimos a charlar de cómo se jugaba y Daniel explicó los beneficios del rol para el desarrollo de la imaginación y la autoestima. En poco rato, le convencimos. Sonreí. Frikis unidos, jamás serán vencidos, pensé.
Cerca de las nueve, sonaba la banda sonora de Pulp Fiction en los altavoces del Iphone, y ya había en la mesa algunas botellas de vino y algo de licor cuando llegó Estela, que parecía arreglada para la Gala de los Goya, con un precioso vestido de fiesta con tirantes y unas sandalias de tacón.
Estela era la chica más segura de sí misma que he conocido: divertida, espontánea y además tocaba la guitarra y cantaba en su propio grupo de rock, Everbliss. Tenía actitud de rockstar y siempre iba vestida muy top (vaqueros de marca, botas y una interminable colección de sombreros y gafas de sol); con su melena rubia (teñida, por supuesto) y el tatuaje de una pantera en el hombro, hacía girar la cabeza de la mayoría de los hombres y de todas las mujeres.
–¡Por fin empieza la fiesta! –exclamó, con una sonrisa radiante.
–...Y esa es nuestra señal para irnos –dijo Alberto. Ya había pasado bastante de la hora en que solían acostar a Otto. Nos dieron un abrazo a todos y se despidieron. También la otra pareja.
Nos quedamos ya el núcleo duro de la pandilla: Inés, Enzo, Daniel, Estela y yo.
Abiertos todos los regalos, nos sentamos en los sofás, con bebidas en vasos de plástico. Yo abrí otra cerveza y tomé un trozo de tarta.
–Resulta que Ousmane, –estaba contando Estela, sentada en el sofá–, conoce a alguien que trabaja en una productora de tv y están preparando una serie para Netflix. Quiere intentar que venga a alguno de nuestros conciertos para ver si podemos meter una canción en la serie.
–¡Uau! –Aplaudí con ganas–. Eso es fantástico. Me alegro mucho por ti, cariño.
–Gracias, amore.
– Ousmane es el batería de tu grupo, ¿no? –preguntó Inés, algo ruborizada.
Ella asintió.
–¿Por qué? ¿Te gusta? –Le guiñó un ojo.
–¡No! –exclamó Inés, apartando la vista. Todos nos reímos.
–A Inés le gusta Ousma, a Inés le gusta Ousma, –empezó a picarla Enzo–. ¡Venga ya, tía, tienes que echar un polvo, que se te va a cerrar el chichi! ¿Cuánto tiempo hace, dos años, tres…?
–Sé bueno, Enzo, –le corté yo. Inés estaba completamente colorada.
–Por cierto, se han quedado poco rato Alberto y Nuria, ¿no? –dijo Daniel, cambiando de tema, cosa que le agradecí infinito.
–Perdona, Inesita, solo quería darte un empujoncito, mujer. –Se disculpó mi amigo y le palmeó el hombro.
Charlamos de nuestros amigos y de su hijo Otto. Pronto la conversación derivó en matrimonio y en hijos. Alguien abrió una botella de tequila y, salvo Daniel y yo, todos tomaron un chupito.
–No sé si yo me atrevería a ser madre –comentó Inés, sirviéndose un trozo de tarta en un plato de plástico.
–Yo ni loco –añadió Enzo, y se rio a carcajadas.
–Yo prefiero no cerrarme a las posibilidades de la vida– dijo Daniel. Sus ojos algo rasgados, herencia de su padre, se dirigieron hacia Enzo, pero este no pareció darse cuenta.
–Pues yo creo que sería divertido –opinó Estela, liándose un cigarro.
–Para ti TODO es divertido, –solté. Y mis amigos se rieron, incluso ella.
–Soy fan de la vida, no lo voy a negar –bebió un segundo chupito de tequila y encendió el pitillo, sentándose en el respaldo del sofá rojo de Ikea de Inés– De hecho, he estado mirando clínicas para congelar mis óvulos.
–¿En serio? –preguntó Inés, con los ojos muy abiertos. A mí también me sorprendió: nunca había pensado que tuviera instinto maternal, la verdad.
Pero, a diferencia de mí (que siempre he sido el tipo más predecible del
mundo) Estela era muy de sorprender: cuando pensabas que ya la conocías, te daba un quiebro. Era mareante y adorable a partes iguales.
–Tengo casi 34 años, –contestó Estela–, estoy casi al límite de mi fertilidad.
–Pues a mí me gustaría ser padre, –confesé yo, quizá por primera vez ante mis amigos–. Desde siempre. Cuando jugaba con la Barbie y el Ken de mis hermanas, ya se quedaron embarazados.
Todos rieron, de nuevo. Por el nerviosismo de la confesión, que nunca había dicho en voz alta, me tomé un chupito, algo que no solía hacer.
–Lo comentaste el otro día con tu familia, pero nunca me habías hablado de ello –dijo Enzo, con un deje de resentimiento en su voz.
–No te lo cuento todo.
–Claro que sí, hablas más que un perdido cuando aparece.
–De todas formas, –me encogí de hombros– probablemente eso no pasará. La adopción en las parejas homosexuales es más complicada, me ha dicho Nuria. Y ya los heteros tardan unos 10 años...
Me había sentado en el sofá y apoyé la cabeza en las piernas de Estela, como solía hacer. Ella me acarició el pelo.
–Estoy pensando –dijo mi amiga, con voz soñadora–. Creo que tengo una idea. Una FANTÁSTICA idea.
–Oh oh–dijo Inés.
–¿Hace falta un paracaídas, como la última vez? –preguntó Dani, tomando un sorbo de su Coca-Cola.
–No, esta es de saltar sin red. –Apagó el pitillo y me miró con los ojos brillantes–. Samu, ¿y si tú y yo tenemos un hijo?
–¡¿Qué?! –pegué un respingo y me incorporé del susto.
–¿Qué? –exclamaron los demás a coro.
–¡Sí! ¡No tendríamos ni que esperar, podríamos hacerlo ya! –Exclamó Estela, bebiendo otro trago–. Cuanto más joven lo tenga, antes se recuperará mi cuerpo. ¡Sería un niño monísimo, inteligente y con talento para la música y la cocina! ¡Y lo que nos divertiríamos los tres!
Tal vez para ella era una broma, pero de repente vi una luz a lo lejos, una puerta que se abría, mostrándome un camino. Uno diferente, por el que no había pensado transitar. No todavía, al menos. Pero, claro, era una completa locura, ¿o no? ¿Un hijo? ¿Con una amiga? ¿Ahora? Ay, Jesús. El corazón empezó a latirme con fuerza, no sé si de emoción o de miedo.
(Conociéndome, probablemente ambas cosas).
–Pero criar a un hijo es duro –murmuré con cautela.
–Pfff –resopló mi amiga–. Por favor, si la amargada de mi madre consiguió criarme, no puede ser tan difícil. Y mira, no he salido tan mal.
–...Lo dice una cuya relación más larga ha durado 24 horas –soltó Enzo.
Daniel y yo le dimos un codazo al mismo tiempo.
–Es curioso, –comentó Dani– el otro día justo salió un artículo en El País que decía que cada vez más la gente decide tener hijos con amigos en vez de con parejas.
Supongo que debí habérmelo tomado a broma, haber echado unas risas y haberlo dejado pasar. Era lo sensato. ¿Quién hace una cosa así? Por mucho artículo que hubiera leído Daniel, yo no conocía a nadie que lo hubiera hecho. ¿Y si luego yo tenía novio, pero él no quería hijos? ¿Y si Estela se mudaba a otra ciudad? ¿Y si estallaba la Tercera Guerra Mundial o llegaba el apocalipsis zombi, qué iba a hacer yo CON UN HIJO? ¡Ay, dios! Acallé mi mente y respiré hondo.
Quizá la muerte de mi padre me había afectado más de lo que quería aceptar. O quizá que estaba cansado de que mi vida no avanzara hacia ninguna parte. Si no, no se explica que llegase a considerarlo siquiera.
–¿Lo dices en serio? –pregunté a Estela, con el alma en un puño, ilusionado y aterrorizado al mismo tiempo.
–¡Sí! –respondió ella con seguridad y una amplia sonrisa– Ya sabes que yo no soy de tener novio. Yo pensaba usara un donante, pero ¡esto es mucho mejor! Tú y yo somos la pareja perfecta, y sin sexo, que eso estropea cualquier relación. Tú serías un padrazo. Yo la mami enrollada. Y tu novio nos ayudaría, como un tito cariñoso. La perfecta familia del siglo XXI.
–No tengo novio, –suspiré–, y quién sabe si la tendré algún día.
–¿Y ese Álex del que siempre hablas? –dijo Daniel. Me sonrojé: normalmente él no solía arrojarme así a los lobos.
–¡Eso, eso, Álex, el divino Álex! –gritaron mis amigos.
–Hace meses que se mudó a mi edificio y no ha pasado NADA DE
NADA con él.
–Todavía –dijo Inés, levantando un vaso de cerveza.
–Ese es el espíritu –concordó Estela con su amiga, chocando los cinco con ella–. Samu, seguro que te lo ligas. No sé cómo lo haces, deben ser tus gay vibes o algo, pero siempre lo consigues.
–No os metáis con mi Sammy –dijo Enzo, sonriente–. Es muy lindo, divertido y tiene mucho encanto, joder.
Yo ya casi ni les oía. Me senté, con la cabeza bullendo a toda velocidad con la propuesta de Estela. Respecto a la pareja no podía hacer mucho más, sucedería cuando sucediera; pero en este tema, resulta que, de repente, sí podía. Podía tomar una decisión y provocar un cambio. Mi cerebro entró en modo cafetera. Los senderos. Las historias inacabadas. La lápida de mi padre. La vida es un parpadeo. ¿Y si…? ¿Y si…? Apuré la cerveza de un trago, como para infundirme un valor que yo jamás había tenido. Ay, dios.
Ay, dios, ¿y si…?
Estela clavó sus ojos en los míos. Ella era intrépida y yo siempre planificaba todo y me cubría las espaldas. ¿Qué podía salir mal?
–Vamos a hacerlo, amore –exclamó mi amiga sonriente y empezó a dar saltitos sentada en el sofá–. ¡Di que sí, di que sí, di que sí!
Y yo, por supuesto, dije:
–¿Sí?
Enzo se atragantó con su combinado.
–¿Estáis borrachos? –preguntó mi amigo, quitándome la bebida de las manos y oliéndola. –¿Qué has bebido? ¿Esto era cerveza o absenta? Porque estás alucinando, Sammy.
–¿De verdad os lo estáis planteando en serio? –preguntó Inés–. Es una gran responsabilidad.
–Si es por eso...–dijo Daniel–. Samu es el hombre más responsable del planeta Tierra. Y puede que de todo el Sistema Solar.
Todos se rieron, pero yo no. Sentí una luz interior que me irradiaba por las venas, llenándome de energía. Como Goku cuando sale volando a punto de convertirse en Súper Saiyan.
–Es cierto, soy el más responsable del planeta. Podría salir bien, ¿no?
Tendría que pensarlo, pero...
–¡¡Sííí!! –gritó Estela, levantando su gin-tonic–. Pero, amore, eso no quiere decir que te olvides de Álex. ¿De acuerdo? ¡Ve a por todas!
Necesitamos un tito enrollado en esta familia.
Álex. El divino Álex tuvo mucho que ver en esa decisión atropellada y loca.
Quizá debí empezar hablando de él.
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