Sería una Catástrofe
Capítulo 8 ¿Y ese chico que te acompaña?
Capítulo 8
¿Y ese chico que te acompaña?
Abrí la puerta y al otro lado me encontré... a Daniel.
Con sus gafas de pasta, una camiseta de Wonder Woman, la funda de su portátil colgando del hombro y una mochila a la espalda. Carraspeó y, con la mirada baja, dijo:
–He pensado que, como yo puedo teletrabajar, pues, si te parece bien...
No pudo terminar la frase porque me lancé a abrazarle.
¡Qué detalle haber venido! Estaba emocionado. Noté cómo su cuerpo se tensaba por la sorpresa de mi gesto de agradecimiento y me aparté, animándole a entrar.
–No voy a ser de mucha ayuda con el bebé –masculló él, con la mirada baja, ya dentro del salón–. No sé nada del tema, voy a estar más perdido que Sandra Bullock en «Gravity».
–No importa –Estaba tan feliz de ver una cara amiga que se me cayeron un par de lágrimas de nuevo y volví la cabeza para secármelas y que no me viera.
Él dejó las cosas junto al sofá y se sentó, ajustándose las gafas.
–Es que… lo que ha comentado Alberto del estrés y tal me dejó preocupado. A ver en lo que puedo ayudar, ya me irás diciendo –dijo, solícito–. Desde luego, puedo ir a la compra o hacer recados. Limpiar o cocinar…
Me reí.
–El cocinero soy yo, por eso no te preocupes.
–Pero si estás tan cansado… ¿tienes tiempo para meterte en la cocina? –
Echó un vistazo al fregadero, donde se acumulaban unos cuantos platos, vasos y varios biberones sucios. Madre mía, qué vergüenza.
La verdad es que ni recordaba cuándo había sido la última vez que me había puesto a disfrutar un cocinado. Como mucho, me hacía una tortilla rápida o me freía un filete mientras veía las noticias en la media hora libre que me dejaba la niña, antes de caer dormido.
–Tienes razón, –sonreí tristemente–. Cualquier ayuda será genial, pero tampoco hace falta que te agotes. ¿Vale?
–Te prometo que si estoy agotado te darás cuenta.
–¿Sí? ¿Y eso?
Me señaló la cara:
–Tendré unas ojeras como las tuyas.
Me miré al espejo. ¡Jesús! Estaba horrible, aparentaba diez años más.
Menos mal que quien se había presentado era Daniel y no Álex.
–¿Por qué no te vas a dormir? –dijo él, levantándose–. Aprovecha lo que puedas. Yo recojo aquí un poco…y me preparo el sofá. Era sofá cama,
¿verdad?
–Sí, ¡y es muy cómodo, ya verás! Espera, que te doy unas sábanas y una manta, también tengo una almohada de sobra en mi cama, te la traigo. Y
una toalla. Pero no hace falta que limpies la cocina, de verdad, ya lo haré yo mañana en un ratito.
Diez minutos después, dejé a Daniel preparando el sofá cama y me tumbé en la cama vestido.
No solo era cansancio: la tranquilidad de saberme acompañado, aunque solo fuera tener alguien con quien hablar, me relajó de tal modo que, en unos minutos (mientras escuchaba caer el agua en el fregadero) me quedé completamente dormido.
Hasta una hora y media después que me despertó la niña.
Empezaba la rutina de la noche.
Ese primer día de confinamiento, que era domingo, Valentina me despertó a las seis y media de la mañana. Allí aún en la cama con la niña, me pregunté cómo sería la convivencia con Daniel. Nos habían presentado hacía nueve años, pero solo le había conocido como el novio de mi mejor amigo. Y aunque es verdad que habíamos estado a solas muchas veces los dos (comprando un regalo para Enzo, yendo a exposiciones de comics o al
cine, porque a Enzo no le gustaba mucho la fantasía o la ciencia-ficción…), siempre había sido durante poco rato y con un propósito muy concreto.
Pero me caía bien, claro, y sabía que era tranquilo y organizado, dos virtudes que, con un bebé, o en medio una epidemia, eran un regalo del cielo.
Mi mente vagó entonces hacia un problema muy real y presente: mi amiga Inés, sola y enferma. Le escribí un mensaje: Yo: Inés, ¿cómo estás? Por favor, ve contándome estoy muy preocupado. Si empeoras llamo a
mi madre para que vaya a verte.
Aún no eran las ocho de la mañana, no esperaba que contestara todavía.
Ojalá estuviese durmiendo y recuperando fuerzas.
Me acerqué a la ventana dejando a la niña en su cunita un momento: la calle estaba desierta. Parecía que nos encontrábamos en medio de la película 28 días después, una de mis favoritas de zombis (las otras dos con las que compartía el podio eran Zombieland y Train to Busan). Me sonó una notificación en el móvil. Era Inés, que me contestaba.
Volví con la niña, que se revolvía buscando mi calor y leí el mensaje de mi amiga:
Inés: Sigo más o menos igual. Un poco menos de fiebre, pero ayer me subió mucho por la tarde. Tengo el cuerpo como si me hubiera atropellado un autobús. Me cuesta hasta ir al baño.
Yo: ¿Por qué no dejas una copia de tu llave debajo del felpudo? Si te pones muy mal, así le podría decir a mi madre que fuese a verte y abriera con ella.
Inés: Me parece buena idea, Samu, gracias. Lo voy a hacer.
Escuché sonidos en el salón y la cocina; seguramente Daniel ya se había despertado y se estaría poniendo un café. El gorjeo de Valentina me hizo volverme hacia mi hija, que me reclamaba.
–Hola, bonita –le susurré, dándole besitos en las mejillas que ella recibió con agrado, rozándome el rostro con sus manitas diminutas.
Sonreí de felicidad, incluso en la situación en la que nos encontrábamos.
De repente, sonó el teléfono. No tuve ni que mirar: Enzo era el único amigo con quien charlaba regularmente de viva voz. Con él tenía la confianza que ni siquiera tenía con mis hermanas. Puse el manos libres mientras le quitaba el pañal a la niña.
–Al final no pude ir, Sammy, lo siento muchísimo, de verdad, ¿todo bien? ¿Cómo estás de ánimo?
–Bien, bien –respondí–. Con lo de Daniel me he animado bastante, la verdad.
Silencio.
–¿Lo de Daniel? ¿A qué te refieres?
Pude notar un deje detrás de su voz que no me gustaba. Como la pólvora picante junto a unas brasas, a punto de saltar por los aires.
–¿No… no sabes que ha venido a confinarse a mi casa? –Tenía el estómago encogido.
–¿¿Eso ha hecho??
Más chispas. Oh, oh.
–Sí, bueno, él… –titubeé– ...como parece que puede teletrabajar, pues…Yo… pensaba que lo sabías.
–¡Joder, no! ¡No lo sabía! –. La bomba había estallado.
–Enzo, –intenté tranquilizarle. ¡Lo que me faltaba ahora era hacer enfadar a mi mejor amigo! Eso no podía pasar. El corazón se me aceleró–. Daniel es tu novio y entiendo que puedes sentirte incómodo, yo le diré que... ¿Cómo es que no te ha comentado nada? ¿Tan mal estáis?
–¡No sé! ¡Ya no sé nada! –sonó tan afligido que sentí ganas de abrazarle. Aunque ese gesto con él no era buena idea.
–Le digo ahora mismo que se vaya, espera…
–¡No le digas eso, me cago en…! –Resopló–. Es su decisión y… joder, a ti te viene estupendamente. En la casa es muy apañado. Muchas cosas
del adulting se le dan bien.
–La verdad es que sí, creo que anoche fregó, aunque le dije que no lo hiciera, –le conté, más aliviado.
–Típico de él. Le encanta llevar la contraria.
Más tranquilo, le puse el pijamita a Valentina, uno con dibujos de jirafas y leones. Escuché entonces la voz de Daniel que me llamaba desde el salón.
–Tengo que dejarte, Enzo. Yo… habla con él, ¿vale? Odio verte pasándolo mal.
Cogí a la niña en brazos y me acerqué al salón donde me encontré dos bandejas de desayuno preparadas, con su café, su tostada, ya untada y todo, y una magdalena. Uau.
–¡No has debido molestarte! –le dije a Daniel, apurado. ¡Ay, dios, el novio de mi mejor amigo me acababa de preparar el desayuno! No sabía qué pensar; después de la conversación con Enzo, y de enterarme que aún no habían hablado, me sentí raro.
Pero él no pareció darle importancia:
–Tardo lo mismo en poner una tostada que dos, y como dices que no has desayunado en semanas…
–Gracias, Daniel, de verdad. –Respiré. Era cierto que había venido a ayudar y, como él decía, no era para tanto. Me senté y disfruté del pan crujiente con mantequilla en mi boca. Sabía a gloria. Al nivel de los macarons que yo había cocinado en el último cumpleaños de Estela.
Él estaba comiendo también. Ya se había puesto las gafas y volvía a ser el Daniel de siempre, con su camiseta de los X-Men. El más friki de la pandilla. Charlamos un rato sobre cómo organizarnos, cuándo y dónde trabajaría él.
Luego nos pusimos a ver la tele, noticias de la epidemia, hasta que la niña empezó a llorar de nuevo. Me metí en mi dormitorio para no molestar a Daniel (y para que no me viera perder el control y nos abandonara el primer día, las cosas como son).
–Vamos, cariño… papá está aquí, no pasa nada…
¿Y si realmente le pasaba algo malo? ¡Llevaba llorando demasiado tiempo! Comprobé de nuevo el pañal: nada. ¿Comida? No quería.
¿Gases? Quizá era eso. Llamé a Alberto y Nuria, recordando que se habían ofrecido a charlar conmigo. Les conté lo que pasaba, con la voz temblorosa.
–El cólico del lactante –suspiró mi amigo– Otto también lo tuvo.
Realmente no se sabe ni la causa, ni por qué o cuándo empieza, ni por qué o cuando acaba.
–Suena fantástico, –intenté reír, pero estaba acongojado.
–Lo siento, Samu. No sé de nada que se pueda hacer. Intenta dormir cuando ella duerme.
Ay, dios. Si la cosa seguía así con Valentina, Daniel no iba a durar dos semanas. Ni dos días. Me tumbé con la niña en la cama y le canté un par de canciones y, por fin, con «Somewhere only we know», de Keane, se quedó dormida.
La tarde de ese primer día transcurrió más tranquilamente.
Estuvimos viendo las noticias. Daniel y yo comentábamos algunas en voz alta y el resto del tiempo él estaba con el móvil o leyendo (después de todo, era domingo) y yo con Valentina, cantándole, meciéndola o entreteniéndola.
Estaba todo el rato en contacto con Inés, que se sentía peor. Mierda.
Mierda.
–Le ha subido la fiebre –comenté en voz alta. Me mordí el labio– No sé qué hacer. ¿Qué puedo hacer? Está sola, mierda. Mierda.
Di un beso a mi niña. La cabeza no dejaba de darme vueltas. ¿Y si realmente necesitaba ir al hospital? Oh, dios mío, ¿y si SE MORÍA?
Empecé a verlo todo negro.
–¿Quieres que me acerque a visitarla y vea cómo está? –sugirió Daniel–. Podría…
–¡No! –exclamé–. Hay que tener mucho cuidado, no se puede tener jamás contacto con un infectado. ¿No has visto las pelis de zombis? Ay,
Jesús.
–Tranquilo, seguro que se te ocurrirá algo. Tú siempre sabes qué hacer –dijo él, y a mí me casi me entró la risa por la ingenua confianza que tenía en mis capacidades. Se ve que me conocía poco, el pobre.
De repente, me levanté del sofá con la niña en mis brazos.
–Voy a llamar a mi madre –miré a Daniel mientras me acercaba al moisés para dejar a Valentina–. ¿Puedes…?
Él abrió exageradamente los ojos:
–¿Cogerla en brazos…? –preguntó, con voz temblorosa.
–¡No! –Me reí con ganas, su cara era un poema–, me refería a que le echaras un vistazo, la voy a dejar tumbada aquí. Avísame si pasa cualquier cosa.
Entré en mi cuarto y tuve que llamar cuatro veces hasta que mi madre por fin me cogió el móvil.
–¿Ha llegado a 39 de fiebre? –me preguntó enseguida sobre Inés. Le dije que no, 38 y medio. Pero se sentía cansadísima y estaba asustada.
–Avísame si sube a 39 o le cuesta mucho respirar. Si no llega a ese punto, en principio no debe ser preocupante, por lo que comentan las compañeras.
–Vale –respondí, un poco más tranquilo–. ¿Tú cómo estás? ¿Ya en el apartamento con tus amigas?
–Sí. Lo de hoy ha sido más bien una toma de contacto. Hijo, se sabe muy poco de este virus...– Suspiró–. Intentad fabricaros algo para taparos la boca con tela y no salgáis sin ello, ¿vale?
Me estremecí:
–Vale. Te quiero, mamá. Cuídate, por favor.
Volví al salón con más preocupación aún. Daniel estaba mirando su móvil, sentado con una Coca-Cola y unos cacahuetes.
–Mascarillas –le dije–. Tenemos que intentar fabricarnos unas.
Daniel no preguntó nada, solo asintió, abrió el portátil y se puso a buscar en Google. Yo cogí a la niña y escribí unos mensajes a Inés.
¡Esperaba que no se pusiera peor!
En ese momento nos sorprendieron los aplausos. Los habían cambiado a las 20 horas porque a las diez despertaban a los niños (como había tenido la ocasión de comprobar el día anterior), así que cogí a Valentina, la arropé con una mantita y la apoyé en mi hombro; salí con ella al balcón, a aplaudir con todas mis fuerzas. Para mi sorpresa, Daniel también se me unió, (aunque no con mi nivel de entusiasmo, claro), asomándose también y contemplando el espectáculo.
Era precioso. Había bastante gente, más que el día anterior. El sonido de unas palmadas más fuertes me llamó la atención y alcé la mirada hacia el cuarto piso. Álex estaba en su balcón, aplaudiendo con lentitud, observándome, a mí y a Daniel.
Le saludé con una sonrisa, que él correspondió. Daniel, siguiendo la dirección de mi rostro, descubrió también a mi divino vecino (estaba guapísimo, claro, con una camisa verde y el pelo ligeramente alborotado).
En ese momento, Álex se metió dentro. Nosotros esperamos a que murieran los aplausos durante unos minutos más. Ya camino del salón, oí cómo me llegaba un mensaje de WhatsApp. Coloqué a la niña en el capazo y saqué el móvil:
Álex: ¿Y ese chico que te acompaña?
Uau. Esto no me lo esperaba.
Parecía… jopé, decididamente parecían ¡celos! Pero no quería emocionarme, sólo nos habíamos enrollado un par de veces. Y, por otro lado, notaba una sensación desagradable también, que no lograba identificar, pero creo que tenía que ver con los mensajes que él había intercambiado con su ex, incluso estando en la cama conmigo.
Redacté diferentes respuestas y al final le mandé esta: Yo: Es un amigo, que se va a quedar en casa para echarme una mano durante el confinamiento.
Para mi sorpresa, enseguida llegó contestación a mi WhatsApp.
Álex: Ah, pensaba que tal vez te veías a la vez con otro chico.
Álex: Como le vi tan lindo y exótico…
Uf, menos mal que Daniel no le estaba oyendo, odiaba que le llamasen exótico. Por supuesto, Álex había vuelto a dejar claro que no estábamos saliendo juntos y, aunque tenía más razón que un santo, eso me entristeció.
Suspiré y empecé a escribir una respuesta rápidamente.
Yo: Ya sé que solo hemos quedado un par
de veces, pero la verdad es que…
No sabía hasta dónde sincerarme con él. Pero creo que ya habíamos quedado en que yo ese rollo de hombre misterioso, nada de nada.
Yo: ...la verdad es que no suelo estar liado
con varios al mismo tiempo.
Yo: Soy hombre de un solo hombre
(gif de gatito con lengua fuera)
Álex: Eres muy lindo.
Álex: Ojalá pudieras subir a mi casa. Te metería las manos por debajo de la camiseta y te mordería el vientre hasta que…
La niña empezó a llorar en ese mismo instante. Me disculpé rápidamente con un mensajito a Álex y la cogí en brazos, la mecí, pero no conseguí que se calmara, así que le di el biberón.
–Pequeñita, es hora de dormir...–le canturreé una canción mientras sus deditos se aferraban a mi pulgar. Era maravilloso, pero ¡estaba tan cansado!
Arrancaba la rutina de cada noche y yo estaba ya hecho trizas. Cuando se durmió por fin, veinte minutos después, volví a sentarme en los cojines y vi que Álex había continuado el mensaje, con todas las cosas que le gustaría hacerme, y los lugares donde quería tocarme, besarme y acariciarme.
Yo me metí debajo de las sábanas.
Y me quedé dormido.
A las 6:45 a.m., Valentina se despertó definitivamente. Empezaba el segundo día del confinamiento y ese ya era lunes. Y, aunque Daniel tendría que trabajar, ya me encontraba más confiado en que nuestra convivencia podría funcionar tras la experiencia del día anterior. Era un chico majo y relajado, muy atento, con quien se podía hablar de todo. Seguro que no habría problema.
Pero claro, había cosas con las que no contaba.
Y estaba a punto de descubrirlo en los siguientes minutos, al acercarme a la cocina a ponerme un primer café.
Daniel aún dormía en el sofá, y me fijé la mesa estaba llena con sus cosas: el portátil, el Kindle, el móvil, restos Coca-Cola en un vaso, unos cascos, sus gafas de pasta… Conseguí prepararme mi deseado café sin despertarle y empecé a caminar de puntillas a la habitación. En ese momento, Daniel se movió, cambiando de postura; se destapó medio cuerpo, dejando a la vista el pantalón de pijama y
… un tremendo bulto dentro de él.
Uau.
Me tropecé con el dintel de la puerta de mi dormitorio.
–Ouch, –se me escapó. Mierda, mierda.
¡Ay, dios mío! ¡Había visto la «tienda de campaña» del novio de mi mejor amigo! Y no era una de esas tiendas pequeñitas, qué va. Borra eso de tu mente, Samu, pensé inmediatamente. De hecho, borra toda la imagen.
Dicho y hecho: entré en mi dormitorio y cerré la puerta por completo, tomando un sorbo de café. Vale. Noticias, eso necesitaba. Abrí el móvil: las catástrofes me distraerían. Nadie puede acordarse en el pene del novio de un amigo, -que además era algo más grande de lo que uno podría pensar- si estás repasando las cifras de contagiados y muertes de una epidemia mortal.
Menos mal que un conocido olor me llamó la atención: había que cambiar el pañal. Apuré el café. Vamos allá.
–Venga, bonita, vamos a dejarte limpia.
Hora y media después decidí salir del dormitorio, sobre todo porque escuché que llamaban al portero automático. ¿Quién sería a estas horas? No eran ni las nueve. Dejé a Valentina en la cunita y salí corriendo.
–Correo –avisó una voz masculina.
Pulsé el botón para abrir. Miré hacia Daniel, que estaba despierto y parecía estar trabajando. Y vestido con sus vaqueros, menos mal. Había dejado media mesa vacía -muy considerado- y todas sus cosas se acumulaban en la mitad derecha.
–¿Tú has pedido algo por correo?
–Ajá –contestó, sin levantar la mirada del ordenador. Parecía muy concentrado trabajando, ya con sus gafas puestas y el pelo negro y lacio cayéndose sobre la frente. Abrí la puerta.
El repartidor salió del ascensor con un paquete de tamaño medio.
Paquete, pensé. Y se me vino a la cabeza la imagen de Daniel y su… No, no, no. Expulsé ese recuerdo de mi mente mientras el repartidor se acercaba.
–¡La distancia! –le recordé, instándole con un gesto a no acercarse más.
–Es verdad, perdona –El chico dejó el bulto... (¡No! ¡ Bulto, no! También me recordaba la misma imagen, mierda, mierda). El chico dejó la caja cerca del ascensor y sacó su móvil:
–¿Daniel… Daniel Ishikawa González?
–Sí, está ahí– abrí la puerta para que viera a Daniel: un hombre joven de poco más de treinta años, medio japonés, trabajando en el ordenador, sin ninguna erección ni nada de eso.
El repartidor anotó la entrega y tomó el ascensor de nuevo.
Rápidamente, recogí la caja del suelo y cerré la puerta. Me preocupé por cosas más mundanas: ¿y si la caja tenía virus?
Daniel se levantó y se colocó a mi lado. Llevaba una camiseta de Bola de Dragón. Abrió la caja y sacó de dentro varios libros.
–¡Acuérdate de tirar todos los envoltorios y lavarte bien las manos! –le recordé, preocupado.
Me hizo caso y solo entonces eché un disimulado vistazo a los libros, por curiosidad.
«Cómo criar bebés sanos y felices», «Todo sobre el bebé», «Eres padre,
¿y ahora qué?», «Dormir sin lágrimas» y «La alimentación del bebé».
–¿Y esto? –le pregunté–. ¿Son para mí?
Se encogió de hombros.
–Si quieres quedártelos, claro, pero en realidad los he comprado para leerlos yo, –se recolocó las gafas–. Me gusta aprender de todo. Así quizá te puedo echar una mano.
Sonreí, agradablemente sorprendido.
–Vaya, es… un detalle. Gracias. No tenías por qué.
Pero Daniel ya volvía a estar en el ordenador.
Volví al dormitorio y cogí el móvil para ver si Inés me había contestado (no lo había hecho) y leí el mensaje que Álex me había mandado la noche anterior.
Álex: Ojalá pudieras subir a mi casa. Te metería las manos por debajo de la camiseta y te mordería el vientre hasta hacerte gemir. Después te montaría a cuatro patas, muy fuerte, con tus manos atadas. ¿Te gustaría?
Joder. Se me había empalmado. Aunque la verdad es no sabía qué contestarle.
Sí, como fantasía era muy sexy. Pero la verdad es que en la vida real a mí todo ese rollo no me va. Ya sé que atarse no es nada del otro mundo, pero me parece, no sé... incómodo. Y a veces hasta duele. Es como follar en la ducha: en las pelis siempre queda divino, pero en la realidad se te clava el grifo en la espalda, tienes frío cuando el agua caliente deja de caerte encima y te pasas la mitad del tiempo intentando no resbalar. Así no hay quien se concentre, y no hablemos ya de alcanzar un orgasmo.
Vale, al acordarme del sexo en la ducha (una vez y no más, gracias) se me había bajado del todo.
Menos mal, porque vi que me estaba llamando Enzo.
–¿Qué tal todo, pequeño?
–Bien. La niña dormida y todo más o menos como siempre, dentro de que estamos en mitad de un apocalipsis y tal, –abrí la ventana y asomé la cabeza para que la niña no se despertara–. Sólo preocupado por Inés, a ver si mejora.
–Seguro que sí, Sammy. Por aquí está todo bastante tranquilo. ¿Y qué tal con Daniel? Sé que pasar unos días con él puede ser bastante… duro.
Duro. Otra vez se me vino a la cabeza la imagen de Daniel y su pen...
Fuera, fuera de mi cabeza, pensé. Ya está bien. ¿Pero qué demonios pasaba conmigo?
–¿Hola? –me preguntó mi amigo, ante mi tardanza en responder.
–¿Qué? –balbuceé–. Ah, con Daniel... ejem, todo bien. Esta mañana le han traído unos libros por correo sobre crianza de bebés.
–Oh, mierda, ya te va a llenar la casa de libros. Van a aparecer hasta dentro del lavavajillas. Lo vas a odiar.
–¿Odiar los libros? –Fruncí el ceño, extrañado–. No creo.
De pronto, tuve una revelación: ¿por qué me estaba llamando a mí?
–¿Cómo es que tú no sabías ya todo esto? –le pregunté–. ¿No te lo ha contado Daniel?
Silencio. Un carraspeo.
–No… no hemos hablado estos días, la verdad.
– ¿Cómo? –Me quedé de piedra. Esto era serio de verdad– Pero, ¿qué os ocurre a vosotros dos?
–No tengo ganas de charlar de eso. Ya se nos pasará, como siempre.
–Me estás preocupando. Primero se va la madre de mi hija, luego llega una epidemia de un virus mortal y ahora vosotros estáis peleados… ¡No gano para sustos, por favor!
–Tú te asustas por todo, pequeño. Es parte de tu encanto. ¿Cómo te fue con tu bombón de vecino? –No me pasó desapercibido cómo cambió de tema rápidamente–. ¿Te lo tiraste entonces antes del sábado noche? ¿Y qué tal? Cuenta, cuenta.
–¡Sí! Fue geniaaal –alargué la «a» de pura emoción; acordándome de aquella noche se me puso la piel de gallina– Aunque luego… Álex me escribió un mensaje, en fin… hablando de tener sexo un poco más salvaje; ya sabes, en plan manos atadas y tal.
–Joder con Álex, en vez de divino es más bien un diablillo. –Se rio a carcajadas–. Parece un tío que merece la pena.
–Ya, sí, pero… Enzo, tú me conoces. A mí todo eso... como que no me va. Y no sé qué decirle para que no piense que soy un aburrido.
–¡Samu, pues dile que sí, coño! ¡Prueba cosas nuevas, que pareces un reprimido! ¡Vive al máximo! ¿Te vas a quedar toda la vida cambiando pañales y viendo películas metido debajo de la mesa camilla?
–Pues… –La perspectiva era atractiva.
–Lánzate y no pienses tanto las cosas.
Me mordí el labio. Tenía una sensación rara en la boca del estómago.
–Seguramente tienes razón. ¿Tú estás bien?
–Bueno… aquí estupendamente, pero mi madre me está cosiendo a llamadas cada dos horas. Y eso que Fabio ha vuelto de Irlanda para quedarse con ella. Así que él me llama también cada rato para quejarse de mi madre. –Suspiró profundamente–. Una puta mierda todo, vamos.
–Lo siento –Me conmovió. Sabía lo dura que era su vida familiar, él siempre teniendo que hacerse cargo de todo–. Ojalá pudiera ayudar. O darte un consejo.
–Yo no necesito de eso, ya lo sabes, Samu, y me las arreglo bien –
respondió, súbitamente serio; tragué saliva–. Tú con lo tuyo ya tienes bastante, no te preocupes por mí.
Pero quizá debería haberme preocupado más.
Esa tarde, llamé a Inés para comprobar si estaba mejor: esto no era cosa de un mensaje. Tuve que dejar que sonara hasta el final y llamar de nuevo, pero al fin lo cogió.
–¿Cómo estás, cariño? –le pregunté con angustia.
Ella tosió. Varias veces. ¡Ay, dios mío! Me temía lo peor.
–Más tos, –logró decir–, pero la fiebre sigue igual. Estoy cansadísima.
–Ay, ¡ojalá pudiera ayudarte!
Se me escapó una lágrima mientras charlaba un poco más con ella. Le dije que me llamara o me escribiera si empeoraba. Al colgar, mi corazón latía a toda velocidad, tanto que tuve que ir a la cocina a beber agua, y así lo hice. No dejaba de andar de un lado para otro respirando con fuerza, ante la atenta mirada de Daniel, que estaba terminando de cenar.
–¿Ha pasado algo?
–Nada, no, o sea… –Tragué unos sorbos más de agua para hablar con más calma–. ¡Que Inés está enferma y con fiebre! ¡Y sola! Y no puedo hacer nada. Y nadie puede acercarse a cuidarla por esta maldita… situación
¡y todo se desmorona! ¿Y si se muere? –Ya había cogido carrerilla y no podía parar– Porque podría morirse, ¿sabes? Esta enfermedad es muy puñetera.
Me di cuenta de que estaba esperando que Daniel me dijera algo como:
«Qué tontería, no alucines» como haría Enzo, lo cual solía ponerme más nervioso aún, pero él se había quedado callado y simplemente dijo:
–Te entiendo.
Respiré hondo.
–No es probable que le ocurra nada, –añadió Daniel, con la vista de nuevo en su portátil–. Si quieres te busco algunos datos para tranquilizarte.
–No, déjalo –Ya que lo había sacado de dentro, me encontraba algo más relajado. Mi madre y Daniel tenían razón. Había que esperar.
–Ahora bajaré al súper de 24 horas –dijo él– ¿Sabes ya qué quieres comprar?
–Pues...–La niña empezó a gimotear y yo me levanté para mecerla– Ay, lo siento, tenía un papel por ahí en el que empecé a hacer una lista, pero no anoté muchas cosas.
–Ahora lo cojo. Yo también he hecho la mía, he estado buscando en Google lo que nos puede venir bien en esta situación concreta.
–¿Has estado buscando en Google qué se necesita comprar en un supermercado en medio de un confinamiento por culpa de una epidemia viral? –Me reí.
–Sí– respondió, completamente serio.
Definitivamente, era un personaje. Pero estaba aquí para mí y tenía excelentes dotes organizativas. Nos iban a venir estupendamente, seguro.
Ya más tranquilo, me hice una tortilla que comí rápidamente mientras la niña dormía plácidamente en mis brazos y yo veía las noticias, meciéndola suavemente: Por lo visto, el alcalde de Sevilla había decidido suspender la Feria de Abril. ¡Era el apocalipsis, sin duda!
Un buen rato después, Daniel abrió la puerta con la copia que le había dejado de mi llave. Entró en casa con tres bolsas de diferentes comercios en las manos.
–Espera –le dije–. Lávate las manos. Y las llaves.
Él asintió, muy serenamente, dejó que yo cerrase la puerta e hizo lo que le decía. Fue a quitarse la chaqueta.
–La ropa… –Me di cuenta entonces–. Ay, mierda, toda tu ropa puede tener virus.
Deposité a la niña con cariño en el capazo y saqué una bolsa de basura.
–Échala ahí y la ponemos en la lavadora. ¡Y los zapatos!
Daniel se quitó los zapatos y empezó a quitarse los pantalones también.
–¡No! –Volví la cara. Aunque estaba harto de verle en bañador en la piscina e incluso en calzoncillos en casa de Enzo, era el novio de mi amigo; ahora estábamos solos y no era apropiado. Y menos después del espectáculo de su paquete esa mañana.
–Vale –dijo él, rascándose la nuca. ¿Se había puesto colorado? No estaba seguro. Pero solo añadió:
– Sería mejor que me diera una ducha, ¿no? Podría tener algo también en el pelo.
–¡Sí, perfecto! –Sentí un instantáneo alivio.
–Meteré mi ropa en la bolsa. –La cogió de mi mano y entró al baño.
A los diez minutos, él salió del baño con el pelo mojado cayéndole por la frente.
–La puerta del baño no cierra, ¿verdad?
–No. –Suspiré– Es pequeño, y con la bañera-cambiador de la niña…
–¿Sabes lo que he echado en falta? –Fue a sentarse en el sofá, cambiando de tema–. Tendríamos que preparar un bote con alcohol para desinfectarnos cuando salgamos a la calle y toquemos algo. El problema es que en las farmacias no había alcohol, –comentó–, fui a tres distintas.
Me levanté y le hice señas para que me siguiera. En el recibidor, abrí el armario empotrado y Daniel contempló las filas de latas, comida de sobre, legumbres, pasta y elementos de higiene y farmacia que tenía almacenados.
En el estante superior, dos botes de agua oxigenada y dos de alcohol. Cogió uno en la mano, asintiendo en silencio. Después, me miró:
–¿Y todo esto…?
–Ya sabes el miedo que tengo del apocalipsis zombi, –me encogí de hombros–. Me gusta estar preparado.
Siguió asintiendo con la cabeza, examinando todo mi pequeño almacén.
–Fantástico. Mis dieces –dijo. Agarró un bote de gel–. Esto también nos va a servir.
Esa tarde, mientras Daniel trabajaba, escuché una notificación de WhatsApp. ¿Sería Álex, insistiendo? ¿Quizá ahora me contaría que tenía un cuarto en su piso con cadenas y látigos en plan Christian Grey?
Abrí el WhatsApp: no era Álex. Tenía un mensaje de Estela.
–¡¿Qué?!
¿Eso significaba que volvía? El corazón me dio un vuelco: eché un vistazo al mensaje en la preview de las notificaciones. Empezaba «Lo siento» y era muy largo.
Con la respiración agitada, me metí en mi dormitorio con la niña. Eché un vistazo a las redes sociales de Everbliss, el grupo de Estela: habían tocado el día anterior en San Francisco y habían subido fotos y un vídeo.
Vale. No parecía que fuera a volver.
–Mierda, Estela.
El corazón me latía fuertemente. Intenté respirar hondo. Abrí el mensaje: Estela: Lo siento mucho. No soy muy de disculparme, ya lo sabes porque nos conocemos muy bien. Pero he tenido muchos días para pensar y la banda me ha echado una bronca tremenda. No sé por qué siempre me rodeo de buena gente. Mis músicos deberían ser unos sinvergüenzas, locos por arrancar bragas y clavarse heroína en los ojos, ¡son músicos de rock, coño!
Pero no, me tiene que tocar la jodida hermandad de la moral. ¡Ousmane ni siquiera bebe! Esto no es ni medio normal.
Estela: No sé qué me pasó, Samu. A ver, sí lo sé. Borja, nuestro manager, ese que me da cien patadas porque parece que lo mismo vende música que salchichas de Frankfurt, nos ofreció irnos unas semanas a Estados Unidos, donde nos había cerrado un par de conciertos en Seattle y San Francisco y, mientras estábamos aquí, nos conseguiría más y nos prepararía toda una gira.
Estela: Era una oportunidad única en la vida. La oportunidad que casi ningún grupo en nuestro país tiene. Tenía que aprovecharla, pero estabas tú y la niña y… Sabía que se iba a montar una gorda si te lo decía. Ya me conoces, soy… una puñetera cobarde.
Estela: Y bueno, vale, no te voy a engañar. Eso no fue todo. La verdad es que todo el tema de la niña me estaba superando un poco. Es mucha responsabilidad y… Sí, ya sé que he sido un poco egoísta.
Estela: Vale, he sido MUY egoísta.
Estela: Pero también pensé: joder, si yo fuese un tío, ¿a alguien le habría extrañado que aprovechase esta oportunidad de oro en mi carrera? Para nada. Les habría parecido normal. ¿Qué digo? Me hubieran puesto una alfombra roja llena de pétalos de rosa para que me fuese, dejando que «mi mujer» se encargase del niño hasta mi vuelta.
Estela: Pero claro, la mujer soy yo y se supone que tengo que sentir un amor tan irrefrenable por mi hija que me haga sacrificar todo alegremente.
Estela: Y, a ver, no es que no la quiera, claro que sí, pero… también amo esto. Amo la música. ¿Soy una madre horrible? Seguro que sí.
Estela: Siento mucho no haber tenido los ovarios de plantarme delante de ti y decirte todo esto. De verdad. Sé que la he fastidiado a lo grande.
Espero que me perdones algún día.
Estela: Me imagino que tu madre o tus hermanas estarán contigo. Y sé que entre todos la vais a cuidar de maravilla. Has nacido para esto, amore.
Estela: La echo de menos... Mi monita (carita triste). Y a ti también.
Tenía las mejillas mojadas por los lagrimones.
No podía hablar con ella ahora. No así. No tan pronto. Yo también necesitaba procesar todo, estaba muy molesto. En su mensaje había dicho cosas que eran verdades como puños. Pero también la había cagado nivel dios. Era Estela, ella nunca hacía nada a medias.
Pero lo que era justo era justo: le mandé fotos y vídeos de Valentina. De su monita.
Luego me eché a aprovechar las horas que pudiera de sueño. Sabía que nos esperaban unos días difíciles, pero nunca habría imaginado que la causa no tendría nada que ver con la pandemia ni con la niña. Como siempre, mi maldito don de la oportunidad.
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