Siete Días Sin Besos

Michelle Styles · Capítulo 3 de 5

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Siete Días Sin Besos

Nota Histórica

Matrimonio sine manu y matrimonio cum manu, en otras palabras, quién tenía el control sobre la fortuna de la mujer y ejercía de su guardián.

Resulta sorprendente que hacia el final de la República la mayoría de los matrimonios fueran sine manu. Las propiedades de una mujer y el derecho a solicitar el divorcio quedaban en manos del padre o tutor, no pasaba al marido. Al no estar prohibido que las mujeres heredaran, un matrimonio sine manu aseguraba que la riqueza de la familia se quedara con la familia en la que nacía la mujer. En los comienzos de la República, los matrimonios era casi exclusivamente cum manu y había casos de terribles abusos por parte de los maridos; se conoce el caso del asesinato de una mujer por haberse atrevido a tomar las llaves de la bodega. Así se promulgó el matrimonio sine manu para darles a las mujeres más derechos sobre su dote.

El establecimiento del matrimonio sine manu coincidió con una disminución de los derechos del padre sobre sus hijos. El propósito era fortalecer el matrimonio, pero lo cierto es que provocó un aumento en el número de divorcios. La libertad de la que disfrutaban las mujeres casadas al final de la República romana (periodo en el que se desarrolla esta novela) no se repetirá en occidente hasta el siglo XX, como señala Jerome Carcopino en su magnífico libro La vida cotidiana en Roma. Además, como los romanos de dicho periodo pensaban que las mujeres de clase alta debían tener una amplia educación para que pudieran enseñar a sus hijos, hubo mujeres muy interesantes, desde la madre de César, Aurelia, y Clodia Metellia (que sirvió de inspiración a la poesía romántica de Catulo, cuya pasión por los sonidos de las clases bajas cambió el acento romano durante generaciones) hasta Sempronia, muy admirada por su ingenio, su gusto por la lectura y su cultura, y Attia, madre de Augusto.

Si quieres leer más sobre el matrimonio y las mujeres en Roma, La vida cotidiana en Roma, de Jerome Carcopino, y El mundo clásico de Robin Lane Fox son un buen lugar en el que empezar.

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