Siete Días Sin Besos

Michelle Styles · Capítulo 2 de 5 · parte 1/3

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Siete Días Sin Besos

Aro no respondió. La miró de arriba…

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

Aro no respondió. La miró de arriba abajo, pero Lydia lo sintió como si la acariciara con las manos. Él esbozó una sonrisa con la que demostraba que había vuelto a adivinar lo que sentía.

–Muy bien, no volveremos a hacer el amor hasta que pidas tres veces el roce de mis labios.

–No tengo intención de hacer tal cosa. Jamás te suplicaré que me beses.

Para mí ha sido… horrible.

Giró la cabeza para que él no pudiera ver la mentira que sin duda se reflejaba en su rostro.

–Antes de siete días, me lo habrás pedido tres veces -aseguró con arrogancia masculina y volvió a mirarla de arriba abajo-. Te lo aseguro.

–¿Y si no es así? ¿Qué gano yo?

–Siempre he hecho disfrutar a mis compañeras de cama. He oído como gemías antes, así que no intentes decir que no has sentido placer. Vendrás a mí.

Lydia se quedó en silencio, pensativa. Tenía que haber un modo de poner la situación a su favor.

–Si no ganas, podrás devolverme la libertad, dejarás que siga con mi vida lejos de aquí, lejos de ti.

–¿Estás hablando de divorcio? – su voz parecía peligrosa y sus ojos brillaban como el ámbar-. No habrá divorcio.

–Nada de divorcio… ya te he dicho que nunca incumplo mi promesa.

Podré visitar a quien quiera y cuando quiera. Quiero que le devuelvas mi mano a mi padre y sigamos casados sine manu.

–Lo discutiremos dentro de siete días.

–¿Tienes miedo de perder?

–¿Y tú?

–Por supuesto que no -aseguró clavando la mirada en sus ojos-. Estoy convencida de que ganaré.

–Yo también. Recuerda, Lydia Fabia, nunca te juegues algo que no quieras perder.

Lydia asintió, pero de pronto la invadió una extraña sensación de desasosiego. No pudo evitar recordar lo que le había hecho sentir en la cama y se preguntó si podría resistirse a él. Sí, claro que podía, sólo tenía que acordarse de su falta de principios. Entonces sería inmune a él.

Una sonrisa de lobo apareció en su rostro.

–Entonces aceptas la apuesta -al ver que no respondía, añadió-: Te aseguro que cuando juego es para ganar.

Su voz le provocó un escalofrío.

–¿Crees que yo no? – lo miró fijamente con la cabeza bien alta-. Acepto la apuesta. Los Veratio nunca suplicamos.

Hubo un breve silencio antes de que él volviera a hablar.

–Si te pones las sandalias, mi ninfa, te llevaré a los baños del Aventino.

–Pensé que íbamos al almacén.

–He cambiado de opinión. El carro de Helios empieza a acercarse al horizonte, la noche es el mejor momento para relajarse. Haré venir un carruaje. A menos claro que se te ocurra una idea mejor de pasar el tiempo.

Lydia sabía que lo mejor que podía hacer era encerrarse en su habitación durante los siguientes siete días. Aunque, allí, no podría pensar en otra cosa que en la pasión que habían compartido en aquel lecho. No, se negaba a pensar en eso.

Y Aro podría volver a entrar en su habitación. Quizá fuera mejor un lugar público, un lugar donde pudiera recordar que debía resistirse a él.

–¿Crees que es necesario que nos lleven en una litera?

–¿De quién no te fías, Lydia? ¿De mí o de ti misma?

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Capítulo 10

Lydia se agarró con fuerza al lateral de la litera para que Aro no utilizara el movimiento como excusa para decir que lo había incitado a acercarse a ella.

Se atrevió a mirarlo sólo un momento, permanecía en silencio y con la mirada al frente. Llevaba una toga algo más corta de lo acostumbrado, con lo que quedaban a la vista sus fuertes piernas, unas piernas que hacía muy poco habían estado entrelazadas con las suyas. Recostado sobre los cojines con ese aire despreocupado, resultaba muy fácil imaginarlo seduciendo mujeres en aquella misma litera, donde protegidos de las miradas de los transeúntes por las cortinas, se respiraba sensualidad. Sin duda Aro lo sabía y había creído que Lydia caería en sus brazos.

Lydia se puso recta, decidida a resistir. Hacía sólo una hora que habían hecho la apuesta y ya estaba pensando en ser seducida.

–No pareces de los que se mueven por Roma en litera -comentó para intentar pensar en otra cosa.

–Sólo cuando voy acompañado por una mujer hermosa -respondió él con media sonrisa, como si supiera de su turbación.

–Algo que sin duda ocurre a menudo -recordó las historias que le había contado Sulpicia. ¿Con cuántas mujeres se habría acostado allí mismo?

–Últimamente, no -respondió frunciendo el ceño-. Pero contigo estoy dispuesto a hacer una excepción.

Lydia trató de concentrarse en sus manos, incapaz de encontrar una réplica ingeniosa o de controlar los latidos de su corazón. Tenía que encontrar las fuerzas necesarias para luchar contra aquella atracción. Tenía que demostrarle que no era como las mujeres a las que estaba acostumbrado.

Abrió la cortina ligeramente para apartar sus pensamientos de él. Aún no había dado la sexta hora y la calle estaba completamente llena de gente que impedía que la litera avanzara. Varias veces tuvieron que detenerse y esperar a que el camino se despejara.

–Parece que la calle está bloqueada -comentó Lydia mientras colocaba un cojín entre su cuerpo y el de él.

–¿Sí?

Aro convocó todas sus dotes de negociador para no dejarse delatar por la expresión de su rostro. No sabía si sentirse halagado porque Lydia sintiese la necesidad de interponer una barrera entre los dos, o molesto por su determinación de evitar hasta el más mínimo contacto físico.

–Los baños están a la vuelta de la esquina. No tardaremos.

–¿Qué clase de tratamientos ofrecen? Los del Palatino tienen masajes y peluqueras.

–Puede que no sean tan nuevos como los del Palatino -admitió Aro-, pero los tratamientos son buenos. Prueba el que te apetezca.

–Eso haré, no te preocupes.

La litera se detuvo y los esclavos la dejaron en el suelo, momento que Lydia aprovechó para bajarse y comenzar a caminar hacia los baños sin mirar atrás. Aro se puso las manos en las caderas y vio como se alejaba meneando las caderas. Sólo con verla moverse sentía que su cuerpo se excitaba. Esbozó una sonrisa. Quizá no fuera a resultarle tan fácil como había pensado.

Cada vez que se frotaba con el strigil Lydia pensaba que se estaba quitando de encima los restos de la pasión que había compartido con Aro y al salir del baño de vapor se creía capaz de todo. Tenía la sensación de haberse limpiado de todo recuerdo del tiempo que había pasado con él.

Ahora podría concentrarse en ganar la apuesta.

Después de la sesión con la peluquera tuvo que admitir que el resultado no tenía nada que envidiar a los peinados de Beroe o a los que le hacían en los baños del Palatino. Tendría que disculparse con Aro, pues lo cierto era que aquellos baños habían resultado estar más que a la altura de sus necesidades.

–¿La señora gusta? – le preguntó la peluquera con su marcado acento galo.

–Mucho.

–Su hombre gustará también -añadió con picardía-. Todas las mujeres vuelven y me dicen… mi hombre gusta.

–Mi hombre… -en su mente apareció la imagen de Aro, pero se esforzó en borrarla de inmediato mirándose de nuevo al espejo. El resultado del maquillaje con kohl para los ojos y posos de vino en labios y mejillas era más que satisfactorio-. No importa si a Fabio Aro le gusta o no.

La sala se quedó en completo silencio. Todas las mujeres la miraron y Lydia se preguntó qué había hecho. ¿Tanto detestaban allí a Aro?

–¿Su hombre es el Lobo de mar?

–Mi esposo -corrigió Lydia con aire desafiante, por si alguien tenía intención de contarle algún chismorreo.

–Es un buen hombre -dijo la muchacha-. Él pagó las obras de mejora de los baños y siempre ayuda a los pobres. Mi hombre piensa votar por él en las próximas elecciones.

Las otras mujeres se mostraron de acuerdo con la opinión de la peluquera. Lydia las observó con verdadero interés. Quizá las historias de Sulpicia fueran algo exageradas.

–¿Ha hecho mucho por el distrito?

A continuación escuchó un detallado relato de todos los proyectos que Aro había auspiciado. La lista era impresionante.

Finalmente Lydia se puso en pie y pidió la cuenta.

–Para la esposa del Lobo de mar, no es nada. Él ha hecho mucho por mí.

Le arreglaré el pelo siempre que quiera. El Lobo de mar es un hombre bueno y generoso.

Después de salir de allí, Lydia encontró a Aro en el patio conversando con otro hombre, un senador a juzgar por la banda púrpura de su toga.

Decidió quedarse a un lado a esperar a que terminaran, pero Aro no dio señal alguna de saber que estaba allí, así que dio unos golpecitos con la sandalia en el suelo para atraer su atención.

Nada. Se aclaró la garganta y entonces sí, ambos hombres se volvieron a mirarla.

–Menuda hermosura -comentó el senador-. Sé que eres conocido por tu magnífica colección de… obras de arte, pero desde luego ésta es una adquisición admirable.

–Mi esposa -aclaró Aro con evidente enfado.

Quizá debiera haberse quedado esperando.

–Claro. Debo disculparme por no haber asistido a la ceremonia, Fabio Aro.

–Los augurios fueron favorables -comentó Lydia sin saber muy bien por qué.

–Sí, sí -el senador levantó una mano como quitándole importancia-…

pero el almacén principal de la casa Lupan ardió esa misma noche. No sería

la primera vez que los augures se equivocan.

–Depende de como se mire -respondió Lydia apresuradamente. Lo que le faltaba en aquel momento era que alguien dijera que las bases de su matrimonio no eran buenas-. El fuego puede ser bueno o malo. El almacén volverá a levantarse de sus cenizas como el fénix. Tengo entendido que los augures dijeron que el fuego era un buen presagio.

–El fénix -repitió el senador con una sonrisa en los labios-. Me gusta. Tu esposa es una mujer inteligente, Aro. Lamento que no consideres necesario pagar por mis servicios para asegurarte un lugar en el senado. Estoy seguro de que a tu mujer le gustaría ser la esposa de un senador.

–Mi padre, Veratio Cornelio, tiene influencia suficiente con los censores para asegurarle a Aro la entrada en el senado sin necesidad de pagar a un intermediario -Lydia pronunció la última palabra con verdadero desprecio-.

Aunque no creo que sea necesaria ninguna influencia para que mi marido pase a formar parte del senado. Sólo tiene que ver todo lo que ha hecho en el distrito; desde la renovación de los baños a todos los empleos que ha dado a los hombres de la zona para reconstruir el almacén. Lo que importa es la gente. Algún día Aro será magistrado y quizá incluso tribuno.

Se hizo el silencio y Lydia se preguntó si no se habría excedido.

–Tu esposa tiene razón -el senador inclinó la cabeza-. No es necesario que me hagas ningún regalo, Fabio Aro. Ya has hecho mucho por la gente de Roma. Puedes contar con mi voto cuando decidas presentarte a las elecciones de magistrado.

–Es todo un honor -Aro hizo una ligera reverencia, pero su rostro resultaba inescrutable-. No había pensado pedir tal ayuda.

Lydia esbozó una sonrisa. Al menos podría ser amable; su rapidez mental había salvado la situación.

–Tonterías, Fabio Aro, yo conocía a tu padre; era un hombre bueno y honesto. Fue una lástima que lo proscribieran, pero de eso hace ya mucho tiempo.

Lydia miró a Aro sin comprender. Tenía sentido. De pronto entendió la presencia de tan importante auspex en la boda o los restos de un santuario que había visto en el jardín. Había creído que Aro fingía provenir de un importante linaje, pero parecía que no había habido fingimiento alguno.

Recordó también el anillo que llevaba colgado al cuello y pudo muy bien imaginar el tipo de promesa que había hecho.

–¿Está diciendo que Aro es hijo de uno de los proscritos? – preguntó Lydia.

Pero el senador hizo caso omiso a su pregunta.

–Claro que no ha lugar a ningún tipo de resarcimiento. Todo eso ha quedado ya en el pasado. Sila fue un dirigente sabio y generoso mientras duró.

–Creo que nos entendemos -dijo Aro inclinando de nuevo la cabeza-.

Ahora debo atender a mi esposa.

–Tienes que traerla a cenar -el senador se llevó la mano de Lydia a los labios-. Hace mucho tiempo que una mujer tan hermosa e inteligente no honra mi mesa. Estoy deseando saber más sobre usted, mucho más.

–En otro momento -la respuesta de Aro fue casi un gruñido.

El senador no tardó en despedirse y marcharse. Entonces Lydia se volvió hacia Aro con una mano en la cadera.

–¿Vas a decirme a qué ha venido eso?

–No me preguntes nada -Aro parecía furioso.

–Pero tienes intención de presentarte a senador la próxima vez que se reúnan los censores.

–Eso es -asintió brevemente-. Hice una promesa y pretendo cumplirla.

–¿Entonces por qué no has aceptado su invitación a cenar? – decidió que le preguntaría por su padre en otro momento, no estando delante de tanta gente.

–Porque no me gusta que mire el escote de mi mujer de ese modo -

admitió-. Ese hombre es conocido por su afición a las mujeres.

Lydia se colocó el manto de manera que el pecho quedara completamente tapado.

–Eso no tiene nada que ver conmigo.

Aro se encogió de hombros.

–En cualquier caso, ya no necesito de su apoyo… Te has cambiado el pelo.

–¿Te gusta? – preguntó ella llevándose la mano a los rizos que ahora adornaban su melena-. La peluquera me ha asegurado que es la última moda. No me ha dejado pagar, dijo que te debía mucho.

–Me gustaba más como lo llevabas antes -su mirada la recorrió con dureza-. El maquillaje es algo excesivo.

–Cómo decida peinarme o maquillarme no es asunto tuyo -replicó en tono desafiante-. Fuiste tú el que me trajo aquí, así que no puedes quejarte si no te gusta el resultado.

Aro enarcó una ceja.

–Yo no he dicho eso. Sólo he dicho que no me gusta que un viejo libertino le mire el escote a mi mujer.

Aro hizo una señal a uno de sus sirvientes. Lydia apretó los dientes al darse cuenta de que había llegado el momento de volver a casa; él se iría a algún lado y volvería a dejarla sola en la casa. Tuvo que admitir que le apetecía pasar más tiempo con él, quería aprender más del hombre que se había convertido en su marido.

–¿Qué vas a hacer ahora? – le preguntó.

–Había pensado dar un paseo hasta el templo de Diana. Me parece un plan mejor que escuchar los chismorreos de un viejo senador, ¿no crees?

–¿Puedo acompañarte? – dijo a pesar de ser consciente de que era más sabio volver a casa para no tener que luchar contra la atracción que sentía por él.

Aro respondió con una sonrisa antes de hablar.

–Está bien, no haré que supliques.

–No tenía intención de suplicar, sólo he preguntado.

–Es una broma -su sonrisa se volvió algo más picara-. Es muy fácil provocarte. Será un placer contar con tu compañía, esposa mía.

Lydia descubrió que le gustaba charlar con Aro sobre las últimas obras de teatro o sobre las carreras del circo. Al principio lamentó no ser partidaria de la misma facción que él, pues dicha diferencia había ocasionado una discusión con Tito en la última conversación que había tenido con él. Pero, a diferencia de su primer marido, Aro no intentó convencerla de que cambiara de equipo, sino que comentaron los méritos de una y otra facción.

–¿Qué te juegas a que los azules ganan a los verdes en la próxima carrera? – le preguntó él.

–Un lazo para el cabello -Lydia se humedeció los labios para no caer en la tentación de jugarse un beso y ver qué decía él-. Nada más y nada menos.

–¿Estás segura? – tenía la mirada fija en sus labios-. ¿No puedo tentarte a que te juegues otra cosa? ¿Algo más estimulante?

–Un lazo -insistió Lydia-. No tengo intención de perder. Los verdes tienen un equipo muy fuerte.

–Yo tampoco tengo intención de perder y, como ya te he dicho, rara vez lo hago -añadió mirándola a los ojos-. ¡Que gane el mejor!

Antes de que pudiera responder, dos hombres se acercaron a Aro para pedirle trabajo en la reconstrucción del almacén. Aro les dijo que estuvieran allí con la primera luz del día para ver si se les necesitaba.

–¿Qué te parecen? – le preguntó en cuanto se hubieron alejado.

Lydia titubeó. Aquélla era su oportunidad de demostrarle que era algo más que un accesorio, que podría serle de utilidad en los negocios.

–Resulta extraño que se te acerquen en mitad de la calle en lugar de acudir al almacén.

–Corren tiempos difíciles.

–Eso no tiene nada que ver. Por muy desesperados que estén por encontrar trabajo, esos dos hombres saben como funciona el sistema -miró a los dos individuos de lejos-. Hay algo que no me gusta de ellos. Creo que he visto al más alto en algún sitio, pero no recuerdo dónde. Quizá vinieran con Ofelio cuando firmó el acuerdo sobre el garum. Tengo buena memoria para las caras.

–Puede que tengas razón -Aro los observó de nuevo-. Los interrogaré mañana en el almacén.

–Si trabajan para Ofelio, sólo conseguirás que mientan. Puede que sea mejor enviarlos a trabajar a algún proyecto sin importancia donde alguien pueda vigilarlos.

Lydia tuvo la impresión de que su marido la miró de pronto con más respeto.

–¿Qué le prometiste a tu padre? – le preguntó mientras caminaban colina arriba.

–Que devolvería el buen nombre y la fortuna a mi familia -respondió ofreciéndole el brazo como punto de apoyo-. Pero eso fue hace mucho tiempo.

–¿Por eso quieres entrar en el senado? – Lydia lo comprendía sin problema. Cualquier patricio era educado en la creencia de que el lugar que le correspondía estaba en el senado.

–Quiero formar parte del senado para hacer cosas buenas. La gente del Aventino necesita que los protejan de hombres como Ofelio. No deseo que

se repita lo que le ocurrió a mi familia.

–¿Y el dinero que habrías obtenido por el vino de Falerno lo habrías dedicado a pagar a ese senador para que te metiera en el senado?

–Como bien le dijiste, tu padre y la gente de Roma me servirán de apoyo, ya no necesito intermediarios.

Lydia no se hacía falsas ilusiones sobre el pueblo de Roma, pero desde luego hablaría con su padre para que ayudara a Aro. Pero eso sería después de haber ganado la apuesta y haber vuelto a estar bajo la tutela de su padre.

Le demostraría a su marido que podía ganar sin perder la cortesía.

–Mi madre solía traerme aquí cuando era niña -le contó en cuanto entraron en el templo.

–Debiste de ser una niña preciosa -dijo él con una divertida sonrisa en los labios.

–No, era horrible. Tenía el pelo indomable y la nariz demasiado grande para la cara. Estaba muy delgada, extremadamente delgada.

–Debo decir que no veo en ti ninguno de esos defectos.

–He crecido.

–Y yo me alegro de que lo hicieras -el susurro de su voz fue como una caricia para sus oídos-. Creciste estupendamente bien.

En lugar de arriesgarse a responder, Lydia se empapó de la belleza del templo. Muchas veces había pensado en volver a visitarlo tras la muerte de su madre, pero nunca había llegado a hacerlo por culpa de una cosa u otra de la que debía ocuparse en casa. Al final había acabado por olvidarse de ello, había olvidado la paz que se sentía allí.

Ahora estaba allí con Aro y, si no tenía cuidado, acabaría en sus brazos.

Se clavó las uñas en la palma de la mano para recordarse que debía ser fuerte y ganar la apuesta.

–Gracias por traerme aquí y por hacerme recordar cosas que había olvidado.

–¿Cosas buenas?

–La mayoría, sí. Algunos recuerdos son agridulces, pero no quiero olvidarlos.

–La casa está muy cerca, puedes venir siempre que quieras, pero acompañada de algún sirviente.

Aquellas palabras le provocaron una enorme alegría, pues significaban que iba a recuperar parte de su libertad.

–Pero prométeme que irás acompañada en todo momento -le pidió Aro con gesto grave.

–Lo prometo -la insistencia empezaba a ponerla nerviosa. ¿Quién se creía que era? No tenía ninguna intención de pasearse sola por Roma.

Fue entonces cuando vio una margarita blanca que había crecido en una grieta del muro del templo y fue a arrancarla. Estaba a punto de rozar los delicados pétalos cuando oyó un gruñido. Al levantar la vista se encontró con dos fieros ojos que la miraban.

–¡Lydia, no te muevas! No te pongas nerviosa -le dijo la voz de Aro.

–No tenía intención de ponerme nerviosa -dijo mientras bajaba la mano muy despacio sin apartar la vista del perro.

–Seguramente es el guardián del templo. Ven muy despacio hacia aquí.

Lydia fue dando un paso tras otro. El perro había salido de entre las sombras mostrando los dientes.

–Llame a su perro -oyó que Aro le decía a alguien.

No oyó respuesta.

–He dicho que llame a su perro. Nosotros iremos hacia un lado y usted hacia el otro.

El último paso. Apenas había levantado el pie cuando el perro echó a andar hacia ella. Podía imaginar sus fauces cerrándose alrededor de su pierna. Pero entonces apareció Aro, la levantó en brazos y la alejó de allí.

Se oyó un silbido. Lydia levantó la mirada y vio a un hombre corpulento, el equivalente humano del perro.

–¿Por qué no llamó a su perro? – le preguntó Aro.

–Lo hice, pero no obedeció. Lo llamaré ahora a cambio de su monedero

-añadió el hombre encogiéndose de brazos.

Parecía más y más grande a medida que se acercaba a ellos. Lydia sintió que se le encogía la garganta. No debería haber intentado cortar esa flor, había distraído la atención de Aro.

–Me parece que no -dijo Aro con la misma tranquilidad de quien estuviese hablando del tiempo-. Será mejor que se marche.

–Entonces tendré que quitárselo.

El hombre avanzaba hacia ellos con gesto amenazante. Lydia quería gritar, pero de su boca no salía ningún sonido. Podía ver la cicatriz de su rostro y el brillo del cuchillo que llevaba en la mano. Quería decirle a Aro

que tuviese cuidado, pero de pronto se lanzó sobre el hombre y lo inmovilizó en un abrir y cerrar de ojos. El cuchillo cayó al suelo.

–¿Quién va a quitarme el monedero? – le preguntó apretándole el cuello con un brazo.

–Yo no -respondió él hombre casi sin aliento-. Sólo un tonto intentaría algo así con alguien como usted.

–Y supongo que tú no eres ningún tonto.

–No.

Aro lo soltó. El hombre cayó al suelo y miró a Aro como si fuera la primera vez.

–¿Sabes quién soy? – le preguntó Aro.

–Todo el mundo sabe quién es, Lobo de mar -se llevó las manos a la cara-. He cometido un error, no me di cuenta.

–Esta mujer es mi esposa -dijo señalando a Lydia-. Confió en que tus amigos y tú la tratéis con la cortesía que se merece o tendréis que responder ante mí.

–Desde luego. Lo que mande.

–Muy bien. Ahora puedes irte.

Al ver al hombre salir corriendo, Lydia buscó al perro con la mirada y lo vio tumbado en el suelo. Parecía herido.

–Vamos, Lydia, no quiero que ese tipo vuelva con sus amigos. No te acerques al perro.

–Creo que no era de ese hombre.

Cuando quiso darse cuenta, Aro estaba junto a ella agarrando al perro del collar para asegurarse de que no la atacaba.

–Me parece que simplemente se asustó -entonces vio que tenía un cristal clavado en la pata.

El animal empezó a llorar cuando Lydia le quitó el cristal, pero luego se puso panza arriba como hacía Korina cuando buscaba cariño.

–No podemos dejarlo aquí.

Sin pensárselo dos veces, Aro se quitó el cinturón de la túnica y lo ató al collar del perro a modo de correa. Lydia lo miró, maravillada. Pocos hombres estarían dispuestos a volver a casa con la túnica suelta. Aparecer así era como invitar a la censura.

–No es la mejor de las soluciones, pero al menos nos aseguramos de que venga con nosotros -dijo con una sonrisa al tiempo que le ofrecía el brazo a

ella.

Pero Lydia no lo aceptó, pues sabía que, con sólo tocarlo, desearía besarlo. El perro lamió la mano de Aro. Cualquiera habría dicho que el Lobo de mar tenía un poder sobrenatural con los perros, pero Lydia sabía que era amabilidad. El animal había visto la bondad que había en él.

–Vamos a casa, el mozo agradecerá que le lleve un perro; el suyo murió de viejo hace unas semanas.

–¿Y el hombre? – preguntó Lydia.

–Si sabe lo que le conviene, se marchará del Aventino y no volverá.

Lydia se agachó y agarró el cuchillo que había tirado el atacante. Al verlo de cerca se le cortó la respiración.

–¿Cómo ha llegado esto aquí?

–¿Qué ocurre, Lydia? Deberíamos irnos.

–Este cuchillo es de mi padre -anunció levantándolo para mostrárselo-.

Tiene el símbolo de los Veratio. Mi padre tiene uno igual en su estudio, perteneció a su padre y a su vez al padre de éste. Había otro, pero Publio lo perdió hace tres años.

Aro se acercó a ella y agarró el arma.

–Debe de ser éste y sin duda ha pasado por muchas manos desde que dejó las de Publio. ¿Qué motivo tendría un padre para atacar a su hija?

–Tienes razón -dijo forzando una sonrisa-. Simplemente me pareció extraño.

–¿Reconociste a ese hombre? – parecía haber impaciencia en la voz de Aro.

–No, pero lo haré si vuelvo a verlo.

–Espero que no sea así -respondió con extrema frialdad-. Es hora de volver, Lydia.

–Sí, volvamos a casa.

Los dioses no estaban con él aquel día, pensó Aro, a solas en su estudio intentando dejar de pensar en su esposa. La litera había sido un error, igual que la visita al templo. Había creído que le sería fácil besarla y sin embargo había acabado rescatando un perro. A diferencia de la mayoría de mujeres que conocía, Lydia no se había puesto histérica después del ataque.

Trató de concentrarse en las tablillas que tenía sobre la mesa, pero no había manera. Una llamada en la puerta hizo que levantara la vista.

Era Lydia, su piel iluminada por la luz de las lámparas de aceite, sus ojos luminosos y sus labios rojos. El cuerpo se le estremeció nada más verla, pero se esforzó por controlarse.

–Quería darte las gracias -anunció después de que él la invitara a entrar y sentarse.

–¿Por qué?

–Por salvar al perro, por todo.

Aro necesitó todas sus fuerzas para no levantarse a estrecharla en sus brazos. Por desgracia había hecho esa estúpida promesa y debía cumplirla.

Tenía que ser ella la que fuera a él.

–No ha sido nada. Cualquiera habría hecho lo mismo.

–No, la mayoría de los hombres habrían pasado de largo. Ni mi padre ni mi hermano habrían sacrificado su cinturón por un perro.

–No creas que soy ningún héroe -se permitió una leve sonrisa-. Ya descubrirás que soy un hombre normal con gustos sencillos. Ya ves, he recuperado el cinturón y Clodio está muy contento con su nuevo perro.

Ella también sonrió.

–Está claro que eres un héroe. ¿Cenarás conmigo?

–Me temo que no -Aro se puso en pie.

Si cenaba con ella, no podría resistirse a la tentación; sería mejor que se distrajera haciendo planes para cuando ganara la apuesta.

–Lo comprendo -dijo ella con tristeza, escondiendo toda pasión como la perfecta matrona-. ¿Dónde cenarás?

–Fuera.

–Sin duda esperas que te suplique que te quedes.

–Se me ha pasado por la cabeza -respondió con cautela. Tenía que marcharse antes de que fuera él el que empezara a suplicar-. Pero si deseas que me quede, me quedaré.

Lydia se quedó en silencio unos segundos y, antes de decir nada, se humedeció los labios con la lengua, haciéndolos aún más apetecibles.

–Te advierto una cosa, Fabio Aro, no vas a ganar esta apuesta.

–Lamento informarte de que siempre cumplo mis promesas, incluso cuando parecen… imposibles -hizo una reverencia y salió de la habitación.

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Capítulo 11

–Querida hermana, he venido tan pronto como he podido -dijo Sulpicia nada más entrar al tablinum a la mañana siguiente, dejando a su paso una estela de carísimo perfume-. Cornelio no me ha dejado venir antes, decía que no era apropiado. Aún no entiendo como consintió que te casaras cum manu, es tan anticuado.

Lydia dejó lo que estaba leyendo y se levantó a recibir a su cuñada. Lo cierto era que había echado de menos a Sulpicia y le haría bien poder charlar con ella.

–¿Con quién se ha peleado Gallus últimamente? – le preguntó.

–La pregunta sería más bien con quién no. No sabes el carácter que tiene ese hombre -respondió Sulpicia con una carcajada.

Charlaron durante un rato sobre Gallus y su mal humor, pero entonces Lydia se acordó del cuchillo y quiso preguntar, aunque seguramente fuera lo que había dicho Aro… que se tratara del que se había perdido hacía tiempo.

–¿Sabes si se ha perdido la daga de mi abuelo?

–¿Qué daga es ésa?

–La que hay en el estudio.

–Ah, ésa -Sulpicia volvió a echarse a reír-. Me habías preocupado. No tengo ni idea, yo jamás entro en el estudio de Cornelio. ¿Por qué?

–Hace poco he visto una que me recordó a ésa -respondió Lydia quitándole importancia, pero aguardó nerviosa la respuesta de Sulpicia.

–¿No se perdió una hace tiempo? Creo recordar haber oído a Publio decir algo al respecto. Ya sabes como es, siempre está hablando de algo.

–Sí, ya sé como es.

–¡Mira! – exclamó dando una palmada-. ¿Ese plato egipcio es original o es una copia? Había oído rumores sobre la colección de arte del Lobo de mar.

–Creo que es un original -Lydia dejó que la conversación se apartara del tema del cuchillo, pero no pudo evitar sentir que Sulpicia sabía algo que no quería decirle-. Voy a pedir que nos traigan algo de beber. Hace mucho calor para esta época del año.

–¡Siempre sabes lo que necesito! – exclamó con una nueva carcajada-.

Me duelen mucho los pies y echo tanto de menos a Publio… La casa no es la misma sin vosotros dos.

Mientras se tomaban el té con menta que les llevó uno de los sirvientes unos minutos después, Sulpicia siguió examinando las obras que adornaban la habitación.

–Supongo que todas estas cosas las trae el Lobo de mar de sus viajes.

Sólo los dioses sabrán de dónde las saca -bajó la voz adquiriendo un tono de confesión-. He oído que…

–Aro es conocido por su afición al arte -la interrumpió Lydia, a la que empezaba a molestarle que su cuñada insistiera en llamar Lobo de mar a Aro. Deseaba que Sulpicia supiera todo el bien que había hecho en el distrito-. Tiene una colección impresionante. Si quieres, puedo enseñártela.

–Otro día -respondió Sulpicia rápidamente-. Ahora tenemos cosas más importantes de las que hablar.

–¿Como qué?

–No has respondido a ninguna de las tablillas que te enviado. ¿Cómo se puede ser tan cruel? Esta misma mañana te envié seis.

–Respondí a ésa en la que me preguntabas por lo que debía comer mi padre -Lydia dejó el vaso de té en la mesa y miró a Sulpicia sin dar crédito.

Había recibido a su cuñada con muchas ganas, pero desde que había llegado Sulpicia no se había molestado siquiera en preguntarle como estaba.

Quizá Aro tuviera razón, quizá debiera desentenderse un poco de la marcha de la casa de su padre. Ya era hora de que Sulpicia aceptase alguna responsabilidad. Pero enseguida pensó que estaba siendo desleal con ella.

Aquélla estaba siendo una temporada difícil para su cuñada y sólo necesitaba un poco de ayuda.

Así pues, continuaron hablando de las tareas de la casa y de como tratar a los sirvientes. Poco después Lydia empezó a creer que Sulpicia no conseguiría recordar nada de lo que le estaba diciendo sobre como tenía que almacenar las provisiones o con qué comerciantes debía tratar. Después se recordó que ésa ya no era su responsabilidad y se limitó a explicarle las cosas tratando de ocultar lo nerviosa que le ponía la situación.

–Por cierto, el problema del liquamen está resuelto -anunció Sulpicia con gesto triunfal.

–Había salsa de pescado de sobra en casa antes de que yo me fuera -

recordó Lydia sin comprender.

–Ese liquamen, no, querida hermana -dijo riéndose como lo hacía cuando estaba particularmente satisfecha con algo que había logrado y otros

no-. Te hablo de la salsa de pescado que enviaste a Corinto, la que debía llegarle a Publio y que tú prometiste encontrar el día que acabaste prometida. Quería decirte que ya no debes preocuparte porque por fin lo he resuelto.

–¿Ha llegado a Corinto? – no pudo evitar pensar lo extraño que era el destino; si ese día no hubiese ido al estudio de su padre a solucionar el problema del liquamen, no habría conocido a Aro.

–El problema del envío ha quedado resuelto -aseguró Sulpicia con satisfacción-. Sinceramente, no sé por qué todo el mundo me trata como si no supiera hacer nada. Solucioné el problema sin problema después de que tú hubieras fracasado.

–Me alegro de que así sea.

Sulpicia esbozó una misteriosa sonrisa y después continuó hablando sobre los últimos chismorreos del foro. Lydia se limitó a fingir un interés que realmente no sentía.

–Pero bueno, cuéntame algo del Lobo de mar -dijo de pronto Sulpicia cuando Lydia intentó hablar de los juegos que había previsto para la Fiesta de los Pastores-. ¿Es tan horrible como temías? Sabes que puedes confiar en mí.

Allí estaba la oportunidad que esperaba para explicarle que estaba equivocada sobre Aro, pero probablemente nada de lo que le dijera haría que cambiara de opinión.

–No deberías creer todo lo que oyes por ahí, Sulpicia -se limitó a decir.

–Los rumores siempre esconden algo de verdad.

Un ligero ruido hizo que Korina levantara la cabeza, Lydia la agarró del collar y levantó la vista también. Encontró a Aro en el umbral de la puerta, con una expresión inescrutable en el rostro. Lydia tragó saliva. ¿Cuánto tiempo llevaría allí? ¿Qué habría oído?

La saludó con un ligero movimiento de cabeza y se alejó por el pasillo con paso firme. Sulpicia la miró, expectante.

–¿Y? Algo tendrás que contarme.

–Lo siento, Sulpicia, pero tengo otras cosas que hacer -Lydia se puso en pie y fue hacia la ventana, desde allí vio a Aro salir al jardín. Aunque quisiera hablarle de él a Sulpicia, no habría sabido por dónde empezar.

–Lo comprendo. Tu comportamiento habla por sí solo. El Lobo de mar ha vuelto a su guarida y estás deseando que me vaya -aseguró con un tono

algo malévolo-. De todos modos, debo reunirme con Prosca en los baños antes de la quinta hora. Si quieres venir…

Lo cierto era que Lydia estaba impaciente porque se fuera, lo cual era irónico después de haber tenido tantas ganas de recibir su visita.

–Tengo cosas que hacer, Sulpicia… esta casa no funciona sola.

–Como desees -respondió con una fría sonrisa.

Lydia se despidió de ella tan rápido como pudo y salió al jardín en busca de Aro. Sin duda había oído la conversación y seguramente las palabras de Sulpicia habrían sonado peor de lo que eran. ¿Por qué habría querido el destino que Aro apareciera justo en ese momento? Tenía que hacer algo.

–Sulpicia se ha ido -dijo sentándose a su lado, en el lugar que él le indicó con un gesto. Disculparse no era tan fácil como habría esperado y el gesto de Aro no le hacía las cosas más sencillas-. Vino a verme, quería saber más cosas sobre como llevar la casa de mi padre.

–Oí voces y supuse que tenías visita, pero no quería molestar. Espero que no se haya marchado por mi culpa.

–Deberías haber entrado a tomar un té con nosotras. Sulpicia es una buena persona cuando se la conoce, no tiene la cabeza tan vacía como podría parecer a primera vista.

–Parecíais muy absortas en la conversación y no he querido entrometerme -inclinó la cabeza y la miró fijamente, como si tratara de tomar una decisión-. Lydia, tus amigas pueden venir a verte siempre que quieran. No soy ningún demonio, ni pretendo apartarte de tu vida de antes.

–Nunca he pensado que quisieras hacer algo así.

–Entonces habrá sido un error mío.

–Sí, eso parece -respondió ella.

Aro no dijo nada durante un rato, pero Lydia no se levantó como debería haber hecho, simplemente se quedó allí.

–Te he encontrado una doncella -anunció poco después-. La nieta de Rufus, es joven pero está deseando aprender para poder ganarse la vida por su cuenta. Espero que le des tu aprobación.

–¿Cuándo empieza? – preguntó Lydia, ocultando la rabia que sentía de no haber podido elegir su propia doncella, aunque al mismo tiempo se alegraba de tener a alguien que la ayudara.

Aro dio una palmada y, un instante después, apareció un sirviente con una muchacha.

–Tuccia llegó esta mañana -dijo Aro-. Estaba en la cocina esperando a que pudieras hablar con ella.

–Me hubiera gustado que me consultaras -admitió Lydia mirándolo fijamente.

–¿Qué tendría que haberte consultado? Necesitabas una doncella y yo te la he buscado -explicó con total sencillez-. Si no te parece bien, podrás devolverla a su casa.

Nada más llegar, la joven se acercó a Lydia y le besó la mano. Parecía limpia y bien vestida… el tipo de muchacha que ella misma habría elegido como doncella. Lydia habría querido encontrarle algún fallo, pero no pudo.

–Hola. Tuccia. ¿Crees que te gustará trabajar aquí? – le preguntó.

–Mi abuela dice que si usted es la esposa de Aro, estaré en buenas manos -la muchacha la miró con unos enormes ojos marrones-. Ya verá que aprendo rápido y que soy más fuerte de lo que parezco. Siempre he peinado a mi abuela y a mi madre.

¿Qué pretendía Aro? Lydia sentía un gran placer de tener una doncella para ella sola, pero no podía dejar de pensar que Aro había buscado alguien de su confianza, alguien que le fuera leal.

–Bueno, ¿cuál es el veredicto? – le preguntó Aro.

Tuccia la miró sin poder ocultar la súplica de sus ojos. Lydia respiró hondo. No podía acusarlo de querer espiarla delante de la joven y tenía razón, necesitaba alguien que la ayudara con la ropa y con su pelo. Tenía que confiar en él y, lo más sorprendente, quería confiar en él.

–Estoy segura de que Tuccia hará muy bien el trabajo -decidió por fin-.

Mis necesidades son sencillas.

–Espléndido.

Aro estiró los brazos por encima de la cabeza y, al hacerlo, Lydia no pudo evitar fijarse en las piernas de su marido y en el modo en que la túnica le marcaba el pecho.

–¿Eso es todo lo que querías de mí?

–Por ahora, sí -Aro respondió con una misteriosa sonrisa, como si supiera lo difícil que le resultaba apartar la mirada de él.

Lydia maldijo entre dientes. Aquella apuesta debería haber sido muy sencilla.

–Supongo que tendrás mucho que hablar con tu nueva doncella. Por cierto, Tuccia, dile a mi esposa que se ponga ropa roja. Ese color la

favorece.

–¿Tú qué vas a hacer? – le preguntó Lydia intentando no ruborizarse.

–Quedarme aquí leyendo… a menos que me sugieras algo mejor -

añadió con un susurro.

–No, sólo me lo preguntaba -Lydia levantó bien la cabeza y lo miró fijamente a los ojos antes de darse media vuelta-. Tuccia, si me acompañas te explicaré como quiero que hagas todo.

La muchacha asintió.

–¿Cuánto tiempo lleva tu familia trabajando para Fabio Aro? – le preguntó Lydia a la muchacha unos minutos después, mientras le enseñaba dónde guardar la ropa en el dormitorio.

–Antes de que su padre lo liberara, mi abuelo era esclavo. Estamos muy orgullosos de trabajar para la casa Lupan. Mi padre fue uno de los capitanes de Fabio Aro hasta que murió. Fue una suerte que Fabio Aro viniera a buscarme a casa de mis abuelos después de que mi abuelo tuviera que dejar de trabajar por las heridas.

–¿Aro fue a buscarte? – preguntó con sorpresa.

–Sí, ¿puede creerlo? El mismísimo Lobo de mar vino hasta casa a pedirle a mi abuelo que me dejara trabajar como doncella de su esposa. Dijo que yo era la persona indicada para el trabajo -añadió con evidente orgullo.

–¿Y que dijo tu abuelo?

–No le gustó. El abuelo nunca ha confiado en los Veratio. Su familia, su antigua familia quiero decir, le ocasionó un sinfín de problemas al padre de Fabio Aro y mi abuelo dijo que usted también daría problemas. Fabio Aro le dijo que no era así y discutió bastante con el abuelo, hasta que intervino mi abuela y el abuelo tuvo que rendirse. Yo sabía que lo haría porque confía mucho en Fabio Aro.

Lydia escuchó el relato con incomodidad. No sabía que los Veratio hubieran tenido nada que ver en los problemas de la familia de Aro. Sintió un escalofrío. Aro podría haberlo sacado a la luz al descubrir que ella había vendido su vino y sin embargo no lo había hecho.

–¿Y tu madre también se opuso a que vinieras? ¿No eres un poco joven para trabajar?

–Cumplí los doce en enero, mi madre se casó con otro hombre y mis hermanos y yo quedamos al cuidado de mi abuelo.

Así solía ser. Los hijos se quedaban con la familia del padre en caso de divorcio o de un segundo matrimonio.

–Mis hermanos trabajan en los muelles haciendo recados -siguió contándole la muchacha-. Pero yo quiero algo más que acabar casada con un obrero. Algún día quiero que las mujeres vengan a mi casa a que yo las peine y las maquille.

Tuccia empezó a cepillarle el pelo para luego recogérselo en un moño sencillo pero muy efectivo.

–¿Sabes si tu abuelo estaba ya con los Fabio cuando fueron proscritos y tuvieron que exiliarse?

–Sí, señora. Mi abuelo se negó a abandonarlos como hicieron los demás sirvientes. Mi abuela y él se fueron con ellos a Hispania.

–¿Qué razón hubo para que los proscribieran?

–¡Ninguna en absoluto! – declaró Tuccia con ardor-. Los Fabio siempre fueron leales a Roma, pero Aulus Veratio Neptus los traicionó para salvarse él.

Lydia bajó la mirada. Las palabras de Tuccia confirmaban uno de sus temores. Había algo oculto tras el deseo de Aro de casarse con ella. Había estado tan ocupada en subsanar sus propios errores, que no había cuestionado sus motivos. No le sorprendía que su abuelo hubiera sido enemigo del padre de Aro; había sido un hombre muy retorcido. Su madre nunca había sentido mucho aprecio por él y siempre había dado las gracias a Juno de que su padre no hubiera salido a él.

Pero, ¿qué significaba eso para ella y para su matrimonio? ¿Acaso Aro estaba dispuesto a olvidar lo que había hecho el abuelo de su esposa?

Debía de ser así, de otro modo no se habría casado con ella y los habría denunciado por no cumplir el trato.

¿Qué lo habría llevado a no hacerlo?

–¿Ocurre algo, señora? – le preguntó Tuccia-. ¿He hecho algo mal? No me eche, por favor, señora. Mi familia necesita el dinero.

–No has hecho nada malo. Me gusta como me peinas -dijo Lydia agarrándole la mano-. Estoy encantada de tenerte como doncella.

–¿De verdad?

–De verdad -Lydia se puso en pie y mandó a la muchacha a dar de comer a Korina.

–Ese es el tipo de tareas que me gusta hacer -dijo Tuccia con una enorme sonrisa.

Lydia la vio marchar y después fue en busca de Aro. Necesitaba oír la historia al completo de sus labios. Pero encontró el jardín vacío.

–¿Has visto a Fabio Aro? – le preguntó al primer sirviente que salió.

–Se ha ido, señora.

–¿Dónde? ¿Sabes cuándo volverá?

–Hay problemas en los muelles, señora.

–¿Algo grave?

–Los problemas siempre son graves, señora. Pero nuestros hombres se encargarán de ello.

Lydia se sentó y comió mientras esperaba, pero las sombras fueron haciéndose más y más alargadas y Aro no volvía.

Lydia pasó la tarde en el atrio, con un ojo en la puerta y otro en un rollo de poesía que trataba de leer. A pesar del constante ir y venir de los sirvientes, no había noticia de Aro, sólo le decían que estaba bien.

Finalmente decidió cenar sola y luego charló un poco más con Tuccia, que estaba preocupada por sus hermanos, pero se distrajo contándole todo tipo de aventuras de su abuelo de Fabio Aro en el mar. La muchacha se fue a la cama poco después. Lydia se quedó leyendo con Korina. Cuando no pudo mantener los ojos abiertos por más tiempo, se metió en la cama y entró en un sueño inquieto.

Un ruido la despertó. Se levantó rápidamente de la cama y salió al pasillo, donde encontró a Aro en la puerta de su habitación. Al oír ruido, se volvió a mirarla con rostro sombrío.

–No viniste a cenar -le dijo ella.

–Tuve que salir.

–Y ni siquiera te molestaste en dejarme recado. No he conseguido que nadie me dijera nada excepto que había habido problemas en los muelles.

–Hice lo que me pareció más conveniente -respondió con firmeza-. No quería preocuparte.

–Pues lo has hecho.

Aro la miró de arriba abajo y Lydia lamentó no haberse puesto el manto o llevar algo más que la fina combinación. No obstante, se concentró en mirarlo a los ojos, con la cabeza bien alta.

–Es tarde. Podemos hablar por la mañana.

Pero a Lydia no le importaba la hora, necesitaba saber qué había pasado.

–¿Ha habido algún herido? – preguntó antes de que se marchara-.

Supongo que ha habido una pelea por lo que he oído decir a los sirvientes.

Tuccia estaba preocupada por sus hermanos.

Aro se detuvo y la miró.

–Todo el mundo está bien. Los hermanos de Tuccia no estaban allí, yo me encargué de que no se vieran implicados. Debo cumplir la promesa que le hice a su padre.

–Me dijo que era capitán de uno de tus barcos.

–¿Qué más te ha contado? – su mirada se volvió dura.

Lydia sabía que era el momento de preguntarle por qué se había casado con ella, pero de pronto ya no le parecía tan fácil como se lo había parecido unas horas antes. Viéndolo tan serio y cansado, le pareció una temeridad.

–De todo un poco. Es muy habladora. Me ha tenido entretenida.

–Parece que te gusta tu nueva doncella.

–Es muy alegre y se lleva bien con Korina.

–Sí, Tuccia siempre está contenta -aseguró con una sonrisa, pero no pudo ocultar el dolor que le ocasionaba cualquier movimiento.

Lydia lo observó detenidamente y se fijó en la extraña posición del brazo derecho y el enrojecimiento que mostraba su mandíbula.

–Habrás conseguido que los hermanos de Tuccia no se vieran implicados en la pelea, pero tú has estado en el centro de ella.

–Sí.

–Deja que te ponga un poco de ungüento.

Sin esperar una respuesta, Lydia fue a su habitación en busca del frasco.

Lo encontró con facilidad en la oscuridad gracias a la particular forma de la tapa. Encontró a Aro donde lo había dejado, inmóvil como una hermosa estatua de Apolo.

–El bálsamo que hace maravillas -dijo él-. Veamos si es cierto.

En el momento que le tocó la piel, Lydia sintió un escalofrío al que trató de no hacer caso. Debía concentrarse en aflojar aquellos doloridos músculos.

–Me duele más arriba -susurró de un modo que la hizo estremecer.

Lo más inteligente habría sido alejarse de él, pero sus pies se negaban a moverse. Le echó a un lado la túnica y siguió aplicándole el ungüento en

aquella piel cálida y perfecta como el mármol. Le temblaban los dedos, pero siguió moviéndolos hasta que la mano de Aro se lo impidió.

–Seguiré yo.

–Vas a ver como mejora -dijo ella con un hilo de voz.

–Ya lo ha hecho.

De pronto se dio cuenta de que estaba muy cerca de él. Podía sentir el calor de su cuerpo y ver la incipiente barba en su rostro. Apartó la mano de su brazo antes para no dejarse llevar por la tentación de abrazarlo y pedirle que la besara. Deseaba que la besara.

–Debería irme.

Pero no se movió, no podía. Su cuerpo se balanceó ligeramente hacia él, buscando su calor. Levantó la mirada hacia sus ojos para decirle algo, pero no pudo hacerlo al ver el modo en que él la miraba. Entreabrió los labios.

Necesitaba sentir su boca. Él inclinó la cabeza.

–¿Es esto lo que quieres, Lydia? – le preguntó hablando contra sus labios-. Dímelo.

–Bésame… por favor.

Le echó los brazos al cuello y se apretó fuerte contra él mientras sus labios se encontraban. Sus lenguas se rozaron un instante. Podía sentir la firmeza de su pecho endureciéndole los pezones.

Y entonces se dio cuenta de lo que estaba haciendo. Retiró los brazos y trató de controlar el ritmo de su respiración.

–Dijiste que no me besarías hasta que te lo suplicara.

–Siento que no te haya gustado.

–Todo lo contrario -admitió-. Sólo quería que supieras que no he suplicado, sólo te lo he pedido.

–Entonces ha sido un error por mi parte -dijo esbozando una sonrisa-.

Es hora de que te vayas a la cama… sola.

Dijo inclinando la cabeza a modo de reverencia antes de marcharse.

Lydia se quedó mirándolo, después se llevó la mano a los labios, donde aún podía sentir el calor de su beso.

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Capítulo 12

Lydia se despertó a la mañana siguiente con el ajetreo de los sirvientes.

A pesar de la temprana hora, Tuccia ya había preparado el desayuno y esperaba para ayudarla a vestirse. Enseguida le eligió un vestido verde oscuro con una estola de un verde más claro como complemento y, en lugar de cinturón, le puso una cadena. Ella misma le colocó la cadenita cruzada sobre los pechos y alrededor del cuello.

–Fabio Aro no podrá quitarle los ojos de encima -le dijo la muchacha.

–Dudo que vaya a verlo siquiera. Tiene muchas cosas que hacer, sobre todo después de los problemas de ayer. Seguramente ya se haya marchado.

No obstante, Lydia fue en su busca en cuanto pudo, pues quería explicarle que el encuentro que habían tenido en el pasillo la noche anterior había sido un error sin duda provocado por los influjos de la luna. La apuesta seguía en pie.

Acompañada de Korina, Lydia fue al dormitorio de enfrente y llamó a la puerta. No hubo respuesta. Si entraba sin permiso, Aro diría que había ido en busca de sus besos, cuando lo que en realidad quería era asegurarse de que comprendía lo que había pasado.

Fue Korina la que empujó la puerta hasta que se abrió.

No había nadie.

Lydia entró de puntillas y miró a su alrededor, dejándose empapar por la presencia de Aro, tan presente en la habitación y en todos sus objetos. No pudo evitar recordar lo que había sentido al besarlo y la extraña frustración al volver sola a la cama.

Finalmente cerró la puerta y salió al pasillo camino del comedor. Antes de llegar allí se encontró con Aro, con la toga sobre el hombro. Korina ladró de alegría al verlo y corrió a saludarlo, echándose encima de él.

–Korina -la reprendió Lydia por temor a que Aro se enfadara como se habrían enfadado su padre o su hermano si la perra les hubiese puesto las patas encima-. Ven aquí.

–Está bien -dijo él-. Había olvidado la alegría que da tener un perro en la casa.

Lydia sonrió con cierta intranquilidad. Verlo así tan de repente no hacía más que dificultar aún más las cosas. Al verlo acariciar a Korina se dio

cuenta de que movía el brazo con dificultad, aunque de no saber que le habían hecho daño el día anterior seguramente ni lo habría notado.

–¿Tienes el brazo mejor? – le preguntó con la esperanza de que eso la distrajera.

–Mucho mejor -Aro hizo una pausa como si fuera a decir algo más, pero continuó acariciando a la perra-. Tuccia puede cuidar de Korina hoy -añadió después.

Seguir: parte 2 de 3