Sigfrido

Harry Mulisch · Capítulo 1 de 19

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Sigfrido

Capítulo 1

Harry Mulisch

Warum bolt mich der Teufel nicht?

Bei ihm ist es bestimmt schoner als hie

[¿Por qué no se me llevará el diablo?

Seguro que con él estaría mejor que aquí].

Eva Braun, Diario, 2-III-1935

1

 

En el preciso instante en que el tren de aterrizaje tocó el suelo de hormigón, Rudolf Herter despertó bruscamente de un profundo y plácido sueño. El aparato frenó en medio de un rugido de motores y abandonó la pista de

aterrizaje después de trazar una suave curva. [1] Flughafen Wien.

Herter se incorporó con un gruñido. Tras descalzarse, se dio un masaje en los dedos del pie izquierdo, el rostro contraído en un gesto de dolor.

—¿Qué te pasa? —preguntó la mujer sentada a su lado. Era alta, mucho más joven que él y llevaba el cabello recogido.

—Me ha dado un calambre en el dedo índice del pie.

—¿En dónde?

—En el dedo índice del pie. —Herter se echó a reír mirando a los ojos, grandes y verdes, de su acompañante—. ¿No te parece extraño que tengamos un nombre para todas las partes del cuerpo, aleta de la nariz, pabellón de la oreja, codo, palma de la mano…, pero no para los dedos del pie situados entre el pequeño y el gordo? Los hemos relegado al olvido. —Herter volvió a reír y añadió—: Ahora mismo los bautizo como los dedos índice, corazón y anular del pie. Aquí me tienes, el sucesor de Adán, aquel que puso nombre a todos los seres. —Herter miró a la mujer y añadió—: A propósito, el nombre de Maria está muy vinculado al de Eva.

—Lo tuyo no tiene arreglo. No cambiarás nunca —respondió Maria.

—Deformación profesional.

—¿Qué tal el viaje, señor Herter? —preguntó el miembro de la tripulación que se acercó a traerles los abrigos.

—Sólo un problema: me he bebido un cuarto de botella de Elzasser de más mientras sobrevolábamos Frankfurt. Terrible. Últimamente cada copa de vino me cuesta diez minutos extra de sueño.

Herter y Maria viajaban en clase business, de modo que fueron los primeros en abandonar el avión. Herter miró a los ojos grandes y cordiales de la tripulación que esperaba en fila en la puerta de salida para despedir a los pasajeros. El comandante apareció en el vano de la puerta de la cabina de mando.

—Adiós, señor Herter, le deseo una feliz estancia en Viena —se despidió el comandante con una generosa sonrisa—, y gracias por su maravilloso libro.

—No he hecho sino cumplir con mi deber —contestó Herter con una sonrisa.

Llegados a la sala de recogida de equipajes, Maria liberó un carrito de la fila, mientras Herter se apoyaba contra una columna con el abrigo doblado en el brazo. El cabello espeso, que enmarcaba su rostro afilado, le brotaba de la cabeza como llamas, si bien blancas como la espuma del rompiente. Vestía un traje de mezclilla con chaleco, cuya misión parecía ser la de mantenerle ensamblado el cuerpo, un cuerpo largo, estrecho, frágil y casi transparente. Tras superar dos operaciones de cáncer y un derrame cerebral, se sentía físicamente como la sombra de la sombra de lo que fue, pero sólo físicamente. Miró a Maria con sus ojos azules, fríos. Como un perro de caza junto a una guarida de zorros, su amiga no desviaba la mirada de la cortinilla de goma por la que pasaban ora una bolsa de piel de becerro de Hermés, ora un mísero paquete atado con cuerda. Ella también era alta y delgada, pero treinta años más joven que él y treinta veces más fuerte. Maria cogió las maletas de la cinta transportadora con un enérgico movimiento del brazo y las depositó en el carrito con idéntica maniobra.

Tras atravesar la puerta automática que daba acceso al vestíbulo de llegadas, vieron frente a ellos una larga hilera de carteles que la gente sostenía en alto: Hilton Shuttle, Doctor Oberkofler, IBM, Frau Marianne Gruber, Filatelia 1999…

—A nosotros no nos espera nadie —se lamentó Herter—. Me arrinconan y se hartan de reír de mí, como siempre.

Se sentía algo mareado.

—¡Señor Herter! —Le abordó una mujer menuda, al parecer embarazada, que le tendió la mano con una sonrisa—. Le he reconocido, por supuesto. Todo el mundo sabe quién es usted. Thérèse Röell, de la embajada de los Países Bajos. Soy su cicerone, por así decir.

Herter se inclinó con una sonrisa y le besó la mano. Un cicerone a punto de dar a luz. Eso era lo que más le gustaba de los holandeses: el buen humor. En todos los innumerables congresos literarios y literario-políticos a los que había asistido a lo largo de su vida —igual de inútiles todos, por cierto—, la delegación holandesa destacaba por ser la más divertida. Mientras que los alemanes y los franceses se reunían por la noche con caras serias para fijar sus estrategias del día siguiente, los holandeses siempre estaban de guasa. Incluso en el Consejo de Ministros abundaban los ataques de risa tonta, según le confesó en cierta ocasión un ministro.

El coche de la embajada les esperaba a la salida. El conductor, un hombre con un excéntrico bigote gris en punta, mantenía las portezuelas abiertas. Hacía mucho más frío que en Amsterdam. En el asiento de atrás, Herter comentó el programa de actividades con el cicerone. Maria, a la que había presentado como su amiga, iba sentada al lado del conductor con la cabeza algo vuelta hacia atrás para poder seguir la conversación, no sólo por curiosidad, sino también porque sabía que a él le costaba oír lo que se decía dentro del coche, dado que su audífono aumentaba el nivel de sonido del motor. De vez en cuando, Herter hacía a Maria una seña con la mirada y entonces ella repetía, más o menos disimuladamente, las palabras de la señora Röell. Para ahorrarle esfuerzos, sus anfitriones habían realizado una rigurosa selección de actividades. Para ese día no tenía más que una breve entrevista televisiva para un programa de actualidad sobre temas relacionados con el arte, que se emitiría esa misma noche. Disponía de tiempo suficiente para deshacer el equipaje y asearse un poco. A la mañana siguiente concedería entrevistas a tres importantes periódicos y semanarios, luego le esperaba una comida en la embajada y, a última hora de la tarde, la conferencia. El jueves dispondría de todo el día para él. Thérèse Röell le entregó la documentación y un par de periódicos con algunas consideraciones sobre su obra y él se los pasó a su vez a Maria. Herter levantó las cejas para indicarle a su amiga que siguiera ella con la conversación.

El centro de la ciudad le recibió con el imponente abrazo de la monumental Ringstrasse. No visitaba Viena con frecuencia, y sin embargo, cada vez que pisaba su suelo, le resultaba más familiar que ninguna otra ciudad. La familia de Herter era de origen austriaco. Al parecer, pensó Herter, el ser humano portaba también en los genes las ciudades y regiones en las que nunca había estado. Las calles estaban abarrotadas de gente, el sol de noviembre perfilaba los contornos del mundo con nitidez, avivando sus colores; las últimas hojas de otoño, condenadas a caerse de los árboles con la próxima tormenta, se contaban con los dedos de la mano. Cuando pasaron por delante de un campo de césped de un verde intenso y cubierto de hojas doradas, Herter las señaló con el dedo y dijo:

—Así es como me siento últimamente.

Junto a la majestuosa ópera, el coche dobló a la derecha por la Kärtnerstrasse y se detuvo ante el hotel Sacher. La señora Röell se excusó por no poder asistir a la comida y la conferencia del día siguiente, y prometió recogerles el jueves por la noche para acompañarles al aeropuerto.

En la recepción del bullicioso vestíbulo del hotel, Herter fue recibido con una cálida bienvenida, como si llevaran años esperándolo. Herter se dejó mimar. Considerando que, desde hacía ya unas décadas, la imagen que tenía de sí mismo no coincidía ni mucho menos con la que los demás tenían de él, pensó que todo parecía destinado a un muchacho de dieciocho años, que, desconocido y pobre como las ratas, intentara escribir una historia justo después de la segunda guerra mundial. Aunque, a lo mejor —pensó Herter divertido, mientras seguía al mozo que cargaba con el equipaje por los pasillos enmoquetados de rojo oscuro, con las paredes tachonadas de retratos decimonónicos en pesados marcos dorados—, a lo mejor, en el fondo de su corazón, era menos modesto y se trataba de todo lo contrario: tal vez él no había cambiado nunca, en el sentido de que siempre había sido para sí mismo el que en el presente era para los demás, incluso de niño, en su habitación del desván con las ventanas empañadas de escarcha.

Sobre la mesa del salón de la espaciosa suite —una habitación esquinera cuyas arañas de cristal y románticas escenas pictóricas evocaban el tocador de la emperatriz Isabel— había un jarrón con flores, una fuente grande de fruta con dos platitos, cubiertos, servilletas y una botella de vino espumoso dentro de una cubitera de plata. Junto a dos pastelitos Sacher de chocolate había una tarjeta del director con unas palabras de bienvenida escritas de su propia mano. Después de que el mozo les explicara el funcionamiento de todos los interruptores de la habitación, Herter se puso a deshacer las maletas para borrar las huellas del viaje y emprender la siguiente etapa. Entretanto, Maria, sentada en el borde de la cama, llamó a Olga, la mujer de Herter, para avisarla de que habían llegado bien. Olga era la madre de las dos hijas, ya mayores, de Herter, y esos días ella se hacía cargo en Amsterdam de Marnix, el hijo de siete años de Maria y Herter. Mientras Maria llenaba la bañera y se quitaba la ropa, Herter se acercó a la ventana.

El otro lado de la calle lo ocupaba por entero el frontispicio lateral de la imponente Staatsoper de estilo renacentista; en la plaza junto al hotel, al lado de la estatua ecuestre, una hilera de carruajes de alquiler esperaba a los turistas, los caballos con una manta sobre el lomo, los cocheros enfundados en largos abrigos con capas y tocados con sombreros de copa, tanto hombres como mujeres. Algo más allá estaba la Galería Albertina, detrás de la cual se divisaban, bajo la tenue luz otoñal, las torres y cúpulas de los palacios imperiales del Hofburg. Herter recordó la primera vez que visitó Viena, hacía ya cuarenta y seis años. Él era entonces un joven de veintiséis años; rebosaba salud y el año anterior había publicado su primera novela, El espantapájaros, ya laureada cuando no era más que un manuscrito. Cuando a sus cincuenta años fue galardonado con el Premio Nacional de Literatura, el ministro calificó a Herter como «un ganador nato del premio nacional», y así fue como se sintió. El destino le depararía otros muchos honores de este tipo, cosa que nadie sabía aún en 1952, excepto él mismo. Un amigo periodista, que tenía que realizar un reportaje para una revista, le pidió que le acompañara en el viaje. En un Volkswagen se fueron a Viena por carreteras nacionales —las autopistas no abundaban por aquel entonces— pasando por Colonia, Stuttgart y Ulm. Eran los años inmediatos al fin de la segunda guerra mundial. Las ciudades estaban aún en ruinas, y su amigo y él tuvieron que pernoctar en refugios subterráneos provisionalmente acondicionados como hoteles. La ciudad de Viena también estaba en ruinas. Dos eran los recuerdos de aquel viaje que quedaron grabados para siempre en la memoria de Herter. El primero, haberse despertado la primera mañana en Viena en un mísero hotel en la Wiedner Hauptstrasse, no muy lejos de donde se encontraba en esos momentos. Su habitación tenía vistas a un patio y, al abrir la ventana, le sorprendió una sensación hasta entonces desconocida para él: un olor dulzón, indefinible, que le resultaba muy familiar a pesar de percibirlo por primera vez. ¿Acaso se heredaba también el recuerdo de los olores? La temperatura coincidía exactamente con la de su piel, ni un grado más frío o caliente. Sintió que su cuerpo se fusionaba con el mundo y que, de algún modo, se estaba reuniendo con su padre, con el que por aquel entonces ya no podía comunicarse. El segundo recuerdo lo constituía un encuentro que tuvo lugar un par de días después. Viena estaba aún ocupada por las cuatro potencias aliadas. En la fachada del Neue Burg, en el Hofburg, donde en 1938 Hitler había sido aclamado por la multitud, pendía una gigantesca estrella soviética roja con la hoz y el martillo. Herter no recordaba muy bien cómo, pero fue a parar a la zona rusa, donde entabló conversación con un soldado del Ejército Rojo. Era éste un par de años más joven que él y una cabeza más bajo, llevaba una gorra de soldado ladeada sobre el cabello castaño claro, botas de cuero, uniforme con charreteras y un cinturón ciñéndole la amplia camisa campesina que le colgaba por encima de los pantalones. En realidad no puede decirse que mantuvieran una «conversación», pues era imposible entenderse. De lo único que Herter consiguió enterarse es de que se llamaba Juri, que era originario de la Unión Soviética más profunda y que había acudido a esas tierras con el ánimo de impedir que la semilla de Hitler germinara de nuevo. Durante un par de horas caminaron hombro con hombro por Viena observando a los austriacos, sin decir más que:

— [2] Germaanski niks Kultur.

¿Dónde estaría Juri en la actualidad? Si aún vivía, debería de rondar los setenta años. Herter suspiró profundamente. Haría bien en anotar todos esos recuerdos. Había llegado el momento de escribir sus memorias, aunque, bien pensado, para qué: en realidad, sus memorias impregnaban toda su obra, y ésta reflejaba las experiencias de su vida tanto como de su imaginación, pues vida e imaginación eran inseparables. Llamaron a la puerta de la habitación; un mozo les entregó un gran ramo de flores de parte del embajador.

Herter volvió a mirar la plaza de abajo. Los cocheros cuidaban de sus caballos y, tras un pretil, el archiduque de bronce a lomos de su caballo de bronce también paseaba su mirada por la ciudad. En una zona abierta de la plaza, un monumento moderno enorme se erigía en el lugar donde cientos de vieneses perdieron la vida durante un bombardeo. También esto se lo debían los vieneses a su hijo perdido, a cuyos encantos se habían rendido, encandilados, unos años antes en la Heldenplatz.