Sigfrido

Harry Mulisch · Capítulo 5 de 19

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Sigfrido

Capítulo 5

 

—Es el título de un libro que Nietzsche escribió de joven en homenaje a Wagner —dijo Herter de regreso a la habitación del hotel, mientras se quitaba la chaqueta—. Nietzsche se refería a otra cosa, pero yo lo interpreto ahora a mi manera. —Se aflojó la corbata y, con la voz entrecortada, añadió—: La verdad, no sé en qué lío me estoy metiendo. Puede que todo esto no tenga ni pies ni cabeza.

—Estás un poco pálido.

—Es como si cargara yo solo con todo el peso del siglo XX. Creo que voy a echarme una siesta. Quizá me aporte alguna nueva idea.

—Llama antes a Marnix, por favor —le pidió Maria mientras le colgaba la chaqueta—. Es miércoles, está en casa ahora. Ayer me preguntó por ti.

Sentado en el borde de la cama, Herter llamó al número de teléfono de Olga, su mujer. Nada más oír su voz, supo que Olga tenía el día bueno. Su voz sonaba como una clara mañana de primavera, aunque habría podido ser una brumosa tarde de noviembre. La pareja actual de su mujer, un cardiólogo, tampoco comprendía nada de ella. Un día hasta le dijo a Herter que la Universidad de Amsterdam haría bien en crear una cátedra de Olgalogía. Mientras se quitaba los zapatos, Herter le contó a Olga cómo iban las cosas por Viena, lo que ella escuchó con paciencia pero sin excesivo interés. A continuación se puso al teléfono su hijo, el cual fue inmediatamente al grano:

—Papá, cuando me muera quiero que me incineren.

—¿Ah, sí? ¿Y por qué no quieres que te entierren?

—Porque quiero que introduzcan mi ceniza en el reloj de arena que tienes en tu cuarto de trabajo. Así se puede ser útil a lo largo de los siglos.

Herter enmudeció, perplejo.

—¿Papá?

—Sí, estoy aquí. En tal caso sería un reloj de ceniza.

—¡Sí! —respondió Marnix echándose a reír.

—Pero aún te falta mucho para morir. Tú vivirás ciento diez años, conocerás el siglo XXII. Seguro que los médicos sabrán entonces cómo prolongar la vida.

—¡Esos médicos aún no han nacido siquiera!

—Así es. Les toca esperar un poco.

La conversación se alargó unos minutos más, pero Herter ya estaba con la cabeza en otra parte. Después de colgar el teléfono, le contó a Maria el comentario de Marnix sobre la ceniza.

—A quién habrá salido el muchacho… —respondió ella mirándole con el rabillo del ojo.

—Dice un proverbio chino: las personas mayores hablan de ideas; las de mediana edad, de sucesos; los jóvenes, de personas. Es evidente a qué categoría pertenece Marnix.

—Esperemos que eso no le complique la vida.

Herter se quedó mirando la alfombra con gesto pensativo.

—En la literatura también intervienen estas tres categorías, aunque la de las ideas suele escasear.

Herter se tumbó en la cama, desconectó su audífono y clavó la mirada en el techo. Repitió despacio las palabras de Marnix:

—Así se puede ser útil a lo largo de los siglos…

—¿Qué dices?

—Repito lo que me ha dicho Marnix. Así se puede ser útil a lo largo de los siglos. Anota la frase, por favor. Puede que algún día me sirva para algo.

Mientras Maria hacia lo que le acababa de pedir, Herter cerró los ojos. Pudiera ser que Marnix alcanzara el siglo XXII, pero un día él también moriría, y los vivos medirían eternamente el tiempo con su ceniza. El reloj de ceniza erguido en símbolo del infinito matemático. Eterno, infinito… todo eso iba para largo, en realidad el mundo entero iba para largo, tanto en el tiempo como en el espacio. Dentro de cien años el mundo sería irreconocible, probablemente aún más que el mundo de hoy para la gente de cien años atrás. ¿Y cómo será dentro de mil años? ¿Y dentro de diez mil? ¿Y de cien mil? Resulta casi imposible imaginar que pueda llegar alguna vez ese momento, y sin embargo llegará. Dale otra vuelta al reloj de ceniza. ¿Un millón de años? ¿Cien millones? Sigue contando. La paciencia de los números es infinita. Dentro de cuatro o cinco mil millones de años puede que llegue el día en que el Sol se expanda hasta adquirir las proporciones de un gigante rojo que engulla la Tierra para luego reducirse lentamente a carbonilla. Después de esto, no habrá más días, pero dará igual, pues para entonces el ser humano habrá colonizado las regiones más profundas del universo o, cuando menos, habrá asentado ahí todo lo creado por él. Quién pudiera ahora, aproximadamente a la mitad de la vida del sistema solar, avistar por un momento, con la clarividencia del presente, los abismos del pasado y del futuro. Pero ¿cómo alcanzar ese momento?

Herter abrió los ojos un segundo, como para cerciorarse de que seguía en el mismo sitio: en el presente, en Viena, en el Sacher. Maria, sentada en una butaquita junto a la ventana, se limaba las uñas; la imagen se fijó en la retina de Herter como una foto. Maria limándose las uñas; tiempo de exposición: 1 segundo.

Herter pensó en Constant Ernst, que había consagrado su vida a la música. En otros tiempos, la música había significado para Herter más que la literatura, pero eso se acabó el día en que tuvo que sacrificar parte de su oído en el altar de la revolución. En 1967 visitó Cuba con un grupo de artistas e intelectuales europeos, acontecimiento este sobre el que proyectaba escribir un libro. Con motivo de la conmemoración del fracasado golpe revolucionario de Castro del 26 de julio de 1953, el día 25 todo el grupo fue trasladado en avión a Santiago, al este del país, en la calurosa provincia de Oriente. Al amanecer, le despertó un ensordecer estampido de cañones. Por un momento creyó que había comenzado la invasión estadounidense, pero resultaron ser unas salvas de saludo, veintiséis para ser precisos, disparadas por una batería antiaérea apostada junto al edificio en que se alojaban. Los oídos le zumbaron durante horas, y, tres días después, la noche en que cumplía cuarenta años, descubrió para su asombro que había adquirido poderes mágicos sobre la naturaleza. En cuanto se echaba sobre el costado derecho, oía el imparable concierto de miríadas de grillos en la noche tropical, que se callaban en el acto al darse la vuelta. Veinte años después, cuando también su oído izquierdo sufrió daños a causa de la explosión de unos fuegos artificiales durante una gélida Nochevieja, su capacidad auditiva quedó definitivamente mermada. Desde entonces, escuchar música dejó de ser un placer, tanto como lo había dejado de ser la comida.

—Así se puede ser útil a lo largo de los siglos… —repitió Herter en voz baja con los ojos aún cerrados.

En Cuba estuvo para restablecerse de la enfermedad de Eichmann, a cuyo juicio en Jerusalén había asistido cinco años atrás, suceso este sobre el que sí escribió un libro. Durante semanas, día tras día, escuchó las terroríficas historias de los judíos supervivientes de los campos de exterminio, mientras que el jefe de escenografía de la tragedia parecía enloquecer en su jaula de cristal. El superior de Eichmann, Himmler, jefe de las SS, hacía ya años que se había suicidado, al igual que hizo en su día el autor de ese genocidio cromático, maestro inspirado en el arte de las matanzas, con quien Herter se acababa de topar de nuevo, ojalá que por última vez. Lo absurdo para Herter era que no sólo no disfrutaba realmente de Tristán e Isolda o de El ocaso de los dioses, sino tampoco ya del Arte de la fuga… Hitler…, desde su cuna hasta su inexistente tumba no hizo sino acrecentar la felicidad de los demás. En un principio, al nacer, sólo hizo felices a sus padres; más adelante colmó de felicidad a todo el pueblo alemán, y luego, al austriaco; y, a su muerte, la humanidad entera no cupo en sí de felicidad. «Debería anotar esta idea o mandar que alguien la apuntara, —se dijo Herter—, porque podría olvidarla», pero la pereza ya se había apoderado de él. Tras calcular un poco, descubrió que Hitler llevaba muerto casi los mismos años que los que él tenía de vida… Una vez desaparecido el sistema nazi, Alemania y Austria se constituyeron en Estados razonablemente administrados, mientras que en Rusia la desaparición del sistema soviético llegó a provocar una anarquía de tintes surrealistas. A dos pasos, en los Balcanes, las matanzas volvían a estar a la orden del día, si bien realizadas a la antigua usanza preindustrial, con unos métodos que hasta el propio Hitler habría despreciado; con todo, esas matanzas convencionales caerían en el olvido en pocos años. ¿Qué quedaba más lejos? ¿Las sangrientas matanzas en Yugoslavia o la exterminación en masa de seres humanos en Auschwitz? Desde Viena se llegaba a los Balcanes en tres cuartos de hora, pero los cincuenta y cinco años de distancia entre el presente y la segunda guerra mundial eran ya imposibles de salvar. A pesar de todo, Herter sentía esa guerra muy cerca todavía, a la vuelta de la esquina del tiempo… Empezaba a pertenecer a la última generación de personas que conservaban nítidos recuerdos de la guerra, insignificantes si se comparaban con aquellos que vivieron experiencias traumáticas, pero aun así impregnados de esos invisibles gases venenosos que, desde la erupción volcánica del nacionalsocialismo, flotaban por todos los rincones de Europa. Una noche, justo después del toque de queda, se ve a sí mismo regresando a casa por una calle oscura, caminando de puntillas, arrimándose contra las casas para pasar inadvertido: el alumbrado público está apagado, las luces en el interior de las casas también. No se oye ni una mosca en la ciudad. Entonces, bajo la luz de las estrellas, en un cruce, ve a lo lejos a dos guardias con sus cascos y sus carabinas —holandeses al servicio de los alemanes— charlando y caminando a paso lento de un lado a otro. Se esconde en un portal y se queda inmóvil, asustado, respirando con la boca abierta sin apenas hacer ruido, su corazón latiendo con fuerza… Eso fue la guerra para él. Así es como uno regresaba a casa de noche. Una faceta microscópica de lo que aquella misma noche estaba teniendo lugar en otros lugares: en los campos de concentración, en los sótanos de la Gestapo, en las ciudades bombardeadas, en los frentes, en el mar, en el aire; y, sin embargo, ese miedo, por insignificante que fuera, y la oscuridad y el silencio de aquel momento también formaban parte de la gigantesca corriente de lava de destrucción expulsada por el cráter de Hitler que anegó todo el continente, una experiencia imposible de explicar a las nuevas generaciones… Hitler. Esa criatura fracasó absolutamente en todo, primero como artista en Viena, luego como político en Berlín; quiso acabar con el bolchevismo, pero consiguió atraerlo hasta el corazón de Alemania; quiso exterminar a los judíos, pero sentó las bases del Estado de Israel. Lo que sí logró fue arrastrar a la muerte a veinticinco millones de personas; tal vez fuera eso su verdadera ambición. De haber dispuesto de un medio para hacer volar la tierra por los aires, sin duda lo habría empleado. La muerte fue la tónica de su ser. ¿Se ocultaba en ese mortal algún ápice de amor por la vida? ¿Acaso llegó a sentir algo por su perro favorito? ¿O por Eva Braun, con quien, al fin y al cabo, contrajo matrimonio justo antes de morir? ¿Qué clase de equipo de laboratorio podía montar Herter para someter a su personaje a alta presión y obligarle así a mostrar la cara?… Un espejo, le había dicho a Ernst. Una máquina provista de un espejo… La respiración de Herter se hace más lenta. Está sentado al lado de Olga en la orilla de un gran río; ella le enseña unas fotos, pero a él le deslumbra la fuerte luz del sol reflejada en el agua… De repente, un hombre y un muchacho le secuestran violentamente… Cuando ve la habitación en que van a encerrarle, Herter grita: «¡Sí, aquí quiero vivir!»… Su reacción confunde a los secuestradores, pero éstos ya no pueden dar marcha atrás. Ahora los prisioneros son ellos…