Sigfrido

Harry Mulisch · Capítulo 9 de 19

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Sigfrido

Capítulo 9

 

—¿Cuándo vio a Hitler por primera vez? —preguntó Herter a Falk mientras le ofrecía de nuevo fuego a Julia.

—Una semana después, porque estaba en Berlín, en la Cancillería. A la señorita Braun sí que la conocimos al día siguiente.

—La señora de la casa.

—Eso aún no lo sabíamos entonces —dijo Julia—. No lo sabía prácticamente nadie, sólo un restringido círculo de gente. La señorita Braun se hacía pasar por una de las secretarias del jefe, pero todos se referían a ella como la «jefa». Unos días después, la primera vez que llevé a la señorita el desayuno y el diario, comprendí cuál era realmente la situación. Las secretarias vivían todas en la finca…

—Para satisfacción de los oficiales de las SS —intervino Falk.

—Y de Bormann, no te olvides —añadió Julia con una expresión de desprecio—. El dormitorio de la señorita estaba en el mismo Berghof, en la primera planta, separado del de Hitler por un cuarto de baño común.

La señorita Braun fue una criatura solitaria y desgraciada, a la que mantuvieron oculta por razones políticas, porque el jefe quería dar la imagen de que pertenecía a todas las mujeres alemanas. Eva Braun era una mujer guapa de veinticuatro años —rubia teñida, sociable y deportista—, dos años mayor que Julia, con la que enseguida hizo buenas migas. Solía pasar largas temporadas sola. A veces, durante semanas enteras, no hacia sino leer novelas, escuchar discos y escribir su diario. Como tenía poca gente con la que hablar, no tardó en intimar con Julia. En ausencia del jefe, las dos se encerraban en la habitación de la señorita Braun a fumar a escondidas unos cigarrillos egipcios de la marca Estambul. De haberse enterado Hitler de que la señorita Eva fumaba, habría roto con ella de inmediato. De modo que abrían las ventanas de par en par, incluso en pleno invierno, para evitar que algún guardaespaldas de las SS oliera el humo e informara de ello a Brückner, quien probablemente se lo comunicaría a Bormann, el cual se ocuparía, con toda seguridad, de que llegara a oídos del jefe. El Reichsleiter Bormann era el poderoso secretario semianónimo de Hitler, encargado de llevar su agenda y sus finanzas. La señorita Braun le odiaba. Según ella, ese criado huesudo — de cuyo brazo la obligaban a ir a diario desde la gran sala al comedor— ejercía una excesiva influencia sobre su Adi. Bormann, por su parte, tampoco sentía gran simpatía por la señorita Braun, dado que ella trataba siempre de sustraerse a su control. Pero Bormann sabía cómo hacerse imprescindible. El jefe se quejó una vez, que durante el periódico desfile de admiradores y, sobre todo, de admiradoras, le había molestado el sol; al día siguiente se alzaba ahí mismo un frondoso árbol. En otra ocasión, Hitler comentó que una granja que veía a lo lejos afeaba el paisaje y le quitaba vista; al día siguiente la granja había desaparecido.

«Sí, —pensó Herter—, eso era el poder absoluto». Hitler ni siquiera necesitaba dar órdenes a Bormann para que éstas se cumplieran. El poder que ese hombre ejerció sobre las personas sólo era comparable al que uno ejerce sobre su propio cuerpo. Cuando uno quiere coger un vaso de la mesa, no ordena a la mano que ejecute la acción: la mano sencillamente responde. En comparación con Hitler, todos los seres humanos eran unas criaturas tullidas.

La señorita Braun conoció a Hitler a los diecisiete años —antes de la toma de poder—, cuando trabajaba en Munich en la tienda de Heinrich Hoffmann, el fotógrafo personal de Hitler. La señorita Braun le contó una vez a Julia que lo que más le gustaba era revelar fotos en el cuarto oscuro. Influida, al parecer, por su trabajo en el archivo fotográfico, la señorita Braun adoptó una extraña costumbre: la organización estricta de su extenso vestuario, con minuciosas descripciones, dibujos y muestras de tela cosidas. Además, solía cambiarse de ropa unas cuatro o cinco veces al día, aunque no hubiera razón para ello. Le gustaba tomar el sol, placer este que el jefe, que detestaba la piel bronceada, le había prohibido también. Hitler, intervino Falk, detestaba el sol. En verano, cuando se sentaba en la terraza, siempre llevaba la cabeza cubierta con su gorra de uniforme o un sombrero. El Berghof estaba situado en el flanco norte de unos Alpes colosales, de modo que por la tarde hacía un frío intenso en la zona sombreada de la montaña, y eso a él le encantaba. Sus habitaciones en la nueva Cancillería de Berlín también daban al norte. Tampoco soportaba la luz eléctrica fuerte. En su despacho no había más que una lámpara de mesa. No se dejaba fotografiar con flash.

«El enemigo de la luz», pensó Herter; ¿sería éste un título adecuado para su novela? O mejor directamente: El príncipe de las tinieblas. No, eso era demasiado evidente.

La señorita Braun le contó a Julia en confianza que durante aquella época en Munich el fanático tribuno popular tuvo una relación con su sobrina, que se suicidó al enterarse de que su amante se había liado con Eva. Hubo otras cuatro o cinco amantes de Hitler que intentaron suicidarse, pero su sobrina fue la única que alcanzó su objetivo. Falk supo por Rudolf Hess —el lugarteniente de Hitler por aquel entonces— que también Hitler estuvo a punto de quitarse la vida cuando se enteró de la tragedia y que Hess tuvo que arrebatarle la pistola de la mano. En el Berghof corrió la voz de que la chica murió estando embarazada. Comoquiera que fuera, a partir de entonces Hitler se hizo vegetariano. «Una reacción propia de un necrófilo», pensó Herter. Julia recibió la orden de depositar a diario flores frescas en la sala de recepción junto al retrato de la sobrina del jefe. La señorita Braun, por su parte, también protagonizó un intento de suicidio disparándose torpemente una bala en el cuello, porque llevaba meses sintiéndose abandonada por el jefe debido a su atareada vida. El incidente creó un vínculo definitivo entre Hitler y Eva Braun. Un año antes de instalarse en el Berghof, la señorita Braun volvió a intentarlo en Munich por segunda vez y por las mismas razones. Después de esto, Hitler se la llevó a vivir a su casa en Obersalzberg.

—De modo que Hitler era capaz de amar —dijo Herter moviendo la cabeza—. Y, sin embargo, su vida privada estaba impregnada de muerte.

—No sé si se trataba de amor —contestó Falk impertérrito.

—¿No albergaría en algún rincón de su alma una pizca de bondad?

—No.

—Sentía un gran afecto por su perro.

—Al final probó en él los efectos del veneno antes de dárselo a la señorita Braun.

—La señorita Braun sí que fue capaz de amar —dijo Julia—. Cuando Hitler no estaba en el Berghof y tenía que comer sola, me pedía siempre que le pusiera la foto de él al lado del plato.

Herter miró a la señora Falk en silencio, imaginando la escena. Aquella solitaria mujer sentada a la mesa ante el retrato de su amado, que en aquella época ya era culpable de la muerte de centenares de personas; poco después, de miles; y, al final, de millones.

—La señorita Braun comía poco y muy irregularmente —dijo Falk—. Además, después de la comida solía tomarse un purgante. Le aterrorizaba engordar.

—Lo que significa que padecía de anorexia, un cuadro clínico que en aquella época se desconocía, según creo. ¿Y Hitler, qué? ¿Cuál fue la primera impresión que le produjo a usted el Führer?

Falk no se inmutó ante el tono irónico con el que Herter había pronunciado la palabra «Führer». Los ojos de Falk descendieron hacia la ventana con vistas a un triste patio interior. Algo había ahí que sólo él era capaz de ver. Después de unos primeros días tranquilos, continuó el anciano, en los que le pusieron al corriente de cómo funcionaban las cosas en el Berghof, empezó un periodo de nervios y agitación. Una tarde se detuvo frente a la escalinata una columna de Mercedes descapotables. De pronto, dijo Falk intentando explicar lo inexplicable, sintió un frío terrible, como si todo se congelara. Por una ventana de la cocina vio cómo Hitler se apeaba del coche lanzando una mirada al impresionante panorama alpino que le envolvía, mientras se bajaba ligeramente el cinto de un tirón. La visera de su gorra de uniforme era mayor que la de los demás y le tapaba más los ojos. Ahí estaba el Führer en persona, ahí mismo. Era más pequeño de lo que Falk se había imaginado. Su manera de moverse, ágil aunque rígida, le confería un aire de estatua de bronce viviente, con lo que producía a su alrededor un extraño vacío, un vacío que de algún modo se intensificaba ahí donde estaba físicamente, como si en realidad no estuviera. Las estatuas de bronce son huecas y están vacías por dentro; en cambio, el vacío de Hitler ejercía un efecto de succión, como el ojo de un remolino. Una sensación indescriptible.

—Puro teatro —dijo Julia encogiéndose de hombros—. En público, Hitler siempre hacía teatro. Sobre todo cuando vestía uniforme.

—Cabría decir entonces que Hitler interpretaba a Hitler —propuso Herter —, como un actor interpreta a un sanguinario rey de Shakespeare, pero con muertes auténticas. Y cuando, entre acto y acto, se retira a los camerinos, se transforma en un hombre como los demás que enciende un cigarrillo.

Julia se echó a reír.

—¡Hitler y un cigarrillo!

—No sé —dijo Falk—. Quizá tenga usted razón. Pero hay mucho más. Llevo toda mi vida pensando en Hitler, y siempre hay algo en él para lo que no hallo explicación, ni siquiera hoy, más de medio siglo después. Dentro de dos años, Hitler llevará muerto los mismos años que vivió. —Falk, al parecer, también se había tomado la molestia de hacer el cálculo. Movió la cabeza—. A mí me resulta cada día más incomprensible.

Aquel día, en la comitiva de Hitler, Falk no reconoció más que la figura achaparrada de Bormann. Blondi, el pastor alemán de Hitler, se lanzó eufórico escalinata abajo. Aullando de alegría apoyó sus patas delanteras en el cinturón de Hitler y éste tomó la cabeza del animal entre sus manos enguantadas y le rozó un instante con los labios. En lo alto de la escalinata esperaba la señorita Braun con un ligero vestido de verano sin mangas…

—Yo sabía —intervino Julia— que, para la ocasión, la señorita llevaba dos pañuelos en el sujetador.

Detrás de la señorita Braun, a un par de metros, esperaba un grupo de oficiales del SS-Leibstandarte Adolf Hitler, todos vestidos de negro, con cinturones blancos y el brazo derecho rígidamente extendido, las manos enguantadas de blanco. Hitler se quitó la gorra haciéndose visible su frente llamativamente blanca, y besó la mano de su amiga con gesto galante. A los demás los saludó alzando ligeramente la palma de la mano derecha, como si sostuviera una bandeja, y luego entró en la casa enfilando la galería con su perro Blondi, su amante y los dos foxterrier escoceses de ésta, Stasi y Negus. Julia sabía que Eva Braun quería un teckel, pero Hitler opinaba que los teckel eran unos perros caprichosos y desobedientes, rasgos que él detestaba.

—Nadie lo comprenderá jamás —dijo Falk con los ojos bajos y moviendo despacio la cabeza—. Era algo muy angustioso. Cada uno de sus movimientos era de un dominio y precisión perfectos, como los de un acróbata, un trapecista. Hitler era un ser humano como cualquiera, sí; y sin embargo no lo era. Había algo inhumano en él, que le convertía más bien en una obra de arte o un… —Falk movió la cabeza—. No sabría cómo explicarlo. Algo terrorífico.

—Se explica usted muy bien. En cuanto a mí, sólo con ver a Hitler un segundo en una película o en una foto, aunque esté de espaldas, lo tengo claro. La psicología no sirve para interpretar su personalidad. Antes bien la teología, que emplea una expresión que podría definir al personaje: mysterium tremendum ac fascinans.

—Sí, algo así era —dijo Falk alzando la vista sorprendido.

—No es una explicación, por supuesto, no resuelve el misterio, pero puede que revele algo acerca de la naturaleza del mismo. Y lo que revela es que, en realidad, Hitler no era nadie. Una imagen hueca, como dice usted. La fascinación que ejerció —y que sigue ejerciendo hoy en día— y el poder, que el pueblo alemán le concedió, no los consiguió a pesar de su condición de criatura sin vida, sino gracias a ella. —Herter suspiró—. Aunque, ¡ojo!, hay que evitar divinizarlo, aunque sea en sentido negativo.

«Y sin embargo, —pensó Herter—, de no existir Dios, como parece indicar la historia universal, la divinización de Hitler podría ser el quid de la cuestión. En tal caso él se presentaría como la divinización de lo inexistente».

Los pensamientos de Herter tropezaban los unos con los otros como una manada de lobos atacando una presa invisible. Hubiera querido anotar unas cuantas ideas, pero temía interrumpir el relato de Falk. Julia dijo algo, pero Herter no prestó atención a sus palabras. Toda idea inspiradora es fugaz, un relámpago en el cielo amenazador; lo que requiere tiempo es su fragorosa exposición. Herter se dijo que ese mismo día debería buscar un rato para determinar lo que ya sabía y lo que le faltaba por saber.

De ser cierto todo lo que se le acababa de ocurrir, se podría extraer una consecuencia paradójica. Suponiendo que Hitler era la personificación, adorada a la par que maldecida, de la nada —a quien nada impedía hacer cualquier cosa—, resultaba imposible reflejar su verdadera cara en un espejo literario, como Herter había señalado a Constant Ernst el día anterior, por la simple razón de que no tenía cara. Antes se le podría comparar con el conde Drácula, el vampiro que se alimenta de sangre humana, el «muerto viviente» cuya imagen no se refleja. En tal caso, la diferencia entre Hitler y otros déspotas —tipo Nerón, Napoleón o Stalin— no sería gradual sino esencial. Éstos eran sin duda personajes demoníacos, pero hasta los demonios tienen algo positivo, mientras que el ser de Hitler consistía en la ausencia del ser. Así pues, paradójicamente, la falta de una «verdadera cara» configuraba su verdadera naturaleza. ¿Significaba esto que él, Herter, sólo conseguiría su propósito si no lograba escribir su reveladora fantasmagoría? En tal caso, Hitler lograría escapar de nuevo, como en tantas otras ocasiones. Pero no, esta vez no tendría la ocasión de hacerlo.

Herter se asustó de sí mismo. ¿En qué regiones se estaba adentrando? ¿No se estaría pasando de la raya? La cosa empezaba a ponerse peligrosa, pero ya no podía echarse atrás. Sentía que debía lanzarse, ahora o nunca, y que sucediera lo que tuviera que suceder. De haber alguien en la tierra preparado para esa experiencia, era él. «Puede que ésta sea la razón de mi vida», le había dicho a Maria el día antes, como si él también fuera un emisario de la otredad total. Ahora bien, para mayor seguridad, parecía aconsejable introducir, a modo de aislante, un narrador entre sí mismo y su explosiva historia: un hombre joven de unos treinta y tres años, para quien la segunda guerra mundial estuviera más lejos de lo que estaba la primera para él, un hombre que no se arredrara ante la divinización de Hitler, aunque acabara por ser víctima de la misma. Este personaje sería su hijo literario, a quien pondría el nombre de Otto: el precipitado resultante de la reacción química entre su propio nombre, Rudolf Herter, y Rudolf Otto, el nombre del teólogo que había acuñado la expresión mysterium tremendum ac fascinans. Pasara lo que pasara, Herter estaba decidido a no detenerse ante nada. A finales del siglo XX se hacía necesario capturar a Hitler, de una vez para siempre, en esa divinidad nihilista; después, Herter no volvería a mentarlo nunca más.