Stone Butch Blues

Leslie Feinberg · Capítulo 2 de 6 · parte 1/3

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Stone Butch Blues

¿Dónde iba a ir si me rechazaban?

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

Respiré hondo y entré al Abba. Había mucha gente dentro, lo que me hizo sentir anónima y segura. Me metí entre la gente y llegué hasta la barra.

—Una Genny —le dije a la camarera. Ella entrecerró los ojos.

—Vamos a ver el carné.

—En el Tifka nunca me lo pidieron —protesté.

Se encogió de hombros.

—Pues ve allí a por la cerveza —dijo, y se marchó. Golpeé la barra con el puño.

—¿Un día duro? —me preguntó una de las butches que había en el bar.

—¿Duro? —solté una risa aguda—. Me han echado del colegio, no tengo sitio donde vivir y voy a perder el puto trabajo si no puedo encontrar un lugar en el que dormir para llegar a tiempo.

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Frunció los labios, asintió y le dio un trago a la cerveza.

—Puedes quedarte un tiempo en nuestra casa si quieres —dijo sin darle importancia.

—¿Estás de broma? —le pregunté. Ella negó con la cabeza.

—¿Necesitas un sitio en el que quedarte? Mi novia y yo tenemos un apartamento encima del garaje. Puedes quedarte allí si quieres, como veas. —Le hizo un gesto a la camarera—. Meg, dale una cerveza a la chavala, yo me hago cargo, ¿vale?

Nos presentamos.

—Jess ¿qué más?

—Jess, así me llamo. Solo Jess.

—Jess, Jess, ¿eh? —resopló—. Bueno, yo soy Toni.

Meg abrió un botellín de cerveza delante de mí.

—Gracias por la cerveza, Toni. —Hice un gesto de brindis—.

¿Puedo mudarme esta noche?

Se echó a reír.

—Sí, supongo. Si no estoy demasiado borracha para meter la llave en la cerradura. ¡Ey, Betty!

La novia de Toni salió del baño y se colocó a su lado.

—Ey, Betty, esta es Dondi. Es huérfana. Sus padres murieron calcinados en un accidente de coche, ¿sabes? —Toni se rio y le dio un sorbo a la cerveza.

—No tiene gracia —dijo, separándose de ella.

—Toni me ha dicho que puedo quedarme en vuestra casa —inter-vine—. Necesito un sitio en el que quedarme, de verdad que lo necesito.

Betty miró a Toni, se encogió de hombros y se marchó.

—Por ella está bien —dijo Toni—. Vuelvo a mi sitio con Betty, te busco antes de irnos.

Me acabé la cerveza y apoyé la cabeza contra la barra. Todo me daba vueltas y tenía muchas ganas de dormir. Meg golpeó la barra con los nudillos al lado de mi cabeza.

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—¿Estás borracha o qué?

—No, solo es que he estado trabajando todo el día —le dije.

Creía que no le caía bien, pero de repente me trajo otra cerveza—.

No la he pedido.

—Invita la casa —me dijo. Quién lo hubiera imaginado.

Cuando el bar empezó a quedarse vacío, encontré una silla libre al lado del ruidoso baño, apoyé la cabeza contra la pared y me quedé dormida. Cuando me desperté, Betty me estaba sacudiendo la manga, me decía que era hora de irse a casa. Toni cantaba Roll Me Over in the Clover mientras Betty intentaba meterla en el coche. Me tumbé en el asiento trasero y me dormí inmediatamente.

—Vamos, despierta —me dijo Betty. Habíamos llegado. Se esforzaba por sujetar a Toni contra el coche—. No hagas que tenga que ocuparme de dos problemas en vez de solo uno —me dijo Betty en tono cortante.

Salí del coche y la ayudé a subir a Toni por las escaleras.

—Hoy puedes dormir en el sofá —me dijo Betty.

—¿Quién es? —quiso saber Toni—. ¿Es tu nueva butch?

—La invitaste a vivir en el apartamento encima del garaje, ¿te acuerdas? —soltó Betty.

Me hice un ovillo en el sofá y traté de desaparecer. Pasado un rato, vino Betty y me tiró una manta.

—Si puedo dormir aquí esta noche, me marcho mañana —le dije.

—No pasa nada —dijo cansada—. No te preocupes, está todo bien.

Me aferré a esa pequeña certeza.

Tumbada en la oscuridad me di cuenta de que estaba sola, nada de colegio y nada de padres, a menos que viniesen a por mí. Me morí de vergüenza al recordar lo que había pasado en el campo de fútbol Tenía miedo de vomitar porque no sabía dónde estaba el baño. Ojalá fuese el sofá de Al y Jacqueline. Quería despertarme en su casa.

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Le contaría a Jacqueline lo que había pasado en el campo de fútbol. ¿Lo haría? Me di cuenta de que quizá no le habría dicho a Jackie o a Al lo que me habían hecho esos chicos. Me sentía demasiado avergonzada.

Hice un juramento conmigo misma antes de dormirme. Me prometí que nunca iba a volver a ponerme un vestido y que nunca volvería a dejar que nadie me violase, no importaba lo que tuviese que hacer.

Al final solo pude mantener una de las dos promesas.

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—¡Ey, cielo! ¿Cómo estás? —me preguntó Meg mientras limpiaba la barra. Las caras conocidas se suavizaron al darme la bienvenida. Me había convertido en una habitual del Abba.

—Hola, Meg. Ponme una birra, ¿quieres?

—Claro, cariño, enseguida.

Me senté al lado de Edwina.

—Ey, Ed, ¿te puedo invitar a una cerveza?

—Claro —se rio—. ¿Por qué iba a decir que no a eso?

Era viernes por la noche. Tenía dinero en el bolsillo y me sentía bien.

—Eh, ¿y conmigo qué pasa? —rio Butch Jan.

—Y una cerveza para mis mayores, Meg.

—Eh, cuidado con esa mierda de «mis mayores» —protestó Jan.

Sentí una mano en el hombro. A juzgar por la longitud de las uñas pintadas de rojo, debía de ser Peaches.

—Hola, cielo. —Me besó con dulzura en la oreja. Suspiré de gusto.

—Y algo para Peaches —le pedí a Meg.

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—Sí que estás de buen humor esta noche, cielo —dijo Peaches—.

¿Has tenido suerte con alguna chica o algo así?

Me sonrojé. Había dado donde dolía.

—Es solo que me siento de puta madre. Tengo un trabajo, una moto y amigas.

Ed silbó:

—¿Te has comprado una moto?

—Sí —grité—. ¡Sí, sí, sí! Toni me ha vendido su vieja Norton.

Fuimos al aparcamiento del supermercado el domingo, estuve practicando con ella hasta que se enfadó y se fue a casa sin mí.

Ed sonrió.

—Guau. Una moto grande. —Me chocó la mano.

—Dios, Ed, ¿sabes lo que hice ayer después de ir al centro a registrarla? Quiero decir, cuando me di cuenta de que realmente era mía. Me subí a esa moto y conduje trescientos kilómetros de ida y trescientos de vuelta.

Todo el mundo aulló. Asentí:

—Algo pasó. Me sentí libre, por fin. Estoy emocionada. Adoro esa moto. O sea: realmente la adoro. Adoro tanto esa puta moto que ni siquiera puedo explicarlo.

Todas las butches que tenían moto asintieron. Jan y Edwin me dieron una palmada en el hombro.

—Las cosas te están yendo mejor. Me alegro por ti —dijo Jan—.

Meg, otra ronda para esta aprendiz de Marlon Brando.

¡El anillo debía de estar haciendo efecto!

—¿Están ya Los Vengadores? —pregunté.

Meg negó con la cabeza.

—En quince minutos. Dios, me muero por ver lo que llevará puesto Diana Rigg esta vez.

Suspiré.

—Espero que sea ese mono ajustado de cuero de nuevo. Creo que me estoy enamorando de ella.

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Meg se echó a reír.

—Ponte a la cola.

El bar se estaba empezando a llenar. Un hombre joven a quien no habíamos visto nunca por allí pidió un gintonic. Meg acababa de ponerle un vaso delante cuando un tío más mayor llegó y sacó la placa. Unos policías uniformados entraron como una avalancha detrás de él. El chico joven era una trampa.

—Acabas de servirle alcohol a un menor. Venga, señoras, señores, dejen sus bebidas en la barra y saquen sus identificaciones, esto es una redada.

Jan y Edwin me agarraron de la camisa y me arrastraron hacia la puerta trasera.

—¡Fuera de aquí, ya, lárgate! —gritaban mientras me subía con torpeza a la moto. Un par de maderos rodearon el aparcamiento.

Sentía las piernas de gelatina. No podía arrancar.

—¡Vete de una puta vez! —me chillaron.

Los dos policías uniformados se aproximaron a mí. Uno de ellos cogió la pistola.

—Bájate de la moto —ordenó.

—Vamos, vamos, vamos —canturreé por lo bajo.

Con una buena patada la moto rugió y cobró vida. Solté el embrague y derrapé accidentalmente al salir del aparcamiento. En cuanto llegué a casa de Toni y Betty aporreé la puerta de la cocina. Betty se alarmó.

—¿Qué pasa?

—El bar, todas, están detenidas.

—Cálmate. —Toni me puso la mano en el hombro—. Cálmate y cuéntanos lo que ha pasado.

Les describí la redada balbuceando.

—¿Cómo podemos saber lo que les ha ocurrido? —les pregunté.

—Nos enteraremos pronto, en cuanto suene el teléfono —dijo Betty.

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Sonó el teléfono. Betty lo cogió y escuchó en silencio un buen rato.

—No han detenido a nadie excepto a Meg —nos dijo—. Han pegado a Butch Jan y a Ed.

—¿Están heridas?

Se encogió de hombros. Me sentía culpable.

—Creo que lo han pagado con ellas porque me han ayudado a escapar.

Betty se apoyó en la mesa de la cocina y metió la cabeza entre las manos. Toni abrió el frigorífico.

—¿Quieres una birra, peque?

—No, gracias —le contesté.

—Como quieras.

El miedo no me dejó en paz hasta que me dormí aquella noche.

Pero el auténtico terror apareció cuando me desperté en mitad de la madrugada. Me incorporé de golpe, empapada en sudor, recordando la redada en el Tifka. Había crecido cinco o seis centímetros desde entonces. La próxima vez que la policía me pusiera las manos encima la edad no iba a salvarme. Me hervía el miedo en la garganta. Me iba a pasar también a mí. Lo sabía. Pero no podía cambiar lo que era. Sentía que estaba conduciendo hacia un acantilado, veía lo que iba a pasar pero no podía frenar.

Deseé que Al estuviera allí. Deseaba que Jacqueline me arropara en el sofá, me besara la frente y me dijera que todo iba a salir bien.

Un par de años antes el propietario del Abba estaba tan hasta arriba de deudas que tenía que traer la cerveza caja a caja con sus propias manos: la mafia le había paralizado los repartos hasta que pagara. Así que hizo correr la voz de que ahora era un bar gay.

Enseguida se hizo de oro con nosotros. Éramos un mercado lucra-90

tivo y cautivo. Normalmente los garitos nos abrían sus puertas de uno en uno. Todos los propietarios querían participar en el negocio durante un tiempo. Pero el del Abba se volvió codicioso, así que la mafia le paró los pies y le cerró el local.

El nuevo bar estaba cerca del Tenderloin, en el centro de Búfalo.

Se llamaba Malibou: un club de jazz que nos daba la bienvenida cuando acababa el concierto de la una de la mañana. La mafia controlaba también el Malibou, pero lo regentaba una lesbiana.

Supongo que pensábamos que eso marcaba la diferencia. Se llamaba Gert. Quería que la llamásemos tía Gertie, pero eso nos hacía sentir como una tropa de girl scouts, así que la llamábamos Cookie18.

El nuevo club tenía una pista de baile más grande, pero solo había una salida. No obstante, tenía una mesa de billar, y Edwin y yo nos pasábamos horas jugando, hasta que salía el sol.

Ed esperaba a su novia, Darlene, hasta el amanecer. Darlene bailaba cerca de allí, en un bar en Chippewa Street. Bajando la calle del Malibou había un hotel donde muchas de las chicas y chicos que hacían la calle se llevaban a los clientes. Al amanecer todas acababan sus turnos y llenaban el Malibou, que no parecía cerrar nunca, o se iban a desayunar a un restaurante cerca de la estación de autobuses.

Empecé a notar que Ed no venía todos los fines de semana. ¿Qué más había en la vida aparte de la fábrica y los bares?

—Ey, Ed —le pregunté una noche—. ¿Dónde estuviste el fin de semana pasado?

Levantó la mirada del tiro de billar que estaba preparando.

—En otro bar.

Su respuesta me sorprendió. Para la gente como nosotras solo había un bar abierto cada vez, hasta donde yo sabía.

—¿En serio? —inquirí—. ¿Dónde?

18. En inglés, «galleta». Hace referencia a las cajas de galletas que venden las girl scouts en Estados Unidos para financiarse y para donar el dinero a causas benéficas.

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—En el East Side —dijo, pintando el taco con la tiza azul.

—¿Te refieres a un garito de negratas?

—Negros —corrigió mientras le daba a una de las bolas y la metía en la tronera—. Un garito de negros.

Absorbí toda aquella información mientras Ed preparaba el siguiente tiro.

—Mierda —dijo al fallar.

—¿Es distinto a este bar? —pregunté mientras escudriñaba la mesa.

—Sí y no —Ed no estaba por la labor esa noche.

Me encogí de hombros y apunté a la esquina más lejana. Fallé el tiro. Ed sonrió y me dio una palmada en el hombro. Yo tenía muchas preguntas, pero no sabía cómo hacerlas.

Edwin metió la bola negra por error.

—Mierda —siseó—. Mierda. —Me miró de arriba abajo—. ¿Qué?

—espetó. Yo me encogí de hombros—. Mira —dijo—, trabajo durante todo el día con estas viejas camioneras en la fábrica. Me gusta venir aquí y pasar un rato con vosotras. Pero también me gusta estar con mi gente, ¿entiendes? Además, Darlene y yo no duraríamos juntas ni un mes si saliera por el East Side.

Negué con la cabeza. No entendía nada.

—A Darlene no le preocupa que venga aquí. Pero si pasara tanto tiempo en mis garitos, bueno, digamos que habría demasiadas tentaciones.

—¿Tienes hambre? —le pregunté.

—Nah, colega, es solo que soy un ser humano —contestó a la defensiva.

Me eché a reír.

—No, que si quieres ir a desayunar.

Me dio una palmada en el hombro.

—¡Vamos!

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Nos encontramos a Darlene y a las demás en el restaurante.

Estaban nerviosas, algo de una pelea con un cliente en la que se habían metido todas.

—Ey, Ed —le pregunté mientras tomábamos café y Darlene representaba su papel durante la riña—, ¿tú crees que podría ir contigo alguna vez? O sea, no sé si está bien preguntarte esto o no.

—¿Por qué?—parecía desconcertada—. ¿Por qué quieres venir a mi garito?

—No sé, Ed. Somos colegas, ¿sabes?

Levantó los hombros.

—¿Y qué?

—Pues que hoy me he dado cuenta de que no te conozco mucho, nada más. Me gustaría verte en tu propio terreno.

Darlene le tiró de la manga a Ed.

—Cielo, deberías haberlo visto. Le hemos dado tal paliza que nos va a dejar en paz hasta el día del Juicio Final. ¡Nos suplicaba misericordia!

—Tengo que pensármelo. No lo sé —contestó Ed.

—Me parece bien. Solo preguntaba.

Ed dejó de venir al Malibou poco después. Le pregunté a Grant qué pasaba, pero lo único que dijo fue que Ed estaba cabreada desde el asesinato de Malcolm X en Nueva York. Quería llamar a Ed y hablar con ella, pero Meg me dijo que no lo hiciera. Me contó que las butches de la fábrica de coches decían que Ed estaba furiosa y que era mejor dejarla en paz. No me parecía bien, pero el consejo venía de las marimachos veteranas, así que hice caso.

Era ya primavera cuando me encontré con Ed en una cafetería.

Estaba tan contenta de verla que extendí los brazos para darle un abrazo. Me miró con cautela, como si me viera por primera vez.

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Temí que no le gustara lo que veía. Un momento después abrió los brazos. Abrazarla era como volver a casa.

Ed volvió a pasarse por el Malibou. Una noche, sin venir a cuento, dijo:

—He estado pensando en ello.

Fue gracioso, porque sabía exactamente a lo que se refería: acom-pañarla al club.

—No sabía cómo me iba a sentir llevándote allí, ¿sabes? Pero el próximo sábado es la fiesta de cumpleaños de dos mujeres. Una de ellas es blanca. No sé, he pensado que querrías venir.

Sí que quería. Decidimos ir en el coche de Ed.

El sábado por la noche Ed me recogió tarde. Condujo en silencio.

—¿Estás nerviosa? —me preguntó. Asentí. Ella resopló y negó con la cabeza—. Quizá esto haya sido un error.

—No —dije—. No es lo que crees. Siempre me asusta ir a un bar nuevo, a cualquier bar. ¿Alguna vez te ha pasado?

—No —contestó Edwin—. Bueno, sí, puede. No lo sé.

—¿Estás nerviosa, Ed? Por ir al club con una butch blanca, quiero decir.

—Sí, puede que un poco —dijo mientras miraba por el retrovisor. Ed paró en un semáforo y me ofreció un cigarrillo—. Pero me caes bien, ¿sabes?

Miré por la ventanilla y sonreí.

—Tú también me caes bien, Ed. Mucho.

Me di cuenta de que me había codeado marginalmente con la comunidad negra en el instituto, pero nunca había estado en el corazón del East Side.

—Búfalo son dos ciudades —dije—. Apuesto a que mucha gente blanca nunca ha estado en esta.

Ed se rio con amargura y asintió.

—La segregación está viva y coleando en Búfalo. Es ahí —añadió, señalando un edificio.

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—¿Dónde?

—Ya lo verás.

Dejó el coche en una calle lateral cercana. Caminamos hasta la puerta. Ed llamó con ímpetu. Un ojo se dejó ver por la mirilla. Al abrirse la puerta nos llegó una oleada de música a todo volumen.

El garito estaba hasta los topes. Un montón de butches vinieron inmediatamente a saludar a Ed y le estrechaban la mano o le apre-taban los hombros. Ella hizo un gesto en mi dirección y les gritó algo al oído, pero la música estaba demasiado alta como para que la entendiera. Unas mujeres nos llamaron a su mesa y todas me chocaron la mano al sentarme. Ed nos pidió una cerveza y se sentó a mi lado.

—Daisy ya te ha echado el ojo —me gritó Ed—. La mujer que está sentada justo enfrente, al otro lado de la pista, vestido azul. Te está fichando.

Sonreí a Daisy. Ella bajó la mirada para después sostenérmela con atrevimiento. Tras unos minutos, le susurró algo al oído a su amiga y se levantó. Llevaba unos zapatos de tacón azules de punta a juego con el vestido. Vino hasta nuestra mesa con paso firme.

—Que Dios se apiade de tu alma, chica —me gritó Ed mientras me levantaba para recibir a Daisy. Ella extendió la mano y tiró de mí hacia la pista de baile.

Edwin me cogió de la otra mano y tiró hacia abajo, hasta tenerme cerca de su cara.

—¿Todavía estás nerviosa? —gritó.

—Ya me voy adaptando —respondí a voces por encima del hombro.

—No puedo creerme lo que ha pasado aquí hoy —me dijo Ed horas después, al irnos del bar—. «Ya me voy adaptando» —me imitó, riéndose y dándome un puñetazo en el hombro—. Chica, 95

tienes suerte de que la ex de Daisy no estuviera aquí. Te hubiera pateado ese puto culo blanco.

La interrumpió una mano que se posó en su hombro y la obligó a girarse. A mí me empujaron con fuerza desde atrás. Cuando me di la vuelta vi por el rabillo del ojo un coche de policía con las puertas abiertas. Dos maderos nos empujaban con las porras.

—Contra la pared, chicas.

Nos dieron empellones hasta un callejón. Ed me puso la mano en el hombro para darme confianza.

—Deja las manos quietas, camionera —gritó uno de los policías, empujándola con fuerza contra la pared.

Incluso inmovilizada contra el muro de ladrillo podía sentir el consuelo de su mano en el hombro que me había tocado brevemente.

—Abrid las piernas, nenas. Más.

Uno de los maderos me cogió del pelo y tiró mientras me abría las piernas de una patada. Me sacó la cartera del bolsillo trasero de los pantalones y la abrió.

Miré a Ed. El policía la estaba cacheando, recorriéndole los muslos con las manos. Le sacó la cartera del bolsillo, cogió el dinero que había y se lo guardó.

—Mira para delante —el policía que tenía detrás tenía la boca muy cerca de mi oreja.

El otro empezó a gritarle a Ed:

—Te crees que eres un tío, ¿eh? ¿Crees que puedes aguantar lo que un tío? Vamos a verlo. ¿Qué es esto? —le subió la camisa y tiró del binder hasta dejárselo colgando de la cintura. Le cogió los pechos con tanta fuerza que ella soltó un gemido de dolor.

—Déjala en paz —grité.

—Cállate, puta enferma —me gritó el poli que me sujetaba desde atrás, golpeándome la cara contra la pared. Vi un caleidoscopio de colores.

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Ed y yo nos giramos y nuestras miradas se cruzaron durante un segundo. Curiosamente, pareció que el momento que habíamos tenido para decidir había sido mucho más largo. Hay veces, decían las bolleras mayores, en que es mejor aguantar la paliza y rezar para que los maderos te dejen tirada en el suelo cuando acaben contigo.

Otras veces tu vida está en peligro, o tu cordura, y merece la pena intentar defenderte. Es una decisión difícil. En lo que dura un pes-tañeo, Ed y yo decidimos pelear. Cada una pegó y pateó al policía que tenía más cerca. Por un momento las cosas parecían estar de nuestra parte. Le pegué patadas en las espinillas al madero que tenía delante una y otra vez. Ed le dio al otro en la ingle y le golpeó en la cabeza con ambos puños.

Cuando uno de ellos arremetió contra mí, la punta de la porra se me clavó directamente en la boca del estómago. Me caí contra la pared, incapaz de respirar. Después oí un repugnante golpe seco cuando otra porra chocó contra el cráneo de Ed. Vomité. Los maderos nos pegaron hasta el punto de preguntarme, en medio de aquel dolor, cómo no se cansaban del esfuerzo. Entonces se oyeron unos gritos que venían de cerca.

—Vámonos —le dijo un policía al otro.

Ed y yo estábamos en el suelo. Vi cómo la bota del policía que estaba sobre mí retrocedía.

—Puta traidora —me escupió, al tiempo que su bota me rompía una costilla, como para remarcar sus palabras.

Lo siguiente que recuerdo es la luz brillando en el cielo sobre el callejón. Sentía el pavimento frío y duro contra la mejilla. Ed estaba tirada cerca de mí, con la cara vuelta hacia el otro lado. Estiré los dedos para tocarla, pero no llegué. Mi mano reposaba en el charco de sangre que había alrededor de su cabeza.

—Ed —susurré—. Ed, por favor, despierta. Dios, por favor, no te mueras.

—¿Qué? —gimió.

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—Tenemos que pirarnos de aquí, Ed.

—Vale —dijo—. Arranca el coche.

—No me hagas reír —contesté—. Apenas puedo respirar. — Me desmayé de nuevo.

Más tarde, Darlene nos contó que nos había encontrado una familia que iba camino de la iglesia. Pidieron ayuda y nos llevaron a su casa, que estaba cerca. No nos llevaron al hospital porque no sabían si teníamos problemas con la ley. Cuando Edwin volvió en sí les dio el número de Darlene. Ella y sus amigas vinieron a bus-carnos. Darlene nos cuidó en su apartamento toda una semana antes de que Ed o yo fuésemos capaces de decir algo coherente.

—¿Dónde está Ed, está bien? —Es lo primero que recuerdo preguntarle a Darlene.

—Eso ha sido lo primero que me ha preguntado ella, que si tú estabas bien —contestó Darlene—. Viva. Estáis las dos vivas, putas gilipollas.

Ninguna de las dos fuimos a urgencias a que nos viera un médico, teníamos miedo de que llamaran a la policía para comprobar si teníamos algo pendiente. Cuando Ed y yo pudimos incorporarnos, e incluso andar un poco, empezamos a pasar la convalecencia juntas en el salón durante el día, mientras Darlene dormía. El sofá se abría como una cama.

Ed me dio El voto o la bala, de Malcolm X. Me animó a leer a W. E. B. Du Bois y a James Baldwin. Pero ambas teníamos tal dolor de cabeza que apenas podíamos leer el periódico. Nos pasábamos el día echadas la una al lado de la otra y viendo la televisión: Get Smart, The Beverly Hillbillies, Green Acres. Nos curamos pese a ello.

A Ed le dieron la baja durante su ausencia. Yo perdí mi trabajo en la imprenta.

Cuando por fin aparecimos por el Malibou, un mes después, alguien desenchufó la jukebox y todo el mundo corrió a abrazar-nos.

—¡No, quietas, despacio! —gritamos, retrocediendo hacia la puerta.

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—¿Notáis el parecido? —pregunté, acercando la cara a la de Ed.

Teníamos heridas hermanas en las cejas.

Solo podía hablar por mí, pero había perdido toda la confianza en mí misma después de aquella paliza. El dolor en el tórax me recordaba con cada respiración lo vulnerable que era realmente.

Me apoyé en una de las mesas del fondo y contemplé a mis amigas bailando unas con otras. Era agradable volver a casa. Peaches se sentó a mi lado, me pasó el brazo por encima de los hombros y me dio un beso largo y dulce en la mejilla.

Cookie me ofreció trabajar los fines de semana de segurata. Me sujeté las costillas e hice una mueca de dolor. Me dijo que podía servir mesas hasta que me curara, si quería. Necesitaba el dinero, eso seguro.

Observé a Justine, una drag despampanante, ir de mesa en mesa con una lata vacía de café Maxwell House, recaudando dinero.

Vino hasta la mesa donde estábamos sentadas Peaches y yo y empezó a contar los billetes.

—Tú no tienes que aportar nada, cariño.

—¿Para qué es? —pregunté.

—Para tu traje nuevo —me contestó, y siguió contando billetes.

—¿Para el traje nuevo de quién?

—Tu nuevo traje, bombón. No querrás ser el maestro de ceremonias de la Monte Carlo Night Drag Show Extravaganza con ese traje viejo y hortera, ¿no? —Me quedé atónita.

—Te vamos a llevar de compras, a por un traje nuevo —explicó Peaches—. Vas a ser el maestro de ceremonias del espectáculo drag del mes que viene.

—¡Eso es lo que acabo de decir! —Justine sonaba irritada.

—Yo no sé hacer de maestro de ceremonias.

—No te preocupes, cariño —rio Justine—, la protagonista no eres tú.

Peaches sacudió el pelo.

—¡Somos nosotras!

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—Pero vas a estar divina —añadió Justine, agitando el fajo de billetes.

Había escuchado auténticas historias de terror sobre butches que intentaban comprarse un traje con sus femmes en la tienda de ropa Kleinhan. Pero esta vez fueron los dependientes de Kleinhan los que pasaron un mal rato cuando aquellas tres reinas, vestidas de drag de arriba abajo, se empeñaron en ayudarme a escogerlo.

—No —Justine negó con la cabeza, rotunda—. Es un maestro de ceremonias, no un puto enterrador.

—Tonos terrosos. —Georgetta me agarró la cabeza con las manos—. Por su color.

—No, no, no —dijo Peaches—. Tiene que ser este. —Sostenía un traje de gabardina azul oscuro.

—Sí —suspiró Justine cuando me vio salir del cambiador—. ¡Sí!

—Ay, cariño, se me acaban de caer las bragas —exclamó Georgetta

—Sí, sí, sí, sí —dijo Peaches jugueteando con las solapas.

—Nos lo llevamos —le dijo Georgetta al vendedor, que estaba claramente incómodo—. Hazle el arreglo. ¡Y que quede bien!

El vendedor cogió el metro que llevaba alrededor del cuello y procuró tomar las medidas de los pantalones y la chaqueta sin tocarme. Por fin se incorporó.

—Podéis recogerlo en una semana —anunció.

—O podemos recogerlo hoy —declaró Georgetta—. Daremos una vuelta por la tienda y nos probaremos ropa hasta que esté listo.

—No —espetó el dependiente—. Volved en dos horas. Pero ahora idos. Ahora idos.

—Volvemos en una hora, querido —dijo Justine mientras salía.

—¡Hasta ahora! —Georgetta le tiró un beso.

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—Vamos. —Peaches me hizo un gesto para que la siguiera—.

Ahora es nuestro turno. —Me condujeron a la tienda contigua.

Íbamos a la sección de lencería.

Negué con la cabeza.

—Tengo que ir al baño. Dios, ojalá pudiera aguantarme, pero no puedo.

Justine me acarició la mejilla.

—Lo siento, cielo.

Peaches se irguió en toda su altura.

—Vamos. Vamos todas con ella.

—No —alcé ambas manos—. Me da miedo que nos detengan a todas. —Me dolía la vejiga. Deseé no haber esperado tanto. Cogí aire y empujé la puerta del baño de mujeres.

Dos chicas estaban retocándose el maquillaje frente al espejo. Se miraron y acabaron de pintarse los labios.

—¿Es un hombre o una mujer? —le preguntó a su amiga al pasar a mi lado.

La otra mujer se giró hacia mí.

—Este es el baño de señoras —me informó.

—Lo sé —dije.

Al entrar, cerré con pestillo la puerta del retrete. Sus carcajadas me llegaron al tuétano.

—No podemos saber si es un hombre o no —le dijo una a la otra—. Deberíamos llamar a seguridad para comprobarlo.

Tiré de la cadena, peleándome con la cremallera, asustada. Quizá fuera una amenaza vaga. Quizá llamaran a seguridad de verdad. Me di prisa y salí del baño en cuanto oí que las mujeres se iban.

—¿Estás bien, cariño? —preguntó Justine.

Asentí. Ella sonrió.

—Has hecho que esas niñas envejezcan diez años.

Me obligué a sonreír.

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—Nah. Nunca se habrían mofado así de un tío. Tenía miedo de que llamaran a la poli. Son ellas las que me han hecho envejecer diez años a mí.

—Venga. —Peaches tiró con impaciencia de mi manga—. Es el turno de las high femme19. —Me arrastró hasta la sección de lencería.

—¿Qué te parece? —Georgetta sostenía un camisón rojo de seda.

—Negro —le dije—. Ese negro de encaje.

—Señor, qué buen gusto tiene este chico —contestó.

—Es gracioso ver cómo te pruebas ese traje, todo emocionada

—dijo Peaches suspirando—. Recuerdo que mi padre me obligó a comprarme un traje para el servicio dominical. Cuando me imaginaba poniéndome elegante, cariño, no era un traje lo que veía.

Eso te lo aseguro. Soñaba con algo, ya sabes, de buen gusto, con tirantitos finos. Con escote. —Recorrió el corpiño con un dedo—.

Me sentía como una bailarina en un traje de tres piezas.

Georgetta bufó.

—Más como una bruja.

Peaches movió la cabeza y me alejó de allí.

Volvimos a Kleinhan una hora más tarde. El traje estaba listo.

—Nos sobra dinero para comprarte una camisa y una corbata

—anunció Georgetta.

Justine sostenía una camisa de vestir de color azul pálido. Era mucho más bonita que cualquiera de las camisas que tuvo mi padre nunca. Los botones eran azul cielo con remolinos blancos como nubes. Peaches y Georgetta se decidieron por una corbata de seda color burdeos.

Los vendedores tenían la cabeza hundida entre las manos, como si les doliera. Mejor a ellos que a nosotras.

19. Femme que, por la razón que sea, no desea penetrar a la otra persona durante un encuentro sexual.

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—No sé cómo puedo agradecéroslo —les dije.

—Puedes, cielo. Más te vale proclamarme ganadora del concurso.

—Sabe que yo soy la más hermosa de todas.

—Anda, chica, no me hagas reír.

—Esperad —protesté levantando las manos—. No me habíais dicho que iba a ser juez.

—Bueno, cariño —dijo Justine, sonriendo—, falta un mes para eso. No dejes que la preocupación ocupe tu linda cabecita.

El mes pasó rápido. Intenté evitar los rifirrafes entre participan-tes sobre cómo debía organizarse el espectáculo. La noche del concurso llegué al Malibou algo tarde. Me quité el casco, me senté en la Norton, en el aparcamiento trasero, y me fumé un cigarro.

—Cariño, ¿dónde estabas? —me preguntó Peaches mientras se tambaleaba sobre la gravilla encima de unos tacones altísimos.

—Ya voy —grité, apagando el cigarro—. Entro enseguida.

Todo el mundo me miró cuando entré por la puerta.

—Estás para comerte —dijo Peaches, alisándome las solapas.

Georgetta juntó las manos sobre el pecho.

—Creo que me estoy enamorando.

—Ya, eso dice después de cada mamada —rezongó Justine.

Cookie repasó el programa conmigo. Yo me mordía el pulgar mientras ella hablaba. Me había pasado la vida queriendo ser invisible. ¿Cómo iba a subirme a un escenario, con un foco apuntándo-me? El club estaba en tinieblas cuando subí a la pasarela. Cuando las luces me dieron de lleno apenas podía ver a la muchedumbre.

—¡Canta algo! —gritó una de las butches.

—¿Te parece que soy la jodida Beth Parks, o qué? —respondí—.

Vale —empecé a cantar—. Here she comes, Miscellaneous…

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—¡Buuuuuuh!

—Escuchad —pedí—, esto es serio.

—Qué va a ser serio, si es un drag show —gritó alguien.

—Sí —dije—, es serio—. Me di cuenta entonces de lo que quería decir—. Ya sabéis que durante toda nuestra vida nos han dicho que lo que somos está mal. —Oí murmullos.

—¡Es cierto!

—Bueno, pues este es nuestro hogar. Nuestra familia.

Los aplausos se extendieron entre el público.

—¡Es la puta verdad! —gritó una de las drag detrás de mí.

—Así que esta noche vamos a celebrar lo que somos. No solo está bien: es bello. Y quiero que todos les mostremos a nuestras preciosas hermanas aquí presentes cuánto las queremos y las res-petamos.

La muchedumbre rugió en señal de aprobación. Justine y Peaches salieron y me besaron, y luego volvieron corriendo dentro, a esperar su turno entre bambalinas.

Ojeé las tarjetas que me había dado Cookie.

—Por favor, den la bienvenida a Diana Ross, con Stop in the Name of Love.

Empezó a oírse la música y yo me aparté. El vestido de Peaches brilló al ser iluminado por el foco. Era una persona de una belleza impresionante.

Stop in the name of love, me cogió de la corbata mientras cantaba, before you break my heart 20. Puso los labios cerca de los míos. Jadeé, sobrecogida por el poderío de su actuación.

Atronaron los aplausos.

—¡Que alguien le dé una toalla! —gritaron desde el público al ver que me limpiaba la frente con el dorso de la mano.

—Por favor, den la bienvenida a Barbara Lewis, que cantará Hello Stranger.

20. «Detente en nombre del amor, antes de que me rompas el corazón».

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Justine caminó hacia mí lentamente, segura y firme sobre sus tacones de aguja, siguiendo el ritmo creciente de la música. Hello, stranger; me pasó un brazo por encima del hombro, it seems like a mighty long time 21. Podía acostumbrarme a aquello.

El siguiente concursante era el novio de Georgetta, Booker.

Nunca antes había visto a Booker hacer drag. Incluso con un vestido, le veía como un hombre. Booker también cantó Stop in the Name of Love. Georgetta se asomó desde el escenario para verle.

—Nunca sabes lo que puede ocurrir —me susurró—. Crees que te has casado con un hombretón y luego descubres que tienes una hermana que te roba el pintalabios y que no te lo devuelve.

Me eché a reír.

—¡Por el amor de Dios! —dijo—. Esa chica tiene problemas.

El tirante del vestido de Booker se caía cada vez que alzaba el brazo cuando cantaba el Stop! Podría haber sido muy sexy, pero estaba tan nervioso que intentaba recolocárselo.

—Ayúdala —me pidió Georgetta.

Le pasé el micrófono a Georgetta y caminé por el escenario hasta donde estaba Booker. Me arrodillé delante de él y fingí que me estaba cantando a mí. Luego me puse tras él y le bajé el tirante de forma seductora. «Déjatelo así», le susurré mientras le besaba el hombro. Booker me empujó dramáticamente, entonando before you break my heart. El público jaleó, satisfecho. Todo el mundo estaba disfrutando de la actuación.

Nadie vio la luz roja.

La música se cortó y la gente protestó. Los policías inundaron el bar. Me puse la mano de visera para protegerme los ojos de los focos, pero aun así no podía ver lo que pasaba. Oí gritos y mesas y sillas volcándose. Recordé que el bar solo tenía una salida: esta vez no tenía escapatoria. Con dieciséis años, todavía era menor.

21. «Hola, extraño. Parece que ha pasado mucho tiempo».

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Me quité lentamente la chaqueta de mi nuevo traje azul, la doblé con cuidado y la puse sobre el piano, al fondo del escenario. Por un momento valoré quitarme también la corbata, pensé que quizá las cosas me resultarían más fáciles si lo hacía. Pero en realidad daba igual, no iba a ser fácil de ninguna manera. De hecho la corbata me infundía valor para enfrentarme a lo que fuera que me estuviera esperando. Un poli me cogió y me esposó las manos a la espalda con firmeza. Otro abofeteó a Booker, que sollozaba.

Seguir: parte 2 de 3