Stone Butch Blues

Leslie Feinberg · Capítulo 1 de 6 · parte 1/3

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Stone Butch Blues

Cece Mcdonald

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

La valentía y la capacidad de organización de CeCe McDonald han inspirado un frente internacional que se ha unido para luchar contra la violencia dirigida hacia las mujeres y los jóvenes oprimidos, especialmente la guerra contra las mujeres (trans) de color, el camino que lleva directamente de la escuela a la prisión, el encarcelamiento racista masivo, el supremacismo blanco y la transmi-soginia. También por los derechos de los sexos oprimidos, de las diferentes sexualidades y expresiones de género y por el derecho de los oprimidos a la autodefensa.

Los extractos siguientes y el resto de la información se pueden encontrar en: supportcece.wordpress.com.

«Sobre las 12.30 AM del 5 de junio de 2011, CeCe se dirigía a la tienda de comestibles acompañada de varios amigos, todos ellos jóvenes, afroamericanos y LGTBQI o aliados. Al pasar junto a un bar, el Schooner Tavern, un grupo de gente blanca mayor, que estaba parada junto a la puerta lateral del bar comenzó a lanzarles insultos racistas y tránsfobos sin que mediara provocación. [...] Cuando CeCe se aproximó al grupo y les dijo que sus amigos y ella no iban a tolerar expresiones de odio, una de las mujeres [...] le reventó un vaso de cristal en la cara a CeCe [...]. Comenzó una pelea durante la cual fue fatalmente acuchillado uno de los atacantes, Dean Schmitz.

CeCe fue la única persona arrestada esa noche [...]».

CeCe McDonald escribió desde la cárcel lo siguiente el 16 de noviembre de 2012:

3

Día de la Memoria Trans: una propuesta.

Necesitamos que nuestra misión sea promover la justicia racial, social y económica de la juventud trans, su libertad para definir su identidad y expresión de género.

Que tengan voz y derechos. Que puedan caminar en libertad por este mundo, sin miedo a sentirse un ser humano de verdad y no una sombra en un rincón.

Prefiero que me hayan castigado por defenderme a mí misma que haberme convertido en otra víctima del odio.

Necesitamos no solo celebrar el Día de la Memoria Trans sino también tomar conciencia de nosotras mismas y estar preparadas para poner fin al hecho de que nuestra comunidad sea el foco de la violencia. Por supuesto, es muy importante reconocer y rendir homenaje a los caídos, pero también necesitamos poner los pies en la tierra, empezar a ser auténticas líderes y ponernos manos a la obra.

CeCe McDonald fue liberada el 14 de junio de 2014.

La foto fue tomada por Leslie Feinberg durante una visita a prisión.

4

He sido encarcelada por los que no respetaban la ley esposada por los que alentaban el odio

amordazada por los codiciosos.

Y, si algo he aprendido de ello,

es que un muro es solo un muro

y nada más que eso.

Puede ser derribado.

Assata Shakur

Creo en la vida

NOTA DE LAS TRADUCTORAS

Todas las traducciones implican una gran responsabilidad, pero en el caso de Stone Butch Blues era especialmente importante. Se trata de una obra crucial en la vida de muchos de sus lectores y queríamos reflejar con total fidelidad las decisiones sobre el uso del género, los pronombres y el lenguaje no binario que tomó Feinberg.

Esto ha tenido sus dificultades, por un lado, porque el inglés es un idioma con muchas menos marcas de género que el castellano y, por otro, porque Feinberg utiliza un neutro indirecto que a veces es dificil de trasladar a nuestro idioma (por ejemplo, palabras como kid, que significa niño o niña y que ella utiliza deliberadamente porque no tiene género en inglés, sí lo tiene en castellano). Además, los personajes van variando su identidad y expresión de género a lo largo del libro y no siempre la sociedad los ve o los quiere ver como ellos se ven a sí mismos, lo que añadía una dificultad adicional a la traducción. A todo ello se suma que el uso de los pronombres no binarios y el neutro ha cambiado mucho desde 1993, la fecha de publicación del libro, pero era importante mantener el original también por su valor histórico. Nos hemos esforzado por hacerlo lo más fiel posible, aunque eso supusiese perder literalidad o aunque algunas expresiones ya no se digan así en la actualidad.

Esperamos que os guste. Para más información sobre el uso del lenguaje y el pronombre, podéis revisar los escritos de Feinberg al final del libro.

Querida Theresa:

Estoy tumbada en la cama, echándote de menos, con los ojos hinchados y las mejillas cubiertas de lágrimas calientes. Una tormenta de verano atruena con rabia ahí fuera. Esta noche he caminado por las calles buscándote en la cara de cada mujer, igual que hago todas las noches de este exilio solitario. Me da miedo no volver a ver tus ojos juguetones y risueños.

Esta tarde he ido a tomar café con una mujer en el Greenwich Village. Nos presentó una amiga de ambas, convencida de que tendríamos mucho en común dado que a las dos nos interesa «la política». Bueno, nos hemos sentado en una cafetería y ella ha hablado de las medidas del partido demócrata y de seminarios y de fotografía y de los problemas de su cooperativa de vivienda y de que está en contra de la regulación de los alquileres. Cómo no: papá es inversor inmobiliario.

Estaba observándola mientras hablaba, pensando en lo extraña que le debía de parecer. Me miraba, pero no me veía. Al cabo de 11

un rato, por fin, ha dicho que odiaba a la sociedad por lo que nos ha hecho a las «mujeres como yo», que se desprecian tanto a sí mismas que tienen que parecerse a los hombres y actuar como ellos.

Noté que me sonrojaba y que se me crispaba el rostro, y le dije, con mucha calma y sangre fría, que las mujeres como yo han existido desde el albor de los tiempos, desde antes de que existiera la opresión, y que esas sociedades las respetaban, y ella hizo el gesto de estar muy interesada y de que era hora de irse.

Así que hemos caminado hasta una esquina donde unos policías estaban dando una paliza a un sintecho, me he parado y me he puesto a gritar a los maderos, que han comenzado a venir hacia mí con las porras en alto, y ella me ha agarrado del cinturón y ha tirado de mí hacia atrás. La he mirado y, de repente, he sentido emerger cosas que pensaba que ya había enterrado. Me he quedado ahí parada, pensando en ti, como si no viera a los policías a punto de pegarme, como si estuviera viajando a otro mundo, a un sitio al que quería volver.

Y, de repente, me ha dolido tanto el corazón que me he dado cuenta de cuánto tiempo hacía desde que había sentido algo, lo que fuese.

Necesito volver a casa contigo esta noche, Theresa. No puedo.

Así que te estoy escribiendo esta carta.

Tengo un recuerdo de hace años, del día en que empecé a trabajar en la conservera de Búfalo. Tú llevabas ya unos meses allí, y me acuerdo de cómo me atraparon tus ojos y cómo jugaron conmigo durante un rato antes de que me permitieras marchar. Se suponía que tenía que seguir al capataz para rellenar unos formularios, pero estaba demasiado ocupada imaginando de qué color sería tu pelo bajo el gorro blanco de papel y qué tacto tendría entre mis dedos, suelto y libre. Y recuerdo cómo te reíste con dulzura cuando el capataz volvió y me dijo: «¿Vienes o no?».

Todas las marimachos nos pusimos de mala hostia cuando supimos que te habían despedido porque no dejaste que el jefe te toca-12

ra los pechos. Yo todavía pasé un par de días más descargando en los muelles, pero estuve bastante apagada. No era lo mismo desde que tu luz se había ido.

La noche que fui al club del West Side no me lo podía creer. Allí estabas, apoyada en la barra, con unos vaqueros demasiado ajustados para describirlos con palabras y tu pelo, suelto y libre.

Y recuerdo esa mirada de nuevo. No solo me reconociste, te gustó lo que veías. Y esta vez estábamos en nuestro propio territorio.

Podía hacer los movimientos que tú querías que hiciera, y me alegré de haberme puesto elegante.

Nuestro territorio.

—¿Bailas conmigo?

No dijiste ni sí ni no, solo me miraste divertida, me ajustaste la corbata, me alisaste el cuello de la camisa y me cogiste de la mano.

Mi corazón era tuyo antes incluso de apretarte contra mí como lo hiciste. Tammy cantaba Stand by Your Man, y en nuestra cabeza cambiábamos todos los «él» de la canción por «ella» para que enca-jaran con nosotras. Después de que te movieras de esa manera, tenías mucho más que mi corazón: me moría por ti, y eso te gustaba. Y a mí también.

Ya me habían advertido las butches1 veteranas: si quieres mantener tu matrimonio, no vayas de bares. Pero siempre he sido butch de una sola mujer. Y, además, esa era nuestra comunidad, la única de la que formábamos parte, así que íbamos todos los fines de semana.

Había dos clases de peleas en los bares. La mayoría de fines de semana acababan en una u otra, a veces en las dos. Estaban las peleas a puños de las butches, hasta arriba de alcohol, vergüenza e inseguridad celosa. A veces las peleas eran horribles, se extendían 1. Lesbiana que interpreta una masculinidad destinada a atraer mujeres y a sentirse cómoda consigo misma. [Definición de H. M. Zubieta. Todas las notas son de las traductoras].

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como una red y atrapaban a toda la gente que había en el bar, como la noche en que Heddy perdió el ojo cuando recibió un golpe en la cabeza con un taburete.

Estaba orgullosa de no haber pegado a ninguna otra butch durante todos aquellos años. Ya sabes, las quería y entendía su dolor y su vergüenza porque era muy parecida a ellas. Amaba las líneas marcadas en sus rostros y sus manos y la curva de sus hombros cansados por el trabajo. A veces me miraba en el espejo y me preguntaba cómo sería yo cuando tuviera su edad. Ahora ya lo sé.

A su manera, ellas también me querían. Me protegían porque sabían que no era una «butch de sábado por la noche». Las butches de fin de semana se asustaban de mí porque yo era una marimacho.

¡Si hubieran sabido lo indefensa que me sentía! Pero las veteranas sabían bien el camino que me esperaba y deseaban que no tuviera que transitarlo para evitarme tanto dolor.

Cuando aparecí en el bar con ropa masculina, encogida sobre mí misma, me dijeron: «Enorgullécete de quién eres», y luego me colocaron la corbata, como hiciste tú. Era como ellas; sabían que no tenía elección. Por eso nunca me peleé con ellas. En los bares nos dábamos palmadas en las espaldas y en las fábricas nos las guardábamos unas a otras.

Y luego estaban las ocasiones en que entraban por la puerta nuestros verdaderos enemigos: grupos de marineros borrachos, matones que parecían del KKK, sociópatas y policías. Sabíamos que habían llegado porque alguien tiraba del cable de la jukebox como señal de aviso. No importa cuántas veces pasara, siempre soltábamos un «ooohh» cuando paraba la música antes de darnos cuenta de que había que ponerse manos a la obra.

Cuando aparecían aquellos fanáticos había que pelear, y lo hacíamos. Peleábamos duro: femmes2 y butches, mujeres y hombres juntos.

2. Lesbiana que interpreta una feminidad destinada a atraer mujeres y a sentirse cómoda consigo misma. Como en el caso de la masculinidad de las butches, la clave es que su feminidad está destinada a mujeres sáficas. Una butch se reapropia de algo que le 14

Si la música dejaba de sonar y eran los maderos los que estaban en la puerta, alguien volvía a enchufar la jukebox y cambiábamos de pareja de baile. Las que llevábamos trajes y corbatas nos uníamos a nuestras hermanas drag, con sus vestidos y sus tacones. Es duro recordar que por aquel entonces era ilegal que dos mujeres o dos hombres se movieran juntos al ritmo de la música. Cuando acababa la canción, las butches hacían una reverencia, nuestras parejas hacían lo propio, y volvíamos a nuestros asientos, con nuestras amantes y nuestras bebidas, a esperar nuestro destino.

Recuerdo tu mano en mi cinturón, por debajo de la chaqueta del traje. Ahí permaneció durante todo el tiempo que los maderos estuvieron en el bar. «Tranquila, cariño. Quédate conmigo, tranqui-lízate», me susurrabas al oído, como una canción de amor que se canta a los guerreros que deben elegir bien sus batallas si quieren sobrevivir.

Aprendimos pronto que los maderos siempre aparcaban la lechera delante de la puerta del bar y dejaba a los perros gruñendo dentro de ella para que no pudiéramos salir. Estábamos atrapadas.

¿Recuerdas la noche que te quedaste en casa conmigo, cuando estuve tan enferma? Fue aquella noche, ya sabes. La policía cogió a la butch más stone3 de todas, una mujer que «se ponía un chubas-quero para ducharse», como decíamos, y la humilló hasta dejarla destrozada. Nos contaron que le habían quitado lentamente la ropa delante de todas los que estaban en el bar y que se habían reído de ella cuando intentó taparse. Tiempo después se volvió loca, o eso dijeron. Tiempo después se ahorcó.

¿Qué habría hecho yo si hubiera estado allí esa noche?

ha sido vedado, la masculinidad, para construir su identidad. Una femme se reapropia de algo que le ha sido impuesto, la feminidad, para construir su identidad. [Definición de H. M. Zubieta].

3. Una stone butch es una butch que por disforia, trauma, asexualidad o cualquier otro motivo no desea tener relaciones sexuales que impliquen ser penetrada. [Definición de H. M. Zubieta].

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Recuerdo también las redadas en los bares de Canadá. Apretadas en las lecheras de la policía, las butches de fin de semana se reían nerviosas e intentaban ahuecarse el pelo y cambiarse de ropa para que las pasaran al furgón de las femmes; decían que eso sería «como morir e ir al cielo». La ley establecía que teníamos que llevar puestas al menos tres prendas de ropa femenina.

Nosotras nunca nos cambiábamos de ropa. Tampoco las drag queens. Sabíamos lo que nos esperaba, y tú también. Necesitábamos tener las mangas subidas y el pelo echado hacia atrás si queríamos vivir para contarlo. Nos esposaban las manos a la espalda. A vosotras por delante. Me aflojabas la corbata, me desabrochabas el cuello de la camisa y me acariciabas la mejilla. Veía en tu cara el dolor y el miedo que sentías por mí y te susurraba que todo saldría bien.

Ambas sabíamos que no era así.

Nunca te conté lo que nos hacían allí —las drag queens en una celda, las stone butch en otra—, pero tú lo sabías. Uno a uno, arrastraban a nuestros hermanos fuera de las celdas, a bofetadas y a golpes, y cerraban la puerta rápidamente tras ellos para evitar que nos subleváramos e intentáramos detenerlos; como si pudiéramos hacer algo así. Les esposaban las muñecas a los tobillos o les sujetaban la cara contra los barrotes. Nos obligaban a mirar. A veces nuestras miradas se encontraban con los ojos aterrorizados de la víctima, o del que iba a serlo a continuación, y les decíamos: «Estoy contigo, cielo, mírame. No pasa nada, te llevaremos a casa».

Nunca llorábamos delante de los policías. Sabíamos que éramos las siguientes.

La próxima vez que se abra la puerta de la celda será a mí a quien arrastren y esposen a los barrotes con las piernas abiertas.

¿Sobreviví? Supongo, sí. Pero solo porque sabía que podía volver a casa contigo.

Al final nos dejaban ir, una a una, el lunes por la mañana. Sin cargos. Demasiado tarde para llamar al trabajo y fingir una enfer-16

medad, sin dinero, haciendo dedo o cruzando la frontera a pie, con la ropa arrugada, sangrando, sucias, heridas, asustadas.

Sabía que estarías en casa, si conseguía llegar.

Me preparabas el baño, lleno de burbujas de olor dulce. Sacabas unos calzoncillos blancos limpios y una camiseta y me dejabas sola, para que me frotara la capa de vergüenza.

Recuerdo que siempre pasaba lo mismo. Me ponía la ropa interior y, justo cuando me enfundaba la camiseta, encontrabas una razón para entrar en el baño, ya fuera para coger algo o para guar-darlo. De un vistazo memorizabas mis heridas como un mapa: los cortes, los moratones, las quemaduras de cigarrillo.

Después, en la cama, me abrazabas con suavidad y me acariciabas todo el cuerpo; reservabas las caricias más suaves para las zonas en las que me habían hecho daño, sabías dónde estaba cada una de ellas, las internas y las externas. No te insinuabas inmediatamente, porque sabías que no estaba lo suficientemente segura para sentirme sexy. Pero poco a poco me infundías orgullo de nuevo, dejándome ver cuánto me deseabas. Sabías que te llevaría semanas ablandar de nuevo la coraza.

Últimamente he leído algunas historias escritas por mujeres enfadadas con sus amantes stone, que incluso se burlan de ellas cuando finalmente comienzan a confiar y a dejarse tocar. Y me pregunto:

¿te hacía daño cuando no te permitía tocarme? Espero que no. Si te lo hice nunca lo dejaste ver. Creo que sabías que no era de ti de quien me protegía. Tratabas esa parte de mí como una herida que necesitaba una amorosa cura. Gracias. Nadie ha vuelto a hacerlo desde entonces. Si estuvieras aquí esta noche… Bueno, es una hipótesis, ¿no?

Nunca te dije estas cosas.

Me acuerdo de cuando me detuvieron a mí sola, en territorio ajeno. Probablemente estés ya haciendo una mueca de dolor, pero necesito contártelo. Fue la noche que condujimos cincuento cin-17

cuenta kilómetros hasta un bar donde habíamos quedado con unas amigas que nunca aparecieron. Cuando la policía hizo una redada en el bar estábamos «solas», y un madero con insignias doradas en el uniforme vino directamente hacia mí y me ordenó que me levan-tara. Normal, era la única marimacho del bar aquella noche.

Me tocó por todas partes, tiró de la goma de mis bóxers y les dijo a sus hombres que me esposaran: no llevaba puestas tres prendas de mujer. Quería pelearme allí mismo y en ese mismo instante, porque sabía que la oportunidad se me iba a escapar enseguida.

Pero también sabía que le darían una paliza a todo el mundo si me resistía, así que no hice nada. Vi que te sujetaban con los brazos a la espalda y que te habían esposado. Un madero tenía la mano alrededor de tu cuello. Recuerdo tu mirada. Me duele incluso ahora.

Me esposaron las manos a la espalda con tanta fuerza que casi grité. Luego el policía se desabrochó los pantalones muy lentamente, con una sonrisa en la cara, y me ordenó que me arrodillara.

Primero pensé «¡No puedo!»; pero dije en voz alta, para él y para ti: «No voy a hacerlo». Nunca te lo conté, pero en ese momento cambió algo dentro de mí. Entendí la diferencia entre lo que no puedo hacer y lo que me niego a hacer.

Pagué el precio de aquella lección. ¿Tengo que contarte los detalles? Claro que no.

Cuando salí del calabozo la mañana siguiente estabas ahí. Habías pagado mi fianza. Sin cargos, simplemente se quedaron tu dinero.

Habías estado toda la noche en la comisaría. Solo yo sabía lo duro que era para ti soportar las miradas lascivas, las vejaciones, las amenazas. Sabía que te estremecías con cada sonido que escuchabas.

Rezaste para no oírme gritar. No lo hice.

Recuerdo que cuando salimos al aparcamiento te detuviste, apo-yaste con suavidad las manos sobre mis hombros y evitaste mirarme a los ojos. Frotaste con cuidado la sangre seca de mi camisa y dijiste: «Nunca conseguiré sacar estas manchas».

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Maldigo a cualquiera que piense que eso significa que estabas relegada a encargarte del cerco de suciedad de los cuellos de mis camisas.

Supe exactamente lo que significaba. Fue una manera extrañamente dulce de decir, o de no decir, lo que sentías. Parecida a la forma en que yo me cerraba emocionalmente cuando estaba asustada y herida y vulnerable y decía tonterías graciosas que estaban fuera de lugar.

Condujiste hasta casa con mi cabeza en tu regazo durante todo el trayecto, acariciándome la cara. Preparaste el baño. Me dejaste muda limpia. Me acostaste. Me acariciaste con cuidado. Me abrazaste con delicadeza.

Más tarde esa noche me desperté sola en la cama. Estabas bebien-do sentada a la mesa de la cocina, con la cabeza entre las manos.

Llorabas. Te cogí entre mis brazos con fuerza y te abracé, tú te resististe y me golpeaste el pecho con los puños, habrías querido hacérselo a ellos pero no estaban allí. Un instante después te acor-daste de mis moratones y gritaste aún más fuerte, sollozando: «Es mi culpa, no pude detenerlos».

Siempre he querido decirte esto. En aquel momento supe que entendías de verdad cómo me sentía, cómo era mi vida. Ahogada de rabia, indefensa, incapaz de protegerme a mí o a quienes amaba; y aun así luchando sin descanso, sin rendirme. Por aquel entonces no encontraba las palabras para decirte esto. Solo decía: «Va a salir bien, va a estar todo bien». Y ambas sonreíamos irónicamente por lo que acababa de decir, y te llevaba de nuevo a la cama y te hacía el amor lo mejor que podía, teniendo en cuenta mi estado. Sabías que no debías intentar tocarme esa noche. Solo me pasabas los dedos por el pelo y llorabas y llorabas.

¿Cuándo se separaron nuestras vidas, dulce guerrera? Pensábamos que habíamos ganado la lucha por la liberación cuando aceptamos la palabra gay. Pero salieron de la nada los académicos, los doctores y 19

los abogados diciéndonos que las reuniones tenían que regirse por el Robert’s Rules of Order 4 (¿cuándo ha muerto Dios y ha dejado a Robert al cargo?).

Nos echaron a patadas, nos hicieron sentir vergüenza de quiénes éramos. Nos llamaron cerdos chovinistas, dijeron que éramos el enemigo, que éramos tíos. Pero lo que estaban rompiendo eran corazones de mujeres. No fue difícil expulsarnos, nos fuimos sin hacer ruido.

Las fábricas cerraron. Algo que jamás habría creído posible.

Fue entonces cuando empecé a tener passing5 de hombre. Es extraño estar separada de tu propio sexo, exiliada tras una frontera que nunca será tu hogar.

Tú también fuiste desterrada, a un lugar con las de tu mismo sexo, apartada a la fuerza de las mujeres a quienes querías tanto como intentabas quererte a ti misma.

He vivido en esta solitaria orilla durante más de veinte años, preguntándome qué habría sido de ti. ¿Te desmaquillabas avergonzada los sábados por la noche? ¿Te consumía la rabia cuando las mujeres decían que si quisieran un hombre estarían con uno de verdad?

¿Estás haciendo la calle? ¿Estás sirviendo cafés o aprendiendo a escribir en WordPerfect 5.16?

¿Estás en un bar de lesbianas, buscando con el rabillo del ojo a la más butch de la sala? ¿Hablan esas mujeres de las medidas del partido demócrata y de seminarios y de cooperativas de vivienda? ¿Estás con mujeres que solo sangran una vez al mes, durante la regla?

4. Libro escrito por Henry Martin Robert en el que se establece un procedimiento para el desarrollo de asambleas y reuniones. En Estados Unidos se utiliza en todo tipo de organizaciones, desde sindicatos a grupos eclesiásticos o asociaciones de vecinos.

5. Capacidad de una persona de ser considerada miembro de un grupo o categoría de identidad diferente del que le ha sido asignado originalmente. En este caso, de un género distinto.

6. Procesador de textos que alcanzó su máxima popularidad a finales de los años ochenta y principios de los noventa.

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¿O estás casada, viviendo en cualquier otro pueblo obrero, acos-tándote con un mecánico en paro que se parece mucho más a mí que todas ellas, escuchando la respiración acompasada de tus hijos mientras duermen? ¿Le vendas las heridas emocionales igual que intentabas curar las mías?

¿Piensas alguna vez en mí en el frío de la noche?

Llevo horas escribiéndote esta carta. Me duelen las costillas de la última paliza. Ya sabes.

No podría haber sobrevivido tanto tiempo si no hubiera tenido tu amor. Todavía me duele lo mucho que te echo de menos y te necesito.

Solo tú eras capaz de quitarme la coraza. ¿Volverás algún día?

Ya ha pasado la tormenta. Veo a través de la ventana el horizonte resplandeciendo con una luz rosácea. Recuerdo las noches en las que te follaba lenta y profundamente hasta que el cielo se ponía de este mismo color.

No puedo pensar más en ti, el dolor me consume. Debo guardar tu recuerdo, como si fuera una preciada fotografía en sepia. Aún hay tantas cosas que quiero decirte, compartir contigo.

Como no puedo enviarte esta carta, la mandaré a un lugar donde mantengan a salvo los recuerdos de las mujeres. Quizá algún día, si pasas por esta enorme ciudad, te detengas a leerla. Quizá no lo hagas.

Buenas noches, mi amor.

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2

Yo no quería ser diferente. Deseaba ser todo lo que los adultos querían que fuera, porque así me darían su amor. Seguí todas las normas, intenté agradarles lo mejor que supe. Pero había algo en mí que les hacía fruncir el ceño. Nadie le puso nombre a lo que me pasaba. Eso fue lo que me hizo creer que era malo de verdad.

Reconocía la melodía del estribillo que repetían constantemente:

«¿es un niño o una niña?».

Fui otra mala carta que la vida les había repartido a mis padres.

Ya estaban amargados y desilusionados de antes. Mi padre creció decidido a no pasarse la vida encerrado en una fábrica como su viejo, mi madre no tenía ninguna intención de vivir atrapada en un matrimonio.

Cuando se conocieron, soñaron que estaban emprendiendo una aventura apasionante juntos. Al despertarse, mi padre estaba trabajando en una fábrica y mi madre se había convertido en ama de casa.

Cuando mi madre descubrió que estaba embarazada de mí le dijo a mi padre que no quería atarse a un crío. Mi padre insistió en que cuando tuviera al bebé sería feliz. La naturaleza se encargaría de ello.

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Mi madre me tuvo para demostrarle que se equivocaba.

Estaban furiosos porque la vida les había engañado. Cabreados porque su matrimonio había acabado con su última posibilidad de escapar. Luego vine yo, y era diferente. Y pasaron a estar enfadados conmigo. Podía notarlo en la forma en que contaban una y otra vez la historia de mi nacimiento.

La lluvia y el viento azotaban el desierto cuando mi madre se puso de parto. Por eso me tuvo en casa: era una tormenta demasiado violenta para hacerle frente. Mi padre estaba en el trabajo y no teníamos teléfono. Mi madre dice que lloró tanto de miedo al darse cuenta de que yo venía de camino que la abuela diné7 que vivía al otro lado del rellano llamó a la puerta para averiguar qué ocurría y, al ver que el parto era inminente, trajo consigo a otras tres mujeres para ayudar.

Las mujeres diné cantaron durante mi nacimiento. Eso me contó mi madre. Me lavaron, soplaron humo de incienso sobre mi cuerpo diminuto y me ofrecieron a mi madre.

—Poned al bebé allí —les dijo señalando un moisés que había al lado del fregadero. «Poned al bebé allí» . Aquellas palabras hicieron que las indias se estremecieran. Mi madre se dio cuenta. Escuché muchas veces esta historia durante mi infancia, como si el hielo que había en esas palabras pudiera deshacerse al repetirlas de forma irónica.

Días después de que yo naciera, la abuela llamó a nuestra puerta de nuevo, esta vez alarmada por mis gritos. Me encontró en el moisés, sucia. Mi madre admitió que le daba miedo tocarme, excepto para cambiarme el pañal o acercarme el biberón a la boca. Al día siguiente la anciana envió a su hija, que aceptó cuidar de mí por las mañanas, mientras sus hijos estaban en la escuela, si a mi madre le parecía bien. Le parecía bien y mal al mismo tiempo. Fue un alivio 7. Pueblo originario de los actuales estados de Arizona, Nuevo México, Utah y Colorado.

Los conquistadores españoles los llamaron «navajos».

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para mi madre, seguro, aunque también una acusación. Pero dejó que me fuera con ellas.

Y así crecí entre dos mundos, inmersa en la música de dos lenguas. Uno de los mundos estaba hecho de cereales para el desayuno y Milton Berle8. El otro de pan frito y salvia. Uno era frío, pero era el mío; el otro era cálido, pero no me pertenecía.

Mis padres dejaron de permitirme cruzar al otro lado del rellano cuando cumplí cuatro años. Vinieron a recogerme una noche, antes de la cena. Algunas de las mujeres habían cocinado un banquete y habían reunido a todos los niños para el festín. Preguntaron a mis padres si podía quedarme. Mi padre se alarmó cuando escuchó a una de las mujeres decir algo en una lengua que no conocía y a mí contestar con palabras que jamás había escuchado. Después dijo que no podía quedarse impasible mientras los indios secuestraban a sangre de su sangre.

Solo he escuchado fragmentos sueltos sobre lo que pasó aquella tarde, así que no lo sé todo. Ojalá lo supiera. Pero hay algo que he escuchado en muchas ocasiones: una de las mujeres les dijo a mis padres que me esperaba un camino difícil en la vida. Las palabras exactas cambiaban con cada versión. A veces mi madre fingía ser una vidente, cerraba los ojos, se cubría la frente con los dedos, y decía: «Veo una vida difícil para esta niña». Otras, mi padre mugía como el mago de Oz: «¡Esta criatura tiene por delante un camino difícil!».

En cualquier caso, mis padres me sacaron de allí. Pero antes de irse la abuela le dio a mi madre un anillo y le dijo que me protegería a lo largo de la vida. Mis padres tenían miedo del anillo, pero supusieron que todas esas turquesas y plata debían de valer algo, así que se lo quedaron.

8. Humorista y actor estadounidense. Se le considera la primera gran estrella de la televisión de su país.

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Mis padres me dijeron que esa noche hubo otra tormenta terrible en el desierto, de una fuerza terrible. Los truenos retumbaban y los rayos lo iluminaban todo.

—¿Jess Goldberg? —preguntó la profesora.

—Presente —contesté.

Me miró con los ojos entornados.

—¿Qué clase de nombre es ese? ¿Es el diminutivo de Jessica?

Negué con la cabeza.

—No, señorita.

—Jess —repitió—. Ese no es un nombre de niña.

Bajé la cabeza. Alrededor de mí, los niños se cubrían la boca con las manos para sofocar la risa. La señorita Sanders los fulminó con la mirada hasta que se hizo el silencio.

—¿Es un nombre judío? —preguntó.

Yo asentí, deseando que hubiera acabado con las preguntas. No había acabado.

—Clase, Jess es de fe judía. Jess, dile a la clase de dónde eres.

Me removí en el asiento.

—Del desierto.

—¿Qué? Más alto, Jess.

—Soy del desierto. —Vi a los niños hacer muecas y poner los ojos en blanco.

—¿Qué desierto? ¿En qué estado? —La profesora se subió las gafas.

Me paralizó el miedo. No lo sabía.

—El desierto —dije, encogiéndome de hombros.

La señorita Sanders comenzó a impacientarse.

—¿Por qué decidió tu familia venir a Búfalo?

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¿Cómo iba a saberlo? ¿Acaso creía la profesora que los padres comparten con sus hijas de seis años los motivos que les impulsan a tomar decisiones que van a tener un gran impacto en sus vidas?

—Hemos conducido hasta aquí en coche—dije. La señorita Sanders negó con la cabeza. La primera impresión que causé no fue demasiado buena.

Las sirenas aullaron. Era el simulacro de ataque aéreo de los miércoles por la mañana. Nos agazapamos debajo de nuestros pupitres y nos cubrimos la cabeza con los brazos. Nos aconsejaban tratar a La Bomba como a un desconocido: evitar el contacto visual. Si no puedes ver a La Bomba, La Bomba no puede verte a ti.

No había ninguna bomba, era solo un entrenamiento para cuando pasara de verdad. Pero a mí aquella sirena me salvó.

Me dio pena que nos hubiéramos mudado de la calidez del desierto a esa ciudad tan fría. Nada podría haberme preparado para el hecho de salir de la cama en una mañana de invierno en un apartamento sin calefacción de Búfalo. Ni siquiera ayudaba calentar la ropa en el horno antes de ponérnosla; de todas formas antes teníamos que desnudarnos y quitarnos el pijama. Fuera, el frío era tan feroz que el viento me acuchillaba la nariz y me penetraba en el cerebro. Las lágrimas se me congelaban en los ojos.

Mi hermana Rachel todavía era un bebé. Lo único que recuerdo de ella es una bola hecha con el traje de nieve y la capucha, envuelta en bufandas, mitones y gorros. No había niña, solo ropa.

Incluso en pleno invierno, totalmente abrigada y con solo unos centímetros de la cara visibles a través del mono de nieve y la bufanda, la gente me preguntaba: «¿Eres un niño o una niña?». Yo bajaba la mirada avergonzada, sin cuestionar nunca su derecho a preguntar.

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Durante el verano no había mucho que hacer en los bloques de viviendas sociales, pero teníamos un montón de tiempo.

Las viviendas sociales, antiguos barracones del ejército, alojaban ahora a los trabajadores de la industria militar aeronáutica y a sus familias. Todos nuestros padres trabajaban en la misma fábrica; todas nuestras madres se quedaban en casa.

El viejo Martin estaba jubilado. Se sentaba en una tumbona en el porche y escuchaba en la radio las acusaciones de McCarthy. La ponía tan alta que podías oírla desde el otro lado del bloque.

—Hay que tener cuidado —me decía cuando pasaba por delante de su casa—, los comunistas pueden estar en cualquier parte. En cualquier parte. —Yo asentía solemnemente y me iba corriendo a jugar.

El viejo Martin y yo teníamos algo en común. La radio también era mi mejor amiga. The Jack Benny Show y Fibber McGee and Molly me hacían reír, incluso aunque no sabía bien por qué. The Shadow y The Whistler me hacían temblar.

Tal vez las familias obreras que no vivían en las viviendas sociales tuvieran televisión, pero nosotros no. Las calles entre los bloques ni siquiera estaban pavimentadas: solo había gravilla y troncos de madera que marcaban los aparcamientos. Muy pocas cosas moder-nas llegaban hasta allí. El vendedor de hielo y el afilador iban en carros tirados por ponis. Los sábados venían solo con los ponis, sin los carros, y nos daban paseos que cobraban a un centavo. Con un centavo también comprabas un pedazo de hielo, que el vendedor desprendía del bloque con un picahielo. Era duro y escurridizo y centelleaba como un diamante frío que parecía que no iba a deshacerse nunca.

La primera televisión que apareció en las viviendas sociales lo hizo en el salón de los McKensies. Todas los niños del vecindario suplicamos a nuestros padres que nos dejaran ir a ver Captain Midnight allí. Pero a la mayoría de nosotros no se nos permitía la 28

entrada a esa casa. Aunque era 1955, en el barrio aún había una zona de guerra invisible, establecida en 1949, el año en que yo nací, a raíz de una huelga salvaje. «Mac» McKensie había sido un esquirol. Aquella palabra era suficiente para mantenerme lejos de la casa. Todavía podía verse el rastro de la pintada en la parte delantera de su carbonera, pese a haber sido cubierta con una capa de pintura verde de un tono algo más claro que el resto.

Años después, nuestros padres aún discutían sobre aquella huelga en las mesas de las cocinas y durante las barbacoas en los patios.

Yo oía descripciones de batallas tan sangrientas que pensaba que la Segunda Guerra Mundial había tenido lugar en la fábrica. Por la noche, cuando llevábamos a mi padre en coche al trabajo, solía aga-charme entre los asientos traseros del vehículo y asomarme para ver a través de las verjas de la fábrica los campos de batalla que ahora estaban en silencio.

También había pandillas en las viviendas, y los críos cuyos padres habían sido esquiroles durante la huelga formaban un grupo pequeño pero temido.

—¡Eh, marica! ¿Eres un niño o una niña?

No había manera de evitarlos en el pequeño universo que eran las viviendas sociales. El soniquete de sus burlas me acompañaba después de haberlos dejado atrás.

El mundo me juzgaba con dureza, y así me fui, o me empujaron, a la soledad.

La autovía separaba nuestras viviendas de un campo enorme. Iba contra las normas cruzar esa carretera. No tenía mucho tráfico.

Tendría que haberme quedado mucho tiempo quieta en un carril para que me atropellaran. Pero no debía cruzar esa carretera. Lo hice, pese a todo, y nadie pareció darse cuenta.

Me abrí camino entre la hierba alta y seca que había en el borde de la carretera. Una vez pasé al otro lado, estaba en mi propio mundo.

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De camino al estanque me paré a ver a los cachorros y los perros que estaban en los cheniles al aire libre que había en la parte de atrás del edificio de la ASPCA9. Los animales ladraron y se levantaron sobre sus patas traseras cuando me acerqué a la valla.

—Shhhhh —les recriminé. Sabía que nadie podía estar allí.

Un cocker spaniel sacó el hocico a través de la valla metálica.

Le acaricié la cabeza. Eché un vistazo, buscando al terrier que me gustaba. Solo se había acercado a la verja a saludarme una vez, olis-queándome con cautela. Daba igual cuánto intentara convencerlo, normalmente se quedaba tumbado con la cabeza entre las patas, mirándome con ojos tristes. Quería llevármelo a casa. Deseé que se lo dieran a un niño que lo quisiera.

—¿Eres chico o chica? —le pregunté al mestizo.

—Guau, guau.

No vi al hombre de la protectora hasta que fue demasiado tarde.

—Hey, chaval, ¿qué estás haciendo aquí?

Me habían pillado.

—Nada —dije—. No estaba haciendo nada malo. Solo hablaba con los perros.

Sonrió ligeramente.

—No metas los dedos dentro de la valla, hijo. Algunos muerden.

Noté cómo me ardían las puntas de las orejas. Asentí.

—Estaba buscando a ese pequeño de orejas negras. ¿Se lo ha llevado una familia simpática?

El hombre frunció el ceño durante un momento.

—Sí —dijo en voz baja—, ahora está contento.

Me fui corriendo al estanque, a pescar renacuajos con un tarro.

Me apoyé sobre un codo y miré muy de cerca a las ranas pequeñas que trepaban por las piedras calentadas por el sol.

—Croc. —Un cuervo enorme hacía círculos sobre mí en el aire; aterrizó en una roca cercana. Nos miramos en silencio.

9. Siglas de American Society for the Prevention of Cruelty to Animals, en castellano Sociedad Americana para la Prevención de la Crueldad contra los Animales.

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—Cuervo, ¿eres chico o chica?

—Croc, croc.

Me reí y me tumbé de espaldas. El cielo era azul como en un dibujo infantil. Imaginé que estaba tumbada sobre las nubes blancas de algodón. Notaba la tierra húmeda en la espalda. El sol calentaba, la brisa era fresca. Me sentía feliz. La naturaleza me abrazaba y no parecía encontrar ningún defecto en mí.

Volviendo del campo me crucé con la pandilla de los esquiroles.

Se habían encontrado un camión abierto aparcado en pendiente.

Uno de los mayores soltó el freno de mano y obligó a dos de los más pequeños, que vivían cerca de mi casa, a correr mientras el camión se dirigía hacia ellos.

—¡Jessy, Jessy! —se burlaron mientras venían hacia mí—. Brian dice que eres una niña, pero yo creo que eres un chico mariquita

—dijo uno de ellos.

No contesté.

—Bueno, ¿qué eres? —se mofó.

Agité los brazos y me reí.

—Croc, croc—. Uno de los chicos le dio un golpe al tarro lleno de renacuajos que llevaba en la mano, que se estrelló contra la grava. Pegué patadas y les mordí, pero me sujetaron y me ataron las manos a la espalda con una cuerda de tender la ropa.

—Vamos a ver cómo meas —dijo uno de los chicos al tirarme al suelo, mientras otros dos intentaban bajarme los pantalones y la ropa interior. Estaba horrorizada. No podía hacer que pararan.

La vergüenza de estar medio desnuda frente a ellos, con la parte importante al descubierto, me dejó sin fuerzas.

Me empujaron hasta la casa de la vieja señora Jefferson y me encerraron en la carbonera. Estaba oscuro allí dentro. El carbón estaba afilado y cortaba como un cuchillo. Era muy doloroso estar-31

se quieta, pero cuanto más me movía peores eran las heridas. Temí no poder salir nunca.

Pasaron varias horas hasta que oí a la señora Jefferson en la cocina. No sé qué pensó cuando escuchó los golpes y las patadas dentro de la carbonera. Pero cuando abrió la pequeña trampilla y caí al suelo de la cocina, estaba tan asustada que podría haberse muerto allí mismo. Allí estaba yo, cubierta de hollín y sangre, atada y medio desnuda en su cocina. Maldijo en voz baja mientras me desataba, y me mandó a casa envuelta en una toalla. Tuve que caminar una manzana y llamar a la puerta de mis padres para encontrar refugio.

Se pusieron furiosos cuando me vieron. Nunca entendí por qué.

Mi padre me azotó una y otra vez, hasta que mi madre le detuvo con la mano y le susurró algo.

Una semana más tarde saldé cuentas con uno de la banda de los esquiroles. Cometió el error de vagabundear solo demasiado cerca de mi casa. Saqué músculo y le dije que lo tocara. Luego le pegué un puñetazo en la nariz. Salió corriendo, llorando; me sentí bien por primera vez en días.

Mi madre me llamó para la cena.

—¿Quién es ese chico con el que estabas jugando? —Me encogí de hombros—. ¿Le estabas enseñando los músculos?

Me quedé helada, preguntándome cuánto habría visto. Ella sonrió.

—A veces es mejor hacerles creer a los niños que ellos son más fuertes —me dijo. Pensé que, si realmente creía eso, estaba completamente loca.

Sonó el teléfono.

—¡Lo cojo yo! —gritó mi padre. Era el padre del chico al que había dado un puñetazo; podía saberlo por la forma en que los ojos del mío echaban chispas mientras escuchaba.

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—Me dio tanta vergüenza —le dijo mi madre a mi padre.

Él me fulminó a través del retrovisor. Solo podía ver sus espesas cejas negras. Mi madre había sido informada de que yo no podía entrar en el templo a no ser que me pusiera un vestido, algo contra lo que había luchado con todas mis fuerzas. En ese momento llevaba puesto un disfraz de Roy Rogers10, sin las pistolas. Ya era suficientemente duro ser la única familia judía en las viviendas sociales como para tener, además, problemas en el templo. Para llegar a la sinagoga más cercana teníamos que hacer un viaje en coche muy largo. Mi padre rezaba en el piso de abajo. Mi madre, mi hermana y yo lo veíamos desde la balconada, como en el cine.

Parecía que no existían muchos judíos en el mundo. Había algunos en la radio, pero ninguno en mi escuela. A los judíos no se les permitía salir al patio. Eso me decían los chicos mayores, y se aseguraban de que así fuera.

Estábamos llegando a casa. Mi madre negó con la cabeza.

—¿Por qué no puede ser como Rachel?

Rachel me miró avergonzada. Me encogí de hombros. Su sueño era llevar una falda de fieltro con un caniche bordado y zapatos de plástico tachonados de brillantes.

Mi padre detuvo el coche frente a la casa.

—Vete directamente a tu habitación, señorita. Y quédate ahí.

Era mala. Me iban a castigar. Me dolía la cabeza del miedo. Deseé encontrar la forma de ser buena. Me ahogaba de vergüenza.

Seguir: parte 2 de 3