Sueños impúdicos

Arnošt Lustig · Capítulo 1 de 3

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Sueños impúdicos

Día triste

1

Inge Linge era más bien menuda, pero si la hubieras visto a principios de la primavera pasada, entrenándose en los campos de deportes reservados a la Wehrmacht y a las esposas de los oficiales, habrías dicho que era musculosa. Tenía unas pantorrillas bastante cortas y unos muslos firmes y redondos que parecían de goma. Aún no estaba vencida por la vida, y sus brazos eran regordetes y fuertes. En su cara redonda no había color; la pecosa palidez, la frente estrecha, el pelo cepillado descuidadamente sobre las sienes, todo se combinaba para restarle expresión. Una vez un soldado garabateó en la puerta de su casa: «Las mujeres pálidas deben cuidarse de los gusanos», y a continuación una palabrota. Por eso hacía ejercicio físico.

En ocasiones soñaba que era la propietaria de una casa floreciente, con jovencitas que lucían vestidos de algodón azul y cuello blanco; ella se destacaba entre todas las demás, y de vez en cuando se quedaba con uno de los clientes, para divertirse o sólo para charlar. Otras veces soñaba con una casa en Praga en donde recibía a sus antiguos amigos alemanes sólo para demostrarles lo bien que una mujer podía desenvolverse en la vida. Y otras veces soñaba que era alta y bien formada, y que tenía las piernas largas, como una estrella de cine. Sus ojos eran de color verde serpiente, con pestañas largas, juguetones y apremiantes.

En principio, Inge Linge había llegado a Magdeburgo para trabajar en la Oficina de Empleo de Praga como secretaria de uno de los funcionarios administrativos del Reich. Pero resultó inadecuada para el papel de chupatintas, debido a su temperamento y a su mala ortografía. Y no demostró ningún entusiasmo por el trabajo. Tampoco era muy popular entre las esposas de sus superiores, y por eso le había resultado francamente fácil independizarse a principios de febrero de 1943. Precisamente en aquel momento el Reich alemán se vio en dificultades en el Don o en el Volga al intentar cruzar el río y atravesar las estepas para ocupar Rusia.

La casa de cuatro pisos del número 14 de la calle de los Castaños, en la que vivía Inge Linge en sus tiempos de oficinista —se había negado a vivir en el hotel Regulus con las otras chicas alemanas—, tenía dos plantas inferiores convertidas por el constructor en costosos apartamentos de soltero. Con su fachada de mármol sueco, el edificio parecía seguro entre los decadentes palacios que se venían abajo uno tras otro. Los apartamentos estaban ocupados por empleados de correos, sastres y dependientes con familias numerosas.

A Inge Linge se le había asignado un apartamento en este edificio en mayo de 1942, y como no tuvo que mancharse las manos ni la bata verde con tinta negra y roja durante mucho tiempo, su estancia en él tampoco fue prolongada. Era aquél un período de grandes victorias militares, salvo breves demoras en alguno de los ríos rusos. Lo único que tuvo que hacer en la Oficina de la Vivienda fue mencionar el nombre de su amigo, el comandante Detleff von Fuchs. Desde el primer momento el comandante —un hombre delgado, de tez oscura y con la cara y la frente llenas de espinillas— había sido su punto de apoyo; siempre la trataba como a una dama. Ella le gustaba porque le daba lo que él deseaba sin necesidad de rodeos, y al igual que cuando precisaba los servicios del barbero o del sastre, el comandante siempre encontraba tiempo para dedicárselo a Inge Linge.

Le entregaron un apartamento orientado al Sur. El sol entraba durante casi todo el día, y ella podía contemplar a los niños que jugaban en la calle, delante de la farmacia: les veía inclinarse sobre la cuneta, que parecía contener secretos que esperaban ser desentrañados. Los niños eran el sueño no realizado de Inge. Éstos, sin embargo, eran extranjeros y se llamaban Ivan y Jimmy, y Friedrich, y jugaban y se peleaban todo el día hasta que corría la sangre.

El apartamento había pertenecido a una judía llamada Ida Geron, que padecía tuberculosis y había sido desalojada en enero de 1942. Inge Linge la había visto bajar lentamente por el pasillo, encorvada por el peso de las dos maletas que cargaba a la espalda. Inge Linge pensó que la avaricia había castigado a la anciana por intentar llevarse al Este los cincuenta kilos permitidos. Como equipaje de mano, el límite era de diez kilos, y las autoridades del transporte entregaban un recibo por el resto. Todos sabían muy bien lo que eso significaba.

Sin una palabra de despedida, Ida Geron se había marchado, terriblemente delgada, arrastrando los pies por la escalera, con sus omóplatos sobresalientes y las botas anticuadas atadas por encima de los tobillos, como una caballista de circo que monta a pelo.

Inge Linge le comunicó al comandante Detleff von Fuchs que el apartamento de Ida Geron estaba vacío. Luego, dejando caer sus largas pestañas de color castaño mientras hablaba, le preguntó si podía cambiar su apartamento por ese. Antes de que él respondiera, ella se dio cuenta de que quería llevarla a la cama inmediatamente. Entonces disfrutó uno de esos deliciosos días que la compensaban de ser hija de un barbero y de una madre a la que nunca conoció.

Sentía un gran deleite cada vez que pensaba en las jovencitas con sus vestidos azules de cuello blanco, y en ella misma de pie en la entrada mientras la puerta se abría dejando oír el tintineo de un xilofón que tocaba canciones de Navidad. Podía oírse cantando al compás del carillón: O Tannenbaum, wie schöne sind deine Blätter…

Su vida había sido bastante agradable, como la de un gusano cálidamente envuelto en una hoja. Y ahora —al igual que algo surgido de la nada, le parecía— era como si una tempestad en un río embravecido se hubiera llevado esa vida.

En este momento —era el 6 de mayo de 1945, la tercera primavera que pasaba en este apartamento y el principio de la segunda noche de la insurrección, aunque el Alto Mando alemán había declarado a Praga ciudad abierta para ahorrarle el penetrante olor de la pólvora—, Inge Linge llevaba un vestido de luto y estaba sentada en un sillón cubierto con un crespón negro. Encendió la radio. Cada vez que sintonizaba la banda de los 415 metros, el locutor decía que los aliados estaban bombardeando los campos de aviación alemanes. Y alentaba a los rebeldes a que resistieran.

Las diversas noticias eran a menudo contradictorias, a veces tan breves y concisas que ella se estremecía; otras, tan vagas que podía interpretarlas a su antojo. Pero la verdad estaba clara: la ciudad había tomado las armas para luchar contra los alemanes, e Inge Linge se vio obligada a reconocer que algo había terminado y algo nuevo comenzaba. Todo lo que había vivido en Praga, las cosas que había disfrutado y soñado, se habían ido para siempre.

Apagó la radio. Las campanas de la iglesia de San Jaime repicaban sin cesar. El policía que estaba de servicio había desaparecido. Los ojos de color verde serpiente de Inge Linge expresaban su desconsuelo. Las mujeres de la casa habían ajustado cuentas con ella a primeras horas de la mañana, antes de que pudiera averiguar si iban a llevarle la leche. En un instante comprendió que Alemania ya no era lo que había sido el día anterior.

El farmacéutico, que no mucho antes la había mirado con vano deseo, echó el cierre, se puso un casco tropical amarillo —como los que alguna vez usó el Afrika Korps alemán— y fue a decirle a la portera que salía para sumarse al combate en las calles. La portera sólo lo había escuchado a medias.

Le dio a Inge Linge una bofetada y, mientras el farmacéutico permanecía de pie a su lado, le dijo:

—¿Quieres saber lo que eres? Una furcia, eso es lo que eres; te llenabas la barriga mientras nosotros no teníamos ni para vivir. Bebías leche mientras nuestros niños tenían que beber agua sucia. ¡Nos has chupado la sangre, eso es lo que has hecho! —Consideró necesario añadir algo y continuó—: Vuelve al lugar de donde viniste, sabes muy bien para qué, víbora. Vuelve a tu nido de puta y quédate allí.

—Déjala en paz —sugirió el farmacéutico—. No es peor que los demás.

Inge Linge aún se frotaba su pálida y enfermiza mejilla; ya no le escocía a causa de la bofetada. No sentía la más mínima gratitud hacia el farmacéutico por haberla defendido. La maravillosa sensación de aquellas tardes plácidas en las que se oía el tañido de las campanas se desvaneció; ya no estaba segura de que acudiera alguien. Ya no tendría que abrir la puerta.

Lo que le ocurriera ahora sería decidido por el Comando Regional y detallado en las circulares emitidas por la oficina del inspector de Transportes Militares del Reich, que tenía su cuartel general en el Subcomando de Praga del territorio de Bohemia-Moravia. Los generales que llevaban cruces y condecoraciones de diamantes en el pecho regían el destino de los soldados que cruzaban tierras checas e, indirectamente, también el destino de Inge Linge.

Inge Linge estaba sentada en el sillón con las cartas desparramadas sobre la mesa que tenía delante. Se preguntó qué le diría al padre Hesmussen, de la iglesia de San Jaime, si fuera a confesarse. Él había bendecido las armas de los soldados mientras ella soñaba con su casa y sus negocios, y había asperjado con agua bendita los brazos y piernas artificiales de los soldados que iban y venían.

Estaba asustada de sus propios pensamientos. Sin embargo, esto no era más que el principio. Pensó en lo que le diría a la tuberculosa Ida Geron — cuyos muebles habían sido trasladados por la policía secreta del Reich al guardamuebles de la Ciudad Nueva— si aparecía en la puerta. Inge Linge se había quedado decepcionada al ver el mobiliario de Ida Geron: un armario con unos estantes añadidos encima, un reloj de péndulo con tapa de cristal, una mesa y una silla y una estufa eléctrica estropeada.

Nunca había ido a confesarse. Sólo acudía a la iglesia a escuchar música y a analizar con qué devotos feligreses valdría la pena pecar. En una ocasión había escuchado el sermón del padre Hesmussen. Él había dicho refiriéndose a una pareja: «Los dos se fueron juntos». Ahora tuvo la impresión de que ella y aquella mujer judía podían haber emprendido el mismo viaje.

Inge Linge se preguntaba por qué la otra mujer había estado siempre tan sola. Pensaba en ella en distintas ocasiones, cada vez que encontraba en el apartamento algo que se la recordaba. Aquel día de primavera de 1942, por ejemplo, mientras limpiaba los paneles de cristal de la puerta y raspaba un envase de hojalata con pintura adherida. En el interior había encontrado un trozo de mica que contenía los Diez Mandamientos. ¿Por qué todos los judíos que había conocido, como Ida Geron, se encorvaban como si estuvieran buscando algo entre la suciedad y el polvo, bajo sus propios pies y los pies de los demás?

Inge Linge se levantó y se acercó al armario: un armario doble con estantes para la ropa blanca. Aún era atractiva, a pesar de las venas que sobresalían en la parte superior de sus pantorrillas. Por lo general balanceaba las caderas como un marinero, mantenía la cabeza erguida y la barbilla levantada, los gruesos labios separados y las arrugas del cuello suavizadas. De cualquier manera, en este momento no se molestó en enderezarse, y su andar perdió el encanto.

Su mirada se posó en la bata verde y en los calcetines blancos que había llevado en la Oficina de Empleo. Se volvió hacia el estante en el que se encontraban los frascos de cristal tallado que contenían un empalagoso perfume de violetas, rosas y orquídeas que le cosquilleaba la nariz. Nunca le había molestado el olor de la transpiración de los hombres, como les ocurría a algunas mujeres. Sólo uno o dos días antes se había hecho un tratamiento con aceite para su pelo, suave y del color del lino. Sus cremas estaban colocadas debajo de una tapa de nogal. Se sentía como la esposa de un faraón cada vez que miraba los botes de fina porcelana de Meissen, y elegía «Astrid» para la noche y «Flora» para el día entre los regalos que le hacían los soldados alemanes que pasaban por Praga en su viaje de París a Moscú. Ella prefería Helena Rubenstein, o la argentina Elizabeth Arden de Madrid, o la inglesa Max Factor 3, un maquillaje casi teatral.

Las sombras veteadas de azul con las palabras «Los dos se fueron juntos» tomaron la forma de la solterona Ida Geron. Era probable que ningún hombre hubiera tocado jamás el cuerpo de aquella mujer. Incluso como fantasía, la idea llenó a Inge Linge de desprecio; era algo que le resultaba difícil perdonar.

Hubo un tiempo en que —en parte por orgullo y en parte por prudencia— no saludaba a la mujer. Habría resultado muy extraño hacerlo cuando iba vestida con bata verde y calcetines blancos. Pero tampoco había hecho nada para molestarla, aunque en aquel momento podría haberle causado todo el daño que hubiera querido, incluso matarla, sin sufrir consecuencias desagradables.

Ferdinand Linge, su padre, solía decir que todo el mundo tiene una nariz y dos ojos; él había afeitado regimientos enteros de rostros y había visto muchos. Luego añadía que eso no significaba necesariamente que una alemana tuviera que casarse con un judío o con un culí chino, pero él no estaba de acuerdo con esas tajantes divisiones que se volvían aún más tajantes a medida que el territorio del Reich se expandía. En una ocasión, un oficial a quien su padre estaba afeitando —un calderero de su misma calle que se había hecho cargo de un taller judío— le dijo: «Somos ochenta o noventa millones, kamerad Linge, y cada uno de nosotros debe de conocer a un judío decente. Pero si no hubiéramos mantenido los ojos bien abiertos y les hubiéramos dado la oportunidad, en poco tiempo habrían dejado Alemania patas arriba. ¿Un culí chino? Vivimos en la misma calle, señor Linge; siga mi consejo: muérdase la lengua y alégrese de que su sangre sea tan alemana como la propia Magdeburgo. Afortunadamente su hija tiene la cabeza en su sitio y elegirá al hombre adecuado».

También ella —vestida con esta ropa de luto— había acariciado muchos rostros, y sabía que, hablando llanamente, todos tenían una nariz y dos ojos, y un deseo que adoptaba diversas formas. La pureza de la sangre no tenía nada que ver con eso. ¿Qué más podía ocurrir que no le hubiera ocurrido ya a ella? De repente, Inge Linge se llevó las manos al cuello. «Mucha gente había muerto», pensó.

Inge Linge siempre había deseado tener hijos, y ahora, por primera vez en su vida, se alegró de no tenerlos.

Hacía mucho tiempo que no tomaba café, ni siquiera con el cupón alemán de racionamiento A-1 que guardaba desde sus tiempos de oficinista1. ¿Quién podía imaginar que olerlo había ayudado a disipar el olor a pobreza vinculado a los viejos tiempos? Ella podía decir: «He hecho algo con mi vida, ¿no?». Nunca se había preocupado por nada. Había aprendido a vivir consigo misma. Nunca pretendió vengarse por los reveses que había sufrido.

Tal vez era extraño, pero las extranjeras se habían sentido mejor en los páramos del Este. Un cambio súbito no siempre era algo malo…, lo había oído decir más de una vez en la oficina y por la radio. Un soldado alemán, antiguo empleado de una tintorería de Halle, se había curado una úlcera duodenal gracias al rancho militar. Ella se había enterado por intermedio de otro soldado que había prestado servicios con el tintorero en Odessa, a orillas del mar Negro. No hablaba de otra cosa, como si no hubiera nada interesante en su propia vida. Antes de eso, contaba, el tintorero ni siquiera podía comer carne de ternera picada, pues le hacía pensar en carne de bebé hervida. Su familia, al fin y al cabo, estaba contenta de que se hubiera alistado. La carne estaba racionada también en Alemania, y ella suponía que a sus parientes no les gustaba que él dijera que eso lo hacía sentirse como un caníbal. En Odessa, en la plaza de la Revolución, que ellos habían rebautizado como plaza de Adolf Hitler, el tintorero metió a los guerrilleros rusos en jaulas dobles y los dejó allí hasta que se congelaron. Nadie tuvo que preocuparse más por su dieta. También había un soldado con asma que se alistó en el Afrika Korps a las órdenes del mariscal Rommel y empezó a respirar como si le hubieran dado un par de pulmones nuevos.

A ella misma, en ese mismo momento, le habría gustado alejarse todo lo posible de Praga, excepto para ir a las salvajes llanuras polacas limítrofes con Rusia, donde las ciénagas brillaban con luz cobriza. Los alemanes jóvenes de Magdeburgo le hablaban de esa luz cuando pasaban por Praga, tras conseguir su dirección gracias a Jenny Burckhart. Incluso el comandante Detleff von Fuchs dijo algo al respecto, como hacían muchos que querían hablar de lo que fuera, pero tenían miedo de hablar con cualquier otra persona.

¿Ida Geron? ¿A quién tenía esa mujer? ¿Estaba realmente sola? Y luego el comandante Detleff von Fuchs; ella sabía muy bien que había comprado el «von» por mil trescientos marcos. El «von» hacía que su origen racial pareciera más digno de confianza y que nadie se molestara en analizarlo detenidamente.

Lo que su papá solía decirle relampagueó en su mente: algunas personas están demasiado orgullosas de su conciencia como para no ahogarse en ella. Ansiaba algo qué no podía expresar.

En ocasiones recibía cupones alimenticios de los soldados, cupones para un kilo y medio de carne y grasas artificiales, y cupones para doscientos cincuenta gramos de mantequilla. Una vez reunió vales para el consumo de carbón durante tres años. Cambió dos de ellos por cupones para verduras y huevos frescos, cosa que sólo los hospitales alemanes recibían en Praga. Recordó el aroma de los cigarrillos egipcios que fumaba el comandante Detleff von Fuchs. A él le gustaba el refrán español que dice que es mejor un hombre sin dinero que el dinero sin un hombre.

Uno de los sargentos a quien ella había recibido, Gerhard Muller, no podía ser ascendido a teniente porque decían que no sólo actuaba como un judío sino que también tenía aspecto de serlo. Afirmaban que parecía un rabino. Esto bastaba para seguir siendo sargento el resto de su vida. Él mencionó el problema casi por casualidad, y después no volvió a hablar más que del tiempo…, como si no hubiera guerra. A ella la guerra le parecía irreal, algo que existió brevemente y ya había pasado.

Recordó la canción que el comandante Detleff von Fuchs cantaba cuando bebía y cuando conseguía lo que quería:

Wir versaufen unser Orna ihr klein Hauschen,

ihr klein Hauschen

Wir versaufen unser Orna ihr klein Hauschen,

und die erste und die zweite Hypothek.

Inge Linge quería saber si la abuela del comandante era realmente una princesa mexicana. ¿Quién sabe?, le decía Fuchs con una sonrisa. ¿Cómo se llamaba? Delfa. Tenía una marisquería en una famosa laguna. Por extraño que pareciera —en el caso de Fuchs—, todo coincidía, al menos en el mapa. A Inge Linge no le importaba si el comandante era gitano o medio gitano.

Detleff Fuchs estaba casado, pero no era feliz. Inge sabía cuándo tenía problemas con su esposa, porque entonces estaba de mal humor, incluso con ella. Tenía sus propias ideas con respecto al orden y a sus cosas personales, y no las cambiaría. Sabía cómo hacerla reír.

Para darse ánimos encendió todas las luces: la enorme araña que colgaba del centro del cielo raso —como tres enormes candelabros decorativos de cromo, colocados al revés—, la lámpara de mesa del vestíbulo y la bombilla blanca de detrás del acuario. Se quedó despierta horas y horas, presa de una ansiedad que intentaba dominar con los recuerdos de todo lo que le había resultado agradable en la vida y de todo lo que pertenecía sólo a su propia experiencia, cosa que nadie podría arrebatarle.

Buscó entre sus recuerdos como si éstos fueran un cuenco de guisantes secos, y de súbito comprendió que lo que otras veces la había hecho feliz, ya no era suficiente.

Comenzó a temblar, como si tuviera fiebre. El soldado que se había curado, ¿seguía bien de los pulmones? La noche era interminable y la luz chillona iluminaba a Inge Linge —acurrucada en su silla— y proyectaba una serie de sombras, al comienzo pronunciadas pero cada vez más suaves. Se paseaba por los pasillos del hotel por horas Regulus o por uno de los clubes nocturnos de Praga de la época de la guerra, el Oso de Berlín tal vez, donde no se permitía la entrada a los checos. O estaba en algún apartamento en el que un oficial alemán había vivido antes de partir hacia el frente. O se imaginaba de pie junto a la puerta, o sentada en esta silla, abriendo cartas que llegaban del frente y leyendo palabras de gratitud. Casi siempre empezaban con la misma frase: «En primer lugar, un cálido saludo y mi afectuoso recuerdo», como si todas hubieran sido escritas por el mismo hombre.

O miraba a la tuberculosa mujercita judía, Ida Geron, con su nariz ganchuda, e intentaba regresar a toda prisa a la época en que era una chiquilla de ojos verdes y estaba en la trastienda de la barbería. La barbería y la trastienda estaban separadas por una cortina, y ella podía oír todo lo que ocurría. Ferdinand Linge entraba vestido con su bata blanca remendada. «Eres prusiana por parte de tu abuelo, y sajona por parte de tu abuela, diablillo. ¡Has heredado de mí ese destello negro y dorado de Baviera, pero sólo Dios sabe lo que tienes de tu madre! ¡Esos ojos de color verde serpiente, supongo!».

Inge Linge no había conocido a su madre. Todo lo que pudo sacarle a su padre —antes de que él cayera mientras prestaba servicio como barbero del regimiento durante el ataque por sorpresa de los franceses sobre París— fue que él mismo había visto a su madre sólo el día en que concibió, e inmediatamente después de que diera a luz. Luego su madre se había fugado con un húsar. Como consecuencia, a su padre no le gustaba afeitar a los soldados de caballería húngaros.

Y luego se vio corriendo por las secas llanuras polacas, tropezando con los alambres de púas. Un soldado alemán le había hablado de las alambradas. Tenía apenas veintiún años y lloró sobre su pecho. Le contó que en el Este, en el Gobierno General, había salas con duchas a las que llamaban «baños del olvido eterno». Llevaban allí a la gente y luego, en lugar de usar agua, la rociaban con gas. Enviaban soldados especialmente para recoger la ropa, el calzado y la ropa interior de los vestuarios donde la gente se había desnudado, y luego mandaban las prendas al Winterhilfe para que las distribuyeran. Al principio solían asfixiar con gas y quemar a la gente tal como estaba, completamente vestida, pero después uno de los peces gordos —el propio Heinrich Himmler— había dado órdenes precisas de que primero la desnudaran.

Sus manos subieron hasta los muslos; sintió en las puntas de los dedos la textura de sus músculos flexibles. Era mejor levantarse y atravesar la sala hasta el acuario. Inge Linge creía que el pececillo de colores le traería buena suerte. La mayoría de sus peces eran amarillos, rojos y dorados. Detleff von Fuchs le decía que un pececillo de colores no era más que una carpa pequeña con la piel transparente. Le contó que los chinos ya los habían criado hacía miles de años. Lo dorado era la sangre del pez. Y no traía buena suerte, sino mala suerte. Una vez le había llevado un pez plateado chino. Aún seguía nadando. Lo único bueno de un pececillo de colores, aseguraba Fuchs, era que uno podía pronosticar el tiempo gracias a él. Cuando el pez se quedaba quieto o nadaba cerca del fondo, significaba que iba a llover.

Se tocó el cuello con las palmas de las manos y con las puntas de los dedos. El cuello es lo primero que delata la edad, la fatiga o las preocupaciones de una mujer. Notó que tenía los tobillos hinchados, como una embarazada. «Tal vez tengo todo el cuerpo hinchado —pensó—. ¿Quién sabe por qué?».

Volvió a apagar todas las luces, incluyendo los tres grandes candelabros que colgaban en la oscuridad. Levantó la cortina de oscurecimiento, abrió la ventana y se asomó a respirar el aire fresco de la noche. Las campanas aún sonaban.

En la distancia se oyó un disparo. Sintió que el pavimento la atraía. Si saltaba ahora quizá resolvería rápidamente el extraño rompecabezas. Al mismo tiempo se sintió atemorizada por lo que había abajo. Cerró la ventana y volvió a sentarse delante de las cartas.

 

2

Aquella noche, más tarde, hallándose acurrucada en la silla, Inge Linge oyó el timbre de la puerta, que sonaba con una única nota. A medida que el sonido se desvanecía, la puerta se fue abriendo suavemente. El único que tenía llave era el comandante Detleff von Fuchs. Una vez él le dijo que tenía unas serpientes retorciéndose en sus ojos. Ahora, de pie en la entrada, bajo el destello azul de la lamparilla del corredor, vio a un oficial alemán desconocido. Su rostro cansado tenía grandes cicatrices dejadas por los sables, y sus ojos eran de color azul acero. No ostentaba distintivo alguno de su rango en las charreteras de su chaqueta de cuero ceñida. Era el tipo de chaqueta que usaban los comandantes de los submarinos alemanes en el noticiario que ella había visto el viernes anterior. Durante un momento tuvo miedo de que pudiera tratarse de uno de ellos. Llevaba una bolsa grande de papel colgada del brazo, y eso le hacía parecer el recadero de un sastre.

Inge Linge se sintió como si su corazón hubiera empezado a latir a un ritmo diferente, y como si la sangre hubiera empezado a circular por sus venas en sentido inverso, haciendo que su pulso latiera irregularmente. Su temor se convirtió pronto en expectación, y estaba preparada para aceptar la llegada de este desconocido como una señal de que las cosas mejorarían, aunque él todavía no había dicho quién era, de dónde venía, ni por qué acudía precisamente a ella. Tal vez a los rebeldes no les iba tan bien como había pretendido la portera cuando la dejó sola en el apartamento, ni tan bien como declaraba el locutor de la banda de 415 metros cuando instaba a los rebeldes a continuar la lucha.

En el silencio y la oscuridad, Inge Linge podía oír la respiración del hombre. Aunque no ocurriera nada, pensó para sus adentros, el sortilegio de su soledad había sido roto. Sonrió. Además de la bolsa de papel, el hombre llevaba un maletín pequeño. Miró a su alrededor, nervioso. Luego se encogió de hombros y suspiró. Ella no comprendió. Antes de que pudiera decir algo, él rompió el silencio.

—Debe disculparme si mi visita resulta inoportuna —dijo con voz profunda—. Me envía el comandante Fuchs. Mi nombre es Pau Walter Manfred zu Loring-Stein. Fui observador militar en el Tribunal Popular de Praga. Al parecer está usted sola. Me gustaría quedarme una o dos horas con usted.

Ella aún pensaba en el complicado nombre. Entonces se dio cuenta de que no era prudente entretenerse y que ambos correrían peligro si aparecía alguno de los inquilinos.

—Por favor, entre y cierre la puerta —se apresuró a decir. Y agregó—: Espero que nadie le haya visto.

—Supongo que no —cuando hablaba, la herida de sable de su rostro se movía como acompañando las palabras. Tenía tres cicatrices, una junto a otra —. Es muy amable —prosiguió en voz baja y grave—. En estos tiempos una alemana es como una isla en esta ciudad.

Ella respondió con una risa forzada y vacilante.

Él comentó:

—Hablamos como si nos hubiéramos conocido en un baile, pero las cosas son más graves. —Observó cuidadosamente la sonrisa insegura de ella, pensando que los rebeldes se habían fortalecido en las últimas cuarenta y ocho horas, y los alemanes se habían debilitado, y continuó—: Pertenecí al Tribunal presidido por el consejero doctor Johannis Danziger. Él fue trasladado a Wiedenbruck y cogió el último Mercedes. Yo mismo iba camino de Alemania y fui sorprendido cuando unos bandidos tomaron la estación del ferrocarril. Puede imaginar el resto.

—Nunca pensé que los jueces tuvieran este aspecto. —¿Qué quiere decir?

—Este aspecto…

Quería decir que había esperado ver un monóculo y un estómago saliente.

—¿Existe algún peligro de que nos oigan?

—No creo. A la izquierda hay otro edificio, y al otro lado, una anciana que vive sola hace varios años. El resto de la familia se presentó ante el Tribunal Popular en el 42. En realidad no sé por qué.

—¿Usted pertenece al Partido Obrero Alemán Nacionalsocialista?

La pregunta no la sorprendió demasiado. Comprendió de inmediato que la emoción que había notado en él durante ese primer momento en la oscuridad, antes de que hubiera empezado a hablar y las cicatrices hubieran empezado a moverse hacia arriba y hacia abajo, no había sido real. Era un alemán lleno de temor, como ella, un soldado, un oficial, un hombre. ¿Y no era eso lo más importante?

Aunque su memoria no estaba muy entrenada para los nombres —esto le había causado algunos problemas en la Oficina de Empleo—, el de su visitante le quedó grabado: Paul Walter Manfred zu Loring-Stein. Con el mismo horror que había sentido al darse cuenta de lo sola que se encontraba, recordó que llevaba puesta ropa interior de algodón ordinario. Sin embargo, había tenido la precaución de coserle las etiquetas de prendas interiores más caras que había comprado en París. Se sentía complacida, además, de que Detleff von Fuchs le hubiera enviado un juez. Últimamente, sus visitantes habían sido soldados del hospital Hradcany.

—Aquí estoy completamente sola y empezaba a sentir que era más de lo que cualquiera puede soportar.

Ahora que había llegado aquel hombre, el significado de las palabras del padre Hesmussen —«Los dos se fueron juntos»— había cambiado.

El oficial que estaba de pie mirando a Inge Linge no comprendió el brillo de sus ojos verdes. Tenía muchas otras cosas de las que preocuparse para pensar por qué a ella le temblaban las fosas nasales y movía los párpados nerviosamente. Ella estaba pensando que casi preferiría que el «zu Loring-Stein» hubiera sido comprado, como el «von» del comandante Fuchs. Tal vez el simple hecho de su llegada le había salvado la vida, porque ya no estaba sola. De repente, Inge Linge pensó que sería mejor que aquella otra mujer, Ida Geron, hubiera muerto; que estuviera real y auténticamente muerta, y tuviera a alguien que pudiera confirmar oficialmente el hecho. Los de los tribunales de justicia podían hacer cualquier cosa; tenían leyes y papeles y sellos de goma para todo.

Era una idea estúpida. Se dio cuenta en seguida de lo idiota que era. Pero aún sentía el alivio que la había invadido al ver a alguien de pie en la puerta. «Los dos se fueron juntos». Tal vez si realmente existiera alguien que pudiera confirmarlo, sus temores también podrían desaparecer. Observó al juez militar mientras pasaba junto a ella con la mano derecha en el bolsillo y recorría lenta y deliberadamente todo el apartamento, examinando la cocina y el dormitorio. Cuando regresó al vestíbulo, miró dentro del lavabo y se asomó por la ventanita del patio de ventilación, y también examinó el cuarto de baño.

—¿Adónde dan las ventanas? ¿Al patio o a la calle? ¿Le importaría bajar las cortinas de oscurecimiento?

Ella respondió a las dos preguntas bajando las cortinas; entretanto, él dejó sus cosas y esperó a que ella encendiera la luz.

Debió de haber quedado sorprendido por algo que las palabras de ella no habían expresado, porque guardó silencio y primero observó a Inge Linge y luego los peces del acuario. Había peces negros y otros pequeños y transparentes que nadaban alegremente alrededor de ellos. La ondulación del agua hacía que las plantas se agitaran. El juez militar tenía los labios apretados. Ahora que ya no estaba sola, Inge Linge volvía a ser ella misma.

—Prepararé un poco de té —dijo en tono animado, y en seguida supo que iba a comportarse de un modo diferente.

Pero su serena voz infantil de contralto sonó extrañamente ronca. Se preguntó por qué todavía estaba tan asustada.

No dijo nada más y preparó la tetera, las tazas y el azucarero, regalos de una ciudad rusa a orillas del Don. Todo había comenzado por allí, aquel día de duelo nacional. ¿O era en el Volga? Siempre los confundía.

—Gracias —respondió Paul Walter Manfred zu Loring-Stein, y reflexionó un momento—. Si le gusta el café y no se ofende, yo tengo un poco.

Ella se sintió rebosante de alegría y su voz perdió la aspereza. «Los dos se fueron juntos». ¿No era ésa una buena señal? Este oficial de alto rango tenía lo que antes ella había echado en falta. Era un alemán, un hombre, no un emisario de la revolución.

Inge miró hacia el pasillo. A él se abrían dos puertas. Una era una pesada puerta de madera de fresno, pintada de blanco, con dos cerraduras —una superior y otra inferior— y una cadena que ella había comprado en una ferretería de nombre alemán, en la plaza de la Ciudad Vieja. Y luego estaba la puerta que daba al dormitorio: dos hojas blancas apenas más anchas que la espalda de un hombre, los paneles superiores de cristal fino, con un dibujo del cuerno de la abundancia. En el centro, como una luna transparente, se veía una bola parecida a las bolas de cristal en las que miran las adivinas.

—¿Cómo están las cosas por ahí? —preguntó.

—Es difícil saberlo. ¿Qué dicen por la radio?

—Sólo he oído al locutor de los rebeldes. Parece que están resistiendo. Sonaba como si cerca del micrófono hubiera alguien disparando…; era un ruido crepitante y desagradable. Disparos de fusil o de pistola. Bastante cerca. El locutor dijo que estaban luchando contra los tiranos. No se referiría a nosotros, ¿verdad? ¿A usted…, incluso a mí?

—¿No puede captar alguna de nuestras emisoras?

—Dicen que han rodeado las casas desde el palacio Czernin hasta la calle Kepler, donde había un nido de ametralladoras alemán.

Su mirada directa y un tanto asustada estaba ahora clavada en el oficial. Calculó que tenía poco más de treinta años. Su pelo era suave y claro, de ese color que nunca se pone gris, y también tenía la tez clara. Era alto y muy delgado. Observó cómo se inclinaba sobre el equipaje, la espalda curvada en un gracioso arco, el cuero gris de su chaqueta totalmente estirado, liso y brillante como el mar. Sacó la lata de café de su maleta y se la entregó.

Ella no podía imaginar lo que él estaba pensando. El juez bajó la mirada y pensó que ella podría haberle sugerido que se quitara la chaqueta y se pusiera cómodo. Habría escuchado con agrado una disculpa oportuna por lo que podría y no podría ofrecerle si él tenía que pasar momentos de peligro con la pequeña Inge Linge después de una ardua jornada de trabajo interrogando a delatores. Ella no era más que una furcia que intentaba parecer una belleza nibelunga; tendría que hacer la vista gorda y no prestar oídos al tono ronco de su voz, y tendría que olvidar lo que el comandante Fuchs le había insinuado al enviarlo allí. Aunque estuviera en una isla desierta, no querría intercambiar con aquella mujer más que unas pocas palabras. Pero intentó mantener la sonrisa. Se preguntó qué haría si ella se volvía demasiado pesada.

—¿Por qué no quita su nombre de la puerta?

—La gente de aquí me conoce, y ya ha ajustado cuentas conmigo.

—¿Quién vive en la casa?

—Ahora sólo quedan mujeres, y no me molestarán más. Me abofetearon esta mañana cuando salí a buscar la leche, y me insultaron. No creo que de verdad piensen que soy una tirana. Nunca le he hecho daño a nadie —y añadió—: ¿Por qué no deja sus cosas? No tiene por qué preocuparse. El comandante Fuchs nunca defrauda a nadie.

El juez militar no se movió para quitarse la chaqueta.

—¿No hay nadie en esa farmacia?

—No; el dueño cogió un arma y salió con los demás hombres esta mañana. Llevaba puesto uno de nuestros cascos tropicales.

—Fuchs dijo que éste era un sitio tranquilo, pero no dijo nada de esa tienda. ¿No va a quitar su nombre de la puerta?

—No quiero abrir la puerta a menos que sea necesario. De todos modos, si cree que debería… Esta mañana me dijeron lo que pensaban de mí y me abofetearon, y eso resuelve las cosas entre nosotros. Supongo que ahora han ganado, y que se formarán tribunales para juzgar…, pero no a mí… Realmente nunca le hice daño a nadie. No tengo coraje para hacerle daño a alguien —miró los pensativos ojos de color azul metálico del joven entre la red formada por las cicatrices, y no supo con certeza si él aprobaba o no lo que ella se había sentido obligada a decir—. No me asomé a la ventana hasta que oscureció —prosiguió—. Estaban disparando bastante cerca. Supongo que era cerca del hotel Regulus, pero eso fue esta mañana. Tienen todas las armas que estaban almacenadas frente al cuartel de la policía, en la calle San Bartolomé. Por eso creo que los hombres que se fueron no se acercarán a nosotros.

Como el oficial mantenía su escéptico silencio, sus pensamientos regresaron a la nariz ganchuda de aquella mujer. Y una vez más se preguntó si era posible conceder o negar el derecho a vivir. Ahora, con un experto en cuestiones legales, podría preguntar y recibir el alivio de la respuesta. ¿Por qué iba a seguir preocupándose por algo que de cualquier manera no podía solucionar? ¿No era éste un gran Reich, y no estaba claro que el Reich tenía derecho a recurrir a la crueldad con el fin de evitar que otros lo destruyeran?

¡Si al menos el juez militar se quitara la chaqueta —lo imaginó con el birrete de juez que llevaban en los Tribunales Superiores—, y si al menos se molestara en responder, ya que ella estaba haciendo tantos esfuerzos por entablar una conversación! Resultaba más fácil hablar con gente menos educada.

Ahora Paul Walter Manfred zu Loring-Stein notó que Inge Linge no estaba en absoluto tan serena como pretendía. Sus ojos de color azul acero captaron la inclinación de su boca, la expresión de amargura.

—Esto no tendría que habernos ocurrido nunca —comentó. Se estaba quitando la chaqueta de cuero, cuyo forro de raso tenía un dibujo de diamantes—. Nada de esto tendría que haber ocurrido. Europa era nuestra, desde el Atlántico hasta los Urales. Esto no tendría que habernos ocurrido. Al parecer pusimos nuestros asuntos en manos de la persona equivocada. No podíamos estar en todas partes.

Inge Linge tuvo la impresión de que la tuberculosa Ida Geron se había metido en su cabeza, detrás del verde serpiente de sus ojos, y que iba quitando el tejido de éstos y diciendo algo en una voz suave que nadie más podía oír. El juez también estaba pensando en una cosa mientras decía otra, en voz baja:

—No tenemos que perder las esperanzas. Aún contamos con un ejército intacto de un millón de hombres. Aún podemos darles su merecido, y demostrarles quiénes somos los alemanes.

—Permítame colgar su chaqueta junto a mi uniforme. —Después de guardar la chaqueta, comentó—: Aquí tengo algunos panecillos, pero son restos del viernes.

Quizá desapareciera, después de todo, el horrible fantasma viviente con su nariz ganchuda. Los tribunales necesitarían alguna confirmación. Paul Walter Manfred zu Loring-Stein la trataba de igual a igual, aunque la manera de decirle «señora» y su sonrisa carecían de la intimidad que ella esperaba. Era una experta en reconocer distintos tipos de militares. Había acogido a zapadores, a soldados de infantería, artilleros, soldados del servicio de transmisiones y aviadores.

Sabía que los artilleros eran duros de oído, y que si uno del servicio de transmisiones oía que en el aire había algo que podía aguarle la licencia, examinaba la onda media de la radio hasta que la policía secreta del Reich ocupaba todas las ondas cortas y las largas, incluso las de las radios alemanas. Sabía lo generosos y lo mezquinos que podían ser los oficiales, lo impacientes que podían mostrarse y cuán rápidamente decaía su interés una vez que habían saciado su apetito. Unos breves jadeos de felicidad era todo lo que le quedaba de su primer jefe de la Oficina de Empleo. Su principal cometido era luchar: los soldados luchaban y los generales ganaban batallas. Pero unos y otros perdían algo en el camino, y tenían menos tiempo para amar. Los generales nunca iban a su apartamento. Los soldados eran diferentes. Ocultaban sus sentimientos con la charla grosera y ridiculizándose a sí mismos y a ella.

Nunca había estado con un hombre tan atractivo y bien educado. Pronto podría preguntarle dónde había prestado servicios, si había resultado herido, qué batallas había ganado. Ningún hombre se negaría a hablar con ostentosa modestia de los peligros que había corrido; ningún hombre se negaría a responder a sus preguntas. Él le contaría todo sobre la ley y los tribunales, el crimen y el castigo, los criminales y los procesos.

Todos tenían de qué enorgullecerse. Ella nunca había aprendido a ser algo más. Nunca había sido más que una mujer. Se sentía halagada por una visita como aquélla, al tiempo que inquieta e incómoda.

Paul Walter Manfred zu Loring-Stein se había quitado la elegante gorra de oficial y la había dejado sobre el sillón cubierto con crespón. Tenía el pelo dorado como el sol, prolijamente cepillado sobre la cabeza estrecha. Guardó silencio durante un rato y ella imaginó su frente marcada de cicatrices llena de pensamientos profundos; confundió su desconfianza con inteligencia. Él notó que después de oír sus vagos comentarios, los labios de ella volvían a curvarse hacia arriba. Sonreía mientras contemplaba el armario en el que estaba colgada su magnífica chaqueta junto a la bata verde, y su gorra militar con visera, sobre el sillón cubierto con crespón.

—Debe de haber sufrido mucho —empezó a decir ella.

—Cierre la puerta con llave y la atrancaremos para que nadie pueda entrar. Podemos apoyar este armario contra ella. —Paul Walter Manfred zu Loring-Stein cogió un palo de escoba y lo partió torpemente por la mitad; colocó los trozos en el suelo y se las arregló para mover el armario sobre éstos, en dirección a la puerta. Sus dedos eran fuertes y blancos, con pelos rojizos en la primera falange. Esperó a que Inge Linge cerrara la puerta con llave y pasara junto a él, tan cerca que pudo sentir el olor de las cremas que usaba, y entonces empujó el armario contra la puerta—. ¿Comprende lo que quiero decir? —preguntó—. La ley es la fuerza. Ése es todo el secreto. Ahora puedo compensar lo que he pasado por alto durante las tres últimas noches. Estuvimos celebrando sesiones hasta el último momento; había alrededor de dos mil que esperaban su sentencia durante abril y mayo, gente de ellos y nuestra.

Cuando Paul Walter Manfred zu Loring-Stein hablaba, sus palabras parecían reales, hechas de plomo. Ahora, su silencio tenía la misma cualidad. Ella lo imaginó de pie, vestido con su toga de juez, leyendo una sentencia. Era extraño que sin ningún motivo ella imaginara que todo ocurría en un oscuro barranco rocoso y que, en lugar de toga negra, él llevaba puesta una piel de oso. La miró con ojos cansados. Realmente llevaba mucho tiempo sin dormir, pensó ella, y sintió pena por él, como si no hubiera crueldad en lo que él decía, en la vida, ni en ningún lugar del mundo. Después de todo, la confusión reinante los había hecho descender al mismo nivel.

 

3

La noche pasó lentamente.

—Tiene todo lo que necesita —le aseguró Inge Linge al menos por tercera vez—. No cabe duda de que los hombres no están en el edificio.

El oficial juez pareció animarse y en sus ojos ella creyó ver la única reacción que podía tocar su fibra más sensible.

—¿Tiene usted sangre alemana pura? —preguntó él.

—¿A qué se refiere, exactamente?

—¿Es de Alemania o de por aquí?

—De Alemania. De Magdeburgo.

Recordó al soldado que se había burlado del ejército ruso: un soldado solo ata un caballo a un carro de dos ruedas, carga el carro con toda la munición que el caballito puede arrastrar y recorre durante más de cuarenta kilómetros un camino más lleno de barro de lo que cualquier mente alemana pueda imaginar. Si a lo largo del camino no les ocurre nada al caballo ni al soldado, ¿qué pasa? El soldado había lanzado una carcajada desde la cama. Gastan toda la munición, matan al caballo, lo asan con la leña que hicieron con el carro y después se lo comen. Se preguntó hasta qué punto este juez militar sería distinto al soldado; ambos tenían dos ojos y una nariz.

El oficial juez la miró con expresión vacilante durante un momento. Ella encendió la radio y la sintonizó buscando la banda de los 415 metros. Cuando la encontró, el locutor afirmó que Praga estaba luchando y que la batalla se había trasladado de los suburbios al centro de la ciudad. Puso el volumen lo más bajo posible. Algunas secciones del ejército enemigo se habían rendido. Cada vez que se enviaban tanques contra las unidades rebeldes, quedaban anulados por cócteles Molotov, o de lo contrario se rendían. «¡Atención, atención! Praga está luchando…». Luego volvió a decir lo mismo. Ella apagó la radio.

—¿Qué decían?

Intentó explicárselo brevemente.

—Sus padres, ¿eran alemanes?

—Por supuesto —repuso ella—. ¿Ahora se siente tranquilo?

—Soy abogado y me gusta tener muy claras ciertas cuestiones fundamentales. Estoy seguro de que comprenderá. ¿Dónde podría cambiarme?

Inge Linge sonrió. Se le ocurrió que cada vez que dos personas se reunían, era posible que ocurriera algo entre ellas.

—Puede cambiarse aquí o en la habitación de al lado —y añadió—: Mis dos abuelas eran bastante aceptables.

—Naturalmente —respondió él—. Pero no me refería a eso.

—Empezaba a tener miedo —comentó ella.

Y esperó a que él le preguntara por qué, para poder responderle que empezaba a tener miedo de que él realmente hubiera ido a su apartamento sólo para cambiarse de ropa.

Paul Walter Manfred zu Loring-Stein supuso que era su pregunta lo que la había asustado, y no preguntó nada más.

—Así que cerraron la farmacia. Eso está bien.

La observó con sus ojos azul grisáceo, y no movió ni un solo músculo de su rostro.

—El agua está hirviendo —anunció ella.

Él levantó sus cejas claras y desteñidas por el sol. Estaba pensando lo extraño que resultaba que él —juez, oficial e historiador— hubiera recurrido a esta criatura de la calle para encontrar un refugio en el cual hacer una pausa y analizar el siguiente paso. No habían contado con este alzamiento.

¿Ahora sólo era cuestión de días, incluso de horas? ¿Acaso se trataba de qué ejército aliado llegaba primero a Praga? Apretó los dientes. Y si las cosas empeoraban y el combate se acercaba hasta esta tranquila calle a la que el medio gitano Detleff Fuchs lo había enviado a ocultarse, se instalaría en la ventana y dispararía hasta que se le terminaran las municiones, como habían hecho los alemanes en Annaberg.

Miró a su alrededor. El armario seguía apoyado contra la puerta y había dejado un enorme espacio vacío, con grandes telarañas en la pared. Inge Linge barrió lentamente una telaraña y aplastó la araña.

Entretanto, Paul Walter Manfred zu Loring-Stein había descubierto todo lo que había que saber del lugar. Si las cosas resultaban ser lo que imaginaba, se iría tan rápidamente como había llegado. No permitiría que esta ramera, que no hacía más que poner los ojos en blanco e intentaba actuar como una viuda, se interpusiera en su camino.

Siguió los movimientos silenciosos del pez negro que nadaba en el agua verde. Las puntas de sus aletas dorsales hendían la superficie. El brillante pececillo de neón se movía rápidamente de una pared de cristal a la otra.

Aunque ella le hubiera salvado la vida —y tal vez lo había hecho, ¿quién sabe?—, aun así no cargaría con ella. Al mismo tiempo se preguntó si podría irse tan fácilmente como había llegado, y empezó a preocuparse por asegurarse de que podría hacerlo. Por primera vez se le ocurrió que ella podría traicionarlo. ¿Debía garantizarse una partida segura actuando como estaba previsto? Un canalla como Detleff Fuchs podía hacerle cargar con ella. Acaso alguien del Alto Mando alemán tenían un sentido del humor lo suficientemente cruel como para haber puesto a un hombre como ése a cargo de la Protección de las Mujeres Alemanas del Reich en Praga.

En 1941, Adolf Hitler pensó convertir París en un gigantesco parque de atracciones para todo el Tercer Reich, pero la idea no había prosperado. Y tampoco resultaron las inundaciones destinadas a detener a los aliados invasores. En los alrededores de Dieppe casi todo había quedado anegado; más allá no era tan sencillo. Ésos eran los gloriosos días en que Hitler, el advenedizo, aún gozaba de los favores de la nobleza alemana, del ejército y del Alto Mando. Durante 1943 habían ocurrido muchas cosas que podrían haber salido de uno u otro lado. La justicia había decidido que se debía esperar, y mientras tanto, servir. El hecho de que no quedara todo revelado antes del alzamiento, sino después, había confundido a todos.

Se le ocurrió que podía estar en condiciones de comprar su seguridad por anticipado. De repente, quiso ganarse la confianza de Inge Linge, mujer de mirada atrevida y escéptica. Tenía plena conciencia de que a una persona desconfiada no se la engaña fácil ni completamente. Si esto significaba que ella haría cosas desagradables para lograrlo, ¿intentaría incluso escapar a Alemania?

El mobiliario no era nuevo. Lo observó con mirada apreciativa, esperando que ella lo notara. Tal vez el comandante Fuchs había intervenido también en eso. Era responsable de los depósitos de muebles confiscados de Bohemia y Moravia, así como de la Protección de las Mujeres Alemanas del Reich en Praga. Le estaba agradecido al comandante por proporcionarle este escondite, pero ¿qué pasaría si el combate se extendía a esta zona de la ciudad? ¿Acaso el muy canalla lo había enviado aquí deliberadamente, para deshacerse de él? Eso podría haber sido traición o tal vez la única salida.

Incluso hoy, podría dispararle al comandante Fuchs sin sentir el menor arrepentimiento. Se dijo que debía dormir un poco.

—¿Está segura de que la luz no se ve desde el pasillo? ¿Por una rendija de la puerta o por la mirilla?

—Sí, estoy segura.

—Le he traído un pequeño regalo; no quiero nada a cambio de nada.

Probablemente no fue tan sensual como a ella le habría gustado, y quiso dejar en claro sus intenciones mientras se ganaba la confianza de ella de otra manera.

—Oh, no, no me gustaría que pensara eso de mí —la respuesta de Inge Linge fue inesperada.

Paul Walter Manfred zu Loring-Stein sacó una pequeña joya. Ella no se dio cuenta de que el interés de él estaba en otra parte y no en sus manos suaves y blancas ni en esta casa con frente de mármol negro. Por un instante olvidó a Ida Geron, la anciana de pelo negro, pero, extrañamente, fue durante un instante muy breve. Se le ocurrió pensar que esa mujer también había sido joven alguna vez. También ella podría haber recibido un regalo de un hombre. Pero los regalos que se hacían a las personas como ella siempre pasaban a las manos equivocadas.

—¿Detleff Fuchs viene por aquí a menudo?

—Gracias —logró decir ella por fin—. No…, no lo espero… Hace mucho tiempo que no lo veo.

—En esta calle, él no correría peligro —comentó Paul Walter Manfred zu Loring-Stein en un tono demasiado indiferente como para que ella no notara algo más en su voz—. Éste no es exactamente el centro de la ciudad. Sin embargo, no creo que una compañía de seguros que se precie pueda cubrirnos en este momento. Incluso dudo de que encontráramos un juez que nos dejara en libertad. Y si nos hieren, en la farmacia de enfrente ni siquiera hay vendas.

De repente, Inge Linge dejó de sentir la necesidad de aquietar sus temores.

—Dijo que quería dormir un poco. Puede ir a acostarse.

Por segunda vez pensó que ella podía traicionarlo. ¿Estarían ella y Von Fuchs tramando una conspiración contra él? No le gustaban los ojos verdes de ella que, tal vez, reflejaban su debilidad. Todas las mujeres que se sentían atraídas hacia él, pretendían algo. Tenía que resistir su influencia con todas las fibras de su voluntad.

Inge Linge guardaba silencio. La joya, ¿habría pertenecido a su familia? ¿Se la habría cogido a alguien? Después de todo, era un juez. Trataba con la ley y con los tribunales.

Volvió a ver mentalmente los ojos inflamados del soldado lloroso, y él le decía cómo enviaban todo a Alemania, incluso los paraguas, las gafas, los miembros artificiales, los dientes de oro. Le contaba que usaban palas de carbón para hacer pilas con los zapatos de los niños, y lo contento que estaba de que a su sobrinita la hubiera matado una bomba. Debía de haber una montaña de zapatos de niños: blancos, azules y rosados con los cordones desatados.

Pero Paul Walter Manfred zu Loring-Stein estaba mirando otra vez dentro del armario. Éste parecía bastante lujoso. Pensó en que habían estado preparados cuando el abrevadero quedó lleno hasta el borde con el botín de los comandos especiales.

Los vestidos estaban impregnados de perfume. Lo hacía sentirse cien veces más soñoliento. ¿Por qué tenía que refrenarse delante de esta ramera? ¿Por qué no iba a hacer lo que quería?

Miró a Inge Linge, abarcando su figura menuda y firme, los músculos nudosos de sus piernas, una cruzada sobre la otra. La observó serenamente a través de la red de cicatrices. Era una mujer de alquiler, una artista de taberna incapaz de apreciar todo lo que él decía. Así como Detleff Fuchs nunca dejaría de robar a quien se pusiese en su camino ni de frecuentar a las putas, esta criatura seguiría abriendo las piernas en nombre del Tercer Reich —en nombre de cualquier cosa— para su provecho. Empezaban a escocerle los ojos. Estaba más cansado de lo que había creído. Pensaba en los hombres que había visto durante las últimas horas, gente de carácter inestable, que se desintegraba.

¿Ella tendría hermanos? ¿Habría alguna enfermedad en su familia? Pensó en las enfermedades hereditarias. Recordó los caballos de silla bien cuidados, con el pelaje brillante, cuyos movimientos lentos y rítmicos, mientras pastaban, se había dedicado a contemplar, apoyado en la valla. Enormes en la densa niebla gris, le recordaban a las esposas de los granjeros, de nalgas y pechos generosos y modesto orgullo.

El juez militar estaba estudiando cada uno de sus movimientos, aunque ella ni siquiera pestañeara. Detestaba a las mujeres gordas, y en lo más profundo de su alma sabía que si ella se presentara ante los tribunales no tendría la más mínima posibilidad. El modo en que intentaba seducirlo, como si estuviera tendiéndole una trampa, lo ofendía. Le recordó el olor del perfume destinado a los hombres. Dedicó a Inge Linge una sonrisa forzada que ella le devolvió de inmediato.

No sabía qué era lo que el juez militar quería de ella, y dio vuelta a la pregunta: ¿qué era lo que no quería? La mirada del juez se deslizaba por su cuello.

Percibió la energía agotada de la mujer que tenía delante. No le gustaba la gente que no tenía habilidad para la conversación ni fuerza de voluntad para guardar silencio. El disgusto y el desdén crecían en su interior, obligándolo a controlarse.

—Entonces, ¿cree que podría acostarme sin temer ninguna perfidia? —le preguntó en tono agrio.

—Por supuesto.

Inge Linge se volvió para retirar la colcha. No sabía lo que había querido decir con «perfidia».

—Quiero estar solo —sonó como si se tratara de una orden.

Las comisuras de los labios de ella se curvaron hacia abajo. Él era duro. ¿Por qué se comportaba como si ella fuera a morderlo, o como si la considerara desagradable? Una vez más se sintió culpable con relación a Ida Geron y a su tuberculosis, y sólo Dios sabía qué habría sido de ella. Ahora dudaba de la tajante línea divisoria que una vez la había separado de personas como Ida Geron o Jenny Burckhart, que vivía en su misma calle, o de su padre, Ferdinand Linge, mientras él había estado vivo y enjabonaba barbillas de todos los rangos y servicios, excepto de la caballería húngara. Sabía que la mujer había muerto hacía tiempo; en efecto, no necesitaba que nadie le confirmara ese dato. Aún tenía de ella la imagen de aquel día: con las dos maletas, y sin nadie que la ayudara a llevarlas.

—Naturalmente —dijo ella en voz alta—. Aquí tiene la cama. Que duerma bien. Yo estaré en la cocina.

Salió lentamente, como si hubiera abandonado la batalla, herida y sorprendida de sí misma. Él no había creado la diversión que ella esperaba. Pensaba en el oficial juez. Paul Walter Manfred zu Loring-Stein posó la mirada en la pared en la que colgaba el cuadro.

—¿Es un general prusiano?

Inge Linge miró a su alrededor y asintió. El personaje lucía un uniforme azul de general, con anchas bocamangas rojas y cuello duro y alto, de color amarillo, que le hacía mantener la nariz levantada.

Salió, cerrando la puerta a sus espaldas. Tal vez todo se debía a su fatiga. Tendría que haberlo notado antes, y ahorrarse el problema. Él no era una pera que colgaba de un árbol y esperaba que la cogieran. Si al menos Paul Walter Manfred zu Loring-Stein hubiera intentado vencer su ansiedad y olvidarlo todo, las cosas no habrían estado tan mal. Ahora comprendía que el oficial juez, tan frío y desapasionado, se quedaría o no según su propia opinión. Las campanas finalmente habían dejado de repicar. Sin embargo, no era probable que el padre Hesmussen o Herr Haske estuvieran durmiendo. Los alemanes que se encontraban en Praga no estarían durmiendo. Se sintió como alguien que se pregunta qué partes de sí mismo ha perdido por el camino, alguien que ya no quiere seguir adelante.

Intentó dormir en el sofá de la cocina. Tenía miedo al rechazo. ¿Era esto el rechazo? Pero en lugar de dormir se quedó boca arriba, mirando fijamente el cielo raso. ¿De dónde salía este anhelo por estar con alguien, aunque el otro no le importara lo más mínimo? Escuchó lo que ocurría al otro lado de la pared. Paul Walter Manfred zu Loring-Stein estaba acostado, pero no descansaba. Lo oyó dar vueltas. En la casa reinaba el silencio. El número 14 de la calle de los Castaños no formaba parte del alzamiento de Praga, y súbitamente Inge Linge no supo con certeza si en realidad se alegraba de ello.

 

4

Más tarde, el juez notó lo deprimida que ella se sentía y supo que tenía que animarla. Le dolió la cabeza al observarla atravesar la habitación hacia donde estaba la radio.

—Me pareció oír que alguien golpeaba —comentó Inge Linge para justificar su entrada.

Era evidente que estaba mintiendo. Paul Walter Manfred zu Loring-Stein se encogió un poco.

—¿Cuándo? ¿Ahora? —las cicatrices parecían moverse de un lado a otro de su rostro.

—Hace un ratito.

—¿Lo oyó por segunda vez?

—No.

—¿Está segura?

—No.

—¿Podría haberlo soñado? —ahora él escuchaba con atención.

—Sí —respondió, repentinamente harta—. Creo que debo de haberlo soñado. Ahora no soporto estar sola.

—Tranquilícese.

—¿Qué va a pasar?

—Debemos esperar. Y el que no sepa hacerlo, tendrá que aprender, eso es todo.

—¿Vamos a perder?

—Seguro que no, no a largo plazo.

—Lo único que me asusta es que quizá no lo veré. Por eso estoy tan intranquila.

Hizo girar la aguja del dial y se preguntó si sería capaz de resistir hasta el final.

Entonces la banda de los 415 metros salió al aire. El locutor citó la emisora alemana Flensburg, diciendo claramente: «Alemania se ha rendido. Después de cinco años y ocho meses de lucha, Alemania ha renunciado al combate. Este anuncio fue hecho por el propio ministro de Asuntos Exteriores en un discurso difundido desde Flensburg, Alemania, a las 14.30 horas. Éstas fueron sus palabras: “¡Hombres y mujeres de Alemania! El Supremo Mando alemán, a las órdenes del almirante Doenitz, anunció hoy que todas las fuerzas alemanas deben rendirse incondicionalmente”. Reuters añade que aún no se sabe si estas órdenes serán obedecidas por todas las fuerzas alemanas que aún combaten activamente…».

Ella bajó el volumen y entrecerró los ojos.

—Por Dios… Ya lo ha oído…

—Serénese. Debe de haber algo más. Podría ser una trampa.

Ella se quedó de pie en medio de la habitación. Mientras clavaba la mirada en el rostro marcado de Paul Walter Manfred zu Loring-Stein, recordó la primera vez que había estado con un hombre. No se había sentido muy segura de lo que hacía. En aquel entonces, ni siquiera sabía tanto como Jenny Burckhart. Había acariciado los muslos de él y lo había sentido temblar y esperar en silencio lo que ocurriría a continuación, lo que haría ella con sus dedos suaves, sensibles y acariciadores. Cuando se dio cuenta de lo feliz que lo había hecho, ella también se sintió feliz.

Nunca era lo mismo después de la primera vez. En algunos momentos volvía a su memoria, como una lejana recompensa por tanto trabajo arduo, pero nunca era nada más que un débil reflejo de lo que ella recordaba. Al día siguiente, cuando se despertaba, se sentía tan feliz que tenía ganas de cantar.

Observó los ojos de color azul acero de Paul Walter Manfred zu Loring-Stein. Estaba segura de conocerlo. Podría haberle disculpado la ofensa de la noche anterior. Realmente era lo que la portera le había dicho.

La banda de los 415 metros, que ahora era su arma, volvía a hablar mientras ella giraba el botón: «Los aliados anunciaron hoy de manera oficial que Alemania se ha rendido incondicionalmente. El acto de rendición tuvo lugar a las 14.41, hora francesa, en la pequeña escuela que alberga el cuartel general de los aliados. Por parte de Alemania firmó el general Kurt Jodl. Aunque el almirante Doenitz se ha rendido incondicionalmente, es probable que en el último momento el mariscal de campo Schorner ordene a sus fuerzas situadas en Bohemia…».

La emisión quedó interrumpida repentinamente e Inge Linge se volvió, como si incluso la radio la hubiera defraudado.

—¿Puede darme un vaso de agua?

Ella no respondió.

Durante un instante, los ojos de él —pequeños, de color azul acero y fríos — parecieron casi muertos.

De pronto ella tuvo que salir de la habitación antes de hacer algo inexplicable.

 

5

Cuando regresó, el oficial juez ya no llevaba el pijama ni el uniforme con charreteras verdes y plateadas. Se había puesto un traje gris oscuro de paisano y estaba de pie frente al espejo. Parecía el representante de una empresa alemana de exportación. Sus ojos azules eran casi amables. Alto, pulcro, con una expresión cortés en el rostro, parecía bastante distinto. Las cicatrices eran lo único que no se ajustaba a su nueva imagen. La bolsa de papel en la que había guardado el traje estaba tirada encima de la cama. La sábana estaba estirada, y del lecho salía el aroma empalagoso del perfume de ella mezclado con el calor del cuerpo de él.

Mientras Inge Linge miraba al hombre con admiración involuntaria, la ofensa del día anterior se disolvió y se hundió profundamente para unirse a la imagen de Ida Geron y sus ojos negros. Paul Walter Manfred zu Loring-Stein llevaba una corbata lisa, de color azul marino. Se lo veía serio, pero renovado. Al mirarlo, Inge Linge experimentó el mismo anhelo que la había inundado el día anterior mientras estaba en la cocina. El anhelo era recuerdo, el eco de un sentimiento del pasado.

—Cuando paso mucho tiempo sola, se me ocurren tonterías —comentó—. No me extraña. De todos modos, estoy avergonzada. ¿Cómo durmió?

Pronunció las últimas palabras en voz baja. Su ronco tono de contralto sonó con un ansioso ruego de calor humano y un extraño temor que surgía de la suerte de aquella otra mujer que había recorrido este mismo apartamento. «Y los dos se fueron juntos».

—Gracias, realmente necesitaba dormir —repuso Paul Walter Manfred zu Loring-Stein. Miró a su alrededor y afirmó—: Me gustan sus flores. Me gustan las flores.

Ella contempló con aprecio su figura alta y delgada. Sabía muy bien que ya no quedaban muchos hombres como él. Comprendía la situación, a su manera. Se sentía agradecida hacia él por mostrarse más accesible. ¿Qué esperaba de un hombre en un momento como éste? ¿Comprensión, mimo, la recuperación del afecto o, al menos, poder compartirlo?

Sintió deseos de correr hacia él y acariciarlo. Tembló al ver el destello de sus ojos y las cicatrices de sable. Quería ablandarlo. Lo había interpretado erróneamente.

Paul Walter Manfred zu Loring-Stein estaba pensando que para una mujer como Inge Linge no había nada sagrado. Ella no compartía la preocupación que los hombres y las mujeres de Alemania tenían en este momento: la pérdida de los derechos y del poder del gran Reich. «Furcia», dijo para sus adentros. Quiso gritar: «Mientras nuestros grandes hombres están muriendo, ¿todo lo que se te ocurre pensar es eso?».

—En Praga, cuando brilla el sol como ahora y el cielo está tan claro, los días son maravillosos y tristes —comentó—. No sé por qué parecen tan tristes. Tal vez por el color de los tejados y los jardines.

—Días tristes —repitió pensativamente Paul Walter Manfred zu Loring-Stein.

Se preguntó si el moreno Detleff Fuchs estaba seguro de que las mujeres como Inge Linge eran examinadas a fondo y con frecuencia por un médico del ejército. De acuerdo con la ley militar, Fuchs debía ser colgado. Sus ojos hundidos se ensombrecieron. Su rostro y las cicatrices móviles enrojecieron. Tal vez incluso su sangre era mala para hacer transfusiones a los soldados heridos.

—¿Tiene algún sitio en el que pueda quemar mis cosas?

—No —respondió Inge Linge—. El comandante Fuchs hizo poner la instalación eléctrica para todo. Tenía miedo al gas y al fuego. Ni siquiera tengo sótano. Sé lo cedí a la portera. Tiene una familia numerosa, con tres hombres. Todos trabajaban en los tranvías.

—Entonces, ¿podría esconderme esto?

—Sólo tengo el armario. Podría guardarlas en la parte de atrás.

Él se conformó con el hecho de que debajo de ese bonito pelo descuidadamente suelto a la altura de las sienes, la cabeza de ella estaba vacía y sus ojos de color verde serpiente carecían de inteligencia.

—Escóndalo en algún sitio —indicó—. Ya sabe lo importante que es en este momento.

Ella sintió la necesidad de apagar la luz. Fue algo súbito y obvio. Todo se confundía en su cabeza, una cabeza tan redonda que los oficiales alemanes siempre le decían que su madre debía de ser de Bohemia o, en todo caso, de la Alta Silesia, donde todo estaba tan mezclado. Pero, sin duda, no de Alemania. Apagó la luz central y sólo dejó encendida la bombilla blanca de detrás del acuario. Los peces de colores nadaban lenta y perezosamente. Mientras ella pudo comprar todos los días huevos frescos de hormiga, evitaban al pez negro grande, pero ahora salían de su escondite incluso durante el día. Querían encontrarse lo más cerca posible de la superficie cuando ella desparramara el alimento. Ahora estaban muertos de hambre y serían afortunados si sobrevivían hasta el amanecer.

Una vez más, Inge Linge vio flotar la imagen de esa mujer, la mujer que en otros tiempos respirara el aire seco de este apartamento y luego, como había dicho el joven soldado, se había asustado de un olor decisivo y amargo. Inge Linge se reprochó a sí misma. No debía pensar en eso, al menos porque estaba viva, sentada junto a un hombre apuesto, tomando té. Porque existía, separada y apartada, dado que no cabía la esperanza de unirse a nadie.

Encendió la radio. Era su consuelo, su arma y un incentivo para que él se quedara con ella.

—¿Quién vive en el piso de al lado?

—Todos los hombres se han ido, y en cualquier caso a ese lado no hay ningún hombre. Ya se lo dije. Fueron arrestados y nunca regresaron. Bajaré el volumen.

Zarah Leander cantaba suavemente en una de las emisoras. Inge Linge conocía la letra de la canción. Entrecerró los ojos y observó a Paul Walter Manfred zu Loring-Stein. ¡Cuántos hombres había tenido entre sus brazos, oh, Dios! Aunque no todos habían sido exactamente como él, ni tenían nombres tan extraños…, siempre y cuando él no lo hubiera robado, por supuesto, o inventado. ¿Sería realmente tan bien educado como pretendía si alguna vez se encontraba en un aprieto? Ella sabía muy bien que este tipo de educación estimulaba la generosidad en épocas de abundancia, y la mezquindad en los malos tiempos. ¿De qué clase de educación se trataba, sin embargo, que hacía que un hombre se negara a sí mismo cuando había mil razones para no hacerlo? Era una pena que no hubiera venido el comandante. Él no la habría dejado desamparada en un momento como éste. La cantante concluyó su canción y la música siguió sonando suavemente.

—¿Estas paredes son tan gruesas como para que usted esté tan despreocupada?

—No se puede oír a través de ellas. Lo he probado. Puede creerme.

—El problema no es si la creo o no.

Inge Linge era cada vez más consciente de la silueta del hombre que tenía delante, como si su propia respiración la ayudara a sentir con mayor claridad la presencia de él. Se sentó cortésmente a tomar el té y contempló los ojos oscuros del hombre, su brillo metálico. Sintió que la invadía una nueva ola de excitación. «Realmente tiene una hermosa figura», se dijo una vez más, preparada para dedicar una atención total al cuidadoso escrutinio de su persona, incluidas las cicatrices de sable. Deseó simplemente ocultar el hecho de que se temían mutuamente, como perros y gatos, o gatos y ratones. Entonces un nuevo temor se apoderó de ella, y también ira y una sensación de expectativa.

—Hoy fue un día raro. No logré dormir.

Le resultó imposible no pensar otra vez en la mujer, en sus pechos marchitos. ¿Dónde estaba la sepultura de la judía, si es que tenía alguna?

Para las mujeres como ésta, pensó Paul Walter Manfred zu Loring-Stein, para las mujeres que viven en hoteles que se han convertido en dormitorios en los territorios hostiles conquistados, los soldados alemanes han robado. Robaron toallas, vajillas de plata, lencería de encaje, servilletas, almohadas. En ocasiones utilizaban barcos, que se convertían en naves de transporte de las mercancías robadas. Otros que tenían la oportunidad y no podían resistir la tentación, robaban en los campos diamantes y anillos para ellas. Sólo tenía que mirar a su alrededor para obtener una imagen completa. Sonrió burlonamente. No necesitaba escarbar demasiado en su memoria para recordar otros casos semejantes que había juzgado. La guerra se había convertido en una oportunidad para muchos. Sus ojos eran fríos y albergaban una sensación de distancia.

—Es de noche —dijo ella para romper el silencio—. Amanecerá.

¿No decía Detleff von Fuchs en algunas ocasiones que uno debía protegerse de las personas a las que les había hecho algún favor? ¿Quizá había sido algo distinto a la amabilidad lo que lo llevó a enviar a este hombre a su casa?

Pensó en la primavera, que siempre le había gustado más que el otoño; pensó en cómo la primavera cambia las cosas, en cómo cambia todo completamente. Su padre afeitaba a los hombres en la calle y les decía: «Los gusanos del queso están hechos del mismo queso». Deseó que su padre estuviera más cerca. Pensó en los peces y en las golondrinas. En la iglesia y en las oraciones. Le daba miedo la noche y todo lo que podía oír en la oscuridad.

Recordó lo que dos soldados italianos que habían llegado juntos le habían dicho inmediatamente: «El pecado que se comete a escondidas está ya perdonado a medias». Los soldados italianos eran distintos a los alemanes. Actuaban como personas que habían llegado por error a una cafetería, pero ya que estaban allí, pedían café o vino; se notaba, sin embargo, que se habrían sentido más cómodos en otro sitio. Aquellos dos italianos habían reído y comentado que rezar y dormir eran la misma cosa.

—Quiero ser práctica.

—Por supuesto. Los dos tenemos que ser prácticos.

—No quiero resultar desagradable.

El juez militar no respondió. Captó en la mirada de ella destellos del instinto de conservación.

La observó. ¿Qué sabía ella acerca de que el Tribunal Popular dictaba pena de muerte por todo, incluidas las así llamadas insignificancias? Hacía mucho tiempo que había aprendido a leer con un sexto sentido el más leve gesto y los movimientos faciales de las personas. Llevaba en su interior un mapa de su propio mundo que también medía el tiempo; quería utilizarlo como él deseaba, no según las exigencias de los demás. Su mente seleccionaba, identificaba, consideraba y clasificaba. Si pudiera, pesaría y mediría el viento y la quietud. Llevaba consigo una brújula que conservaba y nunca abandonaría. Se sentía conectado a algo de un orden superior al encarnado por esta putilla regordeta, a la que tenía que brindar su compañía. La inocencia le hacía sentir un hormigueo en la piel.

—Me alegro de que esté aquí conmigo —declaró ella, suspirando—. Anoche quería decirle que no tenía necesidad de darme nada. Quizá alguien en su casa podría usar el anillo.

—Eso está fuera de discusión. Sé lo que hago…, suponiendo que me quede, naturalmente. Esto se prolonga, y usted no esperaba que fuera así.

—Gracias, muchas gracias… De todos modos, no era eso lo que quería decir —y añadió en tono resignado—: No lo dije por eso.

 

6

A la hora de la cena, Paul Walter Manfred zu Loring-Stein sacrificó dos latas de sardinas portuguesas. Inge Linge abrió un frasco de melocotones y uno de manzanas italianas. El oficial juez volvió a pensar que Detleff Fuchs, que había embaucado a la Oficina de Asuntos Raciales; nunca había soportado la inspección militar. Y sin duda había enviado a los médicos a cualquier sitio menos aquí, donde más necesarios eran.

—Nunca he estado sola tanto tiempo. Siempre intento ser valiente. Dentro de poco quizá empiecen a disparar otra vez.

—¿Qué diría si apareciera alguien?

—Simplemente no abriría la puerta. De cualquier manera, tampoco podría porque el armario está en medio. Pero aunque pudiera, diría que usted es un amigo mío, coronel —vio que él corría el seguro de la pistola y volvía a guardarla en el bolsillo superior—. Me gusta tener visitantes —continuó—. Los visitantes italianos fueron siempre los más agradables.

Pero no era eso lo que quería decir. Pensó en un aviador que había perecido en un accidente aéreo cerca de Roma, donde más tarde fue enterrado. Recordó que la primera vez que ambos habían entrado en el dormitorio, éste sólo estaba iluminado por la luz del farol de la calle, que se filtraba por las cortinas. Aunque parecía apasionado, se tomó su tiempo para quitarse y doblar cuidadosamente el uniforme y colgar los pantalones de una silla. Tenía piernas de chica. Empezó por los tobillos de ella y dejó una línea húmeda a lo largo de todo su cuerpo. Por un amigo de él que más tarde había acudido a ella, se enteró que estaba enterrado en un cementerio cristiano. El otro piloto se había perdido en el área de Nápoles; su cuerpo nunca apareció. Ella miró al juez militar y se preguntó: «¿Son las mujeres físicamente más agresivas que los hombres?».

Mientras se servía más galletas, sus dedos rozaron los de él. Notó que el juez se apartaba un poco. Volvió a tocarlo y una vez más notó un movimiento casi imperceptible. ¿Dónde estaba escrito eso de que el hombre debía ser el agresor? Las mujeres eran más adecuadas para ese papel. La antigua excitación volvió a crecer en su interior.

Empezó a cantar suavemente, con una voz ronca que no podía compararse con la de Zarah Leander. ¿Qué era lo que flotaba en el aire? ¿Qué reflejaba la canción de Zarah? Flensburg guardaba silencio.

—¿Le gusta estar aquí sentado? —preguntó ella en tono suave.

Su perfume de lilas tenía un olor fuerte.

—A veces —admitió—. Por supuesto, tengo que cumplir una misión, aunque ahora esté aquí con usted. Sí, realmente es agradable estar aquí.

Él hablaba con fría brevedad. Y cada vez que abría la boca para decir algo, lo que fuese, y las cicatrices se movían por su cuenta en su rostro, su voz sonaba en su mente de una manera distinta. ¡Qué furcia desvergonzada era ella, realmente! Tal vez deseaba que él la azotara. Adolf Hitler había muerto hacía una semana. Y aquí estaba él, en algún lugar de Praga, resistiendo las provocaciones de esta mujer. Quizá disfrutaría si él la azotaba.

Tendría que seguir siendo cuidadoso. Inge Linge era persistente, y él no podía apartarla con brusquedad, como a una vaca parada en medio de un camino rural. Ni podía condenarla por socavar la vigilancia militar, sobre todo teniendo en cuenta que no llevaba puesta su toga de juez ni su uniforme de oficial. Quizá ella ya no se sentía unida a la causa alemana. Después de todo, la portera había considerado resuelta la cuestión con un par de bofetadas y algunos insultos. Él necesitaba este refugio durante un tiempo. Si tenía que ocurrir, simplemente cerraría los ojos.

—¿Hago la cama otra vez? —preguntó Inge Linge.

Ahora sabía con certeza que se saldría con la suya, y se mantuvo firme con música suave y brisas cálidas.

—Un poco más tarde —repuso Paul Walter Manfred zu Loring-Stein, oficial y juez—. Primero debo terminar el té.

 

7

Más tarde, Inge Linge estaba acostada junto al oficial juez. Aún llevaba puesta una bata de seda japonesa con un brillante dibujo de flores, lo mejor que encontró en el armario.

—Todas las botellas están vacías —se disculpó—. No tengo ni una gota de nada.

—No importa —aseguró él.

Él miraba la botella vacía con absoluta indiferencia. Eran dos extraños. Ella sintió el impulso de cogerla y lanzarla a los ojos azules de él, tan llenos de disgusto, y a sus cicatrices, para reducir la distancia que los separaba. Tenía delante de sus ojos la orgullosa y apretada boca de un oficial juez que olía levemente a loción para después del afeitado.

Sí, pensó ella, no era más que una mujerzuela de la que cualquiera podía apartarse disgustado.

Paul Walter Manfred zu Loring-Stein, que tenía muy buena opinión de sí mismo como para entender lo que pasaba por la mente de Inge Linge, sin embargo, se dio cuenta vagamente de lo que había ocurrido. Sus cicatrices volvieron a moverse. Los ojos verdes de ella, llenos de congoja ante todas las preguntas para las que no había respuesta, lo observaban fijamente, y sus pestañas de color castaño estaban húmedas. Su tez era pálida, casi blanca, lechosa.

—Iré a acostarme en la otra habitación.

—¿Por qué? —preguntó él. Transcurrido un instante agregó—: Supongo que yo sería mejor compañía si hubiera venido a verla en otras circunstancias.

Con la misma rapidez con que decidió irse a la habitación, sintió pena por él. Ese sentimiento también desapareció mientras él se mordía los labios, cortados y marcados en dos sitios distintos. La antigua ansiedad provocada por la ira volvió a amenazarla.

—¿Fue herido alguna vez? —le preguntó al juez militar.

—No —respondió—. ¿Por qué me lo pregunta? —Y agregó—: ¿Cree que por eso…? —lanzó una carcajada profunda y alta, como si se estuviera riendo para sus adentros de alguna otra cosa. Para esta mujerzuela no significaba nada en absoluto que los mejores soldados hubieran sido enviados a arreglar las calles—. No, simplemente tengo otras preocupaciones.

Era mentira. Y, sin embargo, lo que más le preocupaba era cómo salir de esta laguna de ley y orden alemanes. Estaba llevando más tiempo del que había pensado. Porque a Paul Walter Manfred zu Loring-Stein realmente no le habría gustado arreglar las calles de Praga, todo sucio, con la cabeza afeitada, vestido con harapos.

Inge Linge sintió cierto alivio al comprobar que su suposición había estado tan cerca de la verdad. Experimentó una sensación de superioridad y agudeza.

Paul Walter Manfred zu Loring-Stein abandonó sus propios pensamientos y quiso hablar con ella. ¿Tenía miedo incluso de esta fulana? ¿Era ella capaz de unirse a los bandidos y traicionarlo? Resultaba de lo más desagradable. Sus pensamientos volvieron a centrarse en el arreglo de las calles.

—¿Qué está pensando?

—Nada en particular.

—¿Qué vamos a hacer?

—Lo único que podemos hacer es esperar.

¿Podría llevarla con él si se lo pedía? ¿Cómo se libraría de ella si lo hacía? Inge Linge se dio cuenta de que el oficial y juez Paul Walter Manfred zu Loring-Stein nunca la llevaría consigo, y ella nunca podría encontrar a Jenny Burckhart en Magdeburgo, en el número 29 de la calle Gotschal. Él tenía miedo, igual que las damas elegantes que tenían miedo de todo lo grosero, y como muchos de los hombres que conocía. Volvió a sentirse herida. Retrocedió bajo la mirada metálica de los ojos del juez. La brisa cálida se había helado. Se preguntó si realmente era como ella pensaba, y decidió que sí. Entretanto, Paul Walter Manfred zu Loring-Stein estaba tendido en el borde mismo de la cama y sentía que incluso eso era suficiente para infectarse.

—¿Quiere ir al cuarto de baño? —preguntó Inge Linge desdeñosamente.

Se sintió como un gato que acabara de bufar. Se dio cuenta de que había sido descortés, pero se sintió aliviada por haber dicho algo.

—¿Por qué? No, gracias.

Su primer arrebato de cólera cedió, y con él las lejanas olas que habían estado elevándose y cayendo. Sus ojos verdes, embotados e inflamados por la falta de descanso, volvieron a evocar la imagen de Ida Geron.

—Cuénteme algo de usted.

—Sería muy aburrido —afirmó él—. Fui soldado, juez, luché por Alemania y ahora soy un civil.

—Usted siempre será un soldado, incluso sin uniforme, cuando las polillas se lo hayan comido y le quede convertido en un harapo lleno de polvo.

—¡Jamás será un harapo lleno de polvo! —declaró en tono brusco. Se sentó en la cama—. El desaliento no es propio de las mujeres alemanas. Nunca, jamás será un harapo lleno de polvo.

—Una vez vino un soldado que no hizo nada más que llorar entre mis brazos.

—¿Qué tiene eso que ver?

—Me habló de un campo. No puedo recordar todo lo que dijo. ¡Tengo tan mala memoria! Me contó que había duchas, y que entraban hombres, mujeres y niños, y que nunca salía nadie. Lo único que él tenía que hacer era abrir unas latas que llevaban la marca I. G. Farben. Marcaba las latas en una tira de papel y luego se las entregaba a ellos para que las enviaran a Berlín. Eran terriblemente estrictos con respecto al marcado de las latas. ¿Se da cuenta? Antes había sido paracaidista y luego lo degradaron a la infantería. Tal vez no tenía valor suficiente para ser paracaidista. No lo dijo exactamente. ¿Es verdad lo que me contó de las duchas?

Él observó los botones verdes de ella, que parecían moscas multicolores bajo la débil luz. La hebilla de la bata le recordó una telaraña.

Cuando se dio cuenta de que él no respondería, Inge Linge se sintió ansiosa. Deseaba revelar sus sentimientos, que dejaran de arremolinarse sin cesar en su cabeza. Por primera vez pensó que él podría matarla. Dejó de preocuparse por lo que él pudiera decir. Seguía incorporado en la cama, apoyado sobre los codos, y las cicatrices de su rostro aún se movían. Inge Linge estaba tendida en silencio, vestida con su quimono japonés de color verde brillante, con las manos detrás de la cabeza. El oficial juez la miró atentamente.

—En este apartamento vivía una judía —la idea de la tuberculosa Ida Geron, con su pelo oscuro, sonó terriblemente lejana—. En 1942.

El año mil novecientos cuarenta y dos debía de haber sido hacía mucho tiempo. Sí, ella, Inge Linge, tenía colgado en la pared el retrato de un general prusiano que contaba casi cien años, y se lo había dado alguien, y a él no le habían arrancado la barbilla de un disparo. Y la historia tenía que continuar con más cabezas checas, como le había dicho el juez en tono tan convincente. Algunas barbillas arrancadas de un disparo su padre las había enjabonado con jabón blanco como la nieve. Paul Walter Manfred zu Loring-Stein, doctor en derecho, se sentía mucho más seguro en eso que en la cama; debía de saber de qué estaba hablando. Y en algún lugar alguien estaba sonriendo felizmente ante eso. Inge Linge pensó en la cabeza de la portera, que estaba abajo, y en las cabezas de los tres hombres de la familia, con las gorras de trabajadores. Y si esa judía regresaba alguna vez, también estaría su cabeza.

Inge Linge miró el arma.

—No hay de qué asustarse. Yo la protegeré.

—Le dije que ya no estoy asustada.

—Sólo podemos esperar lo peor de esa gente que vive abajo y que intentó golpearla. Puede estar contenta de tenerme aquí con usted y de que no estemos desarmados. —Volvió a hacer una pausa antes de agregar—: Permítame que le diga una cosa, querida.

Inge Linge observó los labios de Paul Walter Manfred zu Loring-Stein y supo que le hablaba a ella sólo porque no tenía otro público.

—Preste atención —indicó—. No es probable que los rebeldes envíen hombres muertos a donde yo quiero ir, así que debemos hacer todo lo que podamos para salir vivos. Primero yo, después usted. —Volvió a guardar silencio, decepcionado al ver que Inge Linge no gritaba entusiasmada. Después añadió en tono seco—: ¿Cuánto tiempo ha estado viviendo aquí…, cinco años? Esta ciudad inmunda es una maldición. Los tribunales no podrían enviar al paredón a más de cien por día. ¿No sabe lo que son esos checos? Sólo los más viejos colaboraban con nosotros. Sin embargo, los detesto, son como árboles jóvenes llenos de savia y vitalidad. Se los doblegó completamente, pero no se quebraron. Se los puede pisotear, pero ellos vuelven a levantarse, a menos que se les patee la cabeza para tener la seguridad de que están acabados. Es una suerte que estos bandidos no sean alemanes, como habíamos planeado originalmente para lograr mejores ejemplares. Habrían salido malos alemanes. Pero de todos modos llegará un momento en que estarán todos muertos. ¿Sabe usar una Steyer?

—¿Qué es eso?

—Una pistola. Mi arma de reserva.

—No, no sé. Nunca me preocupé por esas cosas. Por eso estoy donde estoy, ya se lo dije.

Sintió un desierto en su interior, un cementerio en su corazón. Ya no escuchaba a Paul Walter Manfred zu Loring-Stein. En su imaginación ponía flores en una tumba, y las palabras del padre Hesmussen adquirían un nuevo significado. Azucenas, jacintos, rosas rojas… y no sólo para ella. Los mil perfumes de los frascos que guardaba en el armario, y su ropa interior, seda sintética y muselina auténtica, sus bonitos vestidos, e Ida Geron que había vivido aquí antes que ella. En su interior no había rastros de ansiedad ni de odio.

—Dicen que hemos hecho cosas terribles —comentó.

—Sólo hicimos lo que otros habrían hecho en nuestro lugar. Ése, por supuesto, es el enfoque legal. Ahora nos envían a arreglar las calles. Es una suerte que hiciéramos lo que hicimos. El miedo inspira respeto. Había que enseñarles con quién estaban tratando…, que por cada uno que ellos mataran, aparecerían otros peores, más brutales, más despiadados. ¡No intente parecer inocente! Hasta los niños saben lo de los escuadrones de exterminio. De eso hablaba su atontado paracaidista. Yo diría que no merecía ser degradado a la infantería: tendría que haber sido colgado directamente. Sin embargo, puede calmar su conciencia. Nunca fuimos tan minuciosos como todo el mundo piensa.

—Entonces es verdad.

—¿A qué se refiere con eso de «verdad»? ¿La verdad checa? ¿O la verdad judía?

—Me refiero a los baños y las duchas.

—¿Los ha visto con sus propios ojos? ¿No? A todos deberían preguntarles lo mismo cuando empiezan a hacer preguntas impertinentes. Lo que usted no ha visto no existe, ¿comprendido? —Lanzó una carcajada—. Mi querida Inge Linge, tal vez no sea el momento adecuado para lo que voy a decirle. Cuando los que sobrevivieron a nuestros baños y duchas crezcan, quedarán sorprendidos de lo bondadosos que fuimos…, tan bondadosos como corderos. Tranquilícese. Si no existen pruebas, no existe delito. Y dentro de unos pocos años… —hizo una pausa— nuestros abogados alemanes sabrán qué hacer, y cuándo, y cómo hacerlo. No es necesario pensar en eso ahora, si la pone nerviosa. Las cosas no fueron tan malas como dice la gente. Nuestros campos fueron lugares de oportunidad, después de todo, para nuestros soldados y para los elementos indisciplinados. Le dimos una posibilidad al fuerte, y al débil una salida. Todos tuvieron la oportunidad de demostrar de qué eran capaces. No preste atención a los rumores. Se han contado demasiadas historias. Los fuertes algún día nos darán las gracias. Los débiles habrían muerto de cualquier manera, sin nuestra ayuda. Así es la vida. El criterio de la selección.

Y pensaba que nadie tendría ningún interés en glorificar a aquellos que habían ido a las cámaras de gas sin oponer resistencia. Aún tenía la pistola en la mano. Ella vio otra vez sus fuertes dedos blancos con pelos de color castaño.

—Ahora, ¡anímese! No hay motivo para estar triste, Inge Linge.

—Todavía están disparando.

—Sí, lo sé.

—Lo oí mientras usted estaba hablando, pero ahora no tengo miedo.

Se preguntaba si los rebeldes harían lo mismo que les habían hecho a ellos.

—Usted siempre fue amable con ellos. No tiene por qué tener miedo.

Sus sombríos y metálicos ojos azules buscaron los de ella por tercera vez para captar alguna señal de traición.

—Estoy viviendo en el apartamento de una judía.

—Ya no hay más apartamentos de judíos, señorita Linge. Es como si, aparte de todo lo demás, usted permitiera que esta gente le atara una bola de hierro a las piernas.

Se le ocurrió pensar cuánta gente estaría en este momento mendigando una prueba de que había regalado a este o aquel judío, comunista o lunático un vale para cien gramos de carne de vaca, un cupón para jabón, o un billete de tren para el campo. O intentando demostrar que habían pagado un precio decente por esos muebles judíos, esa vajilla o esos abrigos de piel. El mundo estaba patas arriba, pensó. La gente confundía Alemania con un lupanar. Miró a Inge Linge, pero estaba pensando en los submarinos alemanes. ¿Qué hacen ahora? ¿Están hundiendo barcos enemigos o poniendo a salvo a sus dirigentes? Los submarinos alemanes, pensó: los mejores, los más rápidos, los que se sumergen a mayor profundidad. ¿Qué van a hacer mañana, pasado mañana, cuando la guerra haya terminado? ¿Saldrán a la superficie? ¿Dónde? ¿En Brasil? ¿En Canadá? ¿En Estados Unidos?

 

8

Ella entró en la cocina, todavía dominada por ese sentimiento de desolación. Abrió la ventana para poder oír a los hombres cuando regresaran, y los disparos, en caso de que llegaran a la calle de los Castaños. El aire de la noche llenó la habitación. Con extraña lentitud, Inge Linge puso manos a la obra. De una cesta de mimbre sacó una pequeña bandera, una esvástica bordada en seda. Se la había regalado, a cambio de sus favores, un desagradable oficial de un carro de combate de la división Grossdeutschland, que nunca se había atrevido a volver a verla. Se asomó por la ventana y ató la bandera a un clavo del alféizar que estaba clavado desde los tiempos en que Ida Geron cultivaba flores en una jardinera. Le llevó un buen rato asegurar la bandera.

Cuando por fin concluyó, estiró una mano por la ventana y sintió una suave brisa. Percibió el olor de la pólvora y de la primavera y el de una nueva vida sin tacha. Quizá la brisa arrastrara las cenizas de la tuberculosa Ida Geron, de ojos y pelo negros, y las depositara en la pintura desconchada del alféizar de la ventana, para que la mujer de pecho liso encontrara por fin su última morada. Inge Linge aún podía olerlo. Imaginó mil aromas cuando apoyó la pistola en el alféizar, junto a las cortinas. Se acostó vestida con su quimono japonés y sin manta, a esperar la llegada del día. Los disparos se acercaban por Tyn, donde estaba el hotel Regulus, rodeando la iglesia de San Jaime. Pero Inge Linge ya no recordaba al padre Hesmussen ni los reverberantes tonos del órgano. Las pistolas, las Steyer y las granadas sonaban cada vez más cerca.

Aproximadamente una hora antes de que amaneciera, Paul Walter Manfred zu Loring-Stein se asomó a la sala. Ella le dijo que no encendiera la luz porque la ventana estaba abierta para poder oír mejor. Él pareció desconfiar.

«Los dos se fueron juntos». Sonaba como un lema.

—Me alegra ver que es usted sensata —comentó—. Tenga la pistola a mano.

Las cicatrices de su rostro parecían casi de color púrpura.

Tembló al pensar que él podría acercarse a la ventana.

En lugar de ello, Paul Walter Manfred zu Loring-Stein salió de la sala con la incómoda sensación de que, aunque había logrado tranquilizar a Inge Linge, su método no había sido el más adecuado para este momento de anarquía.

Afuera, la niebla de la noche aún flotaba en el aire. A medida que rompía el día, empezó a disiparse. Inge Linge esperó.

Miró hacia la ventana. Sintió una extraña y muda angustia que crecía en su interior como una ola en el mar y luego caía y empezaba a disolverse casi en el infinito. De repente, no pudo recordar su propio aspecto. Como si viera en sí misma a alguien a quien jamás había visto.

Paul Walter Manfred zu Loring-Stein esperaba en la habitación contigua. En el momento en que amanecía, cuando las granadas de acero atravesaron la ventana del apartamento en el que alguna vez había vivido una encorvada judía, Inge Linge pensó que por fin la noche había pasado y había llegado el día. Sabía que brillaría el sol, primero rojo, luego amarillo y finalmente blanco. La tristeza del día estaba en sus ojos, pero en ninguna otra parte: ni en la luz, ni en la brisa, ni siquiera en las últimas boqueadas de los peces del acuario hecho añicos.