Sueños impúdicos

Arnošt Lustig · Capítulo 2 de 3 · parte 1/3

Páginas del PDF

Sueños impúdicos

La chica de la cicatriz

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

1

El aire caliente y bochornoso entraba en el aula. La pálida muchacha dejó escapar de pronto un fuerte suspiro que se oyó claramente en el silencio total de la sala. Estaba sentada cerca del escritorio de la profesora, frente a la ventana, por la que podía ver sólo la parte superior de las magnolias de la casa del superintendente, al otro lado de la calle; apenas podía vislumbrar el azul suave del cielo. En cierto modo, su suspiro había traspasado sigilosamente la barrera del calor. Ella tenía cara pequeña, cuello largo y delgado y un cuerpo pequeño con pechos pequeños. Era como si el silencio la hubiera cogido por sorpresa. El calor parecía extenderse bajo sus pies como un abismo, como si el temblor de un terremoto hubiera rajado la tierra. Había ido creciendo en su interior durante toda la mañana, como una presión que puede estallar sin la menor advertencia.

Estaba jugando apática y distraídamente con un pañuelo beige de dobladillo angosto que había hecho con una cortina vieja en la clase de costura. Una cicatriz larga y estrecha le atravesaba la frente.

—Jenny Thelen —la reprendió la profesora.

—Sí, señora —respondió la chica de la cicatriz.

—¿Ése es modo de comportarse?

La muchacha no respondió, aunque la reprimenda llevaba implícita una promesa de perdón. Cerró con languidez sus enormes ojos verdes; eran como barquitos rápidamente bosquejados y contenidos en la grieta de debajo de su frente marcada, bordeados a la altura de las sienes por mechones de pelo castaño claro. Intentó no oír la voz gutural de la profesora, pero la voz chirrió contra su oído como un cepillo de alambre.

Intentó retornar, al menos en espíritu, al sitio en el que había estado antes de oír el sonido de las botas con clavos, las voces roncas y los silbidos agudos.

Dejó que el sol la acariciara, que sus rayos la tocaran suavemente como si fueran dedos. Pudo sentir que su pecho se calentaba con el sol. De repente, pensó en el fuego del infierno.

En la pared, cerca de un cuadro con una escena de la historia alemana — con Federico el Grande y Freiherr von Stein—, había una cita de Immanuel Kant, ahora iluminada por los rayos del sol. Trató de regresar al ensueño que había comenzado mientras Elzie Mayerfeld explicaba la diferencia entre los límites del Reich alemán y los del Gran Imperio Germánico.

El brillo del sol jugueteaba en las magnolias. En el cobertizo del huerto del superintendente había un enorme letrero circular que había sido utilizado durante uno de los festivales gimnásticos de primavera:

WIR WOLLEN REINE CHRISTEN SEIN,

DEN CHRIST WAR NUR EIN JUDENSCHWEIN

Cuando miró el sol con los ojos entrecerrados, el letrero pareció un enorme disco dorado del vals Cuentos de los bosques de Viena. El disco parecía girar silenciosamente alrededor de su centro cegador, el centro fundido del sol. Demonios. Cerró los ojos rápidamente, temiendo que de lo contrario se quedaría ciega. Pero incluso con los ojos cerrados, la luz le pareció más intensa que cuando los fijó en el centro del sol.

Dedicó su atención al vestido de Elzie Mayerfeld: ceñido, de seda brillante, con enormes rosas rojas y hojas verdes. La profesora meneaba las caderas y admiraba el reflejo de su cuerpo alto, oscuro y flexible en la ventana.

—Sigamos, lieblings —indicó Elzie Mayerfeld. Elzie Mayerfeld, conocida como la Dama del Perro, hizo una pausa en la explicación de cómo las fronteras del Reich se extenderían durante los milenios siguientes—. En la lucha entre la riqueza y la pobreza, que llegará en los próximos diez siglos, las naciones conquistadas y empobrecidas tendrán que culparse a sí mismas, no a los alemanes —afirmó—. Pensad en vosotras mismas. Pensad realmente en vuestra contribución personal al bienestar de Alemania, más que en quién se enriquece gracias al sufrimiento de los demás.

A través de las ventanas abiertas entraba el ruido de las botas con clavos que chocaban contra el pavimento…: infinidad de pies pisando al unisono, alejándose en la distancia hasta que quedaba tan sólo el eco de los agudos pífanos. Cantaban a la tierra y a la sangre y a la patria lejana, y a lo que significaba ser soldado en tiempos de una gran crisis. Las voces roncas de las gargantas uniformadas se fundían con el ritmo preciso de las botas que avanzaban: Hei-di, hei-do, hei-da.

A Elzie Mayerfeld le temblaron las fosas nasales. Llevaba el pelo recogido en un moño, sujeto por una peineta de carey. Tenía la piel lisa y pálida; el cabello recogido realzaba su cuello desnudo, largo y blanco. Desde la distancia, los silbidos de los pífanos aún perforaban el aire y los redobles de los tambores se mezclaban con el ruido sordo de las botas. El sonido se hizo más suave, convirtiéndose en una agradable cadencia. Era el quinto día de calor implacable. El pavimento despedía el calor del sol en forma de ondas, convirtiendo la ciudad en un horno. La fachada de la casa del superintendente se estaba desconchando, y los antepechos se veían toscos con sus águilas y sus ángeles desnudos. Elzie Mayerfeld pensó en Rommel y en los ejércitos alemanes en África.

El ruido sordo de las botas con clavos, el aroma de las magnolias, la suave oleada de calor en la que flotaban el sonido y el orden, todo parecía impregnado con el significado de la canción. Los pífanos, los tambores y las palabras —en la medida en que podían ser comprendidos— evocaban la patria lejana.

A medida que se alejaban los soldados, entraba el aire caliente del cuartel alemán de Praga. Sólo un eco rítmico persistía en el espacio sin límites por encima de los tejados de la calle Otto Bismarck. Mientras contemplaba los tejados de pizarra, Elzie Mayerfeld vio la imagen de la sangre y de fuertes piernas masculinas…, de hombres que avanzaban día y noche, contra el calor y el viento, hacia los cuatro puntos cardinales. Era una imagen de rostros curtidos, con los ojos entrecerrados bajo el sol, rostros que se alzaban contra un fondo de ciudades destruidas y pueblos en llamas.

El sol caía a plomo sobre los cristales de las ventanas. A través de la seda del vestido de Elzie Mayerfeld podía verse el perfil de su ropa interior. Era alta, incluso sin tacones, y más alta aún cuando los llevaba. Sonrió sin saber que lo hacía. Le brillaban los ojos.

—No habrá nada que detenga nuestro acceso en el futuro a los cereales y al petróleo. Polonia y Rusia no seguirán bloqueándonos el Este, como hicieron durante miles de años.

La Dama del Perro sonrió como si estuviera diciendo que toda la riqueza del mundo, la del Este y la del Oeste, empezaría a fluir por todo el Reich como los ríos en sus lechos.

Cerró los ojos. Se vio en el desfile militar, mientras sonaba la música. Deseó penetrar las almas de las niñas con imágenes de soldados combatientes, consagrados a la muerte como las monjas se consagran a Dios. Se sintió responsable por las niñas, que evocaban en ella deseos prohibidos.

En la sonrisa de Elzie Mayerfeld estaba Alemania misma: la Patria, rodeada por las islas y las duras rocas de un mar alemán. Al final todo se reducía al privilegio y a la cuestión de quién tenía la fuerza y la energía para no dejarlo escapar, cogerlo bruscamente del mismo modo en que un hombre domina a una mujer, incluso al precio de la sangre alemana. Un alemán no puede vivir de la misma manera que un judío, un polaco o un ruso.

Finalmente, en el aire abrasado sólo quedó el agonizante estribillo de una canción que Elzie Mayerfeld y las niñas de la clase recordaban, acerca de cómo, en tierras lejanas, un soldado alemán sabría cuándo había llegado su hora.

Elzie Mayerfeld se volvió hacia sus alumnas y les dijo:

—Lieblings, tengo una sorpresa para vosotras.

—Nos va a poner una prueba —susurró una niña que se sentaba junto a la chica de la cicatriz.

Jenny Thelen miró al suelo. Las piezas de madera estaban dispuestas en ángulo, formando esvásticas. La Dama del Perro les había explicado el primer día que la cruz gamada no sólo era el símbolo del gran Reich alemán, sino también del sol. En las antiguas naciones arias, también había significado la unión de hombre y mujer.

Cada vez que la Dama del Perro las llamaba lieblings era como si las picara una avispa.

—Apuesto a que quiere irse temprano —susurró la compañera de Jenny Thelen.

—¡La tercera fila junto a la ventana! —la Dama del Perro se dio cuenta de inmediato—. ¡No alborotes la clase! Por favor, sacad vuestras libretas. —Bajó la voz y fue al grano—: Escribid las respuestas a tres preguntas. —Hojeó la edición de la mañana de Der Neue Tag, y miró los artículos marcados—. Voy a dejaros solas un rato. Tengo que irme temprano.

—Te lo dije —insistió Julie.

—¿Cómo lo sabías? —preguntó la chica de la cicatriz en voy muy baja.

—Él está abajo esperándola.

La chica de la cicatriz enrojeció.

—¿Quién?

—Lo dices como si la envidiaras.

—La tercera fila se está buscando un castigo —advirtió la profesora—. No estoy aquí para castigaros; mi misión es más importante. Es la última vez que os mando silencio.

En la mente de Jenny flotaron las mismas imágenes fragmentadas, imágenes que se remontaban al martes, a los pensamientos que tenía antes de que la lección de la profesora fuera interrumpida por las marchas que cantaban los soldados. Así que alguien estaba esperando a la Dama del Perro. No era difícil adivinar de quién se trataba. Jenny había estado pensando en el sol, en el infierno y en la sombra tranquila, pero ahora pensaba en la victoria. Se imaginaba la derrota como una red hecha con fuego. Para ella no existía más diferencia entre ambas que la que había entre una mariposa y una polilla. Ya no era consciente del resto de la clase, pero sus labios susurraron automáticamente:

—Discúlpeme, me he propasado —la excusa que la alta profesora exigía.

Jenny Thelen ya no tenía conciencia del estropeado escritorio ni del enorme mapa del Reich, ni del vestido de seda ni de las magnolias de la casa de enfrente. Hizo oídos sordos a la voz irritada de la profesora. Todo lo que le quedaba eran las diminutas motas de polvo y el sol, el juego silencioso de la luz que entraba a raudales. Los rayos eran sombras largas, delgadas, doradas. Sintió que se deslizaba por esos rayos, con los ojos entrecerrados, como arrastrada por el sueño. Todo lo que la rodeaba era real, y, sin embargo, no tenía conciencia de nada de ello. No quedaba nada salvo la luz y lo que estaba aprendiendo a olvidar aquí, en el Instituto para Niñas de Pura Raza de Territorios No Alemanes de Praga: que en el año 1942 había tenido un padre y una madre. Pero aún no había aprendido a olvidar por qué habían sido ejecutados.

Algo fluía en su subconsciente, como el barro que se desliza sobre el fondo de un río, algo relacionado con ese húmedo 15 de marzo, con su nieve y las motocicletas conducidas por soldados extranjeros que llevaban túnicas de tela verde debajo de los impermeables y le hacían pensar en ranas uniformadas.

Papá llevaba las gafas de montura de níquel que acababa de traer de la compañía del seguro médico (como empleado del sistema de abastecimiento de aguas, tenía derecho a una revisión anual de la vista y a unas gafas nuevas). No quería ver lo que estaba ocurriendo al otro lado de la ventana, de modo que se quitó las gafas. Dijo que era extraño que los soldados de ocupación no cantaran. Y en ese preciso instante empezaron a cantar canciones sobre lejanas tierras alemanas, sobre la sangre, acompañadas con pífanos y tambores: Hei-di, hei-do, la la. Los tanques llegaban a toda velocidad por la carretera. Después de eso, papá la sentaba en sus rodillas más a menudo y le hablaba de los tiempos en que había luchado en el río Piava, al norte de Italia, donde había aprendido a tocar Oh Maria y otras canciones típicas de Trieste en la mandolina.

Las gotas de transpiración perlaban la frente y el labio superior de Jenny. Tenía calor y estaba cansada. La noche anterior no había dormido bien. No dormía bien desde el martes. Por la mañana, la Dama del Perro había hablado de qué unía a padres e hijos y qué los separaba. Los rayos del sol le caían encima.

—Yo sé quién la está esperando —susurró Julie—. Es él. Te apuesto cualquier cosa. Acordaron una cita para el sábado.

—Hace un calor terrible —comentó en voz baja la chica de la cicatriz, como admitiendo que era una posibilidad.

Ya no sentía que podía ver a su madre y a su padre en los rayos del sol.

Dejó caer las manos sobre el regazo. El sol resplandecía en las gotas de sudor que corrían por su frente. Súbitamente sintió el impulso de levantarse sin pedir permiso y correr hasta la ventana para ver quién esperaba a la profesora.

Sintió un arrebato de vergüenza y, al mismo tiempo, una sed insaciable. Por un instante su cuerpo le pareció un enorme cántaro vacío.

Las ventanas abiertas dieron paso al aroma de las flores. La fragancia la despertó y le devolvió la excitación que había sentido el martes anterior. Otra vez recordó la visita que el suboficial le había hecho a Elzie Mayerfeld y el roce tal vez accidental de su amplia palma contra los pequeños pechos de ella. Debió de sentirse avergonzada y las mejillas se le encendieron. Había sentido que la sangre se le agolpaba en la cabeza. Luego oyó que el suboficial prometía esperarla después de la clase del sábado. Él probablemente no tenía la menor idea del castigo que podía acarrear el incumplimiento de las reglas. Ella había sentido el aroma del tabaco, ligeramente acre aunque dulzón, en el aliento del suboficial.

—¿Qué te parece, cielo? —preguntó él.

Se había alegrado de que él se fuera. El corazón le latía como si hubiera estado corriendo. Pero cuando él se había ido, ella había deseado un poco más. Al día siguiente, un miércoles, la Dama del Perro las había hecho formar en fila vestidas con el traje de gimnasia. Él las había observado desde la habitación de la profesora.

—Vosotras dos —las llamó la profesora.

Dobló el ejemplar de Der Neue Tag Contenía un extenso artículo sobre los checos que afirmaban estar más preocupados por su nivel de vida que por los objetivos nacionales. También había un artículo detallado sobre perros. Elzie Mayerfeld era muy consciente de lo que estaba ocurriendo en la clase. Miró la tercera fila con expresión severa.

Ése fue el momento en que sus ojos se encontraron, los de la profesora y los de la chica de la cicatriz. Los ojos de la chica aguantaron la mirada de la profesora hasta que no pudieron resistirla por más tiempo; luego se concentraron en la ventana y finalmente en el suelo. La profesora volvió a estudiar su rostro: los ojos hundidos, la frente angosta con la larga cicatriz rojiza que parecía una costura hecha a la ligera, sus pómulos eslavos, la barbilla en punta: una cara triangular casi infantil que le recordaba la de un cordero.

La cicatriz se volvió momentáneamente pálida. La profesora adivinó que la tensión que experimentaba la niña no era tan inocente. Las fosas nasales de la profesora se ensancharon como las de una leona. La niña sabía que no podía hacer nada sin autorización, ni siquiera levantarse e ir hasta la ventana.

Los recuerdos se agolparon en la mente de Jenny: todo lo que su papá había dicho y hecho mientras los alemanes ocupaban Praga. Sintió que se quedaba sorda, como si estuviera a punto de desmayarse. Las palabras sobre las fronteras del Reich retumbaron silenciosamente. Alt Reich y Neues Reich. En su desvanecida sonrisa, la chica sintió el desprecio de la mujer madura. Estaba evitando la mirada de Elzie Mayerfeld, pero aun así se sintió desnuda, como le ocurría cuando las medían y las pesaban, o cuando les hacían análisis de sangre.

—Concentraos en la tarea —les advirtió la profesora—. Exijo silencio, Jenny Thelen. No es fácil, pero no es mucho pedir. Silencio absoluto. Y voluntariamente. —Luego de una pausa añadió—: Escribid lo que os dicto.

A la chica de la cicatriz le llevó un rato volver a la realidad. El sol la deslumbraba y brillaba en el brazalete de la profesora. Ésta empezó a dictar:

—Pregunta uno: ¿Qué está haciendo por nosotras el Curatorium? Pregunta dos: ¿Por qué Alemania, en interés de Europa, debe vencer a la Rusia bolchevique, a la Inglaterra judía y a los plutocráticos Estados Unidos? —Elzie Mayerfeld dobló Der Neue Tag sobre su escritorio. Se alisó el vestido a la altura de las caderas con sus palmas suaves y acolchadas—. Pregunta tres —prosiguió—: ¿Por qué la censura es progresista cuando la comparamos con la arbitrariedad introducida en Europa como un caballo de Troya por los judíos? ¿Cuál es el significado de «indeseable», «blasfemo» y «obsceno»? ¿Cómo considera el Partido Obrero Alemán Nacionalsocialista, el NSDAP, la relación entre libertad y experiencia?

Las niñas escribieron las preguntas lentamente, a medida que la profesora las dictaba. Jenny vio la imagen de la mujer reflejada en los cristales de la ventana abierta. Todo en ella era plenitud y misterio; parecía exudar un aura de magnetismo animal.

—Ya podéis empezar —indicó Elzie Mayerfeld.

Luego agregó que esperaba silencio y orden durante su ausencia. Ése era el significado de la obediencia.

Elzie Mayerfeld meneó las caderas. Sus palmas acolchadas subieron y bajaron por la susurrante seda, como amoldando su cuerpo a las curvas. Dijo en voz alta:

—Os compensaré. No os faltará nada. Esta tarde os enseñaré a bailar el vals. A nuestros soldados les encanta el vals. —Se apartó un poco del escritorio. Llevaba otro brazalete de oro en el tobillo izquierdo—. Existen tres maneras de bailar el vals —explicó Elzie Mayerfeld—. Tengo un disco nuevo de Lale Anderson. Su voz es maravillosamente aterciopelada. Es mejor que Marlene Dietrich. Mucho mejor. Y también es más valiente, por supuesto. Lale Anderson aún es nuestra mejor cantante de la primera línea. Recogeré vuestras libretas por la tarde.

A la chica de la cicatriz todo esto le pareció carente de interés y fuera de lugar. Seguía dominada por una sed que no la quemaba pero agotaba la fuerza de sus brazos, sus piernas y su cerebro.

Elzie Mayerfeld dilató las ventanillas profundamente esculpidas de su larga y delgada nariz y salió del aula con paso lento.

 

2

El calor del mediodía penetró en el aula. Un murmullo recorrió los pasillos. Julie dijo:

—Lale Anderson es una mujerzuela. Lo mismo que Elzie Mayerfeld. — La acusación quedó suspendida en el aire. Luego una niña pequeña con cara diminuta dijo que en el frente alemán probablemente había un montón de mujeres de esa clase, mujeres que combinaban el sexo y la canción. La Pequeña empezó a escribir—. Nosotras también tenemos voces aterciopeladas, pero no somos mujerzuelas, como ella —añadió Julie.

La chica de la cicatriz escuchó las voces susurrantes de las otras niñas. Se llamaban unas a otras con apodos viejos y nuevos, con nombres de animales o flores, como los caballos en los hipódromos. La Dama del Perro las había llevado a las carreras de caballos en una ocasión, junto con el coronel conde Von Solingen. El otoño anterior sólo habían inventado apodos de frutas.

Ni siquiera tenía que levantar la cabeza para saber quién estaba hablando. El padre de la Rápida había sido colgado por pertenecer al Partido Comunista, aunque su hermano se las había arreglado para pasar del Partido Comunista directamente al NSDAP. La Dama del Perro le dijo a la Rápida que antes de que el verdugo hubiera ajustado la soga, su padre había traicionado a todos sus camaradas. La Chica Ojos Redondos había llegado al instituto debido a una situación familiar inestable. Su abuelo se había pegado un tiro en un burdel cuando su abuela fue a buscarlo; luego su padre también se disparó, porque así no tendría que alistarse en el ejército. La niña tenía enormes ojos pardos, y la profesora le había prometido que para Navidad podría tenerlos azules, después de que los laboratorios alemanes del Este concluyeran los últimos experimentos.

La Chica Ojos Redondos se puso de pie debajo del retrato del Führer y canciller del Reich, y sonrió dejando ver sus dientes blancos y separados.

—¿Quién creéis que la está esperando, chicas? —Luego imitó la voz de la profesora—: Podéis seguir escribiendo, niñas, mientras yo, la Dama del Perro, Elzie von Mayerfeld, paseo mis perros en compañía de un caballero. ¿Cuál es la misión de las mujeres en el Tercer Reich, Jenny Thelen? Cama, comida y breviario, señorita Thelen.

Se oyeron algunas risitas.

—Debe leer Der Neue Tag con mayor diligencia, Jenny Thelen. ¿Ha escrito su ensayo acerca de por qué los arios llaman judíos a los británicos?

—¿No estás escribiendo? —le preguntó Julie a la chica de la cicatriz.

—Ya lo escribí una vez.

—¿Qué te ocurre?

—Nada. Hace calor.

—¿No te encuentras bien?

La chica de la cicatriz recordó nuevamente la extraña excitación que no comprendía, el roce de la palma y su sueño recurrente de que se convertía en una mujer.

La Chica Ojos Redondos dijo:

—Jenny Thelen es una tonta. Una perfecta tonta.

La chica de la cicatriz se acercó a la ventana. El pavimento reflejaba la luz y enviaba olas de calor.

—¿Él es joven? ¿O viejo? —preguntó la Chica Ojos Redondos—. No me digas que es un civil que lleva bombín. ¿No es ese apuesto marino que ella trajo el miércoles?

—¿Van abrazados, o simplemente caminan uno al lado del otro? — preguntó Julie.

La chica de la cicatriz cerró los ojos. Elzie Mayerfeld estaba paseando con el suboficial. Una brisa invisible atravesó la calle, apretando la seda contra los muslos de la mujer y revolviéndole el pelo. Llevaban dos galgos delgados, de patas largas, sujetos con largas correas y collares tachonados. Los perros eran blancos. Tenían ancas delgadas, manchas marrones y hocicos alargados, como la boca de un pescado. El pelo de los animales Brillaba a la luz del sol.

Jenny Thelen se sujetó al marco de la ventana, preparada para desaparecer de la vista en caso de que la profesora girara la cabeza. Pero ella no se volvió. La chica de la cicatriz intentó adoptar una expresión de indiferencia, pero sintió que se mareaba. Oyó palabras y frases y risas a sus espaldas. Una de las niñas dijo:

—Hace cortar la cola a todos sus perros.

La chica de la cicatriz regresó a su pupitre. Sintió un escalofrío en los muslos y en los pechos. Su lugar junto a la ventana fue ocupado de inmediato por la Chica Ojos Redondos.

—Forman una bonita pareja —opinó, estudiando lo que veía.

—Bastante —coincidió la Pequeña en tono resignado.

—No querrás decir que te gustaría pavonearte vestida de seda… —sugirió la Chica Ojos Redondos.

—¿Por qué no? —espetó la Pequeña.

Julie se volvió hacia la chica de la cicatriz.

—Podemos ir al río esta tarde. Ella querrá quedarse con él después del almuerzo. ¿Quién sabe adónde piensa llevarlo?

Jenny Thelen abrió su libreta y guardó silencio.

—¿Irás con nosotras? —le preguntó Julie.

La Chica Ojos Redondos regresaba a su pupitre.

—Eh, ¿sabéis una cosa? La Dama del Perro le ha comido la lengua a Jenny Thelen.

—¿Al río? —repitió la chica de la cicatriz en tono distraído—. Bueno, ¿por qué no?

Y luego rió, con expresión igualmente distraída.

—Es la hora del timbre —anunció la Pequeña.

—¿Qué hora es? —preguntó la chica de la cicatriz.

Sintió que el cuerpo y la cabeza se le hinchaban. Su propia voz le resultó extraña. Otra vez tuvo conciencia de que estaba completamente húmeda de transpiración. La Pequeña comentó que las mujeres que usaban brazaletes en los tobillos eran unas frescas. Otra dijo que ella llevaría anillos en la nariz, como las africanas, si le daba la gana. La chica de la cicatriz sintió que algo se marchitaba en su interior, como una flor con el calor. El calor le abría los poros y se los llenaba de transpiración. Una profunda languidez detuvo el movimiento, el tiempo, la vida. Alguien preguntó por qué la profesora nunca se había casado.

Todo lo que la rodeaba pareció tomarse blanco. Lo único que podía ver era a Elzie Mayerfeld caminando junto al suboficial. Ambos tenían la misma estatura. Intentó imaginar de qué hablaban. Imaginó el susurro de la fina seda, las palmas que acariciaban como una brisa cálida, relajante y estimulante al mismo tiempo.

Otra vez sintió el roce de la mano de él, una sensación que se mezclaba con el aroma de las magnolias de la casa del superintendente, en la acera de enfrente.

La Chica Ojos Redondos garabateaba su nombre en la tapa del pupitre: Catherine Faye. Luego se sentó y empezó a morderse las uñas. Finalmente comentó:

—La Dama del Perro estuvo en el castillo con un general. Celebraron una recepción en el Salón Español. Ella bailó con Daluege.

—Pero Daluege es… ya sabes —intervino la Pequeña.

—¿Qué quieres decir con que es «ya sabes»?

—Quiero decir que es más probable que Daluege bailara con otro hombre.

—A la Dama del Perro la trae sin cuidado —declaró la Chica Ojos Redondos.

—A él le pasa lo mismo que a Baldur von Schirach —aseguró alguien.

—¿Baldur von Schirach? Bueno, él tiene un hijo. O una cosa o la otra.

—Algunos son las dos cosas, una y otra. Alguno de ellos debe de haberle echado el guante. Es muy apuesto.

La Chica Ojos Redondos recordó que, durante la última celebración, los oficiales de la fuerza aérea habían formado uno detrás de otro y habían cantado Hei-di, hei-do, la la. Formaban una larga serpiente, un hombre sujetando a una mujer por las caderas y la mujer con los brazos alrededor de los hombros del hombre. Marchaban de una sala a otra. Entre los oficiales estaba el padre del más importante fabricante de muebles de Munich.

La niñita les confió:

—Por lo que puedo recordar, mi padre decía amar a mi madre. Pero eso no le impedía tirarle por la cabeza las comidas francesas que ella preparaba, con platos y todo, o arrojarlo todo al cubo de la basura. Cuando alguna tontería lo enfurecía, perdía los estribos y gritaba: «¿Dónde están la carne y las patatas?». Cuando estaba muy borracho, cosa que ocurría unas tres veces por semana, la abofeteaba o la tiraba al suelo, o la empujaba contra la pared y le gritaba: «¡Bruja!».

La chica de la cicatriz sólo captó el sonido de las voces, un nombre, un eco y nada más. Todo estaba enturbiado por el calor, transformado en el sonido de una palma deslizándose sobre la seda. El olor del tabaco en el aliento del marino. Sus palabras. El modo en que la había llamado cielo. La misma Dama del Perro había dicho que una sola mujer rara vez era suficiente para un hombre.

De repente, notó que la página que tenía delante estaba mojada. Se asustó. Cogió rápidamente su pañuelo beige y secó la página.

—¿Qué te ocurre hoy?

Pero la chica de la cicatriz finalmente se había puesto a escribir. Supuso que la mayoría de las chicas querían ir al río. Las acompañarían a la ida y a la vuelta. Ésa era la regla de este lugar pensado para las huérfanas de los que habían sido enemigos del Reich… en los casos en que habían permitido que quedara alguna huérfana. Destinadas a la rehabilitación, estas niñas habían sido cuidadosamente seleccionadas de acuerdo a los criterios raciales nórdicos. Eran niñas con antepasados arios, niñas cuyos destinos dependían de los logros académicos y de los testimonios de todos los funcionarios del instituto.

Elzie Mayerfeld era la maestra tutora. Antes de ocupar este puesto, la Dama del Perro, en compañía de tres perros entrenados por el ejército, había prestado servicios en Sobibor, cerca de Lublin, en la guardia femenina. Ahora, por el propio bien de las niñas, quería que ellas olvidaran a sus padres.

El primero en decirlo fue el Obersturmführer de las SS Hagen-Tischler, el inspector general de educación. Los padres de ellas lo habrían deseado, dijo, si hubieran podido aceptar lo inevitable. Se habrían dado cuenta de que, pensándolo bien, sus hijas eran afortunadas al tener la posibilidad de ser enviadas a una de las antiguas familias del Reich.

Pero como castigo podían ser destinadas a los campos del frente, a la «casa de placer» —como discípulas del campo o Feldhure— según palabras de una de ellas, que ya había sido enviada al Este.

La chica de la cicatriz volvió a imaginar a su profesora. La vio vestida con un traje de encaje, casándose con Hagen-Tischler en Praga, y volando a Mallorca inmediatamente después de la boda. Mientras escribía las respuestas a las preguntas, repetía para sus adentros que la profesora era amable, experta y una sincera admiradora de Lale Anderson. Sus dos galgos ingleses tenían manchas marrones y grises en las ancas. Habían pertenecido a una familia judía que se había mudado fuera del Barrio Alemán de Praga en 1940.

En una ocasión, en una fiesta de primavera con oficiales de la fuerza aérea, la Dama del Perro se había excedido en la bebida y había empezado a cantar canciones militares y a romper las copas de cristal en las que servían el champán. Se decía que otra vez había recibido rosas del señor Sollman, que solía enviarle mensajes; de vez en cuando ella los dejaba caer en el vestíbulo, quizá con la intención de comprobar quién era lo suficientemente curioso para recogerlos. En efecto, eso podría haber sido precisamente lo que ella quería…, como si la relación pudiera perder parte de su importancia si no era de conocimiento público.

Según Tanya Grab, que había sido enviada al frente del Este, la Dama del Perro se había escrito a sí misma algunas de esas cartas y mensajes.

La profesora escuchaba todo; incluso cuando fingía ser indiferente, estaba alerta y en guardia —como los mejores alemanes, como los miembros del NSDAP, las SS o las SA— y mientras escuchaba dilataba las ventanas de su delgada y nórdica nariz. Olfateando captaba todo lo que estaba en el aire. El Führer había dicho que la naturaleza era cruel, y ella estaba orgullosa de poder ser igualmente cruel. Pero quería parecer amable. Formaba parte de su temperamento convertir lo bueno en malo, y viceversa. Su mirada penetrante podía ver el interior de las chicas. La palabra «denuncia» tenía para ella el mismo significado que la palabra «honor». Creer en la conciencia era dar rienda suelta a una treta judía. Sólo los derrotados consideraban necesario matar en defensa propia. El vencedor era el primero en matar. En un sentido más amplio, sin embargo, se podía decir que todo el Reich alemán estaba librando una guerra en defensa propia: se estaba defendiendo de la contaminación de su sangre. El Reich alemán perduraría durante miles de años. Elzie Mayerfeld sabía y comprendía por qué.

Las ventanas estaban abiertas de par en par. El calor entraba en el aula como si el límite entre el interior y el exterior de un horno hubiera quedado borrado. La Pequeña le preguntó a la Chica Ojos Redondos por qué Tanya Grab no había escrito desde que se había ido al Este. Le resultaba dudoso que hubiera sido enviada a casa de la familia de un oficial alemán. Por una noche, quizá, sugirió alguien. O, lo que era más probable, a «colonizar» el dormitorio de algún oficial. Sonó el timbre, cortando en rebanadas la conciencia de la chica de la cicatriz, rasgando el silencio.

El sonido del timbre le indicó qué vendría y qué había pasado; era como una bala que había errado el tiro por poco. En él había capas de luz y oscuridad, de silencio y de ruido, de palabras y pasos…, de algo que no podía ser percibido desde el exterior.

Finalmente el timbre dejó de sonar. Todo en Jenny Thelen parecía supurar, como una herida que nunca hubiera cicatrizado: lo que había tenido que decirle a Elzie Mayerfeld —«Discúlpeme, me he propasado»—, o los días en que la Dama del Perro llamaba a Jenny a su lado, o cuando ella se iba a pasar la tarde y parte de la noche con un oficial de las SS de la división Wiking, del Grupo Armado del Sur. O con el superintendente de la casa cubierta de magnolias, en la acera de enfrente, cuando su gorda esposa se iba a Berlín.

Todo esto le recordaba a un hombre que sostiene un cuchillo y permite que alguien le tuerza el brazo hasta que se ve obligado a apuñalarse a sí mismo.

—Jenny —dijo Julie.

—No te preocupes por mí.

—Estás empapada.

Alguien hablaba de icebergs. Una de las chicas recordó la campaña del invierno y los guantes que habían donado al Winterhilfe.

—Tendrías que secarte —aconsejó Julie—. Mira cómo has dejado tu libreta.

La chica de la cicatriz acomodó la página arrugada.

—Si quieres puedes copiar de mí —añadió Julie.

—Lo escribiré yo sola. Ella lo descubriría.

—Apuesto a que ni siquiera lee los ejercicios.

—Siempre los lee.

—Casi nunca. Sólo los revisa al azar.

—No quiero discutir.

La expresión de la chica de la cicatriz revelaba al mismo tiempo objeción y acuerdo, y algo no concluido, como cuando te vistes para salir y luego te quedas en casa. No tenía nada que ver con lo que estaba escribiendo. El calor del sol no aflojaba. Todo parecía estancarse. Por un instante, imaginó que estaba bebiendo agua y que ésta le borboteaba en el estómago.

—La tiene tomada con nosotras —afirmó Julie.

—No me importa.

—¿Cuánto te falta?

La pluma de Jenny Thelen se movió otra vez, se hundió en el tintero y luego tocó el papel de la libreta. Cada línea, cada palabra evocaban algo más oscuro que la oscura tinta azul, algo que levantaba otra ola de vergüenza.

—¿En qué estás pensando?

—En Lale Anderson —mintió.

—Es el final del recreo —anunció la Pequeña.

Sonó el segundo timbre, lastimando a la chica de la cicatriz como si fuera una aguja…, una aguja enhebrada con calor y luz, con palabras y con sus significados más secretos, con silencio.

Sintió que ella misma se llenaba de silencio, como un globo que se infla con aire caliente y denso y luego se eleva, al margen de dónde hubiera sido anclado, al margen de dónde tuviera que aterrizar.

 

3

Las imágenes volvieron a destellar en la mente de Jenny, igual que en tantas ocasiones, imágenes del día que había comenzado como todos los días anteriores.

Imágenes del día que la había traído aquí. Entonces no tenía ni idea de lo que sobrevendría: los castigos, los programas, las personas con las que tenía que empezar su nueva vida. Aún no sabía que la Dama del Perro —aunque nunca las golpeaba personalmente— obtenía considerable satisfacción observándolas mientras estaban en el cuarto de baño y viendo las marcas de los azotes en sus nalgas desnudas.

Miró el sol entrecerrando los ojos y luego los apretó, como si el llameante disco se grabara en su cerebro.

Vio a su padre acercándose a la puerta. Alguien tocaba el timbre y alguien más golpeaba la puerta al mismo tiempo. Imaginaba de quién se trataba. Papá fue rápidamente a abrir la puerta y el visitante, sin más demora, lo golpeó en la cara. Papá quedó aturdido. Se volvió, con los ojos llenos de temor y vergüenza, como incómodo al ser golpeado delante de ellas. Tenía la cara ensangrentada. Mamá se cayó cuando se acercaron a ella, como si creyera que ése era un modo de defenderse.

Dos hombres les pusieron unas fotografías delante de los ojos y les preguntaron si reconocían a la chica que aparecía en ellas. «No», dijo papá. «No», dijo mamá.

Después de ese día nunca más volvió a ver a sus padres. La Dama del Perro le había dicho en una ocasión que no estaba sola. En Alemania y en los países ocupados había muchos como ella, muchos que no tenían padres, así como había muchas mujeres sin marido, maridos sin esposa, padres sin hijos y hermanas sin hermanos.

No pudo asistir al funeral de sus padres, porque no se celebró ninguno.

La mañana de ese día había empezado como de costumbre. Mamá se levantó y la llamó a ella para tomar el desayuno. Papá, sentado en la mesa, que tenía un mantel limpio, estaba bebiendo su sucedáneo de café y comiendo pan con mermelada de fresa. Por primera vez en la vida, ella se había puesto las medias de seda de su madre. Podía usar las cosas de mamá. Y después el timbre sonaba enloquecidamente, y mamá clavaba las uñas en las grietas del suelo de parqué.

Elzie Mayerfeld había ido a buscarla y la había traído a este lugar. Lo primero que le dijo fue que tenía que ser fuerte, aprender a olvidar lo que había sido y empezar a mirar hacia el futuro. Aprender a adaptarse. Una semana más tarde empezaron las clases en la escuela.

La primera clase la dictó el Obersturmführer de las SS Hagen-Tischler, que les aconsejó no subestimar una idea simplemente porque nunca la hubieran oído mencionar en su casa. Si habían recibido formación religiosa, les sugería que recurrieran a sus creencias en busca de guía y de «pruebas» de que era bueno que los padres murieran por sus hijos.

Les dio una clase de geografía. Les habló de los volcanes, los terremotos y otras catástrofes naturales, de la actividad volcánica que empezaba en las profundidades insondables y que no podía ser observada ni medida con antelación; de catástrofes que no mataban ni destruían y de otras que destruían todas las cosas vivientes.

Recordó que él dijo que alrededor del 1500 antes de nuestra era había tenido lugar una gran erupción en una isla del mar Egeo. Una enorme montaña había sido lanzada por el aire, una montaña cuyo volumen era aproximadamente de ochenta mil millones de metros cúbicos de tierra y piedra. Ahora sólo la punta de la roca sobresalía de la superficie del agua; formaba el centro de una pequeña isla. En cuestión de minutos, toda la civilización de esa isla había llegado a su fin.

También les explicó cómo los terremotos eran provocados por movimientos subterráneos que se producían lejos del lugar de la erupción, y que podían ser aún peores que los volcanes que conocíamos. Jenny recordaba cada una de sus palabras. Cada palabra sobre el agua que cambiaba en los pozos, el terror de los animales, los presagios de la tierra que se abría como si acabara de despertar de un sueño.

Por la noche, al abrigo de la oscuridad, veía a su madre y a su padre que se movían al ritmo de la respiración de ella. Al igual que Elzie Mayerfeld, Hagen-Tischler decía que los chicos sabían desde un principio que sobrevivirían a sus padres. Sonreía, como dando a entender que él había hecho un esfuerzo por comprenderlas y que esperaba que ellas, a su vez, intentaran comprenderlo a él.

A partir de entonces, ella sólo pudo ver a su madre despeinada y sufriente, como la había visto aquella última vez, tendida en el suelo.

—Será mejor que abrevies —sugirió Julie.

—Estoy abreviando —repuso Jenny Thelen.

—Entonces, ¿por qué escribes tanto? ¿No es suficiente con quince líneas?

—Estoy haciendo lo que ella quiere.

La sucesión de imágenes la apartaba de la libreta y del tintero, de las chicas de la clase, aunque parecía formar una unidad con el calor y la luz del sol reflejándose en la luz deslumbrante de las paredes blancas, de las ventanas y del cristal enmarcado de los cuadros… y entre ellos el del canciller del Reich. Todo era blanco, áspero y penetrante: blanco como la piel de la Dama del Perro. Sus perros. Las gotas brillantes de transpiración. Se estaba apartando de las palabras que escribía. Aspiró el aire caliente.

Regresó una vez más a sus pensamientos sobre la calle Kralovska, al antiguo apartamento de la casa junto al viaducto. La foto de la chica desconocida era la única pista que las autoridades alemanas tenían para localizar al asesino que había hecho volar al protector del Reich, Reinhard Tristan Eugen Heydrich, a finales de mayo de 1942.

Seguir: parte 2 de 3