Sueños impúdicos
Sueños impúdicos
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
1
El cutis de la anciana era como la corteza de un árbol. Se acercó a la taquilla del cine y pasó dos marmitas con comida por la ventanilla. La taquillera dejó a un lado el largo talonario de entradas para el programa del día siguiente.
—Gracias —dijo.
—De nada —respondió la anciana—. Ya sabes lo feliz que me siento de poder hacer esto por ti, cariño. Es sopa de patatas, y en el otro bote hay lentejas y carne ahumada.
El edificio era antiguo y ocupaba toda una manzana, como un palacio. Para construirlo, a principios de siglo habían trasladado hasta aquí a albañiles italianos. Uno de los propietarios había convertido la antigua sala de conciertos de la planta baja en cine. La planta intermedia —donde el propietario tuvo instalada su vivienda hasta que vendió el edificio y emigró a Estados Unidos, inmediatamente antes de la guerra— era ahora la sala de un tribunal. Por motivos que nadie comprendía, el sótano había pasado a ser un dormitorio en el que dormían los ferroviarios de las tres estaciones principales de Praga. En el antiguo salón de masajes —que el propietario había sido obligado a cerrar cuando dejó de pagar el alquiler— se había instalado un servicio con duchas, un comedor y habitaciones.
La mayor parte de los veredictos pronunciados por los jueces alemanes en Praga durante la primavera de 1945, el último año de la guerra, se reducían a la cadena perpetua o al hacha. Pero el cine de abajo seguía ofreciendo operetas alemanas, tal como lo había hecho con anterioridad (excepto durante cinco días en los que en toda Alemania, e incluso en los territorios ocupados, se declaró duelo oficial por una derrota que sufrió Alemania en el Volga), y por lo general estaba lleno, incluso durante las sesiones matinales y las de primeras horas de la tarde, para no hablar de las de noche, cuando era casi imposible conseguir entradas si se aguardaba al último momento.
La taquillera era joven y bonita, de rasgos delicados, tal vez un poco melancólica a pesar de que a ella no le había ocurrido nada durante la guerra. El cabello rubio, magníficamente cepillado, le caía sobre los hombros, y sus ojos azules nunca perdían la candidez, ni siquiera cuando cogía un billete grande de un cliente y devolvía cuidadosamente el cambio correcto, concentrándose plenamente en su trabajo a pesar de que, en ocasiones, se sentía auténticamente exhausta. El rasgo más bonito en ella era su largo cuello: a veces parecía el de un pura sangre.
—¿Cómo estás, mi querida hijita? —le preguntó su madre.
—Tengo una especie de erupción en el cuello —repuso la taquillera.
—¿Te duele?
—No, sólo me pica.
Era lo único animalesco que había en ella, aunque el animal que recordaba era hermoso. Quizá ni siquiera eso fuera justo, porque al mismo tiempo su cuello era como el de un cisne blanco. Algo en ella sugería soledad, aunque su madre, con la piel tan arrugada como un árbol viejo, nunca estaba lejos; nunca la dejaba sola mucho tiempo, ni siquiera ahora que ella tenía un empleo. La acompañaba al trabajo todos los días desde el suburbio obrero en el que la estructura más imponente era un enorme depósito redondo y plateado para el almacenamiento de gas natural, montado sobre largos y fuertes listones de acero. Juntas caminaban desde el laberinto enmarañado de casas pequeñas y desvencijadas, algunas de madera y otras con paredes de piedra o ripio. Las calles no estaban pavimentadas y tenían que ponerse chanclos para no embarrarse antes de llegar al centro de la ciudad. Para la anciana, su hija era lo más valioso que tenía en la vida. No le escatimaba nada, ni siquiera las ropas finas con las que la joven parecía estar por encima de su posición social. Todo sugería que su hija era una persona que sabía cuidarse bien.
—Casi me alegro de que no te casaras —comentó la anciana desde el otro lado de la ventanilla. Por un instante su rostro se relajó—. Estoy contenta de que hayas salido tan pura, no como esas fulanas que pierden el tiempo con soldados de cualquier clase, coroneles, tenientes, incluso soldados rasos — agregó la madre.
Pero su mente estaba llena de ideas que no confiaba a su hija: hay montones de jóvenes que andan rondando por ahí, vestidos con esos chalecos de piel de conejo vuelta del revés. ¿De dónde vienen? ¿Qué buscan en el centro de Praga? Todos tienen aspecto de holgazanes. No se puede creer en ninguno de ellos. Tal vez la madre estuviera realmente contenta de que la hija siguiera soltera, pero no era tan seguro que la hija compartiera sus sentimientos, aunque no parecía desdichada.
La taquillera percibía lo que su madre estaba pensando. La madre no confiaba en la gente, ni en la gente de la calle ni en la de los ascensores de los edificios altos a los que de vez en cuando iba a hacer algún recado para la muchacha. A veces tenía miedo incluso en el pasillo de su propio edificio antes de girar la llave para abrir su propio apartamento.
—¿Esperarás hasta que termine de comer? —preguntó la taquillera.
—En algunos lugares ya han empezado a quitar los letreros alemanes de los edificios —comentó la madre—. Algunos tranvías han quitado los letreros donde indican el itinerario. Y apuesto a que no sólo es para que los alemanes no sepan adónde van. —Con la mirada decía: «Algo flota en el aire. Algo está a punto de ocurrir; lo noto en los huesos, pequeña mía. Debemos tener cuidado»—. ¿Qué ponen hoy? —quiso saber.
Y se preguntó por qué una persona siempre se siente amenazada por algo: igual que la primavera llega antes que el verano, y el verano antes de que el otoño ocupe su lugar, y así como se producen el viento y la lluvia, o el sol y la nieve. Una angustia extraña aunque conocida invadió a la anciana, una sensación a la que jamás se acostumbraría, aunque viviera miles de años, y a veces tenía la impresión de que ya llevaba miles de años en este mundo, a pesar de que apenas tenía sesenta. Miedo, pensó la anciana. En ocasiones temblaba sin ningún motivo. Como si el miedo se hubiera acumulado en su interior, miedo no sólo por su propia vida sino por la de su madre y su padre, por las de los padres de familias enteras que se extendían hasta lo desconocido, donde sólo los ricos o los famosos se preocupan por su destino. ¿Qué era ella para ellos?
Miró a su hija, su cuello de cisne, los ojos sinceros y en cierto modo tímidos en los que brillaba una vaga confusión, y sintió el anhelo de penetrar los pensamientos de su hija, donde se exhibían películas desconocidas, imágenes diferentes. La anciana tenía miedo de los hombres que estaban interesados en su hija sin que ella lo supiera. No sólo eran los nazis quienes se reservaban el derecho a robar, matar y mentir. La pobrecilla tenía granos, como una mujer que necesita un hombre; pero ella no se la confiaba a nadie, y por nada. «Debes ser tan astuta como un zorro, pequeña mía, fuerte como un tigre y variable como un camaleón. Nunca te rindas».
¿Qué clase de tormenta iba a estallar en las nubes que se cernían sobre la ciudad como si estuviera cayendo la noche? No lo entendía muy bien. «No me gusta que oscurezca. No me gusta que el día se acabe, que nada se acabe. Y nadie sabe nada —pensó la madre—. Éste es ese día desconocido en que nadie sabe nada, cuando todo puede ser primero o último, último o primero».
—La película sobre las dos hermanas, todavía —respondió la taquillera—. En este momento están en el descanso. ¿Quieres que vaya a comprarte un helado?
—No, no; de todos modos lo hacen con agua y azúcar artificial. No te molestes, cariño.
La negativa de su madre fue como un explosivo lanzado al aire para destruir alguna otra cosa. Al menos una vez al día decía que cuanto más confías en la gente más rápidamente te engaña. Cuanto menos crees en alguien, mejor.
—No tienes polvos para lavar los platos —dijo finalmente—. Dámelos, me los llevaré de vuelta.
«¿Qué me ocurre? —se preguntó al ver la misma pregunta en los ojos de su hija—. ¿De qué tengo miedo, en realidad? ¿Qué me interesa de los demás? ¿Por qué tiemblo, si no me ocurre nada? Así ha sido durante seis años enteros —pensó—. Tal vez le echo la culpa de todo a los alemanes. Tenía miedo incluso antes. Pero no. Es como el eclipse de sol que los periódicos pronostican para la semana próxima».
—Nunca me gustó mucho este edificio. Todo es demasiado grande. Y este cine nunca me entusiasmó demasiado. El Morgenstern, adonde solía llevarte de niña, era más bonito. Y ni siquiera me gusta la mayoría de los programas.
—Yo me alegro de tener un trabajo decente —replicó la hija.
—¿Un trabajo decente? Sí, al menos tienes eso —admitió la madre.
—Aquí dentro se está calentito.
—Y no es peligroso; eso es lo más importante, mi pequeña.
—¿Recuerdas a ese joven alto y desgarbado, el que se mudó de nuestro barrio y solía venir por aquí a buscar salchichas? Estuvo hace un momento buscando a su hermano. ¿Por casualidad no te cruzaste con él cuando venías?
—¿El de los dientes grandes? ¿No está vendiendo periódicos?
—Sí, dice que está preocupado por su hermano. Dice que su hermano vio a Dios.
La madre pensó: «¿A comprar salchichas? Apuesto a que sé a quién venía a ver».
La taquillera rió. Cada uno tenía sus visiones. Ella tenía sus propios sueños secretos, pero en lugar de soñar durante la noche soñaba durante el día, mientras contaba entradas o dinero, o mientras estaba sentada a solas y comiendo, como ahora. Sus propios sueños impúdicos. Pero no podía hablar de ellos a su madre. Ella se desmayaría de vergüenza, porque eran sueños prohibidos. No soñaba con los alemanes ni con la libertad; soñaba con hombres, y ella siempre estaba con ellos, pero iban más allá de los límites de lo que su madre permitiría. Era terrible imaginarlos, y le provocaban mareos de miedo. Quedaba completamente transpirada. Y eso no era todo.
Ecos de pasiones y pecados cruzaban su mente, ecos de naturalidad y vergüenza. Visiones de amor galante, aventuras románticas o explosiones de celos seguidas de timidez, vergüenza y secreta insatisfacción; desilusión e incluso odio, y en algunos momentos orgullo herido. Era una mezcla de las historias que había visto en el cine, pero era más que eso. En el fondo de una corriente de la que nadie sabía nada había algo que ella deseaba con ansia. Pensó en el coraje de una mujer. Por qué significa tantas cosas distintas. A veces soñaba que era un río con muchos afluentes, que fluía incesantemente pero nunca desembocaba en el mar…, tan sólo circunnavegaba el mundo y luego volvía a desembocar en sí misma.
—No, no he visto a nadie, y tampoco quiero. El dueño del cine, ¿está aquí?
—No tengo idea. No lo he visto —respondió la taquillera.
—Si no está, mejor. No me gusta cuando da vueltas por aquí —aseguró la madre.
Y pensó: «Cada día me preocupo más por ti. Cada hora. ¿Por qué? ¿Ha sido realmente así mi miserable vida? ¿No hay nada hermoso en la vida? ¿Sólo existe el temor eterno e infinito? ¿Por qué todo parece ajeno? Puedo ver el interior del estómago del propietario. Sólo tengo que pensar en él para volver a experimentar esa sensación. Los más ricos creen que el mundo entero está para servirlos. Son todos iguales», se dijo para sus adentros.
—Conmigo es muy amable —comentó la muchacha.
—¿Puedes confiar en su amabilidad?
—¿Por qué no?
—No olvides que una vez te acosó de una manera muy desagradable —le advirtió la madre.
Y pensó: «Tiene ojos de sapo. Nunca he visto ojos más horribles. Te miraba los pechos con tanta desfachatez como si te admirara, pero envidiaba tus hermosos pechos. Los hombres envidian muchas cosas de las mujeres. Conozco a los hombres de esa calaña, sé lo que quieren. Carne pura, inocencia, ternura. ¡Las cosas que he tenido que hacer por ellos cuando me pagaban para eso! Cuanto más dinero tiene la gente, más segura se siente de sí misma. Cree que puede hacerlo todo. Tienes que tener un estómago a toda prueba. Ellos creen que una chica se traga cualquier cosa, literalmente cualquier cosa».
—No te preocupes —la tranquilizó la taquillera—. Entra. ¿Por qué estás siempre asustada? No te hace ningún bien —sonrió. Tenía dientes blancos y parejos. Su madre se había preocupado de que nunca necesitara un empaste —. Terminarás teniendo miedo de respirar.
«Él podría seducirte —pensó la madre. Observó cómo comía su hija—. ¿Y de dónde sacarías el dinero para una cura decente?».
—Hace años que no podemos llevar una vida normal —dijo en voz alta—. De eso se trata.
Y continuó pensando: «Todos disfrutan mucho matándose unos a otros. Siempre lo han hecho. Las personas son como animales, por eso se matan unas a otras. Sólo hay algunas excepciones, algunas personas que se respetan a sí mismas, como tú, mi pequeña. Como yo. La Biblia dice que todos fuimos creados a imagen de Dios, pero sólo de la cintura para arriba. Abre tus hermosos ojos azules, cariño, y verás todas las sombras que te acechan. Hitler y Mussolini y Kaltenbrunner y el señor Karl Hermann Frank. Y podría seguir al infinito. El mundo está trastornado y debemos intentar pasar por él sin que nos afecte, hijita. Por eso vivimos encerradas en nosotras mismas, mi tesoro, y nada de lo que ocurre afuera necesita de nuestra intervención. El mundo podría ser hermoso y, sin embargo, es terriblemente espantoso. Ya nadie ama a nadie. Por eso hay tantos que se suicidan, mi tesoro».
—¿En qué estás pensando? —preguntó la chica.
—No sé.
«¿Puedes decirme en qué momento de mi vida no tuve miedo de algo? Solamente cuando te alimentaba con la leche de mis pechos. Entonces sentía que en el mundo reinaba la paz. Mis pechos eran firmes y flexibles. Yo rebosaba amor. Pero en cuanto dejé de alimentarte, volví a tener miedo. Y otra vez el temor flota en el aire. Empezarán los asesinatos, pequeña. Ya están aquí. Algunas cosas son hermosas sólo cuando eres joven. Aunque la gente intente convencerse de que el juicio llega con la edad, no es así. El corazón se endurece, eso es todo. Sé lo que significa tener el corazón destrozado. Y sé qué lo destroza: una vida prolongada. La espera. El temor. Las esperanzas. Las mentiras. La verdad, tesoro mío. La pura verdad».
La madre se sentó en una caja que contenía letreros viejos. Miró a su hija como si estuviera esperando que pusiera un huevo.
—¿Por qué no descansas aquí un rato y después vuelves a casa y te acuestas? —sugirió la taquillera.
—¿Por qué voy a descansar? ¿De qué?
—Pareces tener fiebre.
—¿Por qué no comes, hijita? Te he traído esto caliente y estás dejando que se enfríe.
—¿Crees que éste es el día que hemos estado esperando? —preguntó de repente la taquillera.
No terminó la comida. Su madre siempre le servía más de la cuenta, como si pensara que al día siguiente no iba a poder comer. Volvió a colocar la tapa a la marmita y la ajustó con una banda elástica resistente. Frotó la cuchara con un paño de cocina que colgaba de un gancho. El paño tapaba un letrero en el que se veía el rostro del actor alemán Heinz Rühman. La segunda marmita, en la que su madre le había llevado la sopa de patatas, ya estaba vacía.
—Las personas son como animales —dijo la madre.
—Nunca se cansan de divertirse —añadió la taquillera.
—¿Siempre se agotan las entradas?
—Casi siempre.
—Está a punto de ocurrir algo —vaticinó la madre—. Pero tú no debes mezclarte en nada. Nunca le has hecho nada a nadie, y no quiero que te hagan nada a ti.
—El año pasado dijiste lo mismo.
—Está en el aire. El año pasado, este año, ahora mismo.
—Puede ser.
—Alguien dijo que el personal de la embajada británica se ha trasladado fuera de Praga. —La madre observó a la muchacha, estudió los movimientos de su boca mientras hablaba, y sus ojos, que la miraban. «¿Qué sabrás tú de corrupción?», pensó. «Afortunadamente para ti, nunca has tenido que sufrir lo que yo sufrí»—. Y los alemanes fingen no ver nada —agregó—. Como si Praga fuera una isla de tranquilidad. Una ciudad abierta, como dicen ellos. Una ciudad hospital a la que envían a los heridos a recuperarse. —La madre empezó a susurrar—: Como si hubieran olvidado todo, como si nadie recordara nada, sólo porque los alemanes están derrotados y su jefe ya no recluta a chicos de catorce años porque está muerto, y los que lo sustituyen los están apremiando y dándoles fusiles. Y siguen yendo al cine y creen que las operetas los sacarán del aprieto.
«Los alemanes son como los ricos —pensó la madre—. Creen que pueden hacer lo que quieren; no sólo matar, mentir y saquear. Cuando cree que ha logrado lo que quería, la gente hace cosas que normalmente no se atrevería a hacer».
—Cuando comience, lo lamentarán —prosiguió la madre en tono sereno. Tuvo que secarse la saliva de los labios. «Cuando su hija era pequeña», pensó, «aún se podía creer que todos nacían iguales, aunque las personas nunca son iguales, pero no eran peores sólo porque eran diferentes. Los alemanes le sacaron la idea de la cabeza a la gente, y ahora la gente empezará a sacársela de la cabeza a los alemanes»—. Ese día desconocido. Ese día largamente esperado…
«Incluso los diferentes terminarán matándose unos a otros», pensó.
La madre se estremeció y acarició el codo de su hija. La muchacha tenía brazos y dedos largos, y una piel suave. La madre pensó: «Podrías haber tocado el piano maravillosamente, mi pequeña. Ese día. Una parodia de alguien que durante seis años se ha sentido como en su casa con una pistola, una fusta o un bastón, enredándose con las furcias del lugar y azotando a quien le venía en gana».
En la calle del edificio que albergaba el cine apareció un soldado alemán, un hombre mayor, con el cuello irritado y en carne viva. Observó la taquilla.
—Tiene buen aspecto —susurró la madre.
—Pronto cambiará todo para ellos —opinó la hija.
—¿De dónde crees que viene?
El cuello del hombre daba la impresión de que habían intentado colgarlo y la soga se había roto. Se acercó al puesto de salchichas arrastrando los pies y pidió un perrito caliente. En ese momento apareció un segundo soldado. Éste pidió dos entradas y pagó con marcos. Era evidente que su colega lo estaba esperando a pocos pasos de la taquilla. Ambos observaron a la muchacha atentamente.
—Es un edificio bonito —dijo el primero.
—Claro, pero lo más bonito del edificio no es el cine —replicó el otro, y lanzó una carcajada a través de su estropeada dentadura—. La taquilla, la garita de la taquillera.
Su risa resultaba bastante agradable.
—Creo que será mejor que te espere —decidió la madre.
—Nadie intentará nada —la tranquilizó la hija—. Están mirando, nada más. Probablemente hace tiempo que no tienen compañía.
—Mientras venía hacia aquí, la gente estaba quitando los letreros escritos en alemán. Se subía a las sillas, a las escaleras y a las mesas para llegar a los más altos. En la plaza de Carlos había una multitud. —Y tras una pausa añadió—: Había un hombre, cerca de la Torre Negra, que gritaba que cada soldado que asesine nuestro pueblo este viernes por la noche valdrá por uno de los nuestros asesinado por ellos. Creo que lo reconozco. Era uno de esos dos, ¿sabes a quién me refiero? Los dos son altos y desgarbados.
—¿Estaba la policía?
—No.
—¿Por qué no me lo contaste en seguida?
—Quería que primero comieras. Puse una cucharada de grasa de tocino para ti. Es buena para tu cutis, hijita. Vi algunos sujetos vestidos con chalecos de piel de conejo golpeando a un chico de las Juventudes Hitlerianas. Y había un hombre que gritaba que lo estaban haciendo por Sonitschka Vagnerova. Parecía el hermano de ese piernas largas.
—No me sorprendería que lo fuera —admitió la taquillera.
Estaba preocupada porque su madre no se lo había contado en seguida.
—¿Aquí está todo tranquilo?
—Mi jefe me dijo que se estaba formando una multitud. Que si quería, podía dormir en el guardarropa.
Su madre nunca le contaba nada, ni siquiera cuánto dinero tenía en su cuenta de ahorro.
—Espero que lo hayas rechazado.
«Eso es precisamente lo que él quiere —pensó la anciana—. Un hermoso trozo de carne fresca en el guardarropa». Sin duda, se había llenado los bolsillos durante la guerra, y todo porque la gente quería olvidar (al menos momentáneamente) y estaba dispuesta a pagar para divertirse.
—Espero que su ardor se haya aplacado —continuó la madre. Y pensó: «Tal vez éste es el día. ¿Cuántas veces lo he imaginado? Sin duda, al propietario le encantaría tomar un buen bocado, seguro». Le dijo a su hija—: Cuando la policía es amable, algo raro pasa.
—¿Puedes esperarme aquí? —preguntó la taquillera—. Ésas eran las últimas entradas. Ya están agotadas, las del entresuelo y las del patio de butacas. A los soldados no les importa que la película esté casi terminada. Voy a entregarle la recaudación al jefe.
—De acuerdo, cariño, pero ¿puedes dejar cerrado con llave? Y no te demores.
La muchacha cerró la ventanilla y la puerta. La madre se quedó dentro, pensando: «No quiero quedarme sola. Sé lo que significa quedarse sola. Sé lo que es la soledad, tesoro mío. Es como un calambre. Es como un dolor de cabeza insoportable. Es ese día desconocido. Ese día desconocido, el que crees que compensará todo lo demás, si eso tuviera algún sentido. ¿Qué nos deparará ese día? ¿Qué nos tendrá reservado?». Ella sabía lo que le reservaba, aparte de las madres que perdían a sus hijos y los hijos que perdían a sus madres y sus padres, hermanos que perdían a sus hermanas y hermanas que perdían a sus hermanos. ¿Cuántos padres habían traicionado a sus propias abuelas por temor a que las autoridades pudieran demostrar que ellas tenían algo de sangre judía en las venas? ¿Cuánta gente había sido liquidada simplemente para alojar a los alemanes? Y después estaba el aspecto personal. Lo más personal de todo, algo que nunca revelarías a nadie.
La anciana, vestida con su traje de luto, se sentó encima del cajón lleno de letreros que había en la taquilla y esperó a que su cuerpo dejara de temblar.
2
La taquillera estaba de pie junto al hermano del joven alto. Observó la pistola automática alemana que él llevaba metida en el cinturón, de manera tal que sólo sobresalía la culata. El resto del arma quedaba oculto por la chaqueta abotonada. La muchacha fue a entregarle el dinero al propietario del cine, y cuando volvió contempló el callejón que desembocaba en la calle del puesto de salchichas y de la confitería de enfrente.
—¿Cómo está tu perro? —preguntó.
—¿Ley? Lo dejé en casa.
—¿Por qué no lo trajiste contigo?
—Está enfermo. No quiero que lo maten.
El hermano del joven alto sonrió, enseñando su reducida dentadura. Le había puesto ese nombre a su setter irlandés de tres años en recuerdo del asesinato de Heydrich, el general alemán de la policía secreta, a finales de mayo de 1942. Un camión alemán conducido por un borracho había atropellado a la madre del cachorro en pleno mediodía, de la misma manera que más temprano había atropellado a un famoso poeta judío cerca del Teatro Nacional.
El hermano del joven alto volvió a sonreír a la taquillera y se alisó el arrugado y peludo chaleco de piel de conejo.
—¿Cómo estás? ¿Todo va bien? —preguntó ella.
—Todo está bien —respondió.
—¿Cómo pudimos dejar que ocurriera?
—¿Cómo? Estábamos ciegos. No podíamos concebir los horrores que la gente comentaba en voz baja.
Pensó en el perro y se preguntó por qué el animal era tan fiel. Nunca se sentía del todo digno del cariño del perro. Y éste no escatimaba su afecto. Creía que el perro realmente moriría por él. Ley no era asustadizo. Abordaba a los desconocidos de frente, con mirada firme, sin ceder terreno jamás. Ley observaba en silencio todos los movimientos del hermano del muchacho alto, incluso cuando dormía. Si el joven se movía, el perro abría los ojos y lo seguía con la mirada. Aquél nunca podía irse demasiado lejos, porque Ley no permitía que los separase una gran distancia. Se levantaba, se estiraba y, se dejaba caer otra vez a su lado, protector y satisfecho.
—Tienes muy buen aspecto.
—Gracias. Como puedes ver, mi suerte se acaba ahí. La taquillera observó al hermano del muchacho alto y pensó que el perro era una extensión de lo satisfecho que estaba de sí mismo. Le gustó este rasgo del perro, pero se preguntó por qué tan pocas personas tenían esa cualidad. En ocasiones el joven se sentía avergonzado ante su perro porque era tímido y asustadizo y retrocedía cuando le hacían frente, hasta que lo provocaban de verdad. Pero entonces solía ser demasiado tarde y descargaba su ira a solas, a diferencia de Ley, que expresaba su furia desde el primer momento. Era extraño, pensó la muchacha: él podía controlar el destino del perro, pero no el propio.
—¿Y si es demasiado pronto? —le preguntó ella al hermano del joven alto.
—A uno de ellos se le escapó —aclaró—. Le dieron una verdadera paliza. Yo fui el primero en llegar.
—Mi madre te vio.
—Yo no la vi —respondió, mirando a la taquillera con sus ojos oscuros.
—Tu hermano estuvo aquí, buscándote.
—Yo estaba en la calle Bredovska, cerca de ese palacio judío donde está la policía secreta, el cuartel general de la Gestapo. Están preparados para atacarnos. Desalojaron a los inquilinos de los mejores apartamentos y los convirtieron en nidos de ametralladoras. Están armados hasta los dientes.
—Él estuvo aquí con el propietario. Buscaba los planos del edificio. Quería conocer el trazado del sótano.
—Yo lo envié aquí. Quizá le entendí mal. Pensé que me esperaría.
—Estaba un poco nervioso. Dijo que habías tenido una visión de Dios.
—Ésa no es la única visión que tuve, pero fue la más poderosa.
—¿A qué te refieres?
—Es como un incendio; se propaga de una persona a otra. Hablo en serio. Es como una enfermedad, pero une a la gente en lugar de dispersarla. Por casualidad, no sabrás dónde lo enterraron, ¿no? En los periódicos no leí nada sobre un funeral. Sólo decían que murió en su refugio subterráneo. Debieron de caerle encima millones de toneladas de hormigón. Toneladas de roca y granito.
—No tengo ni idea.
—¿Encontraron esos planos?
—Sí. Se los dio el propietario. Después tu hermano se fue. Estaba ansioso por encontrarte. Dijo que si yo te veía, tú sabrías dónde estaba.
—Tuve un sueño. Tú estabas en tu cine. Me vendías una entrada de palco. Ella se quitaba la estrella. Nos cogíamos de la mano. Ella era tan hermosa como una Venus y tan serena como un volcán apagado. Me decía que cuando hubiera terminado la película fuera a la casa de la fachada de mármol, la casa en la que vivían hasta que llegó Hitler. Me decía que ella iría primero y se prepararía. Antes, siempre se había mostrado muy distante. Pero cuando quise tocarla…, quiero decir en el palco, con el terciopelo rojo…, ella me apartaba la mano y me decía que no lo hiciera, me decía: «Vaya lío». Eso es exactamente lo que me decía: «Vaya lío». ¿Tú crees que estoy bien de la cabeza?
—Creo que puedes deducirlo por tu cuenta —respondió la taquillera riendo.
El hermano del joven alto llevaba puesto un chaleco de piel de conejo sin curtir. Hablaba, igual que antes, de Sonitschka Vagnerova. Estaban de pie al final del callejón. Algunos jóvenes vestidos con el mismo tipo de chaleco estaban destrozando el escaparate de la confitería de enfrente. Cogieron un letrero en el que se leía «No se admiten judíos». Lo pusieron del revés, y uno de ellos escribió en la parte de atrás: «Viva la república libre. ¡Mueran los cerdos alemanes!».
—Eso es —afirmó el hermano del muchacho alto—. Eso es exactamente lo que escribieron sobre gente como Sonitschka Vagnerova, salvo que ahora es al revés.
«En pocos minutos la confitería quedará hecha una ruina», pensó.
—Tengo la sensación de que esto no tiene nada que ver conmigo — comentó la taquillera—, pero no porque no lo quiera.
—Me gusta verlo. Es como si hubieras estado furioso contigo mismo durante mucho tiempo y, de repente, te das cuenta de que ya no tienes por qué estarlo. Espero no volver a tener nunca la capacidad de estar tan furioso como ellos.
—Tendrías que ir a buscar a tu hermano para no perderlo de vista — sugirió la taquillera.
—¿Puedo usar el lavabo para arreglarme un poco?
—¿Sabes dónde está?
La taquillera oyó voces en el dormitorio de los ferroviarios. La sala del tribunal, en el piso de arriba, probablemente estaba vacía.
—Lo están haciendo también por ella —dijo el hermano del muchacho alto.
—¿Por quién?
—Por Sonitschka Vagnerova.
La taquillera intentó averiguar a qué se refería. «No debo sentirme celosa», recordó.
—Y por cada uno de los que humillen o azoten a partir de ahora —añadió el joven—. Por aquellos a los que les roban lo que han conseguido con toda una vida de trabajo, o les niegan sus derechos. Por las ocasiones en que vuelven a la madre de un individuo en contra de él, o al padre de otro. O le mienten a alguien, roban y asesinan sólo porque lleva gafas o es débil y enfermizo. Pueden hacer pedazos la confitería, si quieren.
—¿Era esa chica bonita que hablaba como un cavador de zanjas?
—No puedo quitarme de la cabeza el día en que se los llevaron. Abandonaron esa casa de la fachada de mármol. Tenían un negocio de coches usados.
—Ella era una persona muy práctica, lo recuerdo.
—Durante dos años y medio, desde el 13 de noviembre de 1942, estuve vigilando esa casa, por si regresaban. En ese palco para el que nos vendiste las entradas me apreté contra ella. Sobre todo anhelo su cálido vientre.
En ese momento, la confitería había sido saqueada y empezaban a destruirla. Uno de los jóvenes arrojaba las sillas unas contra otras. Todos gritaban. La taquillera miró las frases que habían escrito en la parte de atrás del letrero. «Mi madre tiene razón —pensó—. Somos todos animales».
—¿Crees que una chica que vive en una casa con techo de tejas es adecuada para un chico de un barrio bajo?
—Cada vez que lo recuerdo me parece que es como llamar «señorita» a un perro, pero no importa.
—Espero que logres encontrar a tu hermano —dijo la taquillera en tono casi malhumorado.
—Incluso puedo decirte dónde se supone que está: al otro lado del río, junto a las vías.
Ella volvió junto a su madre. El hermano del muchacho alto se fue, y lo último que dijo fue que nunca había visto unas sillas tan destrozadas. Pensó en las cosas que se le habían presentado durante la visión, para él tan real como aquellos chicos vestidos con chalecos de piel que estaban destrozando la confitería, y le llevó a su hermano una pistola para demostrarle que mientras uno de los dos estaba consiguiendo los planos del sótano, el otro había estado reuniendo un arsenal. Sabía lo que su hermano le había contado a la taquillera.
Pensó en dos cosas. La primera fue que desde el momento en que la derrota nazi era segura, los alemanes habían elegido alimentar sus propias ilusiones.
Hitler había impartido órdenes para que el ejército alemán se dividiera en dos sectores. El del Norte al mando del almirante Doenitz, y el del Sur encabezado por el mariscal Kesselring. A ambos se les advirtió de la posibilidad de un conflicto entre los ejércitos norteamericano y ruso por el dominio de Alemania. Necesitaban un espacio que pudiera ser defendido hasta que los aliados empezaran a combatir entre sí. Crearon las que denominaron Fortaleza Nacional Alpina y Zona Bohemia. En Bohemia no había línea de demarcación, y ése podía muy bien ser uno de los motivos del conflicto.
La otra cosa en la que pensó fue en cómo se había apretado contra Sonitschka Vagnerova en el cine y en que ella había dicho «Vaya lío».
Soñó que había comprado ropa interior para Sonitschka Vagnerova, como las que había oído decir que los amantes compraban a sus favoritas. Pero en su sueño sólo tenía una idea confusa del tipo de ropa interior que debía escoger.
Pensar esa clase de cosas lo hacía sentirse acalorado, como si estuviera deslomándose en un pozo subterráneo de algún lugar de Venezuela, a setenta grados de temperatura Celsius. Era allí donde debería estar cualquiera que tuviera una Sonitschka Vagnerova en su conciencia. Y también cualquiera que permitiese que sucediera esto, que fingiera no saber lo que estaba ocurriendo. Entonces tuvo una visión de Dios. Para compensar los seis años que ellos llevaban aquí, serían enviados a trabajar como burros en esos pozos de extracción venezolanos, vestidos tan sólo con su ropa interior.
3
—Es tarde —le dijo la taquillera a su madre—. La última sesión está a punto de terminar. Tendremos que dormir en el dormitorio de aquí abajo —añadió después—. Allí hay alguien del ferrocarril a quien conocemos. No quiero arriesgarme a volver a casa a oscuras.
—Me alegro de oírte, hijita. Pero ¿crees que nos permitirán quedamos?
—No te lo puedo asegurar, pero supongo que sí —repuso la taquillera.
—¿De dónde sale tanto ruido? Parece un generador de algún lugar del sótano.
Durante la noche, la taquillera tuvo la impresión de que su madre buscaba el lavabo, pero no supo si había sido un sueño o si realmente su madre se había levantado. Estaba bastante segura de que el «día desconocido», del que su madre siempre hablaba, ya había comenzado. Antes de irse a dormir recordó la confitería. De ella sólo quedaban astillas. Y también recordaba el letrero: «Mueran los cerdos alemanes». Desde afuera le llegaban las ráfagas intermitentes de los tiroteos y el ruido del gentío que avanzaba por la calle. «¿Por qué no me he casado todavía?», se preguntó mientras se quedaba dormida. Entonces tuvo tres de sus sueños, aquellos de los que nunca le hablaba a nadie: sus sueños impúdicos, sus impúdicas visiones. Nunca se había creído capaz de semejantes sueños. Cada vez que pensaba en ellos sentía que la sangre se le agolpaba en la cabeza.
En el primero, el hermano del muchacho alto la estrechaba entre sus brazos. Eso era antes de haberla cambiado por Sonitschka Vagnerova, que ya no estaba viva. Y él le decía: «Sé lo que quieres, lo que quiero yo, lo que quiere todo el mundo. A veces ocurren tantas cosas, que el amor se pierde».
Luego el hermano del muchacho alto añadía: «Siento que estamos juntos aunque no estemos juntos y quizá, dado que los alemanes han liquidado a tanta de tu gente en los campos, no podamos estarlo. Tu nombre me basta para darme calor, cuando pienso en él o lo pronuncio en voz alta. Sonitschka Vagnerova. ¿Puedes oírme, Sonitschka Vagnerova?». De repente, esa muchacha apenas conocida, tan sólo de vista, adquiría voz, pero ya no tenía rostro. ¿Cómo era su rostro? Era bonita, no cabe duda. Y también iba bien vestida.
Entonces Sonitschka Vagnerova le respondía al hermano del joven alto, diciéndole que no tendrían que haber destrozado la confitería; y que ella jamás había dicho, ni siquiera en los campos, que todos los alemanes fueran unos cerdos, como si se hubiera hecho justicia simplemente poniendo del revés el letrero que rechazaba a los judíos, y garabateando obscenidades de otro tipo en la parte de atrás.
Se sintió como si hubiera sido alcanzada por una maldición invisible a causa de algo que su madre había hecho antes de que ella naciera.
Su segundo sueño era sobre una mujer fea y gorda. Una noche, tres hombres se acercaban a su puerta. El primero decía: «Tengo dinero suficiente para pagarte y que lo hagas todo». La mujer respondía que primero él debía hacer algo por ella. El hombre pensaba que no le había ofrecido lo suficiente y le metía un rollo de billetes entre los pechos. La mujer reía y se levantaba la blusa por encima de la cabeza, se lamía los labios y pedía más dinero. Luego le decía a él lo que quería. El hombre se negaba. Ella decía que no podía obligarlo, pero que si se iba nunca sabría lo que se había perdido. Entonces él se iba.
El segundo hombre preguntaba cómo había sido. «Maravilloso», respondía el primero. Y lo mismo le ocurría al segundo joven, a quien ella también rechazaba. Entraba el tercero, un hombre mayor que estaba contento de que ella le contara historias. La taquillera era la única que conocía todos los detalles: las palabras que se pronunciaban y las cosas que ocurrían, y el rostro arrugado del hombre que había recurrido a ella para conseguir lo que no podía conseguir. Siempre eran los viejos los que querían que ella les dijera cómo vivir y cómo morir. ¿Quién puede culparlos por no querer morir, si han conocido la vida anterior a la guerra? ¿Cómo pueden saber que no están dispuestos a pagar, ni con dinero ni con una parte de sí mismos? ¿Cómo van a descubrir que el agua está mojada si no la tocan? Pero ella reía sólo con los labios, no con los ojos, que parecían los de un cochinillo, limpios gracias a la lluvia fresca. «Todos pensamos que el mundo está hecho para nosotros; no recordamos que el mundo ha estado pidiendo siempre los mismos favores».
Sus ojos eran severos, como si expresaran diez mil años de sabiduría, furia y vergüenza. «¿Qué saben de la pasión que puede destruir a una persona silenciosamente y en secreto?».
En su tercer sueño veía un agujero rojo. La calle era estrecha, estaba abierta hacía mucho tiempo. Las parejas paseaban por las aceras, leyendo letreros de invitación, y deteniéndose de vez en cuando. Nada para comprar, se les dijo, pero mucho para ver, chicas, hombres, actos que jamás olvidaréis.
La muchacha despertó y no pudo dejar de pensar en su madre cuando era una mujer joven, en cómo era estar allí, cómo era la mañana siguiente cuando la cruda e implacable luz del día entraba por la ventana e iluminaba los ángulos del rostro.
Los sueños eran la libertad de la taquillera, tan infinita como un desierto, un mar, un cielo nocturno tachonado de estrellas.
Así como ella era un sueño viviente para su madre —un sueño de cosas que podrían ser alcanzadas o de maneras en que podría determinarse el destino—, sus sueños eran sus propias pasiones secretas. Se provocaban y se alimentaban mutuamente, como si fueran carbón o madera, o un incendio en un yermo, encendiendo un arbusto tras otro, un árbol tras otro.
Finalmente, una imagen invadió la mente de la muchacha, como cuando había comenzado el tiroteo. Lenguas azules y rojas le lamían los ojos y luego sentía explosiones rojas en su interior. De repente, el rojo se convertía en amarillo. Tuvo la impresión de que algo la levantaba y la empujaba hacia el cielo raso, como si fueran sus propias manos, aunque ya no podía sentirlas. Lanzaba un grito mudo. Cuando por fin los colores se habían desvanecido, todo quedaba negro. Pero era un negro blando, como el terciopelo, como una caricia. Y cuando se despertó, sintió que era mayor que cuando se había ido a dormir.
Se sentía sola, incluso con sus sueños. Su madre no estaba allí. Tenía miedo de cómo su madre consideraba su cuerpo. No la hacía sentirse bien. Y pensó en el salón de masajes que habían clausurado. ¿Quién podía saber si era sólo a causa de que el administrador no había pagado el alquiler durante la guerra? ¿Qué ocurría allí? ¿Podía ella imaginarlo?
En una de sus fantasías se encontraba en una habitación del piso superior del edificio, desde donde podía contemplar una vista nocturna de la ciudad. La habitación contenía una cama y un catre. El hombre, a quien había conocido en la taquilla cuando él se acercó a comprar entradas, estaba tendido boca arriba y ella se encontraba sentada en un banco, y detrás de ella había una muchachita arrodillada, cepillándole el pelo. No ocurría nada. En la radio sonaba una sencilla canción que hablaba de la mañana del domingo, cantada por unas niñas. En el espejo del cielo raso vio la imagen de las velas parpadeantes y de tres personas que no se conocían y, sin embargo, eran amigas íntimas.
Ella sabía que en el antiguo salón de masajes había existido una habitación como ésa; en una ocasión, el dueño del cine se la había enseñado. ¿Era posible que él la envidiara, como afirmaba su madre, porque ella era joven? Y una vez había oído realmente una canción como aquélla, en la que las chicas hablaban de la mañana del domingo, y había sentido deseos de llorar.
Desde afuera le llegaban ruidos de disparos. Parecían de pistola o de fusil. En algún lugar sonaba una ametralladora. Algo parecía estar ocurriendo también en el cine. Quizá las mujeres de la limpieza habían llegado temprano. Los ferroviarios iban y venían. Los trenes llegaban y salían de acuerdo con el horario previsto, como si no ocurriera nada fuera de lo normal. Pero el superintendente había cerrado el dormitorio. En el callejón también había cierta excitación.
La taquillera pensó en el hermano del muchacho alto y en Sonitschka Vagnerova. Relacionó esto con lo que en ocasiones pensaba acerca de la diferencia que los hombres y las mujeres tenían entre las piernas. Le resultaba extraño. Su madre estaba asustada, pero tenía sus motivos. Todos tienen miedo. «El mundo está llegando a su hora final y yo estoy pensando en eso».
Además, lo que la disgustaba le proporcionaba placer al mismo tiempo. Deseaba, más que nada, tocar —aunque sin daño y sin peligro— un mundo extraño e incomprensible, tocarlo tan íntimamente como ella era tocada por sus propias sábanas. Sintió que las puertas del paraíso se habían abierto para ella y descubrió que esas mismas puertas eran también las del infierno. Por cada árbol que destruyas, salva uno, como había aprendido en las clases de religión. Había aceptado dormir con su nuevo conocimiento en la esperanza de que los sueños impúdicos volverían a ella, sin tener en cuenta a la vida de quién pertenecían. Y después estaba lo que el muchacho alto le había revelado a su hermano: que había querido perder su sexo, la fuente de todos sus sufrimientos.
El muchacho alto solía ir a la calle Pequeña Karlova a mirar un mural de un monje que resolvía un problema similar amputando el órgano ofensor que tenía entre las piernas y arrojándoselo a los perros.
La taquillera pudo imaginar su propia imagen en las paredes de los edificios por los que solía pasar, aunque ella no tenía nada que arrojarle a los perros, salvo sus temores, sus terrores y su vergüenza. Se enfrentaba a sus preguntas no contestadas del mismo modo que los miopes se enfrentaban a sus ojos defectuosos. Cuando se quedaba dormida —y dormía profundamente, sin sueños, en un reposo vacío que no le daba nada y, sin embargo, avergonzaba su corazón—, la acompañaba la música: un vals del primer acto de La Traviata, tan triste y hermoso que sentía deseos de llorar, o un aria de Rigoletto.
«¿Dónde está mi madre? ¿Qué hora es? Tal vez se ha ido al cuarto de baño. Ha dejado los zapatos aquí. No puede haber ido a la calle en calcetines.
»Me gustaría amar. Me gustaría tener mi primer amor, aunque fuera el primero y el último amor. Un amor —cualquier amor—, un amor a primera vista o un amor sereno, o tal vez un amor borrascoso, para que los hombres tuvieran que hacer un esfuerzo por mí. Él comprendería mis señales más secretas y querría seducirme, cortejarme, protegerme, luchar por mí. Quiero pertenecer a alguien, estar junto a alguien, y tenerlo a mi lado. Amar a un hombre más que a mi propia vida».
4
La madre de la taquillera avanzó por el corredor y llegó a la salida de emergencia del cine, donde había visto una luz. Al atravesar la puerta vio a dos empleados de pie en el podio, junto al telón, en el lado del público. Al otro lado del telón, del que colgaba la pantalla, había un grupo de personas, algunas de uniforme y otras vestidas de paisano. Un hombre mayor hablaba al grupo. En las butacas destinadas al público había varios soldados alemanes desertores que llevaban las manos atadas a la espalda. La anciana observó la escena sin comprender. Los dos ordenanzas estaban lo bastante cerca para que ella pudiera oír lo que decían, aunque no podían verla. Decidió quedarse y mirar. Otros dos soldados custodiaban a los prisioneros. Salvo por el hecho de que los de un grupo estaban atados y los del otro llevaban metralletas, no había ninguna diferencia entre ellos.
—Puedes apoyar el banco aquí un momento —dijo el primer empleado con fuerte acento sudeste. Estaba sucio de pies a cabeza.
Las únicas luces encendidas eran las de seguridad. Una corriente de aire llegaba desde alguna ventana invisible de algún hueco de ventilación. El empleado añadió:
—Oh, Dios, ¿qué se les ocurrirá ahora? Toma, sujétame esto.
Su voz era profunda y ronca. No prestaba atención a los desertores ni a sus guardianes, como si no le interesaran lo más mínimo.
—Dreckscheisse —dijo el segundo hombre—. Todos somos Tiermenschen. Mira a tu alrededor. Será mejor que nos demos prisa y nos larguemos de aquí. Cuanto antes terminemos esto, mejor.
—¡Ya lo creo!
—No tiene sentido hablar más de la cuenta. Son estúpidos. No puedes mezclarte con ellos. Están usando una cuña para sacar otra, y nada los detendrá. Todos somos Menschentiere, como te digo. Y no habrá ninguna diferencia mientras las cosas estén en sus manos. ¿Sabes lo que ocurre en nuestra propia tierra? Las panaderías de Berlín son saqueadas. Algunos soldados están organizando unidades suicidas Wehrwolf en todo el territorio del Reich. Los norteamericanos capturaron las reservas de oro alemanas que se custodiaban en las minas de sal de Turingia.
—Eso me recuerda que al principio solíamos cavar esas zanjas para el ensilado —comentó el primer hombre—. ¿Has leído Schwartze Korps? No tiene sentido resistir militarmente, pero la idea debe seguir viva a cualquier precio.
Dejó el banco donde estaba, sabiendo que mientras no levantara el extremo, su colega no podría trasladarlo por sus propios medios.
—Salvo que no eran zanjas de ensilado. Al principio eran fortificaciones, luego fueron sepulturas. Y tenemos millones de hombres nuevos en este sector. ¿Adónde iremos a parar? Pero eso no significa que no vaya a tener cuidado. ¿Qué crees que harán con todos esos individuos que están al lado del guardarropa?
—¿Cómo puedo saberlo? —respondió el primero, pero ambos conocían la respuesta. Lo que no sabían era cómo.
—Si logran reunir a tres oficiales de la Wehrmacht o de las SS, tienen derecho a condenarlos por lo que quieran, y sólo quieren una cosa. Tienen al viejo. Estaba durmiendo en el piso de arriba. Es el juez.
Empezó a silbar Der Elefant von Indien.
—¿Por qué no lo hacen en el piso de arriba?
—Saben que en plena noche no habrá nadie paseándose por el cine.
Esta vez silbó Kann das loch nicht findien.
La madre de la taquillera observó a los soldados alemanes maniatados que se encontraban en la sala, junto al guardarropa; luego miró el banco de roble. Había muchos desertores. Sintió un zumbido en los oídos: otra vez el generador del sótano.
—Coge tu extremo —sugirió el segundo empleado.
—De acuerdo.
—Tómatelo con calma; la escalera es estrecha y no quiero quedar lisiado después de haber llegado hasta aquí. Todavía hago planes para volver a casa.
—De acuerdo; lo trataré como a la emperatriz china —aceptó el primero —. ¿O era japonesa?
Se trataba de un pesado banco de roble en el que cabían doce personas.
La madre miró al anciano que estaba en el escenario, y que apretaba una borla dorada que formaba parte de la polvorienta cortina azul. Ella sintió que la medianoche se instalaba en su alma. Como si el eclipse de sol que anunciaban los periódicos ya estuviera aquí. Contempló a los empleados que movían el pesado banco de roble con toda facilidad, como si de un juguete se tratara. Ambos eran como caballos de tiro. El segundo empleado había dejado de silbar.
El anciano vestido con traje verde de cazador, el juez —que probablemente tenía una vivienda privada en el piso superior—, miró a los ordenanzas que trasladaban el banco hasta el escenario. Éstos ya habían instalado una mesa y dos sillas de brazos. El anciano llevaba pantalones bombachos y calcetines blancos de lana. No parecía un juez, aunque ésa era su profesión; evidentemente, se había preparado para marcharse. Quizá realmente iba a cazar.